Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

14 de octubre de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 17)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 16
Atardecer agitado
Esa mañana desayunaron todos juntos, en el pequeño salón de la fortaleza. En él, apenas si cabrían unos cien hombres, apretujados, pero para sólo cuatro personas era un lugar espacioso. Lord Peter, su sobrino de diez años, estaba sentado a la cabecera de la mesa. Lady Marian, cada día más hermosa, a pesar de que su vientre parecía haber crecido el doble en el último mes, se sentaba a la derecha del joven señor junto con la pequeña Liliana. Ser Rodny había ocupado un banco a la izquierda.

El desayunó se constituía por unos cuantos huevos pasados en agua, panceta, pescado en salazón, queso amarillo y pan moreno. Lo acompañaban con limonada, y para Rodny, cerveza.

Desde que había contratado media docena de guardias extra, habían retomado la costumbre de comer juntos al menos una vez al día. «Como una familia».

—Tío, ¿es cierto lo que dice Alicia? —preguntó Peter.

—No sé qué te habrá dicho nuestra querida Alicia —dijo Rodny, pero intuía a qué se refería su sobrino.

—Que los hombres grises han vuelto. Que saquearon una isla de Brenfer y se comieron a sus habitantes.

Alicia era la hija de Sara, la cocinera. Se encargaba de tender las camas, fregar los pisos, servir la mesa, calentar el lecho de algún guardia y esparcir rumores como si le pagaran por ello. Los últimos días los había ocupado en esparcir el rumor de que los hombres grises habían vuelto y arrasaban feudos de Brenfer. Y cada vez le añadía un detalle más picante a la historia.

Hacía tres noches Rodny la había mandado llamar y le había preguntado de dónde había sacado toda esa sarta de tonterías.

—Me lo dijo un buhonero —había explicado la chica—. Venía de Pueblo Browny y me contó que ser Bride Brown había recibido un mensaje en el que lo enteraban que los hombres grises habían arrasado no sé qué isla de Brenfer y se preparaban para seguir atacando y conquistando.

—¿Y desde cuándo un buhonero lee los mensajes de los señores? —inquirió Rodny muy serio—. Nunca. En todo caso no es algo que nos preocupe.

Luego le había pedido a la chica que dejara de esparcir ese rumor, o que al menos se cuidara de que no llegara a los oídos de los niños. Pero en un lugar tan pequeño era pedir demasiado. Cuando la despidió esa noche, Alicia le preguntó si quería que le calentara el lecho esa noche, Rodny la rechazó. Hacía dos meses que no estaba con ninguna mujer. «¿Por qué?».

—No lo sé, Peter —respondió Rodny—. Y en caso de que fuera cierto, no tenemos de qué preocuparnos. Hay por lo menos quinientas leguas de distancia entre ellos y nosotros.

—Yo no me preocupo —replicó el pequeño—. Ni tengo miedo. Sólo me preguntaba si un día podré ver uno.

—Los dioses no lo permitan —intervino Marian.

—De acuerdo, los dioses no lo permitan —convino Rodny.

—Los hombres grises son malos —dijo la pequeña Liliana—. Mataban a la gente y les sacaban las entrañas para hacer sopa.

—Puaj —bufó Peter haciendo un gesto de asco.

Rodny sonrió. Quizá fuera cierto, hacía mucho de ello, y el conocimiento que la gente tenía acerca de esas criaturas provenía de historias muy poco fiables.

—Otro buen motivo para que no querer acercarse a uno —apuntó Rodny.

—¿Rodny?

—¿Qué?

—Estás asustando a los niños.

—Yo no les tengo miedo —insistió Peter.

—Eso ya nos quedó claro —dijo Rodny—. Bueno, dejemos a un lado a los hombres grises. Ese no es un buen tema para hablar en una comida. Mejor cuéntanos Lili ¿cómo va tu clase de danza?

Se suponía que Alicia dedicaba una hora al día a enseñarle a bailar. Rodny sabía que la muchacha era una gata en la cama, pero en cuanto a bailar, tenía la gracia de un pato. En fin, lo veía como un juego de la niña. Si Marian consideraba de importancia que la niña aprendiera a bailar, ya se encargaría ella misma de enseñarle, cuando se encontrara en condiciones de hacerlo, claro está. Por el rabillo del ojo vio que Marian le sonrió por el cambio de tema.

