Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

17 de septiembre de 2017

El Roedor

Timmy era el único niño de la casa Bane, tenía siete años y era amante de los animales. Pero no de la manera que muchos imaginarán. Lo que a él le atraía de estos fabulosos seres no era el alimentarlos, el cuidarlos, su fidelidad… No, a Timmy lo que le gustaba era divertirse con ellos, divertirse de una manera cruel y retorcida.

Sus padres lo sabían, era por eso que ya no le compraban los perritos y gatos que tanto pedía. A un gato, que había llamado Stan, lo dejó morir de hambre cuando tenía seis años. Lo encerró en una jaulita y no le dio de beber ni de comer por más de diez días. A Ruly, un perrito, lo envenenó. Los padres de Timmy jamás supieron de dónde sacó el veneno. También se le murió una tortuguita, un canario y otro perrito.

Al principio no sabían que era Timmy quien causaba la muerte de los pobres animalitos, pero terminaron por descubrirlo, lo que los alarmó y llevó a la madre al borde de la histeria.

―¡Oh por Dios! ―dijo en esa ocasión a su marido―. ¡Mi hijo es un psicópata! Ahora una mascota, ¿después qué?

―Es sólo un niño ―dijo el padre, persona menos dada a los arrebatos emocionales―. Seguro que tiene alguna explicación. No me digas que tú nunca hiciste alguna travesura cuando eras pequeña.

―Sí, poner algo más de picante en la comida de mi hermana, pero nunca maltratar un animal. ¡Ahora se pena el maltrato animal, Jas! ¿No te das cuenta?

―Me doy cuenta de que estás muy alterada. Descuida, no le compraremos otra mascota, fin del problema.

―Ojalá tengas razón.

Un mes después del último animal muerto, Timmy llegó a la conclusión de que los adultos de la casa no iban a sucumbir a sus suplicas, no le iban a comprar más “conejillos”, como llamaba mentalmente a sus víctimas. Eso lo sumió en una etapa de mutismo, de enclaustramiento personal. No hablaba más que para pedir otro perrito, un gato, un conejo… pensó que, si sometía a sus padres a esa condición, estos terminarían por ceder.

Pero la madre aún estaba aterrada por lo que habían descubierto, que, aunque el padre le sugirió poner a prueba al muchacho comprándole una nueva mascota, se negó en rotundo.

―Ni hablar ―manifestó―. No me arriesgaré a que Timmy siga esa línea de demencia y salvajismo.

No se dijo más al respecto.

Timmy continuó en su plan irracional, negándose a hablar excepto para pedir una mascota o cuando era realmente necesario. Aunque sabía que sus padres no iban a ceder. De todas formas, sabía que su conducta los tenía contrariados y, en cierto modo, indefensos, puesto que no hallaban qué hacer, eso era motivo de regocijo para el pequeño diablillo.

Los Bane vivían en los lindes de un bosquecillo. Sumido en su plan de mutismo, Timmy se pasaba la mayor parte del tiempo metido en su cuarto, viendo dibujos animados y rayando sus cuadernos. Jamás se le había ocurrido que en el bosque pudiera haber muchos “conejillos”. De manera que la vez que vio una ardilla corretear en las ramas de unos árboles desde el cristal de su ventana, se puso de pie de un salto, preso de excitación repentina. Corrió en busca de su madre y radiante de alegría, le pidió una resortera. Verlo tan sonriente, ablandó el corazón de la mujer, que le compró lo que pedía.

Fueron los siguientes, días muy felices para el pequeño. Aprendió a tirar con la resortera en poco tiempo, y a los pocos días, era capaz de darle a una lata cuatro de cada cinco veces. La madre aún tenía sus reservas, pero ver al niño ser tan feliz como lo que era, pudo más, de modo que lo dejó hacer. El padre no veía ningún problema, siempre que el chico no se pusiera a tirar chinas a la gente que pasaba por la calle.

Abatió a un pajarillo, la primera vez, cosa que lo llenó de satisfacción, sobre todo porque sólo le rompió un ala. Sonrió con malévola complacencia cuando lo recogió y le estrujó el cuellecito hasta que se rompió como una ramita. La euforia que sintió ante obra tan atroz, es tan morbosa y estrafalaria que es imposible describirla.

De esa guinda empezó una de sus mejores etapas. Era raro el día que no abatía a algún animalito. Una ardilla, una lagartija, una paloma, un pájaro, un conejo (si se adentraba en el bosque) y hasta un gato montés. En una ocasión encontró una tarántula del tamaño de un casco de caballo, a la cual sólo pudo arrancarle dos patas antes de que se le escapara.

