Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

28 de octubre de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 19)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 18
La Boda
El enorme Carruaje Real traqueteaba sin descanso por la carretera llena de baches, polvo y piedras sueltas. No era para menos. Más que un carruaje era una pequeña casa. Contaba con dos habitaciones, un cuarto de baño, una sala, una cocina y un comedor. Tenía tapices de flores, jardines y aves exóticas en las paredes y alfombras orientales de hilo de oro. Era tirado por cuarenta caballos. Y aburría hasta el cansancio.

Era el séptimo día de viaje sobre aquella cosa tan lujosa y horrenda. Siete días enclaustrada, sin apenas salir del carruaje; que traqueteaba y traqueteaba, se atascaba, y vuelta a traquetear otra vez. Los días los pasaba sentada junto a su madre en uno de los lujosos sofás de la reducida sala, comiendo aceitunas, pasas, uvas, pastelillos, tartas, bocadillos exquisitos y exóticos y bebiendo limonada o agua de rosa de jamaica, a la vez que tenía que aguantar la cháchara de las damas que como gallinas les gustaba revoletear cerca de la reina y la princesa. ¡Lo que daría por salir a cabalgar, aunque fuera sólo unos minutos!

Y encima de todo tenía que sentirse complacida.

El primer día había sido lady Clarissa Marrion, de Puerto Negro. Lady Clarissa era flaca, escuálida, de enorme nariz y piel blanca como la leche, ya tenía cincuenta años, pero insistía en maquillarse como una jovencita, lo que la hacía muy ridícula a ojos de Dariana. Había llegado acompañada por su hija, también llamada Clarissa, y su nuera lady Melinda. La hija, ya en edad casadera, era muy parecida a su madre, pero puesto que era joven, su delgadez, su rostro alargado y su nariz larga la dotaban de una belleza exótica. Lady Melinda era diferente, pequeña, rostro ovalado y moreno, cabello negro y ojos oscuros. Y con mucho, resultó ser la más reservada.

Ese primer día fue el peor de todos. Lady Clarissa y su hija hablaron de la boda hasta que se cansaron. «El vestido te quedará muy bonito», «debes usar joyas que combinen con el vestuario, vuestros ojos y vuestro cabello», «quizá la princesa debería usar sandalias de cristal, o de plata», «una corona de cristal no estaría mal», «Debes mirar al frente y sonreír», «si me permite princesa, considero que está muy delgada, le falta pecho, podría ponerse algodón para no deslucir». Y continuaron así durante horas, a tal punto que Dariana estuvo a punto de mandarlas con sus insufribles consejos al infierno.

El segundo día quien compartió el carruaje con ellas fue lady Catalina Dortall. El tercer día fue lady Zaela Pottlir. Al cuarto compartieron el carruaje con su tía paterna lady Cairina Dawson, quien siete años atrás se había casado con ser Richard Dawson, el heredero de Illandria. Además de su madre, Lady Cairina fue la única que no la estuvo importunando con asuntos de la boda, se mostró afable, cariñosa y le ofreció todo su apoyo.

Con cada día que transcurría Dariana se hallaba más nerviosa. El día de la boda se acercaba inexorable, y ella no estaba ni mucho menos preparada para ese gran paso de su vida. Apenas tenía trece años y faltaban más de tres meses para cumplir los catorce. Se suponía que se iba a casar cuando cumpliera los catorce años. Pero la muerte de lord Evans lo había alterado todo. Ahora su prometido era el señor de Puerto Esthír y su señor padre necesitaba, hoy más que nunca, asegurar ese enlace.

Por supuesto, a Dariana le gustaba, y mucho, lord Daniel Madison. A sus diecinueve años era un joven alto, fuerte, esbelto, de largo cabello rubio, hermosos ojos verdes y lo mejor de todo es que era un autentico caballero. Era amable, servicial, atento… en fin, era todo lo que una chica podía desear, incluso una princesa como ella. Pero, ¿lo amaba?, no estaba segura de ello. ¿Y él la amaba a ella? tampoco tenía una idea al respecto. Además, de allí a casarse ya, a compartir la cama con él, estribaba una gran diferencia. Ella sólo quería echarse a llorar.

Pero amaba a su padre, a su madre y al reino. Y una princesa se debe al reino.

