Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

30 de septiembre de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 15)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 14
El Valle de la Muerte
El ejército llevaba tres semanas entrenando a las afueras del Pescador Borracho. «El Pescador Borracho», lord Evans sonrió al recordar el nombre. Kory, la joven a la que había despojado de su prometido el día que asaltaron la aldea, le contó por qué se llamaba así, la segunda vez que se la llevó a la cama.

—Es porque aquí los pescadores se emborrachan más que en ningún otro lado, milor —le dijo, mientras apoyaba la cabeza en su fuerte pecho.

—Mi Lord —la había corregido él. De eso ya hacía quince días.

«Y tres semanas sin hacer nada».

—¿Tu prometido era de los que se emborrachaban?

—No era pescador.

Lord Evans había obedecido la orden del Rey Nakar, como todo buen vasallo para con su soberano. Pero con cada día transcurrido, la tensión, la rabia y la frustración lo hacían su presa con más ahínco. ¡Tres semanas sin hacer nada!, igual no era mucho tiempo, pero para él sí, más aún cuando había llegado a Dargan con la intención de apoderarse de la isla inmediatamente y dar un golpe de efecto a sus adversarios. Ese sentimiento de fracaso e impotencia era lo que más le carcomía por dentro.

Ese día el campamento se había despertado, como de costumbre, con el tañido de las trompetas que anunciaban el alba. Sus veinte mil hombres apenas empezaban la jornada de entrenamiento. Progresivamente iban mejorando, aunque con mayor lentitud que la esperada por lord Madison. Pasaría al menos un mes más para que pudieran llamarse un ejército de verdad, apto para casi cualquier empresa, batallas campales y asalto de murallas, o al menos en teoría. En esto último era donde debían concentrarse más en las siguientes semanas. Sería necesaria mucha destreza y capacidad en esta área si querían doblegar la resistencia de la isla.

Lord Evans observaba el entrenamiento desde la muralla del poblado. En ese momento su ejército estaba dividido en dos grupos de igual número. A pedido de Evans simularían una batalla, con lanzas sin mojarras y espadas embotadas o pedazos de madera. Los arqueros ese día no combatirían, era demasiado trabajo crear flechas sin punta para una simple simulación, así que practicaban con blancos móviles en el lado sur del campamento.

Más pronto que tarde lord Evans se convenció de que su simulación de batalla era una pérdida de tiempo. Cuando los ejércitos se encontraron en el centro de la liza todo se redujo a golpes sordos y magulladuras sin sentido, incluso hubo uno que otro hueso roto. Algunos idiotas se habían tomado la simulación muy en serio. Si hubiese dejado que usaran armas afiladas, como muchos habían pedido a voz en grito, ahora tendría sólo medio ejército.

Lord Evans sacudió la cabeza y ordenó a un heraldo que transmitiera la orden de parar aquella farsa. Después les permitió descansar el resto del día. Muchos tenían magulladuras de consideración y necesitarían un buen día de reposo.

De regreso en la posada, que había tomado como su residencia y base de mando, pidió a Kory que le llevara una copa de vino endulzado con miel. Ahora la muchacha le servía exclusivamente a él, y para sorpresa propia, la chica parecía satisfecha, que no encantada, con el trabajo. Ese día vestía un vestido de tosco paño color esmeralda, se lo ceñía a la cintura con una delgada cinta roja y llevaba el cabello rojizo sujeto con un gancho de hueso.

La joven volvió al cabo de un minuto con la copa de vino que le había pedido. Lord Evans le dio un sorbo y el sabor dulce y veraniego le refrescó gratamente la garganta. La muchacha se había quedado de pie a unos metros de él y lo miraba con esos ojos color avellana que poseía.

—¿Te diviertes? —inquirió Lord Evans, con un tono de voz más brusco del que había querido imprimir.

—No, mi Señor —la chica agachó la mirada, aquello siempre excitaba a Evans—. Sólo que milord regresó hoy más temprano.

—Sí, es cierto. Hoy tengo el día libre —reconoció, y ya sabía cómo lo iba a ocupar—. Anda, sube, quiero encontrarte desnuda cuando llegue a la habitación.

