Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

26 de agosto de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 10)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 9

El Pescador Borracho
La flota zarpó de las costas de Puerto Esthír una semana después de que lord Evans se enterara de lo del ejercito brenferino.

La mayoría de los hombres habían recibido de buen grado la noticia. Pero no todos. Los había que eran cobardes, los que no se sentían del todo preparados, o ambas cosas a la vez. Algunos nobles y caballeros opinaban que no se estaba respetando la voluntad del rey y que aquella decisión sin duda alguna les acarrearía problemas en la corte. Pero lord Evans se encontraba por encima de todos esos tapujos y su decisión se sobrepuso.

Había retrasado el viaje varios días, a la espera de su hermano ser Freddy Madison y de su hijo Daniel. Pero ni su hermano ni si vástago habían regresado. Quizá el Palacio Real les había parecido tan cómodo y acogedor como parecía. Evans tenía planes para ambos. Habría querido comunicárselos directamente, para dejar bien claro lo que esperaba de ellos. Pero no teniendo mejor opción, escribió las órdenes y las mandó a Palacio Madison, a la espera de sus destinatarios.

Después partieron.

La flota de ciento cincuenta naves ofreció una estampa memorable a los habitantes de la ciudad cuando zarpó rumbo a Dargan, con las velas a colores, el retumbar de los tambores y los remos como ciempiés. Desde el castillo de popa de su enorme dromón, la Gran Esthír, observó a millares de personas que los despedían desde las playas, puertos y murallas de la ciudad. Hacía muchos años que no se veía una flota de esa magnitud. Evans sabía que ofrecían un gran espectáculo. Ver a la gente despedirlos con algarabía no lo era menos. Todos confiaban en que regresaría con una gran victoria. Claro, ellos no sabían que el enemigo contaba con el doble de hombres que ellos.

Podría decirse que era la Flota Real, de no ser porque ni una sola de las naves pertenecía a la flota en cuestión. Cuarenta y cinco eran naves suyas, de Puerto Esthír. Solo había dejado una decena en la ciudad, para cualquier eventualidad. Otras treinta y cinco eran de lord Narciso Blanc, que orgulloso y testarudo comandaba en persona sus naves. Diez más eran de lord Martin Dortall, las cuales eran comandadas por ser Marvin Dortall, sobrino del señor de La Unión. Diez más eran propiedad de los Torr de Pueblo Tortuga, éstas al mando de Taslov Mijar, un marinero de cabello amarillo oriundo de Nareljá, al otro lado del mar Celeste. Otras veinte eran de Ilandria, bajo la capitanía del lord Capitán Erdond Mount. Viejo Sander aportaba otras veinte, dirigidas por ser Nerlson Sander. Por último, las diez naves restantes pertenecían al viejo lord Arnold Orrov, que había enviado a tres de sus cinco hijos. El mayor, de casi cincuenta años, ser Ross Orrov, era el que estaba al mando tanto de los barcos como de los hombres.

Sin duda era una flota impresionante. Pero si la situación lo requería, aquel número podía multiplicarse hasta varias veces. Había muchas casas que aún mantenían sus flotas en los muelles o en rondas de vigilancia, ya fuera por orden del rey o por encontrarse demasiado lejos de Puerto Esthír, el punto de reunión. Además de que las casas representadas en la flota no habían enviado todas las naves de las que podían disponer. Especial atención merecía Lord Blanc, que no había mandado más que la mitad de sus barcos.

Sólo la mitad de los barcos eran naves de guerra. Y del resto, ni siquiera la mitad disponía de remos. Para que ningún grupo se rezagara, casi la totalidad de la flota navegó únicamente a vela. Sólo la avanzadilla y las naves vigías del costado izquierdo se valían de los remos para mantener al grueso de la flota fuera de peligro.


Navegaron siempre manteniendo la costa a la vista. No era menester pilotar mar adentro cuando la mayoría de la travesía podía realizarse cerca de tierra. Nunca se sabía qué jugada podía hacerles el Beriam. Fue un largo viaje de diez días. Con remos en todas las naves podrían haber cubierto la distancia en menos tiempo. O si Quartón les hubiera mandado buenos vientos de manera continua. Pero no tenían tantos remos y el viento les fue esquivo durante largos períodos. De modo que navegaron a un ritmo tedioso todos esos días. Quizá sus ofrendas a los dioses antes de partir debieron ser más cuantiosas.

