Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

6 de agosto de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 7)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 6

Velas negras
Mediaba la tarde cuando vislumbraron el barco de velas negras. La bandera que ondeaba en lo alto del mástil representaba una calavera de orejas puntiagudas y largos colmillos. Marcial la escudriñó a través de un catalejo. Un escalofrío le recorrió la columna.

—¡Son hombres grises! —exclamó alguien a sus espaldas.

La nave surcaba el mar como a media milla a estribor de su flota, rumbo al oeste, como custodiándolos. El barco vino del norte hacía media hora, en línea recta hacia ellos. Cuando se encontró a una distancia prudente cambió de rumbo. Ahora navegaba de forma paralela a la flota.

«¿Hombres grises?», dudó Marcial en su fuero interior. Sin embargo, sabía que aquél estandarte los representaba a ellos. Continuó su escudriño con el catalejo y vio a varios de esos mostruos en cubierta. Muchos también los vigilaban a ellos.

¿Qué demonios hacía un barco myaram tan al este? Los myarams tenían prohibido acercarse a cualquier población humana. Si sus cálculos no fallaban, se encontraban a escasas millas de Mesandia, y eso rompía su juramento hecho mil años atrás. Era cierto que en Mesandia en aquellos momentos no había pobladores, pero seguía siendo tierra de la raza humana, de Brenfer más concretamente. Navegar tan cerca de sus aguas podría considerarse una afrenta.

Lo primero que pensó fue mandar a la avanzadilla a interceptar el barco y acabar con sus tripulantes. Pero se lo pensó mejor. No sabía nada de aquellos seres más que lo que las leyendas contaban. Había que irse con tiento.

A los hombres grises se les había prohibido acercarse a los humanos y a los territorios dominados por los hombres hacía mil años. 1034 años, si se toma en cuenta que el calendario en occidente fue reiniciado el día que los myarams fueron expulsados del continente. En todo caso había sido hace mucho tiempo. Marcial consideró la posibilidad de que el barco que bogaba a estribor se hubiera extraviado. De ser así, quizá existiera la posibilidad de indicarles que salieran de las aguas del rey sin llegar a desenvainar las armas.

Las cuatro galeras que navegaban a la cabeza se habían detenido, esperando órdenes.

—Que prosigan —ordenó el almirante a Martin, al sargento de la Lord Darcis XXI.

Éste hizo un gesto y un cuerno gris con bandas azules transmitió la orden a las naves de que el avance continuaba, a la vez que el vigía agitaba una banderilla azul. Las galeras de enfrente se pusieron en marcha de nuevo. A estribor, la nave de los hombres grises seguía deslizándose a la altura de su flota.

Era el cuarto día de navegación. El primer día del cuarto mes del año. Hasta esos momentos había sido un viaje tranquilo. Una tormenta la noche del segundo día fue el único sobresalto que se vieron obligados a soportar. La Cielito perdió un hombre, que se cayó al embravecido mar debido al fuerte oleaje, y en la oscuridad de la noche no fue posible salvarlo. Las vidas de los hombres eran valiosas, pero tampoco era algo del otro mundo. Perder hombres en medio de las tormentas era un riesgo que todos los navegantes aceptaban. Piratas, mercaderes, guardias costeras, todos por igual perdían hombres en situaciones así.

Marcial había tratado de seguir la ruta que imaginaba su joven capitán Darío había tomado, con la esperanza de encontrar a la Vela Roja, o al menos algún indicio de lo que le había ocurrido. Hasta ahora simplemente no había encontrado ni rastro de ella. Era como si el barco se hubiese esfumado.

El almirante cavilaba, como siempre, en lo que pudiera haberle sucedido a la Vela Roja, cuando el vigía divisó la nave de los hombres grises.

Aquello sí que no lo había esperado. Por más que le daba vueltas al asunto, no comprendía qué podía andar haciendo aquélla nave cerca de Mesandia. 

Tras un rato de navegación empezó a sentirse nervioso. El barco que ondeaba el estandarte de los myarams, seres semihumanos y sanguinarios, seguía navegando en paralelo a ellos. Daba la impresión de que los estaban vigilando, custodiándolos.

Pensamientos inquietantes empezaron a asomarse a la mente del almirante Marcial. ¿Y si los Myarams habían atacado la Vela Roja? Si así era, ¿qué habían hecho con sus hombres?

Marcial no pudo evitar lanzar una mirada recelosa a la nave que avanzaba trescientos metros a estribor. Velas negras, mástiles negros, reatas negras, casco negro, apenas con toques grises aquí y allá. Un nuevo escalofrío le recorrió la espina dorsal.  

