Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

10 de diciembre de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 23)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 22
Frente a las playas de Variae
Cinco días después del desembarco de Marcial en Puerto Real, llegó el ejército de lord Byron Darcis. Para entonces lord Byron se encontraba de muy mal humor y refunfuñaba por todo. A sus lores y oficiales los regañó a voz en grito, Marcial nunca lo había visto tan molesto, y como castigo ordenó a todo el ejército mantenerse de pie una jornada completa bajo el ardiente sol.

—¿A qué no es tan difícil? —les gritó antes de dejarlos descansar—. ¿Qué os costaba sacrificaros un poco más durante la marcha?

Con los seis mil hombres de Isla Darcis se completaba el ejército de Brenfer. Eran cerca de cuarenta y cinco mil soldados; cuarenta mil de a pie y cinco mil jinetes, la décima parte de éstos eran caballeros.

Los cinco días que esperaron a los hombres de lord Byron, fueron tensos en extremo. Algunos señores eran partidarios de iniciar la invasión inmediatamente, sin contar con el pleno de las fuerzas, mientras que otros deseaban contar con todo el poderío para echarse a la mar. Marcial sólo quería regresar a la Base.

—No cometamos el mismo error que cometieron los afirenses —declaró lord Benson Imeck, señor de Puerto Imeck, la noche que el rey Crasio celebró un banquete para todos sus lores y almirantes, justo el día que Marcial desembarcó en Puerto Real—. No los subestimemos.

—Pues yo creo que deberíamos atacar ya —apuntó lord Alendrae Sambar, señor de Pueblo Viejo—. La derrota que los afirenses sufrieron fue a mano de los darganianos, quienes precisamente se encuentran ocupados pensando qué van a hacer con el resto del ejército afirense encerrado en su propio campamento. Me atrevo a asegurar que Darmón y Variae se encuentran indefensas. Tomaremos ambas islas antes de que el ejército en Dargan se de cuenta.

—Se oye muy bonito como lo dices —dijo con sarcasmo lord Benson—. Pero dudo que sea así.

—¿Y por qué no iba ser así?, ¿es que crees que Tres Minas tiene poderosos ejércitos guardando cada isla? —inquirió lord Alendrae, haciendo caso omiso al sarcasmo.

—Poderosos ejércitos, tal vez no, pero creo que quien ha infringido tal derrota al muy capaz ejército de Afiran, no dejaría sin protección parte de su patria.

La discusión había proseguido durante buena parte de la velada. Hasta que se llegó a un punto muerto. Fue el rey quien tuvo la última palabra en ese caso. Y Crasio Villareal hacía mucho que había dejado la audacia a un lado. 

—Esperaremos a los hombres de Lord Byron —declaró, y con ello terminó la discusión y la cena.

Una cena nada amena, especialmente para lord Byron, quien indirectamente era el motivo por el que algunos grandes señores parecieran viejas tomateras en un mercado, en lugar de señores de alta alcurnia.

Cuando por fin, cinco días después, los hombres de lord Byron hicieron acto de presencia, las tensiones entre los señores cedieron un poco y centraron sus energías en los preparativos para la inminente partida.

El ejército que el rey Crasio había reunido era impresionante, en opinión de Marcial. Cuarenta mil infantes y cinco mil jinetes. Doscientos barcos para el ejército y cien más para los animales y provisiones. Trescientas naves en total, suficientes para transportar hombres, monturas, suministros, armas de asedio y artillería. De las cuales, más de la mitad eran barcos de guerra.

La misma noche que el ejército estuvo completo, el rey convocó a sesión a su cadena de mando: casi todos los señores del reino o sus herederos, cuando los primeros eran demasiado viejos, demasiado débiles o demasiado gordos para liderar hombres en la guerra.

A pesar de que la tensión entre lores había cedido notoriamente, lo que menos faltó fueron discusiones, ni tampoco vino. Como en casi todas las cosas, siempre había quienes pensaban absolutamente diferente a sus colegas. Mientras que unos querían atacar Variae y Darmón en simultáneo, otros, más precavidos, eran de la idea de atacar primero Variae, que era la isla más cercana a Puerto Real.

