Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

27 de febrero de 2018

De vuelta en casa - Cuento corto

Era domingo el día en que Anthony se plantó frente a la casa. Acababa de bajar del autobús que tenía que tomar al volver del trabajo. No llegaba a coche, pues todavía estaba pagando la casa. Una casa que había comprado con toda la ilusión. Pronto serían las seis de la noche, pero el día era claro aún.

Tenía seis noches sin dormir en casa. La primera noche la pasó en casa de su madre, y las otras cinco en un hotel económico, pues no sabía qué decirle a su progenitora sobre los motivos que hacían que un hombre no durmiera en su propia cama. Esa noche estaba decidido a dormir en el hogar. Aunque no fuera el hogar que imaginó cuando se mudó con su joven esposa hará un par de años.

Abrió la puertecita y entró al pequeño jardín frontal. El césped presentaba un tono ligeramente amarillo y las flores de las masetas tenían pétalos marchitos, claro síntoma de que no se las cuidaba como antes. Un mes atrás eran hermosas, pero ahora…

Se acercó algunos pasos camino de la puerta. Desde la cocina le llegó un pequeño silbido. Una ráfaga de aire agitó las cortinas de la ventana y pudo ver la silueta de su esposa, afanada preparando la cena. El fuerte sentimiento que lo invadió lo atenazó como un puño y tuvo que hacer un ímprobo esfuerzo para no llorar. Era su esposa, tan joven y tan hermosa, ¡estaba allí!

Margarita asomó el rostro por la ventana. Sonreía radiante.

26 de febrero de 2018

Historia por WhatsApp 57) Asesino (III)




24 de febrero de 2018

El Mago Desterrado (Capítulo 27)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 26
A Puerto Esthír
Los reclutas de Armizas llegaron a Puerto Esthír en el penúltimo día del sexto mes. Veinte días después de haberse puesto en marcha. Cumpliendo al pie de la letra las órdenes de lord Brown.

El grupo se había puesto en marcha el noveno día del mes, algo más tarde de lo que a ser Rodny le habría gustado. Cargar las mulas y los carromatos les había hecho perder las primeras horas del día. De manera que cuando por fin se pusieron en marcha, toda la población se había reunido a ambos lados de la calzada para despedirlos entre rosas, aplausos y vítores (sin que faltase el llanto de una que otra mujer), con la intención de animarles para que marchasen con los ánimos por los cielos.

A partir de ese momento mantuvieron una marcha constante, sin descanso, deteniéndose con las últimas luces de la tarde, lo que les daba el tiempo necesario para montar el campamento, y poniéndose en marcha con la aurora.

Durante los primeros días los ánimos se mantuvieron elevados. Al tercer día la alegría inicial fue cediendo ante el cansancio y la rutina. Hacer lo mismo todos los días es algo que deprime a cualquiera. Levantar el campamento, desayunar gachas, marchar, detenerse a medio día para comer pan y queso, volver a marchar y volver a detenerse para montar el campamento y comer un pedazo de carne o pescado en salazón, pronto los tuvo hastiado.

Se levantaban cansados y se acostaban aún más cansados. Las bromas y griterío de las primeras noches comenzaron a morir en la tercera, ya nadie quería hablar, ni ver la luna ni las estrellas, ni hablar de las cosas que harían o les gustaría hacer, ni de las cosas que verían, ni de los caballeros a quienes conocerían; sólo querían dormirse temprano para tener restos de energía para afrontar otra ardua jornada de marcha. De a poco se estaban dando cuenta que la gran aventura, no tenía mucho de “gran”, especialmente los más jóvenes, quienes en un principio fueron los que más entusiasmo habían mostrado.

23 de febrero de 2018

El único inconveniente - Cuento corto

Me gusta mi vida solitaria. Tal vez sea porque toda mi vida me ha gustado la soledad. Cuando estaba en casa, prefería la soledad de mi habitación, mi viejo sillón rojo y un buen libro. A veces salía a pasear, a recorrer los jardines, sentarme a la sombra de algún árbol, siempre con un buen libro. Leer es algo que me ha encantado desde pequeña.

Por eso fue que empecé a visitar este bosque en el que ahora estoy. Hay un parque cerca de aquí, pero yo sólo iba a él para llegar al bosque. Más al oeste hay un riachuelo de agua cristalina que serpentea con gracilidad entre los troncos gruesos y frondosos, millares de animalillos bajan a beber a él y siempre es posible ver un pajarillo sobrevolándolo.