El resto del desayuno transcurrió entre charlas triviales. Liliana habló de lo bien que le iba en su clase de baile, cosa que Rodny dudaba mucho; Peter contó emocionado que progresaba a pasos de gigante en las clases de espada que su tío le impartía y Marian se limitó a alabar las gestas de los niños, a sonreír, y qué linda era su sonrisa, y a agradecer en varias ocasiones a Rodny las atenciones que prestaba a los chiquillos y a la familia en general.

Desde la charla que habían tenido un mes atrás, cuando Marian lo abrazó y lloró sobre su hombro, en los aposentos de ésta, las cosas habían dado un pequeño giro en la vida de los Dorgan, en especial en la relación que mantenían ambos cuñados. Los niños gozaban de mayores libertades, ya que Rodny había convencido a Marian que los dejara salir al pueblo, y así lo hacían, pero siempre escoltados por una pareja de guardias. Mientras, Marian se dedicaba a tejer, a jugar con los niños y a acariciarse su cada vez más abultado vientre. Rodny, por su parte, también ocupaba buena parte de su tiempo en los niños, otro resto en las diligencias administrativas del pueblo, y en supervisar el par de granjas que la familia poseía en las afueras de Armizas. Nadie había intentado hacerles daño ni entrar a robar a la fortaleza y poco a poco Marian se iba convenciendo que estaban a salvo, que nadie quería hacerles daño.

La relación de ambos también había cambiado, lo cual Rodny no sabía si era bueno o malo, o ninguna de las dos. Hasta hace un mes, él sólo era el cuñado, siempre había sido así. Su relación había sido cortés, deferente, con apenas una pizca de cariño. Ella era la esposa de Dan y él el hermano de éste, nada más. Pero desde hacía un mes estaban más unidos, compartían más tiempo juntos, hasta se podría decir que eran amigos. ¿Qué pensaría Marian si se enteraba que él la veía como mujer?

Era un sentimiento que trataba de apartar. Él no quería enamorarse de la esposa de su hermano, de la madre de sus sobrinos, pero ¿cómo se lucha con algo que no se puede ver ni tocar? Hacía todo lo posible por contrarrestar ese sentimiento, pero al parecer estaba perdiendo la batalla. Muchas veces, en la oscuridad de su habitación, meditaba sobre las razones por las que no debía enamorarse de Marian: Ella era su cuñada, la madre de sus sobrinos, era tres años mayor que él, además él no era un simple campesino para ponerse a fantasear, él era un caballero, y un Dorgan, linaje antiguo y otrora excelso. Pero es que ella era hermosa, demonios, por qué no lo había notado antes, tenía un hermoso cabello rizado y rojizo, y sus ojos castaños brillaban como el sol, su rostro era el de un ángel, y era tan dulce, tan frágil…

Después del desayuno Marian acompañó a Liliana a su clase de baile con Alicia y Rodny llevó a su sobrino al patio para proseguir con el entrenamiento.

Pasaron el resto de la mañana entre jadeos, maldiciones, gritos, risas y el resonar de las espadas de madera. Peter progresaba muy bien para ser un chiquillo de diez años. Pasarían varios años para que pudiera usar una espada de verdad, pero mostraba potencial. Sus estocadas carecían de fuerza, como cabría esperar, pero no de habilidad. Su defensa era descuidada y a veces hasta se olvidaba de la misma, pero era algo que mejoraría con el tiempo. Para eso estaba él, para enseñarle. También le enseñaría a justar en las lizas, en eso él tenía cierta experiencia.  

Mientras su hermano vivía, y desde que fue nombrado caballero, se pasaba la mitad del tiempo fuera de casa. Había participado en infinidad de torneos y en algunos había cosechado buenos resultados. Pero hacía cuatro meses que no participaba de ninguno, y ya los extrañaba. Estaba a punto de partir para participar en un torneo menor que se celebraría en Colina Baja, más la muerte de su hermano lo había cambiado todo. Y todo parecía indicar que para él ya habían terminado los torneos y los viajes por todo el reino, al menos hasta que Marian y sus sobrinos pudieran arreglárselas sin él. Lo cual iba a tardar varios años. Se preguntaba si podría esconder durante tanto tiempo los sentimientos que profesaba a su cuñada.

