Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

26 de noviembre de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 22)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 21
Orden Real
El correo había llegado por la mañana.

Era un joven sudoroso, montado sobre una yegua aún más sudorosa. El papel que le entregó a Rodny era una hoja amarilla, hecha rollito y sellada con el escudo de los Brown: un loro verde sobre cera azul.

Marian estaba presente cuando Rodny recibió al correo, e inmediatamente observó, ominosa, que ese papel le causaba un mal presentimiento. Rodny no era muy dado a ese tipo de cosas, pero por una vez, estuvo de acuerdo con su cuñada.

—Partí ayer a primera hora de Pueblo Browny —dijo el mensajero, aunque nadie se lo estaba preguntando—. Me ordenaron cabalgar día y noche, cambiando montura todas las veces que fuera necesario. Sin duda es un mensaje importante —concluyó.

—Lo mismo temo yo —susurró Marian.

Después de ofrecerle de comer al cansado mensajero, y ordenar que dieran agua y forraje a la montura, no menos cansada, Rodny y Marian abrieron el mensaje en el despacho.

A Ser Rodny Dorgan, Regente de Armizas

En nombre del Rey Nakar Doverick, ordeno a Ser Rodny Dorgan, Regente de Armizas, o quien en nombre de Lord Peter Dorgan ejerza la regencia del municipio, presentarse en Puerto Esthír con doscientos cincuenta hombres, para formar parte del ejército del Rey.

Presentarse en veinte días a partir de recibida la orden.

Lord Bride Brown
Señor de Valle Browny
Consejero Real

«Una orden Real. Doscientos cincuenta hombres. Para ir a la guerra sin lugar a dudas».

Hacía más de dos décadas que los hombres de Armizas no eran requeridos para el ejército. Desde la guerra contra Brenfer, cuando unas pequeñas diferencias entre los reyes de aquel entonces causaron un levantamiento de armas en todos los rincones de ambos reinos. Curiosamente la guerra la ganaron ellos, los afirenses, sin embargo, quien perdió la vida fue el rey de Afiran, Navack Doverick, debido a una herida de lanza. Su primogénito, Darnon Doverick, lo sucedió en el trono y condujo la guerra de tal forma que obligó al rey Crasio a claudicar, pagando éste grandes sumas de oro en conceptos de indemnización. Muchos de aquellos hombres que fueron a la guerra y murieron eran de Armizas. 

Dos décadas después, se volvía a llamar a los hombres de Armizas para unirse al ejército. Era la guerra sin duda alguna. Pero, ¿contra quién? Tres Minas se había sublevado y declarado un reino independiente, pero no eran ningún país de grandes recursos; bastarían diez o veinte mil hombres para someterlos otra vez. Y esa cantidad de soldados podía reclutarse fácilmente en las grandes ciudades y pueblos, de voluntarios solamente. Pero aquel mensaje era una orden, no propaganda para los que quisieran alistarse al ejército. No, era algo más grande. Otra guerra contra Brenfer, probablemente.

Observó a Marian, él rostro de esta era un rictus de miedo y angustia.

—No —dijo de repente—, no nos puedes dejar ahora.

Rodny comprendía perfectamente el temor de Marian.

Hacía tres semanas que un mago y cinco hombres habían asaltado la fortaleza de los Dorgan, y el miedo era un huésped permanente en aquel hogar.

Un día después del asalto, Rodny y Jack habían interrogado al hombre capturado esa noche. Bajo tortura, este contó todo lo que sabía respecto al asalto a la fortaleza. Resultó que el chaparro que golpeaba a Marian en el despacho, efectivamente era un mago, no muy bueno por lo que llegó a entender Rodny. El resto, eran mercenarios salvajes que por unas cuantas monedas le habían vendido sus servicios. El fin del asalto era robar un diamante en forma de dragón, que el mago aseguraba, los Dorgan resguardaban en su caja fuerte.

Era cierto, por supuesto, lo del diamante en forma de dragón.

Lo que el mercenario no sabía era por qué el afán del mago de querer robar el diamante, ni si había otros que fueran tras el mismo. Rodny deseó con todas sus fuerzas que no hubiera más, sin embargo, se vio en la obligación de redoblar el número de guardias. Ni esto último había servido para que Marian se sintiera segura, no del todo.

