Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

3 de abril de 2017

Ouija (Parte I)

Encontramos el tablero en un viejo bote de basura, mientras regresábamos de la escuela. De haber sabido lo que ese “peculiar” objeto iba a causar, hubiera insistido a Gabriel en dejarlo allí, en no sacarlo de entre la basura; si estaba allí era porque ya no lo querían. Es más, de haber sabido lo que íbamos a encontrar camino a nuestras casas, habría tomado otra ruta. Pero los hubieras no existen. Es más, tomando en cuenta cómo se han desarrollado los acontecimientos, quién sabe si esa cosa no nos hubiera seguido hasta conseguir lo que quería. A veces pienso que nos estaba predestinada, o que algo sentía especial interés por nosotros.
La encontramos una semana atrás en horas de la tarde, como ya dije, regresábamos de la escuela. Gabriel fue el primero que la descubrió.
―Andrés, mira ―me dijo, denotando vivo interés por el objeto. Del tablero sobresalía la mitad por el borde del barril, claramente vi las primeras palabras del abecedario. Sentí un poco de miedo desde ese instante, pero no el suficiente para vencer a la curiosidad―. Es una tabla de ouija. ―El impetuoso de Gabriel ya había sacado el tablero del barril.
―Ya me di cuenta ―dije con cautela―. Creo que ya no sirve. Está muy vieja ¿no te parece?
La tabla, de unos treinta por cuarenta centímetros estaba desgastada, el barniz se había caído y tenía rayones por toda la superficie. Pegada al centro con masking tape, venía el vaso con forma de gota, con su tradicional agujero al centro.
―¿Vieja? ¿Y eso qué tiene? ―Replicó―. Eso es mejor. Eso significa que ya ha sido usada. ¿La probamos esta noche?
Me quedé mirando la casa de enfrente, a la que pertenecía el bote de basura y por ende la ouija. Capté un pequeño movimiento en la ventana de la derecha, pero cuando miré hacia ella, sólo vi la cortina que oscilaba lentamente. No obstante, estoy seguro que había alguien detrás. Reconocí la casa de inmediato, y aunque era similar a las demás, me produjo una sensación de soledad y tristeza que me es imposible describir. Me entraron ganas de alejarme a la carrera.
―Vale, tráela ―dije a Gabriel. Sabía que, de no acceder, mi amigo, siempre testarudo, insistiría e insistiría. Yo lo único que quería era alejarme de la silenciosa presencia de la casa―, pero vámonos ya.
*****
Mi casa y la de Gabriel quedaban la una enfrente de la otra, de modo que hacíamos casi todo juntos. Así que después de cenar fui a su casa, como casi todos los días. Habíamos quedado en jugar con la ouija. Yo no estaba seguro de lo que íbamos a hacer, admito que tenía un poco de miedo. Me prometí que lo haría sólo una vez, para demostrarle a Gabriel que no era un cobarde. ¡Sólo una vez!
Además, estaba lo de la casa. El tiempo que estuve en mi habitación, antes de ir a casa de Gabriel, tuve tiempo para rumiar un poco. Estaba seguro de que la ouija provenía de esa casa que tanto me había inquietado, y había empezado a tejer un hilo que relacionaba a la ouija, al dueño y el por qué estaba en el bote de la basura.
―¿Estás listo? ―Preguntó Gabriel, una vez estuve en su habitación.
Me encogí de hombros, tratando de parecer indiferente.
―No creo que sirva ―comenté―. ¿Te diste cuenta a qué casa pertenece el basurero del que la recogiste?
―A los Herrarte. ―Sí lo sabía―. Donde hace una semana murió esa chica retraída que iba a la preparatoria. ¿Y qué? ¿Estás sugiriendo que la ouija tuvo algo que ver?
No había pensado en esa posibilidad. Mis pensamientos habían cogido otros derroteros. Y así lo expuse.
