Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

13 de enero de 2018

El Mago Desterrado (Capítulo 24)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 23

Banquetes
La estancia en su nuevo hogar distaba mucho de ser lo que había imaginado.

Su esposo casi no le prestaba atención, excepto cuando la visitaba por las noches para meterse en sus sábanas y entre sus piernas para usarla cuándo y cómo le complacía. Dariana apenas si sentía placer en esas ocasiones y esperaba con temor la entrada de la noche.

La segunda noche después de su boda, lord Daniel quiso ponerla a cuatro patas y tomarla por atrás. Dariana no sabía mucho al respecto, pero había oído comentar que cosas así sólo las hacían las prostitutas. De modo que se opuso, como era lo lógico, ya que ella no pertenecía a tal estirpe. Pataleó, gritó, arañó y hasta lloró, más su marido se mostró inflexible y la golpeó varias veces en el rostro hasta que logró lo que se proponía. A partir de ese momento, el resto de las noches pasaron a convertirse en pesadillas.

La mañana que siguió a esa noche tenía moretones en un ojo y en ambas mejillas.

—El Rey se va a enterar de esto —le advirtió a su esposo mientras se vestía y Daniel se calzaba las botas.

Fue como pisarle la cola a una serpiente.

Apenas advirtió el movimiento. En un momento su esposo se ponía las botas ayudado por los criados y al instante siguiente le apretaba el cuello con ambas manos y la miraba con ojos de animal enfurecido. El vestido de seda que se ponía se le deslizó y cayó al piso. El criado seguía junto a la cama, la vista clavada al enlosado.

—Tú no vas a contar nada de esto a nadie —balbució, la ira hacía que sus palabras salieran entrecortadas—. Ahora tú eres mi mujer y yo hago contigo lo que sea. —La soltó de golpe y le dio un brusco empujón.

Dariana se sostuvo del armario entre accesos de toz mientras irreflexivamente se llevaba una mano a la garganta. Durante unos instantes había creído que moriría.

—Pero… soy la princesa… —balbució.

La respuesta de su esposo fue una fría carcajada, cargada con sarcasmo.

—Eras una princesa —le aclaró, ocupado nuevamente en calzarse las botas—. Ahora eres Lady Madison, la esposa de Lord Madison. ¿Supongo que sabes lo que eso significa verdad? —de pronto lo tenía de nuevo encima y le sujetaba el rostro con fuerza para que le viera a la cara—. Eres la esposa del señor más poderoso del reino, más te valdría no indisponer al Rey contra él. Así que deja de ser una cría y comportarte como la mujer que ya eres.


Su hermanito Naamario había descrito a su esposo como un patán, hacía ya algunos meses. Irene lo había visto tratar groseramente a un miembro de la servidumbre y había aducido que los hombres así no eran buenos esposos. Príncipe y doncella llevaban razón, lord Daniel era un patán y mal esposo. Más, mucho peor que eso.

Ese día no salió de la habitación y la mayoría del tiempo se la pasó llorando. Irene se escandalizó cuando vio los moretones, más no se sorprendió cuando Dariana le contó que eran obra de su esposo. Le aplicó maquillaje en las partes afeadas mientras le decía palabras consoladoras y se ofrecía para ir a traer al rey, para que pusiera al animal de su esposo en su lugar. Dariana sólo la escuchó y por último le hizo prometer que no enteraría de lo sucedido a nadie. Después de rezongar mucho, Irene accedió.

Sin embargo, no eran los golpes y la forma en que Lord Daniel la utilizaba lo que a día de hoy la tenía sumida en una depresión sin tregua.

Después de la segunda noche, su madre había subido a sus aposentos por la tarde, ya que no la había visto en el desayuno.

Dariana estaba sumergida en la bañera, jugueteando distraída con la espuma mientras Irene le frotaba la espalda, cuando su madre llamó a la puerta. Irene fue a abrirle y la llevó hasta el cuarto de baño. La miró de forma escrutadora, como hacía con las mercancías que le ofrecían y luego dijo:

—Así que la bestia ya sacó las garras —lo dijo fríamente y sin emoción alguna, evitando mirarla a los ojos.

Dariana se llevó las manos al rostro. No recordaba que la capa de maquillaje se había lavado y que los moretones relucían en toda su fealdad.

—Irene, por favor déjame sola con la reina —ordenó a la doncella— ¿Entonces… lo sabíais? —inquirió, cuando Irene hubo salido—. ¿Sabíais el tipo de hombre con el que me iba a casar?