Por la tarde Marian lo mandó llamar. Se encontraba en sus aposentos tejiendo lo que parecían ser unos pequeñísimos calcetines

—Sara dice que nacerá dentro de un mes —le dijo—. Tengo que tejer mucho o no tendré suficiente ropa para él.

—¿Y sabes qué será? —preguntó Rodny.

—Niño —dijo convencida—. Será un hermoso y fuerte niño. Se parecerá a Dan y así lo llamaré.

—¿Aún lo quieres? —se preguntó por qué había preguntado semejante estupidez.

—Sí —no entendió por qué le dolió la respuesta—. Dan siempre fue bueno, quizá un poco solemne, pero bueno, siempre estará en mi corazón.

—¿Me mandaste llamar? —dijo, deseó no haber sonado tan brusco ni resentido.

—Sí —respondió con una sonrisa, ¿cómplice?, no, lo estaba imaginando.

—En ese caso dime en qué te puedo servir —afortunadamente ya había controlado el tono de su voz.

—Hace unos momentos vino a visitarme mi amiga Johan —informó, dejando a un lado el telar—. Vino a ver cómo seguía lo de mi embarazo. También aprovechó para contarme que uno de los mozos vio tres hombres rondando por la granja la noche anterior.

Johan era la esposa de Melvin, el encargado de la granja que poseían al este del pueblo.

—Los hombres rondan por doquier —dijo Rodny encogiéndose de hombros, como quien no quiere la cosa—. A lo mejor eran cazadores, o algunos jóvenes haciendo sus chiquilladas —aventuró, recordando que de joven él también había causado muchos dolores de cabeza a varios vecinos y granjeros.

—Sí, podría ser —recoció Marian—. Pero desde que me lo dijo Johan tengo un mal presentimiento. ¿Hace cuánto no vas a la granja?

—No más de siete días —respondió Rodny, que siempre iba una vez a la semana a cada granja, para supervisar las siembras, los animales, los pastos, los arados y proveer a los administradores con consejos, que rara vez eran útiles, o lo que fuera necesario.

—Sería bueno que fueras a echar un vistazo y converses con Melvin. No sé por qué, pero presiento que es importante.

—Haré cómo digas —dijo. De pronto se le ocurrió una idea—. Me llevaré también a Peter. Ya va siendo hora de que empiece a participar del trabajo que hará más adelante.

—Pero llevaos algunos guardias —indicó.

—Así se hará, Lady Marian —acató haciendo una leve reverencia. Se dio media vuelta y salió.

—Ah, Rodny —le llamó Marian cuando ya estaba en la puerta—.  Me preguntaba si me podrías conseguir en la granja un melón, de pronto tengo antojos —explicó con una sonrisa, esa sonrisa que hechizaba.

—Buscaré ese melón como si de ello dependiera mi vida —contestó Rodny.

«¿Un melón?» Empezaba a creer que eso de los tres tipos rondando por la granja era pura invención y lo único que quería era un melón. ¡Un melón!

«De todas formas pensaba ir mañana a la granja», pensó. Y si Marian lo mandaba a la granja por un melón, pues a por un melón iba.

Como lo suponía, a Peter le encantó la idea de ir a la granja, por lo que en seguida mandó que ensillaran los caballos. También ordenó que ensillaran los caballos para Jack y Jaime, más pequeños, por cierto, porque no podían costearse el lujo de tener sólo caballos de cepa.

Pasaban dos horas del medio día cuando llegaron a la granja. La granja no era más que cien hectáreas de tierra, que Melvin, sus hijos, y otros mozos se encargaban de trabajar para los Dorgan. Casi la mitad del terreno se utilizaba para pasto del ganado y ovejas, mientras que en el resto sembraba trigo y cebada. Aunque había dos hectáreas que se usaba como huerto, en el que se plantaba legumbres, verduras, hortalizas, todas en un amasijo sin orden. También había a veces sandías, melones e incluso unos manzanos. Allí buscaría el melón que Marian le había encargado, pero eso sería más tarde, primero tenía que hablar con Melvin.