Al este hay una cordillera no muy elevada, donde el sol se levanta entre dos crestas, provocando alguno de los amaneceres más lindos del mundo. Pero, sobre todo, me gustaba venir aquí para leer. Siempre viene poca gente, de modo que podía relajarme y sumergirme en otros mundos sin temor a ser interrumpida.

20 de febrero de 2018

El maullido - Cuento corto

Habían pasado tres días desde que se perdiera Lana, la gata que tenía más pelos que piel de Andrea. Esa tercera noche lloró igual que las dos anteriores.

La gata se la había regalado su tía Lucrecia para su sexto cumpleaños, que había sido dos meses atrás. La niña había amado a Lana desde el primer día. Sus padres se quejaban mucho sobre que era mañosa y traviesa, pero Andrea creía que lo hacían con cariño.

La tercera noche tras haberse perdido, Andrea se quedó dormida después de derramar abundantes lágrimas. Estaba triste por su gatita, sólo de imaginar lo que le hubiera o pudiera estar pasando le hacía un nudo…

La despertó un maullido. «¡Lana!», pensó al instante. El maullido se repitió medio minuto después. A la pequeña no le cupo duda de que se trataba de su adorable mascota.

¡Mamá, papá, Lana volvió! gritó, dejando la cama.

Abrió la puerta y se asomó al exterior. El paisaje campestre estaba tenuemente iluminado por las estrellas. Era una noche sin luna. Buscó con los ojos a su mascota, al no verla llamó:

16 de febrero de 2018

Debajo del árbol - Cuento corto


Como maestra que labora para el gobierno, no tengo poder para elegir el lugar donde impartir mis clases. Poder que el gobierno ostenta. Aprovechándose de ese poder me enviaron a este pueblo olvidado por la civilización. De no haber venido aquí, nunca me habría pasado lo que me pasó.

Hacía dos meses que me había mudado a mi nuevo hogar. Esa noche, que regresaba tarde de una reunión del personal docente, cogí un camino diferente al acostumbrado. Como el lugar era un pueblo muy pacífico, donde nunca ocurría nada fuera de lo normal, supuse que tomar un camino diferente no era ningún peligro.

¡Cuán equivocada estaba!

Todo trascurrió normal hasta que me acerqué al árbol. Un hombre estaba a la orilla del camino, de espaldas. Oí un leve sollozo.

¿Señor, está bien? pregunté.

Ingenua, mejor me hubiera echado a correr.

El hombre se giró. Vi las cuencas vacías de sus ojos y grité, retrocedí, tropecé y caí desmadejada en el suelo.

13 de febrero de 2018

¡Esos Ojos! - Cuento corto

Pensar en mi padre es pensar en sus ojos, ojos grises, ojos cargados de decepción. Creo que a su modo me quería, y él al menos decía eso cuando me golpeaba. Decía que lo hacía por mi bien.

Si no te castigo, ¿cómo vas a aprender, Jonhy? Era su frase favorita mientras me golpeaba.

Es posible que me quisiera, si bien el sentimiento predominante era el de la decepción. A ojos de él era un inútil. Lo peor de todo es que tenía razón.

Desde pequeño fui frágil de salud. “Ese niño será un inútil”, me dijeron que decía. En el jardín de niños me golpeaban los demás pequeños. “Ese niño es un inútil”, decía. Nunca le agradaron los dibujos que yo hacía, aunque todos dijeran que eran muy bonitos. Al final, hasta a mí me parecieron feos.

A medida que crecía, también lo hacía la decepción a ojos de mi padre. Yo no lo entendía, nada de lo que hacía era lo suficientemente bueno a ojos de él, aunque mi madre estaba encantada.

El día que entré al coro de la iglesia cuando tenía diez años, mi madre bailó de felicidad por tener un hijo artista, mi padre me molió a palos y me sacó del coro. Mientras me golpeaba no dejaba de decir: “si no te castigo, ¿cómo vas a aprender, Jonhy?”

10 de febrero de 2018

El Mago Desterrado (Capítulo 26)

Lee el cpítulo anterior: CAPÍTULO 25
Empieza el Retorno
La noticia de que la Compañía Antigua estaba con el rey Darfor fue un aliciente importante en la campaña del legítimo rey de Afiran. Había acelerado las cosas a un ritmo casi vertiginoso.

