Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

13 de agosto de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 8)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 7

—El Rey está hecho una furia —comentó Irene mientras le cepillaba el cabello.

—Le escuchamos gritar que Lord Evans Madison es un bastardo imbécil —ahondó Milka, que le barnizaba las uñas de las manos.

—¿Con quién discutía? —quiso saber Dariana.

—Con la reina —respondió Milka—. Bueno, no discutían. Me pareció más bien que el rey se desahogaba en los oídos de la reina.

Dariana no se sorprendió. Tres días atrás había llegado un jinete con un mensaje de lord Evans Madison, general en jefe del ejército afirense y futuro suegro de Dariana. Esa misma noche su padre les contó lo que decía el mensaje: Lord Evans había embarcado a todo el ejército y había zarpado hacia Tres Minas. A Dariana le pareció una idea muy osada, pero su padre opinaba lo contrario y se explicó de tal forma que Dariana llegó a dudar del éxito de lord Evans.

—Es un error —había explicado—. El ejército no está listo para entrar en combate. Apenas tiene un par de semanas de adiestramiento. En Tres Minas se encontrarán con gente dispuesta a morir por su tierra; en esas situaciones los guerreros pelean con más ahínco. Y si eso es poco, en Tres Minas llevan más de un año preparándose para esta guerra. Sus hombres están mejor adiestrados. Quizá sean menos en número, eso es muy cierto, pero estarán en su tierra, en sus pueblos, en sus ciudades, tras sus murallas… Y nuestro ejército no está listo para una batalla campal, mucho menos para asediar ciudades. Los ejércitos de Brenfer, cuando estén preparados, navegarán hacia Tres Minas, nos encontrarán sentados frente a las murallas de algún pueblo y nos harán pedazos. Eso es lo que sucederá si Lord Evans insiste en esa locura.

Dariana había escuchado de forma atenta. Por lo general a las niñas no les gustan esos temas, pero ella era una princesa, y sí le importaban. Por eso se permitió pensar un poco al respecto. Si de verdad había tantos riesgos ¿por qué lord Evans optaba por aquel plan? Quería a su padre, y lo respetaba, pero también sabía que lord Madison era mayor y había combatido en muchas más batallas. A lo mejor sabía algo que los demás no.

—Ponedme el vestido —dijo Dariana.



Milka e Irene tomaron el vestido con suavidad y lo deslizaron hasta enfundar su cuerpo de niña-mujer con él. Era un precioso vestido de terciopelo rojo con adornos en color negro. Siempre le gustaba estar impecable cuando cenaba con la familia. Y más aquel día, que también se sentarían en la mesa del Rey, lord Martin Dortall y lord Bride Brown, su abuelo querido y señor de Pueblo Browny.

Mientras sus doncellas le deslizaban pulseras de plata en las muñecas, un collar con incrustaciones de amatistas en el cuello, y una diadema también de plata, con un rubí en el centro, en la frente, Dariana se encontró pensando inconscientemente en su prometido, ser Daniel Madison. Éste se había quedado en palacio tres días después del banquete de compromiso. Para Dariana fueron tres días muy… entretenidos, mágicos sería una absurda exageración, pero sí entretenidos y amenos. Sobretodo porque habían servido para forjarse una opinión propia acerca del apuesto joven.

Resultó que ser Daniel era un autentico caballero. Guapo, esbelto, amable, atento, y hasta romántico. La había obsequiado con joyas; la segunda noche fueron a ver una obra de teatro y el tercer día contrató varios bardos para que la deleitaran con música. Aún no se había enamorado de él, pero era un buen hombre y sin duda sería un mejor esposo. Agradecía interiormente a su padre el haberle escogido un joven como él. Aunque a veces, cuando creía que no lo observaban, fruncía los labios y miraba todo con actitud molesta, pero Dariana creía que se debía a razones que nada tenían que ver con ella. Irene se había equivocado al prejuzgar a su prometido. Sin embargo, había algo que la entristecía y alegraba a un tiempo, y eso era el hecho de que ser Harris ya no la había vuelto a interceptar desde el día del banquete. Quizá se había olvidado de ella. Y no sabía qué pensar respecto a eso.

Cuando estuvo lista, Dariana descendió al Gran Salón. Éste se encontraba en silencio, y las mesas que hacía varias noches habían estado a rebozar de gente, se encontraban esquivadas en las paredes. Sólo la mesa principal se encontraba sobre el pedestal acostumbrado, con seis sillas dispuestas para la familia real y sus dos invitados. Únicamente las antorchas más cercanas a la mesa estaban encendidas, de modo que el resto de la estancia se encontraba en penumbras. Las siluetas de algunos centinelas se adivinaban en la oscuridad. Se preguntó si ser Harrris sería una de ellas.

