Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

23 de julio de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 5)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 4

Rememorando
Un movimiento brusco del barco hizo que ser Madiel se sobresaltara. Arrojó a un lado la almohada que tenía bajo la cabeza, salió del reducido cubículo que era su camarote y subió a cubierta.

—¿Qué sucede? —preguntó a uno de sus hombres, deteniéndose en su carrera hacia la superficie.

—No lo sé, señor —respondió el aludido—. Debe ser sólo el fuerte oleaje. 

No convencido con la respuesta continuó su carrera hacia cubierta. El sol había recorrido una tercera parte del cielo cuando Madiel salió al aire libre, cálido y salado del mar. El golpe que lo había llevado allí no había vuelto a producirse. En efecto, parecía haber sido sólo el oleaje. Se permitió un suspiro de alivio. No le tenía mucho aprecio al mar. Y la mitad del tiempo desde el inicio del viaje se la había pasado temiendo un desastre.

Aún así rebuscó con la vista al causante del golpe brusco que lo había desemperezado: algún saliente en medio del mar o una ballena gigante. Alrededor no había nada extraño. Excepto las cuatro naves que navegaban cien metros delante de la Niña del Mar.

«Fue sólo el oleaje», se repitió.

A su alrededor, el mar Celeste se extendía en todas direcciones hasta donde abarcaba la vista. El azul del cielo, bastante intranquilo, pero no alarmante, se unía con el azul del mar, formando una esfera azul que lo envolvía todo. Madiel se sentía pequeño entre aquella inmesidad.

Ser Madiel, caballero con treinta días del nombre vividos, era uno de los designados para liderar la misión de reclutamiento en Osttand. También era uno de los doce que lideraban la rebelión en Tres Minas. Algo que las más de las veces suponía una carga que un honor.

Recuperado del susto que el fuerte bandazo del barco le había procurado, su recostó sobre la baranda, contemplando el inmenso mar, y se encontró rememorando el pasado.

La de Tres Minas era una existencia marcada por la esclavitud. Los reinos más cercanos pujaban entre sí por los recursos de las islas, que, a pesar de haber sido explotados sin misericordia en el pasado, aun despertaban la ambición de los poderosos. Durante siglos las tres islas habían estado bajo el yugo de Afiran y Brenfer, pasando de manos varias veces en el transcurso de la historia. Si las historias tenían algo de cierto y los libros no mentían, Versilia y Domari también habían regentado las islas un breve período de tiempo, e incluso Ilandria y Luastra, aunque de esto último no estaba muy seguro. Pero sobretodo, Tres Minas había estado bajo el poder de Afiran y Brenfer. Las luchas entre esos dos reinos eran muchas veces cruentas y sangrientas, siempre luchando por ver quién tiraba de la correa de los mineros. Como siempre, los grandes perdederores eran ellos.

Decenas de veces Tres Minas se había sublevado en el pasado, decenas de veces fue sometida de nuevo, y cada vez el yugo era más fuerte. Pero esta vez el pueblo ya estaba harto. La mayoría trabajaba de sol a sol (o de oscuridad a oscuridad en el caso de los que trabajaban en los túneles de las minas), y para colmo de todo, casi todo el oro iba a las arcas de Afiran, quien hasta hacía un año había explotado las islas durante las últimas dos décadas. Lo que quedaba a los mineros eran las sobras, sólo para su subsistencia.

Madiel estaba seguro que con todo el oro, piedras preciosas, maderas y demás recursos que se extraían en las tres islas, si fueran un reino independiente, serían uno de los más ricos de todo Poderland. Mas la avaricia de sus vecinos siempre había sido superior a ellos. Hasta ese día.

Hacía tres años que ser Madiel había oído por primera vez el rumor de que Tres Minas pensaba sublevarse de nuevo, como en tantas otras ocasiones en el pasado. En ese entonces Madiel era un pobre caballero que servía de escolta al gobernador de Afiran en la isla, en Dargan, más concretamente. Se llamaba Rennan, el apellido ya no lo recordaba, aunque se parecía mucho al nombre. Era un hombre cruel, que abusaba de su poder y se jactaba de ser el rey en la isla. Ser Madiel no lo dudó, y se unió al grupo de conspiradores.

Tardaron dos años en reunir el grupo suficiente de seguidores para la rebelión. Se reunían en secreto, hacían planes secretos, y contactaban a sus agentes de forma secreta. Pero cuando llegó la noche elegida eran muchos, muchos más que los déspotas afirenses. Los superaban en proporción de tres a uno y contaban con el factor sorpresa. Para ese entonces Madiel, nacido en la pobreza e hijo de dos campesinos, ya era uno de los cabecillas.