Desde pequeña le enseñaron que una princesa, antes que nada, se debía a los intereses del reino. Y los intereses del reino requerían que a sus trece añitos contrajera matrimonio con una persona seis años mayor. Por supuesto, lo haría, aunque ella hubiera querido posponerlo, no evitarlo, sólo posponerlo, hasta que se sintiera preparada.

—¿Os sentís bien, princesa? —le preguntó lady Dinaia Ríos, una joven de quince años, hija de lord Robert Ríos y lady Dayrin, de Río Azul.

—Sí —respondió Dariana, esbozando una sonrisa fingida—. Es sólo que el vaivén del carruaje me marea a ratos.

—En cambio a mí me sienta de maravilla —apuntó lady Dinaia.   

—Me alegro por vos.

Además de lady Dinaia y Dariana, también compartían la sala del carruaje la reina Brissa y lady Dayrin Ríos, la madre de lady Dinaia. Dos doncellas, incluida Irene, permanecían en silencio a una distancia prudente para satisfacer las necesidades de las damas.

Y para variar, no la estaban acosando con la boda como habían hecho el resto de damas nobles.

Poco más tarde apareció un joven escudero para anunciarles que estaban a menos de dos horas de Puerto Esthír.

El corazón de Dariana dio un vuelco. Se acercaba la hora. Quería dejar aquel ruidoso carruaje de una vez por todas, pero ahora que por fin lo iba a dejar, ya no estaba tan segura de querer hacerlo. En cuanto bajara del carruaje se encontraría en el castillo de lord Daniel, a un solo día de la boda, que se celebraría la noche después de su llegada a Puerto Esthír: mañana.

Agitó los temores de su mente y trató de pensar cosas que sosegaran su corazón. Pero su mente era muy rebelde.

La trápala de los caballos, las risas de los escuderos, las charlas de los caballeros, el chirrido de los carruajes del resto de las damas, el tintineo de las armaduras, y cien ruidos más gobernaban el exterior. En alguna parte de aquel bullicio debía ir su padre, su abuelo, su hermano en su potro blanco como la nieve y ser Harris.

«Ser Harris», quien la atrajo hacia sí con fuerza y le había robado su primer beso; quien le regalaba flores siempre que podía y le decía lo hermosa que se veía; quien le decía cosas bonitas y hacía que el corazón se le acelerase. Ser Harris, el joven de cabello negro y ojos castaños, de sonrisa centelleante y voz cautivadora. Quien había corrido un gran riesgo al escoltarla a su asiento la noche de su compromiso con lord Daniel. Ser Harris, quien le había robado su primer beso… Siempre que pensaba en eso se enojaba con él, aunque también era cierto que últimamente recordaba ese momento con cierta nostalgia.

Besar a una princesa a la fuerza se pagaba con la vida, sin embargo, ella no lo había denunciado ante nadie, ¿acaso era porque le había gustado el beso o porque en el fondo sentía algo por ese patán? «¿Patán?», no, él no era un patán. Y no, no estaba enamorada de él, aunque era dulce y encantador. Y que le hubiese robado un beso no lo convertía en un patán. A lo mejor ella tenía parte de la culpa, por haber aceptado sus rosas y halagos. Viéndolo bien, no había nada que reprocharle al buen ser Harris, esos reproches tenía que hacérselos ella misma por dejarlo volar. «Pero ojalá no hubiera venido a la boda».

«La boda».

Se preguntó si todas las doncellas se sentían así de nerviosas a la víspera de sus nupcias. También se preguntó si lord Daniel estaría nervioso. A lo mejor le preguntaba cuando caminaran hacia el altar.

Había recibido la noticia de su inminente boda quince días atrás, por boca de su madre primero, luego por la de su señor padre. El rey consideró el asunto de tal importancia que había subido a los aposentos de Dariana para hablar sobre el tema. Dariana no recordaba cuando fue la última vez que su padre había visitado sus habitaciones para hablar sobre algo.

El rey no solo le confirmó la noticia de que se casaría lo más pronto posible con lord Daniel, sino que hasta le había explicado algunas cosas del por qué de aquella decisión.

