Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

21 de octubre de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 18)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 17
Puerto Real
La flota de cuarenta naves se deslizaba sobre la ondulante superficie del Estrecho de dos Reinos, impulsada únicamente por el viento, como libélulas pasivas. Los remeros habían contado con suerte los últimos tres días, el viento soplaba del sur y habían malgastado el tiempo jugando a las cartas y a los dados.

Marcial, meditabundo, dejaba que los rayos del sol bañaran su rostro y que la cálida brisa meciera sus negros cabellos con hebras plateadas mientras escudriñaba el horizonte.

Era un día cálido, el mar estaba en calma, enormes nubes níveas ocultaban el sol durante largos lapsos y el viento empujaba las naves siempre hacia el norte. Los últimos días Quartón se mostraba benigno con ellos, y quizá también Marcadav, el padre de todos los dioses, dios supremo y dios de la guerra. Y Marcial estaba agradecido por ello. Suficiente malo era hacer un viaje que no quería como para que las tormentas lo hiciesen más insufrible.

Se dirigía con la casi totalidad de la flota de Isla Darcis a Puerto Real, la ciudad y puerto más grandes del reino, localizada en la costa este del reino, a pocos cientos de millas de Tres Minas. Iba allí contra su voluntad, por orden del rey, nada más. Incluso lord Byron se había mostrado reacio a que su flota dejara Isla Darcis, no con los myarams campando a sus anchas en Mesandia. Pero al parecer, para el rey Crasio, conquistar Tres Minas era más importante que defender sus propios territorios. Después de todo, Mesandia no tenía enormes yacimientos de metales preciosos… ¿Pero y si los myarams no iban solo a por Mesandia?

Su único consuelo lo constituían diez naves que habían quedado como guarnición, así como todos los marinos de cubierta, al mando de Pablo. Las cuarenta naves con la Lord Darcis XXI en el centro, sólo contaban de tripulación con remeros, los oficiales y los sargentos. De sufrir un ataque, tendrían que ser los remeros quienes tomaran las armas y lucharan, lo cual no auguraba un desenlace feliz de llegar a suceder. Se necesitaba el mayor espacio posible para transportar el ejército brenferino a Tres Minas, de modo que desde las grandes esferas habían ordenado que se prescindiera de los marineros de cubierta, que sólo serían un estorbo. Marcial se sentía un poco expuesto así, pero le consolaba que Isla Darcis contaría con hombres de armas en el caso de un ataque de hombres grises.

«Los myarams», el almirante sonrió con amargura y negó con la cabeza de manera inconsciente al pensar en aquellas criaturas; o más bien en lo que el rey Crasio había hecho al enterarse de lo sucedido en Mesandia: Nada.

Hacía veinte días que había recibido un mensajero proveniente de Brenfer, con un mensaje del puño y letra de Lord Byron Darcis: Le ordenaba tomar cuarenta naves y sus respectivos remeros y partir de inmediato a Puerto Real, en el otro extremo del reino. Marcial había tardado cinco segundos en comprender la gravedad de la orden: ¡Los Myarams! La misiva no explicaba mucho más, sólo decía que los leales consejeros del rey habían convencido a su alteza de que olvidara Mesandia de momento y concentraran todas sus fuerzas en la conquista de Tres Minas.

La orden estaba dada, así que Marcial no tuvo más opción que acatarla como todo buen servidor. Dictó las órdenes oportunas, relegó mandos y responsabilidades durante su ausencia, gritó a los flojos, alabó a los laboriosos, anduvo de aquí para allá, subió a aquel barco, revisó esta bodega, aconsejó a este oficial, felicitó a aquél y regañó al otro, hasta que todo estuvo listo. De manera que, al siguiente día, el primer día del quinto mes del año, cuarenta de las cincuenta naves de la flota de Isla Darcis zarpaban de la Base Naval Macario Darcis, en medio de los vítores no muy entusiastas de los que se quedaban.

«¡Dioses! Que los hombres grises no invadan mi tierra», rezó en silencio mientras la Lord Darcis XXI se alejaba de los muelles.

