Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

23 de septiembre de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 14)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 13
El nuevo paje
La comitiva del rey regresó al mediodía. Dariana los vio llegar desde el balcón de sus aposentos. Su padre el rey Nakar iba a la cabeza, junto con su abuelo lord Bride y lord Martin. Los precedían los portaestandartes, ondeando al sol del medio día el águila dorada sobre fondo rojo de los Doverick, la gaviota negra sobre campo azur de los Dortall y el loro verde sobrevolando el cielo azur de los Brown. Les seguían caballeros y señores menores. Tanto hombres como caballos presentaban aspectos cansinos y zarrapastrosos, bañados en sudor y polvo. Dariana imaginaba que había sido una agotadora travesía.

—Ya ha vuelto el Rey —señaló Milka, que en ese momento se encontraba haciéndole compañía.

—Sí.
—¿Cree, princesa, que hayan librado alguna batalla? —inquirió la doncella—. Se ven cansados y sucios.

—Ha sido un viaje muy largo —dijo Dariana—. No esperes que huelan a rosas.

«¡Dioses! Que así sea». Como consuelo, si habían luchado, su padre y su abuelo se encontraban bien.

Los mozos de cuadra salieron presurosos a coger las riendas de los caballos para atenderlos, y el mayordomo del palacio salió a recibir al séquito. Tras éste salió la reina Brissa.

Dariana advirtió en esos momentos a ser Harris, alto, esbelto, con el cabello negro pegado a la cabeza cuado se quitó el yelmo. Inexplicablemente su corazón acrecentó la velocidad de sus palpitaciones. Como acto reflejo recordó el beso que hacía tres semanas le había robado, el beso que ella guardaba para su príncipe, para su gran amor. De pronto se sintió molesta y se prometió que eso no se lo perdonaría jamás. Más le valía no volver a acercarse a ella porque lo pagaría muy caro. El joven caballero levantó el rostro, la vio y sonrió. Dariana lo ignoró adrede.

Aún recordaba la reprimenda que su madre le había merecido por aceptar flores de cualquier hombre.

—Sólo he recibido rosas a Ser Harris —dijo ella a la defensiva—. No he vuelto a verlo desde mi compromiso con Ser Daniel.

—Bastante malo es que se haya atrevido a darte una sola rosa —la reina estaba que echaba chispas—. Sería inconcebible que después de tu compromiso lo hiciera aún. Lo peor es que tú, Dariana, las aceptasteis.

—Sólo era un juego. —No sabía exactamente qué decir—. No creí que fuera algo malo.

—Es normal que los caballeros halaguen a las damas y que de vez en cuando les regalen algo, ¿pero a escondidas?, eso es una falta de respeto. Cuando tenga enfrente a ese Ser me va a conocer.

—¡No! —Hasta ella misma se sorprendió del tono imperativo de su voz—. Quiero decir… no es necesario, madre —agregó mucho más sumisa—. Desde que supe de mi compromiso con Ser Daniel le ordené que no volviese a importunarme —«¿Ordenar?», Sí, es lo que haría una princesa—. Si alguna vez vuelve a abordarme me encargaré que te enteres, madre, para que dispongáis como gustes.

—Siempre has sido una buena hija, Dariana —el tono de su madre se había suavizado un poco—. Lo dejaré pasar por esta vez, y no enteraré a tu padre…

Después siguió un largo sermón del que Dariana casi no recordaba nada. En parte porque era aburrido, en parte por sentirse aliviada de que ser Harris estaba a salvo. Menos mal que no le contó lo del beso. De haberlo hecho Ser Harris estaría encerrado en una celda o su cabeza adornaría las murallas de palacio. «Tal vez se lo merece. ¿Quién se cree para robarme mi primer beso?»

El Rey y su séquito habían abandonado el patio exterior sin que ella se diera cuenta. Sólo quedaban algunos caballos esperando que los mozos los llevaran a las cuadras y un joven que Dariana no había visto nunca, y que a decir de su vestimenta debía tratarse del hijo de algún noble.

—Iré a saludar a mi padre —dijo a Milka—. Haz lo que te apetezca, sólo recuerda la hora de mi baño.

—Como digáis, princesa —respondió Milka haciendo una leve reverencia—. Y no os preocupéis por vuestro baño, tendré la tina lista a la hora de siempre.

—Bien.

Dariana bajó las escaleras seguida muy de cerca por Milka, la única doncella a su servicio ese día. Irene disfrutaba de su día libre y había ido a ver a sus padres. O al menos es lo que había dicho. Nadie sabía con certeza que hacían las doncellas cuando salían de palacio. No se le escapó la sonrisa que el guardia del rellano del segundo piso le dedicó a la doncella, tampoco se sorprendió que ésta se quedara tonteando por allí.

