Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

31 de octubre de 2017

Halloween - Cuento Corto

Harry tenía siete años recién cumplidos. Estaba muy feliz por ello. No tanto por la fiesta acaecida dos semanas atrás, ni por los obsequios recibidos; sino porque, ese día, treinta y uno de octubre, lo consideraron lo suficiente grande para que pudiera salir a pedir dulces sin supervisión de su madre. Esa idea lo emocionaba.

Esa noche lo habían disfrazado de diablo, o “mi diablillo”, como dijo su madre. La cola era de esponja, al igual que la púa y los cuernos, pero si no los tocabas, a la distancia parecían reales. Le alargaron los ojos con maquillaje para parecer más aterrador y le pusieron dientes de vampiro, porque su madre dijo que la mordida del diablo era más letal. El resto de la indumentaria también era roja, excepto la capa, que era carmesí, para variar, pero no mucho.

A las siete lo fueron a dejar con Freddy, su amigo y vecino de ocho años. Él se había disfrazado de vampiro, de Drácula, no de ese que brilla con el sol; ese era para las niñitas tontas.

A las ocho y media dijo la madre de Freddy, y la madre de Harry asintió. Ni un minuto más tarde.

30 de octubre de 2017

Historia por WhatsApp 33) Chica nueva (II)




29 de octubre de 2017

Perdido - Cuento corto

Se supone que una iglesia es un lugar sagrado, inviolable para satanás y sus esbirros de allende de nuestro mundo. Fue por eso que me detuve a las puertas de una parroquia, cansado de tanto correr y aterrado por aquello que me perseguía. No sé lo que es, sólo sé que se trata de algo diabólico que no me desea nada bueno.

Ascendí unos escalones y me detuve a escasos centímetros de la puerta de la iglesia, pensando en cuál era el procedimiento para acceder a uno de esos recintos a la una de la madrugada; si es posible, en todo caso. Una ráfaga de gélido viento y una risa cargada de locura hizo que me olvidara de las buenas maneras e intenté entrar sólo empujando las hojas. La puerta no cedió al primer empujón, ni al segundo. Empecé a llamar a gritos y a empujar con bríos, pero nada que cedía.

A mis espaldas, todo había quedado en calma, pero no me confiaba. El ser al que yo había dado permiso de venir a nuestro mundo estaba cerca, tenía esa certeza. Y ahora quería mi alma, y venía por mí. Eso me pasó andar jugando con secretos peligrosos. No pude evitar evocar a una amiga de la preparatoria: Sólo lo hice por curiosidad, dijo un día después de su primera vez. A los tres meses ya tenía su pancita. «Sólo lo hice por curiosidad», pude haber dicho yo, y ahora, algo que ni sé qué es, viene a quitarme la vida.

28 de octubre de 2017

Historia por WhatsApp 33) Chica nueva (I)




El Mago Desterrado (Capítulo 19)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 18
La Boda
El enorme Carruaje Real traqueteaba sin descanso por la carretera llena de baches, polvo y piedras sueltas. No era para menos. Más que un carruaje era una pequeña casa. Contaba con dos habitaciones, un cuarto de baño, una sala, una cocina y un comedor. Tenía tapices de flores, jardines y aves exóticas en las paredes y alfombras orientales de hilo de oro. Era tirado por cuarenta caballos. Y aburría hasta el cansancio.

Era el séptimo día de viaje sobre aquella cosa tan lujosa y horrenda. Siete días enclaustrada, sin apenas salir del carruaje; que traqueteaba y traqueteaba, se atascaba, y vuelta a traquetear otra vez. Los días los pasaba sentada junto a su madre en uno de los lujosos sofás de la reducida sala, comiendo aceitunas, pasas, uvas, pastelillos, tartas, bocadillos exquisitos y exóticos y bebiendo limonada o agua de rosa de jamaica, a la vez que tenía que aguantar la cháchara de las damas que como gallinas les gustaba revoletear cerca de la reina y la princesa. ¡Lo que daría por salir a cabalgar, aunque fuera sólo unos minutos!

Y encima de todo tenía que sentirse complacida.

El primer día había sido lady Clarissa Marrion, de Puerto Negro. Lady Clarissa era flaca, escuálida, de enorme nariz y piel blanca como la leche, ya tenía cincuenta años, pero insistía en maquillarse como una jovencita, lo que la hacía muy ridícula a ojos de Dariana. Había llegado acompañada por su hija, también llamada Clarissa, y su nuera lady Melinda. La hija, ya en edad casadera, era muy parecida a su madre, pero puesto que era joven, su delgadez, su rostro alargado y su nariz larga la dotaban de una belleza exótica. Lady Melinda era diferente, pequeña, rostro ovalado y moreno, cabello negro y ojos oscuros. Y con mucho, resultó ser la más reservada.

Ese primer día fue el peor de todos. Lady Clarissa y su hija hablaron de la boda hasta que se cansaron. «El vestido te quedará muy bonito», «debes usar joyas que combinen con el vestuario, vuestros ojos y vuestro cabello», «quizá la princesa debería usar sandalias de cristal, o de plata», «una corona de cristal no estaría mal», «Debes mirar al frente y sonreír», «si me permite princesa, considero que está muy delgada, le falta pecho, podría ponerse algodón para no deslucir». Y continuaron así durante horas, a tal punto que Dariana estuvo a punto de mandarlas con sus insufribles consejos al infierno.

El segundo día quien compartió el carruaje con ellas fue lady Catalina Dortall. El tercer día fue lady Zaela Pottlir. Al cuarto compartieron el carruaje con su tía paterna lady Cairina Dawson, quien siete años atrás se había casado con ser Richard Dawson, el heredero de Illandria. Además de su madre, Lady Cairina fue la única que no la estuvo importunando con asuntos de la boda, se mostró afable, cariñosa y le ofreció todo su apoyo.

Con cada día que transcurría Dariana se hallaba más nerviosa. El día de la boda se acercaba inexorable, y ella no estaba ni mucho menos preparada para ese gran paso de su vida. Apenas tenía trece años y faltaban más de tres meses para cumplir los catorce. Se suponía que se iba a casar cuando cumpliera los catorce años. Pero la muerte de lord Evans lo había alterado todo. Ahora su prometido era el señor de Puerto Esthír y su señor padre necesitaba, hoy más que nunca, asegurar ese enlace.

