Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

24 de febrero de 2018

El Mago Desterrado (Capítulo 27)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 26
A Puerto Esthír
Los reclutas de Armizas llegaron a Puerto Esthír en el penúltimo día del sexto mes. Veinte días después de haberse puesto en marcha. Cumpliendo al pie de la letra las órdenes de lord Brown.

El grupo se había puesto en marcha el noveno día del mes, algo más tarde de lo que a ser Rodny le habría gustado. Cargar las mulas y los carromatos les había hecho perder las primeras horas del día. De manera que cuando por fin se pusieron en marcha, toda la población se había reunido a ambos lados de la calzada para despedirlos entre rosas, aplausos y vítores (sin que faltase el llanto de una que otra mujer), con la intención de animarles para que marchasen con los ánimos por los cielos.

A partir de ese momento mantuvieron una marcha constante, sin descanso, deteniéndose con las últimas luces de la tarde, lo que les daba el tiempo necesario para montar el campamento, y poniéndose en marcha con la aurora.

Durante los primeros días los ánimos se mantuvieron elevados. Al tercer día la alegría inicial fue cediendo ante el cansancio y la rutina. Hacer lo mismo todos los días es algo que deprime a cualquiera. Levantar el campamento, desayunar gachas, marchar, detenerse a medio día para comer pan y queso, volver a marchar y volver a detenerse para montar el campamento y comer un pedazo de carne o pescado en salazón, pronto los tuvo hastiado.

Se levantaban cansados y se acostaban aún más cansados. Las bromas y griterío de las primeras noches comenzaron a morir en la tercera, ya nadie quería hablar, ni ver la luna ni las estrellas, ni hablar de las cosas que harían o les gustaría hacer, ni de las cosas que verían, ni de los caballeros a quienes conocerían; sólo querían dormirse temprano para tener restos de energía para afrontar otra ardua jornada de marcha. De a poco se estaban dando cuenta que la gran aventura, no tenía mucho de “gran”, especialmente los más jóvenes, quienes en un principio fueron los que más entusiasmo habían mostrado.

Al quinto día llegaron a Pueblo Browny, sede del señorío de Valle Browny. Grande fue la sorpresa cuando encontraron centenares de tiendas de campaña en uno de los costados de la ciudad.

Un grupo de jinetes salió del campamento y fue a su encuentro.

—Ser Rodny ¡Qué alegría veros! —saludó el que los encabezaba.

—Ser Bride, el placer es mío —dijo ser Rodny, inclinando la cabeza.

Ser Bride era el heredero de Valle Browny. Alto, robusto, castaño y de trato agradable. Ser Rodny tenía el placer de conocerlo e incluso había justado un par de veces contra él. Aquel día vestía pantalones de cuero, cota de mallas y una capa verde esmeralda. Una espada con la empuñadora engastada pendía de su cintura. 

—¿Doscientos cincuenta? —preguntó.

—Ni uno más ni uno menos —corroboró Rodny.

—Bien —asintió el heredero de Valle Browny—. Decidles que pueden descansar, partiremos mañana —dijo—. Ven conmigo, os invito a una copa.

—Será un placer.

Dio ordenes para que montaran el campamento y pudieran disfrutar de unas más que merecidas horas extra de descanso, a lo que los reclutas respondieron con fuertes suspiros de alivio, y después siguió a ser Brown.

—Lord Bride no ha podido venir —comentó mientras cabalgaban entre el campamento, camino a su tienda—, ni vendrá. Me ha ordenado que lidere a sus hombres en esta guerra. Parece ser que el Rey tomará la tienda de mando y le ha pedido a él que regente el reino en su ausencia.

—Un gran honor —fue lo único que Rodny dijo, no sabía que otra cosa comentar.

—Por supuesto —asintió ser Bride—. Y me alegro por él. Mi padre ya está viejo. Le vendrá mejor sentarse en el Trono del Águila, aunque sea sólo por unos meses, que hacerlo en un rústico banco ayudando a planear una guerra.

—Creo que lo haría bien en ambas situaciones —opinó ser Rodny—. Vuestro padre es un hombre muy capaz.

