Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

25 de junio de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 1)

Novela de fantasía épica. Todos los domingos publicaré un capítulo.

PRÓLOGO
La costa pedregosa apareció de súbito, a tan sólo cien metros de la proa del pequeño navío. El capitán giró a estribor justo antes de chocar con los prominentes montículos de la costa (negros, dentados y filosos como dientes de perzans, que según las leyendas habitaban en lo más profundo de la Isla de los Monstruos), que de no haberlos esquivado habrían hecho saltar la nave en mil pedazos.
—Esto me da escalofríos —confesó el capitán Tolón—. Tendremos que buscar un mejor lugar para desembarcar —agregó.
«Yo también tengo miedo», pensó Ser Maxwell.
El capitán Tolón era un hombre sombrío, robusto, de rostro redondo y un mostacho rojizo sobre el labio superior que lo hacía muy semejante a las morsas. Rondaba los cuarenta años, y más de la mitad los había pasado navegando. Hijo de un mercader de Costa Vya, un pueblo marítimo de Nareljá, se dedicaba a transportar mercancías entre las ciudades y reinos vecinos. Mercancías no del todo legales en muchos casos, pero eso era algo de lo que no gustaba fanfarronear. Lo habían encontrado en la ciudad de Domra, ubicada en una gran isla al sureste de Osttand, y fue una suerte.  
Al menos un millar de capitanes los habían rechazado a lo largo de toda la costa sur del continente oriental, desde Nareljá a Robast, cuando les proponían realizar aquel peligroso viaje. Sin importar el oro que ofrecieran, incluso ofreciendo más del que podían pagar, las respuestas siempre eran negativas. Pero el capitán Tolón había aceptado el riesgo, no sin antes hacerlos escuchar la historia de su amarga vida y los motivos por los que aceptaba arriesgar su existencia y su Dar´Val en aquella disparatada aventura. Algunos de sus remeros también tenían una amarga vida, aún así se apearon de la nave cuando se enteraron de su destino, abandonándoles a las velas y al imprevisible viento.
«¿Amarga vida?», pensó Maxwell tras escuchar la historia del capitán. «Su historia es un cuento de niñas comparada a la de mi señor y la mía.»
Un día después de cerrar el trato, y tras la compra de suministros para el viaje, dieron inicio a la ambiciosa aventura. Ciudad Domra estaba ubicada al oeste de la isla, junto a la desembocadura del Rom, de modo que primero se dirigieron al sur para luego girar el este a través del Mar Oscuro.
El Mar Oscuro, aguas que hacían honor a su nombre, era un lugar sombrío y tenebroso. Allí el sol se ausentaba por jornadas completas, cediendo su lugar a ventarrones, y tras la ausencia de éstos, la neblina los envolvía como si de la noche se tratase. Las estrellas parecían expulsadas de aquel cielo negro y el aire era pesado y húmedo. Peor aún eran las tormentas que los azotaban día y noche, dejándolos prácticamente sin horas para dormir. Seguir el rumbo con aquellas condiciones requirió todas las habilidades y trucos del capitán Tolón y aun así hubo veces que navegaban en sentido contrario y solo la milagrosa aparición del sol los hacía caer en su error. Fueron necesarias todas las habilidades marítimas del robusto capitán, el poder de lord Darfor y la buena suerte para vencer aquel torrente de adversidades para alcanzar, tras largos veinte días de travesía, su destino: Isla Pirata.
El capitán Tolón terminó de girar el barco y navegó cerca de altos acantilados en busca de un lugar para desembarcar. Árboles de hojas raquíticas y troncos torcidos y nudosos se aferraban en las cimas de los acantilados, como monstruos huesudos que hacían un último esfuerzo para no caer. Una solitaria gaviota planeaba sobre un risco. El aspecto del conjunto era desolador.
Maxwell calculó que debía ser mediodía, pero todo estaba oscuro, en sombras, y la neblina los envolvía como el manto del cielo envolvía Poderland, más oscura y más densa que los días anteriores.
