Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

18 de noviembre de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 21)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 20
La Compañía Antigua
Si Maxwell hubiese esperado un largo período de vacaciones, se habría llevado una gran decepción. Menos mal que ese no era su caso. Él era de esos que piensan que cualquier día de descanso es un día perdido. Así que cuando lord Darfor lo visitó en sus habitaciones, el quinto día desde su llegada a Robast, para comunicarle que debían ponerse a trabajar, no se sintió defraudado, sino todo lo contrario.

De manera que los días de descaso fueron tan sólo cuatro, durante los cuales comieron a placer, bebieron vino y cerveza, visitaron el teatro, fueron a la arena de gladiadores, a las carreras de caballos e incluso se permitieron visitar una casa de placer. Al parecer, para lord Darfor ya había sido suficiente. Para ser Maxwell también.

Durante la siguiente semana hicieron trato con el Gremio de la Moneda, que por una nada pequeña comisión, se puso a la tarea de derretir el oro del tesoro pirata y a acuñarlo con la forma y peso de mileniums; que en la parte de enfrente llevaba la efigie del rostro del Rey Darfor y en el envés, un águila, emblema de los Doverick, reyes de Afiran. También se entrevistaron con los representantes del Gremio de los Joyeros (de los cuales los más poderosos también pertenecían al Gremio de la Moneda y a muchos otros), con los que tras varias horas de tira y afloja llegaron a un acuerdo para la venta de la mayoría de la pedrería preciosa, que obviamente no se podía acuñar. Antes de empezar a contratar mercenarios y barcos, lord Darfor quería tener todo el tesoro en moneda corriente.

Pero no se dedicaron solo a acuñar oro y a vender joyas. No. Lord Darfor también escribió decenas de cartas y las envió a igual cantidad de destinarios y a media docena de reinos. Algunas iban destinadas a los gremios de otros países, a ricos mercaderes privados, a compañías de mercenarios y a nobles que en algún momento del pasado habían dejado entrever que le ayudarían a recuperar lo que era suyo mediante acuerdo de mutuo beneficio.

Durante el mes que siguió lograron reunirse con mercaderes propietarios de grandes flotas, con capitanes de compañías de mercenarios de poco renombre o totalmente nuevas e incluso tuvieron una audiencia con el mismísimo rey de Robast. También empezaron a llegar respuestas a las cartas y varias de ellas traían respuestas positivas, otras que estaban dispuestos a negociar. Muchas no fueron respondidas y otras tantas llevaban respuestas con notas de claro desdén. Por supuesto, raro habría sido que todos se hubiesen mostrado dispuestos a colaborar. Así que ni lord Darfor, ni ser Maxwell se mostraron demasiado descontentos con las respuestas.
   
Los mercaderes, en su mayoría, respondieron alegando cuántas naves podían venderle y cuál era el precio por ellas. Así que lord Darfor contestó las misivas, aceptando las naves ofrecidas y el precio establecido. A los que se encontraban en su camino a Afiran, les pidió que tuvieran las naves listas y paciencia, que más temprano que tarde él pasaría recogiéndolas. Al resto les suplicó que acudieran a Robast con lo que estaban dispuestos a venderle y que por supuesto, pagaría por ese sacrificio extra.

Los que tardaron más en responder fueron las compañías mercenarias. Pero respondieron, al menos casi todas. Cuatro compañías los esperarían en Nareljá y Tramia. Otra en Domra y otra en Rosbin. Seis compañías en total, aproximadamente treinta mil hombres. Los comandantes de dichas compañías ya conocían a lord Darfor y sentían simpatía por él; cinco años en el exilio no habían servido sólo para lamentarse. Por lo mismo no se habían mostrado tan reacios y estaban dispuestos a firmar contrato. Al menos diez mil mercenarios más se les unirían en Robast en el transcurso de los siguientes días, algunos contratados en la misma ciudad, y otros venidos de los pueblos y ciudades hasta donde había llegado la noticia de que el rey Darfor estaba contratando un ejército para recuperar lo que era suyo por derecho.

Ahora era Rey Darfor Doverick. No más Lord Darfor.

