Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

27 de enero de 2018

El Mago Desterrado (Capítulo 25)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 24
Malas Noticias
El mensajero era un joven moreno, delgado, con el cabello negro azabache revuelto. Tenía la piel sudorosa y las ropas raídas y sucias.

—¿Qué mensaje traes? —preguntó ser Dayron, impaciente.

Además de ser Dayron y ser Madiel, también estaban presentes ser Derek Sander, Rickion Piznar, Marcio Burak, Rubenio, Silas Gamellardi y ser Allen.

—Me temo que no os serán gratas.

—Dejad que seamos nosotros quienes decidamos eso —adujo ser Dayron—, y limítate a transmitir las noticias.

—Sí, mi Lord.

—Y no soy ningún Lord.

—Deja tranquilo a nuestro amigo, ser Dayron —intervino ser Madiel con aire conciliador—. Traed al joven una silla y una copa de vino —se dirigió a la servidumbre.

Ser Madiel lo miró con cara de pocos amigos.

—Gracias, mi Lord —correspondió el mensajero, aceptando la copa de vino, pero rechazando el asiento.

—Ahora sí, ¿nos harías el favor de transmitirnos el mensaje? —solicitó Madiel

—Por supuesto…

—Por lo visto te complace ser llamado Lord, Madiel —interrumpió ser Dayron con sorna—. ¿Se puede saber de qué eres señor?

—Un título vacío no hace daño a nadie —comentó Madiel—. Se me hace absurdo discutir por cosas aún más absurdas. Te agradecería que dejes al joven hacer su trabajo.

—Como quieras —bufó—. Adelante, mi amigo, el auditorio es vuestro.  

—Como decía, me temo que son malas noticias —empezó, dando un sorbo nervioso a la copa—. Hace diez días desembarcó un gigantesco ejército en las costas de Variae…

—¡Brenfer! —mascullaron ser Dayron y ser Madiel al unísono. Ambos caballeros se miraron sorprendidos.

—Sí —confirmó el mensajero—. Yo me encontraba en Dos Cerros cuando llegaron. Primero aparecieron cincuenta naves de guerra. Nuestra flota, que con tanto esfuerzo se construyó, salió a hacerles frente. Por instantes creímos que venceríamos, pues pensamos que eran el grueso de las fuerzas brenferinas. Los cogimos por sorpresa y los atacamos por dos flancos a la vez. La marcha de la batalla nos favorecía. Nuestras naves eran más pequeñas, pero también más rápidas. Hasta que entró en acción la nave del capitán, un monstruo de más de doscientos remos, que destruía todo a su paso. Su casco parecía de acero…

—Eso es imposible —intervino Rubenio.

―Sólo es una metáfora ―dijo Silas.

—Exacto, mi Lord ―concedió el mensajero―. Sólo hacía referencia a que no nos fue posible abrirle un boquete con nuestras embestidas. Pero aún así estábamos ganando, hasta que… hasta que…

—¿Hasta qué? —apremió ser Dayron, impaciente como siempre.

—Hasta que aparecieron los demás barcos. No me fue posible contarlos, pero eran muchos, cientos sin lugar a dudas —hizo una pausa—. Lo que para nosotros fue una batalla en toda regla, para ellos no fue más que una escaramuza.

—¿Estás seguro? —balbució un sorprendido ser Dayron— ¿De verdad eran tantos los barcos?

El moreno mensajero, que ya había vaciado su copa de vino, asintió.

—Me temo que sí.

—¿Qué sucedió después? —preguntó Silas Gamellardi.

—Nuestras naves dieron la vuelta y huyeron a toda vela —informó—. Sólo se salvó la mitad de la flota, muy pocas intactas. Ahora mismo no sé dónde estarán. La mitad cogió rumbo este y la otra mitad huyó hacia el norte. Es posible que se hayan encontrado al rodear la isla, no lo sé. Lo más sorprendente, la flota enemiga ni siquiera hizo ademán de perseguirnos.

—¿Y por qué iban hacerlo? —replicó ser Dayron—. No valía la pena perseguir a una flota ya derrotada.

—Mencionasteis un ejército gigantesco —dijo ser Madiel—. Contadnos sobre éste.

—Se trata de la mayor aglomeración de hombres que en mi vida haya visto —dijo—. Fue un espectáculo increíble, aterrador hasto donde no tienen idea. Cuando me marché de Dos Cerros ya llevaban largo rato desembarcando a sus hombres y aún había interminables hileras de barcos esperando su turno. Nunca vi al ejército completo —admitió—, pero, aún siendo optimista, creo que son muchos diezmiles.