—Sí milord —Kory sonrió con timidez, quizá la situación empezaba a gustarle, y se encaminó a la habitación de lord Madison, en la segunda planta.

Esa jovenzuela compartía ahora su cama en lugar de Dora y lady Miriam. A la prostituta la había instalado en una casucha cerca de las murallas. No la había visitado desde la primera noche que tomó a Kory. Por otro lado, su esposa se encontraba en Puerto Esthír, seguramente afanada con los preparativos de la boda de su hijo, como hacían todas las madres cuando algún vástago iba a contraer matrimonio. Lo mejor de todo era que había encontrado virgen a Kory, cosa que le extrañó muchísimo a Evans, y por la forma en que ahora se comportaba en la cama, si él no la hubiera desflorado, creería que tenía años de experiencia. Bueno, tenía que reconocer que en ello tenía él un poco de mérito, era tan buen maestro en la cama como en el uso de las armas.

De manera que cuando terminó su copa de vino se encaminó a lahabitación, en la segunda planta de la posada. Kory lo esperaba recostada en la cama, envuelta en una fina manta. Cuando lo vio llegar se deslizó la manta y se mostró como los dioses la trajeron al mundo, morena y esbelta, con cuerpo de niña mujer, pechos pequeños y firmes y una fina mata de vellos castaños una cuarta bajo el ombligo. Lord Evans sintió la presión de su miembro en los apretados calzoncillos de seda.

Cuando terminaron, Evans se encontraba exhausto. El sexo había sido apasionante y rudo. Evans se había corrido dos veces y Kory tres. La había tomado de distintas formas y a distintos ritmos. Como de costumbre, por algunos minutos, logró olvidarse del rey y de la maldita guerra. «Tal vez me la lleve a Puerto Esthír», meditó. Si él así quería podía llevársela, e instalarla en la misma torre de Lady Miriam si se le daba la gana, aunque claro, nadie del reino lo vería con buenos ojos. No, pero sí podía llevársela y comprarle una casa en algún barrio de la ciudad. Así tendría con quien pasar ratos amenos cuando regresara. Y es que la muchacha le gustaba como muchas y lo excitaba como nadie.

Recién había terminado con Kory cuando Richard, su escudero, llamó a la puerta.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Ha regresado un grupo de exploradores, Mi Lord —respondió Richard al otro lado de la puerta—. Dicen traer noticias importantes.
—Que esperen abajo —ordenó mientras empezaba a vestirse.

Sintió cierta intriga ante la mención “noticias importantes”. Los exploradores iban y venían a diario, del sur, del norte y del oeste. Nada ni nadie los cogería por sorpresa. Pero hasta ese día nadie había dicho traer noticias importantes. Por lo general los informes eran monótonos y repetitivos: unas pocas aldeas y todas resguardadas por toscas murallas de barro o piedras sueltas, sin alimentos ni nada que recoger. Las minas más importantes, al menos en su entrada, también tenían murallas y eran vigiladas por grupos de hasta trescientos hombres; la recolección de oro y piedras preciosas no había cesado. La presencia de un ejército de veinte mil espadas en sus tierras no les había afectado de la manera que lord Evans había esperado.

Dargan, la ciudad insigne de la isla, según los informes de sus exploradores, tenía murallas de diez metros de altura y cuatro de grosor y portones reforzados con hierro. Y lo peor de todo, como si no fuera poco, sus entrañas daban cobijo a un ejército de entre cuatro y cinco mil hombres. Demasiados hombres para ser tomada por la fuerza. La única forma de tomar la ciudad sería rindiéndola por hambre, pero eso llevaría mucho tiempo, años quizá. Con los ejércitos del rey Crasio alistándose en Brenfer, tiempo era algo de lo que no disponían. Pero allí estaban, varados, porque el rey así había decretado y ellos tenían que obedecer.

Ser David Broug, el mensajero enviado por Nakar, también le había comentado algo más que inquietante: Lord Arnold Orrov de Limatrio y lord John Mornock de Paso Montañoso tenían una disputa que ya había llegado a las espadas. Lord Evans esperaba que el asunto no pasara a mayores. También había enviado un mensaje con ser David al Rey, en el que le explicaba la situación de la isla y que necesitaría más hombres si querían tener éxito. Aún no había habido respuesta y sospechaba que pasarían varios días más para que hubiera alguna.

