Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

30 de julio de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 6)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 5
La preocupación de Marcial
El capitán Pablo abrió la puerta y entró a la oficina después de llamar. Se uniforme de pantalones grises (o plateados como preferían llamarlos los marinos) y casaca azul con botones plateados, pulcro como siempre.

—Aún no hay noticias de la Vela Roja —dijo nomás entrar.

Marcial Gómez, Almirante de la flota de Isla Darcis, asintió despacio, sopesando la información.

Habían pasado diez días desde que Darío, un sargento recién ascendido a capitán, comandara la Vela Roja en una misión de exploración y reconocimiento a Mesandia, una isla que habían evacuado hacía un par de meses a causa del crudo invierno que la azotó.

El almirante llevaba dos días esperando el regreso del joven capitán con el informe de la misión, pero éste aún no había vuelto. No era raro que alguna nave se retrasara un par de días en una misión, era algo normal, pero Marcial no se sentía cómodo aquella vez. Algo, como un presentimiento, le decía que algo había ido mal.

—Gracias, Pablo —dijo el almirante—. Manteneos atentos, la Vela Roja puede aparecer de un momento a otro. Ahora déjame a solas.
  
—Siempre estamos alerta —señaló Pablo—. No debes preocuparte por ese joven —agregó—. Verás que regresa pronto.

—Eso espero, Pablo. Eso espero.

Pablo hizo una leve inclinación de cabeza y salió de la estancia. 

Marcial Gómez se quedó solo en la Oficina de Mando de la Base Naval Macario Darcis. Ésta era en efecto una base naval, llamada Macario Darcis en honor a un rey que había gobernado Isla Darcis hacía quinientos años, cuando la isla era un reino y no un estado bajo el dominio de un reino mucho más grande.

La Base Naval Macario Darcis existía desde hacía un milenio. En un principio, según los libros, se trató únicamente de unas chozas en las que los marineros dormían y comían, siempre cerca del mar, para repeler los ataques de piratas y corsarios del mar Gris. Con el transcurrir de los años, las décadas y los siglos, la Base se fue convirtiendo en una fortaleza. Las chozas del principio cedieron su lugar a edificios de piedra y granito con espacio suficiente para miles de hombres. La Base contaba con cocinas, armerías, comedores, salones para usos varios y por supuesto, astilleros para la construcción de barcos y reparación de los mismos. Las chozas con que empezó la historia de la Base, ahora eran solamente eso, historia. Hoy día la Base Naval Macario Darcis era una imponente fortaleza de media milla por lado, edificios de hasta cinco pisos, los más grandes aquellos que ejercían de dormitorios para cientos de marinos, y murallas de ocho metros de alto y dos de grosor dispuestas al norte, sur y oriente. Al occidente tenía como muralla natural el mar y la flota.

Desde hacía unos decenios de años no era ya sólo un puerto militar sino también un centro de comercio. Ciudad Darcis, ubicada en el centro de la isla no tenía salida natural al mar y durante siglos el comercio había fluido a la ciudad desde las aldeas y pueblos ubicados en las costas. Pero una ciudad como Ciudad Darcis no podía tener un flujo comercial tan efímero, por lo mismo se había fijado la Base Macario Darcis como puerto comercial de la ciudad. Los resultados fueron estupendos, monetariamente hablando, desde entonces el comercio se había multiplicado varias veces y la isla había prosperado.

27 de julio de 2017

Dustdoll (Capítulo II)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO I

Carolina regresó muy molesta del hospital. Cristian se había roto la nariz y había perdido un diente. Lo que la traía molesta no era las lesiones del niño, sino que éste aseguraba que había una cuerda atravesada en su camino, que eso lo había hecho volar y dar en el piso con el rostro. Ella había mirado, la había visto, y la había ocultado con su cuerpo. Si Sebastián se enteraba que Daniel era el autor del delito, lo iba a moler a golpes, puede que lo matara. A veces su marido era muy brutal.