De forma inconsciente se encontró recordando el presentimiento extraño que lo había acosado los días anteriores a la partida. Mismo presentimiento que lo había vuelto cauteloso y que lo hizo traer una flota de diez naves de guerra para una simple misión de exploración y reconocimiento. Cada minuto estaba más convencido que semejante sensación tenía que ver directamente con los hombres grises.

Entonces tomó una decisión.

—Ordenad un alto general —gritó al sargento.

Un cuerno vibró largo y tendido, alcanzando a todas las naves de su flota. El redoble de los tambores cambió de ritmo, los barcos invirtieron los remos y empezaron a perder velocidad.

—No, mi nave no —dijo el Almirante—. Que el resto permanezca aquí. Que la Lord Darcis de alcance a la vanguardia.

Así se hizo. Las cinco naves que lo rodeaban se quedaron varadas mientras la Lord Darcis XXI continuó deslizándose en las aguas del mar Gris hasta dar alcance a la vanguardia.

—Di a Eddy y Crasio que intercepten la nave de los hombres grises —ordenó al sargento, un hombre de mediana edad y espesa barba castaño rojiza.

Éste transmitió las órdenes a todo pulmón para que los capitanes le escucharan.

De inmediato la Insignia Dorada, comandada por Crasio, y la Flecha Roja, bajo el mando de Eddy, se dispusieron a cumplir las órdenes. Las dos naves eran las más cercanas al barco de los myarams.

—Que la Rosa de Mar y la Cielito también vayan —dijo—. Nosotros también vamos —agregó.

Estaba decidido a saber qué hacían aquellos seres en los dominios del Rey Crasio. Su curiosidad había aumentado cuando al ordenar el alto de sus naves, el barco de los hombres grises se detuvo como si la orden también los incluyera a ellos.

La Insignia Dorada y la Flecha Roja corrigieron el rumbo y empezaron a coger velocidad. Eran naves rápidas. Los myarams no habían hecho ademán de huir. Y aunque lo intentaran no lo lograrían. Aquellas dos naves eran de las más rápidas de todo Poderland. La Rosa de Mar y la Cielito se pusieron a la estela de sus compañeras. La Lord Darcis XXI, aunque más lenta, también bogó hacia el barco que ondeaba la calavera semihuma. El redoble de los tambores que marcaban el ritmo bajo cubierta era un murmullo lejano a los oídos del almirante.

Marcial miraba expectante, esperando la reacción de los hombres grises. Pero éstos no hacían nada, además de agitarse como ratas sobre la cubierta. Después de todo, era posible que se hubiesen perdido y no entendieran lo que estaba ocurriendo. Si así era, ya se enteraría.

Mientras tanto, la vanguardia de su pequeña flota se aproximaba inexorable al buque de los desgraciados myarams. Tras él, casi podía palpar el nerviosismo de sus hombres.

—Señor, mire esto —uno de los marineros le entregó su catalejo—. Creo que piensan atacar —añadió el hombre con nerviosismo.

El almirante cogió la lente y miró hacia el barco de velas negras, que ahora estaba varado a escasos doscientos metros de ellos. La Insignia Dorada y la Flecha Roja casi la habían alcanzado y corregían el rumbo para abordarla por el frente. Las otras navegaban en línea recta, directo al casco.

—Maldición —gruñó.

Los malditos myarams aprestaban escudos y armas. Junto a la borda, formando una línea, se ubicaron unos veinticinco hombres grises, todos sostenían largos arcos de madera negra y llevaban un carcaj a la cintura. Tras ellos, otros veinticinco o treinta de sus compañeros sostenían escudos oblongos y espadas largas, oscuras, de un filo y de doble filo. Dirigió la lente a sus barcos y observó a sus hombres: éstos se resguardaban tras los escudos ovalados, a la espera de la primera andanada de flechas. Mientras, arriba, los vigías de las cuatro naves agitaban los brazos pidiendo que les confirmaran lo obvio.

—Que ataquen —dijo Marcial.

El sonido de los cuernos hendió el aire, fue un sonido largo, lastimero. Cuando el sonido empezaba a vibrar en el cielo, cayó la primera andanada de flechas. Se escuchó gritos de dolor entre los hombres de la Insignia Dorada y la Flecha Roja, pero la mayoría de proyectiles dieron en los escudos. La Rosa de Mar y la Cielito apuntaron los espolones al casco enemigo, aprovechando que que no fueron blanco del ataque.