Ser Bride lo miró de reojo, como si considerara que le estaba tomando el pelo. Pero no dijo nada. Llegados a la tienda, dos pajes acudieron para llevarse los caballos. Un tercero les llenó las copas de un delicioso vino veraniego.

—A propósito, no vi a vuestro escudero, ¿es que no tienes?

—Despedí al anterior tras la muerte de mi hermano —informó—. Y no creí necesario llevar uno a la guerra.

—Bien pensado.

Guardaron silencio un momento, disfrutando del vino, hasta que Rodny habló.

—¿Podrías contarme contra quien vamos a la guerra? —indagó.

—En primera instancia contra Tres Minas —dijo Bride—. Lo más probable es que terminemos enzarzados contra Brenfer. ¡Esos malditos avariciosos! ―escupió lo último como si fuera veneno.

—¿Brenfer?

—En efecto.

—¿Y ahora que sucedió?

—Avaricia —dijo ser Bride, aún con veneno en la lengua—. El viejo Rey Crasio planea conquistar Tres Minas para Brenfer. Por supuesto, Afiran no se lo permitirá.

A la mañana siguiente partieron con las primeras luces del alba. Eran alrededor de mil quinientos hombres, incluidos los de Armizas. Ser Rodny caminaba a la cabeza de la columna, junto a ser Bride y otros lores o representantes de casas menores, como la suya.

—En el camino se nos unirán el resto de las casas de Valle Browny —comentó ser Bride, una hora después de haber partido—. Aunque no todas por supuesto, las que están junto al Browny, y tienen manera, navegarán hacia el mar y de allí a Puerto Esthír. Un viaje más corto si lo quieres ver así. En total serán unos tres mil quinientos hombres de Valle Browny, y treinta naves.

—Una cifra nada desdeñable —señaló Rodny.

—Desde luego que no —admitió ser Bride—. Aunque de ser necesario fácilmente podría triplicarse ese número, excepto en naves, ya que enviamos a Puerto Esthír más de la mitad de la flota. En Pueblo Browny se reclutaron quinientos hombres, la ciudad apenas si lo notó. Creo que, si padre lo hubiese querido, podríamos haber reunido los tres mil quinientos hombres sólo allí, pero al parecer el Rey quiere que en esta guerra participen todas las casas del reino.

Ser Rodny no tenía nada que comentar al respecto.

—Por cierto, ¿cómo tomaron la orden en Armizas?

—Mal —Rodny fue sincero—. Muchos perdimos seres queridos en la guerra de hace veinte años. Yo perdí a mi padre.

—Pues yo veo muy animados a tus hombres —señaló ser Bride, tras echar un vistazo al jaleo que armaba la columna de hombres atrás.

—Desde luego, los que menos sufren, al menos en un principio, son los que van a la guerra. Los que sufren desde el primer momento son los que se quedan en casa.

—Una vez más te doy la razón ―concordó ser Bride―. Cuando mi padre fue a la guerra hace veinte años, yo era aún muy joven, apenas si tenía trece años. Fueron días tristes para mí y mi madre, e incluso para Brissa. Dayson era aún un niño pequeño, por lo que no notaba la ausencia de papá.

—¿Ser Dayson? —de pronto Rodny se dio cuenta que el menor de los Brown no formaba parte de la comitiva— ¿Sé quedo gobernando el Valle?

Ser Bride negó lenta y melancólicamente.

—Mi hermano fue de los que partieron a Dargan en primera instancia.

—¿Está… está…? —Rodny no se atrevía a decir la palabra «muerto».

—No lo sabemos. El correo que logró escapar del desastre ocurrido en Dargan no sabe si vive o está muerto.

—Lo lamento.

—No lo lamentes —ser Bride volvió a recuperar su sonrisa—. Pronto navegaremos hacia Dargan y sabré qué sucedió con mi hermano.

A medio día llegaron a Último Puente, que llevaba su nombre porque de allí al mar, a unas cien millas, era el último puente que conectaba el sur con el norte de Afiran. Junto a Pueblo Browny, saliendo directamente de las puertas del lado sur, se encontraba Puente Browny, y más arriba, casi junto a la frontera con Skartel, se hallaba Puente Blanco. Eran los únicos puentes que salvaban el Browny, de aguas mansas pero profundas, sin ningún vado ni en el más crudo de los veranos.