Afortunadamente Sebas se fue al trabajo apenas dejarla en el hospital. Al parecer, su trabajo estaba antes que la salud de su hijo. De todas formas, era un alivio su marcha. Así podría hablar con su hijo y deshacerse del arma del delito.

Era un hecho que los dos niños no se llevaban bien, pero de allí a que el menor le pusiera una trampa al mayor… eso era pasarse de la raya, como solía decir el viejo de su padre. Escupió al pensar en su padre. Tenía que imponerle un castigo severo, aunque no tanto, o Sebas se daría cuenta que el castigo era por la caída y lo molería a golpes. Pero ella no quería eso. Aunque no lo demostraba a menudo, quería a su hijo.

Y la vez lo detestaba. Lo detestaba porque a sus ocho años era muy parecido a su padre, a ese hombre inútil que se había casado con ella cuando apenas dejaba de ser adolescente. Porque si había algo en lo que su esposo era bueno, era en ser inútil. Trabajaba todo el día, se encerraba en su estudio parte de la noche, se ponía a leer el periódico y a ver deportes los fines de semana, la llevaba a cenar a un restaurante una o dos veces al mes y la llevaba a pasear a algún bonito lugar dos o tres veces por año. Pero por las noches apenas la tocaba y cuando lo hacía, era simple, inexperto.

Sebas era diferente, era un hombre con carácter, que sabía lo que hacía. Encontró en ella a una mujer que necesitaba ser querida, que necesitaba sentir el placer como nunca había experimentado. Y él se lo dio. La primera vez le dolió y le quedó la piel en carne viva, pero al anochecer recordó con placer el acto y convenció a su marido para que le hiciera el amor. Fue el rompimiento definitivo, con el padre de Dani no sintió nada.

Los descubrieron un año después y él se divorció sin darle ni un centavo. Pero no importaba, de todas formas lo iba a dejar pronto.

Por un lapso corto fue feliz. Experimentó el placer hasta límites indecibles. Pero la magia se acabó pronto, no en la cama sino en otros aspectos, él la golpeaba y también a su hijo. Con el tiempo se dio cuenta que mientras más mimaba a Daniel, más la cogían contra él el padre y el hijo. De modo que tuvo que tratarlo con indiferencia, casi con desdén, aunque la mayoría de las veces el chico lo merecía.

23 de julio de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 5)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 4

Rememorando
Un movimiento brusco del barco hizo que ser Madiel se sobresaltara. Arrojó a un lado la almohada que tenía bajo la cabeza, salió del reducido cubículo que era su camarote y subió a cubierta.

—¿Qué sucede? —preguntó a uno de sus hombres, deteniéndose en su carrera hacia la superficie.

—No lo sé, señor —respondió el aludido—. Debe ser sólo el fuerte oleaje. 

No convencido con la respuesta continuó su carrera hacia cubierta. El sol había recorrido una tercera parte del cielo cuando Madiel salió al aire libre, cálido y salado del mar. El golpe que lo había llevado allí no había vuelto a producirse. En efecto, parecía haber sido sólo el oleaje. Se permitió un suspiro de alivio. No le tenía mucho aprecio al mar. Y la mitad del tiempo desde el inicio del viaje se la había pasado temiendo un desastre.

Aún así rebuscó con la vista al causante del golpe brusco que lo había desemperezado: algún saliente en medio del mar o una ballena gigante. Alrededor no había nada extraño. Excepto las cuatro naves que navegaban cien metros delante de la Niña del Mar.

«Fue sólo el oleaje», se repitió.

A su alrededor, el mar Celeste se extendía en todas direcciones hasta donde abarcaba la vista. El azul del cielo, bastante intranquilo, pero no alarmante, se unía con el azul del mar, formando una esfera azul que lo envolvía todo. Madiel se sentía pequeño entre aquella inmesidad.