El primer día navegaron bajo un ardiente sol y un viento débil, pero sofocante. Ese día pasaron aldeas que se debían a él y al segundo día navegaron a la vista de las costas de Colina Baja; tierras que hace medio siglo habían pertenecido a los Madison. El tercer día el viento no les fue demasiado propicio y se pasaron la mayor parte del mismo frente al puerto de Viejo Sander. Ser Nelson Sander, al verse tan cerca de su hogar, sin duda debió haber sentido deseos de visitar a su linda esposa tras las murallas de la ciudad, más concretamente el tesoro entre las piernas de Lady Sander. Y aunque lord Evans no era el esposo de Lady Saraí Sander y apenas la había visto un par de veces, siempre hermosa, también sintió deseos de visitar el tesoro entre sus piernas. Pero como eso no era posible ni para Ser Nelson ni para él, mejor se refugió en el camarote con Dora. Ahora sí ya se había cerciorado del nombre de la puta.

El cuarto día el viento sopló a ráfagas endebles, logrando con ello que los hombres se murieran de impaciencia. Además de que las esporádicas ráfagas apenas aliviaban el fuerte calor primaveral. Fue hasta el quinto día que lograron dejar atrás las costas de Viejo Sander para recorrer las de Illandria. Y no fue hasta el octavo día, siempre gracias al inconstante viento, que se adentraron en el mar, hacia el oeste, en el pequeño mar de Oro. Al octavo día no se encontraban a demasiadas millas de Dargan, pero el viento que a menudo les llevaba la contraria, hizo que avanzaran a velocidad tortuga. Como resultado tardaron dos días más para llegar a las costas de la más importante de las islas de Tres Minas.

Era un día gris, plomizo, y una fina lluvia caía cuando divisaron por fin la maldita costa darganiana. Lord Evans había ordenado que rodearan Ciudad Dargan, para desembarcar en tierra menos hostil, pero en el punto elegido apareció una aldea. Y no era una aldea cualquiera. Contaba con murallas de barro y hormigón, de unas dos brazas de altura por poco más de una vara de ancho. Una rústica y frágil defensa, según Evans tras un primer vistazo. Alguien muy inteligente debería gobernar la isla, y a la vez ingenuo; aquellas murallas no podrían detener un ejército como el suyo.

Uno de sus hombres le informó que había hombres en la muralla que daba al mar. Evans ya los había visto. «Al menos doscientos», pensó. No podrían desembarcar directamente en la playa de la aldea. Mientras sus hombres descendían de las embarcaciones, los hombres de las murallas les acribillarían a flechas. Serían pérdidas innecesarias.

De modo que ordenó que diez naves, las más pequeñas y rápidas, bloquearan el puerto del poblado. En éste había barcazas, canoas, dos cocas y dos galeras de guerra; éstas últimas muy nuevas, recién fabricadas por los gobernadores de la isla sin lugar a dudas. Ni una de esas naves debía dejar el puerto. Las dos galeras y las cocas eran de por sí un buen botín. A continuación, dividió la flota. La mitad hacia el lado norte y la otra mitad hacia el sur. Ordenó que se diera prioridad al desembarco de los jinetes y sus caballos, para rodear el pueblucho y evitar que corriera la noticia de su presencia. Aunque dudaba que una flota como aquella no hubiera sido divisada aún en su larga travesía.

Su dromón, la Gran Esthír, se situó en la retaguardia de las naves que cogieron rumbo sur, y eligieron como punto de desembarco una playita lodosa media milla delante de las murallas. Mientras se acercaban a la playa, Evans pudo ver cómo campesinos y pescadores corrían a cobijarse tras las toscas murallas de la población. De verdad eran estúpidos si creían que esa sencilla muralla los defendería de su ejército.

