Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

21 de agosto de 2017

El Mago Desterrado (capítulo 9)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 8

Escaparon gracias a Quartón. El Dios de los mares y los vientos se mostró propicio con ellos, especialmente la primera noche. Las velas se hincharon con el viento durante casi toda la jornada nocturna y, en los lapsos que menguaba, casi la totalidad de la tripulación tomaba los remos y bogaba con ahínco, a sabiendas de que sus vidas dependían de ello.

La noche había sido oscura, casi negra, a causa de los nubarrones obscuros que permanecían perennes en el cielo. Ni la luna ni las estrellas aparecieron esa noche y todo presagiaba que de un momento a otro se desataría una tormenta sobre ellos, pero gracias a Quartón eso no ocurrió.

Para que las naves no chocaran entre ellas, ni se perdieran, el Almirante Marcial había ordenado que se dispusieran cuatro lámparas en las naves, una en cada extremo y otra en los costados. Aquella acción delataría la posición de su flota a los hombres grises, pero según había escuchado las historias, estos seres maquiavélicos miraban de igual forma tanto de día como de noche. De modo que las lámparas no representaban ningún peligro extra.

Al menos quince naves de velas negras los persiguieron esa noche, pero gracias a los dioses no estuvieron ni siquiera cerca de darles alcance; a pesar de que la Lord Darcis XXI era la más lenta de la flota y las demás seguían el ritmo de ésta. Los perfiles negros recortados contra el horizonte mientras caía la noche fue una estampa sobrecogedora. Afortunadamente fue lo más cerca que estuvieron de los barcos myarenses.

Cuando por fin amaneció, después de la que pareció ser la noche más larga de sus vidas, tras ellos no había rastro de los myarams. El vigía, apostado durante toda la noche en la cofa, como si hubiese sido capaz de ver más allá de sus propias narices, gritó a voz en grito que no había señales de los hombres grises hasta donde alcanzaba la vista. La tripulación respondió con gritos y vítores.

Lograron regresar a la Base Naval Macario Darcis en tan solo tres días. Con todo que apenas si durmieron durante el viaje de vuelta. Aunque el avance en la noche era lento, por los riesgos que ello siempre conllevaba, la mitad de la tripulación se mantenía despierta, a causa de un temor supersticioso que los hacía creer que los semihombres aún los perseguían. Marcial era de la opinión de que estos habían renunciado a la persecución desde la primera noche, pero un poco de miedo volvía más deseosos de remar a los marinos y los ayudaba a mantenerse alerta.

Al segundo día, el hedor de los cuerpos de sus hombres muertos durante la captura de la Vela Negra empezó a filtrarse desde la bodega. Y al tercer día era casi insoportable. Más aún en el interior de la nave insignia. Los hombres comían en la cubierta, pero aún así hubo algunos que echaron las tripas en cuanto los alimentos llegaban a sus estómagos. Algunos se atrevieron a sugerir que tiraran los cuerpos al mar, pero Marcial se mostró tajante en esa cuestión. No estaban tan lejos de casa, podían resistir el hedor un poco más.

La Base apareció en el horizonte al tercer día, cuando faltaban solo dos horas para el anochecer. Todos, incluido el propio Marcial, mostraron su alivio al divisar su tierra, su hogar. Un buen grupo de marinos se acercó a los muelles para recibirlos. Algunos los esperaban con sonrisas y los saludaban con las manos alzadas, no obstante, esto cejó cuando el hedor de los cuerpos en descomposición empezó a impregnar buena parte del puerto; era el olor de la muerte.