Por supuesto, a Dariana le gustaba, y mucho, lord Daniel Madison. A sus diecinueve años era un joven alto, fuerte, esbelto, de largo cabello rubio, hermosos ojos verdes y lo mejor de todo es que era un autentico caballero. Era amable, servicial, atento… en fin, era todo lo que una chica podía desear, incluso una princesa como ella. Pero, ¿lo amaba?, no estaba segura de ello. ¿Y él la amaba a ella? tampoco tenía una idea al respecto. Además, de allí a casarse ya, a compartir la cama con él, estribaba una gran diferencia. Ella sólo quería echarse a llorar.

27 de octubre de 2017

Extraño sueño - Cuento corto

El hombre estaba atado contra el tronco de un viejo álamo, en el corazón de un viejo bosque; atado de pies y manos y amordazado. Sus ojos, abiertos de espanto, me miraban con pupilas dilatadas por el terror y la incertidumbre. Me quité la máscara para que me viera el rostro. Seguro eso no le dijo nada. Y por qué iba a hacerlo, si hasta ese día nunca nos habíamos visto.

Comprende, amigo le dije. Me acuclillé para estar a la altura de sus ojos. Esto no es personal. Verás, me dijeron que sólo así podría deshacerme de un extraño sueño.

Le enseñé el cuchillo, filoso hasta para la madera, y el tipo se debatió, aunque claro, era inútil. Todo era inútil. De su garganta brotaron extraños ronquidos: supuse que intentaba decir algo. Pero yo no estaba allí para escucharlo, sino para hacer mi ritual.

No sé quién eres ni me interesa proseguí. Sólo eres alguien a quien los azares de la mala fortuna pusieron en mi camino. Antes de que mueras, de un modo que estoy seguro nunca imaginaste, déjame contarte por qué estás aquí, atado, indefenso, aterrado, con la muerte resollando en tu cuello.

25 de octubre de 2017

Invierno - Cuento corto

Las lluvias fueron torrenciales ese invierno. La mitad de la aldea se vio afectada, y varios vecinos de la parte alta del lugar tuvimos que darle albergue a aquellos que la llena sacó de sus hogares. Nosotros, cuya casa está sobre una colina en los límites septentrionales del poblado, no fuimos la excepción. Afortunadamente tengo el ático para mí solo, de modo que lo apretujado de los pisos inferiores, me tenía sin cuidado.

Las lluvias cesaron después de una semana, para entonces, el mal ya estaba hecho. Había que esperar una o dos semanas para que las casas de la parte baja fueran habitables de nuevo. Como no me gustaba estar entre tanta gente, me conformé con permanecer en el ático, leyendo varios libros, en especial los cuentos de Poe, Lovecraft (puesto que soy amante del terror) y Dickens. El resto del tiempo me asomaba a la ventana y miraba la llena de allá abajo, que con cada día transcurrido, descendía un tramo.

Fue así como vi al niño correteando al perrito, hacia el oeste, en una parte despoblada. Me envaré de golpe, pues algo en esa escena me dio miedo. Supuse que el niño sabía nadar, como todos en la aldea, así que no temí que se ahogara. Lo que despertó el miedo en mi fue el perro: pequeño, blanco con parches negros, lozano, juguetón, limpio; un perro demasiado hermoso y bien cuidado para ser de alguien de la aldea, menos en una aldea todavía enfangada.

23 de octubre de 2017

Correr para morir - Cuento corto

Noé supo que algo iba mal desde el momento que tomó el camino alterno. Un tramo de la carretera principal se había hundido desde hacía semanas y aún no lo reparaban. Los pocos viajeros que usaban esa carretera se habían visto en la necesidad de hacer sus trayectos en un viejo camino alterno que se hundía en el corazón de un umbrío bosque antes de volver a otra carretera.

En esos momentos estaba a mitad del bosque, rodando entre baches, solo. Los árboles que lo rodeaban eran delgados y altos, de frondosas ramas que se entrelazaban formando una techumbre, incluso encima del camino, de manera que casi siempre estaba en penumbras.

Noé pensaba que ese lugar era tétrico cuando su auto se hundió de golpe. «¿Qué mierdas? maldijo Pero si no había nada enfrente». El asunto es que cuando bajó para ver de qué iba el problema, descubrió una gruesa cadena de enormes púas, que habían bajado los neumáticos delanteros de golpe. Las cadenas estaban en un pequeño surco, revelando que habían permanecido ocultas hasta que estuvo casi encima. Fue por esto que se puso de pie de un salto.

Había un hombre en cada extremo del camino, y otro a un costado. Los tres usaban pasamontañas y tenían sendos machetes en las manos. Los sostenían de forma amenazadora.

Lo quiero muerto dijo uno de ellos, con voz fría, malévola.

21 de octubre de 2017

El espejo - Cuento corto

El espejo era de cuerpo entero, de un metro y medio de altura y medio de anchura máxima. Era ovalado, incrustado en un marco de madera bronceada con vetas oscuras; las patas del marco semejaban zarpas de algún raro predador, bien podían ser de un felino como de una alguna arpía.

Mariana (que ese mes cumpliría los once) pensó que las patas eran lo único feo del espejo, que por lo demás parecía muy bonito, a no ser por la capa de polvo acumulada. Aunque no era para menos, llevaba abandonado en aquella habitación de objetos inutilizados más de tres años, casi desde el día que lo compraron.

Dejó la puerta entreabierta y se acercó un poco más. Su doble en el espejo creció con cada paso; la puerta, la pared, una cómoda con una sola pata y algunas sillas, por el contrario, se encogieron al quedar atrás. Escudriñó el espejo con reverencia. El cuarto estaba en penumbras, pero era capaz de mirarse con claridad en el espejo, casi como si tuviera luz propia. Entre el polvo miró las marcas de unos dedos en el marco. «Las del comerciante que vino a verlo», pensó.

