Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

2 de septiembre de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 11)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 10
Luastra
El vigía avistó la ciudad a primeras horas del séptimo día de navegación. Ser Madiel, lord Alex, Rubenio y ser Allen se precipitaron a cubierta para ver la portentosa ciudad. Al principio no vieron más que una línea azul en el horizonte, más clara y definida que la línea del mar Celeste, pero a medida que la Niña del Mar seguía su curso, la ciudad empezó a perfilarse con más nitidez.

Lo que vieron deslumbró a los tres líderes de Tres Minas y a ser Allen. Lo primero que avistaron fue la muralla y las cúpulas azules y techos rojos de los edificios y templos más grandes. Mientras la Niña del Mar se acercaba al puerto, la magnificencia de la ciudad se fue patentando aún más. El puerto era inmenso. Medía varias millas de largo y había centenares de naves en las dársenas, ya fuera cargando, descargando o simplemente ancladas. Madiel vio gigantescas cocas panzudas, pequeñas carabelas, galeras, dromones y galeones. Por las velas y las flámulas se podía distinguir la procedencia: Brenfer, Afiran, Versilia, Domari, Nareljá, Domra, Robast, e incluso vieron una de la lejana Marzandy.

Ser Madiel se sorprendió a sí mismo cerrando y abriendo la boca como todo un bobo.

—¡Esto es maravilloso! —exclamó Allen.

—¡Vaya que sí lo es! —estuvo de acuerdo Rubenio.

Madiel no pudo más que asentir.

El único que no parecía muy sorprendido era Lord Alex, que a sus cincuenta y tantos años se jactaba de haber recorrido medio mundo. Comentó que Luastra era una ciudad grande y maravillosa, pero que había otras que la sobrepasaban con creces. Ser Madiel, que no había conocido más ciudad que Dargan, y ahora Luastra, no lograba imaginar algo más grande y maravilloso.

Si se impresionaron con el enorme puerto, lo hicieron aun más cuando se encontraron a las puertas de la ciudad. Luastra contaba con la protección de dos enormes murallas de granito azul pálido. La primera medía dieciséis varas de altura por cuatro de grosor. Más impresionante era la segunda, que alcanzaba las veinte varas de alto y su grosor alcanzaba casi las siete, casi tan ancha como una calle. Al pie de la primera muralla había un enorme foso, de quince varas de ancho y otras quince de profundidad. El fondo estaba lleno de picas afiladas de una vara de longitud. Madiel nunca había imaginado que pudiera existir una ciudad rodeada por un foso. Sabía que en Arrdras muchos castillos tenían fosos, pero ¿una ciudad? ¿Cuánta tierra se había extraído?

No obstante, tomó nota de ello. «Fosos con picas y murallas dobles». Seguro que afirenses y brenferinos la pasarían muy mal para tomar Ciudad Dargan si ésta contaba con sendas defensas.

Los portones de la muralla, de hierro fuerte, con apenas filigranas de oro, eran también barreras imponentes para cualquier asaltante. El puente al que si dirigieron para acceder a la ciudad era protegido por dos barbacanas en cada extremo.

Era cerca de mediodía cuando entraron en la ciudad. Lo acompañaban lord Alex, ser Allen y una escolta de doce hombres. Rubenio y el resto de la tripulación se quedaron en las naves, al cuidado de las mismas y de la fortuna que guardaba la Niña del Mar en sus bódegas.

Entre ambas murallas había una distancia de media milla. En este espacio se asentaba la parte más nueva de la ciudad. Y también la más bulliciosa. Una vez traspuesta la segunda muralla, Ser Madiel se obligó a no abrir la boca de asombro. Era sin duda el lugar más maravilloso que en su vida había visto. Interiormente se encontró imaginando el rostro que pondría su esposa Jessica ante semejante alarde de riqueza y poder. Por primera vez se planteó la posibilidad de haberse equivocado al no traerla, después de todo, la misión sólo era de búsqueda y contratación de mercenarios.