Las preguntas y respuestas empezaron poco después de que atracase la primera nave. Capitanes de los navíos mercantes, los propios mercaderes, remeros, pescadores, viajeros y habitantes de Pueblo Puerto empezaron a acercarse llamados por la curriosidad a los muelles en los que la flota estaba anclando. Los que estaban más cerca de la Lord Darcis XXI se tapaban las narices con sus capas o pañuelos para soportar el hedor putrefacto que salía del enorme navío. Es increíble lo mucho que pueden llegar a heder los humanos después de tres días de muertos. Los gritos ahogados, las exclamaciones y susurros excitados y nerviosos empezaron a acrecentarse en el puerto a medida que el rumor de marineros muertos a manos de hombres grises se esparcía. No pasarían muchas semanas para que medio mundo supiera de aquel acontecimiento.

Antes de desembarcar para dirigirse al Cuartel, Marcial ordenó que se averiguara quiénes de los tripulantes muertos tenían familia en Pueblo Puerto para entregar sus cuerpos a éstas. Los demás serían incinerados esa misma noche a orillas del mar.

Los gritos y exclamaciones se acrecentaron todavía más cuando cuatro hombres aparecieron en la cubierta de la Lord Darcis XXI escoltando un hombre gris. Marcial sintió ganas de gritar que todo aquel que no fuera parte de la marina se fuera a casa, que allí no había nada que ver, pero en su lugar ordenó que llevaran al semihombre a una celda y mandó un puñado de hombres a investigar al pueblo y a los barcos mercantes si había alguien que hablase la extraña  y rasposa lengua de los myarams.

Con el crepúsculo llegaron los primeros familiares de los fallecidos, tristes y con los ojos llorosos, algunos con los hombros hundidos, y unos pocos con el rostro alzado, orgullosos de la muerte en batalla de sus parientes. Marcial ordenó que les pagaran el sueldo correspondiente hasta ese día a los familiares de los muertos, así como la cantidad estipulada como indemnización. Parco consuelo ante la pérdida de un ser querido. Nadie rechazó el oro, pero ninguno lo tomó con alegría.

Cinco fueron los marinos fallecidos que tenían parientes en Pueblo Puerto. Las familias del resto vivían en las aldeas de la isla y dos en Ciudad Darcis. Ordenó que se preparase la pira junto al puerto, cerca de la playa. También ordenó que se enviase el dinero que les correspondía a los familiares de los que iban a ser incinerados y de aquellos que sin duda alguna habían perecido junto a la Vela Roja, excepto a una: a la madre de Darío se encargaría de llevarle la noticia él mismo.

Tomaba una insípida cena cuando uno de sus hombres llamó para anunciarle que habían encontrado a una persona que podía hablar la lengua de los hombres grises. Marcial se sorprendió sobremanera, había mandado a buscar un interpréte, pero francamente no esperaba que encontraran uno, al menos no tan pronto. Con todo, hizo a un lado la comida y recibió al intérprete. Era un hombre entrado en años y de aspecto sombrío, lo cual contrastaba con la calidad de su voz.

—Buenas noches, mi señor —saludó el hombre haciendo una reverencia—. Soy Ramel T’Zá. Me han dicho que solicitáis mis servicios.

—Buenas noches, Ramel T’Zá —saludó a su vez él—. Soy el Almirante Marcial Gómez. Si habláis la lengua myaram, entonces sí, me seréis de utilidad.

—Así es, mi señor —asintió el anciano.

—En ese caso no perdamos tiempo —apuntó—. Acompañadme.

El myaram estaba echado en un rincón de la celda, en el sótano del Cuartel. Entreabrió los ojos con la luz de la lámpara, para luego cerrarlos de nueco y fingir que nadie lo observaba.

—Haced que se ponga de pie —ordenó a los dos guardias que lo acompañaban.

El que sostenía la lámpara se la ofreció a él antes de entrar a la celda y ayudar a levantar por la fuerza a la extraña criatura semihumana. Los ojillos rojos del myaram brillaban como ascuas en un hogar negro. Marcial no estaba seguro de poder interpretar correctamente aquellos ojos, sin embargo, de lo que sí estaba seguro es que el hombre gris no tenía miedo. Todo lo contrario pasaba con los dos guardias que lo tomaron por los sobacos para levantarlo y llevarlo a un escaso metro de su presencia, en los ojos de estos revoloteaba el miedo y la desconfianza como los mosquitos que danzaban en torno a la lumbre. 