El desembarco fue una tarea tediosa y mojada. Aún con los puentes, cuando los hombres tocaban tierra, el agua les llegaba a la cintura. Los caballos se mostraban reacios a descender por las pasarelas, y uno que otro se cayó pese a las barandas, afortunadamente sólo dos se rompieron una pierna y un tercero el cuello. Pero en las guerras era así, al desembarcar en tierras enemigas se debía ser estúpido para creer que un muelle los estaría esperando para atracar.

Mediaba la tarde y la llovizna había cesado, cediendo el cielo a un débil sol, envuelto la mayoría del tiempo en lienzos de nubes grises, cuando por fin terminaron de desembarcar. Y eso que no desembarcaron todo; sólo hombres y caballos, y la impedimenta necesaria. Ya terminarían de desembarcar cuando tomaran el pueblo que tenían delante.

Empapado hasta la cintura observó ceñudo las murallas de la población. Eran toscas, de barro cocido, fuerte, y reforzadas con hormigón. Contaban con un antepecho de una vara de altura, todo de hormigón. Con todo, la muralla no mediría más de dos brazas y media, tres como mucho. Su poco más de una vara de anchura permitía escasamente a los hombres hacer rondas. No había mucho espacio para pelear arriba. Con un ariete no llevaría demasiado tiempo derivarlas. Pero no tenían un ariete. Mejor escalas. Escalas desde todos los flancos. Los escasos defensores estarían derrotados antes de que se dieran cuenta. Mientras se montaba el campamento mandó varios contingentes a los bosquecillos que había a occidente a talar árboles para construir las escaleras.

El sol era un medio disco de cobre en el cielo cuando todo estuvo dispuesto. Unas quinientas escalas y varias veces ese número de tiendas rodeando a la población.

Cuando otros lores y oficiales se reunieron con él en la tienda principal, se decidió que atacarían al alba. Los más jóvenes e impulsivos eran de la opinión de atacar ya, pero los mayores eran amigos de la prudencia y se mostraron de acuerdo en esperar hasta la mañana siguiente.

Esa noche lord Evans montó tres veces a Dora. No era muy posible que entrara en combate al día siguiente, así que no se preocupó por cuidar de sus energías. Y es que no había comparación entre el lecho sobre tierra firme y el camarote bamboleante y sofocante de la Gran Esthír

El sonido monocorde de las trompetas despertó al campamento una hora antes de la aurora. Lord Evans Madison se encontraba sentado, tomando un vaso de leche caliente cuando eso. Había ordenado un desayuno sustancioso antes de asaltar las murallas de la aldea. Tocino, huevos, un poco de carne y pan crujiente. Se lo comió todo.

Su escudero, Richard Sander, un mozalbete de trece años, lo ayudó a ponerse la ornamentada armadura. Primero, un grueso tabardo de cuero gris, luego, la armadura adornada en el peto con el tigre agazapado, emblema de su casa. La armadura, verde y dorada, brilló a la luz de los primeros rayos del sol, que brotaban tan bajos que parecían ascender del mismísimo mar.

Richard lo esperaba fuera con su alazán de guerra. El semental resoplaba, inquieto, ansioso. Richard lo observaba con miedo y trataba de mantenerse lo más lejos que las riendas lo permitían.

Lord Evans, desde la altura del caballo, alcanzó a divisar las líneas de hombres que empezaban a formarse frente a las murallas de barro y cemento. La infantería al frente, cargados con escalas. Atrás, arqueros. Más atrás, la caballería, que no podría actuar hasta que las puertas se abrieran. Y más atrás, el resto de la infantería. Ni qué decir que no sería necesario que participaran todas las tropas, pero la vista de semejante ejército seguro desanimaba a los locales.
  
El ejército estuvo dispuesto en formación de ataque antes de que el sol se despegara del horizonte. Rodeaban la población por todos los flancos, exceptuando el que daba al mar. Los estandartes de las diversas casas ondeaban por doquier, pero el águila dorada del rey era la más numerosa. También ondeaba en diversos sitios el tigre agazapado de su casa, el cuervo negro de los Saraer de Colina Baja, la gaviota roja sobre azul de los Dortall, la tortuga marrón de los Torr de Pueblo Tortuga, el cocodrilo de los Pottlir de Zandari, el halcón de los Dawson… Y docenas de estandartes más de señores y señores menores.
Cuando jinetes de todos los frentes le informaron que ya estaban preparados para el ataque, Evans asintió y ordenó atacar. Las trompetas llenaron el aire matutino con sus tañidos y toda la aldea se vio envuelta en aquella letanía. Era un sonido encantador. Siempre y cuando uno fuera el atacante y no el que se escondía bajo la cama de su casa.