Su madre y su hermano Naamario eran los únicos presentes cuando ocupó su sitio.

—Estás hermosa, hija mía —dijo su madre, besándole una vez en cada mejilla.

—Tú también estás resplandeciente —respondió Dariana—. Y mi hermano no se queda atrás —agregó besando al príncipe heredero en la mejilla.

La reina Brissa era una mujer alta y delgada, que rondaba la treintena de años. Llevaba el cabello castaño rojizo liso y recogido en una peineta de marfil con pequeñas incrustaciones de rubíes. Lucía un vestido de seda celeste con brocados de oro. En aquella ocasión no llevaba la lujosa corona de oro que había exhibido durante el banquete de compromiso de su hija.

Su madre se había casado con el rey Nakar siendo una adolescente, no mucho mayor de lo que ahora era Dariana. Y aún era adolescente cuando la parió a ella. Alguien que no supiera que ella era la reina, y Dariana su hija, fácilmente las confundiría como hermanas.

Naamario era el príncipe heredero. Tenía diez años y todo mundo decía que era la viva imagen de su padre de joven. Apenas era unos cinco centímetros más bajo que Dariana y tenía el cabello negro, el cual le caía al hombro y se le mecía con el viento, cuando caminaba o cuando correteaba con Dariana u otros niños, o cuando practicaba con la espada en el patio de armas. Tenía los ojos oscuros, casi negros y el rostro cuadrado y adusto, a pesar de ser sólo un niño. Dariana no había visto a su padre de niño, pero en su opinión, Naamario se parecía más a su tío Darfor que al rey Nakar. Aunque no se atrevía a decir aquellos pensamientos en voz alta. El nombre de su tío aún causaba sensaciones y sentimientos varios en los habitantes de palacio y del reino entero.

Esa noche el príncipe vestía de negro, a excepción de la pequeña capa de seda gris que se sujetaba con un broche en forma de águila, el emblema de la familia real. En la cintura le colgaba una espada de madera, lo que delataba que, a pesar de su semblante serio, era sólo un niño. Aquel rostro adusto y solemne no encajaba del todo con su personalidad, ya que era un niño de risa fácil, en especial con Dariana.

—Madre tiene razón, te vez muy bonita, hermanita.

—Gracias por el cumplido mi pequeño príncipe, aunque no era necesario —le sonrió Dariana, revolviéndole el cabello.

El príncipe se revolvió y apartó las manos de Dariana de su cabello, molesto. Dariana sabía que haría eso, no le gustaba que le tocaran el pelo, menos que se lo revolvieran.

—Sabes que no me gusta —chilló—. Y retiro lo dicho. Te vez flácida y desgarbada —cruzó los brazos y frunció el ceño.

Dariana no pudo evitar reír. Quizá se había excedido. Su hermano la había recibido con palabras galantes y ella lo había arruinado. La reina también sonrió. Dariana sabía que a su madre le gustaba verlos discutir, incluso pelear, siempre y cuando no fuera en público y no se excedieran en palabras ofensivas.

—Disculpa, Nan —se disculpó Dariana. Cuando tenía cuatro años de edad y Naamario no era más que una bola rosada berreante, Dariana, incapaz de pronunciar su nombre, le decía Nanario, al final se había quedado con Nan—. Había olvidado que eso te molestaba.

—No es cierto. Sabes de sobra que me molesta mucho.

—Pero a todos se nos olvidan cosas de vez en cuando —intervino la reina con aire conciliador, poniendo una mano en el hombro del príncipe.

—No creo que a Dariana se le haya olvidado que no me gusta que me toquen el cabello —siguió el príncipe, testarudo.

—Además, recuerda —continuó la reina— que tu hermana se comprometió con Ser Daniel no hace mucho, eso puede tener ocupada su mente.

—Está bien —dijo el príncipe soltando un resoplido.

Dariana sonrió y tomó asiento junto a su madre. Mordisqueó un higo mientras esperaban a su padre, a lord Martin Dortall y a lord Bride Brown.

—Ese hombre me cae mal —dijo de pronto el príncipe.

—¿Quién? —preguntó Dariana.

—Ser Daniel —respondió el príncipe, mirándola como si fuera una tonta—. ¿Quién más iba ser?

—¿Por qué te cae mal?

—Es un patán.

—Ser Daniel no es ningún patán —defendió Dariana a su prometido—. Es un autentico caballero.

—Serás muy tonta si lo crees —dijo el chico con firmeza—. Me cae mejor Harris, el que te regala las rosas rojas. Además, siempre me trae golosinas cuando va a la ciudad.