Último Puente era una obra de ingeniería asombrosa. Construido a base de acero y piedra, se elevaba más de cincuenta metros sobre el río, formando un asombroso arco de más de trescientos metros que cruzaba el río de orilla a orilla. En el centro era sostenido por tres soberbias columnas del mismo material, dejando espacio entre sí para que pasasen embarcaciones de regular tamaño. Algo más pequeño y menos portentoso que Último Puente y sus dos hermanos, habría mermado el comercio en Río Browny de manera escandalosa.

Último Puente fue de los tres, el último en ser construido. La inexistencia de vados en el río hizo necesario otro puente diez millas abajo de Puente Browny. Puente Browny conectada de norte a sur, igual que Último Puente, pero la existencia de otro río, el Riner, que se unía al Browny por el sureste, cinco millas debajo de Pueblo Browny, hizo necesaria la construcción de otro puente, ya fuera en el Riner o directamente en Río Browny. Se había optado por construirlo en Río Browny. Rodny no comprendía por qué, ya que el Riner en sus puntos más anchos apenas alcanzaba los cien metros, por lo que construir un puente allí habría sido más sencillo que hacer aquel magnifico puente sobre el Browny. Se conformaba con saber que los reyes pensaban diferente al resto de mortales.

A partir de Último Puente, la marcha fue uniforme y cansina. Se detenían una hora antes del anochecer y se ponían en marcha con las primeras luces del alba, cada mañana más cansados que la anterior.

El siguiente día a la partida de Pueblo Browny se les unió Lord Dirk Mason con doscientos cincuenta hombres más. Lord Dirk era pequeño y regordete, tenía el cabello rojo como el fuego, igual que la espesa barba y el bigote. Rodny juzgó que parecía más un enano de circo que un señor, aunque se tratase de un lord menor. Pero comandaba a los hombres de Villa Blanca con el rostro alzado y orgulloso.

El segundo día se les unió lord Karl Zuibel y ser Maric Low. Lord Karl era el señor de El Sauce, y ser Maric Low, el segundo de los dos hijos del señor de Nubes Grises. Entre ambos sumaron otros quinientos hombres. Por último, el tercer día, se les unió Lord Joelí Greg, señor de Paso Alto.

—Ya estamos todos —le comentó ser Bride ese día a Rodny.

—Cerca de dos mil quinientos —señaló ser Rodny.

—Tres mil quinientos con los que viajan en barcos —dijo ser Bride—. Por supuesto, si contamos los remeros y los demás no combatientes, fácilmente doblamos ese número. Pero ellos no pelean, así que no cuentan.

Hicieron todo el trayecto por el Camino Ancho, una amplia calzada de piedra maciza, recta en la mayor parte de su recorrido, que atravesaba pueblos y ciudades, y sólo giraba para salvar cerros y pequeños lagos.

   
Llegaron a Puerto Esthír dos días antes del primer día del séptimo mes.

La primera imagen dejó a ser Rodny sin aliento. Puerto Esthír seguía tan grande y magnifica como la recordaba. Sus gigantescas murallas esmeralda resplandecían con el fuerte sol del medio día, como si de espejos se tratase. Las enormes torres, en cuyas almenas ondeaban las gigantescas banderas con el escudo de arma de los Madison, montaban guardia cual gigantescas montañas de piedra. Al fondo, los multicolores edificios de hasta siete plantas se vanagloriaban de su grandeza. Y más atrás, Palacio Madison montaba guardia como un gigante, más grande, más alto, más majestuoso que todo lo demás.

Sin proponérselo se encontró rememorando la última vez que había estado allí. Fue para un torneo cuyo costo de inscripción era de cien mileniums, claro que él nunca había tenido en sus manos semejante cantidad. Lord Bride lo había patrocinado, de manera que tuvo la oportunidad de combatir contra los hombres más ricos del reino, los cuales no necesariamente tenían que ser los mejores. Aún así no había brillado mucho.  