Las calles eran adoquinadas, de un color azul claro mate, más pálido que el granito de las murallas. Con razón era llamada la ciudad Zafiro o la ciudad Azul. Por doquier sobresalían edificios de seis plantas e inclusive más altos, la mayoría de mármol con distintas tonalidades de azul y rojo, los colores de la ciudad; aunque también los había en tonos blancos, amarillos y verdes. Los edificios grandes y pequeños se agolpaban unos junto a los otros, cediendo espacios aquí y allá únicamente para las calles. Cientos, no, miles de personas de todas las culturas caminaban en todas direcciones: vendedores ambulantes, músicos, artistas callejeros, limosneros, tenderos, posaderos, guardias, mercaderes, carros, carretas, palanquines, caballos, ponis, ¡en Luastra sí que había de todo!

—Lo primero es hospedarnos en algún hostal —dijo lord Alex—. Y rellenarnos la barriga con vino y comida.

—Estoy de acuerdo —convino Madiel.


Hasta ese momento no había reparado en el hambre que tenía. Ésta se incrementó cuando deliciosos olores empezaron a llegar a su nariz, olores conocidos y otros no tanto. Era un hecho que en Luastra habría platos exóticos cuya existencia ser Madiel ni siquiera imaginaba. Estuvo a punto de parar a un vendedor que ofrecía trozos de carne en espetones, pero lord Alex no parecía dispuesto a detenerse, de modo que lo dejó para otra ocasión.  

Tomaron la calzada que conectaba a la puerta por la que habían entrado y caminaron hacia el centro de la ciudad, sin separarse y atentos a lo que los rodeaba y a quienes los rodeaban. Los cortadores de bolsas existían en cualquier ciudad del mundo, eso era un hecho consabido.

Sólo había una cosa que le molestaba de la ciudad, la cual no podía ser otra que el idioma. En Luastra se hablaba mayoritariamente el idioma oriental, una lengua dulce y cantarina al oído pero indescifrable para la mente. Lord Alex era el único que manejaba el idioma con soltura. Madiel tendría que acudir a un traductor para llevar a cabo la tarea que le correspondía. De momento se veía rodeado por una chachara indescifrable. Incluso le parecía distinguir personas que les hablaban a ellos, pero no podía asegurarlo.

Fue hasta que se encontraron en el centro de la ciudad que lord Alex se detuvo frente a un edificio de cinco plantas, de columnas talladas con maestría y pintadas de rojo. El resto era blanco como la leche, excepto el techo, que también era rojo. En la entrada había un hermoso jardín con flores de vívidos colores y una fuente con forma de sirena, que lanzaba chorros de agua por la boca y las tetas.

Lord Alex, el único que hablaba oriental, encabezó la comitiva hacia el interior del inmueble. El salón recibidor era una amplia estancia adornada con estatuas de sirenas. Más tarde Lord Alex le comentaría que la posada se llamaba La Sirena Blanca, lo que explicaba el por qué tanta sirena. El piso tenía alfombras azules y el tapizado de las paredes era con motivos florales. A ser Madiel no le costó imaginar que era un lugar muy caro.

El hombre detrás del mostrador era un tipo bajito, calvo y rechoncho. Les habló en esa lengua extraña que nadie, excepto lord Alex, entendía. Un momento después, al percibir que ellos no le entendían, hablóde nuevo:

—Sois occidentales —dijo, esta vez en la lengua occidental, con el acento entre agudo y cantarín de su propio idioma. No era una pregunta sino una afirmación—. Que tonto he sido. Os ruego me disculpéis nobles señores. Imagino que deseáis hospedaros.

Alquilaron ocho habitaciones, todas en la tercera planta. Ser Madiel sintió deseos de pedir la suya en la última planta y con balcón, para poder apreciar la ciudad desde la altura, pero se dio cuenta justo a tiempo que era un deseo infantil, así que lo reprimió. Pagaron dos mileniums de oro por cabeza por una semana de hospedaje. Una familia podría vivir varios meses con ello. Unos jóvenes, casi niños, que llevaban el cabello rapado de los lados, dejando únicamente una mata corta en el centro, los guiaron a sus habitaciones.