—Me temo que sí.

—¿Cómo pudisteis? —preguntó como una niña, casi llorando—. ¿Cómo pudisteis tú y mi padre hacerme algo así?

—No creo que sea tan malo —dijo la reina a la defensiva.

—¡Mira mi rostro! —chilló Dariana— ¡Qué no es tan malo!

—Lo siento, mi amor —la reina Brissa parecía a punto de echarse a llorar. Por fin la miraba a los ojos—. Al principio yo no quería que te casaras con Lord Daniel, pero ya sabes cómo son los hombres, siempre velando por sus intereses… tú abuelo y tú padre… hay mucho en juego… no tuve otra opción que ceder, el reino necesitaba esta unión.

Ya habían pasado tres semanas desde ese día, sin embargo, el dolor y la decepción que Dariana había experimentado aún hacía que se le encogiera el corazón. Aún sentía la bilis de la traición en la garganta. Y cada que recordaba, trataba de imaginar una forma de venganza.

—Vete, madre —recordaba haber dicho con un nudo en la garganta—. Ya no quiero verte.

—Mi amor, tienes que entender…

—Vete.

La reina Brissa se puso de pie, se alisó las faldas y la dejó sola en la bañera, limpiándose unas lágrimas que no derramó en su presencia. Se echó a llorar justo después de quedarse a solas. Irene regreso al cuarto de baño un momento después de salir la reina y la acunó en sus brazos.

Dariana lo entendía, por supuesto que lo entendía, ya no era una niña. Entendía que ella hasta hace poco había sido una princesa, y que por lo tanto no se debía a si misma sino que se debía al reino. Y el reino, en guerra contra Tres Minas y Brenfer, necesitaba aquella unión para mantener unidas a las dos casas más grandes del reino. Necesitaba esa unión para asegurar que Puerto Esthír se mantenía fiel a Afarnaz. Lo entendía, por supuesto que lo entendía, más no por ello era menos doloroso.

Esa noche tampoco bajó a cenar. Cenó sola en sus aposentos, bajándose la comida con copas de vino, y a veces sentía en los labios el sabor salado de las lágrimas. Más tarde, superada momentáneamente la crisis, con gesto sereno y una sonrisa fingida, recibió a su esposo en la puerta.

—¿Por qué sonríes como estúpida? —espetó éste.

Su sonrisa se esfumó de un plumazo. Inocente como era, había creído que portándose gentil y haciendo lo que su esposo ordenara, olvidaría la noche anterior y la trataría como se merecía. ¡Cuán equivocada estaba!

—Anda, ¡Desnúdate y túmbate en la cama! —ordenó.

Dariana sintió que las lágrimas le escocían los ojos. En aquellos instantes sólo quería llorar y echarse a correr para alejarse de aquel animal con quien la habían casado. Sin embargo, los únicos brazos a los que podía acudir a llorar, los de su madre y su abuelo, le estaban vetados, ya que a pesar de lo mucho que decían quererla, no les había importado sacrificarla para conseguir sus fines. De manera que mantuvo el rostro alzado, reprimió las lágrimas e hizo lo que su señor esposo demandaba.

Su madre se marchó al día siguiente, acompañada por un numeroso séquito de damas de alta alcurnia: esposas, madres, hermanas, hijas e incluso abuelas de los señores más poderosos del reino. Antes de marcharse estuvo largos minutos de pie ante la puerta de los aposentos de Dariana, rogando que le abriera para poder despedirse. Dariana no abrió la puerta, estaba demasiado dolida y molesta para querer verla.

Esa misma tarde, su esposo, con gesto satírico, le informó que había mandado arreglar el cuarto contiguo para que pasara a ocuparlo. No quería que una mujer, aunque esta fuera su esposa, compartiera sus aposentos.

El rostro de Dariana se iluminó. Eso significaba que no tendría que soportarlo todas las noches, no tenía que dormir con él a su lado.

—Por las noches dejarás la puerta sin pasador —ordenó—. Quiero que siempre estés disponible cuando te me antojes.

Su rostro perdió un poco de luminosidad, sólo un poco. Aún así aquello era mejor que compartir todas las noches con él, durante las cuales lo único que hacía era dormir, poseerla, dormir otro rato y poseerla de nuevo, a veces estando ella aún dormida.

—¿Qué esperas? —rugió, arrancándole un sobresalto e interrumpiendo sus cinco segundos de felicidad—. Llama a tu doncella y trasládate de inmediato.