Hacía cinco días que no veían el sol. Los días desde entonces habían sido negros, pero las noches lo eran más. Maxwell tenía el presentimiento de que no verían el astro rey en mucho tiempo. En realidad, estaba casi seguro que allí el sol tenía prohibido asomarse, aunque fuera tímidamente. Además de que se convencía cada vez más que aquel viaje no había sido buena idea. Ahora comprendía por qué ningún capitán osaba navegar por esos mares.
«No son cobardes —concluyó al recordar todas las negativas recibidas de los capitanes de los otros barcos—. Todo lo contrario, son muy listos».
—Dile a tu Lord que ya llegamos —le dijo henchido de orgullo el capitán.
«Y tiene por qué sentirse así. Somos los primeros en llegar a Isla Pirata en al menos un siglo
—Voy a verlo —asintió Maxwell.
Lord Darfor descansaba en la cama de su camarote cuando Maxwell entró. Vestía pantalones negros de cuero, botas altas y desgastadas también negras y una camisa de lana negra. Hacía mucho que Ser Maxwell sabía que el color favorito de su señor era el negro.
Darfor era un hombre de seis pies de estatura, hombros anchos y rostro cuadrado, enmarcado por una cabellera negra que le caía a la altura de los hombros. La barba también era negra, igual que el bigote. Y sus ojos eran negros, tenía los ojos más negros que Maxwell había visto en su vida. Cualquiera diría que esos ojos estaban llenos de maldad, pero Maxwell sabía que no.
Se viera por donde se viera, en aquellos momentos lord Darfor parecía cualquier cosa menos un Señor. Los días a bordo de la Dar´Val se habían cobrado su precio, había perdido peso, tenía los ojos hundidos y cansados y sus ropas estaban casi podridas de tanta lluvia y sudor. Con aquel aspecto ni siquiera parecía un señor menor. Y era más, mucho más que eso: Darfor era un rey, un rey sin reino, pero rey después de todo. Al principio Maxwell lo trataba de “mi rey”, “su majestad”, “su alteza”, “su gracia”, a modo de broma las más de las veces, y con más formalidad cuando la situación lo requería, pero Darfor le había prohibido seguir llamándolo así. Sugirió que lo llamara Darfor simplemente y lord Darfor cuando la situación fuera más formal. «Después de todo —había dicho, con una sonrisa bailándole en los labios— los lores son más comunes que los reyes».
—Buenas noticias mi lord —anunció con una sonrisa. Descubrió con pesar que últimamente le costaba sonreír—, por fin hemos llegado.
—Creí que nunca llegaríamos —confesó su señor.
—Ahora mismo el capitán busca un lugar donde atracar.
—¿Qué tal allá afuera? —Preguntó Darfor, poniéndose de pie.
—Igual que ayer, igual que antier e igual que el día antes de antier —respondió Ser Maxwell con un encogimiento de hombros.
—Por qué no me sorprende —sonrió Darfor. Su sonrisa era cansada.
Se levantó de la cama y se colocó el cinturón (cuya hebilla de plata era una cabeza de lobo con las fauces abiertas), la espada colgando en el lado izquierdo y una daga curva en el derecho. Se ciñó la roída capa negra sobre los hombros, sujetándosela con un broche de oro en forma de águila con las alas extendidas, y por último cogió su más preciado objeto: un báculo de fresno pulcramente pulido, un poco más bajo que él, rematado con una pequeña cabeza de lobo en el extremo superior. La cabeza del lobo era de oro y los ojos dos pequeños rubíes, tenía las fauces abiertas, y entre ellas sujetaba una pequeña esfera de cristal negro: el analizador de poder.
Habían transcurrido cinco años desde que lord Darfor fue desterrado de Afiran. En todo ese tiempo apenas si había utilizado su báculo, en los últimos veinte días ya lo había utilizado casi una docena de veces, razón de más para que su señor presentara aquel aspecto tan desmejorado. Y si ahora lo tenía en sus manos era porque sabía que podría llegar a necesitarlo en su incursión a las ruinas de la vieja ciudad pirata.