Cuando bajó al piso en el que lo esperaban los exploradores, no encontró solamente a los exploradores sino también a ser Marvin Dortall, ser Nelson Sander y ser Ross Orrov. Tres caballeros y cinco exploradores, todos sentados en dos mesas juntas. Aunque haciendo honor a la verdad, uno de los cinco exploradores también era un caballero. Charlaban animadamente hasta que lo vieron descender las escaleras. ¿Por qué siempre se comportaban así con él? Las únicas veces en que se desinhibían estando él era cuando tenían unas cuantas copas en la cabeza. Aunque la verdad le traía sin cuidado como se comportaran ante él, si era miedo o reverencia lo que le profesaban no le importaba lo más mínimo.

—No os molestéis, señores, no es necesario que os pongáis de pie para recibir a vuestro general —dijo. Nadie lo había hecho, los exploradores se ruborizaron y agacharon los ojos, los hijos de señores no.

«Si no es miedo ni respeto lo que me profesan ¿entonces qué es?, ¿Será acaso odio?»

Tomó asiento a la cabecera de las mesas, al menos no se habían sentado en su silla, y se arrellanó plácidamente.

—Tenemos noticias importantes, mi Lord —anunció Ser Jared Wallas, el líder de aquella cuadrilla de exploración.

Ser Jared era un muchacho de veintitantos años, alto, delgado y poco agraciado, belicoso según se decía y osado para cualquier cosa. Además de tener orejas de murciélago y dientes amarillos, tenía una fea cicatriz que le nacía en medio de los dos ojos y descendía por la mejilla derecha para morir en la mandíbula. Lord Evans jamás había ahondado en cómo se la había hecho. Era un caballero al servicio de los Flau de Fuerte Rocoso, al igual que los otros cuatro exploradores sentados junto a él.
 
—Pues bien, dilas —lo apremió lord Evans.

—El ejército ubicado en Ciudad Dargan ha salido de la ciudad…

—¿Cómo? ¿Vienen sobre nosotros? —interrumpió Ser Martin. De manera que Ser Jared aún no les había transmitido las noticias mientras él se vestía arriba.

—No, no es eso —Ser Jared le dirigió una mirada a Ser Martin en la que dejaba claro que no quería interrupciones—. Han salido de la ciudad para levantar de nuevo su campamento junto a las murallas. Al parecer estaban todos muy apretados en esa pequeña ciudad. Han levantado el campamento con parsimonia y de manera muy ordenada, pero por las noches apostan muy pocos vigías y no tienen ni empalizadas ni fosos —Ser Jared guardó silencio un momento, como sopesando lo que a continuación diría—. El campamento es débil y está muy mal protegido, un ataque rápido podría…
—Deduzco lo que quieres decir, Ser —la voz de ser Nelson era fría y cortante—. Y lo que proponéis es un desacato a una orden del Rey.

—¿Cuantos hombres hay en ese campamento? —preguntó Lord Evans, haciendo caso omiso de Ser Nelson.
—Cuatro mil. Como mucho cuatro mil quinientos.

Lord Evans asintió. «Un ataque rápido», sabía lo que ser Jared había querido decir. Un ataque rápido, bajo la luz de la luna, y el campamento entero ardería. Se desharían de la defensa de Ciudad Dargan y la toma de la misma sería tarea mucho más fácil. Era una idea tentadora. «Un ataque rápido». Si lo que ser Jared decía era cierto esa era una gran oportunidad. Aún podría asestar el golpe que él había previsto desde el principio.

—¿A qué distancia estamos de la ciudad? —preguntó.

—A unas quince leguas, mi Lord. A pie tardaríamos al menos dos días, pero a caballo se puede cubrir la distancia en menos tiempo.

