Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

4 de noviembre de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 20)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 20
El plan de Madiel
La oscuridad era total. Un inconveniente con el que ser Madiel no esperaba contar. El inmenso manto negro que constituía el cielo, era adornado apenas por un centenar de débiles y titilantes estrellas, que no suponían ninguna amenaza para la densa oscuridad.

Habían iniciado la marcha poco antes de la media noche, a paso rápido, a oscuras, armados y listos para la batalla. Pero cuando los hombres empezaron a tropezar y lastimarse, cedió a las exigencias de sus capitanes, permitiéndoles que se encendieran antorchas.

Hasta el momento nada le estaba saliendo como lo planeaba. Había desembarcado en Ciudad Dargan tres días atrás, con menos de los diez mil mercenarios que había contratado al otro lado del mar Celeste. Furiosas tormentas se habían cobrado tres naves de la flota, dejando a Madiel con una profunda desazón. Ya en Ciudad Dargan recibió severas críticas por permitir partir a lord Alex con la mitad del dinero de la rebelión. Al parecer, el mercader no era de la confianza de todo el mundo.

Y para colmo se enteró de la emboscada en el Valle de la Muerte. Una victoria para Tres Minas, si es que lo era, no una gran victoria como hacían propaganda su responsable y sus compinches: ser Dayron, caballero arrogante, líder electo por los darganienses junto con él. El caballero en persona le había contado cómo capturaron a una escuadra de exploración afirense y cómo los persuadieron para que guiaran a los afirenses a una trampa. Una victoria manchada con deshonor, fue lo que dijo Madiel, con traición y tácticas sucias. Pero eso lo dejaba pasar, al fin y al cabo, era la guerra, pero lo que sí le molestó, y no dudó en decirlo, fue el hecho de que sus compañeros de mando decidieran matar a todos los capturados, entre ellos muchos caballeros que de tomarse como rehenes habrían servido, y mucho, en una posible negociación.

Y lo peor de todo es que el arrogante ser Dayron se vanagloriaba de ello y se pavoneaba como el héroe de la rebelión y verdugo de afirenses.

Ser Madiel aún se sentía molesto por eso.

El camino discurría a escasos kilómetros de la costa. Serpenteaba entre suaves pendientes, bosquecillos de nogales y laureles y sobre abruptas y escarpadas zonas desérticas. La columna se extendía a lo largo de un kilómetro, y estaba compuesta por cinco mil darganianos, cuyo único propósito era encontrarse al amanecer frente al ejército afirense.

Ser Madiel iba en la parte media de la vanguardia, a pie, como el resto del ejército. Donnie, su escudero, un mozalbete de dieciséis años que estaba ansioso por pelear en su primera batalla, iba pegado a él. Madiel le había prometido que si lo hacía bien lo nombraría caballero. Aunque por momentos se arrepentía de haberle hecho tal promesa, el muchacho se veía tan decidido y ansioso que Madiel temía que se dejara la vida en el combate con tal de hacerlo bien.

«Espero no nos vean llegar», pensó, que era uno de los propósitos de aquella marcha nocturna. Pero sabía que era una esperanza vacua.

El centenar de antorchas que había permitido encender eran visibles hasta para un ciego. Un centinela apostado en el lugar idóneo (una colina, un árbol, una torre) los avistaría desde varios kilómetros. Todo indicaba que la parte esencial de su plan, la sorpresa, podía darse por descontada. Aún así, no había escatimado esfuerzos por mantener en secreto su movimiento, de manera que había enviado escuadrones de caballería por delante para que detectaran a los posibles vigías y los ahuyentaran antes de que avistasen el grueso del ejército y vislumbraran sus intenciones. Aunque si era posible matarlos, mucho que mejor.

Su plan estaba en marcha. Una jugada con la que se proponía dar un golpe de efecto al enemigo. Amén de que serviría para aplacar un poco los aires de grandeza que se daba ser Dayron por su pírica victoria en el Valle de la Muerte. En un principio parecía un plan perfecto, ahora ya no estaba muy seguro.