El gran asalto se llevó a cabo una noche de luna nueva, casi negra, en coordinación con las otras dos islas. Esa noche los afirenses dejaron de gobernar Tres Minas.

Con una sonrisa en el rostro recordó cuando ese imbécil de Rennan salió de su habitación en el castillo del gobernador.

—¿Qué está pasando? —exigió saber.

Ser Madiel, consciente del plan, había conseguido que lo pusieran de guardia esa noche en la habitación del señor.

—No lo sé —respondió él, fingiéndose sorprendido—. Pero será mejor que regrese a la seguridad de su habitación. No parece que sea nada bueno.

—Avísame en cuanto sepas que ocurre —le ordenó y se refugió como el cobarde que era.

Fue una matanza sin tregua. Dos de los rebeldes abrieron en la oscuridad de la noche las puertas del castillo. Doscientos hombres entraron cubiertos por el manto negro de la noche y no perdonaron la vida a ningún afirense. Las órdenes habían sido claras en ese sentido: ningún afirense debía quedar con vida. Órdenes que el mismo Madiel había espoleado para que ésta vez fuera una rebelión como nunca antes se había visto.

Mientras el modesto castillo de Dargan era arrasado por sus hombres, otro tanto ocurría en las otras islas y en todos los campamentos donde hubiera algún maldito afirense.

Cuando se convenció de la victoria de sus hombres, giró sobre sus pies y abrió la puerta de la habitación del gobernante, designado por el mismísimo rey. Éste estaba sentado en la cama mientras con sus temblorosas manos sujetaba una copa de vino.

—Me vas a matar —dijo con voz trémula. No era una pregunta.

Ser Madiel apretó el pomo de la espada y frunció el ceño. El viejo le había arrebatado el placer de verle el rostro cuando le explicara que había sufrido un motín y que todos sus hombres estaban muertos. Pero era de esperar, los gritos de terror y dolor no habrían pasado desapercibidos ni para un sordo.

El rostro de Rennan se había vuelto diez años mayor. La papada le temblaba y clavaba la vista en en las baldosas del piso. No se parecía en nada a aquél que se crispaba y desportillaba por cualquier nimiedad. El tirano había cedido su lugar a un anciano derrotado. Madiel sintió asco por lo que iba a hacer. Pero lo tuvo que hacer.

—Es lo mejor —fue su respuesta.

Desenfundó la espada y atravesó el pecho del gobernador, no una, ni dos, sino tres veces, hasta que se convenció que había muerto. Pensó que matarlo le produciría placer, pero lo que sintió fue asco y remordimiento.

El siguiente día fue de fiesta para los mineros y de terror para los afirenses que llegaron vivos al alba. Hasta mil fueron los cuerpos que quemaron frente a las murallas de la ciudad a la caída del sol, aunque no todos correspondían a los invasores. Aún así, la rebelión fue un éxito en su primera fase.

Después de esa etapa venía otra, la más temida: la respuesta de Afiran. Porque Afiran respondería. Tarde o temprano un poderoso ejército desembarcaría en las costas mineras con la misión de aplacar la rebelión y devolver a sus habitantes a la esclavitud. Y para empeorar los males, Tres Minas no contaba con un líder definido, alguien que hablara por todos e impusiera orden al caos que imperó en las islas en los días que sucedieron a la rebelión. Ni qué decir de un ejército.

Pero la solución no tardó en aflorar. Algunos pocos, entre ellos Madiel, se pusieron a pensar en que la nueva nación no necesitaba un solo líder o un rey o, lo que venía a ser lo mismo, un tirano. Lo que el país necesitaba era un poder equilibrado, igualdad de fuerzas, que velara por el bienestar de todo el pueblo y no por el de unos pocos. Algo parecido a lo que se hacía en algunos países orientales. Tras un corto debate entre los, hasta ese momento, cabecillas, se llegó a un consenso y la idea se puso en marcha.

Así fue como nació la idea de los doce líderes, los doce señores de Tres Minas. Cuatro representantes de cada isla. Al pueblo le encantó la propuesta y eligió sin demora a seis de los doce líderes. Ser Madiel fue uno de los elegidos por Dargan. Los mercaderes más ricos y familias de linaje reconocido, la estirpe alta de las islas, escogió los otros seis. Así se esperaba lograr que los ricos no explotaran a los pobres, devolviéndolos a una realidad similar a la que tenían cuando Afiran era quién regía. Porque ¿de qué serviría la rebelión si sólo unos pocos eran los beneficiados?