Feo y todo, pero ser Jared estaba demostrando no ser un idiota. Sus palabras implicaban más de lo que había dicho. Poner en marcha a todo el ejército alertaría al enemigo. En cambio, si sólo llevaba la caballería, partiendo ahora mismo, llegarían antes del amanecer, los sorprenderían. Para cuando los darganianos se dieran cuenta de qué era lo que sucedía ya sería demasiado tarde.

—¿Qué opináis, mis señores? —preguntó.
—Podría ser una trampa —dijo ser Ross—. Pero como dicen los campesinos, si no arriesgas no ganas.

—Creo que es una gran oportunidad —apostilló Ser Marvin—. Creo que a los hombres les parecería bien, esta espera los está exasperando.

—Podría ser una trampa —repitió Ser Nelson—. Pero, aunque no lo fuera, tenemos orden de no movernos. Sería una afrenta contra el Rey.

—Créame, Ser Nelson —dijo lord Evans—, el Rey Nakar brincaría de contento si en nuestro siguiente mensaje le contamos que arrasamos el ejército de Dargan. No habría motivo para ver ninguna afrenta en ello.

—Pero podría ser una trampa —insistió ser Nelson.

—Sí así fuera siempre podemos girar nuestras monturas y regresar por donde llegamos.

—Supongo que sí.

No se dijo más. Mandó a los tres caballeros a transmitir la orden; los quería listos para partir en una hora. A los exploradores les ofreció de comer. Los dejó comiendo cuando él regresó a sus aposentos a ponerse la armadura.

Kory estaba sentada en el borde de la cama cuando él entró. Aún estaba desnuda.

—Esta noche dormirás sola —le dijo.

—¿Puedo saber por qué?

—Mejor no.

Llamó a gritos a su escudero para que lo ayudara a vestirse. Cuando el chico entró y vio a la muchacha desnuda agachó la vista y no la levantó hasta que ella se cubrió con una manta. Lord Evans se sintió exasperado. A su edad él ya se había pasado a la mitad de la servidumbre.

—Iré a preparar los caballos —dijo cuando hubo terminado de poner la armadura a su señor.

—¿Los caballos? —repitiól ord Evans—. No, Richard, sólo prepara el mío y asegúrate de poner en la alforja provisiones para dos días. Tú no vienes.

—Pero, mi señor —rezongó el chico—, soy vuestro escudero, mi deber es estar a vuestro lado aún en batalla.

—Es una empresa delicada —explicó lord Evans—. Tu padre me despellejaría si algo te sucediese. Te quedarás aquí y cuidarás de mi dama.

—¿Vuestra dama? —Richard parpadeó sorprendido—. Como vos digáis, mi Lord —acató al fin. Dio media vuelta y se fue a cumplir sus deberes.

—¿Vuestra dama? —preguntó Kory, risueña.

—Sí, mi dama. Y no tengo por qué daros explicaciones.

—Creí que era vuestra puta.

¿Desde cuándo la pescadora se había vuelto tan osada al hablar? Quizá se había mostrado demasiado tolerante.

—No hay mucha diferencia entre una y otra.

Casi dos mil jinetes lo esperaban a las afueras de la aldea cuando él salió, acompañado por los cinco exploradores que habían llevado la noticia. No ondeaba ningún estandarte como había ordenado; eso sólo sería un estorbo. Al igual que él, tampoco se habían puesto la armadura completa, solamente el peto, el yelmo, guardabrazos, guanteletes y quijotes. Sólo lo esencial, más peso cansaría a los caballos y podría ser que no llegaran a la ciudad en el tiempo que él había especulado. Todos los jinetes se reunían en grupos que iban de veinte a cincuenta, con un caballero o señor menor al mando.

Una especie de orgullo sordo lo embargó. «Casi dos mil jinetes». Sólo algunos jinetes de Ser Santi Flau no estaban presentes, aquellos que formaban las cuadrillas de exploración, y algunos caballeros y señores que se habían quedado al mando de la infantería. El resto se encontraban allí, listos para emprender una osada aventura. Se contaba entre los jinetes con grandes caballeros como Ser Nelson Sander, Ser Dayson Brown, el cuñado del rey, Ser John Danon, Ser Marvin Dortall, Ser Ross Orrov y muchos más. También había dos importantes lores: Lord Narciso Blanc, de isla madre y Lord Steve Blastam, señor de Pueblo Quieto.

