Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

9 de julio de 2017

El Mago Desterrado: Capítulo 3

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 2

Compromiso
El sol opaco seguía su interminable curso en el éter, invisible a veces por estratos de nubes que recorrían el cielo empujadas por pequeñas corrientes de cálido viento. El viento se colaba a ratos por los amplios ventanales y agitaba las cortinas de seda de la habitación.

Dariana, medio recostada en una silla acolchada y tapizada con brocados de oro, observaba desde la ventana el horizonte, a veces el cielo, a veces la ciudad; pero su mente no se centraba en lo que con sus ojos veía. Su mente vagaba más lejos, y a la vez más cerca. En especial sus pensamientos giraban en derredor de la noche que se avecinaba. Sólo faltaban unas horas para el anochecer, para su gran noche.

La comitiva proveniente de Puerto Esthír hacía horas que había llegado. Dariana los vio franquear los muros de palacio desde los balcones de sus aposentos. Los señores y caballeros eran precedidos por los portaestandartes y flanqueandos por una nutrida guardia de honor. No venía Lord Evans, quien se quedó con el ejército. Pero sí lo hacía su heredero, ser Daniel Madison, su prometido. El orgulloso caballero resaltaba entre sus hombres como un tigre entre chacales. Su capa de seda roja bordada con hilo de oro cubría hasta las ancas de su poderoso semental y su largo cabello rubio ondeaba con el viento.

Él y su sequito estaban allí con el único fin de celebrar el compromiso entre la princesa de Afiran y el heredero del lord más poderoso del reino. Dariana tembló sólo de pensarlo.

—¿Tenéis frío, princesa? —Preguntó Irene.

—Mi estremecimiento no tiene nada que ver algo tan trivial —respondió.

Dariana siempre supo que se casaría con aquel quien su padre eligiera; el heredero de algún gran señor era lo más lógico, o quizá el príncipe de algún reino vecino. Lo que nunca imaginó fue que eso pasaría tan pronto. ¡Por todos los dioses! ¡Por Damina! ¡Ella tan sólo era una niña! Apenas había vivido trece días del nombre.

En la nobleza, sucesos como el suyo ocurrían todos los años. Niñas de hasta once años eran casadas ya fuera con jóvenes de igual o más edad, hasta con ancianos que podrían ser sus abuelos. Pero por lo general eran casos aislados, les pasaba a otras personas, nunca pensó que le ocurriría a ella. Siempre había imaginado que alcanzaría en palacio por lo menos la edad adulta de un hombre, que crecería hasta resplandecer como una estrella por la que los más valerosos caballeros se batirían en duelo y que vería desfilar un millar de pretendientes hasta escoger al más idóneo. Pero el rey le había arrebatado esa posibilidad. Tenía que casarse con el heredero de Puerto Esthír.  

Dariana no sabía si llorar o erguirse con la solemnidad que la situación requería. ¿A quién hacer caso? A su corazón, y echarse a llorar y suplicar a su padre para que cancelara el banquete y el compromiso, o a su mente, sabedora de que cualquier titubeo marcaría su devenir de muchas formas. Cualquier muestra de debilidad enfadaría a su padre y lo que era peor aún, a su futuro esposo, la persona con la que compartiría el resto de su vida.

Aún no se casarían, por supuesto. Sus padres habían acordado que se casaría con Ser Daniel en su decimocuarto día del nombre. Faltaban poco más de seis meses para la fecha, pero Dariana sabía que esos meses no serían iguales a los anteriores. Saber que cada día la acercaba más al momento de su boda, con un desconocido, por si fuera poco, le traía más pesar que ventura.

Una silenciosa lágrima descendió por la suave mejilla derecha de la princesa. No se la limpió, dejó que siguiera descendiendo por la mejilla, hasta su cuello, de allí hasta que se perdió entre sus menudos senos. Era una solitaria lágrima, testigo de la firme decisión que había tomado la adolescente. Dariana era versada en el raro arte de siempre hacer lo que se espera de uno, siempre lo correcto a los ojos de los demás, así lo había hecho hasta ese día y así lo seguiría haciendo. No los defraudaría, aislaría su corazón y cumpliría con su padre, con su futuro esposo, y lo más importante, con su reino.