Por su parte Marcial, a quien le importaba un penique las discusiones entre los grandes señores, se contentó con comer y beber unas cuantas copas de vino. Lo único que le interesaba era terminar con su parte en esa guerra para poder regresar y defender su tierra de los Myarams.

Por fin, tras largas horas de discusiones llegaron a un consenso, en el que se estableció que lo más sensato era tomar las cosas con precaución. De esa manera se decidió que primero tomarían Variae, posteriormente Darmón y por último Dargan. Aunque tenían que darse prisa, antes de que Afiran se desemperezara y mandara una fuerza igual o mayor a la que ellos habían reunido. Aunque los informes decían que en Afiran no se estaban reclutando más tropas.

El día primero del sexto mes del año, ya en pleno verano, todo el ejército, a bordo de las trescientas naves, puso rumbo a Variae.

Era una imagen espectacular. Trescientas naves zarpando hacia el mismo destino. Las más grandes y menos maniobrables iban al centro. En la vanguardia, en la retaguardia y en los flancos: una nutrida escolta de naves de guerra. Marcial y sus cuarenta naves, lideraba la avanzadilla, junto a otras diez naves de Puerto Real. Dos mil quinientos soldados de infantería, todos de Isla Darcis, cincuenta por nave, lo acompañaban, el resto iba en las naves de transporte, más grandes y más lentas. Cuando el puerto quedó oculto por el horizonte, aún había naves en las dársenas que esperaban su turno para zarpar.

De Puerto Real a Variae no había más de ciento cincuenta millas. Pero, aun así, hasta con los mejores vientos, calculó, tardarían de tres a cuatro días para ver sus costas. Sin embargo, tardaron algunos días más. Quartón, el dios de las aguas y los vientos no les fue propicio, de manera que el viento era débil y racheado cuando no nulo. Marcial se moría de impaciencia en la cubierta de la Lord Darcis XXI.

Las naves de guerra no hubiesen tardado más de cuatro días en llegar a Variae, como mucho, sin embargo, las naves de transporte, que sólo avanzavan impulsadas por el viento, llegaban a quedar varadas jornadas completas. Y Marcial y los suyos tenían que esperar.

Fueron días tensos y aburridos. Los soldados se pasaban todo el día tirados en la cubierta, rascándose la panza y echándose aire con abanicos improvisados. Los remeros, que sentían que se cocían en el interior, también empezaron a salir a cubierta. Pero el calor era tan sofocante que ni siquiera allí encontraron consuelo.

Diez días fue lo que tardó la flota en llegar a la costa de Variae, más del doble de tiempo de lo que Marcial había supuesto. Como almirante de la avanzadilla, Marcial fue de los primeros en divisar la costa de la isla. Por supuesto, era una isla, aunque tenía unas ciento cincuenta millas de longitud, y en su parte más ancha, alcanzaba las cien millas de ancho.

Lo primero que Marcial vio fue dos altas colinas. Conforme las naves se acercaban, empezó a vislumbrar un pequeño poblado al pie de las mismas. Era un pueblecito muy bonito, de tejados rojos y edificios de hasta tres plantas. Las construcciones empezaban al pie de las colinas y se extendían hasta la playa. Si el mapa no lo engañaba, aquel lugar se llamaba Dos Cerros. Lo que más impresionó a Marcial fue las murallas de cinco metros de altura, de piedra y tierra endurecida, que rodeaba el pueblo. A cada cien metros había torres rudimentarias que doblaban la altura de la muralla, en las cuales, después de observar con un catalejo, vislumbró guardias apostados en su interior.

—Si esas murallas cuentan con hombres suficientes para defenderlas —comentó a Martin—, costará muchas vidas tomar ese pueblito.

—Están preparados —susurró Martin—, están preparados para defender su independencia a toda costa.

—A la misma conclusión he llegado yo.

Marcial ordenó detener la flota a un cuarto de milla del puerto del pueblo. Anclados en éste había tres naves comerciales y decenas de botes de pesca.

«Por lo menos no poseen una flota de guerra», se consoló.

—Sería muy malo que también poseyeran naves para defender sus costas —comentó Martin, como si le hubiese leído la mente.

Entonces, de la nada sonaron las trompetas.

—¿Qué sucede? —quiso saber Marcial.

—Almirante —gritó el vigía—, vienen barcos hacia nosotros, desde ambos costados —informó, con el rostro pálido.