Madre había llamado a un regordete señor, al que quería venderle el espejo. Le dijo que no era un espejo normal, que a veces mostraba cosas que no había frente a él; otras, que el reflejo a veces se movía estando uno quieto o te guiñaba un ojo. Le aseguró que una vez había consumido la luz de su habitación y que por eso lo había relegado al cuarto de cacharros. María había escuchado desde el escondite de otra habitación.

El Mago Desterrado (Capítulo 18)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 17
Puerto Real
La flota de cuarenta naves se deslizaba sobre la ondulante superficie del Estrecho de dos Reinos, impulsada únicamente por el viento, como libélulas pasivas. Los remeros habían contado con suerte los últimos tres días, el viento soplaba del sur y habían malgastado el tiempo jugando a las cartas y a los dados.

Marcial, meditabundo, dejaba que los rayos del sol bañaran su rostro y que la cálida brisa meciera sus negros cabellos con hebras plateadas mientras escudriñaba el horizonte.

Era un día cálido, el mar estaba en calma, enormes nubes níveas ocultaban el sol durante largos lapsos y el viento empujaba las naves siempre hacia el norte. Los últimos días Quartón se mostraba benigno con ellos, y quizá también Marcadav, el padre de todos los dioses, dios supremo y dios de la guerra. Y Marcial estaba agradecido por ello. Suficiente malo era hacer un viaje que no quería como para que las tormentas lo hiciesen más insufrible.

Se dirigía con la casi totalidad de la flota de Isla Darcis a Puerto Real, la ciudad y puerto más grandes del reino, localizada en la costa este del reino, a pocos cientos de millas de Tres Minas. Iba allí contra su voluntad, por orden del rey, nada más. Incluso lord Byron se había mostrado reacio a que su flota dejara Isla Darcis, no con los myarams campando a sus anchas en Mesandia. Pero al parecer, para el rey Crasio, conquistar Tres Minas era más importante que defender sus propios territorios. Después de todo, Mesandia no tenía enormes yacimientos de metales preciosos… ¿Pero y si los myarams no iban solo a por Mesandia?

Su único consuelo lo constituían diez naves que habían quedado como guarnición, así como todos los marinos de cubierta, al mando de Pablo. Las cuarenta naves con la Lord Darcis XXI en el centro, sólo contaban de tripulación con remeros, los oficiales y los sargentos. De sufrir un ataque, tendrían que ser los remeros quienes tomaran las armas y lucharan, lo cual no auguraba un desenlace feliz de llegar a suceder. Se necesitaba el mayor espacio posible para transportar el ejército brenferino a Tres Minas, de modo que desde las grandes esferas habían ordenado que se prescindiera de los marineros de cubierta, que sólo serían un estorbo. Marcial se sentía un poco expuesto así, pero le consolaba que Isla Darcis contaría con hombres de armas en el caso de un ataque de hombres grises.

«Los myarams», el almirante sonrió con amargura y negó con la cabeza de manera inconsciente al pensar en aquellas criaturas; o más bien en lo que el rey Crasio había hecho al enterarse de lo sucedido en Mesandia: Nada.

Hacía veinte días que había recibido un mensajero proveniente de Brenfer, con un mensaje del puño y letra de Lord Byron Darcis: Le ordenaba tomar cuarenta naves y sus respectivos remeros y partir de inmediato a Puerto Real, en el otro extremo del reino. Marcial había tardado cinco segundos en comprender la gravedad de la orden: ¡Los Myarams! La misiva no explicaba mucho más, sólo decía que los leales consejeros del rey habían convencido a su alteza de que olvidara Mesandia de momento y concentraran todas sus fuerzas en la conquista de Tres Minas.

La orden estaba dada, así que Marcial no tuvo más opción que acatarla como todo buen servidor. Dictó las órdenes oportunas, relegó mandos y responsabilidades durante su ausencia, gritó a los flojos, alabó a los laboriosos, anduvo de aquí para allá, subió a aquel barco, revisó esta bodega, aconsejó a este oficial, felicitó a aquél y regañó al otro, hasta que todo estuvo listo. De manera que, al siguiente día, el primer día del quinto mes del año, cuarenta de las cincuenta naves de la flota de Isla Darcis zarpaban de la Base Naval Macario Darcis, en medio de los vítores no muy entusiastas de los que se quedaban.

«¡Dioses! Que los hombres grises no invadan mi tierra», rezó en silencio mientras la Lord Darcis XXI se alejaba de los muelles.

19 de octubre de 2017

Sobre la cómoda - Cuento corto

La mujer era endiabladamente atractiva. Cruzaba las piernas con elegancia y fumaba un pitillo cuyo humo se elevaba en una diminuta voluta. El caballero, que se llamaba Osmand, llevaba largo rato observándola desde su lugar en la barra. A la bella dama la habían abordado varios clientes, hombres distinguidos a juzgar por sus modales y vestiduras, pero la mujer los había despedido con elegancia.

Tras mucho rato animándose a sí mismo, Osmand decidió probar suerte. Se acercó y la saludó con buenas maneras, a lo que la dama replicó con idéntica educación. Se llamaba Helen, según le dijo, y él se ofreció a pagar su siguiente trago. Pensó que lo despediría como había hecho con los anteriores caballeros, excusándose que estaba esperando a alguien más; por el contrario, le sonrió y aceptó encantada.

A ese trago le siguió un segundo, y a este un tercero. Charlaron sobre cosas vanas al principio, dejando caer un gesto, una mirada, un roce de manos de vez en cuando para que constara que eso no moriría en una simple charla y unos tragos. Cuando circuló el séptimo trago, sabían que habría algo más.

―Tengo que regresar a casa, pero mi cochero se ha retrasado ―dijo Helen.

Osmand percibió su sonrisa incitadora, y supo que no existía tal cochero. Pero la promesa que la sonrisa velaba, esa, vaya que sí era real.

―Mi honor me obliga a no dejarla marchar sola. Tendré que acompañarla.

―Será un honor, aunque no quisiera causar molestias.