Ser Madiel, caballero con treinta días del nombre vividos, era uno de los designados para liderar la misión de reclutamiento en Osttand. También era uno de los doce que lideraban la rebelión en Tres Minas. Algo que las más de las veces suponía una carga que un honor.

Recuperado del susto que el fuerte bandazo del barco le había procurado, su recostó sobre la baranda, contemplando el inmenso mar, y se encontró rememorando el pasado.

La de Tres Minas era una existencia marcada por la esclavitud. Los reinos más cercanos pujaban entre sí por los recursos de las islas, que, a pesar de haber sido explotados sin misericordia en el pasado, aun despertaban la ambición de los poderosos. Durante siglos las tres islas habían estado bajo el yugo de Afiran y Brenfer, pasando de manos varias veces en el transcurso de la historia. Si las historias tenían algo de cierto y los libros no mentían, Versilia y Domari también habían regentado las islas un breve período de tiempo, e incluso Ilandria y Luastra, aunque de esto último no estaba muy seguro. Pero sobretodo, Tres Minas había estado bajo el poder de Afiran y Brenfer. Las luchas entre esos dos reinos eran muchas veces cruentas y sangrientas, siempre luchando por ver quién tiraba de la correa de los mineros. Como siempre, los grandes perdederores eran ellos.

20 de julio de 2017

Dustdoll (Capítulo I)

Lo encontró en un basurero, en el contenedor que había atrás de un viejo edificio de apartamentos, cuando regresaba de ver una película de terror. La película que había visto era de hombres lobos, y aunque el muñeco no tenía nada que ver con hombres lobos, a Daniel le pareció un adecuado recuerdo. Estaba sucio, cubierto de polvo y un hedor a alguna extraña hierba lo envolvía, pero decidió que una buena lavada resolvería el problema.

Al llegar a casa lo tiró en el cesto para la ropa sucia, junto a la puerta de su habitación, y después bajó a cenar. Para no variar, su madre le reprochó por llegar tarde, su padrastro comentó algo sobre que así era el camino por el que empezaban los maleantes, y su hermanastro le dio un coscorrón cuando nadie miraba. Como casi todas las noches, se fue a la cama sintiéndose el niño más desdichado del mundo. Abrazó al muñeco fuerte antes de quedarse dormido. No fue consciente del hecho de que al muñeco lo había dejado en el cesto, no en la cama.

El día siguiente, cuando regresaba de la escuela, encontró al muñeco en el barril de basura que había fuera de la casa. Era una suerte que ni el camión de la basura ni ningún otro curioso se lo hubiese llevado. Daniel lo recogió y lo llevó adentro.

―¿A dónde vas con esa porquería? ―le gritó su madre desde la puerta de la cocina. Ya sabía quién lo había tirado.

―Es mío ―dijo Daniel―. Yo lo traje ayer. Lo encontré tirado.

―Por algo lo habrán tirado ―bufó la señora de la casa―. Es horrible y de mal gusto, eso no va con nuestra casa.

―Cuando lo lave se verá mejor ―replicó Daniel que corrió a su habitación en la segunda planta. Cuando en una casa no te prestan cuidado, uno también termina por ignorar a esas personas.

Pero lo cierto es que el aspecto del muñeco no mejoró con el lavado, seguía igual de feo. Medía unos treinta centímetros de alto y estaba forrado por un trapo de color pardo; la boca era cinco puntadas de hilo negro, y los ojos, dos botones grises sujetos con el mismo hilo negro. No tenía orejas, ni nariz, tampoco dedos en manos o pies, que terminaban en algo que a Daniel se le hacían muy semejantes a los muñones.