—Es una orden —dijo Rodny un momento después.

Por supuesto, a él también le pesaba dejar sola a Marian y a los niños después de lo del asalto. Asalto que fue noticia en la aldea un día después. Una semana más tarde, también era un suceso comentado en las poblaciones más cercanas.

Cuatro guardias murieron esa noche y uno más resultó herido, quien perdió el conocimiento, librando la muerte por poco al ser confundido con un cadáver. También había muerto Sara, la cocinera. A la pobre le rebanaron el pescuezo y la dejaron desangrarse en el patio trasero, entre la mierda de cerdos y gallinas. Alicia, la hija de Sara, por si perder a su madre fuera poco, fue violada por un salvaje feo, desgarbado y sucio. Mismo destino había sufrido la prima de ésta, quien, por cosa de los dioses, estaba en donde no debía estar, siendo violada por dos hombres, hasta que Rodny y su amigo Carlos asesinaron a sus lascivos opresores.

El destino del mercenario al que capturaron con vida fue la horca, aunque por una vez Rodny deseó aplicar un castigo más cruento. No obstante, lo ahorcaron tres días después de apresarlo, en la plaza, para que todo el pueblo lo viera morir y supiera el destino que aguardaba a todo aquel que atentara contra la seguridad del pueblo. Fue un acto que reunió a casi todo el pueblo, poco acostumbrado a espectáculos similares. Se habían congregado de todas las edades, desde niños a ancianos, pasando por mozalbetes, jovencitas, campesinos, pastores y rudas matronas de casa. Un acto que conmocionó a la mayoría y alegró a unos pocos, cuando el objetivo final era este último.

—Tiene que haber alguien más —dijo Marian—. Algún otro caballero puede guiar a los hombres… el hijo de los Duoso es caballero, él podría…

—Tengo que ser yo —dijo Rodny, tajante—. Además, Ser Raymond Duoso no se encuentra en el pueblo, y aunque estuviera, las órdenes son claras.

—Pero…

—Pero nada.

Ser Rodny salió de la estancia, eligió dos guardias, y los mandó a pregonar por todo el pueblo que por la tarde los quería a todos en la plaza, tenía un anuncio muy importante que hacerles.

Marian, cabizbaja, arrastró los pies a su habitación y se encerró allí durante horas. Por supuesto, no le gustaba que la casa quedara sin cabeza, que era lo que sucedería cuando Rodny partiera a Puerto Esthír. Rodny pensó que debía hablar con ella, pero sería más tarde, o quizá mañana, que pensara y asimilara primero lo que era inevitable. Después charlaría con ella. Sin nadie más a quien recurrir, Marian tendría que asumir las responsabilidades ella sola. Quizá podría contratar un mayordomo, o alguien que la asistiera en los asuntos del pueblo. Había que considerar que era una mujer embarazada…

Ese día no hubo prácticas en el patio de armas con Peter, tampoco lecciones de baile para Liliana, las cuales habían cesado la noche que murió la madre de Alicia. Para sorpresa de muchos, Alicia no había renunciado a su empleo en la pequeña fortaleza. Aunque tampoco era que tuviera muchas opciones; su padre había muerto años atrás, su madre hacía tres semanas, su único hermano no vivía en el pueblo y sus tíos no la tenían en mucha estima, al parecer, por la debilidad de la joven a calentar la cama de la mayoría de guardias y otros muchachos del pueblo. Así que allí seguía, fregando, arreglando camas, limpiando telarañas… poco a poco recuperando su sonrisa, sus chismorreos y sus coqueteos con los guardias.

La nueva cocinera era una matrona de cincuenta años y pelo casi completamente blanco, de nombre Ryona. Le gustaba alardear que ese nombre se lo había puesto su madre, cuando la princesa Ryona, hacía cincuenta años, le había acariciado el vientre y con ojos llorosos le deseó un feliz parto. «El parto estuvo bien —contaba ella. Llegada a esta parte su voz se tornaba apesadumbrada—, nací sin complicaciones. Ryona es un bonito nombre, sin embargo, parece estar maldito: la princesa Ryona jamás llegó a concebir. Además del nombre, yo también fui bautizada con la misma maldición». No era la mejor cocinera del mundo, pero tampoco lo hacía nada mal, además no eran muchas las que se mostraban dispuestas a mudarse al hogar de los Dorgan tras lo acontecido a la anterior cocinera.

