Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

8 de septiembre de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 12)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 11
El comienzo
Las murallas, blancas como la leche, aparecieron en el horizonte noroeste. Ser Maxwell exhaló un suspiro del más profundo y absoluto alivio, aunque apenas si tenía fuerzas para ello. Después de lo acontecido en Isla Pirata y durante la travesía, cualquier ciudad, sin importar que éstas no fueran su hogar, le parecían el paraíso, y lo que era más importante, la salvación.

—Lo logramos, Maxwell —dijo Darfor a su lado. Parecía diez años más viejo, pero la sonrisa que le iluminó el rostro representaba todo lo contrario—. Nuestra aventura sería digna de una canción.

—Cuanto estés sentado en tú trono, las canciones que hablen de ti se contarán por cientos —dijo Maxwell.

—También hablarán de ti, querido amigo —Lord Darfor le apretó un hombro con afecto—. De lo contrario no le serían fieles a la verdad.

—Muy pocas canciones son fieles a la verdad —adujo Maxwell.

Lord Darfor esbozó una pequeña sonrisa. Después fijó su vista en las murallas aún distantes de Robast. Maxwell le respondió con una sonrisa que su señor no alcanzó a ver.

El capitán Tolón, fatigado, pero con una sonrisa perenne en el rostro, permanecía tras el timón de la nave. Maxwell sabía a la perfección a qué se debía aquella sonrisa: por haber salido vivo de Isla Pirata y sus mares embravecidos y porque a partir de ese día sería un hombre muy rico. Si así lo quería, podría pasarse el resto de su vida recostado en un sillón, comiendo, bebiendo y malgastando el oro que lord Darfor le había prometido.

Lord Darfor también tenía un brillo en sus ojos que hacía años Maxwell no veía; su rey estaba feliz y lleno de esperanza. Y no sólo eso, Darfor charlaba más a menudo y las sonrisas le fluían con la misma facilidad con la que el agua fluye en los arroyos con el deshielo primaveral. Y si Darfor era feliz, Maxwell también lo era. Sonrió y juntos contemplaron las murallas agrandarse a medida que la Dar´Val seguía navegando.

Encontrar el tesoro escondido en Isla Pirata había supuesto un revulsivo en el ánimo tanto de Lord Darfor como en el suyo propio. Incluso el capitán Tolón vio todo con nuevos ojos al enterarse de la magnitud del descubrimiento. El retrato de la amplia caverna rebosante de riquezas permanecía intacto en la mente de ser Maxwell. Los montículos de dos metros de altura, brillantes a causa del oro contenido, los enormes cofres y cajones a rebozar de piedras preciosas y objetos incrustados de rubíes y esmeraldas, los cerros de plata… todo seguía en su mente como si los hubiese visto hacía un minuto. Pero de eso hacía ya un mes.

El primer obstáculo con el que tuvieran que lidiar consistió en cómo transportar la máxima cantidad de oro y joyas a la playa. Esa noche habían debatido sobre qué hacer al respecto. Después de llegar a un consenso durmieron en medio del enorme tesoro, un tesoro que superaba con creces al del rey más rico de todo Poderland. Esa noche Maxwell soñó con dos grandes ejércitos que chocaban a las puertas de Afarnaz, pero cuando se acercaba el momento decisivo, el aullido de un lobo lo despertó. Estaban muy adentro de la montaña, fuera del alcance del peligro exterior, sin embargo, no logró dormir con placidez.

Aún faltaba una hora para el amanecer cuando abandonaron la caverna. Bajaron al bosque, hicieron de sus espadas hachas y cortaron madera para construir unas rudimentarias carretillas de mano. La tarea les había llevado casi toda la mañana y fueron necesarias las espadas de ambos y, en un par de ocasiones, el báculo de lord Darfor para lograr su cometido. El resultado fue dos toscas carretillas con ruedas de madera oscura y un cajón de un metro cúbico. Halar de aquellos rudimentarios vehículos de transporte fue una tarea escabrosa y extenuante. Las ruedas tambaleaban en el abrupto terreno y las enredaderas se adherían a éstas de tal forma que les era imposible seguir girando hasta que eran liberadas de forma manual.
La primera noche, con las carretas cargadas de oro y objetos de más valor, durmieron al pie de un pequeño risco. Esa noche transcurrió de forma apacible. El viento era más pesado y en algún momento sintieron como que algo los observaba desde la oscuridad, pero al final no tuvieron problemas con nada de lo que pudiera haber en aquél bosque oscuro y antiguo.