Cuando llegó al salón principal se encontró con que la servidumbre estaba montando varias mesas sobre caballetes. Los hombres que habían llegado con su padre estaban en la sala y mantenían conversaciones en vos baja, en grupos de tres a cinco personas, separados varios metros los unos de los otros. Unos cincuenta hombres en total.

No vio ni a su padre ni a su madre en el salón. Tampoco a su abuelo ni a lord Martin. 

«¿A dónde han ido?»

Le preguntó a uno de los criados y éste le respondió que los señores habían subido. No especificó a dónde.

Desconsolada pensó en volver a su habitación, pero lo pensó mejor y en su lugar se dirigió al patio exterior. Cerca de la puerta vio a ser Harris, junto a tres jóvenes de edad similar, aunque muchos centímetros más bajos que él. Dariana lo miró sin prestarle más atención que al resto de jóvenes. Sentía reverberar la rabia en su interior, pero no la dejaría traslucir. Tenía que hacerle creer que a ella él no le importaba, y que del beso que le había robado ya ni se acordaba. Asintió con la cabeza cuando él y sus compañeros le hicieron una reverencia. Exactamente el mismo gesto que hizo al resto de los presentes cuando se inclinaban a su paso.

Los últimos caballos eran conducidos a las caballerizas por los mozos cuando salió al patio. El sol de medio día la recibió con fuerza implacable. Muchas veces un sol como aquél la hacía preguntarse cómo hacían los caballeros para cabalgar largas jornadas embutidos dentro de una armadura; aún no había encontrado una respuesta satisfactoria. Frente a ella, a cien metros de distancia, se alzaban las murallas color marfil del palacio. Medían veinte varas de altura y eran resguardadas por gruesos torreones mucho más altos que ésta. Las flámulas de los torreones, con el águila dorada, ondeaban delicadamente con el suave viento proveniente del Lago Real, ubicado al oeste de la ciudad.

En un principio no lo vio, pero el joven que había divisado desde el balcón se encontraba allí, sentado en una piedra junto al pequeño jardín exterior. No era el jardín del que ser Harris cortaba las rosas que le regaló, ese se encontraba en los patios interiores. El joven la observaba boquiabierto, como si hubiese visto algo en extremo impresionante. Dariana le sonrió con dulzura y el joven pareció despertar de su letargo.

—My Lady —fue lo único que dijo.

Más que un joven era casi un niño, de su edad o quizá menor. Era un joven regordete, de amplia papada, ojos grises muy pequeños y cabello largo del color de la arena. Vestía pantalones negros y camisa marrón. Sus botas también eran marrones. Sobre el pecho tenía bordado en hilo verde y café un roble.

—Soy Dariana —se presentó—. ¿Cómo os llamáis, mi Señor?
—¿Sois la princesa? —tartamudeó—. Perdón —agregó como recordando algo importante y se puso de pie de un salto, hincó una rodilla a los pies de Dariana y le besó la mano—. Soy Edward Orrov, hijo menor de Lord Arnold Orrov, señor de Limatrio. Es un verdadero honor conoceros, princesa.

—El placer es mío —respondió Dariana, divertida—. No es necesaria tanta galantería, joven Edward.

—Lo siento —el chico se sonrojó y se puso de pie—. Es que nunca he estado antes con una princesa.

—Todas somos iguales, Edward. Reinas, princesas, nobles, plebeyas. Nos diferenciamos por muy poco, o al menos es lo que dice mi madre.

—Como vos digáis, princesa.

—Os deseo una alegre estancia.

—Gracias.

Dariana dio media vuelta para regresar al interior del palacio, pero entonces recordó por qué había bajado: para saludar al rey y a su abuelo y para enterarse de lo sucedido en Limatrio. Edward Orrov venía de Limatrio, debía saber qué era lo que había ocurrido. Se enteraría más fácilmente si le preguntaba a él.

—¿Habéis tenido buen viaje, Edward? —preguntó primero.

—Eh… sí —sin duda no esperaba que lo trataran con tanta familiaridad—. Cabalgamos a marchas forzadas. Además de eso y el cansancio acumulado, creo que sí, ha sido un buen viaje.

—No veo a nadie más de vuestra casa —observó Dariana—. ¿Habéis venido solo, sin criados ni guardias?

—Vengo para servir como paje en la corte —respondió meditabundo—. Un paje no necesita nada de eso.

—Entiendo.