Por primera vez en su vida lamentó ser una princesa. Fue un instante fugaz, pero por un momento deseó ser una simple campesina. Había oído a la servidumbre decir que las campesinas y demás mujeres de baja estofa se casaban por amor, y aunque vivían en la pobreza, viviendo con el sudor de sus frentes todos los días, por las noches se entregaban en cuerpo y alma a los peones que les correspondían de la misma forma. Pero sólo fue un instante rebelde, que aplacó enseguida.

Porque eso no sucedía con las princesas. Ella se debía al reino, al pueblo. La casaban con un desconocido para fortalecer una alianza endeble. Puerto Esthír fue el último reino en pasar a estar bajo la soberanía de Afarnaz, pasando a formar parte del reino de Afiran, hace casi cincuenta años. Había alianzas de palabra, de papel, de oro, pero no de sangre; ella forjaría ésta última y se acabarían los rumores de una rebelión.
 
Aunque para ella aún había una posibilidad, aún no conocía al joven Daniel. Ser Daniel Madison no era mucho mayor que ella, contaba con diecinueve años de edad y la servidumbre chismorreaba que se trataba de un joven alto, fuerte, guapo, valiente y caballeroso; de ser así, quizá Dariana consiguiera enamorarse del heredero de Puerto Esthír. Quizá también lograra sacar de su mente al joven oficial de ojos castaños que, siempre escabullándose y burlando a los guardias (cuado no era él quien hacía guardia), conseguía decirle uno que otro piropo y entregarle una rosa roja, cada una más hermosa que la anterior.

Dariana sonrió lacónica para sí. Encontraba divertido y tierno los gestos de ser Harris, a la vez que imprudentes. El joven oficial casi siempre aparecía de forma imprevista, con una floritura, una rosa roja y una sonrisa complacida bailoteándole en los labios. Dariana no sabía qué era el amor, pero imaginaba que el aleteo que sentía cada vez que miraba a ser Harris se le asemejaba bastante. Quizá hasta se estuviera enamorando del joven caballero. Sacudió la cabeza y alejó esa sandez de su mente.

Ser Harris era guapo, de cabellos negros, ojos castaños, esbelto, joven, atento, dulce, inclusive de buena familia, pero no era suficiente; si no eres rey, príncipe, lord o heredero de algún gran lord, las posibilidades de casarte con una princesa son más bien nulas. Y él sólo era el tercer hijo de lord Wyback, un señor menor que regentaba en nombre del rey las tierras de Pueblo Chico, al este de Afarnaz. En un acceso de rabia y frustración decidió que la próxima vez que lo viera le diría que no la volviera a importunar nunca más o informaría de sus atrevimientos a su padre y su cabeza terminaría en una pica en lo alto de las murallas de palacio. Aunque, ahora que se celebraría el banquete de compromiso, probablemente lo entendiera por su cuenta y dejara de molestarla. Sin saber por qué, esa idea la entristeció.   
                           
Irene la devolvió a la realidad diciendo algo.

—¿Hablasteis? —Preguntó, secándose con disimulo los restos de la solitaria lágrima.

—Princesa, faltan menos de dos horas para que de inicio el banquete —informó la doncella—, me parece que debería empezar a prepararse.

Dariana asintió.

—Tienes razón —dijo—. Prepara la bañera.

—En seguida, princesa —asintió la muchacha y salió de la habitación.
Por unos momentos se quedó a solas en sus aposentos. Con sus pensamientos y temores.

Había llegado la hora.

«Ha llegado la hora», pensó.

Debía ponerse bella y sonreír. El rostro del rey Nakar, su padre, se iluminaría de alegría si la veía sonriendo y con la frente en alto, más aún sabiendo que ella no quería aquel compromiso y que pese a todo y con tan sólo trece años, se erguía con orgullo y serenidad como la princesa que era, como toda una Doverick de la monarquía de Afiran.

