Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

16 de julio de 2017

El Mago Desterrado (capítulo 4)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 3

ACTUAR PRIMERO
Faltaba una hora para la aurora cuando Lord Evans Madison abrió los ojos, fiel a su costumbre. Siempre despertaba primero que todos los demás. Era un don innato, si no lo era, ya no recordaba cuándo lo había adquirido. A su lado dormía Dora, ¿o era Mora?, ya no lo recordaba, una prostituta que dormía con él desde hacía tres noches, aprovechando que su esposa había partido con su hijo para celebrar la fiesta de compromiso de su impetuoso vástago con la princesa del reino. No estaba nada mal ¿eh?, una princesa. Aunque en la cama siempre era mejor una puta bien adiestrada en el arte de complacer a los hombres. No obstante, nunca había yacido con una princesa, tenía que ser algo único. Ya tendría tiempo de pensar en la forma de darle una buena probadita a la princesita, ahora tenía otras preocupaciones.

Se puso de pie y empezó a vestirse. Su compañera de cama se movió y se percató de que él ya no estaba en la misma.

—¿Otra vez se levanta temprano, mi Lord? —dijo la muchacha. Era una pregunta retórica.

—Tengo un ejército que adiestrar y tierras que conquistar —respondió Lord Evans.

«Aunque reconquistar sería un término más adecuado», observó para sus adentros.

—Mi señor podría conquistar otras tierras —dijo la muchacha, a la vez que se acariciaba entre los muslos a través de las sábanas.

—Tierras que ya he conquistado muchas veces.

—Quizá no las suficientes.

—Ya habrá tiempo para ello. Ahora debo trabajar. —Y con aquello zanjó el asunto.

La muchacha sonrió e hizo un mohín, pero se acomodó en los almohadones y se echó a dormir de nuevo. Era una chica bastante atractiva, de piel bronceada y sedosa. Lo mejor de todo es que en la cama hacía el amor como una diosa. Nada que ver con la escuálida de su esposa, con la que ya no le apetecía tener intimidad. Cuando lady Miriam estaba en palacio tenía que ingeniárselas para yacer con una buena muchacha y que ella no se enterase. Afortunadamente contaba con servidores que podían proveérselas a la vez que guardaban discreción. En esa ocasión estaba aprovechando que su esposa estaba de viaje para gozar a sus anchas. Además de que se encontraba en el campamento a las afueras de la ciudad adiestrando un ejército, allí había menos personas interesadas en los apetitos del lord que en la ciudad. Quizá debería mandar de viaje más a menudo a su esposa o adiestrar más ejércitos.

Tras vestirse apartó una solapa de seda verde y se dirigió a uno de los guardias que custodiaban la tienda ordenando que trajeran su desayuno. El guardia en cuestión, somnoliento por no haber dormido toda la noche como él hubiera querido, se marchó presto a indicar a la servidumbre que su señor ya había despertado y quería su desayuno.

Lord Evans se sentó en una silla plegable, junto a una mesita también plegable. Mientras traían su desayuno estiró un mapa para estudiar una vez más las tres islas que tenía que conquistar: Darmón, Variae y Dargan, y ahora sí, dominarlas de una vez por todas. Las tres islas eran en sí una mina de recursos. Dargan tenía inagotables fuentes de oro, plata, piedras preciosas y otros minerales de gran valía. Darmón, posiblemente la más pequeña de las tres islas, tenía yacimientos de hierro, cobre, estaño y enormes bosques vírgenes de maderas preciosas y robustas. En cuanto a Variae, su aportación era más bien escasa, aparte de unas minas casi agotadas y bosques enormes, pero de madera menos cotizada, era la isla que menos le importaba, pero no podía dejar cabos sueltos, siempre existía la posibilidad de que hubiera yacimientos aún por descubrir, así que también entraba en el combo.

Las tres islas, Tres Minas, como se conocían en occidente, eran en extremo codiciadas y ya habían sido causa de varias guerras en el pasado. Las naciones que más pugnaban por ellas no podrían ser otras que Afiran y Brenfer, también debido a que eran los vecinos más próximos de las mismas. En ocasiones también se unían a la pugna Domarí y Versilia, aunque ya hacía casi un siglo que éstas habían desistido por completo en su intento por dominar esas tierras.