16 de julio de 2017

El Mago Desterrado (capítulo 4)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 3

ACTUAR PRIMERO
Faltaba una hora para la aurora cuando Lord Evans Madison abrió los ojos, fiel a su costumbre. Siempre despertaba primero que todos los demás. Era un don innato, si no lo era, ya no recordaba cuándo lo había adquirido. A su lado dormía Dora, ¿o era Mora?, ya no lo recordaba, una prostituta que dormía con él desde hacía tres noches, aprovechando que su esposa había partido con su hijo para celebrar la fiesta de compromiso de su impetuoso vástago con la princesa del reino. No estaba nada mal ¿eh?, una princesa. Aunque en la cama siempre era mejor una puta bien adiestrada en el arte de complacer a los hombres. No obstante, nunca había yacido con una princesa, tenía que ser algo único. Ya tendría tiempo de pensar en la forma de darle una buena probadita a la princesita, ahora tenía otras preocupaciones.

Se puso de pie y empezó a vestirse. Su compañera de cama se movió y se percató de que él ya no estaba en la misma.

—¿Otra vez se levanta temprano, mi Lord? —dijo la muchacha. Era una pregunta retórica.

—Tengo un ejército que adiestrar y tierras que conquistar —respondió Lord Evans.

«Aunque reconquistar sería un término más adecuado», observó para sus adentros.

—Mi señor podría conquistar otras tierras —dijo la muchacha, a la vez que se acariciaba entre los muslos a través de las sábanas.

—Tierras que ya he conquistado muchas veces.

—Quizá no las suficientes.

—Ya habrá tiempo para ello. Ahora debo trabajar. —Y con aquello zanjó el asunto.

La muchacha sonrió e hizo un mohín, pero se acomodó en los almohadones y se echó a dormir de nuevo. Era una chica bastante atractiva, de piel bronceada y sedosa. Lo mejor de todo es que en la cama hacía el amor como una diosa. Nada que ver con la escuálida de su esposa, con la que ya no le apetecía tener intimidad. Cuando lady Miriam estaba en palacio tenía que ingeniárselas para yacer con una buena muchacha y que ella no se enterase. Afortunadamente contaba con servidores que podían proveérselas a la vez que guardaban discreción. En esa ocasión estaba aprovechando que su esposa estaba de viaje para gozar a sus anchas. Además de que se encontraba en el campamento a las afueras de la ciudad adiestrando un ejército, allí había menos personas interesadas en los apetitos del lord que en la ciudad. Quizá debería mandar de viaje más a menudo a su esposa o adiestrar más ejércitos.

Tras vestirse apartó una solapa de seda verde y se dirigió a uno de los guardias que custodiaban la tienda ordenando que trajeran su desayuno. El guardia en cuestión, somnoliento por no haber dormido toda la noche como él hubiera querido, se marchó presto a indicar a la servidumbre que su señor ya había despertado y quería su desayuno.

Lord Evans se sentó en una silla plegable, junto a una mesita también plegable. Mientras traían su desayuno estiró un mapa para estudiar una vez más las tres islas que tenía que conquistar: Darmón, Variae y Dargan, y ahora sí, dominarlas de una vez por todas. Las tres islas eran en sí una mina de recursos. Dargan tenía inagotables fuentes de oro, plata, piedras preciosas y otros minerales de gran valía. Darmón, posiblemente la más pequeña de las tres islas, tenía yacimientos de hierro, cobre, estaño y enormes bosques vírgenes de maderas preciosas y robustas. En cuanto a Variae, su aportación era más bien escasa, aparte de unas minas casi agotadas y bosques enormes, pero de madera menos cotizada, era la isla que menos le importaba, pero no podía dejar cabos sueltos, siempre existía la posibilidad de que hubiera yacimientos aún por descubrir, así que también entraba en el combo.

Las tres islas, Tres Minas, como se conocían en occidente, eran en extremo codiciadas y ya habían sido causa de varias guerras en el pasado. Las naciones que más pugnaban por ellas no podrían ser otras que Afiran y Brenfer, también debido a que eran los vecinos más próximos de las mismas. En ocasiones también se unían a la pugna Domarí y Versilia, aunque ya hacía casi un siglo que éstas habían desistido por completo en su intento por dominar esas tierras.