Irene regresó con Milka después de un rato. Cada una traía dos baldes de agua que despedía vapor. Hicieron una leve reverencia al entrar y se dirigieron al retrete y las vaciaron en la bañera que la princesa tenía para su baño diario. Dariana las siguió y empezó desvertirse. Irene y Milka le desataron las lazadas del vestido y después regresaron a por más agua. Dariana se desvistió sin prisas. El agua de la bañera despedía un suave vapor.

«Demasiado caliente para mi gusto», pensó después de tantear el agua con el dedo meñique.

Con parsimonia, frente al espejo de cuerpo entero, se quitó la diadema de plata que ceñía su frente y que mantenía más o menos quieto su liso cabello pelirrojo, herencia de la reyna Brissa. Cuando terminó, una bonita adolescente la escrutaba desde el espejo. Se trataba de una chica delgada de tez clara inmaculada, ojos oscuros y pequeños, pómulos redondos, suaves y delicados, labios rosados y pequeños y nariz pequeña. Era el rostro de una niña. Eran testigos de su edad unos pechos menudos; aunque apetecibles para cualquier barbaján. Ya había descubierto a varios guardias y criados espiárselos cuando usaba vestidos escotados.  

Sus dos doncellas regresaron mientras escrutaba su pequeño cuerpo desnudo en el espejo; no se sobresaltó ni mucho menos. Irene y Milka llevaban viéndola desnuda desde hacía más de cinco años. Fue en el octavo día de su onomástica cuando las habían puesto a su servicio. Su madre, la reina, quien había cuidado de ella hasta ese día, dijo que ya era hora de que fuera atendida como la princesa que era y no como una niña. Y no había nadie más, aparte de ella misma y sus dos doncellas, y quizá su madre, aunque en menor grado, que supiera con exactitud los cambios que su cuerpo había sufrido en los últimos meses.

—Sin duda alguna es el cuerpo de una princesa —apuntó Milka. Tenía 19 años, morena, de cabello negro, intrépida y según rumores, novia o amante (depende de a quien se escuchara) de uno de los guardias de palacio, o de dos. Lo que hacía pensar a Dariana acerca de su doncellez. Aunque eso no venía al caso. Años atrás Dariana creía que las doncellas eran por lógica muchachas vírgenes. Ahora sabía que era más bien el nombre distintivo de las criadas personales de las mujeres de la alta sociedad. Doncella no significaba precisamente que fueran castas.

—Estoy de acuerdo con Milka —corroboró Irene. Irene era más joven que Milka, sólo tenía dieciséis años, aunque faltaba poco para que cumpliera los diecisiete. También era más introvertida, más reservada, más temerosa a decir algo inapropiado ante la princesa. Por lo general era la más dulce y la que mejor le caía a Dariana. Además, era muy bonita. Tenía la piel cobriza y un lunar en la parte inferior de la boca, su cabello era rizado y café, casi pelirrojo como el de ella. También tenía hermosos ojos almendrados y un soberbio cuerpo con pechos firmes, caderas amplias y piernas gruesas y torneadas. De la servidumbre era sin duda alguna la más hermosa. Los miembros masculinos de la servidumbre, los guardias e incluso los oficiales babeaban por llevársela a la cama, pero de momento parecía que la joven no ponía demasiada atención a los hombres.

—A mí me parece el cuerpo de una niña —las contradijo Dariana.

—Me parece que la princesa infravalora sus atributos —apostilló Milka mientras vaciaba otras dos cubetas en la bañera.

—Me parece que mis doncellas exageran mis atributos —replicó Dariana esbozando una sonrisa—. Vaciad también un cubo de agua fría, está muy caliente —agregó.

Irene, quien era la que traía las dos cubetas con agua fría para templar el agua al gusto de la princesa, vació uno de los cubos. El vapor se elevó, más denso, y después desapareció.