Se le había ocurrido aquel plan el mismo día que desembarcó en Dargan, hacía tres días. El día después del desembarco, tras recibir informes de los exploradores en los que aseguraban que los afirenses seguían acampando en el Pescador Borracho, expuso el plan a sus compañeros de mando, a los generales de las compañías mercenarias y a algunos oficiales de menor rango.

El único que objetó fue ser Dayron, lo cual sólo confirmaba la perfección del plan; el caballero no aceptaba que la idea se le hubiese ocurrido a alguien que no fuera él. Pero uno contra muchos poco o nada podía hacer, así que se aceptó que se llevara a cabo su idea. Puesto que ser Dayron se pasó el resto de la reunión sentado, con el ceño fruncido y sin decir palabra, le correspondió a ser Madiel repartir las tareas.

A la León Dorado, la Garra Negra y al resto de mercenarios libres (a los cuales unió en una nueva compañía que llamó Los Orientales, con Ser Allen al mando), los embarcó en las treinta naves que le quedaron y los envió al sur de la isla; nueve naves del viejo rey de Luastra, dieciséis que compraron en Luastra y cinco que había ancladas en el puerto de Ciudad Dargan cuando llegaron. El resto, barcos rentados, habían regresado a Osttand. De todas formas, con treinta naves era suficiente.

A los Hijos del Sol, con Ser Dayron como compañero de mando de Rickion Piznar, les mandó dar un rodeo por la isla, de manera que, el día del ataque, se situaran al oeste del campamento enemigo. Además, se les autorizó para que se llevaran consigo a las milicias de las aldeas que encontraran en su camino, entre más engrosaran el ejército, mayor oportunidad de aniquilar al enemigo.

Madiel marcharía con los cinco mil darganienses que había en Ciudad Dargan para atacar por el norte. El ejército afirense estaría atrapado, sin posibilidad de huir. Al sur tendrían a la León Dorado, al oeste a los Hijos del Sol, al norte a los darganianos. Les quedaba el este, el mar. Pero no, tampoco podrían subir a las naves y huir. La Garra Negra, los Orientales y un puñado de la León Dorado, unos tres mil en total, no desembarcarían junto a ser Derek y su ejército, si no que darían media vuelta y cercarían la aldea.

Si todo salía como lo había planeado, sería una victoria completa. El ejército enemigo sería aniquilado, se quedarían con sus provisiones, sus armas y sus naves. Y sobre todo, demostrarían que Tres Minas tenía el poder suficiente para mantener su soberanía.

—Ya estamos cerca, mi Lord —anunció un jinete que había llegado del sur.

Ser Madiel ya se había acostumbrado a que la mitad de la gente lo llamara «lord» o «mi señor». Aunque sabían que era un simple caballero seguían llamándolo «lord» y ese tipo de cosas; hacía tiempo que no le prestaba importancia al asunto.

—¿Qué tan cerca? —preguntó. En la oscuridad era imposible distinguir al jinete.

—Una legua, mi Lord.

—Gracias, soldado.

Despidió al jinete y pidió a su escudero que hiciera correr la noticia. La larga marcha nocturna llegaba a su fin. Y lo mejor, pronto sabría si su plan resultaba o no. Donnie se alejó de su lado y empezó a transmitir la noticia de que estaban cerca de su destino. El jinete volvió grupas y cabalgó hacia el sur.

«Jinetes».

Si la guerra se alargaba tendría que hallar la manera de conseguir jinetes. La caballería, según había leído, era una parte de vital importancia en cualquier ejército. La caballería era capaz de desplazarse a gran velocidad, servía para explorar, para apoyar allí donde se necesitase refuerzos a la hora de la batalla, y cada jinete valía por dos de a pie, como mínimo.

El enemigo tenía caballería, y muchos de ellos eran caballeros ungidos ante los dioses, vestidos de acero de pies a cabeza y maestros con la lanza y las espadas. Ser madiel los imaginó cargando en largas filas, el suelo temblando bajo los cascos de los sementales, el sol refulgiendo en el acero de sus armaduras y armas… para detener algo así, meditó, no bastaría con una línea de picas.

