Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

10 de febrero de 2018

El Mago Desterrado (Capítulo 26)

Lee el cpítulo anterior: CAPÍTULO 25
Empieza el Retorno
La noticia de que la Compañía Antigua estaba con el rey Darfor fue un aliciente importante en la campaña del legítimo rey de Afiran. Había acelerado las cosas a un ritmo casi vertiginoso.

Ser Maxwell regresó a Robast diez días después de la reunión con los líderes de la renombrada Compañía. Traía consigo un contrato firmado por los cinco personajes, mediante el cual tan magna compañía se comprometía a pelear por el rey Darfor Doverick, hasta ponerlo en el trono que por derecho le correspondía… o hasta la derrota.

Cuando la noticia se anunció en las sinagogas y tribunas de Robast, los hombres que acudieron a la mansión que alquilaban, para jurar sus armas al Rey, se contaron por miles. Mercenarios de comarcas vecinas se presentaron a las murallas de la ciudad en un tiempo record. Y en un lapso igual de sorprendente se había enlistado un ejército de diez mil hombres y adquirido los servicios de doscientos barcos.

Ser Maxwell, aunque no lo demostraba con una gran sonrisa de idiota, se sentía orgulloso por ello. Su rey había confiado en él y no le había fallado. Si bien era cierto que las negociaciones con los honorables líderes de la compañía fueron tediosas y largas, también era cierto que ahora poseía cierto conocimiento extra para tratar con ese tipo de personas. Había discutido, más que negociar, durante horas con los nobles líderes de la Compañía Antigua. Quienes resultaron ser unos hombres orgullosos, ambiciosos, pagados de sí mismos y demasiado acostumbrados a la comodidad de su ciudad-campamento.

—La Compañía Antigua jamás ha salido del continente oriental —alegaba uno.

—Tú rey es un mago —decía otro—. Un mago es visto en tus tierras como algo peor que un dragón, ¿cómo quieres entonces que sentemos a un mago en el trono de una de las más prosperas naciones del mundo?

Siguiendo una línea similar, uno a uno fueron turnándose para poner pegas a la oferta de trabajo, por más que fue cediendo y ofreciendo cada vez más. De manera que Maxwell no tuvo otro remedio que recurrir a su último recurso, a su jugada maestra.

—…Además del precio ya mencionado, mi Rey os ofrece algo mucho mejor. —El tono de su voz, la cadencia de sus movimientos, despertó la curiosidad de los nobles líderes.

—¿Qué es?

—El Rey Darfor os ofrece un estilo de vida diferente a la de un mercenario. Os ofrece lujos, mujeres, vino, comida… os ofrece la posibilidad de llevar una vida apacible, sin más guerras. Os ofrece una vida de reyes, sin necesidad de arriesgar vuestras vidas más que en esta última empresa. Os ofrece casas y tierras para todos vuestros soldados, torres a vuestros oficiales y castillos y ciudades a vosotros… El rey os ofrece Puerto Esthír y todas sus tierras.

No hubo más que decir. Las sonrisas avaras de los nobles líderes dejaron entrever a ser Maxwell que contarían con su ayuda, aún antes de que estos respondieran.

A su parecer, el precio negociado era demasiado alto por una compañía mercenaria, pero es que esta era la Compañía Antigua, y si su participación era la carta que inclinaba la balanza a favor de Darfor, entonce quizá el precio no fuese tan alto. De todas formas, se alegraba haber obtenido lo que Darfor le había encomendado.

Dos días después de su vuelta zarparon rumbo a Domra. Allí los esperaban Las Serpientes del Desierto y una pequeña flota de cincuenta naves.

Las Serpientes del Desierto era una compañía de reciente creación, menos de diez años de vida. Como es de esperar en una compañía de mercenarios, la mayoría de sus integrantes provenían de todas las regiones del mundo, sin embargo, se consideraba originaria de las regiones desérticas de Kastia, a mil millas de su ubicación actual. Pese a ser una compañía joven, ya contaba con varias campañas en su historial.

Lo primero que vislumbraron de Domra fue las enormes torres de los palacios de sus príncipes, la brillantez de sus murallas y el enorme faro de Dasios, un dios hacía tiempo bajado de su pedestal, en cuya cima, a más de cien metros del suelo, crepitaba día y noche una enorme hoguera, visible a muchas millas de distancia.

Vislumbraron el campamento de Las Serpientes del Desierto al norte de la ciudad. Millares de tiendas, grises y marrones, ocupaban una amplia franja a lo largo de la costa de la isla.

Darfor ordenó que la flota permaneciese en alta mar. No tenían permiso para anclar en los puertos de la ciudad, ni él quería que se perdiese tiempo atracando en los muelles. De manera que navegó a la ciudad en su buque insignia, una nave de doscientos setenta remos que él mismo había nombrado Libertad Afirense, cuyas velas estaban pintadas con el águila dorada que representaba a su casa. Era escoltado únicamente por dos galeras y poco más de cien hombres.

Infinidad de barcos se alineaban en las dársenas del puerto Dasios. Ser Maxwell intentó calcular su número. Al cabo de un rato se dio por vencido. Era una tarea titánica, eran muchos centenares de naves, casi todas eran carracas y cocas, gordas naves de uso comercial, venidas de todos los rincones imaginables.

Atracaron en uno de los escasos muelles libres, en el límite sur de puerto Dasios, junto al puerto militar de la ciudad. Una delegación de gordos mercaderes ataviados con túnicas de lino los esperaba bajo paraguas para protegerse del fuerte sol. Tras ellos les esperaban sus palanquines, que eran cargados por esclavos de torsos desnudos llenos de cicatrices y tatuajes. Ser Maxwell se encontró preguntándose si todos los mercaderes tenían que ser gordos. No recordaba haber conocido uno delgado, o que al menos no tuviera papada.

