Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

16 de septiembre de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 13)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 12
Día de pesca
La pesca fue abundante ese día. Peter, su sobrino de diez años, se erguía sobre su potrillo castaño con una enorme trucha bajo el brazo; la había pescado él mismo, y la abrazaba como si fuera un gatito. El resto lo cargaba él en un pequeño cesto de mimbre.

—Mamá estará contenta cuando nos vea llegar con todo este pescado —dijo Peter, sonriente.

Peter era un muchachito de cabello castaño y revuelto, tez clara y ojos azules, travieso y extrovertido, más parecido a él que a su padre. En más de una ocasión le habían preguntado si era su hijo.

—Sí. Claro que lo estará —dijo Rodny.

Aunque la verdad es que lo dudaba mucho. Marian, su cuñada, distaba mucho de ser una persona alegre, al menos en los últimos días. Y Rodny no la culpaba, había que cosiderar que apenas un mes atrás había perdido a su esposo. Y si a eso le añadías que llevaba un niño en el vientre, un niño que nacería sin padre, no era pues, sorprendente que se pasara los días meláncolica y encerrada en su habitación.

No tardaron en llegar a la calle principal de Armizas, su hogar. La calle era de tierra apelmazada y las casas que la flanqueaban de adobe y tejas la mayoría, aunque también las había de piedra, de terraza y hasta de tres plantas, pero en menor cantidad. Entraron por el lado norte, que era la dirección en la que se encontraba la Laguna Verde, dos millas atrás. Algunos de los aldeanos los saludaron con leves inclinaciones de cabeza y Peter les mostró orgulloso su presa.

A Rodny le encantaba ir de pesca, y a su sobrino todavía más. También le gustaba ir a cazar a los bosques contiguos ¿A quién no le gustaba ir a cazar? Cuando su sobrino tuviera la edad suficiente, él mismo se encargaría de enseñarle a cazar, a usar la lanza y la espada. De pronto era como si se hubiese convertido en padre.

—Papá también se hubiera alegrado —comentó Peter—. Siempre se alegraba cuando llevábamos pescado. Le gustaban asados ¿recuerdas, tío? Es una lástima que ya no esté con nosotros —agregó con nostalgia.

—Sí, es una lástima —convino Rodny—. Recuerda que los dioses saben lo que hacen. —Era una frase que utilizaban a menudo los sacerdotes y personas de mayor edad, pero en su joven boca sonó falsa y carente de sentido.

Sin embargo, el chico asintió.

En una esquina una mujer y un niño tiraban de un cerdo pinto que chillaba desaforadamente. Al verlos dejaron de tirar para que el cerdo se callara e inclinaron la cabeza avergonzados. Rodny les sonrió con afabilidad y Peter les dijo que su trucha hacía menos ruido que su cerdo. La mujer abrió los ojos, sin comprender, y Rodny se permitió una sonrisa.

Peter Dorgan, su sobrino, era el joven lord de Armizas y él, un caballero nombrado por el propio lord Bride Brown, señor de Valle Browny y nada menos que suegro del Rey Nakar. Por eso los habitantes del lugar, los más humildes, sobre todo, hacían torpes reverencias cada que los veían. Y Rodny se sentía torpe cada vez que lo hacían. Pero había que tener en cuenta que el chico era su señor y él, uno de los pocos caballeros del pueblo.

Rodny se había ganado las espuelas hacía cinco años, cuando contaba con dieciocho días del nombre vividos.

Recordaba con claridad ese día. Fue en un torneo celebrado en Pueblo Browny. Él, haciéndose el valiente, había pedido a su hermano Dan que lo dejara participar; como su escudero podía participar con la aprobación de él. A regañadientes Dan había dado su consentimiento. Y no es que hubiese dado una gran actuación ni mucho menos. Lo descabalgaron en dos de sus tres enfrentamientos, pero su pequeño triunfo le había valido para que lord Bride posara sus ojos en él y lo nombrara caballero. Ser Santi Flau había sido su último contrincante, cuando nadie apostaba nada por él. Y así lo sabía ser Santi, que se sentía vencedor aún antes de la primera arremetida. Rodny, haciendo acopio de todas sus fuerzas y todo su coraje, apuntó la lanza al pecho del caballero, el impacto por poco le disloca el hombro, pero el premio fue que ser Santi terminó en el suelo. Los vitores de la multitud aún resonaban en sus oídos. Igual no le había servido para avanzar en el torneo, pero a la caída del sol lord Bride lo nombró caballero.