Por supuesto, ellos también contaban con caballería. Si es que se le podía llamar así. Su caballería constaba de apenas un centenar de jinetes, de los cuales sólo una décima parte eran caballeros. La mitad de esos jinetes cabalgaban con él, sirviendo de avanzadilla. La otra mitad cabalgaba con ser Dayron y los Hijos del Sol, quienes al igual que la León Dorado y la Garra Negra, no tenían caballería, excepto los corceles de los generales y oficiales más importantes. Así que la León Dorado tendría que arreglárselas sin nada de caballería. A menos que ser Derek Sander y sus oficiales se ofrecieran para hacerla de avanzadilla y exploradores, o prestar sus lustrosos caballos para que lo hicieran otros, ninguna de las dos opciones, en opinión de Madiel, iba a ocurrir.

Situó a su ejército a escasos mil metros de la línea defensiva del campamento enemigo. Suaves colinas de escasa altura les servían de escudo mientras Madiel organizaba las filas. Si los vigías afirenses no los habían visto acercarse, lo cual era harto improbable, las colinas los mantendrían ocultos hasta que al alba atacaran. No faltaría más de una hora para la aurora, se percató Madiel, el cielo empezaba a clarear y la silueta del campamento enemigo era visible si uno aguzaba la vista.

Durante cinco minutos creyó que había conseguido situar su ejército sin que el enemigo se diera cuenta, pero solo fue una ilusión. El tañido largo y agudo de una trompeta mató sus ilusiones y puso en movimiento a los afirenses. Millares de antorchas empezaron a brillar y el campamento se vio envuelto en una vorágine de actividades sin par.

Ser Madiel observó en silencio. Una especie de nudo le atenazaba la garganta y un miedo sordo le recorrió el cuerpo. Uno de los factores más importantes de su plan era la sorpresa, esta se había ido por la borda. De repente su plan perfecto parecía estar destinado al fracaso. Aquella miríada de luces titilantes frente a su vista, el tintineo de las armas y armaduras, el relincho de los caballos… jamás había tenido tanto miedo como en esos momentos.

—Se están alistando para la batalla —comentó Donnie, nervioso.

—Muy perspicaz, chico —dijo en un bufido. ¿A él también le temblaba la voz?

¿Para qué otra cosa iban a armar tanto jaleo sino era para presentar batalla?

Lo peor de todo no era que se preparasen para luchar. ¿Dónde está el resto de mi ejército?, ¿dónde están mis mercenarios?, ¿Derek Sander, Rickion Piznar, ser Dayron, ser Allen?

Tenía miedo, mucho miedo.

Sin embargo, no se olvidó de pensar.

—¡Preparaos para la batalla! —rugió desde la cima de un altozano.

A continuación, ordenó que se desplegaran sobre las colinas. Tendrían la ventaja de la altura si en lugar de atacar se veían obligados a defenderse. Durante un segundo había considerado la posibilidad de retirarse, pero la descartó inmediatamente. El resto de sus hombres no podían abandonarlo, se habían retrasado era todo. Si él se retiraba, cuando éstos llegaran se verían en inferioridad numérica. «Algo así a como estoy ahora mismo». Había que tomar en cuenta también que el enemigo poseía una fuerza de caballería de al menos mil jinetes, si decidían perseguirlos mientras se retiraban, sería una carnicería.

Tenía la sensación de que el destino de Tres Minas iba a decidirse aquel día, sobre todo si los derrotados eran ellos. No podían perder, lo sabía, aquella era una batalla que tenían que ganar.

Mientras el ejército se desplegaba sobre las colinas, nerviosos, pero manteniendo cierto orden, ser Madiel no dejó de escudriñar el oeste, el este y el sur. Pero de momento no avizoraba movimiento alguno. ¿Sería posible que lo hubieran abandonado?

También había que considerar que los mercenarios eran traicioneros por naturaleza, aceptaban las monedas de cualquiera, pero al momento de la verdad miraban de qué lado se inclinaba la balanza y actuaban como mejor sirviera a sus propósitos. No era una idea alentadora. Al menos esos eran los rumores que circulaban respecto a la mayoría de su ejército. Mas no todo podía ser verdad. La León Dorado y los Hijos del Sol eran compañías de renombre, una con siglos de historia y la otra con décadas, si fueran traicioneros no tendrían ninguna reputación, ni habrían sobrevivido tanto tiempo. No, su ejército llegaría, sólo había que esperar.

