Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

2 de julio de 2017

El Mago Desterrado (capítulo 2)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 1

La Vela Roja
Cúmulos de nubes grises surcaban el cielo, empujadas hacia el oeste por la brisa proveniente del este. Era una brisa suave y cálida que empujaba a la Vela Roja hacia su destino: Mesandia. Tres solitarias gaviotas surcaban el horizonte, testimonio de que la costa no estaba demasiado lejos. La Vela Roja, una carabela de dos velas blancas con franjas rojas, para hacer honor a su nombre, surcaba las inquietas aguas del Mar Gris con la fuerza y convicción que sólo una buena nave y una excelente tripulación pueden proporcionar. Las aguas formaban pequeñas olas como vestigios de su paso.

Darío, un joven oficial, musculoso, fuerte, enérgico, comandaba aquella tripulación de reconocimiento y exploración. Parado en la proa, con las manos en la barandilla, resistía el tímido oleaje del mar mientras oteaba el horizonte en búsqueda de la costa que sabía no tardaría en aparecer. Era aquella su primera misión. El almirante Marcial creía que ya estaba preparado para mandar en una tripulación y lo había puesto a cargo de la Vela Roja. Era una tripulación pequeña y una misión sencilla, pero por algo se empezaba; no cualquier joven de veintiún años era considerando lo suficientemente capaz como para liderar una misión por muy trivial que ésta fuera. A menos que fueras miembro de la nobleza, claro está. Pero esa no era su situación. Su tripulación, compuesta de treinta integrantes, también eran hombres jóvenes, cosa por la que Darío estaba agradecido con el almirante Marcial, ya que estos habían asimilado mejor su mando. Tampoco era de esperar menos, la guardia costera de Isla Darcis era de las más disciplinadas y reconocidas de todo occidente.

Aquel era el cuarto día de travesía. Partieron de la Base Naval Macario Darcis con las primeras luces del alba, cuatro días atrás. El almirante Marcial junto a algunos capitanes salió a despedirlos y a desearles buenos vientos. El alto y moreno personaje incluso lo abrazó con efusividad y le pidió que tuviera mucho cuidado. Darío replicó que hacía mucho que era un hombre y que sabría cuidarse de cualquier eventualidad, a él y a su tripulación. Fue un momento muy incómodo, sobretodo porque ni él ni el almirante congeniaban demasiado bien. A veces se comportaba como un padre demasiado estricto.

El viaje fue más molesto que placentero. Las tormentas primaverales los acozaron repetidamente y sus hombres tuvieron que emplearse a fondo para mantener la nave a flote. Se la pasó empapado la mayoría del tiempo y por algunos momentos llegó a creer que no alcanzarían su destino. Pero allí estaban, a escasas millas de Mesandia. Y por una vez parecía que no iba a llover. Una sonrisa de satisfacción bailoteaba en sus labios.

Mesandia era una isla ubicada en el centro del Mar Gris, al oeste de Isla Darcis. Cuatro meses atrás el invierno había sido especialmente duro con la isla; no había traído sobre la misma sólo lluvia, sino también nieve (hacía decenios que no se veía nieve tan al sur de Arrdras). Lo peor de todo no fueron las nieves ni las lluvias, sino los vientos huracanados que devastaron casi por completo la región. Testigos hablaban de que en la parte más septentrional de la isla la nieve había alcanzado un metro de altura y que los vientos arrancaron de raíz lo árboles más pequeños y arrasaron con las construcciones menos sólidas; lo que era la mayoría de edificaciones. El invierno fue tan cruel y destructivo que ni los más ancianos recordaban uno igual.

La isla era habitada especialmente por pescadores y campesinos y era uno de los lugares más míseros de Brenfer. Varios de sus habitantes (pescadores por tener más experiencia con las aguas) en un gesto heroíco habían abordado un esquife y se aventuraron a las rabiosas aguas saladas del Mar Gris para comunicar sus desventuras al monarca de Brenfer. Tras seis largos días a la intemperie, tres sobrevivientes de la audaz travesía lograron llegar a Isla Darcis. Lord Byron Darcis, señor y gobernador de la isla, había enviado un mensajero al rey para informar de la situación en Mesandia, y éste, para sorpresa de todos, o por lo menos de la mayoría, ordenó que Lord Byron dispusiera de toda su flota para auxiliar a su pueblo en Mesandia. La orden era recoger a los habitantes de la isla y llevarlos al Valle Ardragon.