«Casi dos mil jinetes». Al menos en número, pero cualitativamente lord Evans sabía que equivalían a más. Aquellos hombres estaban listos para la guerra desde el primer momento en que se les convocó. Cada uno valía por dos o tres y algunos hasta más. Aquellos hombres no necesitaban más adiestramiento. Aquellos eran hombres que habían entrenado toda su vida en los palacios, castillos y fortalezas de sus padres o propios, los que no, se ganaban el pan de cada día con sus lanzas y espadas. Aquellos hombres no fueron los que resultaron heridos en la toma del Pescador Borracho. Aquellos hombres aún no habían combatido y en su mayoría estaban ansiosos por matar. Eran la élite guerrera del reino, eran la punta de lanza, con ellos a su lado no habría fracaso.

No es que todos los soldados de la infantería fueran malos, no, por supuesto que no. En la infantería había muy buenos guerreros, aunque eran minoría. El resto eran campesinos, pescadores, hijos de mercaderes, jornaleros sin trabajo y todo tipo de personas, pero no soldados ni guerreros. Aún no. Porque ¿Qué buen soldado y buen guerrero no tendría dinero para comprarse un caballo? Aunque también era cierto que había muchos que sí podían costearse un caballo y lo tenían, pero en las naves no podían llevar demasiada caballería, así que se habían presentado sin éstos.

«Casi dos mil jinetes, y todos buenos soldados.»

De pronto Lord Evans tuvo la certeza de que, aunque el enemigo los viera llegar y tuviesen la ocasión de prepararse para la batalla, no serían más que ellos. En número estarían superados, pero sus casi dos mil jinetes eran suficientes para derrotar a cuatro o cinco mil infantes. En todo caso tenía la seguridad de que encontraría al enemigo echado; los borrarían de un plumazo.

Las trompetas resonaron por lo alto en el calor de medio día y la columna comenzó a trotar hacia el norte, hacia Ciudad Dargan. En la vanguardia iba ser Martin Dortall con un grupo de cincuenta jinetes, mientras que en la retaguardia quedó Ser Nelson Sander con otros cincuenta. Lord Evans se posicionó en el centro, acompañado por ser Jared Wallas y otros pocos caballeros. Él no llevaba a su disposición un pequeño grupo de jinetes; toda la columna era su ejército. Los jinetes de su casa eran liderados por caballeros de Puerto Esthír o algún miembro de otra casa que no contaba con caballería, como era el caso de Ser Landon Pottlir, que avanzaba delante de él al mando de una treintena de jinetes esthireños.

Avanzaron a trote rápido, rodeados por el ruido de la trápala de los caballos y el tintineo de las armaduras.  A cada cierto tiempo reducían la velocidad al paso, para que los caballos retomaran el aliento.

Durante la marcha Evans pudo comprobar que Dargan era una isla áspera, de escasa vegetación, con bosquecillos de laurel, algarrobo, enebros, abedules, alisos y nogales, en su mayoría pequeños y de raíces nudosas y torcidas. El resto eran colinas bajas, riscos y montañas abruptas con menos vegetación aún.

Antes de que anocheciera dejaron atrás dos pequeñas aldeas, similares al Pescador Borracho, aunque un poco más chicas. Pero las murallas eran las mismas. Los guardias apostados sobre ellas los vieron pasar con aspecto hosco y retador. Defenderían con sus vidas la aldea si ellos atacaban, pero no hicieron ademán de querer seguirlos cuando los dejaron atrás. Lord Evans dejó grupos de diez jinetes en cada una; ningún mensajero debía salir con la noticia de que el ejército de Afiran se estaba movilizando.

La noche los sorprendió mientras bordeaban una colina carente de vegetación. En la cima había una torre de madera, pero a juzgar por su aspecto, debía encontrase abandonada. Durante un buen rato tuvieron que avanzar despacio, hasta que la luna menguante hizo su acto de aparición. Aún estaba medio llena y su luz pálida y fantasmagórica fue más que bienvenida. Con la luna también llegaron los aullidos de los lobos, y a Evans le dio la impresión de que estaban más cerca de lo que sus aullidos indicaban. Algunos caballos crisparon las orejas ante el sonido, pero cinco minutos después avanzaban como si toda su vida la hubieran pasado entre lobos.