—De manera que son sólo conjeturas vuestras —apuntilló ser Dayron—. Nos traes noticias incompletas.

El mensajero abrió los ojos como platos, asustado y herido en su orgullo.

—Me urgieron a abandonar la ciudad —explicó el joven—. Toda la ciudad temía un cerco, así que fui despedido de inmediato para traer tan magras noticias.

—Hicisteis bien —dijo ser Madiel—. De lo contrario es posible que no nos hubiésemos enterado de nada.

El joven asintió, agradecido.

—¿Qué conclusiones podemos sacar de todo esto? —inquirió Marcio Burak, el capitán de La Garra Negra.

—Que estamos metidos en un gran lío —comentó Rickion Piznar, adusto como siempre.

Ser Derek Sander rió el comentario del otro mercenario.

—Y en uno grande —añadió, no parecía que le importara mucho—. Y no dudéis que Afiran enviará un ejército similar o más poderoso aún. Pronto seremos como un ratón en medio de dos fieras.

Era la primera vez que los capitanes de las compañías mercenarias intervenían en la reunión. Hubiera sido mejor que no lo hubieran hecho.

—Y nosotros aquí —masculló ser Dayron, apretando con fuerza los puños—. Sin poder aniquilar un nimio ejército.

—Ese nimio ejército está muy bien atrincherado —observó ser Madiel, hartándose de a poco de los comentarios incompetentes de su colega.

—Pronto caerán —dijo Rubenio—. Las provisiones no les durarán toda la vida. Y cuando eso suceda será su fin.

—¿Y cuándo será eso? —quiso saber ser Dayron.

—Paciencia, señores —dijo Rubenio—. Sólo necesitamos paciencia.

—Hace casi un mes que estamos plantados aquí —continuó ser Dayron—. Ya había dicho yo que era un error intentar sorprenderlos en su campamento. Y sigo pensando de esa manera.

—Por lo menos los tenemos inmovilizados —observó ser Allen—. Algo mucho mejor que si fuésemeos nosotros los atrapados tras las murallas de Ciudad Dargan.

Ser Dayron no dijo nada. Al parecer para eso no tenía un comentario osado.

Madiel deseaba estar en cualquier otro lado menos allí. Sus esperanzas de independizar Tres Minas se hacían añicos de a poquito. Desde un principio había contado con la intervención de Brenfer y todo su poderío, de igual forma que esperaba hiciera lo mismo Afiran. Ingenuamente había pensado que las dos potencias se matarían entre sí, hasta que sólo quedara uno en pie. Luchar contra una sola nación tenía más perspectivas de victoria que hacerlo en simultáneo contra dos. Que era lo que les deparaba el futuro.

Lo peor de todo era que ambas naciones tenían ejércitos más numerosos que el suyo. Aún uniendo los ejércitos de las tres islas, incluyendo las guarniciones de todos los pueblos y aldeas, no sobrepasarían los treinta y cinco mil hombres. Número más que aceptable, eso si no se vieran amenazados por dos frentes. ¡Si tan sólo pudieran enfrentarse a un enemigo a la vez! ¿Y dónde estaba lord Alex y su ejército de mercenarios?

Madiel se encontraba frustrado y, durante una fracción de segundo, sopesó tirar la toalla, tomar un cofre de oro, su esposa, un barco y huir a los reinos orientales. Por supuesto que desechó tal idea de inmediato. No, él no se daría por vencido. Lucharía hasta el final.

¡Si tan solo pudiera enfrentarse a un enemigo a la vez!

El día que atacaron el Pescador Borracho creyó que el ejército afirense sería aniquilado. Pero los enemigos habían hecho gala de inteligencia y se habían refugiado en su campamento, atrincherándose a la espera de ayuda de su país. Lo peor de todo era que todavía estaban allí, aún eran una amenaza latente, no podían descuidar el cerco ni un momento o podrían llevarse una desagradable sorpresa. Los afirenses aún contaban con unos quince mil hombres y con comida, al parecer, para muchos días más, ya que los vigías afirmaban que aún no habían empezado a comerse los caballos.

Y ellos no contaban con las fuerzas suficientes para intentar tomar el campamento. El número de su ejército apenas si sobrepasaba los dieciséis mil soldados: ocho mil mercenarios y ocho mil darganianos. Prácticamente estaban igualados en número. Intentar tomar el campamento con aquellas proporciones sería una insensatez.

Para colmo, el ejército del rey Crasio hollaba Variae. Ya no tenían tiempo para esperar que los afirenses murieran de hambre. Tenía que pensar en otra solución, y pronto.

«¿Dónde estás lord Alex con el resto de mercenarios?»

—¿Qué vamos hacer? —preguntó Silas Gamellardi, poniendo voz a los pensamientos de todos.