De pronto ya no estaba tan segura de querer preguntar acerca de lo ocurrido en Limatrio. Edward Orrov no estaba allí por iniciativa propia. El rey lo había traído para meter en cintura a lord Arnold Orrov. Nakar Doverick había tomado muy en serio las palabras que había pronunciado la noche última antes de su partida «Si es necesario le arrebataré un hijo a ese viejo loco para que se comporte…», había dicho. ¿Pero qué había ocurrido para que su padre tomara aquella decisión? La curiosidad pudo más, fue por ello que continuó.

—¿Se encuentra bien Lord Arnold? —preguntó—. Recuerdo haberlo visto unos meses atrás, en el trigésimo día del nombre del Rey.

—Sí, mi padre está bien. Gracias por preguntar, princesa.

—El Rey marchó a Limatrio para zanjar una disputa entre Limatrio y Paso Montañoso —comentó, dubitativa—. ¿Sabéis algo al respecto?

—Sí, por supuesto —respondió el nuevo paje con vigor renovado—. ¿Quieres que os cuente lo que sucedió?

—Claro, me encantará —dijo Dariana sonriente—. Ven, Edward, sentaos junto a mí mientras charlamos.

Dariana casi corrió a sentarse en una de las piedras que bordeaban el pequeño jardín. Dando una palmadita a una piedra contigua invitó al joven Orrov que la acompañara.

—Pero… ¿Princesa?, ese no es asiento digno de vos ni de vuestra belleza.

—Dejaos de niñerías, Edward —replicó enarcando una ceja «¿Vuestra belleza?»—. Ven, sentaos conmigo.

Con aire inseguro se sentó donde le señalaba.

—Oh, ¿Por dónde empiezo?

—Por el principio claro.

—Bien. Todo empezó hace casi dos meses… Todo esto me parece un poco tonto, si os interesa mi opinión.

—¿Qué cosa? ¿Qué estemos aquí sentados?

—No. Eso no. Lo que causó la disputa entre mi familia y los Mornock —Edward hizo una pausa, pero Dariana lo conminó a proseguir—.  Como os decía, princesa, hará casi dos meses que unos hombres de mi padre, incluidos algunos caballeros de bastante prestigio, de ellos uno que otro primo mío, se fueron de cacería al Bosque Claro, a medio camino entre Limatrio y Paso Montañoso. Son kilómetros y kilómetros de bosque virgen, poco explorado, y en mi opinión, perteneciente a nadie. De palabra, los Mornock dicen que les pertenece a ellos, mismo caso sucede con mi padre y varios de mis parientes. Bueno, el asunto no es ese, pero sí tiene que ver.

»Lo que sucedió, según informaron los que participaron de la cacería, es que encontraron un oso blanco. Para mala fortuna de ellos, una partida de caza proveniente de Paso Montañoso tenía días siguiéndole la pista al mismo espécimen. Al final, ambas partidas se terminaron encontrando, con el oso entre ambas. El oso murió, a manos de saber quién, pero murió. Primero empezaron con cruces de palabras, según contaron, acreditándose cada grupo la autoría de la muerte de la fiera. No poniéndose de acuerdo así, recurrieron a la propiedad del Bosque Claro. Los unos decían que pertenecía a los Mornock, los otros que era propiedad de los Orrov y Afiran.

»Como podéis imaginar, princesa, hombres armados, agotados por la cacería, frustrados por una discusión sin final, terminaron enfrascándose en una pelea. No hubo vencedor claro, sólo muertos y heridos. Uno de los heridos de Paso Montañoso fue Ser Boris Mornock, hermano de Lord John. Menos mal que no fue uno de los muertos —Edward sufrió un escalofrío y Dariana se descubrió absorta escuchando el relato—. No quiero imaginar que hubiese pasado si hubiera muerto. Lord John lo consideró una afrenta personal y envió hombres para quemar y saquear una aldea al cuidado de mi primo Ser Hanson, quien había participado en la pelea del Bosque Claro. Gracias a los dioses mi primo se refugió en su torre y no sufrió daño. Pero como era de esperar, Lord Arnold también lo tomó como una afrenta personal, y envió dos grupos de hombres a asolar dos aldeas de Lord John. Acto seguido ordenó a todos sus vasallos que acudieran a Limatrio con todos los hombres que pudieran reunir.

»Si el Rey no hubiese llegado no sé qué habría pasado. Cuando el Rey llegó había frente a las murallas de Limatrio cerca de tres mil hombres y otros mil, divididos en grupos de doscientos, acampaban cerca de la frontera para que ningún hombre de Paso Montañoso invadiera Limatrio. Padre estaba dispuesto a avanzar con todo su ejército a Paso Montañoso. Y lo que es peor, la mayoría de los soldados se mostraban encantados ante la perspectiva de una batalla —aquí Edward sufrió un nuevo escalofrío.