17 de octubre de 2017

Desconcierto - Cuento corto

Para llegar a la puerta de la casa, había que subir dos escalones de tosco cemento. En el primero, la mancha roja no era más grande que su pequeño puño; en el segundo, la mancha roja alcanzaba las dimensiones del balón con el que jugaba su hermanito menor. Hasta ese momento aún estaba medio dormida, pero la sangre la despertó con súbito terror. El Sr. Tuff (su osito de peluche) tembló en su mano, se lo llevó al pecho y lo abrazó con fuerza, para que alejara los terrores de la noche, como hacía cada que tenía miedo.

Pero esta vez, el miedo continuó allí. Tenía miedo de la sangre en los escalones, tenía miedo de la gran luna que alumbraba todo con brillo argénteo, tenía miedo por su papito y su hermanito en su habitación, dentro de la casa. Tenía miedo por ella, porque no sabía qué hacía allí, cómo había llegado, ni por qué. Tenía un miedo sobrecogedor. Tenía la horrible certeza de que cuando entrara en la casa se iba a topar con algo desagradable. Muy desagradable.

El frío afuera mordía como cuchillo. Había una fina capa de nieve por todo el patio, y si uno aguzaba la vista, podía ver que, siguiendo una línea de pequeñas marcas (¿eran pies?), parte de la nieve se había puesto rosa al fundirse con goterones de sangre. Y ella sólo llevaba puesto un pequeño camisón blanco, el frío la atería con dientes de hielo.

¿Blanco? No, no era blanco, lo miró y su miedo alcanzó grados inhumanos. Estaba manchado de sangre. ¡Su linda bata estaba manchada de sangre! ¡Por la Santa Virgen! ¿Por qué ella tenía sangre en su linda bata? Pero no era sólo la bata, también sus manos, hasta el Sr. Tuff, allí donde lo había manchado al abrazarlo.

14 de octubre de 2017

El sótano - Cuento corto

Estaba de pie ante las escaleras, justo en la boca del agujero. Sentía gotas de sudor en la frente y en las sienes; el miedo se le enroscaba como una serpiente. No era de noche, es más, afuera el sol brillaba con fuerza, pero hacia abajo sólo se veía negrura. No iba a bajar, no podía. El monstruo del sótano lo atraparía si descendía. Y si lo atrapaba, sólo Dios sabía lo que le haría.

―¿Qué esperas? ―gritó su madre desde la cocina―. Date prisa o no hay trato.

Lo había mandado a buscar un frasco de cola, que estaba en un estante al pie de las escaleras, según le dijo. Lo quería para pegar un jarrón que él mismo había tirado por accidente hacía no mucho rato. Sabía de su miedo al sótano. Por eso lo había enviado. Si bajaba, le dijo, no lo castigaría por lo del jarrón, es más, lo premiaría con una salida al cine.

Eran un buen trato. No obstante, hacer la parte que le tocaba a él, esa era la parte difícil. La boca del sótano continuaba allí, invariable en su lúgubre y ominoso aspecto. Abajo, allá donde la luz de arriba ya no alcanzaba, parecía que se movía algo. «¡El monstruo!» Y él sin luz para mirar desde allí. Su madre no lo había permitido. Tenía que llegar hasta el apagador de abajo para tener luz.

―¿Ya bajaste?

El Mago Desterrado (Capítulo 17)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 16
Atardecer agitado
Esa mañana desayunaron todos juntos, en el pequeño salón de la fortaleza. En él, apenas si cabrían unos cien hombres, apretujados, pero para sólo cuatro personas era un lugar espacioso. Lord Peter, su sobrino de diez años, estaba sentado a la cabecera de la mesa. Lady Marian, cada día más hermosa, a pesar de que su vientre parecía haber crecido el doble en el último mes, se sentaba a la derecha del joven señor junto con la pequeña Liliana. Ser Rodny había ocupado un banco a la izquierda.

El desayunó se constituía por unos cuantos huevos pasados en agua, panceta, pescado en salazón, queso amarillo y pan moreno. Lo acompañaban con limonada, y para Rodny, cerveza.

Desde que había contratado media docena de guardias extra, habían retomado la costumbre de comer juntos al menos una vez al día. «Como una familia».

—Tío, ¿es cierto lo que dice Alicia? —preguntó Peter.

—No sé qué te habrá dicho nuestra querida Alicia —dijo Rodny, pero intuía a qué se refería su sobrino.

—Que los hombres grises han vuelto. Que saquearon una isla de Brenfer y se comieron a sus habitantes.

Alicia era la hija de Sara, la cocinera. Se encargaba de tender las camas, fregar los pisos, servir la mesa, calentar el lecho de algún guardia y esparcir rumores como si le pagaran por ello. Los últimos días los había ocupado en esparcir el rumor de que los hombres grises habían vuelto y arrasaban feudos de Brenfer. Y cada vez le añadía un detalle más picante a la historia.

Hacía tres noches Rodny la había mandado llamar y le había preguntado de dónde había sacado toda esa sarta de tonterías.

—Me lo dijo un buhonero —había explicado la chica—. Venía de Pueblo Browny y me contó que ser Bride Brown había recibido un mensaje en el que lo enteraban que los hombres grises habían arrasado no sé qué isla de Brenfer y se preparaban para seguir atacando y conquistando.

—¿Y desde cuándo un buhonero lee los mensajes de los señores? —inquirió Rodny muy serio—. Nunca. En todo caso no es algo que nos preocupe.

Luego le había pedido a la chica que dejara de esparcir ese rumor, o que al menos se cuidara de que no llegara a los oídos de los niños. Pero en un lugar tan pequeño era pedir demasiado. Cuando la despidió esa noche, Alicia le preguntó si quería que le calentara el lecho esa noche, Rodny la rechazó. Hacía dos meses que no estaba con ninguna mujer. «¿Por qué?».

—No lo sé, Peter —respondió Rodny—. Y en caso de que fuera cierto, no tenemos de qué preocuparnos. Hay por lo menos quinientas leguas de distancia entre ellos y nosotros.

—Yo no me preocupo —replicó el pequeño—. Ni tengo miedo. Sólo me preguntaba si un día podré ver uno.