Hasta hacía un año Tres Minas había estado bajo la subordinación de Afiran, pero el rey Nakar había aflojado el látigo y las islas se habían sublevado, declarándose a sí mismas un reino independiente. La misión de Evans era devolverlas a la realidad y al yugo afirense. Aunque no todo era tan sencillo. Una de las complicaciones de este asunto era que, como reino independiente, cualquier otro reino podía pujar por ellas. Brenfer ya se había anotado en la lista, cosa que no era motivo de alegría ni para Evans ni para el rey.

Dos jovenzuelas entraron en la estancia, cargadas con una bandeja para la que no se necesitaría más de una persona, sin embargo, parecía ser que solo una no se sentía lo suficiente valiente para entrar en la tienda de él. Lord Evans retiró el mapa de la mesa para que las muchachas dejaran la escudilla sobre ésta, luego las despidió con un gesto seco. Una de ellas miró de reojo a la prostituta que dormía plácidamente entre almohadones, no era la primera vez que la veían, pero sabían que no debían abrir la boca ante lady Madison. Ya sabían de ejemplos nada envidiables de muchachas que abrían el pico cuando no debían.

El desayuno constaba de huevos, tocino, salmón, panceta crujiente y una tarra de leche humeante. No tenía mucha hambre, pero se obligó a comer. Si no lo hacía las tripas le rugirían durante toda la mañana hasta la hora del almuerzo.

El sol salía por el horizonte, cubriendo la explanada con un manto amarillento cuando lord Evans, con el estómago lleno y su apetito sexual saciado, se dispuso a abandonar su tienda. Antes de salir le dedicó una última mirada a la muchacha que dormía en su lecho. Esa mujer dormía demasiado. No hacía nada durante el día y aún así siempre parecía con deseos de dormir. Y no creía que las cabalgatas que tenían durante la noche la agotaran, no, más bien creía que la muchacha estaba disfrutando aquellos días a su lado como si fuese una lady. Lord Evans sonrió, sin duda era lo más cerca que se encontraría de ser una lady.

Fuera de su tienda, para su asombro, lo esperaba ser Landon Pottlir. El caballero era el hijo menor del viejo Lord Cannio Pottlir, señor de Zandari, un pueblo situado del lado norte del Río Fronterizo.

—Buenos días, Lord Evans —saludó ser Landon con una inclinación de cabeza. 

Ser Landon era un muchacho que rondaba la veintena de años, alto, delgado, de rostro rectangular y lampiño y cabello negro azabache. Esa mañana vestía un jubón azul y pantalones negros, igual que sus botas, a simple vista, todo de la más alta calidad. Se ceñía una capa también azul y sobre el pecho llevaba bordado un cocodrilo verde sobre fondo azul, el emblema de su casa.

Ese mozalbete y unos cuatrocientos hombres era lo que lord Cannio había enviado a la guerra. Lo de los cuatrocientos hombres no se lo echaba en cara, puesto que había sido él junto al rey Nakar quienes habían escrito a todos los lores del reino especificando cuántos hombres debían enviar. ¿Pero enviar como representante a aquel jovenzuelo? Era muy sabido que los lores normalmente se quedaban en la comodidad de sus castillos mientras enviaban a otros en representación suya, pero casi siempre enviaban a gente de probado valor entre su familia, y si no lo había, pues enviaban a algún caballero de confianza, apto para la batalla y de buen nombre. Lo que lord Cannio estaba haciendo al enviar a su hijo menor era casi una burla.

Lord Pottlir tenía otros tres hijos, todos mayores que ser Landon, si no, contaba con caballeros de probada valía. Con enviar a su hijo más pequeño sólo demostraba lo poco que le importaba aquella guerra y también, lo poco que le importaba su hijo. A menos que aquel muchacho fuera un gran guerrero en potencia o estuviera subestimando al enemigo y pensara que todo sería tan fácil como llevarse un trozo de jamón a la boca. Lástima, el muchacho podía morir en cualquiera de los embates. Parecía un buen muchacho, y lo peor de todo es que le agradaba a Evans. Hacía un mes que había iniciado el adiestramiento del ejército y ser Landon se había portado a la altura. Tenía madera para ser un buen caballero, quizá un gran caballero. A lo mejor su padre pensaba lo mismo y por eso lo enviaba. Aunque Evans creía que lo que lord Cannio pretendía era deshacerse del muchacho; nadie lamentaba la muerte del hijo menor, excepto las madres.