A media tarde, en la plaza, ya estaba congregado casi todo el pueblo. El sol del verano era abrasador, dos gavilanes planeaban alrededor de la silueta de éste y corría una leve brisa que apenas refrescaba el ambiente. Aún así, allí estaba la mayoría del pueblo. Tres semanas atrás habían sido convocados para presenciar el ahorcamiento de un condenado. Apenas tres semanas después los volvían a convocar, ¿para qué?, ¿es qué iban a ejecutar a otro? De pronto Armizas no era un pueblo tan aburrido. ¿Y qué si para eso había que soportar un poco de sol?, pues se soportaba.

Ser Rodny, escoltado por dos guardias, subió a la vieja plataforma que había en el extremo este de la plaza, junto al templo de Marcadav y dijo las palabras de protocolo antes de embarcarse en el meollo del asunto.  

Las pláticas, risas, susurros, blasfemias y todo lo que hace la gente cuando se reúne en masa, cesaron cuando ser Rodny empezó a hablar.

Todos escucharon atentos, expectantes. Los rostros iluminados y risueños de algunos fueron apagándose, hasta convertirse en gestos adustos, solemnes, compungidos y de miedo. Los susurros nerviosos y las risitas histéricas fue lo que siguió al mensaje leído por Rodny.

Era comprensible. Habían llegado a la plaza con la esperanza de ver otra ejecución. En cambio, lo que les decían es que tenían que ir a la guerra. Había que darles un momento para que la noticia calara en sus cabecitas, había que dejarlos pensar un rato e intercambiar impresiones entre ellos.

Al cabo de un momento, en que los susurros se convirtieron en charlas nerviosas e incluso gritos de protesta, ser Rodny alzó las manos pidiendo silencio, la gente atendió y todas las miradas se posaron en él.

—Creo que todos hemos comprendido que se trata de una Orden Real —dijo, y todos debían saber lo que suponía una Orden Real: que era ineludible—. Así que no nos queda más remedio que acatarla, lo cual supone presentarme al mando de doscientos cincuenta hombres en Puerto Esthír en menos de tres semanas.
Los murmullos afloraron como espuma en la cerveza. De Armizas a Puerto Esthír había unas quinientas millas, recorrerlas en menos de veinte días era una tarea casi imposible.

—Lamentablemente no poseo más información acerca del motivo por el cual nos requiere el Rey —continuó—. Os he leído el mensaje completo, así que os habrás dado cuenta que el mensaje es breve y claro en una única cosa: nos quieren para unirnos al ejército…

—Ser —alguien lo llamaba desde la multitud—. Aquí.

Quien alzaba la mano era un comerciante bajito, rechoncho y de barba y cabello pelirrojo. Ser Rodny lo conocía, era vendedor de telas y productos afines. Era uno de los hombres más ricos de Armizas.

—¿Alguna duda, Dodanis? —preguntó Rodny.

—Dudas no —dijo, mientras se abría paso entre la multitud para llegar a la plataforma—. Pero creo saber un poco más al respecto.

—Ilumínanos entonces.

—Con vuestra venia.

Dodanis subió a la plataforma, estrechó la mano de Rodny y se paró frente a la multitud.

El sol del atardecer calentaba las cabezas de la multitud, pero a nadie parecía importarle.

—Habitantes de Armizas —rugió Dodanis con su voz aguda—, solamente he tomado la palabra para ampliar la información que nuestro buen Ser Rodny os daba hace unos momentos —hizo una pausa, carraspeó y luego continuó—: Uno de mis muchos amigos que tengo en las ciudades, me escribió no hace mucho, advirtiéndome sobre el alzamiento de armas que muy pronto tendría lugar en todo el país. Deseé y recé con todo mi corazón que estuviera equivocado, pero parece que mi rezo no fue respondido —su tonó se tornó triste y apesadumbrado, la gente lo oía atentamente, era un buen orador—.  Las causas de que nos llamen al ejército, muy sencillas, Lord Evans Madison, quien lideraba las fuerzas para reconquistar Tres Minas, murió en una emboscada —murmullos de asombro recorrió a la multitud, Lord Evans Madison era tan conocido como el propio rey—.  Después su ejército fue acorralado, sufriendo una derrota ominosa. Ahora mismo los restos del ejército se encuentran bajo asedio en un pequeño campamento, sin comida ni forma de conseguirla.

