Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

25 de junio de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 1)

Novela de fantasía épica. Todos los domingos publicaré un capítulo.

PRÓLOGO
La costa pedregosa apareció de súbito, a tan sólo cien metros de la proa del pequeño navío. El capitán giró a estribor justo antes de chocar con los prominentes montículos de la costa (negros, dentados y filosos como dientes de perzans, que según las leyendas habitaban en lo más profundo de la Isla de los Monstruos), que de no haberlos esquivado habrían hecho saltar la nave en mil pedazos.
—Esto me da escalofríos —confesó el capitán Tolón—. Tendremos que buscar un mejor lugar para desembarcar —agregó.
«Yo también tengo miedo», pensó Ser Maxwell.
El capitán Tolón era un hombre sombrío, robusto, de rostro redondo y un mostacho rojizo sobre el labio superior que lo hacía muy semejante a las morsas. Rondaba los cuarenta años, y más de la mitad los había pasado navegando. Hijo de un mercader de Costa Vya, un pueblo marítimo de Nareljá, se dedicaba a transportar mercancías entre las ciudades y reinos vecinos. Mercancías no del todo legales en muchos casos, pero eso era algo de lo que no gustaba fanfarronear. Lo habían encontrado en la ciudad de Domra, ubicada en una gran isla al sureste de Osttand, y fue una suerte.  
Al menos un millar de capitanes los habían rechazado a lo largo de toda la costa sur del continente oriental, desde Nareljá a Robast, cuando les proponían realizar aquel peligroso viaje. Sin importar el oro que ofrecieran, incluso ofreciendo más del que podían pagar, las respuestas siempre eran negativas. Pero el capitán Tolón había aceptado el riesgo, no sin antes hacerlos escuchar la historia de su amarga vida y los motivos por los que aceptaba arriesgar su existencia y su Dar´Val en aquella disparatada aventura. Algunos de sus remeros también tenían una amarga vida, aún así se apearon de la nave cuando se enteraron de su destino, abandonándoles a las velas y al imprevisible viento.
«¿Amarga vida?», pensó Maxwell tras escuchar la historia del capitán. «Su historia es un cuento de niñas comparada a la de mi señor y la mía.»
Un día después de cerrar el trato, y tras la compra de suministros para el viaje, dieron inicio a la ambiciosa aventura. Ciudad Domra estaba ubicada al oeste de la isla, junto a la desembocadura del Rom, de modo que primero se dirigieron al sur para luego girar el este a través del Mar Oscuro.
El Mar Oscuro, aguas que hacían honor a su nombre, era un lugar sombrío y tenebroso. Allí el sol se ausentaba por jornadas completas, cediendo su lugar a ventarrones, y tras la ausencia de éstos, la neblina los envolvía como si de la noche se tratase. Las estrellas parecían expulsadas de aquel cielo negro y el aire era pesado y húmedo. Peor aún eran las tormentas que los azotaban día y noche, dejándolos prácticamente sin horas para dormir. Seguir el rumbo con aquellas condiciones requirió todas las habilidades y trucos del capitán Tolón y aun así hubo veces que navegaban en sentido contrario y solo la milagrosa aparición del sol los hacía caer en su error. Fueron necesarias todas las habilidades marítimas del robusto capitán, el poder de lord Darfor y la buena suerte para vencer aquel torrente de adversidades para alcanzar, tras largos veinte días de travesía, su destino: Isla Pirata.
El capitán Tolón terminó de girar el barco y navegó cerca de altos acantilados en busca de un lugar para desembarcar. Árboles de hojas raquíticas y troncos torcidos y nudosos se aferraban en las cimas de los acantilados, como monstruos huesudos que hacían un último esfuerzo para no caer. Una solitaria gaviota planeaba sobre un risco. El aspecto del conjunto era desolador.
Maxwell calculó que debía ser mediodía, pero todo estaba oscuro, en sombras, y la neblina los envolvía como el manto del cielo envolvía Poderland, más oscura y más densa que los días anteriores.

15 de junio de 2017

Despertar

No recuerdo cómo ni por qué, pero estaba cayendo. El terror se apoderó de mí. Como loco empecé a agitar mis brazos, como si con ello fue a echarme a volar o ralentizar la caída. Yo no era un ave, y así me lo demostró la gravedad, que me hacía ir al encuentro de la tierra como una aguja vuela al encuentro del imán. La oscuridad me rodeaba, me abrazaba, me oprimía, me estaba asfixiando. Abajo, algo emitía destellos como un cristal. «No, cristal no, es agua». Estaba cayendo al encuentro de alguna laguna o río. ¿Pero cómo, si hace instantes me encontraba muy abrigado en la cama?
El agua vino a mi encuentro. Esperaba un chapuzón, un golpe que me dejara sin aliento y me hiciera retorcerme del dolor, pero sólo alcancé a percibir unas cuantas gotas, como salpicaduras.
Desperté sobresaltado. El corazón latía con fuerza dentro de mi caja torácica. Estaba en penumbras, en mi habitación. Mi cama estaba pegada a la pared, junto a la ventana. La ventana estaba abierta, afuera llovía. Fueron las gotas que se colaban por el vano las que me habían despertado. Me sentí aliviado, como sucede siempre que tenemos una pesadilla para luego descubrir que no era realidad, que nada malo ha ocurrido. Sin embargo, seguía sintiendo una especie de aprensión.
Me incorporé en la cama para cerrar la ventana. La lluvia en lugar de empaparme, se quedó golpeteando contra el cristal. ¡Entonces lo supe! Y el miedo volvió más crudo que antes. ¡La cama! La cama siempre había estado en el centro de la habitación, no junto a la ventana. Cuanto me acosté esa noche, estaba en su lugar habitual. Es más, estaba seguro de que la ventana también estaba cerrada.
Escuché una respiración y un gruñido ronco en alguna parte de la habitación. Mi miedo se intensificó, si cabe. Busqué a tientas, tembloroso, la lámpara que siempre había a mi izquierda, no hallé nada; en la penumbra vi el mueble en el que estaba a varios pasos de distancia. No me atreví a bajar de la cama para encenderla. Seguía oyendo la respiración, imaginaba a un monstruo agazapado esperando que yo bajara de la cama.