—Buenos días, Ser Landon —respondió Lord Evans—. Me alegra no ser el único que madruga —añadió, tratando de ser amable.

—Desde luego que no. Mis hombres ya están despiertos y bien comidos, con ganas de empezar a entrenar. Por eso me he tomado el atrevimiento de venir a vuestra tienda para preguntaros qué practicaremos hoy —dijo ser Landon con bastante deferencia.

Lord Evans asintió despacio, aprobando la actitud del joven oficial. Le caía bien ese muchacho, obediente, respetuoso, sumiso, quizá demasiado. Tomó una decisión, si estaba entre sus manos, le preservaría la vida.

—Continuad con el entrenamiento cuerpo a cuerpo —ordenó Lord Evans—. Aún nos falta mucho, Ser —agregó.

—Como ordene, mi lord —acató ser Landon. Lo saludó llevándose el puño al pecho, dio media vuelta y se marchó.

Lord Evans lo vio marcharse, hacia el sur del campamento. Lo siguió con la vista hasta que se perdió entre las hileras de tiendas.

—Avisad a todos los oficiales que hoy continuaremos el entrenamiento cuerpo a cuerpo —ordenó a uno de los guardias apostados en la entrada de su tienda.

—En seguida, mi Lord —obedeció el guardia y partió raudo a transmitir la orden.

La tarea de lord Evans era supervisar el adecuado entrenamiento del ejército. Dos meses había estipulado de plazo el rey Nakar para que consiguiera un ejército apto para entrar en batalla. Era un ejército de regular tamaño, dieciocho mil de infantería y dos mil jinetes, entre éstos, unos quinientos caballeros. Desde los primeros días de entrenamiento Lord Evans se había percatado que aquellos hombres no necesitaban demasiado adiestramiento en el uso de las armas. La mayoría, en la ociosidad de sus vidas, había dedicado algún tiempo a practicar con la espada y quizá el arco. Pero principalmente la espada. Después de comprobar que no necesitaba perder tiempo entrenándoles en algo que ya sabían, trató de fortalecerlos en el uso de la lanza, apartado un poco más difícil, ya que muchos ni siquiera habían tocado una lanza en sus vidas. Pero tres semanas después de practicar a diario, algunos se habían vuelto especialmente buenos, otros sólo llegaban a aceptable. Lord Evans estaba satisfecho, el adiestramiento marchaba sobre ruedas, sólo era cuestión de tiempo para que estuvieran preparados. Hacía una semana habían empezado a practicar combate cuerpo a cuerpo; no había mucho que comentar al respecto. Después practicarían estrategias y formaciones en grupo: cómo recibir una embestida de caballería, la mejor manera de defenderse de los proyectiles y otras cosas de igual importancia que podían marcar el devenir de una batalla.

Lord Evans había sido designado como general del ejército afirense que buscaba reconquistar Tres Minas por la disciplina que imponía a las tropas, por su capacidad de mando y adiestramiento y porque después del rey, él era la persona más poderosa de Afiran. Pero no sólo eso, si no porque era capaz de dirigir tanto una batalla campal como una batalla naval. En este apartado emplearían las últimas dos semanas de adiestramiento; sus hombres tenían que estar adiestrados tanto para pelear en tierra como para pelear en mar, nunca se sabía cuando fuera ser necesario. Tomando en cuenta que Tres Minas era tres islas, no había que descartar el mar como campo de batalla.

Conforme el sol se despegaba del horizonte, el tinteneo de las armaduras, el ruido del acero contra el acero, los gritos y maldiciones de los hombres, empezaron a poblar el aire. Poco a poco los soldados se iban reuniendo en el lado sur del campamento, donde una extensa explanada (mitad arena y guijaros, mitad llano) los esperaba para la intensa jornada de adiestramiento diario.

Hacia allá se dirigió lord Evans. Caminó entre un millar de tiendas hasta que llegó al límite del campamento. Sonrió con satisfacción cuando vio ante sí veinte mil hombres, dispersos en unidades, entrenando con brío, pensando seguramente en la gloria que obtendrían cuando reconquistasen Tres Minas.