Sus nuevos aposentos eran muy amplios, incluso más grandes que los que tenía en el Palacio Real. No tenía nada que envidiarle a los aposentos de su señor esposo. Ubicada en el cuarto piso, junto a los aposentos de Lord Daniel, aquella era una habitación digna de un rey, o por lo menos de un príncipe. Contaba con cuarto de baño, sala y comedor, dos habitaciones de buen tamaño y varias más, un poco más chicas.  

Por primera vez en los tres días que llevaba de casada, un gesto magnánimo de su esposo. Muy a su pesar sonrió.

Esa noche aseguró la puerta con tres pasadores. No le importaba si lord Daniel se molestaba, esa noche pretendía dormir como una reina, bueno, como una lady.

Porrazos en la puerta e imprecaciones de su esposo la despertaron antes de la media noche. Se puso de pie de un salto, se trabó con manos temblorosas un camisón de la más fina seda y caminó nerviosa en la habitación, incapaz de decidir qué hacer. Los guardias apostados en la puerta principal sin duda le habían dejado libre el paso a su señor. Ahora ella lo tenía frente a la puerta de su dormitorio principal. Nada contento, si uno se dejaba guiar por los golpes y los gritos.

―Abre, maldita zorra, o juro que mando derribar la puerta ―gritó su señor esposo, tan caballeroso como desde que se casaron.

Dariana suspiró hondo y fue a franquearle el paso a su esposo; éste seguía aporreando la maciza puerta y gritando que abriera, se lo ordenaba su esposo y señor. Con aquel barrullo que estaba armando, era casi seguro que medio castillo lo escuchaba. ¿Es que no tenía dignidad?

Tras abrir la puerta, Lord Daniel, cuyos ojos refulgían de ira, se abalanzó sobre ella y descargó un manotazo en su rostro tan brusco que le rompió la mejilla interior y la arrojó al suelo. Luego le gritó que era una puta y mil cosas más y que tenía que hacer las cosas tal cual él las ordenaba. Después le dio de puntapiés mientras ella seguía en el suelo. Cuando se cansó de gritar y pegar, se quitó los pantalones, y así, sangrante y adolorida como estaba, la tomó como si fuera la más despreciable de las perras. Fue la noche más humillante para Dariana.  

Al siguiente día, cuando reunió valor suficiente para juzgar su cuerpo después de lo de la noche anterior, se descubrió los labios rotos y las mejillas moradas. También tenía moretones en el vientre, en las costillas y en los muslos. Los pequeños pechos los tenía magullados e incluso su parte íntima presentaba manchas violáceas. La ira en su interior era una hoguera refulgente.
  
Sin nadie a quien acudir, más que a Irene, se consoló con llorar en los almohadones de su amplia cama o en los brazos de su doncella. Llorar hasta cansarse parecía una rutina establecida en su día a día.  

A partir de ese momento comprendió que si quería sobrellevar aquella nueva vida tendría que ser sumisa y complacer a su esposo metódicamente. Y esperar que la guerra se lo arrebatara, posibilidad que no creía muy cercana. Lo de ser princesa era algo que había quedado atrás. Lo único que le restaba era soportar; si los dioses eran justos un día le darían la oportunidad de cobrar todos aquellos maltratos y humillaciones. No soñaba con que la llegara a querer, como haría una chica tonta, pero sí esperaba que no la volviera a golpear y que la tratara con más dignidad.

Tres semanas después de su boda, sentada en un mullido sillón, tomando aire en el amplio balcón de sus aposentos, meditaba que desde esa noche las cosas habían cambiado un poco. Los moretones de las mejillas ya habían desaparecido, los labios rotos se curaron y las magulladuras del resto del cuerpo eran historia. Pero no porque su esposo hubiese cambiado, sino porque Dariana se había esmerado en complacerlo cuando la requería y en no importunarlo por nada del mundo en cualquier otra ocasión. No hallaba satisfacción en ello, más bien se sentía humillada y asqueada, pero por lo menos se evitaba golpes, regaños e incluso en más de alguna ocasión, Daniel se había mostrado gentil en la cama; aún así Dariana no encontraba placer en el sexo. En su interior, cada vez más marcado, un sentimiento de odio y rencor hacia su esposo crecía día con día.