»Esa chusma de Tres Minas ha desafiado la soberanía de Afiran —continuó—, asesinaron al Señor más importante del reino, incendiaron su flota y casi aniquilaron su ejército. Nuestro amado Rey Nakar no puede permitir semejante ultraje. Así que aquí estamos, reunidos para enviar un pequeño convoy de soldados al Rey, para borrar el ultraje y demostrarles a esos parásitos qué Reino es el más grande del mundo.

Sin previo aviso la multitud soltó una salva de aplausos y vitores. Rodny se sorprendió. Pocas veces había oído a la gente responder de tal forma a unas cuantas palabras.

—¿Es veraz vuestra información? —preguntó Rodny, que no estaba muy convencido.

—Absolutamente —afirmó Dodanis.

—Bien —Rodny asintió. Luego se volvió hacia la multitud y con las manos los conminó a guardar silencio—. Amigos… amigos… silencio por favor. Gracias a nuestro amigo Dodanis ya tenemos una idea del motivo por el que se nos ordena marchar a Puerto Esthír —dijo—. De todas formas, ya lo temíamos. Seré sucinto, necesito doscientos cincuenta voluntarios que me acompañen. Os estaré esperando en mi hogar para anotar vuestros nombres. No quiero menores de edad ni mayores de cuarenta y cinco años. Mañana os quiero a todos de nuevo aquí. Si para ese momento no tengo en mi lista doscientos cincuenta nombres, los elegiremos al azar. Recordad que es una Orden Real, no os gustará incurrir en la ira del Rey.

Dio por concluida la reunión y todos se marcharon a sus hogares con un gran dilema rondando en sus mentes. Los jóvenes y adultos; ¿ir o no ir? Las madres y abuelas; ¿dejar que vaya el hijo o el nieto o no? Las esposas temiendo por los esposos. Y alguna joven ilusa, imaginando a su amado saboreando la victoria en la batalla, regresando cubierto de gloria para decirle que la ama y que ella es la razón de todo lo que ha hecho.

Cuando Rodny regresó a la torre de los Dorgan, le seguía un grupito de unas diez personas; eran los primeros voluntarios.

El resto de la tarde, ser Rodny estuvo bastante atareado anotando nombres de hombres que querían alistarse. La mayoría eran jóvenes, de esos impetuosos que no le temen a nada y piensan que todo es una aventura. Llegaban en parejas o grupitos de tres o cuatro, animándose mutuamente, bromeando sobre lo que verían y vivirían. Durante un instante Rodny contempló la posibilidad de explicarles que unirse al ejército no era un juego, y lo duro que les parecería más adelante. Más no lo hizo. En la plaza había dicho que los requisitos para alistarse eran ser mayor de edad y menor de cuarenta y cinco; todos los jóvenes que se presentaron parecían ser mayores de dieciséis años.

Casi al anochecer, para sorpresa de Rodny, su amigo Carlos entró en el despacho. Ser Rodny, alegre por la visita, saltó de su silla y le dio un fuerte abrazo a su amigo de infancia. Le ofreció una silla y una copa de ese vino domarí que sólo sacaba para ocasiones especiales.

—Recién me he enterado —dijo Carlos, acomodado en la silla y saboreando el delicioso vino—. Me lo dijo mi padre. Armizas, y más concretamente los Dorgan, no parecen ser los favoritos de los dioses estos últimos meses —comentó.

—Estoy de acuerdo contigo —concedió. Había que reconocer que tenía cierta razón al respecto. Demasiadas cosas malas le habían ocurrido a los Dorgan últimamente—. Primero mi hermano, luego el intento de robo en la fortaleza y ahora esto —recordó.

—¿Es necesario que vayas tú?

—Es una orden —contestó—. Por ley tendría que ser el Lord del pueblo —explicó—, pero nuestro Lord sólo tiene diez años, así que tiene que ser el regente, ese soy yo.

—Tenía esperanzas de verme fuera de esto, pero visto que es tu obligación ir, tendré que acompañarte.

Aquella noticia fue tan inesperada que Rodny estuvo a punto de derramar el vino.

—¿Tú? —balbuceó.