Lo utilizó por primera vez hacía más de dos semanas, cuando la neblina los envolvió de tal forma que era imposible ver a cincuenta metros de distancia. Lord Darfor había intentado dispersarla para que el capitán Tolón pudiera ver más allá de los cincuenta metros que parcamente podía ver. Darfor era un buen mago, pero extrañamente su magia no había servido para disipar la densa neblina. Utilizó el báculo otro par de veces cuando las tormentas eléctricas los azotaron con tanta saña que todo indicaba que terminarían destruyendo la nave, pero Darfor logró crear una especie de esfera contra la cual los rayos impactaban sin llegar a tocar  la Dar´Val. Con cada descarga que la cúpula invisible recibía, Darfor se tambaleaba y Maxwell temió que se desplomaría en cualquier momento. Apenas el día anterior, una tormenta, superior a cualquier otra, los había acosado, y a pesar de los esfuerzos sobrehumanos de Darfor, la cúpula no había resistido y un rayo alcanzó el único mástil de la nave. Darfor, utilizando sus últimas reservas de energía, reparó el mástil poco antes de desmayarse.
—¿Estás preparado, Maxwell? —preguntó lord Darfor.
Maxwell sabía perfectamente a qué se refería. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
—Lo estoy, mi Lord —respondió con convicción.
Una hora después de divisar la costa pedregosa de Isla Pirata, el capitán encontró una pequeña playa llena de guijarros en la que el señor y el caballero pudieron desembarcar.
Su señor, todo de negro y su báculo en la mano derecha, bajó primero. Maxwell, con pantalones grises, capa marrón, cota de mallas, espada, una alforja y un pellejo de cuero, lo siguió.
—Esperadnos tres días —dijo lord Darfor al capitán—. Si no regresamos, el cuarto día podéis partir.
Maxwell captó un leve toque de sarcasmo.
—A menos que nos extrañéis demasiado y decidáis esperarnos unos días más —agregó con una leve sonrisa Maxwell.
El capitán también sonrió y rebulló nervioso en la barandilla.
—Quizá extrañe vuestra ayuda, mis señores —dijo el capitán—. Un hombre solo, en aguas tan peligrosas, no es muy probable que pueda mantener mucho tiempo a flote un barco. En cambio, con un mago a bordo, otra cosa se ha visto.
—Se a lo que os referís —convino Maxwell.
—Tres días serán suficientes. Sólo mantened el barco a flote ¿podréis?
—Desde luego, mi Lord, así será —prometió el capitán Tolón.
—Que así sea. Maxwell, seguidme.
Maxwell asintió y lo siguió, hacia el interior de Isla Pirata. Subieron por montículos negros, llenos de helechos marchitos y hierbas malas, siempre envueltos en una capa gris de húmeda neblina, y bordearon pequeñas colinas cuyas cimas eran invisibles por el espesor de la bruma. En todo momento Maxwell sentía una picazón entre los omoplatos. Era miedo por supuesto.
Isla Pirata era una enorme isla, de más de trescientos kilómetros de largo por unos cien de ancho, ubicada entre el Mar Oscuro y el Mar de Oriente, justo en los confines del mundo conocido. Al ser tan grande, Maxwell no estaba tan seguro de que tres días fueran suficientes para encontrar lo que buscaban, pero si su señor así lo creía, él no era nadie para desdecirlo. A decir verdad, al capitán Tolón le iban a salir cayos en el culo de tanta espera.
Isla Pirata había sido un lugar próspero hacía miles de años, pero debido a la bravura de las aguas que la rodeaban y la dificultad para transitar las mismas, había sido abandonada por sus habitantes, que terminaron emigrando a Osttand. Isla Pirata no era su nombre original, pero éste se había perdido con el paso de los eones. Fue utilizada hace unos pocos cientos de años como guarida de los piratas, que tras ser perseguidos por las guardias costeras de los diferentes reinos consideraban un auténtico fortín la otrora grandiosa isla, con sus aguas turbulentas, sus vientos huracanados y esa neblina espesa que cegaba a los hombres. Fue en esos días que los hombres empezaron a llamarla Isla Pirata.