Llegaron a la playa de guijarros la tarde siguiente. Hasta esos momentos habían temido que algo le hubiese ocurrido al gordo capitán y su nave, pero éste seguía allí. Recordó con una sonrisa el rostro estupefacto del capitán cuando los vio llegar tirando de unas renqueantes carretillas repletas de oro y joyas preciosas. Nada de plata ni cosas de menos valor.

Una vez la carga estuvo dentro de la barriga de la Dar´Val, el capitán Tolón hizo ademán de empezar a realizar los preparativos para la partida, pero Darfor lo detuvo y le indicó que partirían hasta que él así lo decidiera.

Aun realizaron cuatro viajes más, unos más difíciles que otros. Y habrían hecho muchos más, hasta que el barco no soportara otra moneda de oro, pero algo realmente inédito e inesperado ocurrió durante el último viaje. La montaña cuyas entrañas guardaba el tesoro se hizo añicos como un plato de porcelana que cae con fuerza al piso. Afortunadamente, y gracias a los dioses, ellos no estaban en el interior. No obstante, tuvieron que correr y halar de las carretillas con todas sus fuerzas para lograr escapar, ya que aún se encontraban al pie de la montaña cuando la catástrofe ocurrió. ¿Cómo había sucedido? Nadie tenía idea. Lo que sí era un hecho era que el tesoro había quedado sepultado bajo toneladas y toneladas de tierra y piedra.

Y no fue sólo eso. Hubo más. En simultáneo con el derrumbamiento de la montaña, la isla entera había vibrado y ser Maxwell temió que ésta también se resquebrajara y se hundiera en las profundidades del océano. Los árboles se mecían y se desgarraban, las raíces soltaban la tierra y los troncos se resquebrajaban. La tierra explotaba y hasta la densa neblina parecía agitarse. Ambos habían estado cerca de morir, merced a los árboles que caían a su alrededor y a la tierra que se abría y explotaba por doquier. Transcurrido un minuto, que a cualquiera le hubiese parecido una eternidad, el fenómeno remitió y ellos se encontraron en el centro de una devastación como pocas veces se ha visto. La mitad de los árboles habían caído o estaban a punto de hacerlo y la antigua ciudad pirata era un caos de escombros; ni un edificio había quedado en pie.

Regresar a la playa requirió en esa ocasión el doble de tiempo y esfuerzo. No solo por la enorme cantidad de árboles caídos y tierra reventada que entorpecían su camino, sino también porque se vieron acozados por fieras que hace mucho no se veían en regiones cercanas a lugares habitados. Todo apuntaba a que la ola de destrucción los había sacado de sus guaridas y su letargo. Se toparon con tigres dientes de sable, leones con melenas tan grandes que casi las arrastraban en el suelo, lobos que no tenían que envidiarle nada al tamaño de un caballo, cuervos de ojos rojos y picos afilados del tamaño de avestruces pequeños, incluso un trol y un ente con pelaje y rostro de lobo pero con musculatura de hombre que no podía ser más que un hombre lobo. Los habían acosado día y noche. Con las primeras fieras habían peleado con coraje, pero cuando daban muerte a alguna, más temprano que tarde aparecía otra para continuar con el acozo. No podían combatir por siempre. De modo que la única solución consistió en crear un campo de energía que mantenía a las fieras lejos de ellos. El avance fue lento y tuvieron que abandonar la carretilla de lord Darfor para que pudiera mantener lejos a las bestias. Pero las mantuvieron a distancia y lograron salvar el pellejo.

El alivio fue evidente en el rostro del capitán Tolón cuando los vio aparecer tras largos días de ausencia.

—¡Bendito sea Dayram! —exclamó.

Por lo visto también había tenido complicaciones. El barco tenía partes astilladas y otras a medio reparar. Cerca de la orilla, al menos una docena de lobos iban de un lado a otro, rondando y como sopesando la forma de alcanzar al hombre del navío. Al verlos llegar dieron la vuelta, gruñeron y se lanzaron en una salvaje carrera sobre ellos. El capitán Tolón soltó un gemido de angustia, Maxwell empuñó la espada y se puso en guardia, pero los lobos se estrellaron contra una barrera invisible y después corrieron hacia el bosque, gimoteando y con la cola entre las piernas. Maxwell pensó que algo muy malo debía sucederles al chocar contra la barrera para acobardarse de tal forma.