Cincuenta naves partieron de Isla Darcis rumbo a Mesandia (casi la totalidad de la flota de Lord Byron), cuarenta y siete llegaron a su destino. Peor aún, sólo cuarenta y tres consiguieron regresar, cargadas de hombres, mujeres y niños, a cuál más desaliñado y mugriento que el de al lado. Muchos venían enfermos y la mayoría hambrientos y asustados. Casi todos habían vivido desde su nacimiento en Mesandia y la idea de dejar su hogar no les levantaba el ánimo precisamente.

Ahora, las casi quince mil personas sobrevivientes a la nieve y a los huracanes y a la dura travesía en alta mar, acampaban desde hacía dos meses junto al Río Lara en el Valle Ardragon, sin más que hacer que lamentar su suerte y llorar por los seres queridos que habían perdido. Aunque por supuesto, también hacían otra cosa: devorar los suministros que desde Brazdam les enviaba el rey Crasio, primero en carromatos hasta Bosque Alto y de allí en barcazas y cocas a través del Río Lara hasta su campamento.  

Allí era donde entraba en juego él y la Vela Roja. Los habitantes de Mesandia, en aquella situación sólo suponían una carga para el reino, más en concreto, para las arcas del rey. Así que Crasio Villareal había enviado una orden a Lord Byron para que mandara, ahora que las tormentas de invierno habían pasado, una nave a explorar el actual estado de Mesandia. Lo que el rey quería saber era si la remota isla se encontraba en condiciones de ser habitaba o si tendría que disponer de tierras para asentar a aquella población, para que empezasen a trabajar y a valerse por sí mismos, puesto que no era nada redituable para el monarca mantener a semejante cantidad de personas sin que éstas retribuyeran de manera alguna al reino.

«El rey tiene razón —pensó el joven oficial Darío—. Esos pescadores son solo una carga para el reino. Lo mejor será que regresen a su tierra».

Lo que Darío no comprendía era por qué el rey no pensó en ello antes de enviar a la flota de Lord Darcis a salvar aquella plebe. Ninguna ganancia se obtuvo con ello. Todo lo contrario, se perdieron siete naves y sus respectivas tripulaciones, sin contar lo que le estaba costando a las arcas reales alimentar y vestirlos a todos. No, definitivamente nada se había ganado con ello, excepto, quizá, la gratitud de algunos plebeyos y un gesto de asentimiento por algunos lores y uno que otro monarca.

Y para acentuar las pérdidas, los mesandianos ni siquiera contribuían en la economía del reino cuando estaban a pleno en su mísera isla. Mesandia era tan pobre que la mayoría apenas conseguía lo suficiente para subsistir ellos y su prole. Ninguna moneda de los resctados había servido para comprar siquiera un madero de los barcos que se habían perdido, ni que decir para engrosar las arcas de la que ahora se alimentaban. En definitiva, en opinión de Darío, el Rey Crasio se había equivocado al ayudarlos. Quizá lo mejor hubiese sido dejarlos morir o que sobrevivieran por sus propios medios.

Darío movió su cabeza en desacuerdo con aquella absurda decisión del rey. De haber sido él el rey habría obrado de forma muy diferente.

—¡Tierra! ¡Tierra a la vista! —Gritó el vigía apostado en la cofa.

—Gracias, marino —dijo Darío. Él aún no la veía, pero como había supuesto, ya estaban cerca de Mesandia—. Mantened el rumbo —ordenó.

«Mesandia», pensó con una sonrisa irónica. La había pasado mal gracias a esa isla, cuando como sargento había venido con la flota de Lord Darcis para rescatar a sus pobladores, bajo el mando y tutela del Almirante Marcial. Sin duda alguna era el viaje en que peor lo había pasado, soltando y atando cabos (como si fuera un simple marinero) bajo una intensa lluvia, recogiendo y poniendo las velas cada vez que el viento y la lluvia lo permitían. Pero lo peor fue ver morir a compañeros y amigos (arrancados de la cubierta por los fuertes vientos o los bandazos que el oleaje hacía dar al barco) y ver hundirse naves enteras. Y si eso no era suficiente, bajo intensos aguaceros tuvieron que ayudar a subir a los navíos a todos los evacuados. Los miserables eran tantos y las naves tan escasas que tuvieron que apretujarlos como sacos de harina; hasta quinientos y seiscientos en las naves más grandes ¡Una auténtica locura!