Pero ahora tampoco la visitaban los piratas. Sus aguas se habían vuelto más bravas, sus tormentas más eléctricas y su neblina más oscura. El recrudecimiento del clima había sucedido tan de pronto que ningún pirata pudo rescatar sus tesoros allí escondidos, y muchos perecieron intentándolo. Nadie sabía el porqué de semejante cambio. Sin embargo, Maxwell sabía que en las tabernas de Domra y Robast se hablaba de magia oscura, monstruos que habitaban la isla y que no querían que ningún humano la visitase e incluso se rumoreaba acerca de la ira de algún dios.
También se rumoreaba, con insólita convicción, que en algún lugar de la isla estaban escondidos los tesoros de los cientos de piratas que la usaban como base. Se sabía de varios personajes que habían puesto rumbo a Isla Pirata para apoderarse del tesoro; a excepción del Gran Capitán Dazmar, un pirata que era leyenda en los mares orientales, nadie había vuelto con vida. Y Dazmar había vuelto sin un brazo, sin cinco de sus seis barcos y sin ni un solo cobre.
Y allí estaban ellos, intentando ser la segunda expedición en regresar con vida de Isla Pirata y ser la primera en dar con el tesoro.
Llegaron a un bosque umbrío, de árboles altosy oscuros, cuyas raíces se hundían en la tierra como dedos huesudos. Darfor encabezó la incursión y Maxwell lo siguió tras dirigir una leve plegaria a Marcadav, el Dios Supremo.
Mientras se adentraban en el bosque, en busca de las ruinas de la vieja ciudad pirata, Maxwell meditaba en qué tan factible era que encontrasen un tesoro que en su mayor parte era leyenda. Dudaba, por supuesto que dudaba, ¿quién no dudaría en una aventura similar? Sin embargo, Maxwell Dortall era alguien que no huía del peligro y que no desdeñaba ninguna aventura por riesgosa que fuera. Sabía que, si en los siguientes días conseguían lo imposible, aquello no sería más que el principio de la aventura más grande de sus vidas. Por eso también tenía esperanzas. Esperanzas de conseguir lo improbable y, más que nada, los recursos para devolver a su rey el lugar que por derecho le correspondía.
El bosque por el que se deslizaban era un bosque húmedo, tétrico, viejo y con vestigios de algo más profundo y sobrenatural. La oscura neblina flotaba como nubes de humo y dificultaba su visión más allá de quince o veinte metros, lo cual era en extremo peligroso porque no había forma de saber qué o quién había más allá de esa distancia. Se trataba de un lugar silencioso, tan silencioso que era hasta escalofriante. Ningún pájaro trinaba, ningún roedor se escurría en su camino, ningún mosquito (tan comunes en aquel tipo de clima) intentaba picarlos… nada, el lugar parecía desprovisto de toda forma de vida, y sin embargo Maxwell tenía la sensación de que algo los vigiliaba, algo que no les deseaba nada bueno y que en cualquier momento podía echárseles encima.  
Lord Darfor abría la marcha, sumido en un profundo silencio, interrumpido éste solamente por su espada cuando se hacía necesaria para abrirse paso entre malezas y enredaderas.
Y así siguieron durante aquel primer día. Abriéndose paso entre el bosque, saltando riachuelos, bordeando riscos a los que no se les veía la cúspide, escalando colinas de poca altura, e incluso, ya casi al anochecer, se vieron en la necesidad de cruzar un río a nado. El agua estaba fría y les caló hasta los huesos. Pero nadie dijo nada, menos Maxwell; si Lord Darfor no se quejaba, quién era él para rechistar.