El cielo empezó a clarear en el horizonte de levante, y una a una las pocas estrellas fueron desapareciendo de la vista. Una brisa fría provenía del este, del mar que se encontraba a menos de una milla, trayendo olor a sal, a humedad, a incertidumbre y a miedo.

—Mirad al sur, Ser —dijo Donnie.

Ser Madiel así lo hizo.

El corazón le dio un vuelco de alegría. La León Dorado emergía de un bosquecillo, unas dos millas al sur. No era posible distinguirlos con claridad, pero era obvio que eran ellos. Esto se vio confirmado cuando, en la costa, viniendo del sur, empezaron a aparecer uno a uno los barcos de su flota. Pese a la larga distancia reconoció a la Niña del Mar y habría jurado que vio a ser Allen en la cubierta repartiendo órdenes a voz en grito. Aunque sabía que esto último era imposible.

El resto del ejército también los vio llegar, porque de pronto el ambiente de tensión aflojó de forma considerable y los soldados empezaron a susurrarse entre sí que los refuerzos estaban llegando. Desaparecieron los rostros serios y abatidos y afloró una que otra sonrisa.

En el campamento afirense empezaron a sonar de nuevo las trompetas, cargadas de alarma, le pareció a Madiel. Los infelices no se esperaban otro ejército del sur, así como tampoco una flota. Durante un momento el campamento se convirtió en un caos, pero sólo durante un momento, para decepción de Madiel.

Mas ser Dayron y Rickion Piznar no aparecían por ningún lado. Si en alguien Madiel no confiaba demasiado era en ser Dayron. El prepotente caballero quería la gloria para él, quería ser considerado el artífice de la independencia de Tres Minas. Esperaba que esa ceguera no fuera motivo para darle la espalda. Si así era, estaban perdidos. A pesar de los refuerzos, el enemigo aún los superaba en número. Y ahora tendrían que librar una batalla campal, tomarlos por sorpresa era ya una posibilidad inexistente. Tendría que ser una batalla a campo abierto, no había otra alternativa, y allí, tomando en cuenta la caballería enemiga, estaban en clara desventaja.

Además, sopesó con amargura, aun con el factor sorpresa de su parte, no habría resultado sencillo tomar el campamento afirense. Desde lo alto del altozano podía ver que el campamento era rodeado por un muro de tierra de al menos cinco metros de alto, al pie de este había un ancho foso, que ser Madiel supuso, lleno de púas. Quizá después de todo, una batalla campal no era la peor opción.

Mientras los hombres de ser Derek Sander tomaban posición en el lado sur del campamento afirense, la flota comandada por ser Allen cercaba el diminuto puerto del Pescador Borracho. Mientras, el ejército afirense salía en largas columnas de soldados por tres de las puertas de las murallas. Una parte salía por la puerta norte para plantar cara a la amenaza de ese lado, otro grupo hacía lo propio por la puerta sur, y otro grupo salía por la puerta este, entraba en la aldea adyacente y se dirigía a paso rápido a las naves. Quienquiera que estuviera al mando del campamento afirense se lo había tomado con calma en un principio. Pero después de ver que un nuevo ejército aparecía por el sur y que una flota los cercaba por el este, había tomado la decisión de sacar al ejército del campamento antes de que fueran cercados por los darganianos y les fuera imposible salir. Salían en orden, pero les tomaría tiempo desplegarse debidamente.

Ser Madiel supo que ese era el momento de tomar una decisión.

«Es ahora o nunca», se dijo Madiel.

No podía permitir que todo el ejército afirense se desplegara para presentar batalla, sería un grave error. Ser Dayron aún no llegaba, pero si esperaba al caballero y la compañía mercenaria perdería aquella pequeña ventaja con la que contaba. Tampoco debía permitir que el enemigo subiera a su numerosa flota para hacer frente a la suya. No, era ahora o nunca.

—Ondead los estandartes —dijo a uno de los encargados de ese trabajo.
   
—Sí, señor —respondió el aludido.