Ahora volvía a la misma isla, pero ya no como un sargento, sino como capitán explorador, al mando de una rápida y buena nave y cumpliendo órdenes del mísmisimo rey. Esperaba poder presentarse ante su superior con buenas noticias, las que únicamente serían si la isla estaba en condiciones de ser habitada nuevamente. Confiaba en que así fuera, no quería ser, en su primera misión, portador de malas noticias. Pero qué podía hacer al respecto si definitivamente Mesandia había quedado inhabitable. Sacudió la cabeza y trató de concentrarse en el horizonte. Pronto aparecería la costa ante su vista y tendría excusa para hacer lo que más le gustaba de ser capitán: gritar órdenes.

Las nubes grises que surcaban el cielo parecían volverse más grandes y negras cuando por fin una fina línea de tierra se dibujó en el horizonte. Después de todo quizá sí llovería ese día. Mesandia se perfilaba ante sus ojos, una línea sinuosa y gris a la distancia. Respiró hondo y escrutó la costa tratando de distinguir algo, fue en vano. Más allá, recordó, más allá, mucho más al oeste de Mesandia se encontraba Darstram, hogar desde hacía mil años de los monstruos llamados Myaram u Hombres Grises, como se les llamaba comunmente. Un escalofrío recorrió el cuerpo del joven capitán.  No le traía buenas sensaciones el pensar en los monstruos que atemorizaron Arrdras hacía más de mil años y que hoy día eran los principales protagonistas de los cuentos que usaban las abuelitas para asustar a los pequeños. Así que los sacó de su mente y se puso a lo suyo.

—Todos a sus puestos —rugió poco después.

La tripulación, obediente, corrió a sus respectivos lugares: unos a las velas y otros a las amarras. El resto se plantó en la cubierta, ataviados de plata y azul, lanza en mano, espada y daga a la cadera y el escudo cuadrado sujeto al brazo; si se presentaba algún peligro a la hora de desembarcar, ellos eran los primeros en entrar en acción. Darío sonrió para sí mismo, le encantaba ver como, a una orden suya, todos sus tripulantes se desvivían por cumplirla. Era indudable que la flota de Lord Darcis tenía bien ganada la fama de disciplinada.

Darío, el joven capitán de la flota de Isla Darcis, sonreía de satisfacción mientras se acercaba a la costa de Mesandia, hasta que el grito del vigía apostado en la cofa lo hizo fruncir el ceño.

—¡Capitán! ¡Capitán! ¡Dos barcos! —gritó el centinela entre confundido y atemorizado.

Darío tardó un segundo en comprender las implicaciones de aquel grito.

—Explícate mejor —ordenó con el ceño fruncido.

—Dos barcos de velas negras —dijo el vigía—. Ahora mismo enfilan hacia el sur…

Pero ya no eran necesarias más explicaciones; efectivamente dos barcos de velas negras navegaban cerca de la costa, de norte a sur. Cuando la Vela Roja llegara a la playa se encontraría con esas dos naves apostadas frente a ella. Darío rebulló con inquietud y mentalmente empezó a maldecir su mala fortuna.

—Mi lente —gritó el capitán—. ¡Traed mi lente ¡Maldita sea! ¡Traed mi lente!

Un joven marino se escabulló de prisa en busca de la lente del capitán.

Darío permaneció parado en la proa, confundido y nervioso, mientras escrutaba los barcos de velas negras que navegaban a poco más de un kilómetro de su posición. Su mente se afananaba en la búsqueda de candidatos a tripulantes de aquellos barcos. ¿Enemigos? No, eso no podía ser, no debería ser. Quizá eran barcos de alguna flota de Braltiz, Skartel o inclusive de Maritania. Aunque también podría tratarse de piratas; de ser así estaban en graves aprietos. Pero no debía precipitarse a sacar conclusiones. Primero lo primero: averiguar bajo qué estandartes navegaban. Podía pedirle al vigía que mírase las banderas de los otros barcos, pero esa tarea prefería hacerla él personalmente.

El marino que se había escabullido, un par de años más joven que el mismo Darío, raudo, le llevó la lente que había pedido.