Dariana palpó el agua, la encontró a su gusto y se deslizó suavemente en el interior de la bañera. Las doncellas empezaron a bañarla, restregándola con esponjas y espuma de olor como si tuviera una semana de no bañarse. Dariana cerró los ojos y se dejó hacer. Se decía que el pueblo llano no gozaba de baños como aquel, y que ni siquiera se bañaban todos los días. Dariana no comprendía cómo podían vivir sucios y sin darse semejante placer.

—Hace unos momentos tuve el privilegio de ver al joven Ser Daniel, el prometido de nuestra princesa —comentó Milka, como siempre la más atrevida.

—Oficialmente aún no estamos comprometidos —aclaró Dariana—, no hasta esta noche. Pero dime, ¿qué tal te pareció?

—Es muy guapo —respondió Milka—. Es alto, si no mide los seis pies será por poco. Es fuerte y posee unos hermosos ojos verdes.

—¿Así que hasta pudiste verle sus hermosos ojos y comprobar que es fuerte?

—Bueno… —Milka le frotaba la espalda. Dariana no podía verle el rostro, pero aún así sintió el nerviosismo de la muchacha—. Lo de fuerte se le nota a leguas, es de espalda ancha y brazos gruesos, y lo de sus ojos me tomé el atrevimiento de pasar muy cerca de él —explicó Milka.

Dariana sonrió. A veces disfrutaba cuando sus doncellas se ponían nerviosas o en guardia, cuando a una frase o gesto de ella entendían que habían obrado mal.

—No te preocupes, Milka, pasar cerca de un caballero no es ningún pecado —dijo Dariana para alivio de su doncella—. ¿Ambas lo visteis? —preguntó la princesa, mirando directamente a los ojos de Irene.

La chica bajó la vista y asintió.

—¿Y a ti qué tal te pareció, Irene?

—No sé si sea la indicada para juzgar al joven Ser Daniel —dijo Irene, temerosa.

—No lo estamos juzgando —expuso Dariana—. Solo quiero saber tu opinión, anda dime ¿Qué tal te pareció? —preguntó otra vez.

—Si la princesa insiste…

—La princesa insiste —repitió Dariana.

—Igual que Milka estoy de acuerdo que es muy gallardo, alto y fuerte. Con lo de sus ojos no puedo opinar ya que no me atreví a verle a la cara, sin embargo… lo vi dirigirse de forma brusca a uno de sus hombres… —Dariana esperó a que la doncella prosiguiera, pero al no hacerlo preguntó:

—¿Y qué significa eso?

La doncella titubeó.

—Mi madre me dijo una vez que alguien que no trata con respeto a sus inferiores no será un buen esposo. —Inmediatamente la muchacha bajó el rostro, asustada.

—Puede ser que ese hombre haya cometido una falta grave —aventuró Dariana, ligeramente contrariada.

—Puede ser —convino Irene, sin mucho convencimiento.

—Que le hable con dureza a uno de sus hombres no significa que sea malo —dijo Milka—. Hemos visto al rey gritarle a muchos hombres, e incluso la princesa nos ha tratado con dureza cuando cometemos falta, pero no por ello son personas malas. Todo lo contrario.

—Perdonadme si he hablado mal, princesa —pidió Irene, baja la vista.

—No has dicho nada que deba reprocharte —la tranquilizó Dariana—. Te he pedido tú opinión y eso me has dado.

—Como digáis, princesa.

No se habló más de ser Daniel durante el transcurso de la tarde.

Dariana trató de no tomar en serio el comentario de Irene, pero es que la muchacha raramente se equivocaba. Por lo general sus comentarios eran bastante acertados. Las doncellas debieron notar la turbación en su rostro porque ya no insistieron en el tema. Dariana se los agradeció interiormente, a la vez que trataba de cambiar la expresión que Milka e Irene veían en su rostro; no podía ir al banquete sin una sonrisa o con una sonrisa agria. Después de todo aún era probable que ser Daniel, su prometido, hubiese reprendido a su subordinado por alguna falta cometida, si así era no había nada que reprender.