Una decena de estandartes empezaron a oscilar suavemente de un lado a otro. Era la señal para que las otras partes se prepararan para el ataque. Cuando los estandartes bajaran, todos debían atacar: darganienses, mercenarios y la flota.

Los hombres de ser Derek Sander hicieron oscilar sus propios estandartes dando entender que esperaban la orden. Se encontraban a más de dos millas de distancia, por lo que las trompetas no se oirían, mas con los catalejos era posible ver los estandartes. En las proas de las naves también hicieron lo mismo. Todo estaba listo.

—Hombres de Tres Minas —dijo, paseándose frente a los cinco mil soldados que formaban su ejército. Uno de los exploradores le había devuelto su caballo y él lo había montado para ser visible a todo el mundo—, ha llegado la hora de pelear, ha llegado la hora de que demostréis cuanto queréis a vuestra patria. Veis a esos de allí —dijo señalando al ejército afirense—, son unos parias, unos parásitos que lo único que quieren es nuestro oro, nuestros árboles, nuestras mujeres y nuestros niños. Vosotros no les importáis ni una mierda, y lo sabéis tan bien como yo. Toda la vida nos han tenido sometidos, nos han menospreciado y nos han infravalorado, somos para ellos poco más que esclavos. Hoy es el día para demostrarles lo contrario. Y no temáis porque ellos sean más. Además de que aún no han tomado posiciones, ellos sólo pelean por oro, gloria y orgullo. Vosotros, nosotros, luchamos por algo más. Luchamos por nuestras familias, por nuestra tierra, por nuestra patria. Así que yos os digo que no temáis, coged valor junto con vuestras espadas, que los dioses nos acompañan, porque nuestra causa es justa. Empuñad vuestras espadas con brío y energía hombres de Tres Minas y a por la victoria, a por la vida, a por la libertad. ¡A por la independencia!

Cinco mil hombres alzaron las espadas, golpearon sus escudos y rugieron como poseídos.

Ser Madiel se dejó embriagar por aquel sonido un instante. Jamás había sido tan elocuente. Pero había pensado el discurso durante todo el camino.

—A por ellos —rugió.

Los estandartes dejaron de agitarse, descendieron de golpe y las trompetas y tambores empezaron a marcar el ritmo de marcha. Ocho mil pares de piernas se pusieron en movimiento y empezaron a descender las colinas para ir a por los afirenses. Ser Madiel se quedó atrás con mil hombres, como reserva.

Desde la altura del altozano y desde lo alto de su corcel, a través de un catalejo, vio que los hombres de ser Derek Sander también iniciaban la marcha. Al este, los hombres de la flota empezaron a llenar el aire de flechas incendiarias y los barcos afirenses no tardaron en empezar a arder.

Aquella acción se había discutido largo rato. La mayoría opinaba que capturar los barcos sería mucho más beneficioso. Ser Madiel no pudo disentir al respecto. Eran al menos cien barcos y desde luego que eran más útiles capturados que quemados, pero no poseían las fuerzas necesarias para derrotar a un ejército de casi veinte mil hombres y además capturar una nada desdeñable flota. Al final se habían sometido a su voluntad; los barcos debían ser quemados para que el enemigo no tuviera ni una ruta de escape.

La alarma se prendió en el ejército afirense. Los hombres que hacía un momento salían de manera ordenada, empezaron a moverse al trote y a tomar posiciones lo más rápido que podían. Mientras, los darganianos seguían acercándose inexorablemente.

Cuando los ejércitos se encontraban a cien metros de distancia, los afirenses se las habían arreglado para sacar cerca de tres mil hombres, y por las puertas seguían saliendo como columnas de hormigas. Aún tenían ventaja numérica, así que ser Madiel ordenó la carga.

Dos toques leves de trompeta surcaron el aire y los hombres se echaron a correr para embestir al enemigo.

Las flechas de los arqueros que se encontraban en la muralla hendieron el aire y cayeron entre los darganianos. Estos alzaron los escudos sobre sus cabezas, anchos y altos, y sólo unos pocos, demasiado lentos o con mala fortuna, fueron heridos.

El choque entre las dos fuerzas fue brutal.