—¿Cuántos? —preguntó Marcial.

—Entre veinte y veinticinco por lado.

—¡Demonios! —bramó.

No había necesidad de preguntar si eran naves amigas o enemigas, no cuando el resto de la flota de Brenfer aún estaba millas detrás de ellos. Aún así preguntó.

—¿Ves a nuestras naves?

—Solamente un puñado —contestó el vigía desde lo alto de la cofa—. Pero aún están a unas tres millas de nuestra posición. Tardarán al menos media hora en darnos alcance, mientras que a los enemigos ya los tenemos casi encima, por lo menos a media milla de nuestros flancos.

«¡Por los dioses! ¡Jamás debí adelantarme demasiado! —se lamentó—. Lo peor de todo es que ya no es posible retroceder».

—Almirante, ¿qué hacemos? —preguntó Martin.

—Pelearemos —respondió decidido—. Que se preparen las naves. Quiero veinticinco naves para cada frente.

—En seguida, Almirante.

Los toques de trompetas, los gritos, las maldiciones, el trajín de la tripulación arriando las velas y preparándose para la batalla, llenó el aire durante los minutos siguientes. En la cofa, el vigía agitaba un estandarte rojo; señal para el resto de la flota brenferina de que estaban en dificultades.

Gracias a los dioses, aún tuvieron tiempo suficiente para prepararse para la batalla. Marcial distribuyó su flota en dos frentes. Ambos frentes contaban con dos hileras de diez naves cada una, con suficiente espacio para que pudieran maniobrar a placer. Como retaguardia o refuerzo, cada frente contaba con cinco naves. Marcial, en la Lord Darcis XXI, escoltado por cuatro galeras de cien remos, las más rápidas de la flota, formaba la retaguardia del ala derecha, el ala que veía hacia el sur.

La flota enemiga prosiguió su recorrido hacia ellos, inexorable.  

Eran naves de guerra, eso no se podía discutir, la mayoría pequeñas, de sesenta o cien remos como mucho. En la cima de los mástiles ondeaba el estandarte de Tres Minas; tres círculos intercalados de tal forma que conformaban un triángulo. Uno de los círculos era dorado, otro plateado y el otro rojizo, del color del bronce. Todo sobre fondo verde azulado. Aunque no era el único estandarte que ondeaba, sí era el que más se repetía. También ondeaba el estandarte particular de Variae y Darmón. El primero, una pirámide broncínea sobre campo grana y el segundo, un roble asentado sobre una diminuta isla, rodeado de un infinito mar azul. El estandarte de Dargan no lo vio por ningún lado, al menos no en las naves que correspondían a su flanco.

Contó veintitrés naves, dispuestas en dos hileras, la primera de doce y la segunda de once. Como ciempiés, los remos de las naves hendían el agua, se alzaban en el aire y volvían a hendir el mar, todo bien sincronizado. A su paso dejaban una estela de espuma blanca.

Antes de que se diera el choque de las primeras filas, Marcial cayó en la cuenta de que era la primera vez que lideraba una batalla naval. Anteriormente había luchado en los mares medio centenar de veces, pero casi siempre contra piratas, los cuales apenas si contaban con cinco barcos, como mucho. Aquello sí que era una batalla. Una de esas que se escriben en los libros de historia, donde él sería el Almirante de uno de los bandos. La perspectiva no le produjo ningún placer.

Se sintió nervioso, pero a la vez confiado. Sus remeros y sus timoneles eran de lo mejor del reino. En quienes no confiaba mucho era en la infantería que transportaba. Llegado el momento, no dudaba que lucharían con encono, pero no sabía si eso sería suficiente. Ellos eran soldados de tierra, no de mares y barcos. No es lo mismo la estabilidad de la tierra al vaivén de una cubierta.  

Cuando las primeras dos líneas estuvieron a menos de cien metros de distancia, de la flota enemiga surgió una andanada de flechas.

«Demonios —pensó Marcial—, eso no me lo esperaba».

—¡Escudos arriba! —gritó el oficial de la infantería.

Medio centenar de escudos se alzaron sobre las cabezas de los soldados.