—Imagino que el Rey no permitió dicha maniobra ¿o estoy equivocada? —aventuró Dariana.

—No. No sé realmente qué habló Lord Arnold con el Rey, pero lo cierto es que el siguiente día tras la llegada del Rey los hombres empezaron a regresar a sus hogares, y al cuarto se me comunicó que tenía que venir a servir como paje en el palacio. Es todo cuanto sé —finalizó con un resoplido—. Espero no haberos aburrido.

—No, para nada, Edward —lo tranquilizó Dariana—. Me ha resultado entretenido vuestro relato, además de que os expresáis muy bien.

—Gracias, princesa —el muchacho se sonrojó—. Es un gran cumplido viniendo de vuestra persona.

Dariana se preguntó por qué los hombres tenían un orgullo tan grande. Habían estado a punto de provocar una guerra entre Afiran y Skartel por una chiquillada. A pesar de sus trece años, ella ya había notado lo susceptibles que eran los hombres a percibir afrentas, aunque no las hubiera. Había visto a criados, guardias e incluso caballeros, agarrarse a golpes por cosas sin sentido; una mala mirada, una palabra malsonante, que porque uno había cogido la capa del otro, que porque uno en lugar de ayudarlo a fregar el piso se había ido a chismosear con la cocinera, porque no lo defendió cuando otro lo estaba ofendiendo, porque había hecho mención de su progenitora de mala manera… En fin, los hombres se peleaban por todo.

—Menos mal que el asunto no pasó a mayores —resopló al fin Dariana—. Madre dice que una guerra es lo que menos necesita un reino.

—Supongo que tiene razón —concedió Edward—. Ha de ser una reina muy sabia.

—Lo es. Y vos sois un joven muy amable. Por cierto, ¿qué hacéis aquí fuera?

El Orrov se encogió de hombros.

—Nadie me dijo nada. Es como si se olvidaron de mí. Cosa que no me sorprende porque en casa ocurría lo mismo.

Dariana rió, divertida.

—Pienso que esperaban que pasaras a tomar parte del almuerzo, no que te quedaras aquí fuera. Anda, ve, ahora mismo han de estar sirviendo las viandas. 

—Ahora que lo pienso creo que tengo algo de hambre —Edward se puso de pie—. Seguiré vuestro consejo. Espero que me dejen comer antes de ponerme a servir.

—Hasta que revientes.

—Ha sido un placer conoceros, princesa —se despidió con una reverencia.

—El placer es mutuo, joven Orrov —respondió Dariana.

Al siguiente día Dariana se enteraría del resto de la historia por boca de su abuelo. El Rey no tenía el tiempo ni la paciencia para explicarle ese tipo de cosas y su madre aún la miraba con ojos acusadores. Pero su abuelo, siempre disponible para ella, le había contado todo lo que sabía.
Resultó que Lord Arnold se había mostrado temeroso y molesto por la presencia del rey. Al principio había dejado entrever que ese era asunto solamente entre los Mornock y los Orrov y que ni el Rey Nakar ni el Rey de Skartel tenían por qué entrometerse ni sentirse ofendidos. Había mantenido esa posición hasta que su padre, ya falto de paciencia, le explicó, no de buena manera, las consecuencias que esa guerra sin sentido podría acarrear al reino. A regañadientes había aceptado las explicaciones del rey. Por último, el rey obligó a Lord Arnold a hacer las paces con Lord John Mornock y como ofrenda de buena fe debía declarar propiedad de Lord John el Bosque Claro, además de pagar una indemnización por las aldeas asoladas por sus hombres. En esto último el rey ofreció contribuir con la mitad. Y visto que lord Arnold no se mostraba conforme, el rey le ordenó escoger a uno de sus hijos para que lo enviase a la corte. El pobre Edward fue el elegido.

Dariana ya sabía lo que eso significaba. Si Lord Arnold no se mantenía quitecito en su trono de Limatrio, la cabeza del joven Edward Orrov podría ser desprendida de su cuerpo para adornar las murallas del palacio. Dariana ya había visto anteriormente cabezas clavadas en picas en la muralla, y no era una imagen que le agradase mucho. Ojalá Edward no corriera tal suerte.

Esa noche Dariana se acostó pensando en el joven Edward Orrov. Tuvo una pesadilla en la que estaba él, bueno, su cabeza, ya que esta tenía sembrada una pica y adornaba la muralla del palacio. También tuvo otra pesadilla, en ella revivió el beso que le robó Ser Harris. Aunque cuando despertó estaba sonriendo. 

Lee el capítulo siguiente: CAPÍTULO 15

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