9 de julio de 2017

El Mago Desterrado: Capítulo 3

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 2

Compromiso
El sol opaco seguía su interminable curso en el éter, invisible a veces por estratos de nubes que recorrían el cielo empujadas por pequeñas corrientes de cálido viento. El viento se colaba a ratos por los amplios ventanales y agitaba las cortinas de seda de la habitación.

Dariana, medio recostada en una silla acolchada y tapizada con brocados de oro, observaba desde la ventana el horizonte, a veces el cielo, a veces la ciudad; pero su mente no se centraba en lo que con sus ojos veía. Su mente vagaba más lejos, y a la vez más cerca. En especial sus pensamientos giraban en derredor de la noche que se avecinaba. Sólo faltaban unas horas para el anochecer, para su gran noche.

La comitiva proveniente de Puerto Esthír hacía horas que había llegado. Dariana los vio franquear los muros de palacio desde los balcones de sus aposentos. Los señores y caballeros eran precedidos por los portaestandartes y flanqueandos por una nutrida guardia de honor. No venía Lord Evans, quien se quedó con el ejército. Pero sí lo hacía su heredero, ser Daniel Madison, su prometido. El orgulloso caballero resaltaba entre sus hombres como un tigre entre chacales. Su capa de seda roja bordada con hilo de oro cubría hasta las ancas de su poderoso semental y su largo cabello rubio ondeaba con el viento.

Él y su sequito estaban allí con el único fin de celebrar el compromiso entre la princesa de Afiran y el heredero del lord más poderoso del reino. Dariana tembló sólo de pensarlo.

—¿Tenéis frío, princesa? —Preguntó Irene.

—Mi estremecimiento no tiene nada que ver algo tan trivial —respondió.

Dariana siempre supo que se casaría con aquel quien su padre eligiera; el heredero de algún gran señor era lo más lógico, o quizá el príncipe de algún reino vecino. Lo que nunca imaginó fue que eso pasaría tan pronto. ¡Por todos los dioses! ¡Por Damina! ¡Ella tan sólo era una niña! Apenas había vivido trece días del nombre.

En la nobleza, sucesos como el suyo ocurrían todos los años. Niñas de hasta once años eran casadas ya fuera con jóvenes de igual o más edad, hasta con ancianos que podrían ser sus abuelos. Pero por lo general eran casos aislados, les pasaba a otras personas, nunca pensó que le ocurriría a ella. Siempre había imaginado que alcanzaría en palacio por lo menos la edad adulta de un hombre, que crecería hasta resplandecer como una estrella por la que los más valerosos caballeros se batirían en duelo y que vería desfilar un millar de pretendientes hasta escoger al más idóneo. Pero el rey le había arrebatado esa posibilidad. Tenía que casarse con el heredero de Puerto Esthír.  

Dariana no sabía si llorar o erguirse con la solemnidad que la situación requería. ¿A quién hacer caso? A su corazón, y echarse a llorar y suplicar a su padre para que cancelara el banquete y el compromiso, o a su mente, sabedora de que cualquier titubeo marcaría su devenir de muchas formas. Cualquier muestra de debilidad enfadaría a su padre y lo que era peor aún, a su futuro esposo, la persona con la que compartiría el resto de su vida.

Aún no se casarían, por supuesto. Sus padres habían acordado que se casaría con Ser Daniel en su decimocuarto día del nombre. Faltaban poco más de seis meses para la fecha, pero Dariana sabía que esos meses no serían iguales a los anteriores. Saber que cada día la acercaba más al momento de su boda, con un desconocido, por si fuera poco, le traía más pesar que ventura.