—Hace cinco días recibimos un mensaje de nuestro ejército en Dargan —había dicho—. Lord Evans murió junto a muchos buenos caballeros —Dariana aún recordaba el dolor en la voz de su padre, dolor y rabia a partes iguales—. Ser Daniel es ahora Lord Daniel de Puerto Esthír. Tu madre, tu abuelo, mis consejeros y yo hemos decidido que tú matrimonio con el nuevo Lord sería una medida cauta para el reino. Más de la mitad del ejército acampado en Dargan son hombres de Puerto Esthír, son la columna central de nuestro ejército, no nos conviene que titubeen, ni ellos ni sus líderes de la casa Madison. La derrota en el Valle de la Muerte fue culpa de la insensatez y la soberbia de Lord Evans. Como comprenderás, el ánimo de los Madison no debe estar muy alto y pueden temer represalias por parte del trono, así que tu boda con el nuevo lord calmará esos temores y afianzará nuestra alianza; no perderemos a sus hombres y se verán más comprometidos que nadie en esta guerra. ¿Lo entiendes, mi amor?

—Sí —había respondido Dariana, aunque no era del todo sincera.

—Discúlpanos por acelerar la boda —continuó el rey—, pero es necesario. Saldremos hacia Puerto Esthír en cuanto lleguen los Pottlir, los Ríos, los Marrion, los Danon y los Dortall. El resto de nobles se nos unirán en el camino o llegarán por su cuenta. O no irán —concluyó. Y eso había sido todo.

—Creí que la boda sería en palacio —recordaba haber dicho.

—Es Lord Daniel, querida —le explicó su padre con afecto—. Es tradición que todo Lord se case en su castillo.

—Como vos digais, padre.

Como siempre, quién le explicó todo y con detalles fue su abuelo Lord Bride. Subió a verla un día después que su padre y le preguntó cómo se encontraba. Charlaron un rato sobre la inminente boda, luego, cuando Dariana le preguntó cómo había muerto Lord Evans, su abuelo le contó todo lo que sabía al respecto.

—Fue una trampa —dijo— y una traición. Los últimos informes así lo indican.

—¡Eso es terrible!

—Lo es —corroboró lord Bride—. Lord Evans se encontraba tan ansioso por anotarse una victoria que desobedeció las órdenes del Rey y guió a toda la caballería a una trampa…

Así fue como Dariana tuvo un panorama general de lo que había sucedido y de lo que estaba sucediendo con el ejército del reino acampado en una aldea llamada el Pescador Borracho. Un tal ser Jared Wallas había convencido a lord Evans que el ejército darganiense dormía a las puertas de Ciudad Dargan sin ninguna protección y escasa vigilancia. Como dijo su abuelo, Lord Evans, ansioso como estaba, reunió a toda la caballería y cabalgó durante medio día y media noche para atacar por sorpresa al confiado ejército darganiano. Pero todo era una trampa, ser Jared Wallas y sus compañeros se habían vendido y lo que hicieron fue guiar a Lord Evans y la caballería a un lugar llamado Valle de la Muerte; a Dariana se le había erizado la piel cuando Lord Bride dijo ese nombre. El Valle de la Muerte, según le explicó su abuelo, era un estrecho pasadizo entre dos cordilleras, con medio kilómetro de anchura en su parte central, pero menos de cien en sus entradas. Por lo que una vez dentro de ese valle, Lord Evans y su ejército de caballería se vieron encerrados y atacados desde los cuatro puntos cardinales.

—Esa noche murieron grandes hombres —dijo al final su abuelo—, Lord Evans el más importante de ellos, más no él único. También murió Lord Narciso Blanc de Isla Madre. Entre los caballeros muertos se encuentran Ser John Danon, Ser Ross Orrov, Ser Ray Robbson y Ser Marlon Saraer, todos ellos herederos de grandes casas.

Cuando Dariana le preguntó qué sucedería con él ejército, lord Bride le contestó que nada había cambiado. El Rey había dado el mando provisional a Ser Nelson Sander, hasta que después de la boda Ser Freddy Madison lo relevara. La mayoría del ejército era de Puerto Esthír, por lo tanto, tenía que ser un Madison quien lo comandara. El ejército seguiría acampando en el Pescador Borracho, adiestrándose y construyendo defensas para soportar un embate, esto se hacía más necesario ahora que corrían los rumores de que el gran ejército brenferino se estaba reuniendo en Puerto Real.