—Quiero qué le preguntéis por qué están en Mesandia —dijo a Ramel T’Zá.

Los guardias que sujetaban al myaram dieron un respingo cuando por la boca de Ramel salió una voz rasposa y tétrica. Éste pareció no darse cuenta y siguió con el interrogatorio. Momentos después el hombre gris respondió con una voz aún más rasposa. Nadie dijo nada ni movió un solo músculo hasta que el myaram cerró la boca.

—Dice que el número de sus hermanos se ha incrementado en demasía y que pronto no dispondrán de espacio ni de tierras para mantenerse —tradujo Ramel—. Aprovechando que la isla, cerca de la cual lo capturaron, se encontraba deshabitada, decidieron poblarla ellos.

―Prguntad cuántos de los suyos hay ahora mismo en esa isla —solicitó Marcial.

Ramel transmitió su pregunta en aquella lengua extraña. La respuesta del myaram fueron dos sonidos ásperos y una risa grave. Por último, escupió a Marcial.

—Cientos y miles —tradujo Ramel T’Zá.

Durante diez minutos más hizo que Ramel tradujera preguntas al myaram, pero éste ya no volvió a abrir la boca, excepto para soltar un quejido cada vez que la bota de Marcial le impactaba en el vientre exigiendo respuestas.

—Perdéis vuestro tiempo, mi buen señor —dijo al final Ramel T’Zá—. No sé demasiado acerca de los myarams, pero si de algo estoy seguro es que cuando deciden no hablar, nada puede convencerlos de lo contrario.

—Eso ya lo veremos, Ramel —dijo el almirante con voz retadora. De todas formas, agregó—: Devolvedlo a la celda. Proseguiremos otro día.

Cerca de la media noche, casi la totalidad de la marina presente en la Base Naval, exceptuando aquellos que tenían tareas que cumplir, se reunió a orillas de la playa, bajo la tenue luz de la luna menguante, para despedir a los hombres muertos en combate contra los myarams. Sus hombres habían fabricado una pira funeraria de varios metros de altura, en la que cinco cuerpos yacían envueltos en mortajas azules, con el rostro descubierto mirando al cielo. El hedor que despedían, pese a que habían sido tratados por el cuerpo médico, aún hacía que los hombres se taparan las narices, la mayoría con pañuelos de paño, otros con las mangas de sus chaquetas o con las propias capas, el resto se mantenían erguidos con toda la dignidad que era posible en alguien con la nariz arrugada.

Marcial avanzó a grandes zancadas hasta colocarse cerca de la pira. Le suponía un esfuerzo enorme no arrugar el rostro ante el putrefacto olor de los otrora hombres suyos, pero no podía permitirse el lujo de mostrar debilidad ante sus marineros, ni asco por sus camaradas. No obstante, se dio más prisa de la necesaria para terminar la ceremonia. Después de un discurso acerca de la valentía de los hombres sobre la pira, su lealtad, sus esfuerzos, su coraje, su destreza, invocó a Borrher, señor de los muertos, para que los acogiera en su seno y les permitiera descansar en mansas moradas.

Una vez concluido su discurso, los capitanes bajo cuyo mando estuvieron los fallecidos, Eddy y Crasio, también dirigieron unas pocas palabras ensalzando las virtudes de los fallecidos y unas plegarias a Borrher, el dios del más allá. Por último, un marino le entregó una antorcha y Marcial la acercó a la pira bañada en aceite. Las llamas lamieron al instante la madera seca y los cuerpos de los marinos. Las llamas danzaron bajo la luz de la luna, alegres, le pareció a Marcial, como si disfrutaran consumir aquello que una vez tuvo vida. Todos se mantuvieron de pie hasta que las llamas se extinguieron, dejando como huella únicamente un montón de cenizas.