Ahora, tras la muerte de su hermano, él era el cabeza de familia. De nombre el señor de Armizas era su pequeño sobrino, pero hasta que tuviera edad y capacidad para gobernar, las responsabilidades recaían sobre sus hombros.

Armizas era un pueblito ubicado en el norte de Valle Browny, a unas cien millas de Pueblo Browny, al pie de las Montañas Grises, que hacían de frontera con Maritania. El pueblo y unas cuantas granjas diseminadas alrededor de éste era todo sobre lo que señoreaban los Dorgan. Como trabajo no era gran cosa. Reunir impuestos, impartir justicia, zanjar asuntos entre vecinos y otras nimiedades, era todo cuánto había que hacer. Con todo, lo más emocionante era cuando los lobos abandonaban las Montañas Grises para atacar el ganado y las ovejas de los aldeanos. A veces, aunque muy de vez en cuando, lo hacían en manadas de hasta cincuenta miembros, por lo que los Dorgan eran los encargados de reunir a los hombres y guiarlos contra las bestias de las montañas. Pero en fin, Rodny no era alguien que necesitase de demasiadas emociones, por lo que vivir en el pueblo y gobernarlo no le parecía en extremo desdeñoso.

No tardaron mucho en llegar a la modesta fortaleza de su familia, ubicada en el centro del pueblo. Ésta no era más que una torre cuadrada, de piedra gris y tres pisos de altura, que se encontraba en el centro de un amplio recinto amurallado. La muralla no tenía mucho que envidiarle a la de una ciudad. Medía diez varas de altura y tres de grosor. Almenada y con aspilleras, estaba pensada para albergar a toda la población en caso de que así se requiriera. Un foso de diez varas de ancho y doce de profundidad con picas oxidadas en el fondo completaba la protección. Lo salvaba un puente de roble, cuyas cadenas empezaban a oxidarse por el desuso.

Kendell estaba de guardia esa vez.

—¡Buena pesca, Peter! —alabó, mirando la enorme trucha que cargaba el chico.

—¡Y la cogí yo solito! —presumió Peter.

—Al parecer vuestro tío os ha enseñado bien, joven Señor —dijo Kendell con una sonrisa.

—Sí, mi tío es un gran pescador.

—Que no lo escuche Lord Bride o podría degradarme del rango de caballero —bromeó Rodny.

Kendell rió junto con él. Peter se limitó a mirarlos, no había entendido la broma.

—Lady Marian ha preguntado por vos —dijo el guardia.

—Gracias, Kendell.

Una vez en la cocina dejó a Peter indicando a la cocinera como quería su enorme trucha mientras él iba a ver a lady Marian, no sin antes quitarse el olor a pescado con jabón.

Estaba en sus aposentos, como de costumbre, en la tercera planta de la torre y ocupaba sus manos en bordar un suéter. No era muy buena en ello, por cierto. Llevaba puesto un vestido marrón con bordes dorados, tenía la cabellera castaña suelta y una marca de preocupación y enojo en el rostro. El vientre parecía haberle crecido aquel día. Con todo y eso aún se veía bastante hermosa. Tenía veintiséis años y unos hermosos ojos castaños, que desde la muerte de su esposo siempre se mantenían marcados por grandes ojeras. Junto a ella se encontraba la pequeña Liliana, de siete años, que también intentaba tejer algo, pero con menos éxito que su madre.

—¿Me buscabais, Lady Marian? —preguntó Rodny.

—¡Tío! —en cuanto la chiquilla lo vio dejó a un lado lo que estaba haciendo y se abalanzó hacia él con los brazos abiertos. Rodny la recibió en un abrazo.

—Sí, Ser —respondió Marian haciendo caso omiso a la pequeña—. Déjanos solos, Liliana.

—Sí, madre.

Liliana salió de la habitación y cerró la puerta con la delicadeza de una dama. Sin duda sería tan hermosa como su madre, y muy educada.

—¿Dónde andabas con mi hijo? —rugió como una fiera cuando estuvieron solos.

—Hemos ido de pesca —informó, tratando de hacer caso omiso de la furia de su interlocutora.

—¿De pesca? ¿A la Laguna Verde?

—¿Acaso hay otra laguna? —replicó con una mota de desdén, pero pronto se arrepintió de ello.

—¿Tenéis idea de lo que habéis hecho, Rodny? ¿Del peligro al que has expuesto a mi hijo? —Su voz estaba cargada de furia y miedo—. Prohibí tajantemente que Peter saliera sin mi consentimiento.