Dos mil soldados avanzaron al unísono hacia las murallas, cuatro por escala, a la vez que los arqueros disparaban para mantener parapetados a los defensores. Aún así, estos consiguieron disparar y sus hombres empezaron a caer. Evans vio cómo varias flechas perforaban los petos, cotas de mallas y se clavaban en la carne. A otros les acertaron en brazos, piernas e incluso a uno le atinaron en el ojo. Lord Madison no se preocupó. Cuando se pretende asaltar una muralla es normal que haya bajas ante el fuego enemigo. Sin embargo, observó al cabo de un minuto, con preocupación, las flechas enemigas que daban en el blanco eran muchas, más de las esperadas.

Pero sus hombres eran muchos más, de modo que la mayoría llegó a las murallas y las escaleras empezaron a volar. El resto regresaba jadeando, unos cojeando, otros agarrándose un brazo o la parte herida y unos pocos, arrastrándose, bueno, aquellos que no habían muerto. Los hombres de atrás corrieron a ayudarlos a ponerse a salvo y los médicos empezaron a ganarse la paga.

Cientos de escalas volaron y se engancharon en las almenas de la muralla. Los defensores sacaron espadas y empezaron a cortar. Pero no eran lo suficientemente numerosos. Lograron cortar varias, pero había muchas más, y los afirenses no tardaron en llegar a la cima. Los primeros en llegar al adarve también fueron los primeros en morir. Los recibieron con estocadas y lanzazos. Y siguieron muriendo hombres hasta que en los muros hubo más afirenses que mineros.

A lord Evans le sorprendió sobremanera que aquellos aldeanos combatieran con tanta fiereza y disciplina. Había pensado que se quebrarían al primer envite, que correrían o se rendirían, pero eso no estaba ocurriendo. Todo lo contrario. Aunque, bien observado, no eran simples aldeanos. Quizá hace un año lo eran, pero ahora parecían guerreros entrenados para pelear. Sus hombres no habían completado el adiestramiento y eso se hacía notorio allá arriba. De tal modo que cuando los defensores fueron reducidos y se abrieron las puertas para que entrara la caballería, se había perdido vidas en razón de dos afirenses por cada minero.

Antes de ordenar a la caballería que avanzara, decretó que sólo se conservara la vida a mujeres y niños. Alguien tenía que pagar por todos sus hombres caídos.

—Mujeres y niños —rugió cuando el caballero al que había ordenado correr la voz volvió a preguntar como idiota.

—Mujeres y niños —asintió—. Así se hará mi Lord. —Luego galopó a lo largo de las hileras de jinetes, gritando la orden a todo pulmón.

La larga fila de caballos empezó a trotar en dirección a las puertas, una a cada lado de la muralla, uniéndose a medida que se acercaban a las entradas. El tintineo de las armaduras y la trápala de los caballos resonaron alrededor del pueblo. Evans observó todo con gesto grave.

Los últimos jinetes desaparecían tras las murallas de la aldea cuando lord Evans espoleó a su montura hacia las puertas más cercanas.

—Vamos Richard —dijo a su escudero—. Echemos un vistazo al interior.

—Sí, mi Lord —asintió el muchacho.

El chico cabalgaba en un potrillo castaño. Usaba cota de mallas y un yelmo que le quedaba flojo. Y miraba todo con detenimiento. No parecía asustado a pesar de ser su primera batalla. Bueno, si a aquello se le podía llamar batalla.

—Que el resto mantenga sus posiciones —ordenó antes de trotar hacia el pueblucho.
   