—¿Tenéis alguna idea, ser Dayron? —invitó Rubenio.

Ser Dayron se removió en su silla, inquieto. Lanzó una mirada inquisitiva a ser Madiel.

—Creo que hay que jugárnoslo todo de una puta vez —dijo.

—Adelante —invitó ser Madiel, que creía saber por dónde iba la cosa.

—Me refiero a una sola batalla —continuó—. Con todos nuestros hombres.

—Por una vez estoy de acuerdo con vos, Ser —apoyó ser Madiel, incapaz de hallar otra solución.

Los demás permanecieron en silencio un minuto, descifrando lo que ambos caballeros proponían.

—Es una idea osada —apuntó Rubenio rascándose la barbilla—. No obstante, aunque todos los presentes estuviésemos de acuerdo en ello, no nos sería posible tomar una decisión, recordad que nuestros aliados también tienen vos y voto.

—Vos representáis Darmón—señaló ser Dayron—. Eres uno de sus cuatro líderes.

—Muy perspicaz, Ser.

—¿Qué opináis al respecto? —invitó ser Madiel, dirigiéndose a todos los presentes.

En el fondo no le agradaba dejar a los poblados sin guarnición, era como dejar un borrego a la intemperie para que las fieras lo devoraran a placer. Por otro lado, era consciente que, o hacía aquello y se lo jugaban todo en una sóla batalla, o el enemigo los derrotaría poco a poco, en un cerco lento e irrefrenable. Tendría que ser así; o morían juntos o vencían juntos. Tres Minas tenía que unir sus fuerzas para vislumbrar una pequeña esperanza de victoria. Y aún así, sin ser negativo, sólo realista, había que aceptar que las probabilidades estaban en su contra.

La noción fue aprobada por los cuatro líderes presentes: ser Madiel, ser Dayron, Rubenio y Silas Gamellardi. Los oficiales de las compañías mercenarias aludieron que ya habían dado su palabra, y que mientras recibieran su paga puntualmente, estaban con ellos hasta el final. Pero Madiel sabía que era de inteligentes dudar de las palabras de un mercenario. Aún así no dijo nada.

Tomada la resolución reunieron a un centenar de avezados mensajeros, hombres del ejército dispuestos a jugarse la vida por su patria, y los enviaron, con un mensaje escrito y sellado por los líderes presentes, a todos los poblados de Tres Minas. La orden era clara: todo soldado debía dirigirse al Pescador Borracho cuanto antes, y el resto, dejar sus hogares, coger lo indispensable y huir a las capitales de sus respectivas islas.

Por supuesto, en la práctica nada sería tan sencillo. Y ser Madiel lo sabía muy bien. Pero tenían que intentarlo, no hacerlo era rendirse antes de haber peleado siquiera. No sabía cómo estaban las cosas en Variae y Darmón, pero los líderes de esas islas tendrían que buscar la manera de embarcar a sus fuerzas armadas para enviarlas a Dargan. Para Darmón era una labor bastante más factible que para Variae, meditó Madiel. Si el informe era cierto, Variae era invadida en aquellos momentos por miles y diezmiles de soldados y cercada por una flota de cientos de barcos. Lo más probable era que de Variae no recibieran ningún refuerzo. Aunque ojalá consiguieran resistir, al menos hasta que ellos doblegarán al ejército asediado y pudieran acudir en su auxilio.

Al atardecer los mensajeros ya habían partido, la mayoría rumbo a Variae y Darmón, el resto se había dirigido a los poblados de la propia Dargan. En Dargan, además del ejército apostado en El Pescador Borracho, no contaban con más fuerza militar, sin embargo, los mensajeros siempre partieron para regar la noticia de que todos los civiles debían refugiarse en Ciudad Dargan. No deseaba estar en la ciudad cuando toda aquella masa hiciera filas ante las puertas de las murallas para atestar aún más la ciudad.

Se había subido a un pequeño promontorio para vislumbrar la totalidad del campamento enemigo. Era un cuadrado perfecto de alrededor de una milla de diámetro. En el interior, a diez metros de los muros, las tiendas de lonas doradas y escarlatas se alineaban en líneas rectas; fuera de éstas, los soldados encendían fogatas y se preparaban la cena. A través del catalejo vio a uno asando una enorme salchicha del tamaño de un pepino ¡Salchichas de semejante tamaño! Estaba claro que los asediados no sufrían de hambre. Sobre la muralla vio a un caballero charlando con uno de los guardias, después ambos se rieron. ¡Eso era imposible! ¿Cómo era posible que aún estando asediados tuvieran ánimos de reírse?