—Los dioses no lo permitan —intervino Marian.

12 de octubre de 2017

Descuido - Cuento corto

El pequeño, que se llamaba Arty, de sólo cuatro años, encontró la puerta entreabierta. Era la habitación secreta de papá, eso lo sabía. Lo que no sabía era que estaba entreabierta por un descuido de su madre, la Sra. Brown, que en esos momentos estaba afanada en los preparativos de la cena. Ese fue el primer descuido. Sabía que estaba tajantemente prohibido entrar a ese lugar. Lo que no sabía era el porqué, así que entró.

El lugar estaba en penumbras, puesto que la noche estaba cayendo. Pero Arty ya alcanzaba el apagador de las luces, así que buscó el de esa habitación junto al marco de la puerta. “Bingo”, habría dicho cuando lo encontró, si conociera la palabra, por supuesto. De manera que sólo sonrió y lo apachó, así como apachaba las calcomanías de las galletas para pegarlas por toda la casa.

La luz reveló unas estanterías con muchos libros y un gran escritorio de madera brillante. No vio nada raro ni peligroso en el lugar. Pensó que si le tenían prohibido entrar al lugar era porque tenían miedo que estropeara todo, no porque fuera peligroso.

Entonces vio el otro estante, más pequeño, de madera más oscura, encajado en otro estante más grande. Hasta ese día el pequeño Arty sólo conocía las pistolas por la que le regalaron en su cumpleaños número cuatro, una que echaba agua cuando uno apretaba el gatillo. Ni siquiera sabía que las armas de fuego eran peligrosas. Sin embargo, reconoció en el estante más oscuro varias armas de fuego, y sus aspectos, oscuros y aterradores, presagiaban peligros como pocos.

11 de octubre de 2017

Historia por WhatsApp 29) Casa embrujada (V)




La corriente - Cuento corto

La tormenta durante la noche y buena parte del día había sido torrencial. Nunca antes se había visto algo así en mi pueblo. Hasta ese día era algo impensable. El río, que discurría plácidamente a un costado del pueblo, estaba convertido en un aluvión de agua chocolatada, que arrastraba árboles, tierra y todo lo que se interpusiera a su paso. Las casas más cercanas al río se habían salvado por un pelito.

Por lo demás, el asunto no había pasado a mayores, a excepción de algunas casas que habían perdido un par de láminas, o de la ropa en las cuerdas que había salido volando. La gente tenía miedo que la lluvia continuara esa noche; de hacerlo, el riesgo de inundación era muy alto.

Me había alejado un poco del pueblo, hacia el sur, siguiendo de cerca el curso del río, para ver un poco de los estragos que la naturaleza había provocado por allí. Me encontré con árboles caídos; otros habían sido arrancados a medias y otros tenían las ramas desgajadas. Pero por allí no vivía nadie, así que pensé que no era nada importante.

Entonces escuché el grito. Era una voz, una voz femenina pidiendo ayuda. Comprendí enseguida que alguien había caído al río. Me guie por los gritos para llegar hasta su procedencia, sin dejar de gritar que ya iba.

Un enorme cedro había caído desde el bosque, pero era tal su tamaño que la mitad cayó en las turbulentas aguas del río; casi toda la copa y parte del tallo. El árbol se mantenía firme pese a la fuerza de la corriente, sus ramas se agitaban como palillos, y con ellas, la chica que gritaba y se sujetaba como un gato a una de las ramas.

―¡Tranquila, ya voy! ―grité. Ella siguió gritando. Sólo que esta vez gritaba que me diera prisa.

9 de octubre de 2017

Premonición - Cuento corto

Empezó un martes cualquiera, mientras volvían del supermercado que quedaba cerca de casa. La madre cargaba dos grandes bolsas de nylon, y la pequeña (de sólo cuatro años) la ayudaba con una versión en miniatura de las que traía la madre. De pronto, sin aviso previo, la niña empezó a gritar y a llorar. Y no lloró como una niña a la que se le cae un dulce o a la que regañan por alguna travesura; no, lloró y gritó con toda la fuerza de sus pulmones, como si le desgarraran el alma, como si fuera testigo de algo demasiado aterrador. La bolsita de nylon se escurrió de sus dedos y las golosinas se esparcieron en el piso de la acera. Los gritos llamaron la atención del resto de peatones que los miraban extrañados.

―Mi amor, ¿qué tienes? ―preguntó la madre― ¿es por la bolsa? Ahora recojo todo.

Por toda respuesta, la niña señaló a un hombre de camisa azul a cuadros que caminaba delante de ellos.

―¡Me da miedo! ―dijo entre sollozos e hipidos.

«¿Miedo?» La madre observó al hombre: sólo le veía la espalda, pero no parecía diferente al resto de la gente.

―¿Qué ocurre con él, preciosa? A mí me parece de lo más normal.

―¡Sangre! Está cubierto de sangre. Y la cabeza… ―se echó a llorar otra vez.

Historia por WhatsApp 29) Casa embrujada (IV)




7 de octubre de 2017

Historia por WhatsApp 29) Casa embrujada (III)




El mago Desterrado (Capítulo 16)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 15
Regreso a Dargan
La ciudad apareció en el horizonte, tras coronar un altozano del camino, con las cúpulas y techos rojos y azules de sus edificios destellando con el sol de media mañana. Más tarde empezaron a distinguir los contornos de los edificios y las líneas zizagueantes de las murallas. La primera muralla, azul pálido, brillaba como un zafiro.  

Ser Madiel iba a la cabeza en compañía de ser Derek Sander. Ser Derek era un hombre corpulento, de cabello azabache y una espesa barba hirsuta veteada de canas. Tenía los ojos grises y era alguien de fácil palabra. El general mercenario era hermano de lord Claus Sander, señor de Viejo Sander, una antigua, honorable y poderosa casa afirense. Tras ellos venía un grupo de mercenarios que hacían de cuerpo de guardia del general y siete de los doce hombres con los que Madiel había salido de Luastra; los otros otros cinco habían muerto en el camino. Y más atrás, el grueso de la León Dorado.