Los doce escogidos pusieron manos a la obra e impusieron orden en las islas en las semanas siguientes. Se recobró un poco la calma y todo el mundo se puso a trabajar. Pero se sabía que eso sólo era el principio: faltaba lo más importante.

Un mes después de la noche de la matanza, se reunieron los doce líderes para debatir sobre qué hacer para plantar cara al ejército que indudablemente enviaría Afiran.

Se plantearon muchas ideas, algunas más acertadas que otras. Alguien propuso que se pagara un tributo a Afiran, pero que dejaran los asuntos de estado en manos de los mineros. La idea fue rechazada de pleno.

De modo que no quedaba más que planear la defensa de la isla. Todos estaban de acuerdo en que se necesitaba reforzar las defensas de las poblaciones, tanto con murallas como con hombres que las defendieran. Los fondos con que disponían no eran para nada desdeñables a pesar de que la mayoría de las riquezas habían ido a parar a las arcas de Afiran, amén de que habían incautado el último convoy rumbo a Afarnaz.  Con todo y eso apenas bastaba para fortificar las murallas de las tres poblaciones principales y construir rústicas defensas para las otras. En cuanto a los hombres, bueno, bastataba decir que la mayoría eran mineros, campesinos, madereros y pescadores. Sin haber otra salida se decidió reclutar a todos los voluntarios que fuera posible y adiestrarlos para la guerra. Esa era la estrategia que se implementaría inmediatamente. Pero todos sabían que con eso no era suficiente.

También se habló de pactar alianzas. Lástima que ninguna era factible. Las primeras naciones que salieron a conversación fueron Brenfer, Versilia y Domari. Después de debatir largo rato se concluyó que ninguna de esas naciones tendría intención de ayudarles. Brenfer a lo largo de la historia había tenido continuas disputas con Afiran, pero lo más probable es que quisiera Tres Minas para ellos en lugar de una alianza. Versilia y Domari eran reinos prósperos pero pequeños en comparación con el enemigo en potencia, ni uno ni otro contaba con las fuerzas suficientes como para hacer frente a Afiran. Además de que ellos no contaban con ningún motivo de peso para persuadirlos de entrar en liza. También se pensó en Maritania y Skartel, pero ambos eran reinos un tanto lejanos a Tres Minas, por lo que las posibilidades de que acudieran en su ayuda eran más bien escasas.

—Estamos solos —sentenció Dago, uno de los líderes elegidos por el pueblo en Variae.

—Puede que no tengamos aliados entre los reinos vecinos, pero no estamos solos —comentó ser Madiel, procurando no caer en el desanimo.

Hasta ese momento se había dedicado más a escuchar que a hablar. Durante la asamblea había estado rumiando dos ideas que se le habían ocurrido hacía días. Era el momento de exponerlas.

—Explícate mejor —le apremió Silas, uno de los líderes de Dargan.

—Como dije, puede que no tengamos naciones amigas, pero no estamos solos. —Observó un momento a sus compañeros y continuó—. Bien, me explicaré. Tengo la sensación de que Brenfer querrá entrar en disputa en cuanto se entere, si no es que ya se ha enterado, que nos sublevamos a Afiran.

Una suave brisa acarició el cabello de Madiel, se encontraba recostado en la borda de la nave. Aún recordaba esa reunión como si hubiera sido ayer.

—Es muy posible —meditó Rubenio, de Darmón.

—Exacto, es posible —refrendó ser Madiel—. Pensarán ustedes que eso puede ponernos en una situación aún más crítica. Y quizá sea así. Ahora bien, también podría ayudarnos. Y creo realmente que así será. ―Hizo una pausa―. Bien, lo que propongo es lo siguiente: enviar agentes a Brenfer que se encarguen de esparcir en toda la nación que Tres Minas se ha declarado un reino independiente e incitarlos de alguna forma para que entren a tomar partido.
  
—Pero eso es un suicidio —soltó Dago. 

—He de admitir que es un arma de doble filo, soy consciente de ello —dijo Madiel—. Pero seamos honestos, entre esas naciones existe odio recíproco. —Miró a los ojos de los otros once presentes—. Creo que se sangrarán entre ellos por el conejito que habrá de premio, sin saber que el conejito se estará preparando para recibir al cazador vencedor.