Cuando llamó a la puerta, una sonriente Johan salió a recibirlo, tenía cuarenta y cinco años y un hijo de la edad de Rodny, pero se conservaba robusta, afable y sin ninguna hebra gris entre su espesa y negra caballera.

—¿Pero a qué estáis esperando? —fue su saludo—. Pasad, mi hijo Tom irá a buscar a su padre.

Como siempre, los hizo sentarse en una estrecha sala y les ofreció un vaso de ponche caliente, a pesar de que hacía mucho calor. Jack, que ya había ido varias veces con él a la granja y sabía la tortura que suponía tragarse el vaso de punche humeante, de manera inteligente se quedó haciendo guardia en la puerta, pero Rodny, malicioso, pidió a la señora Johan que hiciera favor de llevarle un vaso también al pobre guardia.

—No me parece justo que sólo nosotros disfrutemos de este sabroso ponche —dijo.

—Por supuesto —convino Johan—. Ahora mismo sirvo un vaso a nuestro buen amigo Jack.

Rodny le guiñó un ojo a Jack cuando Johan abrió la puerta para entregarle un vaso que despedía vapor. Éste fingió una sonrisa y agradeció a Johan por no olvidarlo. Para sorpresa de Rodny, a Peter y Jaime les gustó la bebida. Bueno, en realidad era delicioso, pero no era apropiado tomarlo a medio día y humeante.

Rodny agradeció de todo corazón cuando apareció Melvin y lo invitó a dar un paseo para conversar un rato.

—La verdad es que no he visto nada raro —dijo Melvin, una hora más tarde cuando Rodny le preguntó acerca de tres hombres rondando la granja.

—Johan le dijo a Marian que un mozo…

—Bah —bufó Melvin gesticulando con la mano—. Los mozos ven cada cosa que ni te imaginas, Rodny. La otra vez vieron una serpiente de diez metros escabulléndose entre el trigo, ¿te imaginas? ¿Diez metros? Tú no deberías preocuparte por eso, ni Marian.

Melvin era un rubicundo cincuentón de rostro colorado y barba y cabello más colorado aún. Había nacido en la granja y parecía que allí iba a morir. Su padre había sido también administrador de la granja y cuando muriera, alguno de sus hijos lo supliría. Tenía la tendencia a tratarlo como a un chiquillo, a veces se le olvidaba que él ya era un hombre y, además, su señor.
—No os preocupéis, Ser Rodny —le dijo—. Aquí no pasa nada además que el trigo y la cebada crecen y las vacas mugen y se comen el pasto.

Rodny se convencía más y más que Marian lo había enviado a la granja sólo por su maldito melón. No sabía si enojarse o echarse a reír.

—¡Lobos¡ ¡Lobos! —el grito venía del sur.

—¿Qué sucede? —preguntó Rodny.

—Ahora lo sabremos —fue toda la respuesta de Melvin.

Un muchacho de unos quince años llegó corriendo a toda velocidad sin dejar de gritar «¡Lobos!, ¡Lobos!». Se trataba de Mario, uno de los hijos de Melvin.

—¿Qué pasa? —preguntó el padre.
—¡Lobos! —dijo el muchacho sin resuello—. Una manada de lobos está atacando las vacas —explicó.

—¿Dónde? —preguntó Melvin mientras corría al establo a buscar un caballo.

—En el extremo sur.

Dos minutos más tarde Rodny cabalgaba junto a Melvin, Mario, Jack y Jaime. A Peter lo había dejado en la casa con Johan, era demasiado peligroso llevarlo para ahuyentar a los lobos. Él y sus dos guardias no llevaban más que espadas, mientras Melvin y su hijo portaban arcos, arma mucho más útil contra los lobos.

Cuando llegaron a la escena se encontraron con tres lobos muertos, pero había al menos veinte más que corrían de un lado a otro, abalanzándose sobre el ganado, hiriendo a unas y matando a otras. Por muy extraño que pareciera, las fieras ni siquiera repararon en ellos.

—Aquí —gritó alguien.

Era el hijo mayor de Melvin, Carlos, amigo de Rodny, quien se encontraba sobre las ramas de un nogal. Sostenía un arco en la mano y en la espalda tenía un carcaj vacío.

—¿Qué es lo que está sucediendo aquí? —gritó Melvin.

