Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

7 de octubre de 2017

El mago Desterrado (Capítulo 16)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 15
Regreso a Dargan
La ciudad apareció en el horizonte, tras coronar un altozano del camino, con las cúpulas y techos rojos y azules de sus edificios destellando con el sol de media mañana. Más tarde empezaron a distinguir los contornos de los edificios y las líneas zizagueantes de las murallas. La primera muralla, azul pálido, brillaba como un zafiro.  

Ser Madiel iba a la cabeza en compañía de ser Derek Sander. Ser Derek era un hombre corpulento, de cabello azabache y una espesa barba hirsuta veteada de canas. Tenía los ojos grises y era alguien de fácil palabra. El general mercenario era hermano de lord Claus Sander, señor de Viejo Sander, una antigua, honorable y poderosa casa afirense. Tras ellos venía un grupo de mercenarios que hacían de cuerpo de guardia del general y siete de los doce hombres con los que Madiel había salido de Luastra; los otros otros cinco habían muerto en el camino. Y más atrás, el grueso de la León Dorado.

Cuando ser Madiel le preguntó a ser Derek por qué había dejado su tierra, el hombretón se había reído a carcajadas.

—Cuando era joven —le contó dos semanas atrás, al abrigo del crepitante fuego de una hoguera— quise matar a mi hermano. —Lo dijo con tanto desparpajo que ser Madiel no le había creído en un principio, hasta que ahondó un poco más—. Quería ser el señor de Viejo Sander. Mi padre estaba en cama y no tardaría en morir. Claus, mi hermano mayor, sería el nuevo señor en cuanto mi padre exhalara el último suspiro. Jamás me agradó mucho mi hermano, siempre tan gélido, tan orgulloso, tan serio, tan estricto, no quería que alguien así gobernara las tierras de mi señor padre. Así que decidí matarlo, para heredar el título de Lord. Hace tantos años eso, veinticinco si la memoria no me falla. Pero fallé —ante estas palabras volvió a reír sonoramente.

»Yo era joven e impetuoso, como solo puede serlo alguien que recién ha sido nombrado caballero —Madiel era joven cuando lo nombraron caballero, pero no recordaba haber sido impetuoso—. Le tendí una trampa a Claus, en el bosque, mientras cazábamos un jabalí. Padre quería jabalí, y como hijos obedientes estábamos dispuestos a cumplir sus últimos deseos. Contraté dos mercenarios, para que formaran parte de la partida de caza. De forma descuidada uno de ellos, o los dos, cruzarían el corazón de mi hermano con una saeta. Sería un accidente y yo me encargaría de que fueran indultados, o al menos eso les había prometido. Pero los descubrieron, no tenían buena puntería y sólo rasgaron la mejilla izquierda de mi hermano. Los muy cobardes al verse atrapados me echaron de cabeza. Me escabullí en el bosque y cabalgué días enteros hasta llegar a Puerto Esthír, allí pagué pasaje para Baralhá y empecé a venderme como mercenario para sobrevivir. Y así es como llegué a Osttand.  

Con el transcurrir de los días fue descubriendo cómo llegó a ser comandante de la León Dorado. Había ido ascendiendo en la compañía poco a poco. Empezó como soldado raso, con su valor en batalla se había ganado el liderazgo de una unidad, luego fue ascendido a capitán de escuadrón, hasta que se ganó el derecho a ser uno de los brazos del comandante de ese momento. Hasta que una mañana el comandante amaneció una cabeza más bajo y se le eligió nuevo general de la compañía. No se demostró que hubiese sido él el asesino, pero era algo que casi todos daban por sentado.

A ser Madiel le resultaba desconcertante que se mostrara tan afable y fuera en realidad un sádico. Pero no era de sorprenderse, se decía que los mercenarios no tienen corazón. De cualquier manera, Tres Minas necesitaba su ejército, y esa era una verdad tan grande como que el sol sale todas las mañanas.