Hacía casi tres semanas de ello. Habían tenido un viaje relativamente sencillo, siempre cerca de la costa, para que las tormentas primaverales no los sorprendieran y cubriendo una distancia aceptable por día. Ahora ya estaban muy cerca de Puerto Real, el punto de reunión de los ejércitos del reino.

El ejército de Lord Byron también se dirigía a Puerto Real. Marcial suponía que si aún no había llegado no estaría muy lejos de hacerlo. Ya había pasado más de un mes desde que Marcial cruzara el pequeño ejército de la isla al continente, de allí a Puerto Real les esperaba una larga marcha de unas mil millas a vuelo de pájaro. Marcial no los envidiaba por ello.

—¿Es posible que lleguemos mañana, Almirante? —inquirió Martin, su sargento, acercándose a donde él se encontraba recostado en la borda.

—Eso espero —respondió Marcial.

—Nunca había hecho un viaje tan largo —comentó Martin.

Marcial sonrió.

—Ahora imagina los viajes que hacen algunos mercaderes de un extremo del mundo a otro.

—Imagino que debe ser agotador —fue su respuesta después de meditar un instante—. Siempre he pensado en el mar como algo maravilloso, pero después de estar tanto tiempo en él, como que pierde su encanto.

Marcial soltó una carcajada después de pensar una ocurrencia.

—Después de un tiempo todo pierde su encanto —dijo—. Hasta las esposas.

Martin lo acompañó con sus risas.

Lo que había dicho no dejaba de tener sentido: todo perdía su encanto. Las jóvenes perdían su belleza, las flores su aroma, los hombres su fuerza y vigor, un chiste dejaba de ser gracioso después de un par de veces, las canciones tocadas repetidamente aburrían… incluso el dolor desaparecía con el tiempo.

Contemplando el horizonte, más allá de donde lo azul del cielo se fundía con lo azul del mar, recordó al oficial Darío, su hijo que había muerto a manos de los hombres grises. Su pobre hijo, tan joven, tan gallardo, tan impulsivo, tan orgulloso, algo raro para provenir de una familia de abajo.

La madre de Darío vivía en Ciudad Darcis, en uno de los barrios pobres de la ciudad. Se llamaba Mariela y de joven había sido una beldad. De ojos azules y cabello lacio, negro, cautivaba a todo aquel que se dignaba a echarle más que un simple vistazo. Marcial la había conocido hacía veintitrés años, cuando él tenía veintidós años y ella dieciocho. ¡Qué jóvenes eran!

En ese entonces él aún no era miembro de la marina. Primogénito de los Gómez, una de las familias más preeminentes de Ciudad Darcis, se dedicaba normalmente a hacer el vago. Hasta que la conoció, un ángel venido a menos, pero no por ello menos bello y celestial. Recordaba claramente ese día, como si hubiese sido hacía un año y no hace veintitrés. Fue un día cualquiera, él caminaba por la Calle de los Enseres, una calle famosa por sus tiendas de baratijas, por sus cantinas de mala muerte, por sus méndigos, por sus zapateros, sus remendones y todo aquello que tuviera que ver con los de la última clase… y allí estaba ella, hablando con un anciano panadero, mientras éste le tendía una bolsa de cartón que contenía pan. Su lacio y largo cabello, suelto y decentemente peinado le rozaba los muslos, su rostro ovalado y moreno era una alegría para quien lo viera y aquellos ojos azules eran dos luceros cuyo brillo nada podía equiparar. Cuando sus miradas se encontraron, Marcial supo que su corazón ya no era suyo. Le sonrió a la joven, y ésta le devolvió una sonrojada y cautivadora sonrisa a la vez que mostraba unos dientes perfectos y blancos y se llevaba un mechón de cabello a la oreja. El hechizo estaba completo.