Una silenciosa lágrima descendió por la suave mejilla derecha de la princesa. No se la limpió, dejó que siguiera descendiendo por la mejilla, hasta su cuello, de allí hasta que se perdió entre sus menudos senos. Era una solitaria lágrima, testigo de la firme decisión que había tomado la adolescente. Dariana era versada en el raro arte de siempre hacer lo que se espera de uno, siempre lo correcto a los ojos de los demás, así lo había hecho hasta ese día y así lo seguiría haciendo. No los defraudaría, aislaría su corazón y cumpliría con su padre, con su futuro esposo, y lo más importante, con su reino.

2 de julio de 2017

El Mago Desterrado (capítulo 2)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 1

La Vela Roja
Cúmulos de nubes grises surcaban el cielo, empujadas hacia el oeste por la brisa proveniente del este. Era una brisa suave y cálida que empujaba a la Vela Roja hacia su destino: Mesandia. Tres solitarias gaviotas surcaban el horizonte, testimonio de que la costa no estaba demasiado lejos. La Vela Roja, una carabela de dos velas blancas con franjas rojas, para hacer honor a su nombre, surcaba las inquietas aguas del Mar Gris con la fuerza y convicción que sólo una buena nave y una excelente tripulación pueden proporcionar. Las aguas formaban pequeñas olas como vestigios de su paso.

Darío, un joven oficial, musculoso, fuerte, enérgico, comandaba aquella tripulación de reconocimiento y exploración. Parado en la proa, con las manos en la barandilla, resistía el tímido oleaje del mar mientras oteaba el horizonte en búsqueda de la costa que sabía no tardaría en aparecer. Era aquella su primera misión. El almirante Marcial creía que ya estaba preparado para mandar en una tripulación y lo había puesto a cargo de la Vela Roja. Era una tripulación pequeña y una misión sencilla, pero por algo se empezaba; no cualquier joven de veintiún años era considerando lo suficientemente capaz como para liderar una misión por muy trivial que ésta fuera. A menos que fueras miembro de la nobleza, claro está. Pero esa no era su situación. Su tripulación, compuesta de treinta integrantes, también eran hombres jóvenes, cosa por la que Darío estaba agradecido con el almirante Marcial, ya que estos habían asimilado mejor su mando. Tampoco era de esperar menos, la guardia costera de Isla Darcis era de las más disciplinadas y reconocidas de todo occidente.

Aquel era el cuarto día de travesía. Partieron de la Base Naval Macario Darcis con las primeras luces del alba, cuatro días atrás. El almirante Marcial junto a algunos capitanes salió a despedirlos y a desearles buenos vientos. El alto y moreno personaje incluso lo abrazó con efusividad y le pidió que tuviera mucho cuidado. Darío replicó que hacía mucho que era un hombre y que sabría cuidarse de cualquier eventualidad, a él y a su tripulación. Fue un momento muy incómodo, sobretodo porque ni él ni el almirante congeniaban demasiado bien. A veces se comportaba como un padre demasiado estricto.

El viaje fue más molesto que placentero. Las tormentas primaverales los acozaron repetidamente y sus hombres tuvieron que emplearse a fondo para mantener la nave a flote. Se la pasó empapado la mayoría del tiempo y por algunos momentos llegó a creer que no alcanzarían su destino. Pero allí estaban, a escasas millas de Mesandia. Y por una vez parecía que no iba a llover. Una sonrisa de satisfacción bailoteaba en sus labios.

Mesandia era una isla ubicada en el centro del Mar Gris, al oeste de Isla Darcis. Cuatro meses atrás el invierno había sido especialmente duro con la isla; no había traído sobre la misma sólo lluvia, sino también nieve (hacía decenios que no se veía nieve tan al sur de Arrdras). Lo peor de todo no fueron las nieves ni las lluvias, sino los vientos huracanados que devastaron casi por completo la región. Testigos hablaban de que en la parte más septentrional de la isla la nieve había alcanzado un metro de altura y que los vientos arrancaron de raíz lo árboles más pequeños y arrasaron con las construcciones menos sólidas; lo que era la mayoría de edificaciones. El invierno fue tan cruel y destructivo que ni los más ancianos recordaban uno igual.