El combate encarnizado entre los dos ejércitos dio inicio entre gritos, maldiciones, el tintineo de las armaduras y el golpeteo de las espadas.

Ser Madiel, junto con la reserva, también había descendido y se detuvo a unos trescientos metros de la batalla. Sobre su corcel tenía una visión aceptable del campo de batalla. Sin embargo, no podía ver qué sucedía al sur ni al este. Aunque era de suponer que ser Derek Sander también había entrado en batalla. Y por las enormes columnas de humo, era notorio que ser Allen seguía prendiendo fuego a las naves enemigas.

El combate empezó justo como esperaba. La embestida de sus hombres hizo retroceder al enemigo, muriendo decenas en el acto, la mayoría afirenses. Sus hombres tomaron ventaja de su ímpetu y de su mayor número. Para cuando el enemigo logró afianzarse en una posición, sus bajas se contaban por cientos.

Mas no todo seguiría como al principio. Poco después de iniciado el combate, los afirenses los lograron equiparar en número y empezaron a empujar con fuerza a los suyos. Por la puerta del muro los enemigos seguían saliendo como un río interminable.

No lo pensó dos veces. Mandó a la mitad de los hombres de refresco a la zona de las puertas. Que salieran todos los que quisieran, mientras se encontraran atascados allí, sin libertad de movimientos, su número era de muy poca valía.

El encarnizado combate siguió invariable durante un prolongado lapso. El sol se elevaba a más de un palmo del horizonte y su fuerza empezaba a dejarse sentir; nubes grises se paseaban sobre el cielo azul y unas gaviotas planeaban sobre la costa, más allá del humo que partía desde los barcos incendiados. Ninguno de los dos bandos cedía terreno. Los quinientos hombres que envió de refresco a la puerta habían conseguido su objetivo, frenando en ese punto el avance del enemigo, quienes no podían salir debido a que no había espacio para un solo hombre más. Los arqueros sobre las murallas se habían abstenido, hacía ratos, de seguir lanzando flechas porque era muy difícil hacer blanco y a menudo acertaban a sus compatriotas.

Madiel, con el rostro perlado de sudor, observaba el desarrollo de la batalla, girando la cabeza de un lado a otro para saber qué pasaba en ambos flancos del medio kilómetro del frente. Donnie, su escudero, montado sobre un jamelgo colorado, se revolvía inquieto en su montura. Los quinientos hombres que aún tenía de reserva lo miraban a ratos a él y a ratos al frente. Muchos ansiosos de que él diera la orden de atacar, el resto, temerosos de que lo hiciera. Tras él, un poco más tranquilos, se encontraban sus cincuenta hombres de caballería.

«De momento es un empate —pensó, mientras miraba al flanco derecho y luego al centro, tratando de decidir dónde eran necesarios los refuerzos—, a pesar de que nos superan en proporción de tres a dos».
Y creía estar en lo cierto. Según sus cálculos, el enemigo había logrado sacar unos seis mil soldados de infantería, mientras que los suyos eran alrededor de cuatro mil, sin embargo, el poco espacio del que el enemigo disponía representaba la clave de aquella paridad.
«Sí tan sólo pudiera empujarlos hacia su propio foso —pensó—. Si tan sólo dispusiera de al menos mil hombres más».

—Donnie —su escudero se sobresaltó—. Quiero que galopes al oeste, vigila la llegada de ser Dayron, y diles que se den prisa.

—Como ordene, ser —el joven asintió y partió al galope.

«Si es que llegan».

Diez minutos más tarde, sin que la situación presentera cambios dignos de mención, Donnie regresaba a galope tendido. Pero no regresaba sólo, tras él, pisándole los talones, venían al menos cuatrocientos jinetes.

«Ya sé donde se necesitan refuerzos».

—Hay que interceptarlos —gritó—. No deben llegar hasta el combate principal.

Los quinientos hombres de refresco se pusieron al trote para interceptar la caballería. Ser Madiel, junto a su reducida caballería, trotó junto a ellos, los nervios repiqueteando de inquietud.

«No llegaremos a tiempo —se dio cuenta—, al menos no la infantería».

La siguiente decisión no la tomó con la cabeza sino con el corazón.