La habitación de ser Madiel estaba pulcra, era grande y tenía una chimenea de ladrillos, junto a la cual había una pila de leña, carbón, yesca y pedernal. El mobiliario lo constituían dos camas blandas con sábanas blancas, una mesa grande y una pequeña, un ropero de cedro con filigranas de bronce, cuatro sillas de alto respaldo con cojines y algunas lámparas de cristal.

Ser Allen se lanzó como un chiquillo a una de las camas.

—Esta es la mía —anunció.

De modo que Ser Madiel se sentó en la otra. Aún estaba sorprendido. La ciudad era magnífica, y aquel hostal no lo era menos. «De modo que así es una gran ciudad —pensó—. Y así es un hotel de una gran ciudad». De reojo vio la pequeña habitación contigua, donde por la puerta abierta se podía ver el retrete y la enorme bañera de cobre. Se permitió un instante de relajación. Se tendió en la cama, con las manos atrás de la cabeza, y cerró los ojos.

Otto, uno de los hombres que los acompañaron a la ciudad, llamó a la puerta para decirles que bajaran a comer. Madiel dio por concluido su momento de relajación, se desemperezó, y lo siguió escaleras abajo. En la primera planta entraron por una puerta lateral y se encontraron en un amplio salón con enormes mesas de roble barnizadas, cubiertas con manteles y rodeadas por sillas de talles ovalados. Al fondo del salón se hallaba una barra en la que se podían ver varios barriles de vino y cerveza y otros licores más finos. La sala se encontraba prácticamente vacía. No era de extrañar. La hora del almuerzo había pasado hacía mucho rato.

Los recibieron jovencitas de cabello trenzado y de mejillas coloradas a causa de polvos artificiales, quienes los guiaron a las mesas para a continuación llenárselas con bandejas y escudillas repletas de comida. Para sorpresa de Madiel, las jovencitas también hablaban occidental, aunque con el acento de su lengua natal más marcado que en el hombrecillo calvo del recibidor. Madiel pensó que La Sirena Blanca era un lugar al que llegaba mucha gente de Arrdras, por ello, consideró, el o los propietarios se afanaban en prestar un servicio de calidad, contratando personal capaz de atender de forma adecuada tanto a orientales como occidentales.

Lo que las muchachas les llevaron en grandes bandejas de plata logró que todos salivaran a un tiempo. Ganso horneado relleno de verduras cortadas en trozos pequeños era el plato principal. Pero había más. También les llevaron pulpo en una salsa roja y verde, aleta de tiburón, pescado frito y asado, centollos, arroz con atún, nabos, patatas doradas, cebollas azadas, grandes y jugosas, pastelillos de manzana rellenos con miel, dulces que se deshacían al contacto del paladar y por supuesto, varias jarras de vino local. Los comensales se pusieron a la misión con grandes sonrisas.

Cuando el banquete terminó ser Madiel pensó que iba a reventar. Sentía como si hubiese comido lo de tres días. Pero no era el único. Ser Allen también exhalaba y miraba con repudio los restos de comida que aún había a la mesa. Lord Alex bebía sin ganas de una copa de vino y parecía que se desplomaría, no a causa del vino, sino de la enorme cantidad de alimentos que había ingerido. El resto de hombres no se encontraban mejor. Todos habían comido hasta casi reventar.

Durante la comida debieron parecer unos salvajes hambrientos o saber qué, porque las chicas de mejillas coloradas sonreían tontamente entre ellas cuando fueron a recoger los platos.

Madiel se levantó cansinamente y ordenó a ser Allen que avisara a la servidumbre que subieran agua caliente a su habitación. Un buen baño serviría para despejarle la mente y pensar en la mejor forma de emprender su misión. Habían mandado cartas meses antes, pero parecían haberse extraviado en el camino.

Después de darse un relajante baño, bajó a los muelles con Allen y media docena de su escolta para llevarse un cofre de oro. Los diez mil mileniums que contenía cada cofre supondrían una buena cantidad para emprender la búsqueda de mercenarios.