Casi dieciséis mil soldados se habían quedado sin entrar en combate. Estaban frustrados y molestos. Sabían que se perdían de una gran diversión allá adentro. Y el sol que empezaba a calentarles la cabeza no los hacía sentír mejor. De todas formas, obedecieron la orden y mantuvieon las filas. Los únicos en combatir habían sido los dos mil de las escalas, los arqueros y los jinetes. Aunque Evans dudaba que matar gente indefensa se pudiera llamar combate. Los arqueros también permanecieron fuera.

Al acercarse a los muros, Evans vio al pie de estos cuerpos sin vida, muchos de ellos de los suyos. Demasiados quizá. Evans apretó los puños, rabioso.

El interior de la aldea era un caos. Jinetes e infantes se divertían asesinando a los aldeanos. Al parecer ya todos los defensores habían muerto y sólo quedaban los defendidos. La sangre salpicaba por doquier y no eran pocos los cádaveres esparcidos en las callejas. Lord Evans azuzó su montura y corrió por las callejuelas en busca de alguien a quien matar. En parte, para menguar un poco la rabia que sentía por haber perdido tantos hombres en una mísera aldea. La trápala de los cascos de su escolta lo siguió.

Por fin encontró uno. Era un joven moreno con una herida en el hombro, que buscaba el refugio de una casa, en el centro de la aldea. Lord Evans puso al galope a su alazán y lo alcanzó en un segundo. El joven se volvió, pero nada podía hacer ya. La espada del señor de Puerto Esthír le sesgó el pecho, la garganta y parte de una mejilla, la sangre salió a borbotones. Y Evans sintió que un placer como ninguno lo embargaba. Mientras su víctima agonizaba, la puerta de la casa en la que buscaba refugiarse se abrió y una joven salió dando alaridos desgarradores, no le importó que lord Evans estuviera allí, con la espada goteando sangre, y se echó a llorar sobre el pecho del fallecido.

En ese momento lo alcanzó su escudero, que se había retrasado. Y miró. Pero no dijo nada.

—¿Era vuestro hermano? —preguntó con voz calma Lord Evans un minuto después, cuando el llanto y los gritos de la joven cesaron un poco.

La muchacha lo observó con ojos rabiosos y velados de lágrimas, unos hermosos ojos avellanados, y negó con la cabeza.

—Creo que era su prometido, mi Lord —comentó Richard.

La mirada de la joven lo confirmó. Era una joven hermosa, para ser pescadera, de unos dieciséis años, cabello lacio y rojizo y un cuerpo esbelto. No apestaba a pescado para variar. Lord Evans lamentó haberse puesto la armadura. Su lascivia se había encendido, pero llevaría demasiado trabajo desvestirse para violar a la moza.

—Anda, tómala tú —dijo de pronto.

—¿Qué? —preguntó estupefacto el escudero. Los ojos de la chica se abrieron como platos. Lord Evans soltó una carcajada.

—Estoy diciendo que la violes —se explicó.

El chico se sonrojó y la muchacha retrocedió, arrastrándose en el suelo.

—Pero mi señor, yo… —el chico se quedó mudo durante un momento.

—Si no lo haces tú, otro lo hará.

—Yo nunca he estado con ninguna mujer —dijo un sonrojado Richard.

Lord Evans volvió a soltar una carcajada. Varios de sus hombres, incluido ser Nelson Sander se acercaron al oírlo reír.

—Tienes razón, chico —dijo, serio de nuevo—. Un campo de batalla no es un buen lugar para que nadie pierda la virginidad. De todas formas, deberías aprovechar la ocasión. Porque te aseguro, chico, que muchas niñas de esta aldea, mucho menores que tú incluso, ya no son lo que fueron en la mañana. —Esa idea lo produjo una súbita alegría y soltó otra carcajada.

Su escudero seguía sonrojado, pero logró esbozar una sonrisilla cínica. Sin embargo, no hizo nada que diera a entender que quería follarse a la pescadora. Ésta seguía en el suelo, a un metro del cuerpo de su prometido, temblaba y parecía a punto de echarse a llorar de nuevo. El resto de hombres también había reído con él, excepto ser Nelson Sander, que se limitó a dedicarle una mirada hosca, como si en el fondo supiera que él fantaseaba con tirarse a lady Saraí.