Cuando salió de la bañera, media hora después, aún sentía un sabor agridulce por lo dicho por Irene. Trató de sonreír, pero la sonrisa le salió forzada. Hasta que al final se dijo que no tenía por qué prejuzgar al joven ser Daniel, esa noche lo conocería y se formaría su propia imagen del caballero. De momento no debía dejarse influenciar por los comentarios de sus doncellas, por muy acertados que estos hayan sido en el pasado.

Milka le cepilló el cabello mientras Irene le ponía perfume traído desde Ríohanna, un reino lejano de oriente conocido por la fragancia y durabilidad de sus perfumes. Le pusieron perfume en el cuello, atrás de las orejas, las muñecas y por supuesto, si ya se estaba convirtiendo en mujer, en los pezones y entre las piernas. Después le pusieron suaves prendas de satén traslucido y sobre éstas el vestido de seda azul cielo. También le pusieron pulseras en ambas muñecas, un collar y una diadema, todo con incrustaciones de zafiros, a juego con su vestido. Dariana no pudo evitar sonreír cuando se apreció en el espejo.

—Ahora sí que parezco una princesa —dijo sonriendo.

—Siempre nos ha parecido una princesa —dijo Milka.

—¿Ya es hora del banquete? —Preguntó la princesa— ¿O debo esperar?

—Iré averiguar —se ofreció Irene. Acto seguido abandonó el recinto.

Dariana se sentó entre almohadones mientras esperaba. Milka se mantuvo a una distancia prudente. La princesa dirigió su mirada hacia el exterior, desde allí sólo podía ver el cielo, la ciudad quedaba más abajo. El sol recién se había escondido en el horizonte, un tono rojizo en las nubes delataba que aún no estaba demasiado lejos.

Irene volvió con las noticias de que el Gran Salón se estaba llenando poco a poco y que si la princesa gustaba podía bajar ya o si le apetecía podía esperar otro rato.

—¿Está ya el joven Ser Daniel entre los invitados? —le preguntó Dariana.

—Sí, princesa.

—Entonces, creo que no debo hacer esperar a mi prometido —dijo Dariana—. Ni al Rey —agregó.

Dariana inició el descenso desde la Torre Real hacia el salón principal, éste se encontraba tres pisos más abajo. Milka e Irene se quedaron en la habitación de la princesa para limpiar la bañera y recoger las prendas que se había quitado. Mientras descendía por las escaleras trató de serenarse y no dejar traslucir el nerviosismo que la acosaba. Todo tenía que salir bien esa noche, todo tenía que ocurrir como estaba planeado.

Se detuvo a diez escalones del piso del Gran Salón, para que todos la vieran y para que Andur Salém, el Heraldo Real, un hombre calvo y con barba gris, la anunciara.

—Dariana Doverick —dijo Andur con voz grave y potente—, hija de su majestad Nakar Doverick y su alteza Brissa Doverick Brown. Princesa del Afiran, Diadema del Águila. Nuestra anfitriona.

Dariana se irguió y mantuvo la frente en alto. Relegó el nerviosismo a algún rincón olvidado y trató de no pensar en el millar de ojos clavados en ellas. Sonrió, tomó los vuelos de su vestido e hizo una leve reverencia. El Gran Salón estalló en aplausos. La princesa volvió a sonreír, esta vez con complacencia; los aplausos significaban que la aprobaban.

Se sorprendió sobremanera cuando ser Harris Wyback, el mismo que aprovechaba cada oportunidad para regalarle una rosa, se aproximó a las escaleras y en un gesto elegante le ofreció la mano para escoltarla a su asiento. Durante un segundo que se alargó una eternidad Dariana no supo qué hacer; todos los presentes la miraban, los aplausos olvidados ya, desde luego aquello no era algo que se viera todos los días. Sin tiempo para decidir qué estaba bien o mal, Dariana aceptó la mano del cabellero.
—Gracias, Ser —dijo Dariana, esbozó una sonrisa, la sonrisa de una princesa para cualquier súbdito, y posó su mano en el antebrazo del caballero.

La tensión, que por un leve instante se había palpado en el Gran Salón, se esfumó y se oyó otra tanda de aplausos. Aunque no tantos como la primera vez. El caballero la ayudó a bajar los últimos escalones y la guió a su sitio en el estrado principal.