Junto a los barcos se encontró con una sorpresa. La tripulación, unos doscientos hombres, tenía su propia fiesta. Algunos músicos salidos saber de dónde rasgaban cuerdas y golpeaban tambores formando una retumbante cacofonía, y gran parte de la tripulación bailaba cada cual a su manera. El resto jugaba a los dados y a las cartas. Otros se abatían con espadas y remos, sintiéndose en su borrachera caballeros de leyenda. Sólo que los caballeros no sostenían jarras de cerveza cuando se batían en duelo ni lo hacían por defender el honor de una puta. Casi todos tenían jarras de cerveza en las manos y se movían impunemente en los muelles y los barcos. También había mujeres. «Prostitutas», dedujo Madiel, por la forma en que se besuqueaban con los hombres y la poca resistencia que oponían a las manos de estos cuando se las deslizaban entre las ropas y entre las piernas.

«¿Es qué no tienen vergüenza? —se preguntó indignado— ¿Ni sentido de la responsabilidad?» Es más, ¿cómo es que las autoridades locales les permiten todo este desorden?

—¿Qué significa esto? —preguntó a voz en grito para hacerse oír.

Pero no fue suficiente y muy pocos alzaron la cabeza. Los que lo vieron dejaron de hacer lo que estaban haciendo y se pusieron de pie, firmes, o al menos lo intentaron. El resto siguió con la fiesta.

—Silencio —gritó ser Allen.

No gritó más fuerte que él, pero la tripulación, alertados por la actitud que habían adoptado los que sí lo escucharon, se volvieron para mirarlo. La música cesó y por un momento hubo un silencio sepulcral. Varias de las personas que caminaban por el lugar también se detuvieron para observar, sumergidas en el mismo silencio.

—¿Qué significa esto? —volvió a preguntar.

—Señor, nosotros sólo…

—¿Es así como cumplís vuestras obligaciones? —inquirió—. ¿Emborrachándoos, bailando y trayendo extraños a los barcos?

—Solo queríamos quitarnos un poco la fatiga del viaje —dijo alguien, ser Madiel no supo quién.

—Les recuerdo, señores, que esto no es un viaje de placer —puntualizó—. Pagad a los músicos y a vuestras mujeres y despedid a todo aquel que no sea parte de la tripulación. Olvidaré este incidente, pero si vuelve a repetirse lo vais a lamentar.

Los hombres hicieron lo que les ordenó. Unos con mala cara y de mala gana, pero lo hicieron. Algunos pagaron a las mujeres que tenían consigo, mientras que otros tantos las despidieron sin más, alegando que solo habían tocado la mercancía y que por lo tanto no pagaban.

Cuando preguntó por Rubenio, quien supuestamente estaba a cargo, le respondieron que se encontraba en su camarote con una prostituta. Ser Madiel sintió cómo le hervía la sangre, pero no dijo nada. Rubenio, un mercader acaudalado de Darmón, era muy dado a aquel tipo de placeres. Además, era uno de los doce líderes. No discutiría con uno de los líderes a menos que fuera realmente necesario.

Cuando tuvo todo en orden, y Rubenio hubo prometido que no se volvería a producir nada que se pareciese a lo de esa tarde, Madiel tomó uno de los cofres y regresó a La Sirena Blanca.

Esa noche ya no hizo más. Se encontraba de mal humor. Simplemente se acostó a dormir.

Al siguiente día se reunió muy temprano, antes del desayuno incluso, con lord Alex, con el motivo de confirmar la forma en qué emprenderían la búsqueda de mercenarios. El método era muy sencillo: se dividirían en parejas y vagarían por la ciudad, acompañados de un traductor. Tarde o temprano tendrían que dar con mercenarios o con noticias de dónde podían encontrarlos. Además, esparcirían el rumor de que un gran lord de Arrdras, hospedado en La Sirena Blanca, estaba contratando mercenarios y con buena paga. El Lord, naturalmente, era Lord Alex, aunque desde luego no se trataba de ningún gran lord. Ésta última había sido una idea bastante cuestionada, ya que contraía muchos riesgos. Por otro lado, era un método que garantizaba que las noticias llegarían a todos los oídos.