Recordaba que no la abordó de inmediato, por más que sintió el impulso de obrar así, ya que así había obrado todo el tiempo con las demás chicas, pero ella era diferente, algo en su interior le decía que aquella joven de cabello negro y ojos azules era diferente. De manera que optó por seguirla, sin que ella lo notara por supuesto. Su desilusión fue grande al descubrir que vivía en un vecindario de poca monta. Una joven tan hermosa como la luna llena no podía ser de de la última estofa, o más bien, no debía ser de la clase última. Orgulloso, vanidoso, prepotente, como solo un joven aristócrata de veinte años puede serlo se había dado media vuelta y había regresado por donde vino.

Los siguientes días, recordó, habían sido un suplicio ¿Cómo era posible que él, un joven de familia noble, de veintidós años, con una docena de amantes en su historial, se hubiera enamorado de una joven de la más baja estirpe, para colmo, a primera vista?, ¿Pero, cómo?

«Seguro si la vuelvo a ver me doy cuenta que no es tan linda», se dijo. Y con ese pensamiento marchó al vecindario en que vivía la joven. Si la veía otra vez seguro le hallaba algún defecto y se le pasaba aquel atontamiento que sentía por ella. Pero ¡Ay!, la cura fue peor que el mal. No sólo no le descubrió ningún defecto, sino que le encontró más encantos que nunca y en su mente pasó a ser la imagen de la divinidad. La encontró en el patio de su pequeña y zarrapastrosa vivienda, jugando con un pequeño de unos siete años que, más tarde sabría, era su hermanito. Lucía un vestido de paño color fucsia y llevaba baratijas del mismo color en las orejas y en el cuello. Marcial nunca había visto nada tan hermoso. Sencillamente era una princesa nacida en la familia equivocada. Le sonrió y se dignó saludarla. Resultó que su voz era tan encantadora como toda ella, dulce, melodiosa y cautivadora.

Ese mismo día comenzó todo. Se enamoraron perdidamente el uno del otro y Marcial vivió el mejor año de su vida. ¿Y qué hacían? Nada fuera de regla, pasear de la mano en aquellas calles estrechas y malolientes, comer pastelillos y tartas, susurrarse palabras de amor al oído y besarse hasta cansarse cuando estaban solos. ¡Qué maravilloso había sido aquel año!

Hasta que, completamente convencido que ella era el amor de su vida, decidió que quería pasar el resto de sus días junto a ella, sin importarle el escándalo que eso iba a originar y el deshonor que traería a la familia. No le importaba, Marcial sabía que ella era el amor de su vida, y no había más que pensar. Y es que, a pesar de que tenía ya un año de ser novio de Mariela, nadie de los de su clase sabían de ese amorío; se había cuidado muy bien de mantenerlo oculto a las personas indeseadas. Naturalmente Mariela sabía quién era él, y a pesar de ello nunca le pidió nada, ni joyas, ni telas preciosas, ni un mejor empleo para su padre. No, ella era sencilla, y se conformaba sólo con él, nada más.

Desafortunadamente, al principio lo consideró suerte, pero ahora que tenía cuarenta y cinco años sabía que no era así, el día que planeaba pedirla en matrimonio la encontró sola en su casa. Ella lo recibió con un beso, lo hizo pasar, cerró la puerta, le echó los brazos al cuello y lo besó con pasión. Una cosa llevó a la otra, a tal punto que cuando vino a darse cuenta de lo que sucedía, se encontraba en la habitación de Mariela, y ésta lo ayudaba a desvestirse. Pero ¡Ay!, en el momento del coito, la niña dulce, la princesa, la beldad, la diosa hecha carne, resultó no ser virgen. ¿Por qué no se levantó y se marchó?, nunca lo supo. Por el contrario, terminó lo que había comenzado, con un nudo en la garganta, sí.