Llegar con vida a la playa fue una tarea titánica, pero no lo fue menos alcanzar la seguridad de las más tranquilas aguas que circundaban el continente oriental. Las tormentas eléctricas, los vientos huracanados, la neblina que convertía el día en noche, todo había sido fuente de peligro para la Dar´Val. Todo fue días aciagos y noches negras. Lord Darfor había trabajado hasta casi desfallecer. Maxwell había ayudado en lo poco que podía, siempre con el corazón en un puño, sabedor que en cualquier momento podía llegar la embestida final. Pero gracias a Quartón y Marcadav sobrevivieron (aunque se decía que los dioses occidentales no tenían poder allí), y ahora el navío se deslizaba suavemente, aunque un tanto maltrecho, a la seguridad del puerto de Robast. La Ciudad de Murallas de Leche. «Y habitantes de chocolate», agregó mentalmente.

Las murallas se hicieron más grandes a medidas que el barco se acercaba a los muelles.

Lord Darfor estaba inclinado sobre la borda del barco, con la vista fija en el horizonte, mirando como la Muralla de Leche se hacía más grande palmo a palmo. Ser Maxwell hubiese dado lo que fuera por saber qué pensaba su rey en esos momentos. Desde que partieron de Isla Pirata habían conversado poco, y lo poco que conversaban casi siempre giraba en torno al navío, a las tenebrosas tormentas y a las mil dificultades que se vieron obligados a afrontar y a otras cosas menos importantes.

Aún no había compartido con él dónde y cómo conseguirían una flota y un ejército para regresar a Arrdras y recuperar lo que por derecho de nacimieto le pertenecía. Mercenarios desde luego, aunque llevaría tiempo. Aunque si pudieran granjearse el apoyo de una nación oriental sus pretensiones tendrían más peso y las probabilidades de conquistar el trono serían más elevadas. Ser Maxwell se sabía paciente por lo que no había sacado el tema a colación. Estaba seguro que en la seguridad del puerto o junto al calor de una chimenea en algún hostal, Darfor explicaría lo que tenía en mente. Porque tenía algo en mente, de eso estaba seguro.

También era consciente de que disponían de una enorme fortuna como para contratar un poderoso ejército. No habían logrado llenar el barco con el tesoro que hubiesen añorado, pero con lo conseguido era más que suficiente. Las bodegas del barco estaban cargadas con un tesoro que equivalía a muchos millones de mileniums y aftoris. Y eso era mucho dinero. De modo que por allí no sufrirían carencias.

Hombres de piel negra, ataviados con uniformes color crema, los recibieron en el puerto y los ayudaron a atar las amarras al muelle. En seguida se presentó un funcionario con una tablilla en la que sujetaba un montón de hojas para cobrar el impuesto de anclaje. El capitán Tolón se encargó de él.

Ser Maxwell ya había estado en una ocasión en Robast, hacía dos años. La ciudad era hermosa y gigantesca, igual o más grande que Puerto Esthír y sólo un poco más pequeña que Afarnaz, la urbe más grande de Arrdras. También era una de las ciudades más calurosas de todo el mundo, por lo que no era raro ver a niños y adultos metiéndose en algunas de las mil fuentes públicas esparcidas por toda la ciudad. Era custodiada por tres murallas, todas blancas como la leche, de diez metros la primera y de quince la tercera, con torres ovaladas a doscientos metros de distancia una de la otra.

La primera muralla se adentraba varios centenares de metros en el mar y servía de rompeolas a los extremos del puerto, y de allí se extendía a este y oeste curvándose como una serpiente. La segunda muralla se encontraba a un killómetro de la primera, y entre ambas se ubicaban los barrios más pobres de la ciudad. Entre la segunda y tercera muralla se encontraban las personas de clase de media. Mientras que la tercera guardaba celosamente el casco principal, donde vivían los nobles, mercaderes acaudalados y, por supuesto, donde se encontraba el palacio de la realeza del país. La ciudad era completamente llana, sin colinas ni ondulaciones, y sus habitantes eran en su mayoría morenos y negros, lo cual contrastaba con la blancura de las murallas y el color de los edificios que en su mayoría eran blancos y de colores pálidos. Con todo era una ciudad pacífica y en los últimos siglos las veces que entró en guerra fue sólo para defenderse.