Las flechas alcanzaron la primera fila de naves, ni una sola llegó a la segunda, mucho menos a la tercera. Se oyeron gritos ahogados, allí donde las flechas alcanzaron a aquellos que no se cubrieron a tiempo, o aquellos cuya mala suerte y los dioses quisieron que fuesen alcanzados allí donde los escudos dejaron algún resquicio al descubierto. Ni una nave detuvo su curso.

Una segunda andanada de flechas siguió a la primera. Los soldados se refugiaron en sus escudos. Mientras, las naves siguieron avanzando.

Tras la tercera andanada, que esta vez alcanzó la segunda fila de barcos, se produjo el choque de las primeras líneas.

A Marcial se le hizo muy difícil vislumbrar lo que a continuación empezó a ocurrir. Las más pequeñas naves del enemigo no evitaron el enfrentamiento directo para aprovechar su mayor movilidad, como Marcial había supuesto, sino que embistieron. Tras el choque inicial, donde más de una nave perdió sus remos o se vio dañada en mayor o menor grado, todo se redujo a combates particulares. Se lanzaron ganchos, se tiraron las pasarelas y los hombres empezaron a abordar. Todo era más caos que orden.

Marcial iba a ordenar que la segunda línea cargara contra las naves enemigas que estaban siendo abordadas, pero cambió de idea justo a tiempo. La segunda fila de las naves enemigas también marchaba con ese propósito. Así que ordenó que la segunda línea remara a velocidad de embestida para interceptarlos.

Sólo las más pequeñas, unas cinco, lograron su cometido. De manera que cinco naves de su flota fueron embestidas brutalmente. El choque fue estruendoso y las astillas volaron en el aire, como confeti en el día del carnaval. A todas se les abrieron sendos boquetes por los cuales empezó a entrarles agua a raudales; no tardarían en hundirse.

Una furia ciega embargó a Marcial. Con el corazón clamando venganza ordenó que las últimas cinco naves, incluida la Lord Darcis XXI, avanzaran. Escogió la víctima y ordenó al timonel dirigirse hacia ella. La víctima era una nave de unos ochenta remos, que le ofrecía todo el costado, y que además se encontraba ocupada tratando de terminar de hundir la Cielo Gris, que capitaneaba Robin Suárez.

Mientras los doscientos cuarenta remos de la nave insignia hendían el agua a toda velocidad, al ritmo de los tambores, Marcial desenfundó su espada y cogió el escudo con fuerza, casi con furia. De un sólo golpe había perdido cinco naves, y no tenía idea de cómo iban las cosas en el otro costado. No estaba dispuesto a perder ni una sola nave más, no sin luchar.

A su alrededor todo era confuso: ruido, sangre, astillas, barcos y agua salada, y unos malditos tambores que no dejaban de repercutir. Los cinco barcos de su flota que habían sido embestidos se hundían centímetro a centímetro, siendo sólo cuestión de tiempo que se perdieran en el fondo del mar. Dos de las tripulaciones habían logrado abordar las naves con las que se habían enganchado antes de ser embestidas y luchaban con furor para tomar el control de ellas. El resto, saltaba al agua, hundiéndose los que portaban armaduras, mientras que el resto era acribillado a flechas o bien llegaba a la playa, donde arqueros dispuestos en la muralla del pueblo los remataban también a flechas.

La Lord Darcis XXI, enorme, potente, pesada, siguió arrastrándose irremisible hasta embestir con toda su potencia a la confiada e indefensa nave enemiga que procuraba exterminar a la tripulación de la naufragante Cielo Gris. El choque fue brutal, la pequeña galera enemiga se partió prácticamente en dos y tardó menos de un minuto en irse a pique.

La tripulación de la Lord Darcis XXI empezó a lanzar cuerdas para ayudar a subir a todos los tripulantes de la Cielo Gris que habían sobrevivido, y a todo aquel que estuviera cerca. Mientras, la infantería, en ausencia de flechas, acribilló con lanzas, piedras, cuchillos, o cualquier cosa que pudieran arrojar para matar o por lo menos golpear a aquellos que saltaban de la galera enemiga que se hundía a una velocidad endiablada. Incluso no faltó uno que otro imbécil que arrojó su espada. Se podían tirar las lanzas, que al fin y el cabo para eso eran, pero ¿las espadas? Lord Byron no estaría nada contento.

«Sí es que sobrevivimos».