Tan sumida en sus pensamientos como estaba, Dariana ni siquiera se percató que ya estaban llegando a las murallas de la ciudad. El séquito desfiló en una larga columna hasta la puerta oeste. Allí esperaba a Dariana y a la reina un carruaje tirado por cuatro briosos corceles; el Carruaje Real era tan grande que no había forma de hacerlo entrar por las puertas, a pesar de que estas eran enormes.

Puerto Esthír era una ciudad magnífica. Junto a Afarnaz eran las dos ciudades más grandes del reino. Ilandria y Ciudad Madre también eran importantes y grandes ciudades, pero no se comparaban a Puerto Esthír y Afarnaz.

Puerto Esthír era también conocida como La Ciudad Esmeralda. Debía este sobrenombre a las imponentes murallas de veintidós varas de altura que la circundaba, todo color esmeralda. La ciudad se hallaba al pie de una imponente montaña de más de tres mil metros de altura llamada Esthír, en honor al primer hombre que la escaló cinco mil años atrás, he allí el origen del nombre no sólo de la ciudad sino también de todo el Estado.

Cuando Dariana entró a la ciudad, compartiendo el carruaje con su madre, descubrió enormes listones negros que pendían de la mayoría de los edificios; guardaban luto por la muerte de su señor feudal. A pesar del luto, la gente se arracimaba en las calles y bocacalles por donde desfilaba el cortejo, se asomaban a las ventanas y se apretujaban en los balcones y azoteas. La gente aplaudía y coreaba su nombre cuando el heraldo que les precedía anunciaba con voz estentórea que allí iba la princesa Dariana Doverick junto con su madre la reina Brisa.

—Abriré las cortinas —anunció su madre—. Sonríe y saluda.

Y así lo hizo Dariana, como había hecho tantas veces en Afarnaz.

Cuando llegó al gigante y esplendoroso palacio de los Madison, en las laderas más bajas del Monte Esthír, tenía las manos cansadas y la sonrisa rígida. El palacio se hallaba ubicado en la parte norte de la ciudad, y Dariana cruzó media ciudad saludando y sonriendo a la multitud que se había congregado para darle la bienvenida a su nuevo hogar y a su nueva familia. Después de la boda ya no sería la Princesa Dariana Doverick, sería Lady Dariana Madison de la familia Doverick.

Ser Daniel, no, lord Daniel esperaba junto a su tío ser Freddy Madison y su madre lady Miriam en el portón del palacio, en el lado exterior del foso. Los tres saludaban, estrechaban manos, besaban una que otra mejilla e invitaban a pasar a todos los que formaban parte del cortejo Real. Lucían regias galas y mantenían un porte digno.

Dariana suspiró y se recostó en el carruaje. Necesitaba descansar. Una buena noche de sueño le quitaría toda aquella tensión y quizá la ayudara a asimilar lo inevitable.

—Bienvenida a Puerto Esthír, princesa —la saludó Lady Miriam con un beso en cada mejilla—. Espero hayáis tenido un buen viaje —agregó repitiendo el saludo con su madre, exceptuando que a ella sólo le dio un beso.

Habían bajado del carruaje para saludar a los anfitriones, y Dariana sentía los pies flojos y torpes. «No es para menos —pensó—. Con todo ese tiempo que pasé echada en el carruaje…» La mitad del cortejo ya se encontraba en los patios del palacio, mientras la otra mitad esperaba en fila india tras el carruaje en que viajaban la princesa y la reina. Los mozos de cuadra desenjaezaban las monturas de los que ya se encontraban en los patios y los llevaban a los establos. Mayordomos y otros empleados abordaban a los invitados de alcurnia y los guiaban a los aposentos que les habían designado.

—Los dioses nos han bendecido con un viaje tranquilo —respondió la reina Brissa.

«Tranquilo, aburrido y tedioso», pensó Dariana con amargura.

—Estáis muy hermosa, mi señora —saludó ser Freddy haciendo una leve reverencia a la vez que cogía la mano que Dariana le tendía y le daba un beso seco.

—Y vos muy galante, Ser —era lo que tenía que decir.

—Espero que disfrutéis vuestra estancia en el castillo —agregó.

—Os aseguro que así será.

Dio un paso hacia donde se encontraba lord Daniel, su prometido, dejando que ser Freddy le presentara sus respetos a la reina.

Lord Daniel estaba aquel día muy guapo. Lucía regias galas azules y doradas, que hacían juego con sus ojos y cabello. Su cinturón era negro con bandas doradas y de él pendía una espada cuyo pomo tenía la forma de un tigre agazapado. La vaina dorada tenía incrustaciones negras que semejaban al color moteado de los tigres.