También era un duro negociador, tal como le había advertido ser Darius, el segundo al mando de la León Dorado. Entre risas y risas no cedía ni un ápice en sus pretensiones. Desde un principio había establecido un precio, veinte mil mileniums mensuales mientras durara la campaña, además de provisiones y barcos que los transportaran a Dargan. Esa cifra no había cedido, a pesar de que sus risas y carcajadas acompañaron la negociación todo el tiempo. Al final ser Madiel terminó accediendo. Era eso o buscar por otro lado.

Pero lo mejor de todo no fue contratar la compañía de ser Derek. Lo mejor de todo fue que logró contratar dos compañías en lugar de tan sólo una. Y es que para buena fortuna de los rebeldes, a escasas dos leguas del campamento de la León Dorado, acampaba otra compañía, Los Hijos del Sol, quienes habían combatido al lado de la León Dorado en la recién terminada guerra de Buamba contra Boral, ambos estados pertenecientes al reino de Luastra.

Rara forma tenían algunas naciones de oriente de librar sus guerras, y eso era decir poco. Buamba y Boral eran ciudades bajo el vasallaje de Luastra, pero el monarca del reino no había intervenido más que con un edicto, en el que les dejaba resolver sus problemas como ellos quisieran, siempre y cuando no extendieran el conflicto a otros estados ni otros reinos. Como era de suponer, ambas ciudades llegaron a la conclusión de que la mejor solución era la guerra. Conflicto que había ganado Buamba, al alistar un ejército más rápido que sus rivales y contratar las dos compañías mercenarias más cercanas. Ahora Boral era una ciudad casi en ruinas. ¿Qué rey amante de sus súbditos permitía tal cosa?

El comandante de Los Hijos del Sol, Rickion Piznar, un hombre de más de cincuenta años, que aún conservaba todo el cabello pero que lo tenía blanco como la nieve, y de ojos azules, era un hombre adusto y formal, muy diferente a ser Derek Sander. Su compañía constaba de tres mil soldados y el pacto convenido equivalía a la mitad en oro del contraído con la León Dorado.

La cabalgata al interior del continente había sido muy fructífera.

No obstante, no estuvo exenta de pérdidas. Cinco de sus hombres murieron mientras cabalgaba a Buamba a entrevistarse con Ser Derek Sander. Una banda de ladrones fue la culpable. Afortunadamente, aunque los superaban en número, todos eran unos harapientos sin orden ni mando y habían dado cuenta de ellos, no sin pérdidas por supuesto. Según le contaría más tarde ser Darius, provenían de las tierras de Boral, que tras ser saqueada ya no tenía mucho que ofrecer a sus habitantes, por lo que muchos habían optado por dedicarse al pillaje en los estados vecinos. A partir de ese día marcharon con más cautela y listos para cualquier embate de otra banda de ladronzuelos; los próximos podrían significar su fin. De buena fortuna ya no sufrieron ni un ataque.

A pesar de ese incidente todo había ido bien. Ser Madiel no podía estar más satisfecho. En un mes había conseguido ocho mil hombres para su causa. Si a eso le sumaba los dos mil mercenarios que acampaban en la campiña de Luastra, contaba con un un total de diez mil hombres. Todo un pequeño ejército. Había tomado la decisión de partir con ese número, en cuanto consiguiera las naves necesarias, rumbo a Dargan. No sabía qué ocurría allá y ya no quería perder más tiempo. No le serviría de mucho reunir un gran ejército si cuando llegara a la isla miraba el águila dorada de Afiran ondeando en las murallas de la ciudad.

—¿Ese es vuestro ejército? —aventuró Ser Derek, señalando las tiendas que se alzaban más allá de la muralla sur y de las granjas que circundaban esta.