Carlos bajó de un salto del árbol y corrió hasta donde se encontraban ellos. De un árbol vecino bajaron otros dos hombres y se apresuraron a unírseles, las armas de los últimos eran dos garrotes.

—No lo sé —dijo Carlos—. Te juro que no lo entiendo padre. Por todos los dioses que no lo entiendo, jamás se habían comportado así.

Rodny no pudo más que darle la razón. Desde el primer momento se percató que aquello no era normal. Los lobos raramente atacaban de día. Y cuando lo hacían, ya fuera de día o de noche, enfocaban su atención en los humanos, cuando estos estaban presentes, no en los animales. A pesar de que ya eran un grupo de ocho, los lobos apenas si reparaban en ellos.

—Cuando llegamos los lobos atacaban al azar —continuó Carlos—, y no fue hasta que herimos los primeros que nos prestaron atención, luego se nos echaron encima. Simar nos protegió y nos dejó subir a los árboles. He intentando ahuyentarlos con las flechas, pero como ves no he tenido éxito.

—Ahora somos más, así que a por ellos —rugió Melvin.

Acto seguido formaron parejas y empezaron a correr de un lado a otro intentando ahuyentar las fieras.

Rodny formó pareja con Carlos y juntos avanzaron hacia el lobo que tenían más cerca. Carlos le quitó algunas flechas a Mario y caminaba junto al caballo de Rodny con el arco tensado.

El lobo, ajeno a ellos, desgarraba la pierna de una vaca. Carlos le acertó una flecha en el vientre, y mientras se revolcaba Rodny azuzó a su montura y le rebanó el pescuezo de un tajo.

Ahuyentar o matar el resto no fue tan fácil. Las fieras, nada tontas, saltaban para esquivar las flechas y corrían en zigzag cuando Rodny les echaba su caballo encima.

Así transcurrió el resto de la tarde. Corriendo de aquí para allá, lanzando tajos, recogiendo flechas y tratando de herir o ahuyentar a aquella maldita manada. El crepúsculo los sorprendió cuando Rodny se deshizo del último de los lobos que se había quedado, el sexto en su cuenta particular. El resultado fueron veinte lobos muertos, al igual que cuatro una docena de vagas y otras tantas heridas.

Fue en ese momento que lo vio. Estaba tras un roble, al otro lado de la cerca, vestía completamente de negro y se echó correr hacia el sureste en cuando se dio cuenta que lo habían visto.

—¡Un hombre! —gritó. Sin saber por qué añadió—: hay que atraparlo.

Sin esperar respuesta se bajó del caballo, saltó la cerca y espada en mano corrió como los locos en la dirección que había tomado el individuo de negro.

Lo perdió de vista durante un instante, pero luego lo vio esquivando un árbol caído. Una cólera ciega lo invadió y aceleró la carrera. Carlos le gritó algo tras él, indicando que lo seguía. Más atrás escuchó los gritos de Jack y Jaime.

La persecución duró casi un cuarto de hora. Corría con la espada al frente, para que no se le enredara en los bejucos. Y si lo atrapó fue sólo gracias a la fortuna, puesto que ya casi había anochecido, el individuo tropezó y cayó, para cuando quiso levantarse, Rodny y Carlos ya estaban sobre él. Un minuto más tarde aparecieron Jack y Jaime, cuando Rodny y Carlos intentaban amarrar al prisionero con lianas. 

De pronto el sujeto se echó a reír.

—¿Qué es tan gracioso? —espetó Rodny.

El individuo no respondió. Era un hombre flaco, duro, zarrapastroso y de barba desaliñada.

—¿Quién eres? ¿Por qué nos espiabas? —preguntó Carlos.

—¿Vos mandasteis los lobos? —preguntó a su vez Jack—. ¿Qué? —agregó a la defensiva cuando Rodny y los otros dos muchachos lo miraron enarcando las cejas—. He oído que hay gente que puede hablar con los animales —agregó.

—Pues yo no puedo hablar con los animales —dijo el individuo de negro, era la primera vez que hablaba y su acento no era de la región—. Pero sí, fui yo quien los mandé —agregó.

—¡¿Qué?! —exclamó más que preguntar Carlos—. Éste hombre merece morir por querernos hacer daño —agregó apuntando una flecha al corazón del prisionero.