Al principio Darfor se había mostrado reacio a adoptar el título, pero Maxwell había presionado con ahínco y argumentos sólidos para que lo tomara. Más gente cooperaría si sabía que luchaban por un rey y no por un simple lord. Los mercenarios creerían más en la causa de un rey que en la de un señor. De igual manera le había desglosado todas las ventajas que conllevaba el título de Rey sobre el de Lord. Lord Darfor aceptó y pasó a ser Rey Darfor; lo que era.

Entre las cartas recibidas había una cuyo emisor era una compañía llamada Compañía Antigua. Habían adoptado tal nombre hacía unos cien años, aunque se decía que contaban con un pasado de casi mil años. Por lo tanto, era una compañía histórica, grande, honorable y orgullosa.

—La necesitamos —le dijo Darfor mientras cenaban en sus aposentos.

—Sí —convino ser Maxwell—. Son veinte mil hombres.

—Deja de lado los hombres. La Compañía Antigua traerá honorabilidad a nuestra causa. Muchos nos apoyarán sin menos tabúes si se enteran que la Compañía Antigua marcha con nosotros.

Maxwell no pudo objetar eso ya que la Compañía Antigua tenía una historia sorprendente. Sus casi mil años de existencia casi no tenían mancha. Pocas veces habían peleado en el bando perdedor y jamás se unían a una causa que no consideraran justa. De modo que, si lograban contratarla, eso solamente, sería un golpe de efecto para los enemigos y aliados.

—¿Entonces se negaron? —adivinó ser Maxwell. Sabía que Darfor había enviado una carta a los cabecillas de la compañía, pero no sabía el contenido de la respuesta.

—No en redondo —dijo Darfor, mordisqueando un muslo de pollo—. Están dispuestos a negociar, pero esperan que vaya en persona a su cuartel.

—¿Piensas ir?

—Aún tengo muchas cosas que hacer en Robast —el rey tomó un sorbo de vino luego agregó—: Irás tú.

—¿Estás seguro? —preguntó sorprendido—. Pero si tu mismo has dicho que quieren que vayas en persona.

—Pero tú, Maxwell, irás en mi nombre —Darfor hizo una pausa—. A ellos lo que les interesa son las causas justas, es eso lo que no acaban de tener claro. Yo sé muy bien que en este mundo no hay nadie que crea más en mi causa que tú. Así que si vos, Ser, no los convences de apoyarme, nadie lo hará.

Así fue como a la mañana siguiente ser Maxwell se encontró a bordo de un barco rumbo al Triunviro, lago ubicado al noroeste de Robast. En su camarote llevaba un par de cofres repletos de oro y una carta firmada por el rey Darfor en la que se le otorgaba plena potestad para hacer las negociaciones que considerara necesarias.

De eso ya hacía siete días. Siete días de navegación bastante tranquilos; bueno, cualquier viaje le parecería tranquilo si su mente insistía en compararlo con los días de navegación en la aventura a Isla Pirata. Siete días durante los cuales los remeros habían hecho la mayor parte del trabajo, no obstante, rachas de viento propicio los obsequiaban con merecidos ratos de descanso. Siete días de quietud, de haraganería. Pero en cuanto empezó a acercarse a su destino, empezó a ponerse nervioso. Darfor le había encargado una tarea muy importante, y aunque era su amigo, también era su rey, y sabía que no estaría muy contento si fallaba.

Los primeros tres días navegaron junto a la costa sur, siempre a la vista bajo la forma de una línea zigzagueante. El cuarto día giraron hacia el norte, tomando la desembocadura del caudaloso Río Most, de más de medio kilómetro de ancho. El Most era el segundo río más grande del continente oriental, aun así, era pequeño comparado al Magno, cuyo cause partía el continente de noreste a sudoeste, y que en algunos puntos alcanzaba más de una milla de ancho, además de que en él convergían infinidad de brazos y ríos menores.

El avance por el Most fue más lento que en el mar, navegaban corriente arriba y el viento era débil y racheado. No obstante, no sufrieron otro contratiempo y alcanzaron el lago Triunviro cuatro días después de tomar el Most.