Se habían detenido en la cima de un promontorio, a una milla de la ciudad. Desde allí dominaban la vista de la portentosa ciudad que era Luastra y el pequeño y desordenado campamento que formaban los mercenarios que había contratado. No estaban juntos, ni mucho menos, sino divididos en grupos de cinco, diez y veinte tiendas esparcidas aquí y allá. El grupo más numeroso lo constituían las tiendas negras y grises de la Garra Negra, del que sobresalía notoriamente la tienda de Marcio Burak, por mucho la más grande de su pequeño ejército.

—Vosotros podéis acampar donde os plazca —dijo dirigiéndose a ser Derek Sander—. Zarparemos en cuanto alquile o compre las naves necesarias para navegar.

—Parece que disponéis de mucho oro, Ser —comentó ser Derek—. Quizá debería subiros la tarifa.

—Poseo el suficiente como para asegurarnos un viaje a Dargan —respondió Ser Madiel, desconfiado—. Y vuestro precio de por sí es demasiado alto.

La carcajada de ser Derek resonó como una tromba.

—No os preocupéis, Ser, no os vamos a robar —dijo después—. La León Dorado es una compañía honrada. Aunque ahora que recuerdo —agregó meditativo—, aún me debéis diez mil mileniums y pronto cumpliremos un mes a vuestro servicio, con lo que serán veinte mil más.

—En cuanto establezcáis vuestro campamento os haré entregar lo que se os debe —le conformó—. En cuanto a los veinte… aún no habéis cumplido el mes. Ahora si me disculpáis, Ser, tengo que hablar con el comandante de Los Hijos del Sol.

—Saludame a Rick —gritó cuando Ser Madiel se alejaba al trote, seguido por su escolta de siete—. Y dile que espero que esta vez sus hombres resistan.

Dejó a Ser Derek Sander con sus carcajadas en el altozano y flanqueó la larga columna que conformaba la León Dorado, seguido muy de cerca por los siete darganianos de su escolta. Los Hijos del Sol marchaban casi una milla atrás de la León Dorado. Pese a haber luchado por la misma ciudad, no se mostraban ninguna simpatía. Menos aún cuando dos escuadrones de la León Dorado salvaron a los Hijos del Sol que flaqueaban en una de las alas de su más reciente batalla. Ser Madiel esperaba que aquel detalle no fuera causante de problemas.

Encontró a Rickion Piznar al frente de la columna. Cabalgaba sobre un bayo alto y robusto, cubierto de mallas metálicas color ámbar. El comandante Piznar era un hombre serio, que rara vez sonreía, tenía el rostro alargado y surcado por varias arrugas. Sus ojos azules eran fríos y penetrantes. Era delgado, alto y duro como el hierro. Sus ropajes eran de lana y cuero, marrón el jubón y grises los pantalones. Hasta los dos hombres que cabalgaban a su lado se vestían mejor que él, y reían mucho más que su líder, pero rara vez cuando estaba presente Piznar. Uno de los miembros de la compañía le había comentado que era descendiente de los reyes de Isla Marina, un reino desaparecido hacía un siglo y que por eso siempre estaba serio y solemne, que su idioma natal era el Natarshai pero que hablaba con soltura los que la mayoría del mundo conocía como oriental y occidental.

—Buen día, mi señor —dijo Ser Madiel.

Se suponía que Rickion Piznar estaba a su servicio y también todo su ejército, pero Madiel aún no hallaba cómo dirigirse de forma adecuada a un hombre que parecía querer deshacerlo con la vista. Al principio había pensado que no sentía afecto por él, pero luego se sacó esa idea de la cabeza, a menos que odiara a todo el mundo. Además, su voz era un grado más suave que su aspecto. Sólo un grado.

—Buen día, Ser —respondió—. Parece que ya estamos llegando.

—Así es —asintió Ser Madiel—. Sólo quería deciros que podéis acampar donde deseéis. Por la tarde os haré llegar el importe acordado.

—Me parece justo.

—Os avisaré cuando tenga todo dispuesto para zarpar. Ahora si me disculpáis, tengo asuntos que atender en la ciudad.