—Yo no quería hacer daño a nadie —explicó.

—Claro —bufó Rodny con desdén—. Y los lobos eran un juguete para el ganado.

—De todas formas, me van a matar —dijo el prisionero, y no parecía que tal perspectiva le causara miedo—. Así que mejor no digo nada.

—Ahora habla, imbécil —le espetó Rodny poniéndole la punta de la espada en la garganta.

—Ya es de noche —dijo, echando una ojeada sin interés al cielo—. Ya es demasiado tarde para vosotros. Quién me contrató debe estar entrando en la fortaleza.

—¡Qué! —se oyó mascullar Rodny, atónito.

El hombre se echó a reír nuevamente, como si aquello fuera lo más gracioso del mundo. Aunque Rodny había escuchado que había quienes que en las puertas de la muerte optaban por reír en lugar de llorar.

—Y dentro de las faldas de esa hermosa lady barrigona que la habita…

La espada de Rodny se hundió en la garganta del individuo, las palabras ya no le salieron, pero borbollones de sangre sí.

—Que se quede como merienda de los lobos —dijo—. Rápido, tenemos que regresar al pueblo.

Corrió como nunca lo había hecho. Si persiguiendo a aquel individuo zarrapastroso había corrido cual si un león lo persiguiese, ahora corría aún más rápido. Gesta admirable, considerando que ya era noche cerrada, y los árboles, ramazones, tocones, hiedras y bejucos se le cruzaban en el camino.

«Marian, Liliana —pensó—. Por favor Damina, Marcadav, que no les pase nada malo».

Cuando llegó a la cerca, jadeaba sin resuello y tenía arañazos en los brazos y en el rostro.

La luna creciente, que ya pronto sería luna llena, empezaba a aparecer en el horizonte. Melvin y su hijo Mario estaban sentados junto a la cerca, a pocos metros de ellos, los cuerpos de los lobos ardían en una gran fogata. Se pusieron de pie de un salto cuando lo vieron aparecer como cabra loca de entre el bosque.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Melvin.

—Os lo explicaré después —dijo saltando la cerca y dirigiéndose a su caballo—. Os encargo a Peter.

Melvin asintió con gesto grave.

—Espera, yo te acompaño —gritó Carlos que en ese momento salía del bosque junto a Jack y Jaime—. Padre, me llevaré tu caballo.

—¿Pero qué cojones está pasando? —bufó Melvin cuando vio que su hijo y los dos guardias de Rodny pasaban corriendo a su lado y se subían de un salto a las monturas.

Pero nadie le contestó.

Un minuto después cabalgaban hacia el camino. De allí al pueblo aún los separaban dos millas. Rodny se encontró deseando que su montura poseyera alas.

Durante la marcha la luna hizo acto de presencia y su luz, más que bienvenida, les ayudó a cabalgar sin temor a que las caballerías se tropezasen. El cielo poco a poco se fue poniendo límpido, sin una sola nube que ocultara la luna y las miríadas de estrellas. Era una noche hermosa.

Le pareció que había transcurrido una eternidad cuando por fin entraron al pueblo. Éste estaba normal, tan tranquilo como los árboles cuando no hay viento. Por los pórticos de las viviendas se escapaba la luz de las lámparas, el murmullo de las conversaciones y las risas que éstas conseguían. Todo parecía normal. Por lo tanto, no estaban atacando la fortaleza, no del modo tradicional. Azuzó aún más su montura y la obligó a correr más deprisa la media milla que lo separaba de la fortaleza, de Liliana y Marian.

La fortaleza, con sus muros de diez varas de altura, apareció ante ellos, apacible, inmune a sus preocupaciones. Durante un segundo albergó la esperanza de que nada fuera de lo normal hubiera ocurrido durante su ausencia. Pero dicha esperanza se hizo añicos cuando un grito agudo e infantil surcó el aire.

—¡Liliana! —dijo.

Espada en mano se dirigió a la puerta, seguido muy de cerca por Jack y Jaime también con las espadas desenvainadas y Carlos con el arco listo.