Durante la noche pasaron cerca de otras dos aldeas. En éstas designó veinte hombres para que las vigilasen; amparados en la noche era más fácil que se escabullera un mensajero, y él no quería correr más riesgos de los que ya estaba corriendo. Cuando llegaran a Ciudad Dargan tendría un centenar menos de hombres, pero a cambio se aseguraba el factor sorpresa. Los darganianos no lo verían venir. Que disfrutaran de sus últimas horas de sueño.

Pasaría una o dos horas de la media noche cuando Ser Jared anunció que ya estaban a menos de dos leguas del campamento enemigo, justo en el momento que entraban a un pequeño valle cercado de altas montañas y bosques de pinos y abetos, mismo momento en que una nube gris oscura ocultaba la luna.

Lord Evans no era alguien que creyera en presagios, pero aquello le dio escalofríos.

—¿Tiene frío, mi señor? —preguntó ser Jared Wallas.

—No. No soy hombre que sienta frío.

Ser Jared asintió.

—He oído decir que a este valle le llaman el Valle de la Muerte —comentó ser Jared momentos después.

—¿Es este?

—Sí, mi Lord.

«¡Así que este es el Valle de la Muerte! —pensó—. Debí haberlo imaginado.»

El Valle de la Muerte era un lugar legendario. Decenas de ejércitos habían sido aniquilados allí a lo largo de la historia, tanto de Afiran como de Brenfer, y algunos de otras naciones. Era un lugar de apenas media legua de longitud, pero muy angosto en sus bocas, una al norte y otra al sur, por la que ellos estaban entrando. Se decía que mil hombres podían resistir contra cien mil. De pronto sintió como si no debiera estar allí. De haber sabido que ese era el Valle de la Muerte habría ordenado un rodeo, no hubieran perdido más de una o dos horas. Se sintió estúpido al saber la historia del Valle, pero no recordar su ubicación.

De todas formas, los ejércitos que otrora habían sucumbido, había sido porque eran liderados por personas vanidosas, orgullosas y sin un atisbo de sentido común; cuando la mejor opción era retirarse, ellos continuaban luchando hasta que sus ejércitos eran aniquilados. Pero él no era como ellos, él era un gran líder, sabía cuando pelear y cuando no. Si se encontraban con un ejército en la salida norte, siempre podía dar la orden de retirada y escapar al galope. Él no dejaría que sus hombres murieran en ese maldito Valle, esa no sería su tumba. Además, los que habían muerto allí, se anunciaban con tambores y trompetas, mientras que ellos iban amparados en la noche y el silencio. No, ellos no encontrarían un ejército esperándolos a la salida del valle.

Entonces, cuando toda la columna hubo entrado en el Valle de la Muerte, el sonido de un cuerno rasgó la noche con una nota aguda y lastimera, proveniente de la boca sur del Valle. Toda la columna se detuvo de súbito, al tiempo que la nota se repetía primero en el centro del Valle y por último en la salida norte. Como respuesta a la nota, miles de flechas, provenientes de los bosques de ambos lados del camino, surcaron el cielo y se hincaron tanto en hombres como en caballos.

Lord Evans no tardó más de un segundo en descifrar lo que estaba sucediendo.  

—¡Retirada! —rugió—. ¡Todos al galope!

Las trompetas tañeron en la oscuridad transmitiendo la orden. A Evans le pareció que las trompetas eran reducidas por el ruido de los cuernos, y durante un instante tuvo miedo.

Mientras la retaguardia volvía grupas para iniciar la retirada, Lord Evans tomó su escudo para protegerse de las flechas en la medida de lo posible y desenvainó la espada. Los caballeros que lo acompañaban formaron un círculo en torno a él para protegerlo.
No se llevó más de un suspiro para comprender la magnitud del desastre. Sus hombres morían por decenas. Y sus gritos y los relinchos de los caballos competían de tú a tú con las trompetas y los cuernos. Cuando la luna se descubrió, lo vio con más claridad: eran cientos los afirenses que habían caído y seguían cayendo, algunos con tantas flechas ensartadas que parecían puercoespines. Una trompeta en la retaguardia anunció que había enemigos en el sur. Casi el unísono, otra anunció lo mismo proveniente del norte.