—Ya ha pasado un mes, Marian —por enésima vez intentó hacer entrar en razón a la mujer—. Lo de Dan fue un accidente. Deja ya de pensar que hay asesinos tras nuestra familia. De ser así ya habría sufrido un accidente similar al que sufrió mi hermano.

—¿Y si no fue un accidente, Rodny? —De pronto Marian parecía querer echarse a llorar—. ¿Y si de verdad andan tras mi pequeñín?

—Fue un accidente —afirmó Rodny con una convicción que ya no sentía.

Su hermano Dan había muerto un mes atrás. Lo encontraron unos pescadores, en el lado norte de la Laguna Verde, que corrieron a avisarles de la desgracia. Ni él ni Marian sabían que hacía su hermano en ese lado de la laguna. Cuando Rodny y Marian llegaron para recoger el cuerpo, tuvieron que vérselas con media docena de lobos que ya habían destrozado la mitad del cuerpo. Era muy raro que sucedieran cosas así en Armizas, y menos al señor del pueblo. Cuando el cuerpo estuvo limpio, ya en casa, descubrieron además un pequeño agujero en el pecho. Rodny no sabía a qué se debía, pero Marian no había tardado ni un segundo en ligarlo a una flecha y un asesino. Rodny se negaba rotundamente a aceptar tal posibilidad ¿Quién quería hacerles daño a ellos?

Desde ese día Marian se había vuelto paranoica. Lloraba, gritaba, se encerraba en su habitación, veía peligros por doquier y había prohibido que Peter y Liliana salieran de la torre a menos que ella concediera permiso. Según Rodny, eso no sucedería hasta que los chicos tuvieran canas. Marian creía que había verdugos en todas partes, y para ella cualquiera era un asesino en potencia. Curiosamente jamás se había mostrado preocupada por Rodny, al parecer el término familia sólo abarcaba a sus dos niños y no a su cuñado y tío de estos.

—¿Es que ya olvidaste lo de hace dos semanas? —inquirió a modo de reprimenda. Tenía el ceño fruncido y las manos en la cintura. Era curioso que su prominente vientre no le representara ningún impedimento a la hora de reñir.

—Por supuesto que no —reconoció con cierto rubor.

Lo acaecido hace dos semanas no había hecho más que reforzar las sospechas de Marian: alguien quería dar muerte a sus hijos. Quince días atrás dos hombres habían intentado irrumpir en la fortaleza. Asesinaron al guardia de turno, pero no con tanta habilidad porque este logró dar la alarma y Rodny y otros guardias pudieron detener a los intrusos. Los asesinos vestían como campesinos, pero luchaban como guerreros, y pelearon hasta al final. De modo que fue imposible hacerlos prisioneros para interrogarlos acerca del motivo que los llevó allí.

Marian se puso histérica esa noche, incluso llegó a hablar de coger a los niños e irse con sus padres a Maritania. Rodny tardó toda la noche para convencerla de que eso no era necesario, que allí estaban seguros. Marian aceptó lo primero, lo de quedarse, pero no que estuviesen seguros. Rodny le dijo que los intrusos eran ladrones, pero ella no lo aceptó. Para ella eran asesinos a sueldo que buscaban asesinar a sus hijos.

—Ya te he explicado que esos eran ladrones —dijo—. Los ladrones proliferan en todas partes.

—¿En las fortalezas, Ser? —preguntó Marian enarcando una ceja.

—Sí, también en las fortalezas, y más en una tan pequeña como esta —no estaba seguro de ello, pero juraría que el sol no existía con tal de tranquilizar a Marian. No se sentía bien sabiendo que su cuñada sufría. Además, era consciente que su actual estado de ánimo podía afectar al niño que llevaba en el vientre—. Estás viendo peligro donde no lo hay, Marian. Hoy he pescado toda la tarde con Peter y no he percibido nada fuera de lugar. Un accidente y unos ladrones, eso fue todo.

—No, no lo creo, Rodny. Mis pequeños están en peligro, me lo dice mi corazón de madre. —Entonces se echó a llorar y se abalanzó sobre los hombros de Rodny. Él la abrazó a su vez y le palmeó la espalda, dubitativo y torpe, era la primera vez que Marian hacía eso—. Y tú también estás en peligro, Rodny.

—¿Eso también te lo dice tú corazón de madre? —dijo Rodny en un intento de broma.