El Triunviro resultó ser un enorme lago —apenas más pequeño que el lago Real en el corazón de Afiran— de aguas verdes y rodeado por una docena de pueblecitos adoquinados de múltiples colores, cada uno, igual o similar al otro. Al norte del Triunviro, tres ríos desembocaban en él, el propio Most al este, el Ceral en el centro y el río Verde más al oeste, cuyas aguas del color de su nombre eran las que le proveían tonalidades verdes al lago.

En los kilómetros que había entre el río Ceral y el río Verde se alzaba Bambilá, la Ciudad Feliz, ya que se decía que allí y en los pueblecitos que rodeaban el Triunviro todos eran felices. Bambilá aún no era visible por supuesto, se encontraba por lo menos treinta millas al norte. Tampoco eran visibles todos los pueblecitos que rodeaban el lago, sólo los dos que flanqueaban la salida del Most, y otro que se alzaba sobre colinas muy al este, allá donde el lago se curvaba hacia el norte.

Todo era muy bonito, eso sí. Maxwell trató de pensar en algún otro lugar que le pareciera tan hermoso a primera vista como aquél, con sus dos pueblecitos bordeando el Most, con sus enormes montañas de cientos de metros de altura recortándose en la lejanía, con sus ondulantes colinas, con un cielo tan azul… No, no consiguió recordar alguno, al menos de momento.

Pero no había ido al Triunviro para agasajar a sus ojos, sino para negociar con la Compañía Antigua en nombre de su rey. De manera que ordenó al capitán del navío para que atracase en los muelles del pueblecito situado al este.

—El Gorrión —dijo el capitán, un negro, muy negro, cuya sonrisa blanquísima, los ojos y sus atuendos era lo único blanco que poseía.

—¿Perdón? —Ser Maxwell no había comprendido.
—Se llama El Gorrión, el pueblo —explicó en la lengua oriental—. Todos los pueblos y aldeas de alrededor del lago tienen nombre de peces o aves, peces que viven en su lago y aves que vuelan en su cielo. Creen que eso le agrada a nuestro Dios y que por eso los bendice.

Maxwell recordaba haber oído algo al respecto, un año o dos atrás, en Domra, ¿o era Rosbin? No lo recordaba. Pero alguien había mencionado que en la región del Triunviro todas las poblaciones eran fértiles y vivían en la riqueza y en la abundancia. La plebe creía que era por los nombres, que eso agradaba a Dayrám, el único Dios para la mayoría de los orientales, y que por eso los bendecía. De manera que muchos gobernantes del reino de Bambilá, paulatinamente, estaban cambiando los nombres originales de aldeas, pueblos y ciudades, por nombres de peces y aves. Amarga decepción se llevarían, sopesó Maxwell, cuando se dieran cuenta que ese no era el secreto. Si una región no era fértil y no había comercio no prosperaría por muchas veces que le cambiaran el nombre. Cosas con la que sí contaban en el Triunviro; aguas en abundancia, pesca, tierra fértil, maderas preciosas y robustas, y una red comercial gigantesca. Ese era el gran secreto.

El navío atracó en el muelle y el capitán fue a pagar el impuesto de anclaje. Mientras, Maxwell ordenó a su escolta desembarcar sus escasas pertenencias y los cofres del dinero, mientras mandaba a otros a alquilar caballos para él y su media docena de guardias.

Una hora más tarde se encontraba listo para ir al encuentro de la Compañía Antigua. Ésta tenía su ciudad-campamento unas diez millas al este. Si se daban prisa llegarían antes del anochecer.

Montado sobre un castaño, más parecido a un jamelgo que a un caballo de guerra, encabezó la marcha a través de El Gorrión. Su escolta de seis hombres, cuatro negros de Robast y dos mercenarios de tez clara y largas barbas, precisamente oriundos de Bambilá, le seguían.