Su señora madre la miró con aire inquisitivo. Dariana sintió que el corazón se le iba a parar, o que se le desbocaría a causa del ritmo desenfrenado de sus latidos. Siempre había creído que aquello era un secreto. Aunque no se podía ver, sabía que el rubor le había subido hasta las orejas. Y el miedo.

—¿Ser Harris? —dijo su madre, inquisitiva—. De manera que las rosas rojas no las cortas tu.

Dariana no supo qué responder. Cuando en una ocasión su madre le preguntó sobre la procedencia de una rosa roja que ella olisqueaba frente al balcón de su alcoba, había respondido que cuando bajaba a los jardines, de vez en cuando se llevaba una rosa consigo. Era una mentira, y eso traería una buena reprimenda.

—Lo siento, Ari —por el rubor de sus mejillas y su aspecto contrito, Dariana supo que su hermano comprendía que había metido la pata.

La reina la miraba con semblante serio y ojos acusadores.

Ni Dariana tuvo tiempo para disentir, ni su madre para insistir, ya que una enorme puerta de roble tallado en los laterales del salón se abrió para dejar paso a su padre, a su abuelo y a lord Martin Dortall.

—Disculpen la tardanza —dijo su padre.

El rey tampoco lucía su corona. Es más, llevaba el cabello negro revuelto y sucio. Su barba, también negra, que se recortaba dos veces por semana, daba indicios de necesitar un nuevo corte. Su semblante era serio, con motas de polvo y sudor aquí y allá. Vestía cota de mallas bajo el jubón, una capa roja y llevaba una larga espada en el costado derecho. Su aspecto era el de alguien que ha estado muy ajetreado o que ha hecho mucho ejercicio. Ya era la tercera hora de la noche, y Dariana descartó que hubiese estado entrenando.

Los otros dos hombres no lucían mejor. Su abuelo, un señor de casi sesenta años, con una incipiente calvicie en la coronilla y el resto del cabello blanco, también mostraba signos de haber realizado alguna actividad física. Lord Martin Dortall, un hombre rechoncho, de casi dos metros de altura, de cabello arenoso que le caía hasta los hombros de forma desaliñada, lucía exactamente igual que los otros dos importantes personajes.

—No tiene importancia —los excusó la reina, olvidando por un segundo a su hija—. Tomad asiento majestad. También vosotros nobles caballeros. Una buena comida y os sentirás muy bien.

—Tan hermosa como siempre, su gracia —dijo lord Bride Brown besando la mano de su hija—. Ni qué decir de nuestra noble princesa. —Dariana aceptó el beso en la mano, pero también abrazó a su abuelo y le dio un beso en la mejilla, al igual que había hecho con su padre un segundo antes. Allí no estaban en público, se encontraban entre familia, a excepción de lord Martin, por lo que no se sintió en la obligación de guardar las formas. Una mirada represiva de su madre le dijo lo contrario.

Lord Martin también hincó una rodilla y besó las manos de la reina y de la princesa entre halagos y cumplidos. Después apretó fervorosamente la mano del pequeño príncipe.

Por último, se sentaron todos a la mesa y los sirvientes, ocultos entre sombras, dieron un paso hacia el frente.

Los criados, ataviados con libreas rojas y doradas, los colores de los Doverick, con el águila dorada a la altura del pecho, empezaron a desfilar con las bandejas de comida. Les llevaron pollo asado, ensaladas de verduras, un caldo de mariscos, elotes cocidos, pan de harina, cochinillo a rebozar de pimienta y en diversas salsas. También les llevaron jarras de limonada, de piña y una buena jarra de vino domarí.  

—¿Qué estabas haciendo, abuelo? —preguntó Nan, cuando la cena estuvo servida—. No te vez muy presentable como otras veces.

Dariana agradeció interiormente aquella pregunta. Ella también quería saber qué había estado haciendo su padre para presentarse sucio a la cena, pero la mención de ser Harris Wyback y la perspectiva de una reprimenda por parte de su madre la tenían aterrada y silenciosa.

Su señor abuelo le dirigió una mirada a su padre mientras mordisqueaba los granos de un elote, como pidiendo permiso para hablar sobre el tema.

—Lo haré yo, Lord Brown —dijo el rey.

Dariana alzó la copa para que una sirvienta se la llenara de limonada y fingió morder un muslo de pollo mientras ponía atención a su padre.