—Permitid que me tome el atrevimiento de deciros que hoy se ve especialmente hermosa, Princesa —dijo ser Harris, bajando las escaleras.  

—Sois muy amable, Ser.

—Amabilidad nada, si belleza es lo único que mis ojos ven.

Dariana ya no respondió. No sabía qué hacer en esa situación. Cientos de lecciones, horas y horas de charlas tediosas, y nadie le había dicho cómo actuar en aquel momento. No se suponía que ser Harris la escoltara, en todo caso su padre o algún pariente. «Seguro que está mal —pensó—. En todo caso diré que acepté su brazo para no dejarlo plantado frente a un millar de invitados». Sin embargo, por dentro sonreía. El sólo contacto con su brazo le produjo un hormigueo excitante, grato. También era admirable el riesgo que estaba corriendo por ella, poner en su contra al heredero de Puerto Esthír no era una buena idea, peor aun, al rey. ¿Cómo no sentirse halagada entonces?

Una vez en la mesa principal Harris se despidió con una reverencia, a ella y a los monarcas. Su padre lo despidió con un cabeceo seco. Para su prometido y demás comensales no hubo nada.

—¿Es el menor de los hijos del Viejo Cuervo? —Preguntó Martin Dortall. Alguien le respondió que sí— ¡Orgulloso como un pavo real!

—Pero de cabellos como un cuervo —comentó el abuelo de Dariana, Lord Bride.

—Señores de nada —dijo con frialdad ser Daniel.

Dariana sintió una punzada de malestar.

—No los subestimes tanto, Ser —intervino el Rey—. Pueblo Chico cuenta con una fortaleza formidable y sus minas aún producen una cantidad decente de plata y oro. 

Dariana saludó respetuosamente a los comensales, antes de que se olvidaran de ella, y tomó asiento junto a la reina. El banquete aún no había dado inicio. En todas las mesas, incluida la principal, sólo había bandejas con frutas: manzanas, uvas verdes, moradas y blancas, ciruelas, duraznos, naranjas y mandarinas. Los comensales se entretenían comiéndolas y charlando mientras se empezaba a servir los platos principales.

En el centro de la mesa, ocupando el lugar de honor, se encontraba su padre, con aspecto regio y barba de corte recto; una corona de oro con incrustaciones de diamantes y rubíes adornaba su cabeza. A la izquierda del rey se sentaba la reina Brissa, también con una corona no menos lujosa. Le seguía Dariana, Lord Bride, Lord Walfred Monreal, señor de Colina Baja y por último Lord Martin Dortall, señor de La Unión, ambos importantes lores de Afiran. A la derecha del rey había un niño de diez años, Naamario Doverick, príncipe heredero del reino y hermano menor de Dariana. A éste le seguía ser Daniel Madison, el prometido de Dariana, ser Freddy Madison, tío de ser Daniel, quien había venido en representación del padre de éste, y por último se encontraba lady Miriam Madison, la madre de su prometido.

—Además —Lord Martin aún no había terminado—, los Wyback tienen una historia de la que sentirse orgullosos. Sus mujeres han estado emparentadas con reyes y de sus hombres se cuentan gestas de gran valor.

Dariana se puso tensa. La última parte del comentario había sido decididamente mordaz. Y no le cabía duda a quienes iba dirigido. Era por todos sabido que Lord Harran, el padre de Harris, fue quien guió la caballería hasta el rey Ervan Madison, capturándolo y poniendo fin a la guerra y a la independencia de Puerto Esthír.

Ser Daniel dirigió una mirada felina a lord Martin, éste ni se inmutó.  

—Hey, mirad, aquí viene la música —dijo Lord Bride. Y durante un rato nadie dijo nada. La suave música atraía de momento toda la atención.

Dariana también se concentró en la música. Su madre le tocó el hombro y le dijo que estaba muy hermosa. También le pidió que mirara a su prometido y le dedicara una sonrisa. Pero los cuerpos de los otros comensales le impedían la vista y no quiso estirar el cuello.