Cuando terminaron, se vistió deprisa y sin decir palabra se marchó. ¿Pero qué había pensado? Si la mitad de las aristócratas eran unas putas, por qué no iban a serlo también las de menor estirpe. Pero es que era tan dulce, tan encantadora, tan gentil, tan sencilla, parecía una niña en el cuerpo de una mujer, sin embargo, ya había conocido otros hombres. ¡Y pensar que él se pasó un año respetándola! Quién sabe si mientras era novia de él no se revolcaba con los mozos, ladrones, borrachos, artesanos y cualquier pordiosero que tenía como vecinos. El dolor en el pecho y el nudo en la garganta se hacían insoportables mientras marchaba a su casa. Y los días que siguieron fueron los más aciagos de su vida. Se sentía ultrajado, burlado, y ofendido por una simple muchacha de barrio. No obstante, en el fondo se sintió agradecido por haberlo descubierto antes que cometiera la locura de casarse con ella.

Fue entonces cuando tomó la decisión de unirse a la Fuerza Naval. Al principio sus padres no querían, pero ante la insistencia de Marcial, terminaron accediendo a regañadientes. Así que poco después, Marcial hacía sus maletas, y sin tener ninguna experiencia, partía de Ciudad Darcis para capitanear una galera en la Base Naval Macario Darcis, privilegio obtenido gracias a su estirpe y un regalo en efectivo al almirante.

Dos años más tarde, a pesar haberlos dedicado enteramente a su trabajo, seguía amando con la misma insistencia a Mariela. Y no pudiendo soportarlo más, se tragó su orgullo, pidió licencia por unos días y fue a buscarla.

En la cubierta de la Lord Darcis XXI, Marcial sonrió con amargura al recordar ese breve pasaje de su vida.

Había ido directamente a buscarla a su casa, pero se encontró con la noticia de que ya se había casado. ¡Qué noticia tan amarga! ¡Cuánto dolor había causado a su maltrecho corazón! Recordaba haber asentido, dar media vuelta y marcharse de allí conteniendo las lágrimas como el hombrecito que era. No se quedó un solo día en la ciudad, sino que cabalgó día y noche y se reintegró a su trabajo.

Naturalmente, cinco años más tarde, sus padres le concertaron un matrimonio con una joven aristócrata llamada Esvelyn, muy hermosa, pero demasiado fría. Con el tiempo Marcial había llegado a quererla, pero jamás a amarla. Ahora vivía en una bonita y espaciosa casa en Ciudad Macario junto con sus dos hijos, una joven de quince años y un joven de doce.

¿Cómo se enteró que Darío era su hijo? Por boca de Mariela naturalmente. Diez años después de haberla buscado para enmendar su equivocación, ésta le escribió una carta, en la que le suplicaba que la visitase. Y así fue como, doce años después de haberla visto por última vez, volvió a verla. Se había casado con un joven guardia de la ciudad, vivía en otro barrio de mala muerte y en una casa más pequeña que la de sus padres. ¡Y cómo había envejecido! Debía tener unos treinta años, pero parecía veinte años más vieja. Ya tenía arrugas, se le ensancharon las caderas, se le cayeron los pechos y desapareció su sonrisa, dulce y encantadora. Solo los ojos azules conservaban parte de la magia y brillo de antaño.

Primero le presentó a su hijo mayor, un niño de once años, llamado Darío, alto, esbelto, cabello negro y sedoso, un rostro ceniciento y travieso y ojos azules. Después Mariela lo mandó a jugar al patio y le informó a Marcial que era su hijo. Y Marcial no lo dudó, menos cuando vio a los otros dos hijos de Mariela, una niña y un niño, ambos morenos, flacuchos y ratoniles.

Después de ello vino el momento complicado, el momento en el que Mariela le preguntó por qué la había abandonado. Marcial decidió que esa extraña que tenía enfrente no era la joven que había amado, por lo que le dijo la verdad, sin adornos. Y Mariela se echó a llorar. Entre sollozos le recriminó lo injusto que había sido, que él había sido el primer hombre en su vida y que por si no lo sabía, eran miles las mujeres que perdían su virginidad sin que el sexo tuviera nada que ver. Más tarde Marcial averiguaría que esa afirmación era cierta. Y le creyó, sus lágrimas eran tan sinceras y sus palabras tan suaves que le creyó, aumentando aun más la desgracia en su interior. A la defensiva le había confesado que se había arrepentido y que había vuelto a buscarla, pero que ella ya estaba casada.