—Anda, niña —dijo cuando las risas cesaron—. Vuelve a tú casa, o podrías correr el destino de muchas.

Cuando regresó al campamento, se encontraba de mejor humor. Apuró a Richard y a Dora a que le quitasen la armadura y después mandó al escudero fuera cuando la puta empezaba a lamerle el miembro. Pero estaba tan excitado que la alzó por la cabellera, la tumbó en el lecho de un empujón, y la montó sin miramientos.

A media tarde ser Mynor Ríos, de Río Azul, llegó a su tienda pidiendo verlo. Lord Evans despidió a Dora, que le hacía unos delicados masajes en los hombros, y dijo a los guardias que dejaran pasar al caballero.

—¿Deseáis tomar asiento, Ser? —invitó mientras le señalaba una silla de alto respaldo.

—Gracias, señor.

—¿Una copa de vino?

—Me gustaría.

Richard escanció vino en una copa de plata y la llevó al heredero de Río Azul, un hombre de veintitantos años, cabello arenoso, ojos color miel, delgado y ágil.

—¿Ya tenéis el informe? —preguntó.

—Sí, Lord Evans. —El señor de Puerto Esthír esperó a que el joven caballero continuara—. Me temo que las noticias no os gustarán.

—Dejad que eso lo decida yo —dijo con voz firme pero afable.

El caballero asintió mientras sorbía vino y continuó:

—Los soldados enemigos caídos son trescientos veinte y siete. Por supuesto, han muerto más, pero esos eran aldeanos, no cuentan como soldados, como bien sabrá —Lord Evans asintió, pero sentía que la furia y la impotencia volvían a atenazarle las entrañas—. Han muerto seiscientos treinta y cuatro de los nuestros, y cincuenta y tres están heridos, algunos sin posibilidades de llegar al alba de mañana. La mayoría son hombres de vuestras tierras —concluyó.

Lord Evans sentía la ira rebullir en su interior, pero trató de mantenerse calmo, sopesando cada palabra. Lo de que la mayoría eran hombres de Puerto Esthír ya lo sabía. No quería que dijeran que mandaba a hombres de otras casas a morir por él. Eso se haría después, cuando ya nadie pudiera rechistar, cuando sus hombres hubiesen sangrado un poco. Aunque sólo esa mañana habían sangrado quizá demasiado.

—Quiero que convoquéis al resto de oficiales para una reunión.

—Como usted diga, mi Lord.

—Bien. He visto una posada en el centro de la aldea. Mandaré que la adecuen a nuestras necesidades. Que sea a la hora de la cena.

—Informaré, Lord Evans —acató el caballero.

—Gracias. Podéis marcharos, Ser.
                                                                  
Se reunieron en la posada del Pescador Borracho. Había descubierto que así se llamaba el pueblo, además de que se encontraba a dos días de marcha de Ciudad Dargan, la capital de la provincia. Fueron los mismos aldeanos los que dispusieron todo y preparon la cena de esa noche, por supuesto, siempre vigilados por algunos soldados para que no cometieran la insensatez de querer envenenarlos. Aunque era poco probable que en esa pequeña población contaran con ese tipo de venenos. Pero era mejor prevenir. Tampoco habían esperado encontrar murallas, sin embargo, las habían encontrado.

El informe de los trescientos enemigos caídos a cambio del doble de vidas aliadas fue recibido de distintas formas. De todas maneras, Evans ya sabía lo que se debía hacer. Aunque ello sólo lograba que la rabia aflorara y la frustración se apoderara de él. Sin embargo, primero escuchó. Que no se dijera que no escuchaba las opiniones de sus camaradas de mando.

—Debemos avanzar mañana con todo nuestro poder —afirmó ser Marvin Dortall apretando los puños contra la mesa—. Hay que hacer pagar a esos desgraciados.

—Sí —coreó ser Ray Robbson, del Túmulo—. Démosle a probar nuestro acero.

—Con el acero que he probado hoy ya tengo suficiente, Ser Ray —dijo Ser Nelson Sander—. Y me ha dejado un mal sabor de boca.