—¡Estamos rodeados! —gritó uno de los caballeros que lo guardaban.

«¡No estoy ciego ni sordo, bastardo!», pensó Evans con ira.

En un segundo su plan se había desmoronado. ¿Pero cómo había sucedido? Era una trampa, de eso no le quedaba dudas. Pero, ¿cómo se habían enterado los darganianos de manera que les diera tiempo para preparar una emboscada?

—Los enemigos —rugió—, ¿vienen a caballo o a pie?

—Creo que a pie, mi señor —respondió el mismo guardia que había hecho el comentario estúpido.

Bien, eso le daba una posibilidad. Además, se estaban adentrando en el Valle, no los esperaban en las salidas como había temido al principio. Allí dentro nadie tenía ventaja.

De pronto la lluvia de flechas cesó y cientos de hombres empezaron a salir de los bosques para pelear con sus jinetes.

—¡Todos hacia el sur! —rugió—. Y matad a todo el que se cruce en vuestro camino.

Los hombres transmitieron la orden a voz en grito y toda la columna avanzó en la dirección que había ordenado. Al principio avanzaron casi al trote, matando e hiriendo a los que salían de los costados, pero pronto la marcha se detuvo, al encontrarse en frente a una gruesa columna de al menos mil soldados enemigos.

—¡Abrid una brecha, malditos! —siguió gritando—. ¡Por todos los dioses, abrid una brecha!

—Han matado a Ser Marvin —gritó alguien a sus espaldas.

«Mierda.»

—Vosotros también luchad —ordenó a los guardias que lo guardaban—. ¡Matad a esos bastardos!

Los caballeros asintieron y se unieron a la refriega. Nadie diría que él se protegía con media docena de caballeros cuando el resto de sus capitanes moría en batalla.

Se quedó solo en el centro, gritando órdenes a todo pulmón, mientras sus hombres luchaban alrededor. La batalla era encarnizada y sangrienta. Durante un rato no se oyó más que gritos, relinchos y el entrechocar del acero contra acero. Evans apoyó allí donde era necesario, pero sin arriesgarse demasiado. Pinchó un par de brazos y evitó que a ser Jared lo acuchillaran por la espalda.

Estaban completamente rodeados, pero si conseguían abrir una brecha conseguirían escapar. ¿Y luego qué? Lo depondrían del mando y sería el hazme reír del reino entero. Pero tenía que salir de allí. Lord Evans Madison no moriría en el Valle de la Muerte.

Un hombre con cota de mallas se acercó a él con una lanza. La esquivó con su escudo y le cruzó el corazón con su espada. Era el primer hombre que mataba en la noche. Probablemente no sería el último.

Ser Jared Wallas lo terminó con un mandoble en la cara. De alguna forma eso hizo enfurecer a Evans. El caballero era el explorador que dio inicio a toda aquella catástrofe. La ira lo invadió y sintió deseos de clavarle la espada en el corazón.

—¿Está bien, mi señor? —preguntó.

—¿Cómo pudo suceder esto? —se encontró balbuciendo.

—Una trampa —dijo el caballero, se acercó a él y le puso una mano en el hombro.

Al principio no vio la daga. Cuando tuvo conocimiento de su existencia ya era demasiado tarde. Con maestría el caballero se la clavó en el gaznate.

—¿P-por q-q-qué? —logró articular, mientras se llevaba las manos a la garganta.

—Oro, mucho oro.

La sangre se le escurrió entre los dedos, le corrió por el pecho y por los codos, era cálida y húmeda, como el beso de una madre, como las caricias de Kory. Se cayó del caballo y no pudo hacer nada para evitarlo. A lo lejos escuchó que alguien gritaba:

—¡Lord Evans! ¡Lord Evans…!

—¡Mierda! —fue lo último que logró balbucir.   

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