Cierta noche dejó una manzana en la mesita junto a la cama. Había pensado comerla mientras terminaba de ver sus caricaturas, pero se quedó dormido. Despertó por unos pequeños ruidos subrepticios, muy cerca de su oído. A la escasa luz lunar que atravesaba las cortinas de la ventana, vio al monstruo que se comía su manzana. Lanzó un zarpazo con sus manos rápidas, pero la rata se escabulló y se perdió. Encendió las luces, pese a que era la una de la mañana, y la buscó. Pese a su minuciosa búsqueda, no la encontró.

La siguiente noche dejó otra manzana en la mesita. También consiguió una caja y una varita que se movería en cuanto el roedor desplazara lo suficiente la manzana.

Lo despertó el ruido de la rata correteando dentro de la caja. Aquél ruido era como música para los oídos de Timmy. La tenía. Ahora se iba a cobrar justa venganza por las manzanas que había perdido. Encendió la luz del cuarto y buscó una vieja cuchilla. Sabía que si levantaba la caja era probable que el roedor se escapara, así que mejor optó por hacer un agujero en el fondo, que en esa ocasión quedaba hacia arriba.

Una vez terminado el agujero, miró a su víctima en el fondo, y la manzana que apenas había mordisqueado. Metió la mano, mientras sonreía con malicia, y la cogió por la espalda. La rata empezó a chillar, a mover las patitas con desesperación, a girar la cabeza para intentar morder, pero Timmy era experto en su arte.

El roedor era una cosa horrible, grande, que apestaba a perro mojado y a otras porquerías. Pero era algo que no molestaba a Timmy, después de todo, lo único que él quería era hacerla sufrir para su satisfacción personal.

Con una mano sujetó al roedor contra la mesa, y con la otra presionó la cuchilla contra la cola del animalito. Cortó despacio, metódicamente, primero un centímetro, luego otro… La rata chillaba con desesperación. Timmy cerró los ojos y se dejó embriagar con aquella música tranquilizante, rejuvenecedora.

Cuando terminó con la cola, fue a por una oreja. Después iría por las piernas, hasta que muriera. El roedor chilló si cabe más alto cuando Timmy cortó una oreja. En esos momentos la puerta se abrió, Timmy soltó su presa y la rata escapó. Los padres miraron horrorizados la escena. La mesilla estaba salpicada de sangre y trozos de lo que parecía una lombriz, que sin embargo era la cola de la rata. También vieron la oreja, y la cuchilla en manos de su pequeño hijo. La madre soltó un grito aterrado, el padre sólo miró, consternado. El niño no dijo nada.

Le quitaron la resortera y todo objeto cortante, también la televisión y le prohibieron salir de la habitación por tiempo indefinido. Ambos padres estaban como locos. Lo que le gustaba hacer a su pequeño era francamente detestable y horrendo. Timmy, por su parte, se enclaustró de nuevo en sí mismo, mientras se dedicaba a llorar por el fin de su diversión.

Tres noches después de lo del roedor, Timmy despertó a causa de pequeños ruidos a su alrededor. Abrió los ojos en un santiamén, los ruidos eran inconfundibles, eran los mismos que había hecho el roedor cuando mordisqueaba la manzana en la mesita. Había vuelto, el maldito roedor había vuelto. Una sonrisa curvó los labios del pequeño diablillo, pensando en cogerla de nuevo y terminar lo que había empezado.

Iba a levantarse y a encender la luz cuando cayó en la cuenta de algo que sobrecogió su corazón: era el mismo ruido, más no la misma intensidad, el de esta ocasión era más denso, más extendido, como si las ratas fuera muchas.

En esos momentos, la nube que cubría la luna llena se movió, dejando que la luz argéntea llenara el cuarto del pequeño. Mil ojillos se alzaron hacia él, revelando un brillo aterrador. Los bigotes de cientos de roedores se agitaron cuando sus bocas masticaron, pero no masticaban nada, sólo fingían que lo hacían. Entonces Timmy entendió, pretendían mostrarle lo que iban a hacer. Fue en esos instantes que empezó a gritar. Las ratas se lanzaron sobre él.

La que le devoró las orejas no tenía cola y le faltaba una oreja. Antes de que la tomaran contra sus ojos, vio una enorme tarántula de seis patas espiarlo desde la ventana.

Cuando sus padres llegaron corriendo, alertados por los gritos, el muchacho ya había muerto. El padre todavía alcanzó a ver una colita lisa escabullirse por una esquina, pero no dijo nada. De alguna forma estaba conforme.   

1 comentario:

  1. Manuel! Tremendo cuento! Francamente oscuro. Te felicito!

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