Darío la cogió, no sin cierto nerviosismo, y llevándosela al ojo derecho la apuntó a una de las dos naves de velas negras. La sangre del joven capitán de exploración se congeló de golpe, el estandarte que ondeaba en lo alto de un mástil de las naves fue el causante de ello. A través de la lente podía ver claramente una bandera de tela negra con una imagen escalofriante: una calavera semihumana con orejas puntiagudas y largos colmillos, todo color crema; en las cuencas de los ojos dos canicas rojas, escalofriantes; y en la parte de atrás, formando una X, una lanza y una espada de color metal.

Una gota de sudor surcó la frente de Darío a la vez que un leve temblor recorría su cuerpo. Jamás había visto aquel estandarte en persona, pero sabía a quienes pertenecía. Con cautela y temor hizo descender lentamente la lente (como si el sólo hecho de bajarla con rapidez pudiera delatarlo ante el enemigo), hasta posarla en los tripulantes de la nave. El escalofrío más gélido que en su vida sintiese recorrió el cuerpo del joven capitán de la Vela Roja. Su ojo se había posado en una criatura pesadillesca: parecía un humano, pero no lo era; tenía orejas puntiagudas, colmillos largos y ojos rojos y la piel se le veía aspera, gruesa y gris. ¡Estaba viendo un Myaram, un hombre gris, enemigos mortales de los hombres!

Darío casi cae de culo cuando el hombre gris al que estaba observando pareció devolverle la mirada a través de otro catalejo.

—¿Qué sucede, Capitán? —preguntó uno de los marinos.

—Somos hombres muertos —farfulló el joven capitán. Afortunadamente nadie le escuchó.

Estupefacto observó cómo las naves de los Myaran cambiaban de curso, apuntando sus proas en dirección a la Vela Roja.

—¡Vienen hacia nosotros! —dijo uno de sus hombres, señalando lo evidente.

—¡Dad la vuelta! —Gritó Darío—. Poned rumbo a Isla Darcis. Daos prisa o seremos hombres muertos —algunos de sus hombres parecían no entender—. Esos que vienen allí —dijo señalando a los barcos de velas negras— ¡Son hombres grises!

Los rostros de la tripulación palidecieron un segundo e intercambiaron miradas estupefactas y de temor. Pero estaban entrenados para enfrentar el peligro, se repusieron enseguida; eran hombres valientes. Las velas restallaron y la madera del barco crujió ante el repentino cambio de dirección. Darío se desentendió de la tripulación y mantuvo la vista fija en los barcos enemigos.

«Que Quartón, Marcadav y todos los dioses nos ayuden», suplicó el joven capitán. No era un hombre devoto, pero el miedo que le atenazaba las entrañas logró que lo fuera por unos momentos. Los myaram se acercaban a gran velocidad.

La tripulación logró girar la nave con sorprendente rapidez, cosa que solo fue posible debido al duro entrenamiento y la práctica, y por qué no, también gracias a la dosis de miedo que les insuflía el verse amenazados por monstruos que no se habían avistado cerca de Arrdras en siglos.

«Puede que no todo esté perdido», meditó Darío al observar el afán que sus hombres pusieron en hacer cambiar de dirección la Vela Roja. El barco terminó el giro con un leve bandazo y de inmediato empezó a coger velocidad. En el cielo las nubes oscuras empezaban a tornarse negras y el viento se tornó racheado, lo que no ayudaba precisamente a la velocidad del barco.

«No todo está perdido», repitió para sus adentros mientras sentía como La Vela Roja cogía velocidad.

Y en cierta medida tenía razón. Aquella carabela no era una nave de guerra; no tenía remos para luchar contra la corriente, ni un buen contingente de marinos para atacar o defenderse. Era simplemente una nave de reconocimiento y exploración, desprovista de recursos para una batalla, pero era rápida; era una de las naves más rápidas con las que contaba la flota de Lord Darcis. No importaba que hubiera poco o mucho viento, ni que este les llevara la contraria, La Vela Roja estaba diseñada para sobreponerse a estos obstáculos y continuar avanzando; el único inconveniente era su tamaño, demasiado pequeña para transportar una tripulación de considerable tamaño. Pero para huir era la mejor.