—Toda la caballería —rugió—, al galope. Esos cabrones no deben llegar a la retaguardia.

Espoleó su montura y encabezó la carrera. No debían permitir que la caballería los atacara por la retaguardia, con toda certeza eso supondría el desastre.

Al principio no estaba seguro si el resto de los jinetes lo seguían (incluso por un momento se vio así mismo cabalgando en solitario, como un loco, hacia la muerte), hasta que un par de caballeros se colocaron a su lado.

—Estamos con vos, Ser —le gritó uno de ellos.

Ser Madiel asintió, agradecido. Giró la cabeza un poco hacia atrás y vio al resto de la caballería pisándole los talones. Unos doscientos metros atrás, las tropas de refresco ya no trotaban, sino que corrían tras su estela, y a la izquierda, el grueso de su ejército seguía en enconada batalla con los afirenses, casi al pie de los muros.

El choque con la caballería enemiga tuvo lugar a unos doscientos metros del flanco derecho. Con la espada en la mano derecha, el escudo en el brazo izquierdo, y manteniendo el equilibrio sobre el caballo sólo con las piernas, ser Madiel embistió al primer hombre que tenía en frente. Pasó a su lado como una flecha y le lanzó un tajo al pecho, el hombre sólo llevaba cota de mallas, insuficiente para esquivar el fuerte tajo. Acto seguido se desangraba en el suelo. Ser Madiel no le prestó un segundo más de atención y se concentró en el siguiente enemigo.

El siguiente adversario atacó primero. Ser Madiel logró interponer su escudo entre su cabeza y la espada del oponente. El siguiente golpe lo paró con la espada y el tercero nuevamente con el escudo. Ya no hubo cuarto, porque Madiel contraatacó con tal fiereza que sólo fueron necesarios dos golpes para hacer perder el equilibrio al jinete, y uno más para mandarlo al otro mundo.

Mientras intercambiaba golpes con otro oponente, el cual sin duda era caballero por su armadura y nivel de destreza, observó con desanimo que la mitad de sus jinetes yacían muertos en el suelo o heridos, el resto luchaba con uno o dos oponentes al mismo tiempo. Incluso su escudero, Donnie, luchaba valientemente no tan lejos de él.

El resto de la caballería enemiga seguía avanzando a galope tendido con intenciones de alcanzar la retaguardia darganiana. Tarea que no les resultaría fácil. Los quinientos hombres de refresco habían alcanzado ya el ala derecha y plantaban escudos y lanzas en el suelo para hacer frente a la embestida de la caballería.

De momento resistirían. Primero tenía que encargarse de su rival de turno.

El intercambio de golpes entre caballeros prosiguió durante largo rato. A ser Madiel le estaba resultando difícil burlar la defensa del enemigo y cuando lo conseguía, su espada no conseguía abrir brecha en el peto, el yelmo, ni nada donde golpease. Su enemigo iba totalmente vestido en metal, mientras que él sólo usaba el yelmo, peto y musleras.

Fue Donnie quien aportó la solución a su interminable combate. De alguna forma el joven había logrado deshacerse de su adversario. Apareció tras el caballero vestido de metal e intentó cruzarlo con la espada. No lo consiguió, pero el golpe hizo que el caballero se desestabilizara y perdiera la concentración. Momento que Madiel, sabiamente, aprovechó para insertar su espada en la única parte en la que no tenía protección: los ojos.

Cuando retiró la espada, el caballero se desplomó, ya sin vida en el cuerpo.

—Ser —dijo Donnie—, creo que debe ver eso —el escudero apuntó con la ensangrentada espada hacia el este.

Madiel no necesitó más explicaciones. La espada del chico apuntaba allí donde los quinientos hombres de refresco se habían plantado para recibir la carga de la caballería. ¿Tanto había sucedido mientras él peleaba con el caballero? ¿Cuánto había durado su combate?

Los quinientos hombres no habían soportado bien la carga. De los quinientos apenas eran unos doscientos los que se mantenían en pie, pero estaban siendo masacrados. Por supuesto, el número de la caballería también se había reducido considerablemente, pero no tanto como para considerar que las pérdidas eran equitativas.