—Sed bienvenidos a Domra —dijo uno de ellos en la lengua local, un idioma áspero y extraño al que se le conocía como Damramio, por ser originario de la isla.

—Gracias, Ranney —respondió el Rey en la misma lengua.

Darfor vestía ese día de suntuoso terciopelo negro. Su capa de piel de topo, teñida de negro, ondeaba con la brisa marina. Su corona, de oro puro, con forma de águila y adornada de multitud de diamantes y rubís le ceñía la espesa cabellera negra. Su corona multicolor parecía fuera de lugar en consonancia con el resto de su atuendo negro. En la mano, no faltaba su báculo con forma de cabeza de lobo. La esfera oscura entre las fauces de la fiera tallada emitía destellos ante el sol del mediodía.

—Su majestad y Ser Maxwell son bienvenidos a ocupar uno de los palanquines —ofreció Ranney con voz zalamera.

«Ojalá se hubieran comportado así en un principio», pensó con rencor Maxwell, recordando la entrevista anterior, durante la cual fueron tratados casi como méndigos.

—Prefiero caminar —manifestó Darfor—. He navegado durante varios días seguidos, necesito sentir la firmeza de la tierra bajo los pies. De todas formas, agradezco vuestra oferta.

—Su majestad tiene toda la razón —concedió el gordo mercader—. Después de la cubierta de un barco no hay nada más grato que la dureza del suelo. Permitidme que os guíe en ese caso.

—Como gustéis.

Ranney abrió la marcha en dirección a las puertas de la ciudad. Darfor y Maxwell lo siguieron, escoltados por media docena de guardias, todos mercenarios. A continuación, les seguía el resto de mercaderes en sus palanquines y su nutrida guardia. En la retaguardia iba el séquito del rey: medio centenar de mercenarios, capitaneados por ser Mariel Aries y ser Dayteen Creew, caballeros exiliados de Arrdras, que escoltaban los numerosos cofres de oro. Alrededor, todos querían saber quién era aquel extraño personaje que llevaba corona, y la gente no tardó en salir a calles, terrazas, ventanas y balcones para curiosear.

—Son los mejores barcos del reino —alardeó Ranney mientras se internaban en las amplias avenidas de la ciudad. Cincuenta naves de guerra eran la única razón por la que el rey Darfor había acudido al gremio de mercaderes de aquel rico país—. Ciento veinte remos cada uno, espolón recubierto de bronce, mástil removible…

Ser Maxwell ya no escuchó el resto de la cháchara del gordo mercader. Imaginó que el rey Darfor tampoco.

Medio año atrás habían acudido a aquel mismo mercader, en busca de una nave y una tripulación. Los había escuchado, desde luego que los había escuchado, pero cuando atendió que la querían para aventurarse en el Mar Oscuro, y más allá hasta Isla Pirata, se había reído en sus caras, como si la vida se le fuera en ello. El colmo de su diversión fue cuando le expusieron que la pretendían prestada y que al regreso le facilitarían un porcentaje del tesoro. Era increíble que ahora se comportase como si tal cosa nunca hubiese acaecido. Casi parecía un perrito queriendo agradar a su amo. Pero necesitaban las naves, sin importar cual fuera el precio, incluso si eso significaba fingir que tal episodio tan bochornoso no había ocurrido.

La sede del Gremio de Mercaderes de Domra era un esplendido edificio chapado en oro de siete pisos de alto. Dos fornidos soldados montaban guardia ante los recios portones, armados con lanza, escudos ovalados y una espada al cinto. El interior era aún más lujoso que el exterior, ricas alfombras traídas de todos los rincones del mundo cubrían el piso, pinturas de renombrados artistas adornaban las blancas paredes, esculturas de grandes hérores y reyes locales y de criaturas fantásticas descansaban en elaborados pedestales. 

No estuvieron en el edificio más tiempo del exigido por el protocolo. Se dijeron las frases de cortesía, se habló sobre el negocio, se firmó el contrato y por último cambiaron de manos el oro y los barcos.

Los barcos eran en verdad tal como los había descrito Ranney: hermosos, grandes, fuertes y maniobrables, y todos contaban con una tripulación de esclavos para los remos. En Arrdras estaba prohibida la esclavitud; pero Darfor pensaba liberarlos después de tocar tierra en el continente de poniente. Serían los únicos barcos de la flota que contarían con el pleno de remeros. Servirían de avanzadilla a la flota, navegarían por los flancos y la retaguardia. Sería fabuloso que toda la flota contara con remeros, pero en un viaje tan grande como el que emprenderían, el peso de los remeros y los mercenarios solo supondría un peligro aún mayor para la misión, además que una vez desembarcados en Afiran, serían hombres inútiles en tierra y gastos innecesarios.

Al caer la noche se encontraban reunidos con los oficiales de Las Serpientes del Desierto. Bianni Ross, el general de la compañía era un hombre fornido, de piel cetrina y enormes bigotes negros.

—No os esperábamos tan pronto, majestad —dijo durante la cena que habían dispuesto en honor al rey—.  Creímos que aún teníais muchos pendientes en Robast.

—Y así era —dijo el rey, afable—. Pero los acontecimientos se han acelerado. Agradezco a los dioses por ello.

—Se rumorea que la Compañía Antigua está con nosotros —tanteó Bianni.

—Rumores ciertos —aclaró Darfor—. Nos reuniremos con ellos en la desembocadura del Most.

—¿Cuánto zarpamos de Domra?

—Mañana, con las primeras luces del alba.

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