Al siguiente día Marcial se levantó muy temprano, más temprano de lo que era su costumbre. Después de un frugal desayuno se dirigió al patio frente al Cuartel. Allí una docena de hombres lo esperaban ya listos para partir. Además de la docena de hombres que constituían su escolta, también se encontraba allí Ramel T’Zá, a pedido del almirante. Sobre un semental negro, que coceaba y rumiaba continuamente, se encontraba amarrado de pies y manos y atado al caballo, el myaram que habían capturado. Marcial lo llevaba a Ciudad Darcis. Lord Byron sabría qué hacer con él, si no, pues podía enviarlo a Brazdam, a presencia del rey.

Un muchachito le llevó su albo ya ensillado y con las alforjas sujetas a la silla. Todo estaba listo para el viaje.

Los primeros rayos del sol alcanzaron al grupo cuando traspasaron las puertas de la muralla este de la Base. Los guardias que custodiaban la puerta lo despidieron con un saludo en firme y la mano empuñada sobre el pecho, no obstante, la mayoría del tiempo sus ojos se posaron en el semihombre que colgaba como un bulto en el semental negro. Podrían haberlo llevado en un carro, enjaulado, pero Marcial tenía intenciones de llegar al siguiente día a Ciudad Darcis, cosa que no conseguirían si tenían que ir a la velocidad de un carro.

Marcial iba a la cabeza de la comitiva, pero permitió que uno de los hombres de su escolta marcara el ritmo de la marcha, a condición de que el resultado de ésta fuera que por la tarde o noche del siguiente día estuvieran en Ciudad Darcis. Él era un experto marinero, pero en cuanto a caballos sus conocimientos eran más bien precarios, no sabía cuándo un caballo estaba al límite ni cuándo podía dar más.

El ritmo que mantuvieron durante la primera jornada fue una constante, durante un kilómetro galopaban o trotaban, mientras que al siguiente simplemente mantenían una marcha rápida. Ramel T’Zá se mantenía silencioso en el centro de la columna, bastante cerca del hombre gris, aunque ni siquiera le dirigió una mirada. El myaram, más gris que nunca, amodorrado y atado sobre el semental negro, mantenía la cabeza cabizbaja, aunque de vez en cuando alzaba la vista y miraba con cierta fascinación lo que se iban encontrando en el camino.

En las aldeas por las que pasaron se encontraron con aldeanos halando sus carretillas, carromatos de buhoneros, niños jugando y campesinos arando con sus bueyes. Casi todos miraban boquiabiertos al myaram atado. Este a veces alzaba la cabeza y hasta emitía un leve gruñido. Los gritos y exclamaciones aterradas no se hacían esperar.

Al reparar en esto último, Marcial comprendió que había cometido un error. Era cierto que mucha gente ajena a la marina había visto al semihombre cuando lo bajaron de la Lord Darcis XXI, pero muchos no darían crédito a las habladurías de mercaderes y pescadores. En cambio, aquella exhibición que estaba haciendo con el hombre gris, era una confirmación de los rumores que ya deberían estarse esparciendo en toda la isla. Esa noche, cuando las familias se reunieran en torno a las mesas para cenar o en torno a las chimeneas para conversar un rato o contar un cuento a los niños, ya tendrían algo nuevo con lo cual entretenerse y asustarse entre ellos mismos.

Debería haberlo transportado en un carromato cerrado. Ahora ya era tarde.

Después de una extenuante primera jornada, decidió que pasarían la noche a la intemperie, bajo el cobijo de un bosquecillo de abetos y robles y la fina rayita que era la luna. Había un pueblito unos kilómetros más adelante, pero no quería ni imaginar el rostro del posadero cuando entrara sujetando de las cuerdas a un semihombre, ni la multitud que se congregaría, curiosa y atemorizada a un tiempo.