El suelo adoquinado del Gorrión, de color azul, pero que el paso del tiempo había despintado, resonaba tenuemente con el chocar de los cascos. Las casas, de una o dos plantas en su mayoría, de vívidos y variados colores, eran de piedra y granito. Había tenderetes, tiendas, almacenes, hostales, tabernas, herrerías, sastrerías… en fin, El Gorrión no desentonaba para nada con una ciudad, exceptuando su tamaño. Pese a tratarse de un lugar pequeño, las calles disfrutaban de un fluido continuo de gente: carromatos tirados por bueyes, carruajes tirados por caballos, palanquines y sillas de mano; gente a caballo, gente a pie, gente con falda, con pantalones, con vestidos de seda, de terciopelo, de lana… en resumen: una ciudad en miniatura.

Tanto así que nadie pareció reparar en ellos.

Después de cruzar el pueblecito, ser Maxwell dirigió la comitiva por un camino empedrado que serpenteaba entre bosquecillos de alisos, álamos y fresnos y suaves colinas apenas dignas de tal nombre. Fuera del pueblo, el tráfico era mucho más escaso (más no inexistente), así que clavó los talones en el vientre de su montura obligándola a ir a un paso más rápido.

Con el sol amenazando esconderse tras poniente, la comitiva se detuvo en una curva del camino, desde la cual se tenía una vista panorámica de la ciudad-campamento de la Compañía Antigua, que se extendía una milla más adelante.

Maxwell no se sorprendió lo más mínimo ante la visión del campamento de la compañía, más bien se maravilló. Nunca había visto una ciudad-campamento, y aunque teóricamente sabía su definición, lo que veía no se parecía en nada al caos de chozas y tiendas que se había imaginado. La ciudad-campamento de la Compañía Antigua era un cuadrado de poco más de una milla por lado. Era rodeado por una muralla de piedra unida con mortero, y contaba tanto con inmuebles fijos de piedra y madera, como con tiendas de lona y seda, todo en perfecto orden, como si un arquitecto hubiese trazado el todo.

La mayoría de compañías mercenarias, al menos las más grandes y antiguas, contaban con una ciudad-campamento, que era donde residían las esposas e hijos de aquellos que firmaban contratos a largo plazo o vitalicios, y ellos cuando estaban sin trabajo. Hacía casi cien años que la Compañía Antigua se había establecido en la región del Triunviro.

«Un día este campamento será una ciudad —se dijo Maxwell—. Y lo sería aún más pronto si los hombres no murieran cada poco en batallas».

—Venga —dijo a sus hombres—, hay que llegar al campamento antes de que anochezca.

Ascendieron un altozano que había un poco más adelante y tras su descenso empezaron a adentrarse en el valle en el que se encontraba el campamento.
Las puertas en las que desembocaron eran de una madera amarillenta, desconocida para Maxwell, tachonadas de hierro, grandes, fuertes e imponentes. Maxwell tuvo que llamar varias veces con una gruesa aldaba de hierro para que alguien le fuera a atender.

—¿Quién es? —preguntaron al otro lado de la puerta en la lengua oriental. Se escuchó cómo corrían un pasador y una ventanilla se abrió para dejar a la vista la cabeza de un hombre de mediana edad—. ¿Qué quieren? —preguntó de nuevo, como si estuviera haciendo algo importante y ellos lo habían interrumpido.

—Deseo hablar con los nobles líderes —respondió Maxwell.

—¿Y de qué quieres hablar? —preguntó en el mismo tono su interlocutor.

—¿Es natural que los guardias pregunten sobre asuntos que sólo conciernen a sus superiores? —inquirió Maxwell, enojándose por la actitud del guardia.

—Los llevaré con Zionen Balltratis —accedió el guardia de mala gana. Zionen era uno de los cinco líderes que dirigían la Compañía Antigua. Maxwell se sabía el nombre de los cinco, a menos que algo hubiera cambiado desde la última vez que se los mencionaron—. Pero tienen que entregar las armas para que abra la puerta.

Ser Maxwell accedió y uno de los negros se bajó de su montura, tomó espadas, lanzas y cuchillos y se los pasó por la ventanilla al guardia del otro lado.

Sólo entonces el guardia abrió una de las puertas para franquearles la entrada.