A veces, de manera insconciente, pensaba en ser Harris Wyback, en sus rosas rojas, en sus continuos coqueteos y en su sonrisa carismática. Cuando Dariana venía a darse cuenta de lo que estaba pensando, se encontraba sonriendo como una tonta. Sacudía la cabeza enérgicamente y se llamaba estúpida en voz baja. Siempre terminaba diciéndose que, si pensaba en ser Harris, era simplemente porque su esposo era un estúpido patán.

A pesar de todo lo vivido desde su matrimonio, aún sentía curiosidad y expectación por algunas cosas. Un poco de eso eran los sucesos de la última semana. Los balcones de su habitación daban a los jardines interiores, sumado a que rara vez abandonaba sus aposentos, no se había percatado de que tanto en el castillo, como en la ciudad y fuera de las murallas se respiraba un ambiente diferente, de trajín y mucho ruido. Pero no era sólo eso.

Siete días atrás, acompañada por Irene, había subido por casualidad a la terraza del castillo, dos pisos más arriba de sus aposentos. Cuando se asomó al parapeto observó que una delegación de unas diez personas cruzaba las puertas de los muros del castillo. Todos montaban briosos caballos e iban ataviados con armaduras que refulgían bajo la luz del sol. Al frente iba un portaestandarte, que ondeaba el emblema de Colina Baja: un cuervo negro sobre azul cielo. Pero lo que llamó la atención de Dariana no fueron los caballeros y sus caballos, sino el hecho que allá a lo lejos, fuera de las murallas de la ciudad, se había alzado un campamento de varios centenares de tiendas.

Esa misma noche su esposo le ordenó que se vistiera adecuadamente y bajara al banquete.

En efecto, esa noche hubo un banquete al que asistieron unas cien personas, en el que el invitado de honor fue lord Mayron Saraer, un moreno hombrecito, cincuentón, rechoncho, de cabello negro y largo. El resto de invitados eran señores menores, caballeros y algunos soldados de alto rango al servicio de Lord Mayron o de los vasallos de su casa.     

Al principio de la velada Dariana estuvo callada y temerosa, tenía miedo de agraviar a su esposo, de enfadarlo o peor aún, de que la golpeara frente a todo aquel público. No obstante, su esposo apenas le prestó atención, y se dedicó a beber y a discutir más que hablar con Lord Colina Baja, como algunos llamaban a Lord Mayron por su tamaño achaparrado. Pero conforme pasaba la noche, merced también a un par de copas de vino, se ralajó y se entretuvo charlando de cosas triviales con varios de los invitados.

La siguiente noche el banquete se repitió, también la noche que siguió y la siguiente… en fin, hacía ya siete días que todas las noches se celebraba un banquete en el gran salón del castillo de los Madison. Más los invitados no siempre eran los mismos. La primera noche había estado presente Lord Mayron Saraer y algunos de sus vasallos. La noche que le siguió se agasajó a casi todos los señores y caballeros al servicio de Puerto Esthír, aquellos que no habían ido a la guerra. La tercera noche fue Lord Claus Sander, de Viejo Sander, quien estuvo en el banquete junto con buena parte de sus abanderados.

El nuevo señor de Isla Madre, tras la muerte del antiguo lord, Narciso Blanc, estuvo en el banquete la cuarta noche. El nuevo lord, llamado William Blanc, un hombre muy alto, que rondaba la treintena de años, era un tipo afable y carismático. Dariana había charlado un poco con él esa noche, y no se olvidó de darle el pésame por la muerte de su padre.

La quinta noche no hubo banquete. Tampoco vio a su esposo por ningún lado. Tampoco la visitó en su dormitorio. De manera que Dariana disfrutó de una tranquila noche y de un reparador sueño.

La sexta y séptima noche fueron agasajados los señores de Puerto Negro y La Unión, en ese orden.

Al principio Dariana no sabía a qué se debían aquellos banquetes. Ni tampoco por qué el campamento a las afueras de la ciudad parecía crecer con el transcurrir de los días. No le había preguntado a su esposo al respecto, aunque sentía curiosidad, pero se había prometido no dirigirle la palabra a su esposo a menos que este le hiciera una pregunta o le pidiera algún comentario sobre su atuendo o alguna otra nimiedad; cosa que a él parecía agradarle, o por lo menos no le desagradaba. No había nadie más a quien preguntarle en el castillo, y durante los banquetes no sentía la suficiente confianza para hacer ese tipo de preguntas a los lores y caballeros que compartían la mesa principal.