Todos pasaron la noche cobijados únicamente por sus capas. Nadie, ni siquiera él, había reparado en que posiblemente pasarían la noche al aire libre. El hombre gris durmió, si es que lo hizo, fuertemente atado al tronco de un abeto, bajo la constante vigilancia de un guardia. Marcial durmió inquieto y pesadillas fugaces lo acozaron durante toda la noche.

Por la mañana se descubrió con dolor de espalda. «Ya no eres joven, Marcial», se dijo. Y era cierto, tenía cuarenta y siete años. Ya no estaba para dormir en el suelo duro y no acusar las consecuencias. Aún así no dijo nada e instó a que se iniciara la marcha lo antes posible.

Era medio día cuando Marcial reparó en algo que hasta el momento no le había llamado mucho la atención. Y es que la mayoría de aldeanos que habían visto eran mujeres, ancianos o niños. Al principio no lo había notado, pero a medida que se adentraban en la isla, la escasez de hombres adultos era más patente. Era increíble que hasta ese momento no hubiera pensado en el hecho de que Brenfer se encontraba próximo a entrar en guerra con Afiran. Marcial no estaba de acuerdo con ello, menos ahora que los malditos myarams se habían adueñado de Mesandia. En todo caso, era cierto que Lor Byron estaba reclutando un buen número de soldados.

El sol era un disco de cobre, próximo a tocar con uno de sus cantos el horizonte poniente, cuando llegaron a las murallas de Ciudad Darcis. Eran murallas almenadas y de tosca piedra gris de nueve metros de altura. Al lado norte de la ciudad se levantaba un campamento de cientos de tiendas y pabellones.

—Almirante Marcial —lo reconoció uno de los guardias apostados en la puerta de la muralla oeste—. Sed bienvenido a Ciudad Darcis —agregó con un puño en el pecho.

—Eso es… —el otro guardia no lo miraba a él sino al bulto que era el myaram sobre el semental negro— eso es… ¿Qué es eso? —preguntó por último al no reconocer a la criatura.

—Eso es un hombre gris, soldado —dijo Marcial.

—¿Dónde lo habéis encontrado, Almirante? —preguntó el primer guardia.

—Ya os enteraréis —dijo Marcial, dando por zanjado el asunto—. Vengo a ver a Lord Byron. Decidme dónde lo localizo.

—Lord Darcis se encuentra en el campamento —informó el primer guardia—. Supervisa personalmente el entrenamiento de las tropas.

—Pues allá iremos entonces —hizo un gesto a los hombres para dirigirse al campamento—. Gracias, soldado. Que los dioses os cuiden —se despidió.

—Que Marcadav os proteja, Almirante.

Se dirigieron al campamento siguiendo la línea de la muralla. Marcial, a pesar de no ver el rostro de los soldados, percibió cómo los guardias de las distintas torres frente a las que desfilaron se acercaban a las troneras para mirar el extraño ente que llevaban al campamento. ¿Qué pensarían cuando se enteraran que los compañeros del hombre gris que ellos transportaban gobernaban ahora Mesandia?

El campamento era en sí una pequeña ciudad. Estaba compuesto por un millar de tiendas de lona diseminadas en un kilómetro a la redonda. Las más grandes y con estandartes sólo podían pertenecer a los señores menores y caballeros, mientras que la más alta, ubicada en el centro, sobre la que ondeaba un enorme estandarte con un delfín plateado sobre mar azul, sólo podía ser la tienda de Lord Byron Darcis, señor de Isla Darcis. Hacia allá se dirigió.

Con el sol ocultándose en poniente dejaron atrás las primeras tiendas, y las primeras estrellas empezaban a titilar en el firmamento. Los guardias intentaron detenerlos en una ocasión, pero al reconocer el emblema del barco dorado sobre su pecho derecho, insignia del alto mando de la Guardia Costera de la isla, lo dejaron pasar sin más miramientos.