«Estamos perdiendo», pensó.

A su alrededor se desarrollaban una docena de batallas individuales, con resultados inciertos. El resto de hombres, los que luchaban al pie de los muros del campamento, eran los que mejor la estaban llevando, pero eso cambiaría tan pronto como la caballería los empezara a hostigar por la espalda.

«Menos mal que no enviaron el millar de jinetes que se supone poseen», pensó con amargura. Aunque creía saber cuál era el motivo: habían dividido la caballería en dos, la mitad contra ellos y el resto contra los hombres de la León Dorado.

Tenía que pensar en algo pronto.

—Ser —interrumpió sus pensamientos Donnie—. Mire al frente.

Así lo hizo ser Madiel. Un escalofrío gélido le recorrió el cuerpo cuando vio una nube de polvo hacia el este. ¿Habrían sacado hombres también por ese lado?

—¿Distingues los dibujos de los estandartes? —preguntó. Él veía al menos tres estandartes ondear, pero se encontraban a casi una milla de distancia, y entre eso y el movimiento no distinguía los escudos.

—Sí —respondió el escudero con una sonrisa de oreja a oreja—. Son vuestros hombres, los de los barcos.

«Ser Allen»

Una oleada de súbito alivio inundó su ser.

Eso significaba que los hombres de las naves habían acabado con los barcos afirenses y ahora acudían en su ayuda.

«Daos prisa», suplicó mentalmente.

—Baja del caballo y pásame esa trompeta —ordenó a Donnie. La trompeta estaba junto al heraldo que la hacía sonar, sólo que este no la tocaría nunca más.

Cuando tuvo la trompeta en las manos, se la llevó a los labios y la hizo sonar dos veces, con nañidos fuertes y cortos. Era la orden para correr.

Los hombres provenientes de las naves captaron la orden porque respondieron con dos sonidos similares y la nube de polvo se intensificó.

Cuando sus hombres se enteraron de que los refuerzos estaban llegando, cogieron un segundo aire y empezaron a empujar con más fuerza. Incluso los hombres que estaban siendo aniquilados por la caballería empezaron a defenderse con mejor suerte e hicieron caer a varios jinetes.

Los refuerzos aún no llegaban a donde se encontraba la caballería cuando el sonido de varias trompetas hendió el aire. Fue un sonido largo, agudo y penetrante.

—¿Qué fue eso, Ser? —preguntó Donnie.

—Ser Dayron —respondió Madiel con convicción—. Azuza a tú montura y corre a su encuentro —ordenó—. Dile que traiga la mitad de los hombres acá y el resto los envíe al sur, en apoyo de la León dorado.

—Como ordene, Ser —Donnie volvió grupas y cabalgó como una flecha al oeste, esquivando algunos jinetes que todavía rondaban cerca.

«Los dioses empiezan a sonreírnos».

Un minutó después, unos hombres sobre las murallas tocaron sus propias trompetas.

Ser Madiel no sabía lo que significaban, ya que cada quien usaba sus propios códigos en las batallas. Pero descubrió su significado casi en el acto. La caballería se reagrupó y cabalgó por donde habían llegado, pasaron a su lado sin ni siquiera fijarse en él. La infantería empezó a retroceder y a entrar a la seguridad del campamento.

«Se retiran», comprendió al instante ser Madiel. «Comprenden que hoy no ganarán y se retiran».

Durante un instante en que la euforia lo poseyó pensó en azuzar a sus hombres para que mataran al mayor número de enemigos antes de que se refugiaran tras los muros, e incluso consideró ordenar que tomaran la puerta de los muros. Afortunadamente la cordura volvió a ser predominante en su mente. Los arqueros en las murallas habían empezado a disparar de nuevo para cubrir la retirada de sus compañeros. Era posible que perdiera más hombres en el intento que el enemigo.

De manera que mejor se llevó la trompeta a los labios y ordenó la retirada. Un toque corto era la señal.

Llamó a uno de los pocos jinetes que habían quedado con vida y lo mandó a agitar uno de los estandartes desde las colinas, para que transmitiera la orden de retirada a ser Derek.

Su plan no había resultado como había previsto, pero al menos no había ido tan mal.

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