—Traed mi escudó —gritó para hacerse oír por encima del ruido y del griterío—. Y que los remeros redoblen esfuerzos.

Raudo, un marino le llevó su escudo de roble con remaches de hiero. Era un escudo ovalado, de un metro de altura por la mitad de anchura en su parte más amplia, pintado de azul. En el centro lucía el emblema de Lord Darcis, igual que todos los escudos de sus hombres, el delfín plateado sobre mar azul. No era un gran emblema para lucir en una batalla, si uno se detenía a analizarlo un momento, pero los emblemas y escudos de las casas no combatían. Además, era el emblema de su señor. Corroboró que tenía la espada a la cintura, y se mantuvo erguido, listo para entrar en combate de ser necesario.

Las galeras comandadas por Crasio y Eddy aumentaron de velocidad al recibir la orden de ataque y alcanzaron la embarcación de los myarams por la proa. Cuando eso ya habían sufrido dos andanadas más de flechas y los heridos no lograban contarse con los dedos de la mano. Ellos también habían respondido y eran varios los hombres grises que cayeron al mar o yacían heridos sobre cubierta. La Rosa de Mar y la Cielito se encontraban a solo decenas de metros y abordarían por popa y babor. La Lord Darcis XXI había aumentado de velocidad, pero todavía pasaría un minuto antes de que alcanzaran el barco enemigo.

Unos instantes después volaron los arpones y puentes plegables y sus hombres iniciaron el abordaje.  Los myarams que portaban escudo y espada se pusieron enfrente a la vez que los arqueros seguían lanzando flechas desde atrás. Varios de sus hombres fueron alcanzados por los proyectiles antes de que se entablara combate cuerpo a cuerpo. Cuando se hizo imposible seguir lanzando flechas, los arqueros enemigos arrojaron los arcos, y desenfundaron sus espadas para unirse a la refriega.

El combate era sangriento. Pero sus hombres eran más, y estaban bien entrenados.

—Quiero a uno con vida —dijo al sargento.

Este, veloz, saltó a la Cielito, se dirigió a la parte más próxima de la nave enemiga y desde allí rugió la orden a los hombres que combatían en la cubierta del barco de velas negras, mucho más grande que las galeras que lo asediaban.

Durante algunos minutos no se oyó más que los ruidos de la batalla. Gritos, maldiciones, alaridos horripilantes, el entrechocar de las armas y el chapoteo del agua cuando alguien era lanzado de la cubierta. Pero el resultado fue claro. Marcial ni siquiera ordenó moverse a los marineros de cubierta de la nave insignia.

Cuando el almirante Marcial Gómez abordó el barco atacado, todos los hombres grises habían muerto, excepto uno. Los cadáveres enemigos superaban el medio centenar. Diez marineros compartieron el mismo destino, y otros más tenían heridas en piernas, pecho y brazos, pero sobrevivirían. El médico que los acompañaba ya se estaba haciendo cargo de ellos.

Marcial avanzó a pasos cortos y cuidadosos, esquivando cuerpos y charcos de sangre morada y roja, hasta detenerse frente al horrible myaram capturado. Lo habían atado de pies y manos, y estaba recostado en la pared del castillo de popa. Hilillos de sangre amoratada le salían de la comisura de los labios y tenía magulladuras en el rostro y dos heridas, una en el pecho y otra en la pierna, de las cuales también manaba aquella horrible y fétida sangre.

—¿Por qué navegabais en aguas de Brenfer? —preguntó con seriedad.

El myaram alzó la cabeza y lo miró a los ojos. Eran dos ojillos de cerdo, rojos como la sangre, en medio de un mar amarillo. Marcial esperaba ver miedo en ellos, pero lo único que vio fue odio e ira. El monstruo abrió la boca y produjo unos sonidos ásperos, como el que hace la tiza en la pizarra. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que aquellos malditos engendros tenían su propio lenguaje, no hablaban la lengua occidental que ellos dominaban. Durante un momento se sintió estúpido.

—Lleváoslo a mi nave —ordenó—. Y encerradlo en una celda.

Él no sabía ni una palabra de aquel maldito lenguaje. Pero imaginaba que alguien tenía que hablarlo. Sino, por lo menos, el myaram, era algo que Lord Byron estaría interesado en ver.

—Mi señor —alguien le habló por la espalda.

—¿Qué sucede, Martin? —El sargento llevaba un escudo en las manos.

—Esto estaba en la cabina —informó, mientras le entregaba el objeto.

—¿No es de nuestros hombres?
  
El sargento negó con la cabeza.