El puente aún estaba puesto, el rastrillo alzado y el portón abierto. Cuando cruzaba la puerta, descubrió el cuerpo de uno de sus guardias, que yacía entre un reguero de oscura sangre. El grito no había vuelto a repetirse, y no se oía ruido alguno, por lo que no conservaba esperanzas respecto al resto de guardias. Pero Liliana y Marian debían estar bien, ellas no podían estar muertas. De pronto se arrepintió por haber dejado a Peter al cuidado de Melvin. ¿Y si iban a por él a la granja?

En silencio se apeó del caballo e hizo señas al resto para que lo imitaran. Alertas y silenciosos como las sombras, se deslizaron hacia la torre.

Se disponía a abrir la puerta cuando Jack lo apartó, dando a entender que quien se arriesgaba a entrar primero era él. Rodny asintió.

Jack abrió la puerta con suavidad. No había nadie en el salón principal.

Siempre silenciosos se deslizaron hacia la izquierda, hacia la cocina. Cuando Jack empujó la puerta, lo primero que vieron fue la capa negra de un individuo, quien empujaba con fuerza algo en la mesa. Era difícil distinguir más, ya que todo estaba en penumbras.

Pasó un segundo para que Rodny comprendiera lo que sucedía. Dos piernas blancas se balanceaban a cada empujón del individuo; ¡Era una violación! Rodny sintió como un nudo se le formaba en la garganta «Marian».

Una flecha salió del arco de Carlos y le cruzó la nuca al violador, que cayó inerte mientras la sangre brotaba por donde la flecha le había perforado. El miembro erecto y húmedo soltó un chorro de meados.
La mujer sobre la mesa no se movió, puede que estuviera muerta. Pero un gran alivio recorrió a Rodny cuando comprobó que no era Marian, sino Alicia. Además, no estaba muerta, sólo inconsciente.

—El bastardo la violaba inconsciente —musitó, asqueado—. Jack, Jaime —dijo—, vosotros arriba. Carlos acompáñame.

Quien quiera que fuese el que entró a la fortaleza era un novato. No había cerrado las puertas, no había dejado un solo vigía y Rodny tenía la sospecha de que estaban diseminados por toda la torre, cada quien buscando que saquear.

«Dioses, protejan a Liliana y Marian».

Mientras Jack y Jaime tomaban las escaleras para subir al segundo piso, Rodny y Carlos cruzaron el salón y se dirigieron al ala derecha, donde estaba su despacho y los cuartos de algunos guardias.

Cuando atravesaron una puerta que daba a un pasillo, Carlos escuchó un gemido, también una voz impregnada de furia y frustración. «Marian, por favor, que esté bien». La voz venía del despacho, allí había luz y la puerta estaba entreabierta, el gemido provenía de la siguiente puerta. «Otra violación», se dijo, mientras deseaba con todo su corazón que no fuera Marian. Indicó a Carlos que permaneciera unos pasos tras él y caminó sigilosamente hacia la puerta del despacho.

—La llave —rugió una voz ronca y dura en el interior.

No hubo respuesta. Un segundo después oyó el restallido de piel contra piel y un grito contenido.

—Maldita bruja —bufó de nuevo la voz—. Como no me des la clave despellejaré a tu pequeña.

—No —fue la respuesta precipitada de una mujer, era Marian—, por favor, a ella no.

—Dadme la llave y os juro que me iré sin hacer daño a nadie.

—Es que no la tengo —respondió la voz contrita de Marian.

«¡Maldito!»

—Yo abro la puerta y tú le clavas una flecha —susurró a Carlos.

Éste asintió con gesto grave.

Rodny inspiró con fuerza antes de entrar. Mientras lo hacía resonó otra vez el restallido de la carne contra la carne, ésta vez Marian soltó un grito ahogado. Los gemidos en la habitación contigua habían cesado, o bien él ya no los oía.

Conteniendo la respiración, se abalanzó sobre la puerta abriéndola de golpe. Marian yacía acurrucada en el suelo, atada de pies y manos, con las mejillas coloradas allí donde la habían abofeteado. Junto a ella se encontraba la pequeña Liliana, también atada y con un paño en la boca. El hombre frente a Marian era más bien chaparro, de barba corta, negra y rala. Vestía completamente de negro y en la mano sostenía un bastón.

«Un mago», pensó Rodny.