Sin embargo, no hubo necesidad de hacer preguntas de ninguna índole; sólo tuvo que aguzar los oídos para que los mismos comensales le fueran desglosando la historia de lo que estaba ocurriendo. Oídos aguzados y paciencia fue lo que necesitó.

La razón era bastante sencilla. El ejército afirense había sufrido una derrota aplastante a manos de los darganienses. Al menos una cuarta parte de sus hombres habían muerto. Los supervivientes se habían refugiado en el campamento, donde eran asediados por las fuerzas rebeldes. Para colmo, se tenía noticias de que el ejército del Rey Crasio se estaba reuniendo en Puerto Real, muy cerca de Tres Minas, y que el avance hacia éstas era cuestión de días. Aunque había quienes aseguraban que los brenferinos ya habían zarpado, debido a que las noticias de los informadores siempre llegaban con varios días de retraso.

De manera que el Rey Nakar había tomado una importante decisión: responder con fuerza.

La orden ya se había enviado a todos los rincones del reino, desde el más grande hasta el más pequeño de los señores vasallos. El Rey se proponía reunir una fuerza de unos cincuenta mil hombres y una flota de casi catrocientos barcos. Aunque no faltó quien dijera que el ejército superaría los cien mil hombres y las mil naves, hasta que su esposo los hacía entrar en razón.

—Serán cincuenta mil de infantería, seis mil jinetes y cuatrocientas naves —aclaraba, con voz de quien ha repetido lo mismo en varias ocasiones.

Fuera de la ciudad, el campamento parecía una miniatura de ésta.

Pero no todos tenían la oportunidad de acudir al banquete. A éste solo acudían los de la nobleza. Entre éstos el ambiente era de optimismo. Anunciaban a gritos y con obscenidades los deseos que tenían de entrar en guerra y de la paliza que les darían a los rebeldes y también a los brenferinos por meter sus narices donde nadie los había llamado. En opinión de Dariana, la mayoría de aquellos nobles no se comportaban como tales, sino como orangutanes en un circo. Menos aún cuando ya había circulado cierta cantidad de vino.

Gritos ahogados allá a lo lejos la sacaron de sus reflexiones.

—¡El Rey! ¡Ha llegado el Rey! —logró discernir.

El corazón de Dariana dio un salto.

«Mi padre está aquí».

Al principio sintió alegría. Pero esta sólo duró un segundo. Lo que tardó en recordar que su padre era el primer responsable de su unión con lord Daniel.

—Ha llegado su Majestad —comentó Irene.

—Es lo que parece —concordó Dariana—. Así que hoy habrá banquete de nuevo.

Y así fue. A primera hora del anochecer descendía las amplias escaleras ricamente alfombradas del palacio. Se había puesto un hermoso vestido de seda color turquesa, y se adornaba el cuello, muñecas y orejas con joyas a juego. Llevaba el cabello recogido en una coleta y saludaba a todos con una sonrisa en los labios.

Su señor padre, de aspecto regio, lucía una indumentaria escarlata y azul. En la cabeza lucía la corona sobre su negro cabello. Estaba sentado a la derecha de lord Daniel, quien ocupaba el lugar de honor por estar bajo su techo. Su esposo vestía de negro y azul y tenía el semblante serio. A la derecha del rey se sentaba lady Miriam Madison, la suegra de Dariana, también ricamente vestida. Junto a lord Daniel había un asiento vacío, reservado para lady Madison.

No vio a la reina por ningún lado.

—Buenas noches, mis señores —dijo—. Su Majestad —al rey lo saludó con una pequeña reverencia.

Además de su esposo, su suegra y su padre, Dariana vio en la mesa principal a otros rostros conocidos. También estaban allí ser Freddy Madison, el tío de su esposo, grande, fornido, rubio y con semblante pétreo. Lord Morris McCain, señor de Valle McCain, un hombre realmente gordo, de enorme papada y rostro colorado pero afable, también ocupaba un asiento en la mesa. Aunque viéndolo bien, era muy probable que ocupara dos asientos. Lord Willen Zuan, señor de Arenas Grises, Lord Morrison Black, señor de Pintazul y ser Mario Wyback, heredero de Pueblo Chico y hermano de ser Harris Wyback, también estaban a la mesa. Todos ellos señores menores bajo el vasallaje directo de la casa Doverick.

Otros señores menores y caballeros ocupaban las restantes mesas. En total, unos doscientos.