Marian lo miró a los ojos antes de contestar. Eran unos ojos hermosos, castaños y brillantes, unos ojos como estanques sin fondo en los que uno se podía ahogar. Su rostro sin mácula era ovalado y precioso. Una pequeña nariz yacía sobre unos labios pequeños, rosados y carnosos. Su cabello le enmarcaba el rostro con bucles rojizos que le llegaban hasta la cintura. Rodny se preguntaba por qué era hasta ahora, que su hermano ya no estaba, que se daba cuenta de lo hermosa que era Marian. Se preguntó cómo reaccionaría su cuñada si la besaba en esos momentos.

—Sí, imagino que sí —respondió Lady Marian—. No quiero que les pase nada malo a mis hijos, Rodny. —Otra vez estaba llorando sobre su hombro.

De pronto Rodny sintió que el llanto de Marian llegaba hasta él, conmovido como nunca. De pronto sentía la necesidad de aplacar ese llanto, hacer lo que fuera necesario para lograrlo. Era como una necesidad que se adhería a él.

—Nada malo les pasará a mis sobrinos —dijo con voz dulce.

—¿Me lo prometes, Rodny?

—Te lo prometo, Marian —sintió que era lo que debía decir—. Pero quiero algo a cambio.

Marian desprendió la cabeza de su hombro y lo miró con gesto interrogativo.

—¿Qué es lo que quieres?

—Quiero que dejes de estar triste. Quiero que dejes de imaginar que de cualquier rincón saldrá alguien con un cuchillo en la mano —lo dijo con voz dulce, y así lo captó Marian porque no hizo ademán de discutir—. Pondremos más guardias, en las murallas y en la puerta trasera, de día y de noche. Descuida, tú y mis sobrinos estarán más seguros que nunca.

—¿Podremos costearlo? —Marian lo miraba con nuevos ojos, con ojos esperanzadores.

—¿Si lo hago así me prometes que estarás bien, que te sentirás más segura? —preguntó con ternura, mientras le rozaba la mejilla con un dedo.

—Sí.

—Entonces podremos costearlo —afirmó.

Era consciente que los ingresos de la familia eran más bien exiguos. Pero desde días atrás venía previendo algo así y había visto algunos ahorros en la caja fuerte de la familia. Con ellos podría costear media docena de guardias más, al menos hasta que naciera su sobrino y su cuñada superara el dolor y el estado en el que se había sumido desde la muerte de su hermano.

—Gracias, Rodny —musitó Marian, aún pegada a su hombro—. Gracias por comprenderme.

—Por algo somos parientes.

No estaba seguro de comprenderla, ni lo más mínimo. Pero, ¿quién comprendía a las mujeres? Además, se lo pedía de esa forma, de esa forma que tienen las mujeres de lograr que todo hombre no quiera más que complacerlas, que no podía más que aceptar sus demandas. No obstante, también lo hacía por la seguridad del niño que venía en camino. Aún faltaban algunas semanas o algunos meses para que naciera, así que haría todo lo posible para que su sobrino naciera bien, sin complicaciones de ningún tipo. Y eso implicaba ayudar en lo posible para mantener tranquila a Marian.

—Trajimos buen pescado —anunció al cabo de un rato, desprendiéndose sutilmente de los brazos de Marian—. Deberías bajar a la cocina para indicar como lo quieres. Si no Peter conseguirá que Sara lo fría todo —esbozó una sonrisa—. Y ya sabes cómo le gusta a él.

—Sí, tienes razón. —Marian le dio la espalda, enjuagándose los ojos.

Rodny sintió de pronto un deseo irrefrenable de abrazarla y besarla, consolarla. Decirle que todo estaría bien, que allí estaba él para cuidar de ella y de los niños. Decirle que a pesar de su llanto y su dolor él la veía más hermosa que nunca. Afortunadamente ese deseo sólo duró un instante. No obstante, se sintió tonto y culpable por pensar algo así. Ella era su cuñada, la esposa de su hermano, la madre de sus sobrinos, esos chiquillos que él adoraba con toda el alma.

«Sólo es mi hermosa cuñada, nada más», se dijo. Además, ese arrebato de deseo se había debido a la forma en que ella lo había tratado esos últimos minutos. «Sí, ha sido por eso —se dijo—. No volverá a suceder». «Pero es que su abrazo fue tan cálido y me hizo sentir tan bien…»

—Iré abajo para enviar a uno de los muchachos al pueblo —dijo, tenía que irse de su presencia antes de que cometiera una estupidez—. Para buscar hombres que quieran trabajar —explicó—. Os deseo buena tarde, mi Lady —hizo una leve reverencia que Marian ni siquiera vio por encontrarse aún de espaldas y la dejó sola.