Mago o no, apenas volvió la vista para fijarse en el intruso, una flecha se le clavó en el pecho y antes de que pudiera reaccionar de forma alguna, Rodny se le plantó en frente de un par de zancadas y le clavó la espada en el vientre y se la retorció con tal odio que de milagro no se le salieron las vísceras.

El mago, sí es que lo era, cayó inerte soltando apenas un bufido.

—¿Estás bien? —preguntó mientras desataba de las manos a Marian.

Ésta asintió.

—¿Cuántos son? —preguntó. Ante la alegría de encontrarla sana y salva no se olvidó que aquello aún no había terminado.

—No lo sé —respondió Marian, era raro que no estuviese llorando y se mantuviera hasta cierto punto serena—. Los que nos trajeron hasta aquí eran dos.

Rodny asintió ausente.

—Quedaos aquí —le dijo—. Poned la tranca a la puerta y quedaos aquí hasta que yo vuelva.

Carlos recuperó la flecha del cuerpo del mago y acompañó a Rodny al cuarto del que habían oído los gemidos.

Repitieron la misma estrategia. Rodny abrió la puerta y Carlos apuntó con el arco.

En el interior había dos hombres y una mujer, sin duda Sara, que era la otra mujer que vivía en la torre. Un hombre con los pantalones en el suelo arremetía con fuerza contra Sara, la cual se encontraba a cuatro patas en la cama. El otro individuo, también con los pantalones en el suelo, se acariciaba el miembro mientras esperaba su turno, sin duda el segundo o tercero, ya que Sara ni si quiera se movía o gemía, a lo mejor se encontraba tan inconsciente como Alicia. Que mal por ellos, estaban tan concentrados en lo suyo y tan confiados, que ni siquiera tenían armas a la mano.

Carlos disparó al individuo que estaba desocupado y Rodny arremetió contra el que violaba a Sara. Ni uno tuvo la menor oportunidad de defenderse. Cinco segundos más tarde, ambos estaban en el suelo, sin vida.

Sara se puso de pie y dijo:

—Gracias, mi señor.

Pero no era Sara, era una hermosa joven de unos dieciséis o diecisiete años. Ya comprendía por qué eran dos sus violadores. Rodny recordó que ya la había visto allí un par de veces, no sabía su nombre, pero sí que era sobrina de Sara. Qué mala suerte que hubiese ido de visita precisamente ese día. Probablemente hasta esa noche aún era virgen, aunque lo dudaba mucho.

«Entonces ¿dónde está Sara?»

Cubrió a la chica con una manta y la llevó junto a Marian.

Revisó junto a Carlos el resto de la primera planta, que ya estaba libre de intrusos.

Ascendían al segundo piso cuando Jack y Jaime aparecieron en el rellano escoltando a un prisionero.

—Eran dos —informó Jack—, pero uno se portó demasiado agresivo.

—¿Están seguros que ya no hay nadie más? —preguntó Rodny.

—No, Ser —dijo Jaime—. Tampoco hay señales de vuestra familia.

—No os preocupéis por ellas, ya se encuentran a salvo.

Hasta ese momento se dio cuenta de lo cansado que estaba. Se dejó caer en una grada y suspiró de alivio. Ya había pasado. Y lo más importante, Marian y Liliana se encontraban bien.

—Encerradlo en una celda —ordenó, la cuales se encontraban en el sótano—. Ya me encargaré mañana de él.

Cuando regresó al despacho para informar a Marian que ya se encontraban fuera de peligro, ésta nomás abrir la puerta se abalanzó a sus brazos llorando. La pequeña Liliana también lo abrazó por la cintura, sollozante y temblorosa. La sobrina de Sara, envuelta en una manta, se arrebujaba en una esquina de la estancia, silenciosa.

—Ya estamos a salvo —dijo.

—¿Y Peter? —preguntó de pronto Marian.

—Descuida, lo dejé con Johan y Sara —la tranquilizó mientras la abrazaba con una mano y con la otra apretujaba a su sobrina—. Cuando me enteré de lo que sucedía, consideré más oportuno dejarlo con ellos que traerlo conmigo.

—¿Te enteraste en la granja? ¿Cómo?

—Es una larga historia. Te la contaré luego.

Marian asintió y lo abrazó con más fuerzas, y durante un instante Rodny se olvidó de las vicisitudes de las últimas horas. 

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