—Sí, yo, ¿quién más sino?

—No pensé que fueras de los que les gustaría vivir las aventuras de un ejército —dijo Rodny—. Bueno, me refiero a que usas muy bien el arco, pero nunca quisiste que Dan te entrenara ni ser su escudero junto conmigo.

—Siempre se puede cambiar de parecer —comentó en tono filosófico—. Además, necesitarás un amigo que te apoye.

—No es realmente necesario. Puedes quedarte si lo deseas, a tú padre le podrías ser más necesario.

—Bah —bufó Carlos—. Mi padre tiene muchos hijos más que le ayuden. Y siempre es posible que termine saliendo elegido si no se presentan los doscientos cincuenta voluntarios.

—No puedo disentir eso —estuvo de acuerdo Rodny—. Bien, si es lo que quieres sé bienvenido.

—Por supuesto.

Inmediatamente Rodny agregó el nombre de su amigo a la lista de reclutamiento. La cual no llegaba aún al centenar.

—Ya está —anunció al final.

—Y bien, ¿quieres que te ayude en algo?

Rodny meditó un segundo.

—Pensándolo bien, sí —respondió.

—Pues dime.

—Necesito que te quedes aquí en mi lugar, anotando a los voluntarios —explicó—. Yo saldré para hablar con ciertas personas. Se necesitará dinero para alimentar a doscientos cincuenta hombres camino a Puerto Esthír, y los Dorgan no serán los únicos que lo paguen.

—¿Qué harás? —quiso saber Carlos enarcando una ceja.

—Dinero a cambio de amnistía.

—¿Es legal?

—Sí, si se hace bien.

Durante las primeras horas de la noche, Ser Rodny, siempre escoltado por dos guardias, visitó a los hombres más ricos del pueblo. La mayoría de los cuales pasaban la línea de los cuarenta y cinco años, por lo que no tenían que alistarse para el ejército, ni corrían peligro de salir elegidos. Sin embargo, tenían hijos, muchos de los cuales no querrían participar en una guerra, corriendo el peligro de morir. Así que ser Rodny negoció. Pidió dinero a los plutócratas locales, y en compensación, ser Rodny, deliberadamente dejaría fuera del sorteo a sus hijos, para que no corrieran el peligro de salir elegidos y verse obligados a alistarse. Por supuesto, dejó bien claro que era más que seguro que se tendría que recurrir al sorteo, porque los voluntarios eran muy pocos.

Así fue como en un par de horas consiguió cerca de trescientos mileniums, más que suficiente para alimentar a los hombres durante la marcha a Puerto Esthír. Y si el rey no les proporcionaba armas y armaduras, sobraría para comprar las primeras a aquellos que no poseyesen.

A la mañana siguiente se levantó con las primeras luces del alba, ordenó a los guardias levantar el rastrillo y abrir el portón, a la espera de más voluntarios. En las listas aún faltaba más de un centenar de hombres, esperaba de todo corazón que se presentasen antes del medio día. No le hacía ninguna gracia recurrir a la elección por azar y forzar a los hombres a unirse al ejército, ya que, aunque la orden era del ey, quien quedaría como el villano sería él.

Tomó un desayunó escueto y se lo pasó con una jarra de cerveza. Ni Marian ni los niños se habían levantado aún, por lo que desayunó solo, detalle que agradeció interiormente. Le tocaba un día complicado, no quería que se le complicara más con las preguntas de los niños y el miedo de Marian a quedarse sola en la torre.

Carlos apareció un poco más tarde. Rodny le había pedido que llegara temprano porque lo pondría a cargo de la compra de los suministros para la partida; alimentos y medios para transportarlos, principalmente.

—¿Crees que se llegará al número? —inquirió Carlos con gesto de preocupación cuando Rodny le pasaba las listas y el dinero para las compras.

—Eso espero —dudó Rodny—. De lo contrario tendré que elegir al azar.

Al medio día, la lista contaba ya con doscientos tres nombres, sólo faltaban cuarenta y siete. Cuarenta y siete nombres que tendrían que ser echados a suertes. Dentro de unos momentos se reuniría con la población en la plaza, de modo que ya no había mucho tiempo para que se presentasen más voluntarios, ni creía que los hubiera.

Carlos regresó justo cuando Rodny partía hacia la plaza.