La mayor parte de la cena transcurrió entre charlas y discusiones. Varios eran partidarios de atacar ya la ciudad; otros opinaban que lo mejor era arrasar las aldeas de todas las islas y dejar por último la ciudad. Sólo Ser Nelson Sander y Ser Dayson Brown opinaban que debían esperar, ya fuera para entrenar a las tropas o bien para que las huestes de Dargan fueran a su encuentro. En una batalla campal tendrían claramente la ventaja, contaban con hombres diestros en el manejo de la espada y la lanza, con buenas armaduras, además de arqueros y un aceptable contingente de caballería. Sin embargo, a la hora de asaltar ciudades eso valía de bien poco.

Lord Evans esperó hasta la parte final de la velada para hablar. Mientras, se dedicó a escuchar a sus oficiales y a mirar a las chicas que había ordenado les sirvieran la comida. Entre éstas se encontraba la chica bonita de ojos avellanados a la que le había arrebatado a su prometido. La habían vestido con prendas limpias y cortas que encendían su lascivia. En parte sirvió para distraerse de las estupideces que decían algunos de los grandes señores o hijos de grandes señores del reino. Era una lástima que la inteligencia no viniera adosada a los grandes apellidos de que hacían gala.

—Me temo que he de estar de acuerdo con Ser Nelson y Ser Dayson —dijo cuando por fin habló, aparentando una calma que no sentía.

—Pero, Lord Evans, creo que… —Ser Marvin pensaba interrumpirlo, pero Lord Evans no lo permitió.

—Ya habéis hablado suficiente —dijo, y su voz cortó como un cuchillo—, ahora os toca escucharme. Vuestras ideas tienen sendos fallos, señores. Arrasar las aldeas de la isla no nos es posible ¿Cuántas aldeas creéis que hay en Dargan? Si todas cuentan con murallas y trescientos hombres que las defiendan, perderemos seiscientos en cada una, como ha sucedido hoy. Sin contar la guarnición que debemos dejar en cada una para mantenerlas bajo nuestro control. Claro que podríamos asesinarlos a todos para no necesitar guarniciones en las aldeas, pero se nos ordenó retomar el control de la isla no despojarla de vida humana. En todo caso, para cuando terminaramos de arrasar la isla nuestro ejército sería la mitad del que desembarcó, si no es que menos.

—Pero no sabemos si todas las aldeas cuentan con murallas —apuntó Ser Santi Flau, de Fuerte Rocoso—. Ni si todas tienen esos trescientos defensores.

—Buena observación, Ser —dijo Evans—. Me parece que estaréis encantado de tomar vuestros doscientos jinetes y enviarlos a misiones de reconocimiento, cuanto más rápido sepamos si las aldeas tienen murallas o no, mejor.

Ser Santi no supo qué decir al instante.

—Como ordene, Lord Evans —dijo al fin, con resignación.

—Bien, que partan al alba —ordenó con la vista fija en el caballero. Luego mirando al resto continuó—: En cuanto a atacar inmediatamente la ciudad… Señores, perdimos seiscientos hombres para tomar una mísera aldea, se peleó contra trescientos defensores y murallas bajas de barro, ¿qué creéis que haremos frente a murallas de piedra de ocho metros de altura y cinco mil hombres que la defiendan? Sencillamente poco. Me pesa decir esto, pero creo que enfrentamos a un enemigo muy inteligente, que no ha despilfarrado el oro de sus minas y lo ha usado sabiamente.

—Podríamos saquear los campos —propuso Ser John Danon del Valle Montañoso.

—¿No habéis salido a cabalgar por la tarde, Ser? —inquirió Ser Richard Dawson—. No hay nada que recoger. Sus espías les informaron que navegábamos hacia sus tierras y han recogido todo lo consumible y quemado el resto. Lo más seguro es que las demás poblaciones hayan hecho lo mismo.

Ser John Danon bajó la vista, avergonzado.

—Con los informes de Ser Santi sabremos si es posible saquear las aldeas o no —intervino Lord Evans—. De momento nos quedaremos aquí. Mañana continuaremos con el adiestramiento de los hombres, hacédselos saber. Eso es todo.