Darío abandonó la proa y fue a la popa para quedar frente a sus perseguidores. Se permitió exhalar un débil suspiro de alivio al ver que se estaban rezagando. Las dos naves de los myaran les seguían, pero era evidente que perdían terreno respecto a La Vela Roja. A la distandia se veía que al menos un centenar de remos negros hendían el agua, como un ciempiés oscuro, pero aún así su avance era lento. Las naves enemigas sí que eran barcos de guerra, grandes y pesadas. A pesar de contar con cien o doscientos (era difícil saberlo a la distancia) remos cada una, no podrían dar alcance a la pequeña pero veloz Vela Roja.

Darío observaba desde la popa, pendiente de los barcos enemigos, y conforme éstos se rezagaban con el paso de los minutos, la seguridad fue volviendo al joven capitán. Personalmente se encargaría de comunicar del infructuoso ataque de los hombres grises a Lord Darcis, éste se enfadaría y gritaría, juraría que aquello era un ultraje y que no se quedaba así. Probablemente aquel infructuoso ataque significaría la guerra contra aquellos abominables seres, y más que seguro, también su final y absoluta desaparición de la faz de la tierra.

«Sí, así será —se dijo—. Y yo estaré allí».

—Capitán, Capitán Darío —una nerviosa voz lo devolvió a la realidad—. ¡Hay más, hay más barcos!

—¿Qué quieres decir? —Vociferó el capitán, girándose bruscamente hacia su interlocutor.

Éste retrocedió un paso ante el repentino giro de su superior.

—Hay dos barcos más —informó—. Uno a estribor y otro a babor.

Darío corrió hacia hasta la proa. El sabor de la victoria se convirtió en bilis en su boca. Dos naves de velas negras, algo más pequeñas que las otras, se acercaban a su barco a gran velocidad, una por el sureste y la otra por el noreste. Ambas naves se encontraban a escasos quinientos metros en diagonal de la nave que comandaba ¡Se trataba de una emboscada!

—¡Maldición! —Rugió el joven capitán—. Avanzad, avanzad, no retrocedáis en ningún momento. El resto que se prepare para pelear.

Durante un segundo trató de decidir el mejor rumbo a seguir. Desde luego, dar la vuelta era de todo punto impensable. Virar a norte o sur era una opción más viable, pero lo más probable es que fueran interceptados por las velas negras que guardaban esos flancos, y aún si consiguieran eludirlas, tendrían que navegar en paralelo a las costas mesandinas y nadie les aseguraba que no hubiera más barcos enemigos patrullándolas. No, la única opción que les quedaba, y quizá también la más temeraria, era seguir recto, hacia el este, y tratar de pasar por entre las velas negras. De modo que no dio otra orden, sino que dejó que la Vela Roja continuara su rumbo.

La carabela siguió su curso. Darío observaba atento las dos naves enemigas que, percatándose que la Vela Roja no cambiaba de dirección, maniobraban para cerrarle el paso.

—Mantened el rumbo —rugía el oficial Darío una y otra vez—. Mantened el rumbo y no temáis.

Aún podían escapar. Tendrían que pasar en medio de las dos naves de velas negras, pero si lo lograban podrían escapar. Éstas, si contaban con mucha suerte, se estrellarían entre sí; si contaban con poca suerte, al estar de costado tardarían un minuto en corregir el rumbo, lo que permitiría que la Vela Roja se alejara y tomara un poco de ventaja, era poco probable que tuvieran más barcos esperándoles más adelante. Por el contrario, si ocurría lo lógico, las dos naves enemigas lograrían embestir la Vela Roja y sería el fin para él y su tripulación.

La Vela Roja siguió deslizándose suave, pero con firmerza. En el cielo, las nubes se habían vuelto negras y los primeros truenos resonaban en la distancia. Una racha de viento de oeste a este dio un empujón adicional al barco y Darío creyó que podían conseguirlo.

El momento cumbre se acercaba más y más con cada metro que la nave recorría. El viento cambió de dirección repentinamente e hizo que el barco diera leves bandazos. Pero no varió su dirección y la velocidad apenas se vio afectada. La Vela Roja siguió su camino, inexorable. En frente, las velas negras seguían acercándose, tratando de impedirle el paso. El agua lamía sus cascos, también negros, y formaba pequeñas olas a su paso.