La idea fue aceptada, no sin un poco de controversia. Era un arma de doble filo, ser Madiel bien que lo sabía. Pero también sabía que, si los agentes tenían éxito y lograban sembrar la semilla de la avaricia entre los brenferinos, estos acudirían con un ejército para reclamar Tres Minas como suyas. Afiran no se quedaría de brazos cruzados y presentaría batalla. Ambos ejércitos se diezmarían mutuamente. Tres Minas se vería en medio de una cruenta lucha entre aquellos dos poderosos países, y tendrían que pagar un precio, quisieran o no, tendrían que pagarlo. Pero un enemigo diezmado era más fácil de enfrentar que uno entero.

—Eso es sólo la primera parte de lo que tengo en mente —dijo después de que su primera idea fue aprobada.

—¿Aún hay más? —exclamó más que preguntar Ser Dayron, de Dargan. Un caballero al que no le despertaba mucha simpatía.

—Sí. Me gustaría saber si alguno de vosotros sabe por qué las anteriores rebeliones siempre han terminado en fracaso —hizo una pausa, esperando una respuesta, pero nadie dijo nada—. La respuesta es que nunca hemos usado todos los recursos de que dispone nuestra tierra. Veo la duda en vuestros semblantes, así que me explicaré: Siempre se ha hecho lo mismo, se mata a los representantes extranjeros, se les envía de vuelta a su país o algo parecido y nos declaramos libres. Luego construimos armas, reclutamos campesinos y se pretende crear un ejército. No es tan mala idea, pero ya deberíamos saber que eso no es suficiente. Lo que nunca se ha hecho es utilizar los recursos por los cuales estas islas son codiciadas. Veo que he captado vuestra atención —sonrió—. Nunca hemos usado el oro, las piedras preciosas y demás recursos.

—¿Qué propones? —preguntó Silas.

Ser Madiel le dirigió una mirada condescendiente. ¿Es qué todavía no entendían el punto?

—Sugiero que utilicemos las riquezas de la isla para contratar mercenarios —soltó como una tromba—. En oriente se puede contratar ejércitos enteros que venden sus servicios por un buen puñado de oro.

La idea pareció calar en la mente de los presentes. Uno a uno fueron asintiendo. Era una buena idea.

—Pero no contamos con fondos disponibles —comentó Rudy, uno de los líderes de mayor edad, representante de Darmón—. Todo ha sido asignado a la fortificación de las ciudades y el reclutamiento.

—Lo sé —aceptó Madiel, era algo que ya había previsto—. Pero tenemos decenas de minas que aún pueden producir montones de oro. Propongo que se exploten esas minas hoy más que antes. Tenemos tiempo, varios meses, puede que hasta un año hasta que Afiran ataque. Tiempo suficiente para reunir una buena cantidad de oro y contratar un ejército de mercenarios. Si conseguimos que Brenfer y Afiran se maten entre sí, tendremos fuerzas suficientes para plantar cara al que quede en pie. Si nos limitamos a esperar con los pocos hombres que logremos reclutar entre nuestras gentes, todo esfuerzo habrá sido en vano y mejor hubiera sido seguir sometidos al yugo afirense.

Con esas palabras terminó su intervención en la reunión. Tal como había supuesto, la propuesta fue aceptada, aunque como siempre, no todos estaban conformes.

Los meses que siguieron a aquella reunión fueron de mucho trajín para Madiel y los demás. Días los pasó supervisando la fortificación de las murallas de Ciudad Dargan y de los poblados de la isla. Días estuvo supervisando y entrenando los diez mil hombres que se habían alistado y otros los pasó en las minas. Pero sobre todo estuvo atento a las noticias que llegaban de Afiran y Brenfer.

El esfuerzo de Madiel y el resto de mineros había dado sus frutos. Las murallas de Dargan, Variae y Darmón eran ahora de diez varas de altura y tres de grosor, además de que podían recurrir a un ejército de hasta veinticinco mil hombres.

Al término de un año llegaron las noticias que siempre había sabido que llegarían: Afiran había empezado a reclutar y adiestrar un ejército de considerable tamaño para recuperar Tres Minas; mientras que desde Brenfer se decía que alistaba un ejército aún más poderoso. Lo que Madiel había previsto empezaba a tomar forma.

Pero sin duda las noticias más preocupantes fueron las que le enteraron que los monarcas de esos reinos habían pactado que la guerra sería sólo en y por Tres Minas. Eso desbarataba su esperanza de que los dos países se destrozaran lejos de su tierra. Entonces supo que era el momento de la segunda parte de su plan.  