—Con un hijo en la barriga —le había dicho—, tenía que buscarle un padre que lo mantuviera.

—¿Y no pudiste escribirme? —le recriminó.

—¿A ti? ¿Al que me tomó por primera vez y nunca más volví a ver?

Así, si ya sabía que había sido un error abandonarla, se confirmó en aquella visita.

A partir de aquel día Marcial se encontró manteniendo un hijo de él y el amor de su vida. Lo visitaba tres o cuatro veces al año, como amigo de su padre, de su madre y también de él. Porque al esposo de Mariela no le importó que el padre del chico lo visitara, menos cuando del dinero destinado a Darío también se servían ellos.

Cuando Darío cumplió la mayoría de edad, Marcial llegó para llevárselo con él. Darío por supuesto lo adoraba, y desde hacía unos años hablaba que quería capitanear una nave como él lo hacía, así que encantando se marchó con él. Y desde entonces no había vuelto a ver a Mariela. Hasta hacía mes y medio, cuando llegó para comunicarle la amarga noticia: Su hijo había muerto. Mes y medio después aún se le encogía el corazón al recordar los alaridos de la señora.

«Por lo menos —pensó—, ya no tengo ningún vínculo con Mariela».

Pero dudaba mucho que sirviera de algo, después de todo, él no amaba la mujer en la que se había convertido, sino la muchacha dulce de hacía veintitrés años, y esa jamás desaparecería de sus recuerdos. A veces, por las noches, cuando el dolor era muy intenso, se daba golpes en la cabeza y lloraba amargamente por lo idiota que había sido. No es que el hecho de que ella le dijera que había sido el primer hombre en su vida lo hubiera cambiado todo, en realidad había cambiado poco, él ya la había perdonado y cuando la fue a buscar dos años después de haberla abandonado, estaba dispuesto a casarse con ella sin importar lo que hubiese hecho antes, porque ya se había convencido que ella era todo lo que quería.

Al menos en él, cobraba certeza aquel dicho que dice que sólo se ama una vez en la vida, cuán cierto era. 

Sin darse cuenta, el ocaso lo descubrió recostado sobre la borda de la Lord Darcis XXI. Hacía ratos que Marvin lo había dejado solo, sumido en sus pensamientos.

La costa abrupta del Cabo Real discurría interminable a izquierda de la flota, entre enormes acantilados de treinta y cincuenta metros y diminutas playas apenas dignas de llamarse así. A la derecha, el Estrecho de dos Reinos empezaba a ceder paso a la enormidad del mar Celeste, que se extendía hacia el este cientos y cientos de kilómetros, hasta dar en las costas del continente oriental, tierra desconocida para la mayoría de occidentales, pero según los relatos, sede de prósperos y magníficos reinos, culturas hasta el extremo raras y admirables criaturas fantásticas que para la mayoría eran solo mitos.

Puerto Real apareció en el horizonte al medio día del siguiente día, y fue la imagen más espectacular que Marcial recordaba haber visto. Murallas de dieciocho varas de altura, pardas y de magnifica piedra circundaban el casco urbano de la ciudad, por lo menos el doble de grande que Ciudad Darcis. Y a diferencia de ésta, Puerto Real no contaba con barrios extramuros, lo único que se adivinava extramuros hacia poniente eran villas, granjas y fincas ganaderas… y al este, los puertos. Para un hombre que ha pasado más de la mitad de su vida en puertos y el mar, pero siempre en Isla Darcis o los alrededores de ésta, descubrir que la Base Naval Macario Darcis quedaba pequeña en comparación al puerto de Puerto Real, era una decepción, pero también motivo de una excitación y maravilla incomparable.