Cuando ser Madiel le preguntó a ser Derek por qué había dejado su tierra, el hombretón se había reído a carcajadas.

—Cuando era joven —le contó dos semanas atrás, al abrigo del crepitante fuego de una hoguera— quise matar a mi hermano. —Lo dijo con tanto desparpajo que ser Madiel no le había creído en un principio, hasta que ahondó un poco más—. Quería ser el señor de Viejo Sander. Mi padre estaba en cama y no tardaría en morir. Claus, mi hermano mayor, sería el nuevo señor en cuanto mi padre exhalara el último suspiro. Jamás me agradó mucho mi hermano, siempre tan gélido, tan orgulloso, tan serio, tan estricto, no quería que alguien así gobernara las tierras de mi señor padre. Así que decidí matarlo, para heredar el título de Lord. Hace tantos años eso, veinticinco si la memoria no me falla. Pero fallé —ante estas palabras volvió a reír sonoramente.

»Yo era joven e impetuoso, como solo puede serlo alguien que recién ha sido nombrado caballero —Madiel era joven cuando lo nombraron caballero, pero no recordaba haber sido impetuoso—. Le tendí una trampa a Claus, en el bosque, mientras cazábamos un jabalí. Padre quería jabalí, y como hijos obedientes estábamos dispuestos a cumplir sus últimos deseos. Contraté dos mercenarios, para que formaran parte de la partida de caza. De forma descuidada uno de ellos, o los dos, cruzarían el corazón de mi hermano con una saeta. Sería un accidente y yo me encargaría de que fueran indultados, o al menos eso les había prometido. Pero los descubrieron, no tenían buena puntería y sólo rasgaron la mejilla izquierda de mi hermano. Los muy cobardes al verse atrapados me echaron de cabeza. Me escabullí en el bosque y cabalgué días enteros hasta llegar a Puerto Esthír, allí pagué pasaje para Baralhá y empecé a venderme como mercenario para sobrevivir. Y así es como llegué a Osttand.  

Con el transcurrir de los días fue descubriendo cómo llegó a ser comandante de la León Dorado. Había ido ascendiendo en la compañía poco a poco. Empezó como soldado raso, con su valor en batalla se había ganado el liderazgo de una unidad, luego fue ascendido a capitán de escuadrón, hasta que se ganó el derecho a ser uno de los brazos del comandante de ese momento. Hasta que una mañana el comandante amaneció una cabeza más bajo y se le eligió nuevo general de la compañía. No se demostró que hubiese sido él el asesino, pero era algo que casi todos daban por sentado.

A ser Madiel le resultaba desconcertante que se mostrara tan afable y fuera en realidad un sádico. Pero no era de sorprenderse, se decía que los mercenarios no tienen corazón. De cualquier manera, Tres Minas necesitaba su ejército, y esa era una verdad tan grande como que el sol sale todas las mañanas.

También era un duro negociador, tal como le había advertido ser Darius, el segundo al mando de la León Dorado. Entre risas y risas no cedía ni un ápice en sus pretensiones. Desde un principio había establecido un precio, veinte mil mileniums mensuales mientras durara la campaña, además de provisiones y barcos que los transportaran a Dargan. Esa cifra no había cedido, a pesar de que sus risas y carcajadas acompañaron la negociación todo el tiempo. Al final ser Madiel terminó accediendo. Era eso o buscar por otro lado.

Pero lo mejor de todo no fue contratar la compañía de ser Derek. Lo mejor de todo fue que logró contratar dos compañías en lugar de tan sólo una. Y es que para buena fortuna de los rebeldes, a escasas dos leguas del campamento de la León Dorado, acampaba otra compañía, Los Hijos del Sol, quienes habían combatido al lado de la León Dorado en la recién terminada guerra de Buamba contra Boral, ambos estados pertenecientes al reino de Luastra.

Rara forma tenían algunas naciones de oriente de librar sus guerras, y eso era decir poco. Buamba y Boral eran ciudades bajo el vasallaje de Luastra, pero el monarca del reino no había intervenido más que con un edicto, en el que les dejaba resolver sus problemas como ellos quisieran, siempre y cuando no extendieran el conflicto a otros estados ni otros reinos. Como era de suponer, ambas ciudades llegaron a la conclusión de que la mejor solución era la guerra. Conflicto que había ganado Buamba, al alistar un ejército más rápido que sus rivales y contratar las dos compañías mercenarias más cercanas. Ahora Boral era una ciudad casi en ruinas. ¿Qué rey amante de sus súbditos permitía tal cosa?

El comandante de Los Hijos del Sol, Rickion Piznar, un hombre de más de cincuenta años, que aún conservaba todo el cabello pero que lo tenía blanco como la nieve, y de ojos azules, era un hombre adusto y formal, muy diferente a ser Derek Sander. Su compañía constaba de tres mil soldados y el pacto convenido equivalía a la mitad en oro del contraído con la León Dorado.

La cabalgata al interior del continente había sido muy fructífera.

No obstante, no estuvo exenta de pérdidas. Cinco de sus hombres murieron mientras cabalgaba a Buamba a entrevistarse con Ser Derek Sander. Una banda de ladrones fue la culpable. Afortunadamente, aunque los superaban en número, todos eran unos harapientos sin orden ni mando y habían dado cuenta de ellos, no sin pérdidas por supuesto. Según le contaría más tarde ser Darius, provenían de las tierras de Boral, que tras ser saqueada ya no tenía mucho que ofrecer a sus habitantes, por lo que muchos habían optado por dedicarse al pillaje en los estados vecinos. A partir de ese día marcharon con más cautela y listos para cualquier embate de otra banda de ladronzuelos; los próximos podrían significar su fin. De buena fortuna ya no sufrieron ni un ataque.

A pesar de ese incidente todo había ido bien. Ser Madiel no podía estar más satisfecho. En un mes había conseguido ocho mil hombres para su causa. Si a eso le sumaba los dos mil mercenarios que acampaban en la campiña de Luastra, contaba con un un total de diez mil hombres. Todo un pequeño ejército. Había tomado la decisión de partir con ese número, en cuanto consiguiera las naves necesarias, rumbo a Dargan. No sabía qué ocurría allá y ya no quería perder más tiempo. No le serviría de mucho reunir un gran ejército si cuando llegara a la isla miraba el águila dorada de Afiran ondeando en las murallas de la ciudad.