Dariana mordisqueó una uva mientras escuchaba a los cantores y escudriñaba el resto de la estancia. El Gran Salón era un amplio recinto de más de cien metros por lado. Tenía veinte chimeneas adosadas a ambos costados, de las cuales solos seis tenían fuego al tratarse aquella de una noche cálida. Gigantescos candelabros con enormes velas pendían del techo de la estancia para iluminar el salón; en el Gran Salón no se usaban lámparas de aceite. Bajo la luz mortecina de las velas había mesas de cedro montadas en caballetes, con bancas de caoba púlido, con espacio para un millar de comensales. La mesa principal se encontraba un estrado más arriba. Separadas unos cuantos pasos del resto había dos mesas más, donde se sentaban otros importantes lores y caballeros del reino. Dariana vio a ser Harris ocupar un lugar en el fondo del salón, junto a otros jóvenes caballeros y escuderos. No le dirigió más que una mirada de soslayo.

Por las puertas del fondo entraba un arroyo de gente, embutidos en sedas y terciopelos. De vez en cuando hacía su aparición una dama o un caballero de alto nombre y hacían un alto para que un segundo heraldo los anunciara. El Gran Salón no tardó en estar atestado. Los de atrás tuvieron que apretujarse un poco para hacer sitio a los rezagados.

De modo que el rey se puso de pie e hizo guardar silencio a los presentes. A continuación, dio un discurso acerca del motivo del banquete, de lo feliz que se encontraba de que su hija se comprometiera con el distinguido hijo del honorable lord de Puerto Esthír y un montón de chácharas más. Dariana escuchó en silencio, pero más tarde no recordaría casi nada del discurso de su padre. La reina Brissa también tuvo palabras de halago para los ahora ya novios e hizo votos por su felicidad y porque el compromiso llegara a buen término. Después habló ser Freddy y a continuación la madre del novio. Ambos manifestaron lo feliz que se encontraban, una por su hijo y el otro por su sobrino, y que mejor muchacha no pudo encontrar en el mundo entero, y que se sentían honrados por pasar a tener lazos con la regia familia Doverick. Después de los discursos los novios se pusieron de pie, se tomaron de la mano e hicieron una reverencia al rey y después al resto de los congregados y se corrió un lugar a la familia del novio para que Dariana se sentase junto a éste. Por último, el rey batió palmas y la servidumbre empezó a servir la comida.

Los criados entraron a raudales, con cientos de bandejas repletas de comida. Había platos para todos los gustos: salmón y trucha asados y en diferentes salsas, traídos del Lago Real, que quedaba a las afueras de la ciudad, del Río Esthír y del Browny; así como cabrito, jabalí, res, lonchas de cordero que goteaban grasa, empanadas de morcilla y patos enteros; puerros asados, enormes cebollas, remolachas, patatas y zanahorias. También había platos más exóticos como las ostras, cangrejos, caracoles, pulpo, y erizos. Tras la comida venían los escanciadores de vino y cerveza; el vino era domarí y la cerveza afirense. Los trovadores, sobre una plataforma en uno de los extremos del salón, hicieron a un lado la música suave por algo más alegre.

Durante media hora no se oyó más que el ruido de platos y escudillas, de copas y jarras, y charlas y risitas a poco volumen. Pero a medida que la comida se acababa y el vino corría con más asiduidad, las charlas empezaron a subir de volumen y de intensidad y las risas se convirtieron en carcajadas. Pronto no circulaba más que vino y cerveza y los convidados se gritaban unos a otros, tal que parecía que pronto se armaría una trifulca. Los más avezados, jarra en mano, cogieron a la mujer más a la mano y empezaron a bailar entre las mesas. En los bancos de atrás se inició una pelea y una mesa voló por los aires. Un minuto después, los camorristas eran escoltados fuera.