Antes de que anocheciera montaron una pequeña tienda de lona al pie de un gigantesco risco cuya cima se perdía entre la espesa bruma, prendieron una pequeña fogata y se sentaron en torno a la lumbre para hacer entrar en calor a sus ateridos cuerpos, todavía mojados debido al río que cruzaron.
Después de espantar el frío de sus cuerpos, Lord Darfor rebuscó en su alforja y sacó un mapa de Isla Pirata. El mapa era muy antiguo, quinientos años o más, trazado en un trozo de piel de cordero por los señores piratas que gobernaban la isla en aquel entonces. Maxwell lo había conseguido en la Biblioteca Zer-Xash de Robast, merced a una pequeña donación.
—No debemos estar muy lejos —dijo lord Darfor, dando golpecitos en el trozo de piel con el dedo índice—.  Según este mapa, deberíamos estar a unos quince kilómetros de las ruinas de la ciudad. Mañana a medio día estaremos allí, Maxwell —puntualizó.
—Así lo quieran los dioses, Darfor —comentó Maxwell, esbozando una leve sonrisa. Alguien tenía que sonreír.
Lord Darfor asintió.
—Anda, cena —dijo—, luego vete a descansar, yo haré la primera guardia.
—Como quieras —convino Ser Maxwell.
Tras una cena frugal, pan duro de centeno y tiras de carne de cordero aún más duras que ni el fuego pudo ablandar, Maxwell se retiró a dormir. La carpa era pequeña, para una sola persona, pero era bonita y estaba limpia. Era una de las pocas cosas que se habían mantenido intactas durante la travesía. Una más grande habría supuesto más peso, amén de que no llevaban ningún animal de carga, además de que por la situación les hubiera sido inútil, ya que siempre tenía que haber uno montando guardia.
Las exigentes condiciones con las que había viajado por el Mar Oscuro, más la dura marcha en aquella sombría tierra, lograron que ser Maxwell se durmiera casi al instante. En su subconsciente, mientras se quedaba dormido, escuchó a lo lejos el aullido de un lobo, pero no le prestó atención. Lord Darfor hacía la guardia.
Lo que lo despertó no fue la voz de su señor, tampoco fue su brazo zarandeándolo para que lo relevara en la guardia; lo que lo despertó fue el aullido de un lobo, muy, muy cerca de donde dormía. Ser Maxwell se puso de pie de un salto, despabilado a medias, cogió su espada y salió de la pequeña tienda dando tumbos. Lord Darfor sostenía su espada de doble filo con ambas manos, hilillos de sangre resbalaban por la plateada hoja, a sus pies un lobo yacía muerto. Una docena más esperaba a diez pasos.
—¡Qué bueno que despiertas! —Dijo lord Darfor sin voltearse—. A veces duermes como roca. —Y rió, débil, pero sonrió.
Ser Maxwell hacía tiempo que había comprobado que una batalla, una pelea cualquiera, alguna riña, o cualquier cosa que terminara en puños o espadas, era a veces lo que más hacía sonreír a Darfor. Él no distaba mucho de ser igual.
—Estaba exhausto —se excusó Maxwell.
—Discúlpate matando a la mitad de los cachorros —replicó Darfor. No era una orden, pero Ser Maxwell la tomó como tal.
Señor y caballero se lanzaron al ataque, en una lluvia de tajos y estocadas, sobre la docena de lobos que querían hacer de ellos su comida de media noche. Los lobos hicieron lo propio, enfurecidos y hambrientos, pero fueron repelidos por las espadas de ser Maxwell y lord Darfor. Eran lobos grandes y feroces, pero uno a uno fueron cayendo ante las acometidas sin misericordia de aquel extraño par de humanos que pisaban por primera vez, desde hacía mucho tiempo, Isla Pirata, causando las fieras apenas leves rasguños a los bípedos.