A continuación, la nave insignia cargó contra otro de los pequeños veleros enemigos. Éste maniobró con destreza y evitó el golpe. Inmediatamente giró y cargó contra la Lord Darcis XXI, pero no cogió suficiente fuerza y no causó más que un sonido sordo y un temblor en el enorme buque.

—¡Abordadla y matadlos a todos! —rugió Marcial.

Su orden fue recibida con un grito de sed, sed de sangre.  

Los soldados lanzaron garfios y pasarelas y saltaron hacia la pequeña presa. Le siguió un combate encarnizado, que sus hombres estaban ganando al superar en número al enemigo.

Los últimos hombres se preparaban para saltar a la nave enemiga, cuando Martin le gritó:

—Almirante, nos atacan por el otro costado.

Marcial se giró en redondo.

Una galera en cuyo mástil ondeaba el estandarte de Tres Minas se deslizaba a toda velocidad hacia ellos, con el espolón apuntando amenazadoramente hacia el costado de su nave. Demasiado tarde para apartarse del camino, sólo quedaba rezar para que el casco de la nave resistiera la embestida.

Ordenó a los soldados, que aún quedaban, permanecer en la nave y prepararse para defenderla.

El brutal choque sacudió a toda la Lord Darcis XXI. Sin embargo, el casco resistió, viéndose astillado solamente. Como respuesta al no haber conseguido su objetivo de abrir un boquete en la gigantesca nave, la tripulación de la galera agresora empezó el abordaje.  

Durante los siguientes minutos la cubierta de la Lord Darcis XXI se vio invadida por decenas de enemigos. Marcial, junto a Martin y otro soldado cuyo nombre no conocía corrió a enfrentarse a los primeros enemigos que intentaban abordar su precioso barco.

Al primero le cortó una mano. Este al verse el muñón gritó de dolor, se soltó de la borda y se precipitó al mar. El segundo cruzó la espada justo a tiempo para evitar que le partieran la cabeza en dos. Contra el segundo golpe ya no pudo hacer nada. La punta de la espada de Marcial le seccionó la garganta. Sin embargo, eran pocos los que quedaban en el barco comparado con los atacantes, al menos medio centenar, de manera que pronto se vieron superados en número.

Superados en número, los defensores empezaron a ceder ante los atacantes. Uno a uno fueron cayendo entre el entrechocar de las espadas, alaridos de dolor y maldiciones y rezos mascullados cuando recibían una herida mortal.

Marcial, que en aquel momento luchaba contra dos enemigos al mismo tiempo, creyó que todo estaba perdido. Eran menos de diez los que aún vivían y cada quien luchaba contra dos enemigos a la vez, desperdigados a lo largo y ancho del barco. Sangraba del brazo izquierdo y del pecho, pero no eran heridas mortales, había sido lo suficientemente rápido para evitar que lo fueran. Pero no estaba seguro de hacer lo mismo con las siguientes. Había perdido el escudo hacía mil años y sólo contaba con la espada y su propia habilidad para defenderse.

Continuó intercambiando golpes durante lo que le pareció una eternidad. Sin embargo, lo único que podía hacer era retroceder, retroceder y retroceder… Hasta que tropezó. Cayó de culo en la cubierta. Todavía logró interponer su espada para evitar un golpe mortal. Para su mala suerte, no logró sujetar la espada con suficiente fuerza, que salió volando.

Era el fin. Jamás imaginó que su vida terminaría aquel día, no después de lo aburrido y tediosos que habían sido los últimos días en el mar.

Su atacante más próximo, un hombrecito menudo, moreno y percudido, que apenas le llegaría a los hombros, alzó la espada dispuesta a blandirla sobre su cabeza, señal inequívoca de que su vida había llegado a su fin.

No obstante, el tajo nunca se produjo. Una jabalina se le incrustó en el estómago y el hombre cayó. Marcial, cogiendo un segundo aire, se puso de pie de un salto y corrió a coger su espada.

Espada en mano, observó maravillado que el resto de la tripulación de la Lord Darcis XXI regresaba a la nave. Los números se estaban emparejando y muy pronto les favorecerían. Al oeste, a menos de media milla, al menos medio centenar de naves brenferinas navegaban a toda máquina hacia el lugar de la batalla.

Solo había que resistir un poco. Los refuerzos ya venían. 

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