—No lo dudo.

Hizo volver grupas a su caballo y trotó a la ciudad. Encontró a Ser Allen en la habitación.

—¡Por todos los dioses! —Exclamó en cuanto lo vio, estrechándolo en un abrazo—. Ya me había preocupado por ti.

—No exageres. He estado fuera, ¿Cuánto?, Un mes…

—He conseguido otros cien —informó—. Algunos borrachos y pendencieros, otros, guardias desempleados, pero los he contratado.

—Hiciste bien.

—También fui llamado a la corte…

—¿Qué?

—Como oyes, el Rey me citó a la corte —corroboró—. Estaba que me moría de nervios.

—¿Y qué quería? —preguntó un sorprendido Ser Madiel.

—Casarme con su hija desde luego que no, ni cederme por una noche a su esposa —Ser Allen sonrió—. Aunque por supuesto no habría puesto peros si hubiese sido una de las dos cosas… ni te las imaginas, Madiel, ambas son más hermosas que una puesta de sol.

—Al grano, Allen —apremió ser Madiel—. Ya tendrás tiempo de contarme cómo es la princesa y la reina cuando naveguemos de regreso a casa.

—Sí, tienes razón —acató Allen—. Quería saber cuáles son nuestras intenciones al reunir un ejército a las afueras de su ciudad. Tuve que explicarle casi todo. Al final no pareció satisfecho, así que le regalé un cofre repleto de oro para apaciguarlo un poco.

—De todas formas, pienso marcharme en cuanto consigamos las naves suficientes. Y más vale que nos demos prisa o todo nuestro oro irá a parar a las arcas del Rey.

—Ni que lo digas. ¿Habéis contratado la compañía?

—Eso y más…

—¿Cómo?

—En resumen, traje ocho mil hombres, divididos en dos compañías.

Ser Allen abrió la boca, como si le hubiesen dicho que, en efecto, el Rey de Luastra quería que se casara con su hija.

—Eso es bueno —dijo—. ¿Pero crees que consigamos las naves suficientes para transportar tamaño ejército?

—Espero que sí.

—¿Y si no?

—No hay que ser pesimistas. Abajo están los siete hombres que quedaron de mi escolta…

—¿Quedaron?

—Te lo contaré más tarde. Primero lo primero. Quiero que te encargues de entregarle a cada compañía diez mil mileniums, ellos ya conocen a los comandantes y te los mostrarán. Ah, y haz que te firmen una hoja de recibido, no está de más ser precavidos.

—¿Tú que harás?

—Me haré acompañar de Rubenio para conseguir las naves.

Tres días más tarde, su ejército de diez mil mercenarios abordaba las naves en los muelles de Luastra. Gracias a los dioses había conseguido, junto a Rubenio, reunir una flota de cincuenta naves. Bueno, también tenía que admitirlo, también gracias al Rey Schacrab, por muy caro que hubiese resultado.

El día anterior, el rey había mandado llamar al encargado de aquel movimiento y de las naves que estaban reclutando. Ser Madiel se había hecho acompañar de Rubenio y Ser Allen, quien se mostró temeroso, pero que no quería dejar ir la oportunidad de ver una vez más a la hermosa princesa de Luastra.

Un grupo de guardias los había escoltado a la sala de audiencias del rey, el cual resultó ser un viejo flaco y enjuto, de rostro arrugado y barba blanca que le colgaba al pecho. La reina era harina de otro costal; alta, esbelta, de piel blanca y un rostro como la luna llena, enmarcado por una espesa cabellera rubia. Debía tener la mitad de los años del rey, o una tercera parte. A la princesa sí que no la vio por ningún lado. Ser Allen no ucultó su decepción por ello.