—Al parecer, las cosas en el oeste no andan bien —empezó el rey—. Desde hace un par de días los Orrov y los Mornock han iniciado una disputa. Esta tarde llegó un mensajero, que, entre otras cosas, nos confirmó el rumor y nos comunicó que los causantes del pleito fueron los Mornock. Aunque de esto último no estoy tan seguro. Lord Arnold siempre ha sido muy quisquilloso y no me sorprendería nada que fuese él el culpable de esta nueva rencilla. 

Dariana sabía lo que eso significaba. Al sur tenían la nación de Brenfer, al norte, algo más lejos, se encontraba Maritania, y al oeste, Skartel. Los Orrov gobernaban Limatrio, en la parte más occidental de Afiran, y los Mornock, señores de Paso Montañoso, se debían a Skartel. Una disputa entre dos lores de distintos reinos, si no se zanjaba inmediatamente y con diplomacia, podría acarrear graves consecuencias.

—¿Esmuy grave la situación? —preguntó la reina— ¿O sólo ha sido un cruce de palabras?

—Es mucho más que eso, mi reina —dijo el rey Nakar, con aspecto cansino.

—Según el informe —intervino lord Martin, una gota de grasa le bajaba sobre la espesa barba arenosa, salida del pollo entero que había apartado para él solo—, un grupo de trescientos jinetes asoló una de las aldeas de Lord Arnold —se terminó el pollo y asaltó el cochinillo—. En respuesta, el viejo reunió también trescientos jinetes y otros tantos hombres de a pie y asoló dos aldeas de Lord John.

—Le pagó con la misma moneda —bufó su señor abuelo—. Y con rédito.  

—Sí. Y si Lord John paga igual, le quemará cuatro aldeas al viejo Arnold, luego éste le quemará ocho, y así hasta que ninguno tenga más aldeas que el propio pueblo desde el que gobiernan —Lord Martin Dortall rió. Por la forma en que se atragantó, Dariana pensó que a lo mejor lo que quería era soltar una carcajada, pero que de pronto recordó que se encontraba en la mesa de la familia real y no en la suya.

—Mañana cabalgaremos hacia el oeste —informó su padre, siempre formal—, y zanjaremos este asunto de buenas a primeras, antes de que se nos haga demasiado grande. Si es necesario le arrebataré un hijo a ese viejo loco para que se comporte. Debería saber que una guerra contra Skartel en estos momentos es lo que menos necesitamos, podría ser catastrófico. ¿Es qué no lo entiende?

—En este y en cualquier momento una guerra es lo que menos se necesita —comentó la reina.

—Ya sabemos vuestra opinión sobre la guerra, mi señora —replicó el rey, mas hosco de lo debido.

—No piensan cabalgar solos ¿O sí? —la reina ni se inmutó.

—No —dijo lord Bride—. Hemos cabalgado por la ciudad dando órdenes y repartiendo mensajes. Mañana al alba, frente a las puertas del castillo habrá mil jinetes esperando para marchar a Limatrio.

—Y yo envié mensajeros a La Unión —intervino lord Martin Dortall—. En el camino se nos unirán otros quinientos jinetes.

—Para defendernos de un ataque de Lord John o para meter en cintura a Lord Arnold —finalizó su abuelo.

—¡No! —Dariana se sorprendió ante el exalto de la reina—. Me refiero a que no deberíais presentar batalla a Lord John —aclaró, algo azorada.

—No os preocupéis, mi señora —dijo el rey Nakar—. Haremos todo lo posible para solucionar este altercado de forma pacífica.

—Me satisface que lo comprendáis, mis señores. Y confío en que se guiarán por el buen juicio y la prudencia.

Así que era eso lo que su señor padre había hecho. Aunque no entendía por qué no había mandado a los mensajeros y oficiales a impartir las órdenes. Bueno, quizá porque era un asunto urgente. Limatrio se encontraba a casi cuatrocientas millas de Afarnaz, por lo que tenían que darse prisa para llegar antes de que las cosas llegaran a más entre los Orrov y los Mornock.

Dariana no cenó del todo tranquila. A pesar de la distracción de la charla de los adultos, aún no olvidaba la metida de pata de su hermano. No lo iba a reprender por ello, pues sabía que Nan no lo había hecho a propósito. En cambio, estaba muy preocupaba por lo que le diría su madre. Menos mal que el rey tenía asuntos más importantes por los que preocuparse, de modo que era poco probable que la reina añadiera lo de ser Harris. Además, su padre se marchaba el siguiente día a Limatrio, por lo que estaría ausente por lo menos dos semanas. De momento debía preocuparse sólo por la reina. Después de darle muchas vueltas al asunto, decidió que su excusa sería que después del banquete de compromiso no había vuelto a hablar con el joven oficial de la guardia del castillo.