—Bienvenida a casa, mi Lady —dijo Lord Daniel mientras sus labios rosaban el dorso de su mano. Dariana sintió un cosquilleo, aunque no estaba segura de si era de placer o de repulsa.

«¿A Casa?», sí, era cierto, esa sería su nueva casa. «¿Mi Lady?», también, pronto dejaría de ser una princesa.

—Gracias, mi Lord —fue todo lo que atinó a decir.

Más tarde, por fin pudo tomar una ducha como los dioses mandan, ya que le asignaron una lujosa habitación, con cuarto de baño incluido.

Irene, la única de sus dos doncellas que había decido acompañarla hasta Puerto Esthír, se encargó de llenar la amplia bañera con suficiente agua tibia y le frotó la espalda con una esponja enjabonada.
  
Antes de dejar Afarnaz Dariana había preguntado tanto a Irene como a Milka si querían acompañarla a vivir a Puerto Esthír. Sabía que después de la boda, tanto sus padres como su hermanito regresarían a Palacio Real y la dejarían a ella sola, en medio de un montón de gente desconocida, compartiendo el lecho de alguien a quien apenas había visto unas cuantas veces; tener a sus doncellas como compañía habría supuesto un enorme alivio. Pero solo Irene decidió acompañarla. Milka había alegado que Puerto Esthír estaba muy lejos, y estaba pensando en casarse.

—¿Con cuál de todos los guardias? —le había espetado una Irene bastante molesta por abandonar a su joven princesa.

—A ti no te incumbe.

Así que allí estaba, sumergida en una bañera de tibias aguas, mientras su dulce Irene de ojos marrones le enjabonaba la espalda. Por primera vez en días Dariana se sintió tranquila y en paz.

La boda se llevó a cabo, sin falta, al día siguiente.

—Estás preciosa, hija mía —dijo su madre cuando fue a sus aposentos para acompañarla al salón principal del castillo, donde se celebraría la boda—. ¿Estoy en lo cierto, Irene?

—Lo mismo le dije yo, Majestad —asintió Irene—. Es la novia más bonita del mundo.

—Ya lo creo, desde luego que sí.

Dariana no se ruborizó ante los comentarios. Estaba acostumbrada a ellos, desde pequeña. No es que efectivamente fuera la chica más hermosa del mundo, ni mucho menos, simplemente se debía a que ella era una princesa y la gente, incluso su madre, diría que una vaca era hermosa siempre y cuando esa vaca fuera una princesa.

Ese día se había ataviado con un vestido nuevo, que su madre le había mandado confeccionar para la ocasión. Era un vestido de seda color crema, bordado con hilo de oro y engalanado con pequeños rubíes en el encaje. Las zapatillas eran doradas, con cordones que se enroscaban en sus tobillos. La diadema era también dorada, de oro. Lucía un par de aretes, brazaletes y una gargantilla, todo a juego con el resto del vestuario.

Desde luego que se miraba muy hermosa.

«Exceptuando mis pechos que se ven muy menudos —pensó—, y ésta diadema es demasiado ostentosa. Y el vestido me aprieta demasiado en el vientre…»

—Vamos, cariño —le dijo su madre, poniéndole una mano sobre los hombros—. Bajemos a tu boda.

Dariana asintió.

Había llegado el momento, se iba a casar y no había nada que pudiera evitarlo. Los últimos días había estado muy nerviosa ante la perspectiva de su boda, más no se comparaban a como se sentía en aquellos momentos. Por otra parte, se alegraba de que por fin hubiera llegado el momento, lo que había de pasar, que pasara de una buena vez.

—Venid con nosotras, Irene —dijo a su doncella.

La servidumbre no estaba invitada a la boda, exceptuando los que iban a servir, pero Dariana había conseguido que lord Daniel y lady Miriam le concedieran un asiento para su doncella. Era la única cara amiga que se quedaría con ella cuando todos los demás se hubiesen marchado, así que consideraba justa recompensa que la chica también fuera partícipe de tan magno acontecimiento. Para la ocasión le había comprado un hermoso vestido de seda azul y ella misma le había puesto algunas de sus joyas, para que la chica no desentonara con el resto de invitados. Irene había quedado deslumbrante.