—¿Ese es vuestro ejército? —aventuró Ser Derek, señalando las tiendas que se alzaban más allá de la muralla sur y de las granjas que circundaban esta.

Se habían detenido en la cima de un promontorio, a una milla de la ciudad. Desde allí dominaban la vista de la portentosa ciudad que era Luastra y el pequeño y desordenado campamento que formaban los mercenarios que había contratado. No estaban juntos, ni mucho menos, sino divididos en grupos de cinco, diez y veinte tiendas esparcidas aquí y allá. El grupo más numeroso lo constituían las tiendas negras y grises de la Garra Negra, del que sobresalía notoriamente la tienda de Marcio Burak, por mucho la más grande de su pequeño ejército.

—Vosotros podéis acampar donde os plazca —dijo dirigiéndose a ser Derek Sander—. Zarparemos en cuanto alquile o compre las naves necesarias para navegar.

—Parece que disponéis de mucho oro, Ser —comentó ser Derek—. Quizá debería subiros la tarifa.

—Poseo el suficiente como para asegurarnos un viaje a Dargan —respondió Ser Madiel, desconfiado—. Y vuestro precio de por sí es demasiado alto.

La carcajada de ser Derek resonó como una tromba.

—No os preocupéis, Ser, no os vamos a robar —dijo después—. La León Dorado es una compañía honrada. Aunque ahora que recuerdo —agregó meditativo—, aún me debéis diez mil mileniums y pronto cumpliremos un mes a vuestro servicio, con lo que serán veinte mil más.

—En cuanto establezcáis vuestro campamento os haré entregar lo que se os debe —le conformó—. En cuanto a los veinte… aún no habéis cumplido el mes. Ahora si me disculpáis, Ser, tengo que hablar con el comandante de Los Hijos del Sol.

—Saludame a Rick —gritó cuando Ser Madiel se alejaba al trote, seguido por su escolta de siete—. Y dile que espero que esta vez sus hombres resistan.

Dejó a Ser Derek Sander con sus carcajadas en el altozano y flanqueó la larga columna que conformaba la León Dorado, seguido muy de cerca por los siete darganianos de su escolta. Los Hijos del Sol marchaban casi una milla atrás de la León Dorado. Pese a haber luchado por la misma ciudad, no se mostraban ninguna simpatía. Menos aún cuando dos escuadrones de la León Dorado salvaron a los Hijos del Sol que flaqueaban en una de las alas de su más reciente batalla. Ser Madiel esperaba que aquel detalle no fuera causante de problemas.

Encontró a Rickion Piznar al frente de la columna. Cabalgaba sobre un bayo alto y robusto, cubierto de mallas metálicas color ámbar. El comandante Piznar era un hombre serio, que rara vez sonreía, tenía el rostro alargado y surcado por varias arrugas. Sus ojos azules eran fríos y penetrantes. Era delgado, alto y duro como el hierro. Sus ropajes eran de lana y cuero, marrón el jubón y grises los pantalones. Hasta los dos hombres que cabalgaban a su lado se vestían mejor que él, y reían mucho más que su líder, pero rara vez cuando estaba presente Piznar. Uno de los miembros de la compañía le había comentado que era descendiente de los reyes de Isla Marina, un reino desaparecido hacía un siglo y que por eso siempre estaba serio y solemne, que su idioma natal era el Natarshai pero que hablaba con soltura los que la mayoría del mundo conocía como oriental y occidental.

—Buen día, mi señor —dijo Ser Madiel.

Se suponía que Rickion Piznar estaba a su servicio y también todo su ejército, pero Madiel aún no hallaba cómo dirigirse de forma adecuada a un hombre que parecía querer deshacerlo con la vista. Al principio había pensado que no sentía afecto por él, pero luego se sacó esa idea de la cabeza, a menos que odiara a todo el mundo. Además, su voz era un grado más suave que su aspecto. Sólo un grado.

—Buen día, Ser —respondió—. Parece que ya estamos llegando.

—Así es —asintió Ser Madiel—. Sólo quería deciros que podéis acampar donde deseéis. Por la tarde os haré llegar el importe acordado.

—Me parece justo.

—Os avisaré cuando tenga todo dispuesto para zarpar. Ahora si me disculpáis, tengo asuntos que atender en la ciudad.

—No lo dudo.

Hizo volver grupas a su caballo y trotó a la ciudad. Encontró a Ser Allen en la habitación.

—¡Por todos los dioses! —Exclamó en cuanto lo vio, estrechándolo en un abrazo—. Ya me había preocupado por ti.

—No exageres. He estado fuera, ¿Cuánto?, Un mes…

—He conseguido otros cien —informó—. Algunos borrachos y pendencieros, otros, guardias desempleados, pero los he contratado.

—Hiciste bien.

—También fui llamado a la corte…

—¿Qué?

—Como oyes, el Rey me citó a la corte —corroboró—. Estaba que me moría de nervios.

—¿Y qué quería? —preguntó un sorprendido Ser Madiel.

—Casarme con su hija desde luego que no, ni cederme por una noche a su esposa —Ser Allen sonrió—. Aunque por supuesto no habría puesto peros si hubiese sido una de las dos cosas… ni te las imaginas, Madiel, ambas son más hermosas que una puesta de sol.

—Al grano, Allen —apremió ser Madiel—. Ya tendrás tiempo de contarme cómo es la princesa y la reina cuando naveguemos de regreso a casa.

—Sí, tienes razón —acató Allen—. Quería saber cuáles son nuestras intenciones al reunir un ejército a las afueras de su ciudad. Tuve que explicarle casi todo. Al final no pareció satisfecho, así que le regalé un cofre repleto de oro para apaciguarlo un poco.

—De todas formas, pienso marcharme en cuanto consigamos las naves suficientes. Y más vale que nos demos prisa o todo nuestro oro irá a parar a las arcas del Rey.