—Pertenecía a Darío.

Aquella información le heló la sangre. El escudo era exactamente igual al suyo, del que hace momentos se había desembarazado entregándoselo a uno de los marinos. Excepto que el que le entregó Martin se encontraba astillado y salpicado de sangre.

Sólo había una forma de saber si el escudo en verdad había pertenecido al capitán Darío. En la marina de Isla Darcis todos los escudos tenían grabado el nombre de sus dueños, así como las espadas, arcos y hasta sus uniformes. Era deber de cada hombre mantenerlos en buen estado. Si algo les ocurría, que no fuera por el paso del tiempo o ejerciendo su trabajo, los nuevos enseres se descontaban de sus respectivos salarios.

Con la respiración contenida, Marcial le dio la vuelta al escudo. Sintió que el corazón se le detuvo cuando vio el nombre escrito en el reverso, en la parte de arriba: Darío Méndez.

—Ya sabemos que sucedió con el capitán Darío y la Vela Roja —pronunció al fin, con la voz ahogada.

Sintió como si algo se desgarrara en su interior. En el fondo aún había albergado la esperanza de encontrar a su joven capitán. Imaginaba el dolor de la madre de Darío cuando le informara lo ocurrido.

Darío siempre había sido su protegido, su pupilo. Más importante aún, era su hijo, aunque eso sólo lo sabía él y la madre del chico. De pronto se sintió culpable. No debía haberlo puesto al frente de aquella misión, no, debió haber mandado a alguien más veterano, o por lo menos tendría que haberlo puesto al frente de una nave de guerra.

Pero no había naves de guerra sin capitanes en esos momentos, y no podía degradar a uno para darle el puesto a su hijo. No, en eso él no tenía la culpa. Había hecho lo único que podía, darle el mando de una carabela de exploración con la promesa de que en cuanto los nuevos barcos estuvieran listos, él sería el primero en mandar sobre uno. De todas maneras, se sentía culpable.

—Tú lo cuidarás ¿verdad? —le había preguntado una nerviosa madre cuando cinco años atrás lo reclutó para la marina.

—Sí, yo lo cuidaré —le dijo.

—¿Lo prometes? —había insistido ella— Marcial, ¿lo prometes?

—Lo prometo —prometió, tomándole la barbilla y viéndola a los ojos. De la belleza de antaño, los hermosos ojos azules eran lo único que conservaba.

—Cuida a mi muchacho. Es lo más valioso para mí.

—Lo haré.

Esa misma tarde se trajo al chico a la Base Naval Macario Darcis. Aunque ya no era un chico, sino un hombre, con su décimo sexto día del nombre como un recuerdo reciente.

Y ahora muerto, con sólo veintiún años de edad. Marcial siempre había creído que el chico llegaría lejos. Darío también había contado con ello. Y ahora ya no podría.

—¿Qué hacemos con los cuerpos, señor? —La voz de Eddy lo devolvió a la realidad. Estaba junto a Martin y lo miraban como si de pronto no lo conocieran.

El almirante Marcial recuperó la compostura ante la situación, o al menos una parte de ella. Lloraría a su hijo después, quizá junto a la madre del chico. Ante los ojos de sus hombres solo habían perdido un barco y a su tripulación, nada más.

—Arrojad esos malditos cuerpos al mar, que los tiburones den cuenta de ellos. —Trató que el desprecio no trasluciera en su voz. No estaba seguro de haberlo logrado—. Limpiad a los nuestros y llevadlos a las cámaras. Los incineraremos en cuanto pisemos Mesandia.

El capitán y el sargento se retiraron a cumplir las órdenes.

A pesar de la pérdida de diez de sus compañeros, los marinos estaban contentos con la victoria. Reían y bromeaban, a la vez que algunos se jactaban de haber sido los primeros en abordar el barco enemigo, quizá con demasiado entusiasmo. Cuando les ordenaron lanzar los cádaveres al mar, no cejaron en sus chanzas e incluso se atrevieron a apostar quién hacía el lanzamiento más largo. Marcial los dejó. Que disfrutaran lo que él no podía.

El almirante caminó por la cubierta del barco capturado. Era bastante más grande que la Insignia Dorada y la Flecha Roja, pero sólo contaba con sesenta remos. Tan pocos remos sólo servirían para no quedar varados en ausencia del viento. Tenía tres mástiles y enormes velas triangulares, negras. No tenía nombre, ni a estribor ni a babor.

«La llamaré la Vela Negra —decidió—. En honor a la Vela Roja».

—Martin —llamó.