La mayoría de los soldados se encontraban fuera de sus tiendas, preparando la cena en torno a hogueras en las que se reunían en pequeños grupos. Nadie les dirigió la palabra, pero los cuchicheos los procedían a su paso. Aún había suficiente luz como para que distinguieran al hombre gris.

Encontró a Lord Byron acompañado únicamente de su hijo Joseph, un joven de doce años, que a la postre heredaría el trono de su padre. Estaba sentado a la mesa y bebía una copa de vino sin mayores preocupaciones. Al verlo entrar a la tienda, acompañado por uno de los guardias que custodiaban la entrada, se puso de pie de un salto, logrando con ello derramar un poco de vino.

—¡Marcial! —Exclamó— ¡Qué sorpresa! Pero anda, entra, siéntate y comparte un poco de vino conmigo.

Lord Byron era un hombre corpulento, de tez bronceada y cabello negro como la noche, igual que su enmarañada barba. Era varios centímetros más alto que Marcial y un decenio de años más joven. Tenía un aspecto fiero pero la mayoría de veces era un hombre bondadoso.

—Gracias, mi Lord.

Marcial tomó asiento frente a lord Byron y aceptó la copa de vino que este le llenó.

—¿Ha sucedido algo, Marcial? —la voz de Lord Byron se había vuelto seria.

Marcial asintió lentamente.

—Os traigo un prisionero, Lord Byron —dijo.

—¿Un prisionero?

Marcial volvió a asentir, tras un sorbo dejó la copa de vino en la mesa y salió de la tienda para indicar a sus hombres que entraran al hombre gris. Los ojos de lord Darcis y los de su pequeño Joseph se agrandaron a ojos vista cuando vieron al myaram.

—Entregadlo a mis hombres para que lo metan en una jaula —dijo al final, un minuto después de observar al hombre gris—. Déjanos solos, Joseph —dijo a su hijo—. ¿Qué significa esto? —preguntó, por último.

Marcial le contó todo a lord Darcis. Desde la desaparición de la Vela Roja hasta las palabras que había dicho el myaram cuando lo interrogó apoyado por Ramel T’Zá.

—¿Hombres grises en Mesandia? —La voz de lord Byron estaba cargada de asco, miedo e incredulidad—. ¿Cientos y Miles? —Tomó un sorbo de vino e hizo una pausa—. A nuestro querido Rey no le va hacer ninguna gracia —comentó al fin, soltando una leve sonrisa.

—¿Qué haréis con él, Lord Byron? —quiso saber Marcial.

—Lo enviaré a la corte. Esa maldita isla no tiene nada que ver con nosotros, Marcial. Que el rey decida qué hacer con ella. A nosotros nos mandó inspeccionar la isla, con lo que sabemos ya es suficiente. Ya hicimos nuestra parte —sorbió otro poco de vino y miró al techo de la tienda—. Le pediré al tal Ramel T´Zá que también vaya —meditó.

Marcial y Byron guardaron un momento de silencio. Sosteniendo cada quien la copa de vino entre sus manos, pero sin tomar.

—Habéis reunido un gran ejército, mi Lord —rompió por fin el silencio.

—Seis mil hombres —respondió Lord Byron con gesto ausente.

—Podría ser que el rey le encomendase a su señoría la tarea de expulsar a los myarams de Mesandia —formuló la hipótesis Marcial, con tiento.

—Es mi Rey no mi dueño —se jactó Lord Byron—. Por nada del mundo conseguirá que sólo yo y mis hombres emprendamos esa misión. Por nada del mundo —sentenció con firmeza.

Marcial decidió guardar silencio. El humor de lord Byron era ahora una frágil capa de cristal, no quería quebrarla.

—Hay que cenar —anunció de pronto lord Darcis, como si se le hubiese ocurrido una gran idea—. Mañana trataremos asuntos de estado —agregó al ver las preguntas dibujadas en el rostro de Marcial—. Por hoy sólo quiero cenar.

Lee el capítulo siguiente: CAPÍTULO 10

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