—Ni que lo digas. ¿Habéis contratado la compañía?

—Eso y más…

—¿Cómo?

—En resumen, traje ocho mil hombres, divididos en dos compañías.

Ser Allen abrió la boca, como si le hubiesen dicho que, en efecto, el Rey de Luastra quería que se casara con su hija.

—Eso es bueno —dijo—. ¿Pero crees que consigamos las naves suficientes para transportar tamaño ejército?

—Espero que sí.

—¿Y si no?

—No hay que ser pesimistas. Abajo están los siete hombres que quedaron de mi escolta…

—¿Quedaron?

—Te lo contaré más tarde. Primero lo primero. Quiero que te encargues de entregarle a cada compañía diez mil mileniums, ellos ya conocen a los comandantes y te los mostrarán. Ah, y haz que te firmen una hoja de recibido, no está de más ser precavidos.

—¿Tú que harás?

—Me haré acompañar de Rubenio para conseguir las naves.

Tres días más tarde, su ejército de diez mil mercenarios abordaba las naves en los muelles de Luastra. Gracias a los dioses había conseguido, junto a Rubenio, reunir una flota de cincuenta naves. Bueno, también tenía que admitirlo, también gracias al Rey Schacrab, por muy caro que hubiese resultado.

El día anterior, el rey había mandado llamar al encargado de aquel movimiento y de las naves que estaban reclutando. Ser Madiel se había hecho acompañar de Rubenio y Ser Allen, quien se mostró temeroso, pero que no quería dejar ir la oportunidad de ver una vez más a la hermosa princesa de Luastra.

Un grupo de guardias los había escoltado a la sala de audiencias del rey, el cual resultó ser un viejo flaco y enjuto, de rostro arrugado y barba blanca que le colgaba al pecho. La reina era harina de otro costal; alta, esbelta, de piel blanca y un rostro como la luna llena, enmarcado por una espesa cabellera rubia. Debía tener la mitad de los años del rey, o una tercera parte. A la princesa sí que no la vio por ningún lado. Ser Allen no ucultó su decepción por ello.

Además del rey y la reina, también había otros presentes. Viejos y no tan viejos, con pelo blanco o sin él; los más jóvenes, al igual que los guardias, llevaban el caballo rapado a los costados y sólo se dejaban un mechón lo suficientemente espeso para hacer de él una trenza. Y todos querían saber que se traían entre manos, ¿Querían atacar la ciudad? ¿Estaban confabulando con algún reino vecino? ¿Qué reino era? ¿Quién era el rey? ¿Cuánto les estaban pagando?

Ser Madiel y Rubenio habían respondido a todas las preguntas con la misma fórmula: “Eran gobernantes de Tres Minas y sólo querían hombres para mantener su recién adquirida independencia”. Unos les habían creído, otros mostraban dudas, y otros pedían que los apresaran hasta que contaran la verdad; otros, sencillamente pedían sus cabezas.

Ser Madiel creyó que iban a terminar tras las rejas, o peor aún, sin cabeza. Hasta que mencionó que pensaban partir cuanto antes, pero que aún necesitaban por los menos diez naves más.  

—¿Tenéis oro? —preguntó el viejo achaparrado y barbudo que era el rey.

—Un poco —respomdió Madiel, cauteloso.

—Traed cincuenta mil aftoris y os daré una docena de naves y los muelles para que partáis mañana mismo —ofreció—. De lo contrario os encerraré en una celda oscura y haré que os arrepintáis del día en que se conocieron vuestros padres.

Era una estafa en toda regla, pero ser Madiel tuvo que fingirse agradecido. Furioso, él mismo había ido a las naves a traer cinco cofres con diez mil mileniums cada uno. Los aftoris valían algo menos que los mileniums, pero ser Madiel no estaba de humor para hacer conversiones. El rey Schacrab y su corte se mostraron más que encantados.

Cuando por fin salieron del palacio, un indignado Ser Allen había jurado que, como venganza, si veía por allí a la princesa, la metería en un saco y se la llevaría consigo a Dargan. Rubenio se había mostrado de acuerdo, y con una sonrisa había agregado que también debían llevarse a la reina. Afortunadamente no se les presentó la ocasión.

De manera que así consiguieron las naves que les faltaban.

Conseguir el resto de los barcos había sido menos complicado, aunque no tanto. La mayoría de los barcos conseguidos eran galeras de uno o dos mástiles, y ante la escasez de éstas tuvieron que conformarse con unas cuantas cocas y carracas. Eran naves de mercaderes, fleteros, y de uno que otro noble o rico de la ciudad. Algunos mercaderes, prontos a partir en viajes de comercio, habían decidido guardar sus mercancías en bodegas de la ciudad por amor al oro fácil que ellos les ofrecían. Los fleteros, eran barcos que permanecían anclados y hacían cualquier tipo de viaje por el precio justo. En cuanto a los nobles y ricos, cuyas naves tenían meses sin navegar, por un buen puñado de oro aceptaron venderles sus barcos; ya tendrían tiempo para mandarse construir otros más grandes y hermosos.

Y allí estaban. Embarcando para regresar a casa.

Las cincuenta naves alineadas en los muelles era un espectáculo admirable. Había naves pequeñas y naves grandes. De velas negras, blancas, azules, rojas y grises. Las doce galeras que el Rey Schacrab les había cedido eran, para sorpresa y alegría de Ser Madiel, naves de guerra, de ochenta remos cada una, cascos azules con franjas rojas y velas blancas veteadas de rojo, con el emblema del rey tanto en las velas como en los cascos: una torre roja sobre fondo azul.

Los hombres de la León Dorado habían tomado para ellos la mitad de flota. Los Hijos del Sol abordaban las doce galeras de guerra con el emblema de la torre roja. El resto, subían a las naves restantes, galeras, cocas y carracas.

«Después de todo no me ha ido tan mal —pensó ser Madiel—. Pronto estaré en Dargan con diez mil hombres para la guerra».

Esperaba que Lord Alex se les uniera pronto con una cantidad igual o superior.

«Quieran los dioses que así sea». 

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