El resto de la cena transcurrió en su mayoría en silencio, con breves comentarios sobre lo delicioso que estaba el cochinillo, la ensalada y el vino. También se hicieron conjeturas sobre lo que podría estar planeando el rey de Brenfer y si Lord Evans Madison acataría las órdenes que ese día se habían despachado para él. Por lo demás, no ocurrió nada digno de mención.

Después de más de una hora de estar sentada a la mesa, Dariana fue la primera en levantarse. Con una reverencia y una frase de despedida se marchó rumbo a sus aposentos. Su hermano se quedó jugueteando con unas uvas, mientras que el resto de comensales bebían vino. Mientras subía las escaleras sentía los penetrantes ojos de su madre clavados en su espalda.

Dariana ascendió las escaleras en silencio, sumida en sus pensamientos. Al llegar a la planta en que se encontraban sus aposentos, una voz la sobresaltó.

—Tengo algo para vos, princesa —la voz de Harris era dulce y cautivadora. Y su cabello negro brillaba lustroso a la luz de las antorchas.

Le tendió una rosa roja.

Durante un instante Dariana no supo qué hacer. Seguir su camino e ignorar al joven o ponerle un alto de una vez por todas. O acariciarle el cabello y decirle que soñaba con sus ojos marrones y su sonrisa carismática. Miró a todas direcciones.

—Sólo estamos tú y yo —se adelantó ser Harris.

—¿Qué hacéis aquí, Ser? —preguntó Dariana, ignorando la rosa que le ofrecía el caballero—. Y no me tutee.

—Conseguí un turno para esta noche, aquí, porque quería veros.
—Pues habéis hecho mal —le reprendió Dariana—. Y no entiendo para qué queríais verme. Estoy comprometida, lo sabéis —dijo—. Me voy a casar. Dejad ya esos juegos de niños, Ser.

—¿Niños? ¿Os parece que soy un niño? Soy más hombre que ese rubio con el que os van a casar. Y vos tampoco sos una niña. Ni lo que mi corazón siente por vos es cosa de niños —intentó acariciarle una mejilla, pero Dariana le apartó la mano de un manotazo.

«¡Me ama!», comprendió. Quizá debió dejar que le tocara el rostro. De todas formas, ya lo había apartado. Su corazón estaba cofundido. Su mente no.

—Ya no quiero seguiros viendo, Ser —dijo Dariana, se esforzó mucho para pronunciar aquellas palabras—. No está bien que una princesa ande susurrándose en los rincones con cualquier mozo —escogió esa palabra para herir al apuesto joven—. Y menos cuando esa princesa está comprometida.
—¿Un mozo? —repitió un confundido caballero—. Ari, mi amor —era la primera vez que la llamaba así; Ari y mi amor—, bien sé que para ti no soy un simple mozo.

—Claro que…

Dariana no tuvo tiempo de replicar. Un fuerte y delicado brazo la rodeó por la cintura y la atrajo hacia el caballero. Cuando Dariana pensó en decir algo, los labios de ser Harris se juntaron con los suyos. Fue un beso corto y largo a la vez, delicado y fuerte. Era su primer beso. Ella no movió los labios, pero los entreabrió, y Harris la besó mejor y más rico.

—Cuidado con lo que hace, Ser —alcanzó a decir cuando se apartó de un brusco tirón, aunque no estaba segura de si apartarse del caballero era lo que de verdad deseaba.

—Sé que me amáis, princesa. —Ser Harris le ofreció de nuevo la rosa roja.

¿Desde cuándo era tan arrogante? Dariana sintió que las lágrimas le escocían en los ojos. Y pensar que su primer beso se lo había robado él.

—Estáis equivocado, Ser —dijo Dariana con los últimos restos de dignidad—. La reina ya sabe sobre las rosas —informó—. Y se enterará sobre este beso a menos que me dejéis en paz.

Sin esperar respuesta dio un giro brusco y se alejó en dirección a sus habitaciones. Las lágrimas se hicieron presentes acto seguido.

—Solo quería despedirme —dijo la voz de Harris a su espalda. Dariana no se detuvo. Notó que la voz del caballero se había vuelto apesadumbrada—. Mañana acompañaré al Rey a Limatrio. Después iré a la guerra contra Brenfer. No tenéis que decir nada a vuestra madre. Es posible que ya no me volváis a ver.

Dariana entró a su habitación hecha un mar de lágrimas. Se tiró en la cama y lloró entre almohadas durante un buen rato. Lo extraño era que no sabía exactamente por qué lloraba. El sueño la sorprendió en su llanto y durmió tranquila y llena de paz.

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