El sargento acudió de inmediato. Estaba supervisando los cádavares y los heridos.

—Dispón de cien hombres y toma el mando de este barco. Es el nuevo integrante de la flota.

—Como ordene, Almirante.

Después regresó a la Lord Darcis XXI y esperó a que todo estuviera listo para continuar.

Ya en la nave insignia, un pensamiento cruzó su mente. Se puso en tensión y vigiló el horizonte. No había nada. Sin embargo, estaba convencido de que tenía razón. La lógica así se lo dictaba. Aquél grupo de Myarams no era el único que rondaba Mesandia.

El número de hombres grises apenas superaba el medio centenar, similar al número con que contaba la Vela Roja. No era posible que cincuenta myarams hubiesen vencido a la tripulación de Darío, ni que alcanzacen a la Vela Roja si esta se hubiera propuesto escapar. A menos que se hubiesen dejado sorprender, pero Marcial descartó esto último.

El presentimiento que sintiera antes de emprender el viaje lo sobrecogió de nuevo. Entonces estuvo seguro que no estaban solos. Había más myarams, quizá muchos más.

Invadido por aquel extraño temor ordenó que las naves se reagruparan. Si había más de aquellos seres semihumanos no quería que los cogieran alejados los unos de los otros.

Cuando uno de los capitanes le preguntó a qué se debía aquella maniobra, el almirante Marcial se explicó.

—Cincuenta de esas criaturas no pudieron acabar con la Vela Roja —dijo—. Preveo que hay más y no quiero que nos cojan dispersos.

No se dijo más y la orden se transmitió a todos los barcos. Media hora más tarde la flota navegaba hacia Mesandia en formación compacta. Las cuatro galeras de sesenta remos al frente. A cincuenta metros iban la Lord Darcis XXI, la Bethany y la Veta Negra. En la retaguardia, las tres restantes y la Vela Negra, la nueva nave de la flota.

El sol poniente teñía de rojo y naranja el horizonte occidental. Nubarrones grises empezaban a formarse a sus espaldas. Una brisa cálida y suave acariciaba las naves como el beso de una madre. Atrás, decenas de tiburones hacían un festín de los cuerpos muertos de los hombres grises.

—¡Hay más! —Gritó el vigía—. Almirante, hay más barcos de velas negras.

Marcial ya lo había esperado, pero aún así se sintió sorprendido y un miedo helado le recorrió la columna. Hacía tiempo que no tenía miedo.

—¿Cuántos? —Preguntó.

—Son muchos, Almirante —respondió nervioso el vigía.

—¿Cuántos? —exigió Marcial.

—Calculo una treintena.

—¿Tantos? —se sorprendió preguntando.

El vigía asintió, con enormes gotas de sudor en la frente, visibles a pesar de la distancia.

—¿A qué distancia se encuentran? —preguntó—. ¿Qué hacen?

El vigía tomó el catalejo de larga distancia y lo apuntó al oeste.

—A unas tres millas —informó al cabo de un minuto. Desde la cima del mástil principal se podía ver a más de seis millas de distancia—. Se encuentran en la playa, Almirante —continuó—. Hay unos ocho ya formados y parece que avanzan hacia nosotros, el resto están siendo embarcados en estos momentos. Es lo que alcanzo a apreciar.

—Gracias, marino.

Marcial se pasó la palma de la mano sobre la barbilla, la barba pulcramente recortada le hormigueó en la mano. Tenía que pensar qué hacer.

—¿Qué tipo de barco son? —Preguntó.

—Por lo menos la mitad son buques de guerra, Almirante —le respondió—. Más o menos del tamaño de la Bethany y la Veta Negra.

«Similares a la Vela Negra».

Aquello era malo. Muy malo. Una última pregunta y tomaría una decisión.

—¿Alcanzas a divisar la tripulación? —preguntó.

—Sí, Almirante.

—¿Es numerosa?

El vigía miró nuevamente a través del tubo de cobre. Lo bajó y se lo volvió a llevar al ojo derecho. Lo bajó otra vez y guardó silencio. Marcial esperaba impaciente.

—No sé cómo explicarlo —dijo al fin el vigía—. Son muchos. Parece un hormiguero. Los barcos se están llenando y aún hay miles en tierra.

—Es suficiente —cortó Marcial—. Regresamos a casa muchachos. No llevaré a mis hombres al suicidio —sus hombres lo miraron en silencio, mudos—. ¿A qué esperáis? —rugió—. Transmitid la orden. Manos a la obra. Regresamos señores. Regresamos.

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