Como era de esperarse, ser Madiel y ser Allen formaron pareja. Después del desayuno, con una fortuna de cien mileniums de oro dividida entre ambos, salieron para recorrer la ciudad. Antes, acompañados por ocho de sus hombres, fueron a por la contratación de intérpretes a tiempo completo. Los otros cuatro se quedaron junto a Lord Alex en la posada, esperando mercenarios alertados por los rumores tanto como para proteger el cofre lleno de oro.

Los primeros tres días los resultados obtenidos fueron francamente malos. Ninguna de las parejas había logrado mayor cosa. Visitaron bares, hostales, mercados, plazas, tiendas, parques e incluso llegaron a las puertas del majestuoso palacio de la realeza de Luastra. Sin embargo, los resultados eran los mismos. Los mercenarios que encontraban no les creían y otros estaban borrachos, y a los que sí les interesaba la oferta ya tenían contratos con mercaderes, magísteres o con cualquiera que pudiera pagar sus servicios. Tampoco habían sido tres días en vano, entre las cinco parejas habían logrado contratar un centenar, pero cien mercenarios no supondrían diferencia contra miles de afirenses y brenferinos.

Por su parte lord Alex parecía estar de vacaciones en La Sirena Blanca. Nadie había visitado la posada preguntando por el lord de occidente que se hospedaba en ella. Por fortuna para Madiel, fue Lord Alex quien se encargó de la tediosa tarea de tratar con los mercenarios y buscarles un lugar donde quedarse hasta que partieran de Luastra. Eso de recorrer la inmensa ciudad, sin rumbo fijo, y cada vez más desalentado, era suficiente para él.

Los días que siguieron fueron un poco mejores. Ser Madiel y ser Allen, después de muchas preguntas y respuestas a distintas personas de la urbe, lograron dar con una pequeña compañía llamada la Garra Negra, la cual disponía de quinientos guerreros y que recién había terminado contrato con una caravana de mercaderes. El líder, un tal Marcio Burak, un hombre robusto, casi gordo, de pelambrera negra en la cara y ojos de búho, resultó tener una tarifa bastante elevada. Después de una larga negociación llegaron a un acuerdo y la compañía montó su campamento junto a los otros mercenarios ya contratados que acampaban al sur de la ciudad.

Al octavo día contaban con un pequeño ejército de dos mil hombres. Era un buen comienzo, pero aún faltaba mucho. Dos mil hombres eran mejor que cien, y mucho mejor que nada, pero tendrían que conseguir por lo menos diez veces esa cantidad para soñar con derrotar a los ejércitos enemigos. Ser Madiel se preguntaba todas las noches dónde se encontraban las grandes compañías que protagonizaban grandes hazañas en los cuentos.

El noveno día cambió un poco la rutina. Convencidos de que en Luastra no conseguirían más mercenarios, decidieron avanzar. Lord Alex, un buen negociante, había salido escoltado por cuatro hombres a contratar naves para transportar a los dos mil mercenarios con que contaban. Mientras, Ser Madiel y ser Allen se quedaron en la posada por si aún había algún mercenario que se quisiera apuntar.

El hombre que preguntó por el lord de occidente, ya entrada la tarde, era alto, rubio, con una incipiente calvicie, vestía cota de malla y llevaba una larga espada en la cintura. Sobre el jubón llevaba bordado en hilo color oro un león.

«¡Genial! Un mercenario con ínfulas de caballero», pensó Ser Madiel con amargura.

—He venido a entrevistarme con lord Alex —anunció en la lengua occidental. También tenía acento occidental.

—Podéis acompañarme a mis aposentos —dijo ser Madiel.

Lo guio hasta su cuarto.

—Tomad asiento —dijo señalando una de las sillas mientras él se sentaba en otra. Quedaron separados por una mesa.

—Gracias.

—Lamento deciros que yo no soy Lord Alex —notificó—. Pero podéis tratar conmigo como si fuera él.

—¿Eres acaso otro Lord?

—No, no lo soy. Soy un simple caballero.

—Entonces no tengo nada que tratar con vos —hizo ademán de levantarse, pero ser Madiel lo detuvo con un gesto.