Después centró su atención en su propio campamento. En orden no era para nada equiparable al campamento enemigo. Mientras el campamento rival era cuadrado, de líneas rectas y de tiendas uniformes y colores igualmente uniformes, excepto las de los caballeros y de la nobleza; el suyo era una larga línea sinuosa que corría parelo a la muralla enemiga. Las tiendas, de todos los colores y formas imaginables, estaban dispuestas sin un patrón específico. Exceptuando las de las compañías mercenarias claro está. Los darganianos también encendían fogatas y se reunían en grupos que iban desde tres hasta veinte personas y se ayudaban unos a otros para preparar la cena, pero no había sonrisas en ninguno de ellos, menos después de que se hubo corrido la voz de que había sureños en Variae.

Entonces sonó una trompeta. Era una llamada de alarma.

Ser Madiel se sobresaltó, tanto así que se golpeó un ojo con el catalejo que estuvo a punto de caérsele.

—¿Qué demo…? —no terminó la frase a causa de aquella aterradora imagen.

¿Sería posible… sería posible que los brenferinos…? No, no. Aquello no podía ser. Se suponía que los brenferinos estaban en Variae ¿o es que acaso habían dividido sus fuerzas? ¿O sería Afiran? No, tal suposición tenía que ser falsa. Según los últimos informes, Afiran aún estaba reclutando su ejército. ¿Entonces de quién era aquella flota?

Abajo, en el campamento aliado, la alarma se había extendido a todo lo largo y ancho. Todos corrían a sus tiendas y cogían armas y armaduras y se apresuraban corriendo a formarse ante sus oficiales. En el campamento enemigo, algunos vigías apuntaban sus telescopios a los barcos que se perfilaban en el horizonte, mientras el resto de la soldadesca también hacía preparativos por si la amenza era para ellos.

—¡El catalejo! —recordó— ¡Idiota!

Por la distancia le sería imposible reconocer a alguien de las naves, sin embargo, sí que podía divisar los estandartes.  Buscó el escudo de Brenfer y Afiran en las velas con el corazón en un puño, pero este parecía no estar presente en ninguna nave. Si aquella flota no era de Brenfer ni de Afiran ¿entonces de quién…?

—¡Lord Alex! —gritó lleno de júbilo.

Corrió como loco hasta llegar a las caballerizas, montó su caballo a pelo y cabalgó a toda prisa hasta la playa. La flota visitante echaba anclas en el diminuto muelle del Pescador Borracho entre vítores y aclamaciones llenas de júbilo cuando ser Madiel llegó. Lord Alex descendía por la pasarela de La Niña del Mar con aire de autosuficiencia. Tras él, una flota de más de medio centenar de naves esperaba turno para desembarcar.

—¡Ser Madiel! —exclamó cuando terminó de descender. Ser Madiel había bajado del caballo y lo esperaba al pie de la pasarela— ¡Me da mucho gusto verte de nuevo!

—A mí también —respondió ser Madiel. Luego se fundieron en un abrazo.

Al caer la noche el campamento había duplicado su tamaño. Las fuerzas contratadas por Lord Alex ascendían a quince mil hombres. Diez mil pertenecían al Dragón Rojo y el resto eran mercenarios independientes.

Lord Alex ya no se mostraba tan radiante a la hora de la cena. En su fuero interior había pensado que los refuerzos conseguidos por su persona serían los hacedores de la independencia. Cuando se enteró de toda la situación, también se dio cuenta que sus quince mil hombres apenas significaban diferencia.

—Pero con los hombres que vengan de Variae y Darmón superaremos fácilmente los cuarenta mil —adujo durante la cena que celebraban los líderes. Los oficiales mercenarios no estaban presentes en esa ocasión.

—Es una esperanza —dijo ser Madiel—, pero no me jugaría mi vida a ello. Con Brenfer invadiendo Variae no creo que recibamos grandes refuerzos de allí.

—¿Qué proponéis? —preguntó lord Alex.

—¿Cuántas naves habéis traído? —replicó Madiel.

—Sesenta y siete —respondió—. No soy tan mal negociante —eso era claramente una mofa―. Todas nuestras, naves de transporte en su mayoría.

—Más las que traje de Luastra y las que se han recuperado de la flota afirense, suman alrededor de ciento veinte. Iremos algo apretados, pero creo que cabremos todos.

—¿En qué estás pensando? —inquirió ser Dayron, alerta.

—Primero, tomaremos este maldito campamento, después navegaremos hacia Variae. Es hora de que Brenfer también pruebe una cucharada de nosotros.

Uno a uno los presentes fueron asintiendo. 

Lee el capítulo siguiente: CAPÍTULO 26

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