Lo que no recordaba era las innumerables hileras de tiendas que se extendían al oeste de la enorme urbe. Miles y miles de tiendas, casi tan infinitas como la arena de la playa que se extendía un par de millas más adelante. Aquí y allá se lograba divisar enormes pabellones, tan grandes como gordas casas, pertenecientes sin duda a los grandes señores de Afiran. En lo alto ondeaban los estandartes de sus respectivas casas. Pero aún estaban muy lejos y ser Rodny no lograba vislumbrar sus enseñas, aunque no era difícil imaginarlas. Allí debían ondear el halcón de los Dawson, el cocodrilo de los Pottlir, la gaviota de los Dortall, el roble de los Orrov, la gacela de los Robsson y muchas insignias más. La tienda del centro, escarlata y más grande que cualquier otra, sólo podía ser la del propio rey.

Sus hombres no estaban menos impresionados. La mayoría de ellos nunca habían salido de Armizas. Ver una de las urbes más ricas, grandes y fabulosas del mundo era suficiente para dejar sin aliento a cualquiera. Si a ello le sumabas las interminables hileras de tiendas… ser Rodny los entendía.

—¿Impresionado? —dijo a Carlos, que ese día cabalgaba a su lado.

El atónito interpelado sólo asintió.

Ser Rodny sonrió con complacencia. Se preguntó si Marian ya había visto algo así. Bueno, la ciudad desde luego que sí, Dan la había llevado incluso a la capital. ¿Pero aquella otra ciudad de lona y piel?, imaginaba que no.

—Nosotros estamos allá —dijo ser Bride, que había estado oteando a través de un catalejo. Su dedo señalaba hacia el sur—. Mis hombres ya han montado mi pabellón principal. Vamos, nos caerá bien una copa de vino.

—Desde luego, Ser.

De manera que la pequeña tienda que había estado usando durante el viaje no era la principal, aunque de pequeña no tenía nada, era al menos dos veces más grande y de mejor tela que la que Rodny utilizaba. Bueno, era de esperar. Un gran lord, o en este caso su heredero, siempre trataría de hacer notar su posición. Y la de los Brown era una de las más altas del reino.

A la cabeza de la columna de Valle Browny, ser Bride enfiló hacia el extremo sur del campamento. Su estandarte, un loro verde sobrevolando el cielo azul, ondeaba a sus espaldas, junto al águila dorada del rey.

Rodny no dejó de mirar sorprendido el enorme campamento mientras seguía la estela del semental de ser Bride. El campamento se hallaba sumergido en una sin par vorágine de actividad. Aquí y allá, y donde quiera que uno posase la vista, grupos que iban desde tres hasta veinte personas combatían con espadas embotadas o practicaban puntería con jabalinas y arcos. Más allá de las tiendas, frente a las murallas, habían montado varias lizas de torneo, y los jinetes se embestían para divertirse.  

—Están jugando —observó ser Rodny—. No creo que eso sea el entrenamiento.

Ser Bride rió.

—Desde luego que sólo están matando el tiempo —señaló—. Pero pronto iniciarán los entrenamientos de verdad, tanto en la flota como en la infantería y la caballería. Sólo estaban esperando nuestra llegada.

La tienda de ser Bride era de seda verde. En el extremo superior del poste central ondeaba un enorme estandarte con la enseña de Valle Browny. Apenas desmontar frente a la tienda, un grupo de pajes corrió para hacerse cargo de los caballos. Ser Bride invitó a todos los representantes de sus casas vasallas a pasar al interior, incluso a Carlos que había cabalgado durante todo el día con ellos.

Tomaban una copa de vino, en uno de los biombos de la tienda, cuando llegó un mensajero.

—Lord Daniel Madison os invita al festín que se celebrará en honor de Valle Browny esta noche en el gran salón del castillo —anunció—. Está invitada toda la nobleza, los caballeros y vuestra gente de confianza. Pero no debéis exceder el número de trescientos.

De manera que esa noche ser Rodny se encontró tomando parte del banquete y bebiendo vino del bueno en el mismísimo castillo de los Madison. Y lo que era más increíble todavía, ser Bride lo había invitado a tomar parte en la mesa principal. Aparte de él y otros tres lores vasallos de Valle Browny, estaban a la mesa lord Daniel Madison, ser Freddy Madison, lady Miriam Madison, lady Dariana Madison, hija del rey, ser Bride por supuesto, e incluso el mismísimo Rey. ¡Todo un gran honor!