—Lord Alex no se encuentra. Pero yo estoy a cargo ahora —dijo, algo más brusco de lo que había pretendido—. Mi voz vale tanto como la de él —agregó.

Su interlocutor lo observó con desconfianza durante un largo segundo.

—Me han informado que estáis contratando mercenarios —dijo por. Ser Madiel asintió—. Nosotros estamos interesados, pero no vendemos nuestros pellejos de forma barata.

«¿Nosotros?»

—¿Quién eres y cuántos te acompañan? —demandó Madiel.

—Soy Ser Darius Packok, amigo y mano derecha de Ser Derek Sander, oficial al mando de la Compañía denominada el León Dorado.

—¿Ser? —se sorprendió preguntando—. ¿Sois acaso occidentales?

—Yo no. Ser Derek sí lo es. Él fue quien me nombró caballero.

—Entiendo. ¿Cuántos hombres componen la compañía?

—Somos cinco mil. Éramos más, pero la recién terminada guerra en Buamba nos ha menguado bastante.

«¿Cinco mil?», eso era excelente.

—¿Estáis cerca de la ciudad?

—Acampamos sesenta leguas al este —informó—. Os aseguro que no somos baratos. Nuestro precio son varios miles de aftoris.

—Pagaremos en mileniums —observó ser Madiel.

Los aftoris eran la moneda de oro más conocida de Osttand, y su valor equivalía a dos terceras partes de un milenium occidental.  

—Eso significa que sí estáis interesado en nuestros servicios.

—Correcto.

—Os escoltaré mañana a nuestro campamento, para que negociéis con Ser Derek —anunció poniéndose de pie, pero se sentía como si fuera una orden.

—Como vos digáis —estuvo de acuerdo Madiel.

—Os aconsejo que llevéis algo de oro —dijo deteniéndose en la puerta—. Para negociar con Ser Derek no basta sólo con palabras, querrá una parte del oro antes que nada.

—Lo tendré en cuenta.

Apenas hubo salido el caballero de la habitación, buscó a ser Allen para contarle lo ocurrido. Cuando le preguntó si había oído hablar de una compañía de mercenarios de nombre el León Dorado, su amigo se encogió de hombros. Aún así, con las dudas asaltándole la mente, mandó a ser Allen a las naves a traer doce hombres y un nuevo cofre de oro. Después, antes de que cayera la noche, lo mandó a comprar trece caballos. Tarea que según le contaría después, no había sido nada fácil.
—Se podría comprar una mansión con lo gastado en esos caballos —se quejó cuando regresó con las monturas.

—¿En serio? —preguntó ser Madiel, sonriente.

—Bueno, una mansión pequeña.

Lord Alex se mostró encantado cuando le mencionó la visita del caballero.

—La León Dorado es una respetadísima compañía —alabó—. Si es cierto que están interesados en trabajar para nosotros es una oportunidad que no podemos dejar escapar.

Cuando le informó que partiría mañana con doce hombres y diez mil mileniums de oro para negociar con la compañía, Lord Alex le deseó suerte.

Lord Alex también tenía noticias. Informó que, además de haber contratado quince naves a un buen precio, había obtenido información de una compañía de gran renombre acampando cerca de Baralhá.

—Eso está a más de doscientas leguas de Luastra —comentó Madiel.

—Para cuando vos regreséis de negociar con la León Dorado es posible que ya no estén allí —hizo ver Lord Alex—. He tomado la decisión de ir a Baralhá mientras vos contratáis la León Dorado.

Discutieron largo rato sobre qué era lo más sensato hacer. Al final, ser Madiel terminó cediendo a las razones expuestas por lord Alex. Así que partiría el siguiente día rumbo a Baralhá, en la Niña del Mar, dos naves más y la mitad del oro. Rubenio y ser Allen se quedarían en Luastra, a cargo del oro, las naves y los dos mil mercenarios acampados al sur de la ciudad.

Ser Madiel no estaba convencido del todo, pero parecía que Marcadav, el Dios Supremo, por fin les sonreía.   

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