Pensó que tenía un buen ejército. Ayudados por el oro y piedras preciosas que desde Tres Minas habían fluido hacia Afarnaz, habían comprado buen armamento y armaduras para todos los hombres, todo el campo de entrenamiento brillaba cuando la luz del sol se reflejaba en las armaduras y armas de sus hombres.

Tenía un buen ejército. No, tenía un gran ejército. Pero aún así sabía que no sería nada sencillo. Afortunadamente los monarcas de Afiran y Brenfer habían pactado que la guerra se llevara únicamente en el mar y en Tres Minas, salvando así a ambos reinos de una larga guerra. Pero Evans no se confiaba, sabía por experiencia que cuando la sangre corre las mentes se nublan. Y aún había que ver cuántos hombres enviaba el rey Crasio a la guerra y si por si eso no era poco, también había que ver cuántos hombres reuniría Tres Minas para expulsar a los invasores y ser de una vez por todas, un reino independiente. Sería una tarea difícil recuperar Tres Minas para Afiran, pero no imposible, menos cuando tenían al frente un hombre como él.

Lord Evans se pasó el día observando, desde la cima de un promontorio ubicado en el límite del campamento, el adiestramiento de sus tropas. Los oficiales y demás caballeros, maestros en todo lo concerniente a las peleas, por orden del propio Evans, supervisaban cada uno una unidad, aconsejando unos y gritando otros, haciendo ellos mismos las maniobras que querían enseñar o dándoles un coscorrón al que no lo podía hacer. Cada quien tenía su forma de enseñar, pero lo importante no era el cómo, sino los resultados obtenidos, y hasta el momento casi todos estaban cosechando resultados positivos.

A medio día las trompetas anunciaran la hora del almuerzo. El ejército tenía una hora para comer y descansar, después al entrenamiento de nuevo. Afortunadamente para ellos, el sol por aquellos días se estaba portando amable y no quemaba con tanta fuerza, aún así el calor era a veces sofocante.

Con la caída del sol los soldados marcharon a sus tiendas, a comer un poco y luego a dormir. Las magulladuras y el dolor no se quitarían en una noche, pero por lo menos repondrían energías para acometer la siguiente jornada.

Lord Evans se retiró satisfecho a su tienda. Allí, bien bañada, perfumada y con un vestido que dejaba ver muchos de sus atributos, le esperaba la muchacha que compartía con él su cama. Nada más verla su lascivia se encendió y sintió deseos de poseerla ya, pero se contuvo. Para el señor de Puerto Esthír la jornada aún no había terminado. Por la tarde había venido un mensajero de Zandari. Lord Evans lo hizo esperar hasta que terminara el entrenamiento para atenderlo. Esperaba que fuera el mensajero que llevaba días esperando y no algún capricho del viejo lord Cannio.

—Salid un momento —ordenó Lord Evans a la muchacha. No la llamaba por su nombre porque no se acordaba muy bien cuál era y, aunque le costaba admitirlo, le daba pena preguntarlo de nuevo—. Mandaré llamarte cuando puedas volver a la tienda.

—Como usted diga, mi Lord —haciendo una pequeña reverencia, la muchacha salió.

—Id a traer el mensajero —ordenó Lord Evans a uno de los guardias.

—¿El mensajero, mi Lord? —preguntó nervioso uno de ellos.

—Sí —refutó Lord Evans. Pero como era obvio que los guardias no sabían a quién buscar agregó—: debe estar en las cocinas, preguntad por un mensajero de Zandari.

—En seguida, mi Lord —acató uno de los guardias y se fue en busca del mensajero.

Lord Evans se retiró al interior de su tienda, se quitó la capa y la tiró sobre un arcón. Se sirvió una copa de vino y se sentó a esperar al mensajero. Para cuando éste llegó, Lord Evans ya se había tomado dos copas y empezaba a impacientarse. Se sintió más irritado que alegre cuando el guardia irrumpió en la tienda con un joven.
—Dejadnos a solas —ordenó el señor de Puerto Esthír—. Y bien ¿qué mensaje me traes? —preguntó al joven.
—Traigo un mensaje escrito —dijo el mensajero.