Maxwell entró el primero, seguido por sus seis guardias. Hubo que esperar que el guardia entrara a la garita y se gritara algo con sus compañeros de guardia, antes de que los guiara por un camino empedrado a medias hasta la casa de Zionen Balltratis.

Después de que el guardia hablara con el mayordomo de la casa de Balltratis, después de que el mayordomo lo anunciara, y tras una espera de al menos media hora, en una sala espaciosa y ricamente amueblada, Balltratis lo hizo pasar a su despacho.

 Balltratis resultó ser un hombretón rechoncho, más bien bajo, de enorme papada y pequeños mostachos negros que debían ser sus bigotes. Tenía más aspecto de gordo mercader que de general de una importante compañía mercenaria.

—Tomad asiento, por favor —indicó. Era una frase amable, pero su tono distaba mucho de serlo—. ¿Os ofrezco algo de beber? —siguió preguntando mientras Maxwell se acomodaba en una silla acojinada de alto respaldo.

—Agua —respondió.

El gordo general sonó una campanilla y una muchacha de bonita silueta acudió a atender. Pidió una jarra de agua y una de vino. Cuando el vino y el agua estuvieron en la mesa, las copas llenas, y la muchacha fuera, ser Maxwell se dispuso a hablar.

—Soy Ser Maxwell —dijo, directo al grano—, mano derecha del Rey Darfor. Estoy aquí en su nombre para negociar con la Compañía Antigua.

Zionen Balltratis sorbió un poco de vino antes de decir nada.

—Haciendo memoria —dijo—, recuerdo haber recibido una carta de ese rey hace poco más de un mes.

—Mi Rey os escribió —asintió Maxwell.

—También recuerdo que respondimos esa carta, da la casualidad que yo mismo lo hice… La Compañía Antigua sólo negociará con el Rey en persona… creo que decía algo así.

—Yo represento y hablo en nombre del Rey —dijo Maxwell, tratando de poner autoridad a sus palabras. No le gustaba el tono de voz de aquel individuo, pedante y despreocupado a la vez.

—La Compañía Antigua sólo negociará con el rey en persona —repitió Zionen Balltratis, esta vez tajante.

—Mi Rey tiene muchas cosas que hacer —dijo Maxwell a la defensiva—: Un reino que recuperar, por ejemplo —se reprendió por el sarcasmo.

—Tarea que sin duda le sería más sencilla si contara con el apoyo de la Compañía Antigua.

—Por ese apoyo es que estoy aquí.

—Lamento decepcionaros, Ser —Balltratis había adoptado un tono condescendiente—, pero habéis viajado en vano. Mi Compañía sólo negociará con vuestro Rey.

—Tengo entendido que en vuestra Compañía las decisiones se toman en asamblea…

—Obtendrías las mismas palabras que os he dicho.

—Después de que hayáis escuchado los términos que el Rey Darfor me manda ofreceros, puede que vuestras palabras sean diferentes.

—Podría escucharlos, no pierdo nada con ello —meditó Zionen—. Bien dígalos, Ser, y consideraré llamar a mis compañeros a sesión.

—Llamad a asamblea y oídlos junto a vuestros compañeros de mando.

—Quedaré muy mal si los convoco por algo que no merezca la pena. En cambio, si escucho antes los términos de vuestro Rey, puedo decidir si son o no válidos a tener en cuenta —insistió Balltratis.

«Está claro que me equivoqué viniendo con este tipo», pensó Maxwell. Si lo hubieran llevado ante otro de los líderes tal vez sus posibilidades hubiesen sido otras.

Entonces se le ocurrió una idea, reminiscencia de un pensamiento anterior, cuando vio por primera vez a Balltratis, «parece más un gordo mercader que un general». ¿Y qué les gusta más a los mercaderes?, oro, por supuesto. Así que sin más preámbulos lo hizo. Rebuscó en su chaqueta, sacó una bolsita de cuero repleta de oro y la puso frente al general.

—Habrá otra igual después de la asamblea —dijo.

Cuando Balltratis abrió los ojos y estiró la mano hacia la bolsita, Maxwell supo que lo de la asamblea ya estaba resuelto. 

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