Dariana por su parte se mantuvo en su asiento, tranquila. Sólo bebió una copa de vino y trató de formarse una imagen de su prometido, aunque de vez en cuando lanzaba una mirada a los bancos del fondo. Sus doncellas tenían razón, ser Daniel era un joven caballero muy guapo. De tez blanca, ojos verdes y de dentadura brillante. Sus labios eran rosados y resaltaban en su piel clara, aunque de vez en cuando se encogían en un mohín. Esa noche llevaba el largo cabello rubio recogido en una coleta. Era alto, casi seis pies, de miembros gruesos y su voz era grave, potente, como la del señor que un día sería. Y lo mejor de todo es que se había mostrado todo dulzura con ella. Dariana estaba segura que podía llegar a amarlo. Hablaron durante casi todo el festín, de algunas cosas triviales y otras no tanto. Él le contó que estaba ansioso por participar en la guerra y Dariana le pidió que tuviera cuidado. Cuando le dijo que también moría porque llegara la noche de bodas para estrecharla en su regazo, Dariana se sonrojó y no se atrevió a contestar. Y cuando el rey y la reina, tomados de la mano se fueron a bailar, Dariana no dudó en hacer lo mismo. Olvidó la tímidez por unos segundos, tiró de la mano de su prometido y se lo llevó al espacio que la servidumbre había liberado de mesas y bancas.

—Así que además de hermosa, la princesa también baila muy bien —comentó su prometio.

—Cuando eres princesa es lo que se espera de ti —respondió Dariana.

—Sin duda alguna ha superado las expectativas —dijo ser Daniel mientras bailaban al son de una música suave—, pues no creo que haya otra princesa en el mundo que equipare en belleza a mi prometida, ni que baile con la misma gracia y agilidad.

Dariana que pugnaba por no sonrojarse perdió la batalla, por lo que agachó el rostro unos segundos.

—Mi buen caballero tampoco lo hace nada mal —dijo después de un momento, consciente de que el baile no era el punto fuerte de su prometido.

—Cuando eres un caballero te preocupas más por montar a caballo y por el uso de las armas que por bailar —manifestó ser Daniel.

Ambos, princesa y caballero, sonrieron.

Al final de todo fue una hermosa velada. Dariana bailó feliz, a pesar de que apenas le llegaba al pecho a su prometido. Parecía una niña junto a él, aunque en realidad era una niña, por lo mismo no se impuso privaciones y bailó como la niña que era. También bailó con su padre, con ser Freddy Madison y con su hermanito Naamario. Lo único que enturbió un poco su felicidad fue el hecho de que cuando halaba a ser Daniel al centro del salón para bailar, vio a ser Harris abandonar la estancia, medio tambaleante a causa del vino, y no se marchó sin antes dirigirle a ella una mirada inundada de tristeza y decepción. Por unos segundos Dariana se sintió triste y apocada, pero luego se convenció de que no tenía por qué estarlo, ella no tenía la culpa de que ser Harris se marchara triste ni que se hubiera ilusionado con ella. Pronto se encontraría alguien perfecta para él. Convencida de que ella no tenía por qué sentirse culpable se ocupó de bailar y pasársela bien.

Ya era media noche cuando Dariana se marchó a su habitación, se encontraba exhausta y somnolienta. Antes de irse a la cama, su prometido depositó un cálido beso en su mejilla y le deseó buenas noches. Dariana, medio sonrojada le agradeció la velada, se dio media vuelta y se marchó sintiendo maripositas en el estómago. La fiesta abajo aún no había terminado ni mucho menos, aún pasarían un par de horas más para que se diese por concluida, pero ella se encontraba demasiado cansada como para mantenerse en medio de aquel bullicio.

Sus temores de la tarde habían desaparecido casi por completo. Ésta vez Irene se había equivocado, ser Daniel Madison había demostrado ser un auténtico caballero, además de guapo, fuerte y agradable. Una chispa de esperanza se prendió en el interior de Dariana, aún era posible que ella terminase casándose por amor. Con ese pensamiento se echó en su cama sin siquiera quitarse ropa ni joyas y se durmió.  Sin embargo, si era así, por qué el último rostro que vio antes de quedarse dormida fue el de ser Harris Wyback.

Lee el capítulo siguiente: CAPÍTULO 4

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