Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

2 de octubre de 2017

Mejor amigo

Su nombre era Dylan. Era mi mejor amigo… por eso lo odiaba.

Hacía algún tiempo que había resuelto matarlo. E iba a hacerlo. Aunque no es algo que hubiera sabido desde el principio. Resolví matarlo tiempo después del sueño, cuando yo lo amaba con toda sinceridad y me sentía el más afortunado por tener un amigo como él.

Era mi compañero de cuarto en la universidad, y para mí no había mejor persona que el bueno de Dylan. No había nadie tan bueno, ni tan gallardo, ni tan galante, ni tan considerado, ni tan protector. Siempre estaba allí para todo lo que necesitara. ¿Les dije que lo amaba verdad? Sí, lo amaba. Lo amaba con un amor fraternal tan puro que no admitía envidia o celos, y cada éxito que cosechaba, para mí era un gran motivo de alegría.

Pero entonces tuve el sueño (o pesadilla), y mi visión de Dylan empezó a distorsionarse. En mi sueño reviví algunos de mis mejores momentos con mi querido amigo. Pero no reviví estos sucesos desde la perspectiva de mi persona, no, lo hice desde la perspectiva de un tercero, desde la perspectiva de alguien que observa el escenario desde el palco. Vi parte de mi vida desde una posición de privilegio, y lo que vi me horrorizó.

Me vi cómo lo quera, un arbusto deslustrado a la sombra de un cedro lozano y floreciente. No importaba lo que hiciera, Dylan ya lo había hecho, y de mejor manera. Todos mis éxitos eran pequeños comparados con los de Dylan. Esos éxitos de Dylan que tanto me enorgullecían como si fueran los míos propios, me parecieron abominables y vanidosos desde mi privilegiada posición en el sueño. Mi sonrisa fue desapareciendo a medida que las escenas se sucedían una tras otra.

El día que ganó la competencia de doscientos metros, yo le ayudé a llevar el trofeo. Y todos nos saludaban. Pero a mí sólo me saludaban y me sonreían porque iba con él. La vez que ganó el concurso de ciencias y yo quedé en segundo sitio, a ambos nos saludaron y nos felicitaron, yo estaba a rebosar de orgullo. Desde mi posición vi que los halagos y sonrisas eran para él. Incluso la vez que le partió la madre a un tipo por querer propasarse con una chica que después sería su novia, recibió una salva de aplausos. Y yo estaba con él. Creía que yo también era merecedor de ellos. Pero no lo era.

Desperté aterrado. Y no era ese miedo cerval del monstruo detrás del armario, ni el miedo más banal de perder la casa, un examen o el empleo… se trataba de un miedo mucho más terrible, un miedo que era verdadero, el miedo de saber que no eres nadie. Creo que lloré hasta la madrugada.

Lo peor de todo es que Dylan era la mejor persona del mundo. A la mañana siguiente notó que algo me ocurría y se interesó por mis problemas, a lo que yo me mostré esquivo, fue cuando más servicial se mostró. Fue como una bofetada. Siempre me había encantado su prodigalidad a la hora de repartir su atención y esmero, pero en ese momento lo aborrecí, pues me di cuenta que lo hacía porque yo no era nadie, me di cuenta que era tan bueno porque creía que yo no podía valerme por mí mismo. O al menos fue lo que pasó por mi espantada psique.

Me propuse demostrarle que no era así. Empecé a mostrarme hosco y retraído. Ya no lo acompañaba a los sitios que acostumbrábamos ir, ya no teníamos aquéllas discusiones filosóficas que tanto nos gustaban y entretenían… dejé de comportarme como un amigo. Fue cuando más bueno y atento se volvió conmigo. Quería estar donde yo estaba, quería apoyar donde más lo necesitaba, quería hacerme reír cuando estaba de humor magro, quería conseguirme una cita con la chica que me gustaba, de hecho, me la consiguió y pasé una velada maravillosa con la joven en cuestión. Y eso me hizo odiarlo más.

Fue entonces cuando empecé a pensar en matarlo. Decidí que, si no se apartaba para que yo tuviera mi propia vida, lo haría. Si no dejaba que me valiera por mí mismo, ¿qué sería de mí cuando saliéramos de la universidad y cada quien cogiera su rumbo? Tenía que aprender a valerme por mí mismo, y para eso él tenía que alejarse.

Pero no lo hizo. Así que tomé mi decisión. Ahora bien, tenía que planear cómo lo iba a hacer. Tenía que hacerlo de manera que nadie sospechara de mí. Porque verán, odiaba la idea de seguir a la sombra de mi mejor amigo, pero odiaba más las miradas reprobadoras que recibiría si llegaban a enterarse que había asesinado a quien tan bueno fue conmigo. La idea de la cárcel me aterraba todavía más.

Pensé en envenenarlo, pero se me ocurrió que los detectives podían seguir el rastro del veneno hasta llegar a mí. Pensé en acuchillarlo y enterrar las armas homicidas, pero esos perros del demonio las encontrarían y no faltaría quien dijera que Dylan había salido conmigo. Pensé en pagar un asesino, pero lo hallarían y él me delataría a mí. Pensé en averiar su auto, pero era probable que no se matara y me descubriera. Lo único que tenía claro era que debía matarlo.

Hasta que se presentó la oportunidad. La cual no fue una idea que yo haya concebido. Como siempre, fue el bueno de Dylan que me ofreció la solución a mi pregunta, como otras tantas veces.

Subimos a la terraza de un edificio de unos veinte pisos. Dijo que sólo quería admirar la ciudad. Y fue lo que hicimos, y mientras mirábamos, charlamos. Charlamos como hacía meses no lo hacíamos, una charla tan trivial a veces, pero que tan buenas son para el alma. Charlamos sobre cosas sin sentido, sobre el tiempo, sobre el fútbol. Él estaba recostado contra la barandilla, tan cómodo, tan relajado, tan feliz, y me miraba con tanto amor. Me di cuenta que amaba a ese hombre. Me di cuenta que sin él no podría vivir.

La cuestión es que tampoco podía vivir con él. Nunca sería tan bueno ni tan noble, tan leal y tan servicial como él. Mi sombra nunca se equipararía con la suya, siempre sería más chica. Así que no lo pensé dos veces y me le tiré encima. Cerré los ojos para no verle su mirada de decepción mientras íbamos al encuentro del suelo.

Amaba a ese hombre. No podía vivir con él. Fue por ello que en última instancia decidí morir con él.

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