—Ya está hecho —anunció—. Los proveedores traerán los suministros por la noche, así como las mulas que conseguí para transportarlos.

—Bien hecho —lo felicitó Rodny—. ¿Me acompañas a la plaza?

—Por qué no.

La plaza se encontraba a rebozar de gente. Parecía que habían acudido todos los habitantes de Armizas, incluidos los más chicos y los más ancianos.

Sin perder tiempo, y con gesto adusto, Rodny subió a la plataforma. Después de las frases de cortesía y pedir las bendiciones de los dioses para todos, se refirió a lo que concernía.

—He aquí los nombres de los que se han alistado —dijo, mostrando las hojas de reclutamiento al pueblo—. Lamentablemente aún no suman doscientos cincuenta. Así que me veo en la necesidad de elegir al azar los faltantes.

La multitud soltó un suspiro y empezó a murmurar temerosa de lo que se avecinaba.

—Tengo en mis manos —continuó, uno de los guardias le había pasado un grueso fajo de papeles— los nombres de todos aquellos hombres cuyas edades oscilan entre los dieciséis y los cuarenta y cinco años, elegibles entonces para el ejército —otro suspiro de la multitud y más murmullos—. No habrá conmiseración ni amnistía para nadie —sentenció—. Una vez su nombre haya salido elegido no se podrá echar para atrás, so pena de muerte.

El ruido de la multitud no fue esta vez un suspiro, sino más bien un grito ahogado.

—Pero no os alarméis todavía, os daré una última oportunidad —los susurros cesaron y todas las atenciones se centraron en él—. En mi lista de reclutamiento tengo doscientos tres nombres escritos. Pido a esas doscientas tres personas que caminen al frente y formen un grupo aquí, frente a la plataforma. —Aquel acto y lo que seguía lo había planeado hacía un par de horas, pero no apostaría su vida por los resultados.

Uno a uno, de dos en dos, de tres en tres, los alistados fueron abriéndose paso entre la multitud hasta formar junto a la plataforma desde la que Rodny se dirigía a la multitud. No los contó, pero supuso que no faltaba ni uno solo.

«¡Qué jóvenes son!», pensó. Calculó que al menos la mitad no pasaban de la veintena de años. El resto andaban por los veinticinco y los treinta. Y apenas como un decenio rondaba los cuarenta.

—¡Helos aquí! —rugió con fuerza—. Doscientos tres hombres, todos ellos hermanos, hijos, padres… Doscientos tres valientes. Todos ellos dispuestos a arriesgar sus vidas por su pueblo, por su familia, por su Rey —hizo una pausa—. Sed valientes vosotros también. Armaos de valor, fuerza y coraje. Caminad al frente y uníos a estos valientes. Hacedlo por vuestra familia, por vuestros padres, hermanos, tíos, primos, sobrinos… en fin, por todo aquel que os importe, pero principalmente por vuestro honor, por vuestro Rey y por vuestra patria.

La multitud oía sus palabras casi con admiración. Estaban pensando, sólo faltaba que tomaran una decisión.

—No dejéis que sea un ser querido quien salga elegido, no lo permitáis, porque no habrá marcha atrás —rugió para hacerse oír en todos los rincones—. Tenéis cinco minutos para pasar al frente —sentenció—. Transcurrido ese tiempo procederé al sorteo.

El silencio era tal que de haber habido moscas se hubiera escuchado su zumbido.

Todas las mentes estaban trabajando sin duda alguna.

Transcurrió un minuto sin que nadie se moviera.

Un minuto más tarde todo seguía igual.

Un minuto después empezó a creer que no habría ningún otro voluntario.

Cuando todo parecía indicar que se habría de recurrir al sorteo para reclutar a los faltantes, un joven de cabello azabache, pecoso y desgarbado, alzó la mano.

—Yo me alisto —dijo, empezando a caminar hacia el frente.

—Yo también —la voz provenía de un joven que estaba hasta atrás.

—Yo también.

—Y yo.

—Y yo.

De pronto medio mundo alzaba la mano y avanzaba hacia el frente.

Ser Rodny supo que el asunto del reclutamiento estaba concluido. Sólo le restaba otro, no menos engorroso: despedirse de Marian y los niños.

Lee el capítulo siguiente: CAPÍTULO 23

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