El combate no duró ni diez minutos. Al final los lobos muertos fueron nueve, y tres lograron escapar, uno de los cuales iba herido y sin mucha esperanza de llegar a la madrugada. Lord Darfor y ser Maxwell no sufrieron heridas de consideración. Sólo unos rasguños y una dentellada en la pantorrilla del caballero, que gracias a los dioses no era muy profunda, sin embargo, escocía un poco.
—Sólo has matado cinco —señaló Lord Darfor, limpiando a Garra de Plata en el pelaje de uno de los lobos. Maxwell lo imitó.
—No es mi culpa que el resto haya escapado.
—Te concedo esta. Anda vuelve a dormir —añadió—.  Aún te queda una o dos horas de sueño.
—No es necesario que me lo digas. ¿O qué creíste? Que diría: ¿mi Lord, vaya a descansar?  —dejó a su señor con una sonrisa en los labios y volvió a la tienda para echarse entre las mantas.
Sentía que apenas había cerrado los ojos cuando Darfor lo despertó para cambiar de lugar.
Salió a cielo abierto y lord Darfor entró para conciliar un muy merecido sueño. Matar, aunque sea lobos, es agotador. Hacía un frío del demonio y el cielo estaba oscuro, sin estrellas, sin nubes, sólo una espesa neblina, tan densa que hasta era palpable. El bosque se mantenía silencioso (como si solo aquella manada de lobos hubiese vivido allí) y los árboles oscuros parecían monstruos al acecho. Maxwell reprimió un escalofrío. A unos veinte metros de la tienda, los diez lobos muertos habían sido apilados por Darfor y ardían con una tenue llama. A veces todavía se sorprendía de lo diligente que podía ser su señor. El olor a pelo quemado y carne chamuscada le revolvió las tripas, pero el calor era agradable.   
La mañana sorprendió a Maxwell dando cabezadas, en medio del sueño y la vigilia. Se había arrebujado en su capa a la entrada de la tienda, con la espada a un costado, listo para saltar si se presentaban más problemas. El resto de la noche, después de lo de los lobos, había transcurrido sin más inconvenientes que el frío y la oscuridad.
Maxwell se desemperezó, se frotó las manos y empezó a reunir ramas secas para encender una hoguera.
—No es necesario —escuchó decir a lord Darfor a sus espaldas—. Levanta la tienda y prosigamos. Ya comeremos en el camino.
Ser Maxwell asintió y en seguida se puso en ello. Quince minutos más tarde ya caminaban hacia las ruinas de la vieja ciudad pirata. Primero hacia el este, luego al noreste y así continuamente, comiendo pan y pedazos de queso en medio de la marcha. De pronto Darfor tenía prisa por llegar a su destino.
Alrededor de medio día se detuvieron en la cima de un promontorio. Abajo, a escasos quinientos metros de su posición, se podían apreciar, forzando la vista, las ruinas de una ciudad. No era grande, aunque sí había vestigios de grandeza y riqueza muerta hacía mucho. Había edificios de hasta cinco plantas, de piedra y mármol. Otras construcciones no eran más que chozas. Y ni una sola estaba entera. La neblina, que no era muy espesa a esa hora, no dejaba apreciar mucho más.
Lord Darfor bebió un trago de agua del pellejo.
—Como ciudad no parece gran cosa —dijo Maxwell, en un intento de broma. Darfor le tendió el pellejo.
—No, no lo parece —convino. Esperó que Maxwell bebiera y empezó el descenso.
Pronto se encontraron caminando en las derruidas callejuelas de la ciudad. Los edificios estaban desvencijados y pocos se mantenían en pie. Los que parecían más sólidos eran aquellos de piedra, pero no había uno solo que no estuviera cubierto de musgo, maleza y corrosión. Saltaba a la vista que había sido una ciudad pequeña, tan pequeña que casi no merecía ser llamada ciudad. Pero no se podía esperar más de algo que había existido hacía miles de años y que después había sido abandonada, que luego los señores piratas habían habitado y reconstruido para abandonarla de nuevo.
—Empieza a buscar en la ciudad —ordenó lord Darfor—. Yo buscaré en los alrededores.