Hacía siete días que los doce líderes se habían reunido para decidir quién o quiénes navegarían a oriente para emprender la delicada tarea de contratar y formar un ejército de mercenarios. Los elegidos fueron tres, un representante de cada isla: Ser Madiel representaba Dargan, Lord Alex a Variae, y Rubenio a Darmón. 

Decidido quienes viajarían al continente de oriente, se eligió cinco naves y se cargaron con todas las monedas de oro que se habían acuñado en el último año y que no invirtieron en la construcción de defensas y en el mantenimiento del ejército local. Varias decenas de baúles repletos de monedas de oro desfilaron ante sus ojos hasta ir a parar a las bodegas de la Niña del Mar, el barco principal de aquella travesía.

Cinco días atrás habían zarpado rumbo a Luastra, el reino de oriente más cercano a Tres Minas. La Niña del Mar llevaba las bodegas repletas de oro y una tripulación llena de esperanza. Delante de ella bogaban cuatro galeras de guerra, tripuladas por hombres suficientes para defenderse de un posible ataque pirata. Dentro de uno o dos días llegarían a Luastra, aparentemente sin ningún contratiempo.

—¿Pensando en pescar? —la voz de Allen lo sorprendió por detrás.

—Ojalá fuera posible —dijo Ser Madiel—. Sólo recordaba lo que hemos vivido el último año —confesó.

—Ha sido un año largo y duro —dijo ser Allen—. Tenso. Sí, creo que también sería un buen término para definirlo.

—Estoy de acuerdo —convino Madiel después de pensárselo un segundo.

Ser Allen tenía razón. “Tenso” era una palabra que describía en cierto modo el último año.

—¿Crees que lleguemos pronto? —preguntó ser Allen, haciéndose visera con la mano y escudriñando el horizonte oriental.

—Dos días —respondió Madiel—. A más tardar en dos días estaremos en Luastra.

Ser Allen asintió, como sopesando.

Allen era amigo de toda la vida de Madiel. Habían crecido en la misma aldea de campesinos al sur de Ciudad Dargan. Juntos pasaron largas horas de su infancia jugando con espadas de madera, tirando piedrecitas a las chicas cuando iban a lavar al río o peleando hasta sangrar con los grandulones que querían aprovecharse de los más pequeños. Allen en esos días era un niño morenito, curtido y flacucho. Nadie pensaría que ese niñito era ahora el caballero que Ser Madiel tenía en frente. De aquel chiquillo sólo quedaba su piel morena, los ojos grises y vivaces y el cabello negro rizado. Por lo demás era alguien diferente, fornido, alto y uno de los pocos caballeros de Tres Minas. Vestía ropas de lana y cuero, azul y negro. Sobre el jubón había mandado bordar un cuervo negro planeando sobre un cielo azul. Al ver que todos los lores y caballeros disponían de un emblema, había optado por adoptar el suyo propio.

—Muero por conocer Luastra —dijo Ser Allen—. Jamás había salido de Dargan.

—Yo también ya quiero conocerla —se apuntó Madiel—. Según los mercaderes es diez veces más grande que Ciudad Dargan y cien veces más lujosa.

—Ciudad Dargan también sería ostentosa si todo el oro no fuera a parar en las manos de nuestros opresores —apuntó Allen con rencor.

—También cuentan que hay edificios de cien metros de altura —continuó ser Madiel sin prestar mucha atención al comentario de su amigo—. Hostales maravillosos, casas de placer donde puedes conseguir niñas de hasta doce años…

—Eso me gusta más —sonrió Allen.

—Mejor ni te digo donde quedan.

—Puedo arreglármelas solo.

Ser Madiel sonrió. Cuando estaba con su amigo sentía que varias cargas se le quitaban de encima, o al menos que disminuían en peso. Poseía un don que conseguía aligerarle la tensión y las obligaciones que reposaban sobre sus hombros.

—En ese caso quizá tenga que acompañarte —dijo Madiel.

—A Jessi no le hará ninguna gracia —apostilló Allen.
—Sólo bromeo, Ser —dijo con una carcajada—. Sólo bromeo. Tengo preocupaciones más grandes que serle infiel a mi esposa.

Le palmeó el hombro y le sonrió. Ser Allen le devolvió la sonrisa.

—Por suerte yo no tengo esposa.

Ambos se rieron y la Niña del Mar continuó deslizándose rumbo a Luastra. 

Lee el capítulo siguiente: CAPÍTULO 6

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