Sumido en sus pensamientos se dirigió al ala destinada para los guardias y buscó a Jack. Este se encontraba recostado en el pasillo, con la espada en una mano y la piedra de amolar en otra. Con los pensamientos más en Marian que en las instrucciones, logró indicar a Jack lo que debía ir hacer al pueblo, que esperaría a todos los interesados la mañana del siguiente día. Jack metió la espada en la vaina, se la colgó al cinto y marchó para cumplir lo encomendado.

Más tarde no recordaría cómo llegó a la biblioteca familiar, en la tercera planta de la torre. Para ser una familia bastante pequeña, y cuyos únicos dominios era un pueblo y unas cuantas granjas, contaban con una impresionante colección de libros, que databan desde cientos de años atrás. No siempre habían sido señores menores, según le recordaba con constancia su hermano. Antes los Dorgan eran reyes, cuando en el continente había decenas de reinos y no sólo cuatro como en la actualidad. Dan siempre lo había instado a leer, que en la biblioteca se enteraría de la grandeza que otrora habían ostentado los Dorgan, y vería los mapas de lo que había sido su reino. Pero Rodny no era alguien muy avenido a la lectura, y no le interesaba ponerse melancólico por algo que sus antepasados habían poseído siglos atrás. No, ellos eran nobles menores y nada más, si habían sido reyes ya nadie lo recordaba y él estaba agradecido por eso.

La biblioteca era una estancia cuadrada, con altos estantes repletos de libros y pergaminos, algunos tan viejos y arrugados que había que tocarlos con una delicadeza excesiva para que no se hicieran polvo. Además de los estantes con libros, el resto del mobiliario lo constituía un escritorio de roble pulido y dos sillas del mismo material. No era mucha gente la que visitaba la biblioteca. Excepto los chicos cuando Marian, fungiendo como tutora, les impartía algunas clases. Al ser nobles menores ese era otro de los inconvenientes, a menudo no disponían del suficiente dinero para costearse cosas que otros nobles hacían sin miramientos.

Se sentó en una de las sillas, subió las piernas sobre el escritorio, cruzó las manos tras la cabeza y se dispuso a descansar un rato. Sin darse cuenta se encontró sonriendo y viendo el rostro de Marian en su mente, triste y preocupado, hermoso.

«¿Qué me está pasando?»

Se puso de pie, agitando la cabeza. Aquello no podía estar pasando de verdad. Él no podía estarse enamorando de Marian. ¡Era su cuñada! «Además es tres años mayor que yo.»

Sacudió la cabeza con brusquedad y mejor fue en busca de la caja fuerte de la familia. Ésta se encontraba en la oficina que el señor ocupaba para asuntos administrativos, en la primera planta. Allí también había libros, pero en menor número, había otro escritorio similar al de la biblioteca y tres sillas, dos de madera lisa y otro acojinado, que era donde se sentaba el señor.

Después de revisar los fondos comprobó que tenía para pagar a los guardias durante varios meses, incluso más de un año si era necesario. Disponía de cien mileniums de oro y cada uno equivalía a un mes de sueldo de un guardia. Ya sabía que disponían de ese dinero, pero se sintió reconfortado al contar una a una las monedas de dorado metal.

En la caja se guardaba el dinero y los papeles importantes.

Fue así, revisando los papeles y contando el dinero como descubrió el bultito de cuero en el fondo de la caja. Estaba hasta el fondo, y la claridad no lo alcanzaba, pero él lo vio y alargó la mano para cogerlo. Era la primera vez que lo veía. Tampoco es que hubiera revisado la caja muchas veces. Era una bolsita de cuero del tamaño de un puño. Guardaba algo duro en su interior.

Cuando extrajo el contenido de su interior se quedó boquiabierto. Era el diamante más grande y hermoso que en su vida había visto. Era de color azul traslúcido, medía unos diez centímetros de longitud y asemejaba un dragón con las alas plegadas y el cuello erguido. ¿Un dragón?, sí, no había duda, se trataba de la figura de un dragón. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Rodny. Al principio había pensado que debía valer mucho oro y que conseguiría una fortuna si lo vendía, pero desechó la idea tan pronto como se le ocurrió. Aquel no era un objeto que debiera venderse, así lo sentía. Aquel era un objeto que no debía siquiera salir de la caja fuerte. Así que lo regresó a la bolsita de cuero y lo depositó de nuevo en el fondo de la caja.

Esa noche soñó que le regalaba un hermoso diamante con forma de dragón a Marian. 

Lee el capítulo siguiente: CAPÍTULO 14

No hay comentarios:

Publicar un comentario