Entre los comensales distinguió a ser Harris, vestido de negro y escarlata, y durante un instante se quedó sin respiración. No fue difícil divisarlo, ya que el joven caballero tenía su vista clavada en ella. ¡Qué galante le parecía! Y por su gesto, parecía que él opinaba lo mismo sobre ella.

—¿Por qué llegaste tarde? —le recriminó su esposo al oído mientras le apretaba con fuerza el brazo.

Y era cierto. El banquete ya había dado inicio. Los sirvientes desfilaban en las mesas con enormes bandejas de cordero asado, nabos, zanahorias, cebollas, mariscos, enormes peces bañados en diversas salsas y jarras de cerveza, agua y vino.

—Lo siento —dijo—. No me di cuenta de lo tarde que es.

—Espero que no se vuelva a repetir —el tono de voz de su esposo daba a entender que si volvía a repetirse lo iba a pagar muy caro.

El resto del banquete transcurrió de manera tranquila. Eso hasta que el vino fue ingerido de manera respetable. Entonces empezaron las charlas subidas de tono, las carcajadas y los bailes con las mismas sirvientas, ya que además de Dariana y Lady Miriam, eran las únicas mujeres en el salón.

Mientras los demás bailaban, cantaban, gritaban, discutían y bebían vino, ya no de las copas sino de las jarras directamente, los comensales de la mesa principal se dedicaron a charlar y discutir sobre asuntos de guerra.

—Las noticias más apremiantes son las que vienen del sur —dijo Lord Morrison Black—. Hace quince días que el ejército de Brenfer zarpó de Puerto Real.

—¿Y alguien sabe dónde han atracado? —preguntó lord Daniel.

—Al parecer esa información nunca salió del alto mando —dijo ser Mario—. De lo contrario, nos hubiésemos enterado.

—Hasta que no sepamos algo sobre su destino, no podemos hacer nada al respecto —dijo su señor esposo.

—¡Y nosotros varados aquí! —se lamentó lord Willen.

—Con un ejército asediado en Dargan y otro a medio formar —le secundó lord Morris.

—Me temo que nuestros compatriotas en Dargan estén condenados a morir —apuntó Lord Morrison.

—Eso es algo que no estoy dispuesto a permitir —prorrumpió el rey—. Esos compatriotas que mencionáis vos, mi lord —la mirada que dirigió a lord Morrison era capaz de atravesar una pared—, son mis hombres. Y no morirán si yo puedo impedirlo.

—Nadie quiere que mueran, majestad —de alguna forma lord Morrison había logrado reducirse de tamaño.

—También son mis hombres —adujo lord Daniel, cuya voz y sus ojos de víbora no tenían nada que envidiar a los del rey—. Pero me temo que Lord Morrison tenga razón.

—Eso ya lo veremos —dijo el rey—. En cuanto se haya reunido todo el ejército navegaremos sin demora a Dargan. Si los dioses son bondadosos, liberaremos a nuestros camaradas poco después del desembarco.

—Sería una insensatez marchar a Dargan sin estar preparados —apuntilló lord Daniel. La mirada que el rey dirigió a su yerno hizo pensar a Dariana que de un momento a otro se desenvainarían las espadas—. No cometamos la misma estupidez que cometió mi padre.

—Tú padre no era ningún estúpido —vociferó ser Freddy, que hasta ese momento se había mantenido al margen de la discusión—. Y si tú no lo fueras te dirigirías con más respeto al Rey.

—Fue mi padre quien nos metió en esta situación…

—Ya basta señores —rugió el rey poniéndose de pie—. Esos no son temas para ser tratados frente a mi hija y la madre de nuestro querido anfitrión. Continuaremos esta charla en otra ocasión. Cuando el vino haya circulado menos. A algunos nos afecta demasiado.  Buenas noches. —Y se marchó.

—¿Quién se cree qué es? —increpó lord Daniel—. ¡Él está en mi techo y aquí mando yo!

—Es el Rey —murmuró por lo bajo ser Mario.

—Ya sé que es el Rey —rugió Daniel—. Pero eso no evita que sea un estúpido…

—Vámonos querida —lady Miriam la tomó por los hombros y la guió a su habitación—. Cierra bien la puerta —Dariana abrió la boca para replicar, pero lady Miriam no le permitió hablar—. Esta noche no permitiré que mi hijo visite tus sábanas. De hacerlo, no sé de qué sería capaz.

—Gracias —logró articular Dariana.

A pesar de la discusión entre su señor esposo y su padre, esa noche Dariana durmió como una reina. Sus últimos pensamientos fueron para ser Harris.

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