—¿De verdad puede haber un tesoro en estas ruinas?
—Es lo que dicen. Y Max, ten cuidado. Este lugar está maldito, lo siento.
—Me andaré con cuidado —asintió Maxwell—. Y no está demás pedir que pongas en práctica tu propio consejo.
Darfor asintió. Después cada uno tomó una dirección.
Ser Maxwell puso manos a la obra. Había que buscar en todas las ruinas hasta dar con el tesoro de los señores piratas. La lógica apuntaba que, si existía tal tesoro, debía estar escondido en algún sótano de aquellas derruidas construcciones, o en alguna sala especial, pero también era probable que estuviera oculto en alguna cueva a las afueras de la ciudad. O en algún otro maldito lugar de la enorme isla.
Ser Maxwell, presto a cumplir con su parte, se adentró en el primer edificio con que se topó.
Primero buscó en las habitaciones y salas de la vieja y gigantesca construcción. Al no hallar más que ratas, harapos y polvo, buscó compuertas para acceder al sótano; tarea nada sencilla ya que los escombros propios del edificio estaban esparcidos por todo el piso. Por fin encontró la compuerta, estaba atascada, pero después de un rato de lucha logró levantarla. Una vaharada de polvo y olor acre le golpeó la cara. Se hizo hacia atrás e improvisó una antorcha con parte de los harapos que había hallado y descendió al subterráneo. Era un amplio espacio, sombrío, con olor a humedad, moho y podredumbre. No había ningún tesoro allí, sólo viejos estantes, barriles de vino y agua y una que otra arma, pero todo demasiado viejo, demasiado frágil, que al contacto se deshacían en diminutas partículas de polvo.
Y así prosiguió el resto del día, buscando aquí y allá, levantando compuertas y descendiendo a sótanos, moviendo piedras y escombros, escudriñando cada rincón, agotando cada posibilidad. De norte a sur, de este a oeste, de edificio en edificio, cada uno más viejo y más gélido que el anterior. Entró a una choza que no tenía en pie más que una pared, a un enorme edificio al que lo único que le faltaba era el techo, a un templo cuya cúpula era rojo sangre y a un establo en el que había centenares de huesos de caballos. En la choza encontró unas monedas de cobre, en el edificio al que le faltaba el techo, oro y plata, y en el templo más oro, así como rubíes, esmeraldas y otras piedras preciosas; en conjunto constituían más dinero del que una familia promedio ganaría en toda su vida, pero no era el tesoro que andaban buscando. Formó un hatillo con su capa, lo guardó todo, y se lo cargó al hombro.
Entrada la tarde ser Maxwell avanzaba cabizbajo, arrastrando los pies, con su espíritu mancillado, sin ánimos de proseguir aquella búsqueda que empezaba a tornarse monótona y absurda. Empezaba a creer que habían arriesgado sus vidas para ir tras una simple historia de taberna. Pero no se daría por vencido, no flaquearía, aún había media ciudad que registrar, el tesoro aún podía estar allí. Así, con renovados bríos se dirigió a un edificio próximo que aún no había revisado.
—Ven, Maxwell, creo que he encontrado algo. —Ser Maxwell se detuvo ante las palabras de lord Darfor, que de súbito había aparecido cerca de él.
—Yo también, aunque dudo que sirva de mucho. —Señaló el hatillo en su hombro.
—Has estado saqueando.
Maxwell se encogió de hombros.
—¿Y tú qué encontraste?
—Es una cueva —informó lord Darfor—. He estado usando magia todo el día para ayudarme en mi búsqueda. Y di con una cueva con algo muy curioso en su interior. Podría ser lo que buscamos —concluyó.
—Pues qué esperamos, hay que ir a revisarla.
—En efecto, es lo que haremos —convino lord Darfor con calma—. Por eso vine a buscarte. Ven, yo te guío mi buen caballero —agregó.
—De acuerdo, mi buen señor.