El puerto era inmenso, kilómetros y kilómetros de largo, con atracaderos para todo tipo de naves, grandes, pequeñas, medianas, de río y de mar. ¡Increíble! Además, estaba a rebozar, se contaban por cientos las naves alineadas en las dársenas. Jamás había visto tantas naves juntas, al menos quinientas, sin contar las suyas. Había galeras, carabelas y dromones de vela triangular, carracas y cocas de velas cuadradas. Las había de uno, dos y tres mástiles. Las había que navegaban sólo con viento y otras que iban desde los cincuenta hasta los trescientos remos.

Marcial estaba extasiado.

Cuando por fin les asignaron una parte del puerto para atracar ya se estaba haciendo de noche. Dio las órdenes oportunas para que todo estuviera en orden y descendió por la pasarela para saludar a lord Byron, que lo esperaba junto con dos guardias en el muelle. Lo esperaba de pie junto a un enorme moro de guerra.

—Señoría —saludó Marcial con el puño al pecho.
—Bienvenido, Almirante Marcial —respondió lord Byron utilizando el mismo saludo—. Ven, vamos al campamento —agregó haciendo señas a uno de sus guardias para que diera un caballo a Marcial

Marcial ocupó un lugar al lado de ord Byron y cabalgó junto a él hacia el campamento.

—¿Cuándo habéis venido, mi Lord? —preguntó Marcial. Lord Byron había partido junto a los seis mil hombres de su ejército.

—Ayer —respondió.

—¿Junto al ejército?

—No. Yo me adelanté con la caballería para pasar por Brazdam, para ver al Rey Crasio. Según mis exploradores, el grueso de mi ejército tardará al menos cinco días más para llegar aquí —sonrió con amargura—. Creí que los había entrenado bien. No han hecho una media de cuarenta kilómetros diarios como les pedí. Hace tres días que deberían haber llegado.

—Siempre hay retrasos, Byron—no sabía que decir.

—¿Qué te hagan perder ocho días? —replicó Lord Byron—. No lo creo. Han estado holgazaneando, es lo más seguro. Ya no hables —dijo con brusquedad al notar que Marcial se disponía a replicar—. Quiero hablar con alguien de confianza como tu, pero espera a que lleguemos a mi tienda.

Marcial obedeció.

Cabalgaron durante largo rato hasta llegar al campamento. Cuando lo divisaron el sol ya había abandonado al ápice del cielo hacía ratos. El campamento estaba ubicado en una inmensa playa unos cinco kilómetros al norte de la ciudad. Miles y miles de tiendas se extendían con cierto orden hasta donde alcanzaba la vista. Marcial lo observó impresionado, era muchísimo más grande de lo que podía imaginar.

Lord Byron estaba ubicado en la parte más occidental del mismo, por lo que tuvieron que cabalgar durante otro largo rato hasta llegar a su enorme tienda.

—Tomemos una copa de vino, charlemos un rato, luego nos vamos al banquete que su majestad ofrecerá hoy para sus lores y almirantes —dijo lord Byron mientras guiaba a Marcial al interior de la tienda—. Puedo ofrecerte una tienda si quieres quedarte aquí o una escolta por si quieres regresar a dormir a tu camarote en las naves —agregó.

—Por hoy tomaré la tienda —respondió Marcial.

—Bien. Sírvenos vino —ordenó a su escudero. Después le pidió que los dejara solos—. ¿Dejaste todo en orden? —preguntó.

—Sí. Dejé diez de mis mejores naves para resguardar la isla al mando de Pablo, un hombre de confianza —informó—. Envié mil marinos de cubierta al norte de la costa y otros mil al sur. Habrá quinientos en Playa Verde, quinientos en Piedra Gris, quinientos en Muelles Viejos y quinientos en La Carpa. El resto se quedará en la Base. No os preocupéis mi señor, si los myaram deciden atacar Isla Darcis, lo pagarán con un baño de sangre.

—¡Los dioses no lo permitan! —dio un sorbo a su copa y lo siguiente que habló lo dijo con indignación—. ¡Malditos sean todos esos avariciosos! Después de decapitar y dar todo un espectáculo a costa del infeliz hombre gris, convencieron a nuestro nada joven Rey que nos olvidáramos de los Myarams y Mesandia por un tiempo. Que nunca se tendría una oportunidad mejor para conquistar Tres Minas. Envalentonados por la muerte de Lord Evans, el general de mayor reputación con que contaba Afiran, piensan que la conquista de Tres Minas será cuestión de risa.