El mensajero llegó por la tarde, tres días después. Se trataba de ser David Broug, un caballero hijo de un noble de la ciudad de Afarnaz. Ser David era un hombre de mediana edad, rubio, ojos azules, torso musculoso y más bien chaparro. Habría sido atractivo de no ser por la enorme cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda. Llegó escoltado por cinco galeras de la Flota Real, lo que significaba que era un mensaje del propio Rey.

Lord Evans lo recibió a solas en la posada del Pescador Borracho, la cual había tomado como su base. Varios caballeros habían ocupado otras casas de la aldea, pero la mayoría de caballeros y soldados seguían acampando al pie de las toscas murallas de la población.

—Me habéis encontrado rápido, Ser —observó Lord Evans después de darle la bienvenida al caballero y ofrecerle de comer y una copa de vino.

—He navegado durante dos días por la costa buscándoos —se explicó Ser David—. Pero me alegra haberos encontrado. Por momentos dudaba de vuestro desembarco en Dargan. Recordad que en vuestro informe expusisteis que navegabais rumbo a Dargan, pero no mencionasteis en qué lado desembarcarías.

—Sin duda error mío —aceptó Lord Evans—. ¿Habéis visto aldeas en vuestra travesía, Ser?

—Sí.

—¿Cómo se ven?

—Casi todas tienen murallas similares a las de ésta. A excepción de una que avisté ayer al suroeste de la isla. Tiene murallas más altas y en su mayoría son de granito.

Lord Evans asintió. Eso sólo suponía más problemas.

—Tendréis que comunicar a nuestro noble Rey que las cosas no serán tan sencillas como preveíamos. Enfrentamos a un enemigo que, si bien no es numeroso, es fuerte, y tiene buenas defensas.

—Sin duda será algo que ponga a pensar a nuestro amado Rey —matizó Ser David mientras daba un sorbo a su copa de vino rebajada con miel. Al caballero no le gustaba puro.

—¿Y bien? —inquirió Lord Evans— ¿Qué mensaje me traes, Ser?

—Su majestad se ha mostrado en desacuerdo con vuestro repentino viaje hacia estas tierras —informó el caballero. De modo que a Nakar no le habían importado sus razones—. Su majestad ordena que establezcáis un campamento y os dediquéis a entrenar las tropas y a defenderos de ser necesario. No os obligará que regreséis a Puerto Esthír porque sería muy vergonzoso para vos, pero ordena encarecidamente que hagáis lo que ordena. A su parecer los hombres no han recibido suficiente adiestramiento y eso podría complicar las cosas.

Era aproximadamente lo que Lord Evans había decidido hacer. Aún así, la rabia y la indignaión le recorrió las venas. No le gustaba recibir órdenes, menos que le dijeran que se había equivocado. El caballero exponía las órdenes con cortesía, pero Evans imaginaba la forma en que Nakar las había dicho. Imaginaba la reacción del Rey cuando se enterara que había perdido casi setecientos hombres para tomar una pequeña aldea. Sin duda no sería una agradable.

—Ordena que hagáis lo que pide y que no ataquéis hasta recibir nuevas órdenes, de lo contrario… —Ser David Broug guardó silencio y dio un nuevo sorbo al vino.

—¿De lo contrarió qué, Ser David? —apremió Lord Evans.

—Os depondrá del mando —concluyó el rubio caballero.

La rabia reverberó aún más en el interior del señor de Puerto Esthír. «Maldición —pensó—, maldición, maldición». Lo que al principio le había parecido una jugada maestra de su parte podría convertirse en un duro revés, no sólo para él sino también para el honor de su familia. Incluso la boda de su hijo con la princesa podría truncarse. Sólo tenía una salida.

—Dile a su majestad que puede estar tranquilo, se hará lo que ordene —acató. Era la única acción posible.

—Así lo haré, Lord Evans —asintió ser David.

—¿Cuándo os marcháis, Ser?

—Pretendo partir mañana.

—Ordenaré que os preparen una habitación en la posada —dijo Lord Evans, tratando de contener la indigestión que ese caballero y su mensaje le habían causado.

—Gracias, señor.

—Necesitaré que entreguéis un mensaje a su Majestad.

—Será un honor.

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