Lord Darfor lideró la marcha hacia la cueva que había descubierto con ayuda de la magia. Caminaron hacia el norte, dejando muy pronto las ruinas de la ciudad a sus espaldas, para encararse a un par de gigantescas montañas, cuyos picos era imposible ver a causa de la espesa capa de neblina que de a poco volvía a ser muy densa. Curiosamente Maxwell se encontró pensando que aquella neblina ya no le sorprendía. Después de muchos días le parecía algo normal.
Se dirigieron a la que estaba a la izquierda y lord Darfor inició el ascenso. Ser Maxwell, diligentemente, siguió a su señor. La mordedura del lobo, debajo de la rodilla, le escocía como fuego picante. Pero no dijo nada. Ascendieron durante largo rato. La neblina se condensaba a medida que subían y la claridad del día los abandonaba a pasos agigantados. Entre más ascendían más frío se volvía el clima y en un momento dado se encontraron en un punto donde no se veía ni la tierra ni el cielo, sólo neblina y el pedazo de roca y tierra que pisaban. Parecían un parche en un manto gris.
Cuando la oscuridad se fundió con la niebla, envolviéndolos en una capa húmeda y negra, llegaron a la boca de una cueva, discernible apenas porque era más negra que todo lo demás.  A una orden de lord Darfor, ser Maxwell encendió una antorcha y entró el primero. La llama de la antorcha era débil y trémula, y alumbraba apenas unos cuantos metros. Alumbró una pared de tosca piedra y las sombras danzaron como si tuvieran vida propia. Lord Darfor se acercó por la espalda y le susurró que avanzara.
Avanzó con tiento al principio, temeroso de todo lo que lo rodeaba. Oía sus suaves pisadas y los ecos que se repetían hasta perderse en la lejanía. En un momento hasta le pareció oír un murmullo, como de algo que los vigilara y no les deseara nada bueno. Pero como todo, el miedo empezó a abandonarlo, y tras no ver más que paredes de rocas y suelo irregular, caminó con un poco más de soltura. Hasta empezó a darse cuenta que la cueva, además de enorme, no era diferente a cualquier otra; estalagmitas y estalactitas aquí, rocas puntiagudas, cavernosa, nada que delatase algo especial.
Hasta que… Poco faltó para que Maxwell dejara caer la antorcha. De pronto estaban ante una puerta de madera maciza con refuerzos de acero, sujeta con el mismo material a las paredes de la caverna. El corazón del caballero empezó a palpitar con fuerza.
—Hazte a un lado —ordenó lord Darfor.
Maxwell obedeció.
Lord Darfor dio una patada a la puerta, se oyó un sonido hueco en la cueva, pero la puerta permaneció en su sitio. Tres veces más intentó derribar la puerta a base de patadas, pero ésta permanecía inamovible a pesar de los muchos años que seguramente tenía.
—Aléjate un poco más —dijo Darfor y cogió su báculo.
Maxwell retrocedió, manteniendo la antorcha en lo alto. Las sombras seguían danzando en las paredes, pero el caballero ni siquiera las miró.
Lord Darfor sujetó con ambas manos el báculo, se concentró un segundo y un instante después una bola de fuego rojo salió del canalizador de poder, de entre las fauces abiertas del lobo. El fuego chocó contra la pesada puerta y hubo una explosión. La puerta voló en pedazos.
Nerviosos y ansiosos traspasaron el vano de roca. A cada paso los ojos de ser Maxwell se abrían más y más y una sonrisa de satisfacción bailaba en los labios de lord Darfor. Ante sí tenían uno de los tesoros más grandes del mundo. Monedas de oro, plata y cobre se apilaban en montañas. También había joyas, cadenas, pulseras, anillos, diademas, rubís, diamantes…
Sin duda habían encontrado lo que buscaban.
«Pronto Darfor volverá a ser Rey», pensó ser Maxwell y rió como hacía muchos años no reía. 

Lee el capítulo siguiente: CAPÍTULO 2

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