Ser Maxwell regresó a Robast diez días después de la reunión con los líderes de la renombrada Compañía. Traía consigo un contrato firmado por los cinco personajes, mediante el cual tan magna compañía se comprometía a pelear por el rey Darfor Doverick, hasta ponerlo en el trono que por derecho le correspondía… o hasta la derrota.

Cuando la noticia se anunció en las sinagogas y tribunas de Robast, los hombres que acudieron a la mansión que alquilaban, para jurar sus armas al Rey, se contaron por miles. Mercenarios de comarcas vecinas se presentaron a las murallas de la ciudad en un tiempo record. Y en un lapso igual de sorprendente se había enlistado un ejército de diez mil hombres y adquirido los servicios de doscientos barcos.

Ser Maxwell, aunque no lo demostraba con una gran sonrisa de idiota, se sentía orgulloso por ello. Su rey había confiado en él y no le había fallado. Si bien era cierto que las negociaciones con los honorables líderes de la compañía fueron tediosas y largas, también era cierto que ahora poseía cierto conocimiento extra para tratar con ese tipo de personas. Había discutido, más que negociar, durante horas con los nobles líderes de la Compañía Antigua. Quienes resultaron ser unos hombres orgullosos, ambiciosos, pagados de sí mismos y demasiado acostumbrados a la comodidad de su ciudad-campamento.

—La Compañía Antigua jamás ha salido del continente oriental —alegaba uno.

—Tú rey es un mago —decía otro—. Un mago es visto en tus tierras como algo peor que un dragón, ¿cómo quieres entonces que sentemos a un mago en el trono de una de las más prosperas naciones del mundo?

Siguiendo una línea similar, uno a uno fueron turnándose para poner pegas a la oferta de trabajo, por más que fue cediendo y ofreciendo cada vez más. De manera que Maxwell no tuvo otro remedio que recurrir a su último recurso, a su jugada maestra.

6 de febrero de 2018

Los ojos del niño - Cuento corto

El grito penetró la bruma del sueño de la mujer, extrayéndola del mismo de forma abrupta. Se incorporó con una mano sobre el corazón, asustada.

«¡Thomas!», pensó con miedo. Estaba segura que ese grito provenía del cuarto de su hijo, contiguo al suyo.

Esteban, despierta dijo a su marido. No era la primera vez que se despertaba por alguna pesadilla o el llanto de su hijo, pero esa vez era diferente. El miedo que la envolvía en su gélido abrazo era angustiante. ¡Es Thomas, algo le pasa!

Su esposo se revolvió en sueños y murmuró algo sobre que lo dejase dormir. La mujer le dio un puntapié, con lo que sólo consiguió que el hombre se enchamarrara más. «Maldito», deseó molerlo a golpes. En su lugar, corrió a la habitación del niño.

Al abrir la puerta, un sollozo apagado llegó a sus oídos, estrujándole el corazón. La cortina de la ventana estaba alzada. Al mirar con más atención, la mujer se dio cuenta que el cristal de la ventana también estaba alzado. La luz argéntea de la luna llenaba la habitación, dándole un aspecto fantasmagórico.

2 de febrero de 2018

Voces - Cuento corto

¿Atrapados?, sí, creo que esa palabra es la que define nuestra situación.

Viajábamos en el viejo coche de la familia. Los seis. Mis padres y mis tres hermanos. Una tormenta nos atrapó y corrimos a refugiarnos en esta vieja casucha en la cual estamos cuando el coche falló.

Soy la menor, de manera que soy la que menos debe preocuparse, pues los encargados de solucionar los problemas son los adultos, luego, los hermanos mayores. El caso es que estoy muy preocupada y asustada. Si yo estoy así, ¿cómo se encontrarán mis hermanos?

Hace cuatro días que estamos aquí. La tormenta cesó, pero las cosas horribles que vinieron con ella no. No estoy segura si vinieron con la tormenta o la tormenta nos trajo a ellas, lo cierto es que no estamos solos. Aunque no hemos visto nada ni a nadie, estamos seguros, pues los oímos.

Oímos aullidos lobunos, gruñidos aterradores, ululares escalofriantes, gritos estridentes e inhumanos.