—¿Y no lo será? —aventuró Marcial.

—Por supuesto que no —bufó despectivo Lord Byron—. Un enemigo que es capaz de tender una emboscada a un hombre de la capacidad de Lord Evans con tanta astucia, es un rival a tener en cuenta.

—Estoy de acuerdo —asintió Marcial—. Normalmente no me dejo llevar por corazonadas, pero algo me dice que está será una cruenta guerra.

Lord Byron lo miró por encima de su copa como si hubiera dicho una sandez.

—Lo que a ti te preocupa son los myarams y Mesandia —dijo ya recuperada el habla normal, como si eso explicara su presentimiento—. Y lo entiendo, yo también estoy preocupado por ello. Por lo mismo logré convencer al Rey para que te deje regresar a Isla Darcis en cuanto traslades unos miles de hombres a Tres Minas.

—Espero que no falte demasiado para ese día —dijo en un suspiro. Sí, a lo mejor era eso lo que le preocupaba, los hombres grises y las pocas naves que había dejado en la Base.

—Descuida, no falta mucho. Sólo están esperando que lleguen mis hombres.

Marcial asintió mientras daba un sorbo a su copa. Era vino de la región, dulzón y áspero, bastante nuevo. Lord Byron aún no había tenido tiempo para conseguir un barril de buen vino: domarí o sureño, como se le conocía al excelente vino cosechado en las islas del Cinturón.

—El retraso de mis hombres no me ha granjeado muchas simpatías —confesó lord Byron—. Todos los grandes lores del reino, excepto el Rey, están ansiosos por lanzarse sobre Tres Minas, y sólo ven en mis hombres una fuente de retraso. El Rey Crasio es una persona noble, pero ya está viejo. Setenta años Marcial, es mucho. Temo por mí y mis hombres. 

—¿Setenta años? —dijo Marcial, incrédulo—. Pero si no lleva en el trono más de quince años.

—Trece, si he de ser preciso —esclareció—. Raynard, su padre, murió a los ochenta y tres años, por lo que su primogénito ya era un anciano cuando ascendió al trono. Y me temó que lo mismo sucederá con su heredero, ya que nuestro Rey no tiene aspecto de que vaya a morir pronto y nuestro príncipe Raymond ya ronda los cincuenta años.

—Vaya, eso no lo sabía —confesó Marcial con sinceridad.

—¿Por qué no me sorprende? —replicó Lord Byron con gesto irónico—. ¿Será porque mi querido Almirante no se preocupa por nada más que su pequeña isla?

—Supongo —aceptó Marcial, reticente—. ¿Por qué dices que temes por ti y por tus hombres, mi Señor? —preguntó Marcial, no le gustaba que le recordasen que su mundo giraba solamente en torno a Isla Darcis.

—Por lo mismo, porque nuestro Rey es viejo, ya no tiene la fuerza ni la voluntad de un joven, por lo que dejará que sus legados sean los que tomen las decisiones en esta guerra, él sólo será un elemento decorativo —dijo—. El retraso de mis hombres está predisponiendo a muchos de mis iguales en mi contra, por lo que no me extrañaría que me encomendasen a mí las operaciones más difíciles y riesgosas.

—O las más fáciles y deshonrosas —apostilló Marcial.

—Buen apuente —reconoció Lord Byron—. Sabes —dijo—, soy quien más hombres aporta. Lo hice porque estaba ansioso por participar en una guerra de verdad. Ahora ya no estoy tan ansioso, tantos idiotas prepotentes como colegas me hastía y cada quien quiere imponer su voluntad. Pensaba que en Brenfer sólo había un Rey, pero ahora veo que cada Lord es un rey a su manera.

—¿Inclusive vos, mi Lord?

Lord Byron hizo una mueca.

—Es posible.

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