El capitán Tolón terminó de atender al funcionario del puerto y lo despidió con una gran sonrisa.

—Capitán —la voz de lord Darfor era firme—, necesitaré un último favor de vuestra parte.

—Ordenad que yo obedezco, mi señor —dijo con voz zalamera. Lógicamente no quería dar ni un motivo a lord Darfor para que éste se pensara mejor la enorme cantidad de oro que le había prometido. Maxwell sabía que no era necesario, Darfor había dado su palabra y jamás se retractaría.
  
—Necesito que vayáis a la ciudad a comprar los baúles necesarios para embalar todo mi oro —el capitán Tolón pareció sorprendido—. Os lo pido a vos porque conocéis la ciudad mejor que nosotros, sabrás a donde ir, a diferencia de Ser Maxwell o yo.

—Entiendo, mi Lord —el capitán Tolón asintió, aunque no parecía muy convencido—. Ha dicho mi señor ¿todo el oro?

Lord Darfor soltó una carcajada. Maxwell sonrió. El capitán se sonrojó.

—Todo mi oro —repitió—. No el vuestro.

El semblante del rechoncho capitán se relajó. Tomó el dinero que Lord Darfor le tendió para los cofres y porteadores y se dirigió a las puertas de la ciudad. Mientra se alejaba no dejó de echar miradas sobre su hombro, como si temiera que ellos se llevaran el barco en su ausencia.

—Bueno —dijo lord Darfor, exhalando un suspiro cuando el capitán Tolón se perdió entre los almacenes del puerto—. Maxwell, iza las velas, que nos vamos.

—¿Qué? Pero, mi Lord…

La carcajada de lord Darfor fue estruendosa. Ser Maxwell se encontró sonriendo, pero aún no entendía por qué.

—¡Son bromas, amigo! —dijo, con los ojos llorosos—. Es lo que ha pensado nuestro querido capitán ¿verdad?

—Es lo que teme —estuvo de acuerdo Ser Maxwell, algo más relajado.

Ambos se quedaron de pie junto a la borda, observando la blanca muralla, el enorme puerto y la gran cantidad de viandantes que iban y venían de un lado para otro.

—Creo que nos quedaremos unos días aquí —dijo lord Darfor al cabo de un rato.

—Sí —convino Maxwell—. Para adquirir naves y todos los mercenarios que podamos encontrar.

Lord Darfor sonrió con calidez, y le palmeó la espalda con camaradería.

—Sí, también nos quedaremos para eso —puntualizó—. Pero primero unos días de descanso —su sonrisa se ensanchó—, banquetes, fiestas, mujeres…

—Pero, mi señor…

—Nos lo merecemos, amigo —dijo Darfor—. Hemos estado cerca de morir por lo menos un centenar de veces. Necesitamos un buen descanso.

—Pero creí que lo primero era volver a Afiran cobijados por un poderoso ejército.

—Y así será, mi querido Maxwell. Hemos estado lejos de casa durante cinco años ¿qué más da que nos retrasemos unos días más?

—Si mi señor así lo desea, así será —acató él.

—Tú señor así lo desea.

Había creído ciegamente que lord Darfor iniciaría la contratación de hombres tan pronto pusieran un pie en tierra. De manera que se sintió extraño, traicionado en cierto modo, al saber que no sería así. Aunque considerándolo con calma, tal vez la decisión de lord Darfor de descansar un poco no era una mala idea. La tensión y el cansancio acumulado durante las últimas semanas les había hecho perder muchos kilos y los había dejado exhaustos. Bien pensando, era una buena idea. Necesitaban y merecían un descanso como los dioses mandan. Como dijo lord Darfor, unos días de retraso no suponían ninguna diferencia.

—Y recuerda que —dijo lord Darfor—, aunque el viaje a Isla Pirata fue el principio, éste es el verdadero comienzo.

—El comienzo —repitió Maxwell. «¿Pero, cuál será el final?»— Sí Majestad, que este sea el comienzo.

Darfor le rodeó los hombros con un brazo y le dio un apretón cariñoso.

—¿Majestad? —Darfor saboreó la palabra— Me gusta. Creo que ya es hora de que sea Rey.  

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