«Es más bonita que yo», pensó.

Tenía las caderas más anchas y las piernas más esbeltas y torneadas. Sus pechos tenían el tamaño idóneo y aquellos hermosos ojos avellanados conquistaban a cualquiera que los veía. Si a eso le sumaban el hermoso vestido de seda azul, los aretes, las pulseras, los anillos y las cadenas… en fin, Irene era muy linda, no tenía nada que envidiarle a una lady o a una princesa, más bien todo lo contrario.

«También se debe a que es mayor que yo», se consoló.

El sol amenazaba con esconderse en el horizonte cuando Dariana, su madre e Irene, se apersonaron en el salón del palacio. Un heraldo las anunció, a ella y a su madre, y los presentes se pusieron de pie, hicieron reverencias y aplaudieron durante un buen rato.

El salón de paredes de mármol y piso de baldosas que formaban intrincados mosaicos, estaba atestado de gente. Sabía que había cerca de mil invitados. Las lámparas de aceite ya brillaban en las paredes y en los altos techos del recinto. En uno de los extremos, junto a la mesa principal, habían levantado una tarima, sobre la cual había un púlpito, donde ella y su prometido pronunciarían sus votos, firmarían el contrato de matrimonio y pasarían a ser marido y mujer. Se preguntó por qué no estaba emocionada ante la perspectiva.

Su padre, el rey, ocupaba un lugar de honor en la mesa principal, junto a lord Daniel. A lado de cada uno de ellos había una silla vacía, para su madre y ella sin duda alguna. El rey se puso de pie y caminó hasta las escaleras, donde ella se había detenido junto a su madre.

Dijo a Irene que fuera a buscar asiento y ella se quedó esperando a su padre, donde su madre la entregaría a él para que la llevara al altar y la entregara a su futuro marido.

No pudo evitar sonreír cuando varios caballeros se pusieron de pie y pidieron a Lady Irene que les hiciera el honor de tomar asiento junto a ellos. Bueno, ella también la habría confundido con una lady si no la conociera.

Su padre llegó junto a ella, le ofreció el brazo y la escoltó hasta el altar, donde ya se había situado lord Daniel.

—¿Cómo estás? —le preguntó en voz baja.

—Bien —contestó ella—. Un poco nerviosa, pero madre dice que es normal.

Lord Daniel la tomó del brazo de su padre mientras se decían las frases acostumbradas. Los asistentes aplaudieron efusivamente cuando esta parte de la ceremonia hubo concluido.

Un sacerdote, calvo, con túnica blanca estaba de pie al otro lado del púlpito para efectuar la ceremonia de casamiento.

Más tarde no recordaría gran cosa de la ceremonia. El sacerdote que la presidía había dicho las frases de rigor, había orado a los dioses, luego había pedido que citaran sus votos y por último los declaró marido y mujer, una sola carne.

Sentada junto a su nuevo esposo, en la mesa principal, medio metro por encima del resto de comensales, Dariana se sintió fuera de lugar toda la noche. Su marido y señor charlaba alegremente con su padre y el resto de señores a la mesa, bromeaba, comía, bebía vino y se reía ya fuera de las bromas del resto de señores o de los bufones, payasos, enanos y todo lo demás que habían contratado para amenizar la fiesta. No parecía un hombre que recién había perdido a su padre.

Después del banquete, en el que se había servido gran variedad de platos, empezó el baile. Con el baile pudo olvidar gran parte de su tristeza y se divirtió por primera vez en la noche. Primero bailó con su esposo, pero puesto que era la novia de la boda, le tocó bailar con un montón de señores y caballeros, quienes hasta hacían fila para felicitarla y hacer votos por su matrimonio.  Bailó con su padre, con su abuelo, con su nuevo tío ser Freddy Madison, con lord Martin Dortall y medio centenar de personas más.

Cuando terminó se encontraba exhausta. Jamás había bailado tanto. Se encontraba de mal humor y cansada de sonreír a todo aquel que se acercaba a felicitarla y a pedirle una pieza de baile. Por lo menos ser Harris no había sido uno de estos. Ni siquiera sabía si había asistido a la boda, ya que no lo había visto en el transcurso de la noche, tampoco es que lo haya buscado con demasiado ahínco.

