Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

25 de octubre de 2017

Invierno - Cuento corto

Las lluvias fueron torrenciales ese invierno. La mitad de la aldea se vio afectada, y varios vecinos de la parte alta del lugar tuvimos que darle albergue a aquellos que la llena sacó de sus hogares. Nosotros, cuya casa está sobre una colina en los límites septentrionales del poblado, no fuimos la excepción. Afortunadamente tengo el ático para mí solo, de modo que lo apretujado de los pisos inferiores, me tenía sin cuidado.

Las lluvias cesaron después de una semana, para entonces, el mal ya estaba hecho. Había que esperar una o dos semanas para que las casas de la parte baja fueran habitables de nuevo. Como no me gustaba estar entre tanta gente, me conformé con permanecer en el ático, leyendo varios libros, en especial los cuentos de Poe, Lovecraft (puesto que soy amante del terror) y Dickens. El resto del tiempo me asomaba a la ventana y miraba la llena de allá abajo, que con cada día transcurrido, descendía un tramo.

Fue así como vi al niño correteando al perrito, hacia el oeste, en una parte despoblada. Me envaré de golpe, pues algo en esa escena me dio miedo. Supuse que el niño sabía nadar, como todos en la aldea, así que no temí que se ahogara. Lo que despertó el miedo en mi fue el perro: pequeño, blanco con parches negros, lozano, juguetón, limpio; un perro demasiado hermoso y bien cuidado para ser de alguien de la aldea, menos en una aldea todavía enfangada.


Los vi juguetear largo rato, riendo el niño (que no tendría más de cinco años); saltando y ladrando juguetón, el perro. Durante un rato me mantuve envarado, sospechando que algo malo estaba a punto de suceder. Tentado estuve de bajar y avisar sobre el niño, que estaba en peligro, pero no disponía de ninguna base. «Hey, un niño está en peligro porque juega con un perrito», qué tonto.

Poco a poco se iban alejando, sin dejar de jugar. Yo los veía, pero ya no les prestaba mucha atención. Mi mente viajaba sobre las aguas que descendían allá abajo, sobre las familias que empezaban a limpiar algunas casas ya libres, a través de bosques y riachuelos, fantaseando con otros mundos, con mujeres hermosas, con riquezas…

Desperté un rato después. Me había dormido son los codos recostados en el alfeizar y había estado soñando. Se hacía de tarde y vi al niño jugueteando ya muy lejos del poblado. Pensé que era el momento de avisar a algún adulto, al menos a uno responsable. A eso iba cuando vi agitarse el agua de un brazo de río, muy cerca de donde andaba el pequeño.

Intuí un peligro inminente. Sabía que debía gritar, aunque no me escucharía; que debía avisar a alguien; lo que hice fue quedar como pasmado, como un mero observador. Jamás a un ser humano se le ha aplicado el apelativo de “tronco” con tanto acierto como me lo apliqué yo mismo más tarde.

El agua se agitaba y el perro se fue acercando a ella. El pequeño, la vista en el suelo, tratando de alcanzar al canino, no se daba cuenta que el agua se agitaba cada vez con más fuerza. Cuando llegaron a la orilla, el perro se esfumó; ni siquiera en ese momento me moví, de tan embelesado como estaba. Del agua había emergido una cabeza bulbosa que agitaba media docena de tentáculos. El niño lo vio y empezó a gritar (o al menos creo que lo hizo), quiso dar media vuelta y correr, más ya era tarde.

Durante la noche y el día siguiente, todos los vecinos se dedicaron a buscar al pequeño, que no apareció. Se concluyó que se había ahogado y las aguas lo habían arrastrado. Yo sabía la verdad, pero no me atreví a contarla. Nadie me creería.
*****

Mi hermanito tiene cuatro años, y el de la familia a la que le damos albergue, tiene seis, y le pega demasiado a mi hermano.  Esta tarde le pregunté si le gustaría un perrito, así que le indiqué hacia donde tenía que ir. Ahora estoy en el ático, asomado por la ventana. El perrito está allí otra vez, jugueteando y alejándose, el niño lo persigue. Yo sólo miro… y espero.

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