—Bien, dádmelo. —El joven alargó la manó con un rollito de papel envuelto en una cinta azul, Lord Evans lo tomó y preguntó—: ¿Cómo te llamas?

—Estuardo, mi Lord.

—Sentaos un momento, Estuardo —dijo Lord Evans señalando un taburete—. Mientras, leeré el mensaje.

—Gracias, mi Lord —expresó el muchacho y se sentó en el taburete que le ofreció Evans.

Evans retiró la cinta del rollo, llevaba el emblema de los Pottlir, un cocodrilo verde sobre fondo azul, el azul era la cinta. El mensaje era breve y conciso.

—Puedes marcharte —dijo Lord Evans—. Dile a tu Lord que agradezco la información y que comunicaré al Rey del buen servicio que nos ha prestado.

—Así lo diré, mi Lord. —Estuardo salió de la tienda. Lord Evans se quedó solo.

Llevaba días esperando aquel mensaje. Ahora que lo había recibido no sabía si era mejor la incertidumbre o la verdad. El mensaje era claro. Lord Cannio Pottlir había enviado espías a Brenfer por orden del rey, ya que era el estado más cercano del reino enemigo. Lo que éstos habían descubierto no era nada alentador: cuarenta mil infantes, cinco mil jinetes y caballeros y al menos doscientas naves de guerra. Al parecer Crasio Villareal se estaba tomando aquello muy en serio, quería Darmón, Variae y Dargan sí o sí. Hasta esa tarde, hasta hace unos minutos, lord Evans Madison se había sentido confiado. Tenía un buen ejército, al que sólo le faltaba un poco más de entrenamiento, pero no había imaginado que Brenfer reuniría uno tan numeroso aquélla vez.

Evans se pasó la mano por la barbilla mientras meditaba en lo que debería hacerse. Tenía claro que aquella contienda por Tres Minas la tenía que ganar él, por eso el rey Nakar había aceptado casar a la princesa Dariana con su vástago, porque él había prometido recuperar las tres islas para el reino. Y así tenía que ser, o el compromiso se podría venir abajo y con éste el prestigio de la familia Madison, de por sí desgastado desde que pasaron al vasallaje de Afarnaz.

Lord Madison pasó largas horas meditando, sentado en una silla incómoda y con una copa de vino en la mano. Ni siquiera se acordó de hacer llamar a la prostituta que compartía su cama. Tampoco comió ya que el hambre se le había espantado. «Cuarenta mil infantes y cinco mil jinetes», la frase se repetía continuamente en su mente. Así, sentado en una silla, solo, envuelto en la oscuridad se le ocurrió la solución: Actuar primero. Y es que el informe también era claro en una cosa, el ejército de Brenfer estaba siendo adiestrado, pero aún estaba disperso por todo el reino, pasarían varios meses para que toda la fuerza de aquel ejército se uniera. Una parte se encontraba en Brazdam, la capital, otra parte en Lago Azul, Isla Darcis y Puerto Imeck.

Debía aprovechar esa ventaja y atacar de inmediato, sin dejar tiempo de respuesta a Brenfer. Cuando éstos llegaran con todo su ejército se debían encontrar con las islas ya conquistadas y restituidas al vasallaje de Afiran. Según el trato hecho por ambos monarcas, el rey Crasio tendría que retirarse, humillado, con un gran ejército, pero sin poder pelear, ya que si aún así presentaba batalla se desataría una guerra en toda regla, y Evans no creía que Brenfer quisiera una guerra en la que llevaba las de perder.

Lord Evans, en la soledad de su tienda sonrió por primera vez esa noche. Mañana ordenaría prepararse para el inminente embarque de todas las tropas; si se presentaba una batalla marítima estarían en desventaja, pero dudaba que eso fuera a pasar. En cuanto a la batalla en tierra, aún no habían terminado el adiestramiento, pero no se notaría demasiado, aquellos hombres, sus hombres, eran buenos guerreros y se las apañarían sin necesidad de recibir todo el entrenamiento que se estipulaba para un ejército. Lord Evans encendió una lámpara, tiró el vino que había en su copa y se sirvió otra, la cual se tomó de un trago.

Si quería ganar la guerra eso era lo que tenía que hacer, y eso haría: actuar primero. 

Lee el capítulo siguiente: CAPÍTULO 5

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