Entonces llegó el momento que más temía. El momento en que la pareja de recién casados abandonaba la estancia entre aplausos y vítores para dirigirse al lecho nupcial. En este caso, Dariana y lord Daniel.

El corazón le dio un vuelco tan grande que pensó que se le saldría por la boca cuando se anunció que la fiesta se daba por terminada, sólo restaba despedir a la pareja de novios y cada quien debía ir a su propia cama.

Lord Daniel la cogió de la mano y la guió escaleras arriba, hacia su dormitorio. Dariana lo acompañó con el corazón en un puño, aterrada. Su madre le había hablado sobre esa parte, también otras damas, sobre lo que a continuación iba a suceder entre ella y su marido, pero hablarlo era una cosa, y hacerlo, pensó, otra muy diferente.

Los aposentos de Lord Daniel se encontraban en la torre principal del palacio. El lecho era una enorme cama de plumas con sábanas de terciopelo bordadas con hilo de oro y cuatro columnatas de hermoso talle y finas cortinas como el aire.

—Estás pálida —comentó lord Daniel.

Dariana intentó decir algo, pero lo único que le salió fue un sonido ronco. Tenía miedo, y ahora no podía hablar.

—Quítate la ropa —ordenó su esposo. Él hacía lo propio con su vestuario.

Dariana no había notado lo borracho que estaba. Se balanceaba mansamente junto a la cama mientras se desabotonaba la chaqueta.

—¿A qué estás esperando? —espetó.

No estaba siendo nada amable con ella. Aún así obedeció. A la luz del candelabro que pendía del techo, empezó a desnudarse. Primero se quitó las joyas, con parsimonia, y las fue colocando en un mueble tallado que había junto a la pared.

—Date prisa, que me estoy aburriendo —apremió.

«Debe ser porque está borracho», se dijo, no quería pensar que siempre la trataría así.

De manera que se quitó las joyas con apremio, luego se soltó las lazadas del vestido y se lo zafó por la cabeza. Al vestido le siguió la fina túnica y por último las prendas interiores. Un aire frío se metió entre sus piernas cuando por fin se quitó la última prenda.

—Ven acá —ordenó su esposo.

Temblando, Dariana se acercó a él. Su esposo se encontraba desnudo, sentado en la cama, con las cortinas corridas.

Cuando ya estaba cerca de la cama, Daniel le tomó la mano y de un tirón la acercó a él. Su cuerpo era pálido y nervudo. Una fina mata de vellos rubios le cruzaba el pecho. Más rubios eran los que circundaban su miembro. Dariana tembló ante la perspectiva de que ese ariete la penetraría de un momento a otro. Le pareció que era enorme y lo tenía totalmente duro, y ella tan frágil y pequeña.

—No estás tan mal —fue todo lo que dijo su esposo.

Acto seguido le empezó a besar los menudos y rosados pechos, los pellizcó y los chupo cual si de un caramelo se tratara, hasta tal extremo que los pezones se le pusieron duros y empezaron a dolerle. Después la besó en la boca. Su boca sabía a carne, cebolla, ajo y a vino. Un segundo después, sin saber cómo, Dariana también besaba a Lord Daniel, compartía sus labios, su saliva, su lengua y su aliento. Mientras compartían sus bocas, una mano, grande y suave, hurgó entre sus piernas y empezó a tocarle su sexo, después un dedo entró en su orificio y Dariana descubrió una sensación que jamás había creído posible.

Después de un rato, lord Daniel la tumbó en la cama, le abrió las piernas y acercó su pene a su coño rosado y virgen. Para ese momento los nervios de Dariana ya habían desaparecido y estaba deseosa de experimentar nuevas sensaciones.

Pero la sensación que sintió cuando su esposo la penetró no era la que esperaba. Su madre le dijo que dolería, pero no había imaginado que tanto. Lord Daniel la penetró con tanta fuerza que Dariana pensó por un instante que moriría, quiso gritar o llorar, pero se contuvo. Más su esposo ni siquiera se percató de su dolor, sólo emitió un leve gemido, cerró los ojos y empezó a embestir con fuerza brutal.

Un minuto después, el dolor empezó a remitir y Dariana empezó a disfrutar un poco.

Después de todo, el matrimonio parecía tener sus partes buenas.

Lee el capítulo siguiente: CAPÍTULO 20                                                                                                        

No hay comentarios:

Publicar un comentario