Además del rey y la reina, también había otros presentes. Viejos y no tan viejos, con pelo blanco o sin él; los más jóvenes, al igual que los guardias, llevaban el caballo rapado a los costados y sólo se dejaban un mechón lo suficientemente espeso para hacer de él una trenza. Y todos querían saber que se traían entre manos, ¿Querían atacar la ciudad? ¿Estaban confabulando con algún reino vecino? ¿Qué reino era? ¿Quién era el rey? ¿Cuánto les estaban pagando?

Ser Madiel y Rubenio habían respondido a todas las preguntas con la misma fórmula: “Eran gobernantes de Tres Minas y sólo querían hombres para mantener su recién adquirida independencia”. Unos les habían creído, otros mostraban dudas, y otros pedían que los apresaran hasta que contaran la verdad; otros, sencillamente pedían sus cabezas.

Ser Madiel creyó que iban a terminar tras las rejas, o peor aún, sin cabeza. Hasta que mencionó que pensaban partir cuanto antes, pero que aún necesitaban por los menos diez naves más.  

—¿Tenéis oro? —preguntó el viejo achaparrado y barbudo que era el rey.

—Un poco —respomdió Madiel, cauteloso.

—Traed cincuenta mil aftoris y os daré una docena de naves y los muelles para que partáis mañana mismo —ofreció—. De lo contrario os encerraré en una celda oscura y haré que os arrepintáis del día en que se conocieron vuestros padres.

Era una estafa en toda regla, pero ser Madiel tuvo que fingirse agradecido. Furioso, él mismo había ido a las naves a traer cinco cofres con diez mil mileniums cada uno. Los aftoris valían algo menos que los mileniums, pero ser Madiel no estaba de humor para hacer conversiones. El rey Schacrab y su corte se mostraron más que encantados.

Cuando por fin salieron del palacio, un indignado Ser Allen había jurado que, como venganza, si veía por allí a la princesa, la metería en un saco y se la llevaría consigo a Dargan. Rubenio se había mostrado de acuerdo, y con una sonrisa había agregado que también debían llevarse a la reina. Afortunadamente no se les presentó la ocasión.

De manera que así consiguieron las naves que les faltaban.

Conseguir el resto de los barcos había sido menos complicado, aunque no tanto. La mayoría de los barcos conseguidos eran galeras de uno o dos mástiles, y ante la escasez de éstas tuvieron que conformarse con unas cuantas cocas y carracas. Eran naves de mercaderes, fleteros, y de uno que otro noble o rico de la ciudad. Algunos mercaderes, prontos a partir en viajes de comercio, habían decidido guardar sus mercancías en bodegas de la ciudad por amor al oro fácil que ellos les ofrecían. Los fleteros, eran barcos que permanecían anclados y hacían cualquier tipo de viaje por el precio justo. En cuanto a los nobles y ricos, cuyas naves tenían meses sin navegar, por un buen puñado de oro aceptaron venderles sus barcos; ya tendrían tiempo para mandarse construir otros más grandes y hermosos.

Y allí estaban. Embarcando para regresar a casa.

Las cincuenta naves alineadas en los muelles era un espectáculo admirable. Había naves pequeñas y naves grandes. De velas negras, blancas, azules, rojas y grises. Las doce galeras que el Rey Schacrab les había cedido eran, para sorpresa y alegría de Ser Madiel, naves de guerra, de ochenta remos cada una, cascos azules con franjas rojas y velas blancas veteadas de rojo, con el emblema del rey tanto en las velas como en los cascos: una torre roja sobre fondo azul.

Los hombres de la León Dorado habían tomado para ellos la mitad de flota. Los Hijos del Sol abordaban las doce galeras de guerra con el emblema de la torre roja. El resto, subían a las naves restantes, galeras, cocas y carracas.

«Después de todo no me ha ido tan mal —pensó ser Madiel—. Pronto estaré en Dargan con diez mil hombres para la guerra».

Esperaba que Lord Alex se les uniera pronto con una cantidad igual o superior.

«Quieran los dioses que así sea». 

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