Pronto Darío se dio cuenta que su temerario plan no fructificaría. Las velas negras estaban demasiado cerca. No alcanzarían a pasar por entre las naves enemigas y, lo peor de todo, ya era muy tarde para corregir el rumbo. El desánimo sacudió su ser durante varios segundos, pero él era un hombre de Isla Darcis, de Brenfer, de Arrdras, no moriría sin presentar batalla.

—Coged las armas —rugió para que sus desalentados marinos le oyeran—. Somos hombres de Isla Darcis, somos hombres de Brenfer, somos hombres de la flota de Lord Byron y del Rey —las cabezas de sus hombres se giraron y lo miraron—. Así que vamos a pelear ¡Por Darcis! ¡Por Brenfer! ¡Por el rey!

—¡Por Darcis! ¡Por Brenfer! ¡Por el rey! —gritó al unísono su tripulación.

Darío sonrió para sus adentros. Morirían, eso era una realidad (a menos que los dioses hicieran un milagro), pero se llevarían al mayor número de abominables criaturas que pudieran. Uno de sus hombros le llevó su escudo y su casco de rostro descubierto. Aceptó de buen grado que le ataran las correas de ambos. Había soñado con llegar muy alto en su carrera naval. Lástima, aquello ya no podría ser. Pero no se amedrentó. Darío era sobre todo valiente. Aceptó su destino como sólo un condenado a muerte puede hacerlo.

La Vela Roja siguió deslizándose en las aguas del Mar Gris, ajena a lo que estaba a punto de ocurrir. En frente, las velas negras forzaban los remos para cerrarles el paso. Durante un momento Darío creyó escuchar el desenfrenado redoble de los tambores que marcaban el ritmo de los remos negros. Los dejó de oír cuando el barco fue embestido por ambos costados, sin posibilidad de liberarse. El casco se rompió como cascara de huevo y el agua empezó a entrar a raudales.

Las naves enemigas llevaban cada una por lo menos cincuenta hombres grises, todos feos, sucios y de aspecto feroz. Los más pequeños medían metro y medio, mientras que los más grandes sobrepasaban sin ninguna dificultad los dos metros. Vestían ropas negras, chalecos de cuero, cotas de malla o petos sucios y herrumbrosos, cascos conicos que solo protegían la cabeza e iban armados con espadas, lanzas y hachas.  De entre todos destacaba un gigante que blandía una enorme maza con puás.

—¡Hombres de Darcis! —Gritó Darío para hacerse oír— ¡Al ataque!

La tripulación de la Vela Roja vitoreó a todo pulmón y se abalanzó sobre los Myaram de la nave que los embistió por estribor. El gigantesco hombre gris, el que llevaba la maza con púas, rugió algo con voz carrasposa y grave; acto seguido un centenar de Myarams se lanzó sin piedad sobre la valiente tripulación brenferina.  

Más que una batalla fue una carnicería. Los hombres de Isla Darcis iniciaron la batalla envalentonados por las palabras y el valor mostrado por su capitán, pero pronto se vieron superados en rabia y número. Los myarams luchaban con tanta saña como ningún hombre había visto en mucho tiempo. Uno a uno la tripulación de la Vela Roja fue cayendo. Borrher iba a tener muchas almas ese día.

Darío luchaba con coraje, ya había abatido a dos hombres grises y quería abatir a más. Más de la mitad de sus hombres estaban muertos, pero no se desanimó porque sabía que eso pasaría, sabía que todos iban a morir. Lo único que quería ahora era llevarse consigo el mayor número posible de hombres grises. Pero todo acabó para él cuando, al abatir a un tercer myaram, se encontró frente a frente con el más grande de todos, el que combatía con la maza, la cual, al igual que su espada, chorreaba sangre.

El gigantesco myaram dejó caer la maza sobre Darío, pero éste, ágil como era, la esquivó e intentó pinchar las piernas de su agresor. El myaran esquivó la estocada y respondió con otro mazazo, ésta vez Darío no fue lo suficientemente rápido; intentó apartarse, pero las púas lograron rasgar su costado, el escozor fue terrible. Cayó de espaldas, cogió su espada para seguir combatiendo, pero el gigantesco hombre gris no le dio oportunidad. Lo último que el joven oficial Darío vio fue la gigantesca maza con púas cayendo sobre su cabeza. 

Lee el capítulo siguiente: CAPÍTULO 3

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