Era lo que menos deseaba. Se sentía como un conejo entre lobos, sólo quería agachar las orejas y pasar desapercibido. Él no estaba acostumbrado a tratar con gente de alta arcurnia. Ni siquiera sabía si debía intervenir en sus conversaciones o quedarse callado como un paleto. Ser Bride había quedado ubicado frente a lord Daniel, y Rodny frente a la joven y bella esposa de este. Ella lo miraba como a un curioso animalito. A ratos sentía arder las mejillas y sólo deseaba bajarse del estrado, ir con Carlos y reír con historias de taberna. Por lo demás, se contentó con hablar poco y picar la comida como si fuese lo único que le importaba en la vida. 

Mientras ser Bride, lord Daniel, ser Freddy y el rey hablaban sobre asuntos de Estado, él siguió concentrado en la comida, sorbiendo vino, y deseando que aquella maldita muchacha dejase de mirarlo.  

—Tengo entendido que vuestros antepasados eran reyes, ser Rodny —lo que le faltaba, que la niña mujer de lord Daniel le dirigiera la palabra. Cuando levantó la vista, lady Dariana lo observaba entre divertida y aburrida, rara combinación. Sin duda era él quien resultaba aburrido. Incluso los otros señores menores tiraban de la lengua entre ellos.

—Eh, sí —respondió torpemente—. Pero no sé mucho al respecto, detesto los libros.

Esperaba que con eso la muchacha no siguiera importunándolo.

Pero la muchacha en cambio sonrió. Fue una sonrisa cálida, que reveló lo joven y hermosa que era. Rodny se encontró pensando en lo afortunado que era lord Daniel, e irremediablente sus pensamientos fueron a posarse en el recuerdo de Marian. Le devolvió la sonrisa lo mejor que pudo.

—Lástima, me hubiera gustado que me contarais algo sobre los Dorgan. Se dice que fueron grandes reyes.

Su sonrisa de desilusión le llegó al corazón. De alguna forma se dio cuenta que aquella muchacha no era feliz, y hablar con él, parlotear sobre cualquier cosa, era un placer que la distraería de otras preocupaciones. Deseó de todo corazón hablarle y hablarle para distraerla, para hacerla olvidar sus tribulaciones, aunque fuera sólo un momento, y quizá lo hubiera hecho, de no ser por la intervención de su esposo; el joven, altivo y arrogante señor de Puerto Esthír.

—Si eso fuese cierto ahora no serían una casa menor —dijo lord Daniel, con una sonrisa sardónica baoilateando en sus labios.

Ser Rodny quiso lanzarle una mirada envenenada, pero estaba a su mesa, y se contentó con bajar la vista. Lord Daniel sonrió, complacido. Acto seguido se unió de nuevo a la conversación que mantenía el rey con los otros dos caballeros.

La sonrisa y las ganas de hablar de lady Dariana murieron con la intervención de su esposo. Rodny se fijó en los ojos que clavó en el joven señor, cargados de odio y miedo a partes iguales. Después bajó la vista y se dedicó a comer mecánicamente.

Ser Rodny la imitó y casi no habló en toda la velada.

El banquete con su consiguiente baile terminó a media noche. Para ese entonces ser Rodny se encontraba bastante borracho, aún así se las ingenió para hacer una decorosa reverencia a su majestad antes de salir. Lady Miriam y lady Dariana hacía más de una hora que se habían retirado a sus aposentos.

Salió con paso tambaleante, acompañado de Carlos, ser Bride y un reducido cuerpo de guardia. Afuera les esperaban los caballos que los llevarían hasta su sección del campamento. Fuera del castillo la ciudad estaba silenciosa, aunque de vez en cuando se oía las risas que escapaban de algún lupanar, tenues y lejanas. Por lo demás, sólo se oía la trápala de los caballos sobre la calzada. Nadie habló. Se limitaron a mantenerse sobre las sillas.

De regreso en su tienda se contentó con echarse a dormir apenas quitarse las botas. Soñó con los ojos tristes de lady Dariana, pero quien le sonrió con dulzura fue lady Marian. 

Al siguiente día empezaron los entrenamientos en serio.

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