―Yo había pensado que Mr. Herrarte la había comprado en un arrebato por comunicarse con su hija muerta, y que al no conseguir lo que se proponía, la desechó tirándola al basurero ―expuse―. Pero lo que tú dices también tiene sentido. A lo mejor no deberíamos tentar nuestra suerte.
La carcajada de mi amigo sonó fría y fuera de lugar.
―No es más que un simple retazo de madera ―dijo―. ¿No creerás de verdad en esas cosas verdad?
―Creo que no ―dijo al cabo de un rato, más para complacerlo que siendo fiel a la verdad.
No se dijo más. Gabriel limpió una mesita en la que había cuadernos y algunos estuches de videojuegos y puso allí la tabla ouija. Me percaté de que la había limpiado, agregando algún spray que la señora de la casa usaba para limpiar muebles.
―Ya está ―anunció con júbilo. No parecía en absoluto alguien a punto de jugar con los misterios de lo oculto.
―¿Y ahora qué? ―pregunté. Yo sí que tenía miedo. No sé si fue efecto de ese mismo miedo, pero en cuanto la ouija estuvo dispuesta sobre la mesa, sentí que el ambiente se tornaba umbrío, a la vez que una extraña sensación me recorría la columna, como si un par de ojos estuvieran clavados entre mis omoplatos. 
―Ahora ponemos las manos en esta gota y hacemos preguntas ―dijo Gabriel, todo seguridad. ¿De verdad era un valiente o sólo un insensato? En ese momento no lo sabía―. Pero primero apagaré las luces.
Puso dos velas, una en cada extremo de la mesilla, y a continuación apagó las luces. Quedamos sumidos en una claridad tenue que no hizo más que ponerme más inquieto. Hizo que me acomodara a su lado y pusimos nuestras manos sobre la tablilla en forma de gota.
―Concéntrate ―me dijo― y cree que en verdad vamos a contactar con algo, sino, dicen que no funciona.
Asentí, pero no le hice caso. Me puse a pensar en cosas más amenas.
―Hola ―dijo Gabriel, los ojos cerrados, concentrado―, ¿Hay alguien allí?
Durante un instante no sucedió nada. Nuestras manos continuaron fijas en el mismo sitio, y la tabla permaneció muda a la pregunta. Pero cuando iba a suspirar de alivio, la gota empezó a vibrar, después se movió hacia la palabra “hola”. Contuve un gemido, y creo que temblé cuando con lentitud la gota fue señalando una serie de letras: E-S-T-O-Y-A-Q-U-I. “Estoy aquí”. Sentí que la temperatura de la habitación descendía varios grados, y miré nervioso hacia los lados, temeroso de que en realidad estuviera allí. Gabriel se volvió hacia mí, sonreía nervioso.
―¿Tienes nombre? ―preguntó.
“No”
―¿Qué eres?
“Ni Dios lo sabe”
―¿Dónde estás?
“Aquí”
Las cortinas de la ventana se agitaron en ese preciso momento y una corriente de frío viento entró a la habitación. Las llamas de las velas titilaron y estuvieron a punto de apagarse. Con la vista le supliqué a Gabriel que parara aquello. Empezaba a sentir miedo de verdad. Él negó con la cabeza. Entendí ese gesto, que significaba: un ratito más.
―¿Dónde es aquí?
“Aquí”
―¿Te refieres a la habitación?
“Sí”
Entró otra corriente de aire por la ventana, más impetuosa que la anterior, y más fría. Las cortinas tronaban por la fuerza del viento, y las llamas de las velas oscilaban peligrosamente. No entendía cómo no se habían apagado aún. Entonces reparé en el piso. En ese instante sentí miedo de verdad. Surgida de la nada, una niebla oscura empezada a esparcirse de forma paulatina. No sé bien cómo, pero tuve la certeza de que, si esa niebla nos tocaba, pereceríamos. Gabriel también vio la niebla. ¡Pero era testarudo!
―¿Eres tú la niebla?
“A veces”
―¿Y qué quieres?
“A vosotros”
La niebla, lenta y densa se estaba acercando a nosotros.
―Ya, termina esto ―le grité. Siendo honesto, ya había entrado en pánico.
―Nos tenemos que ir ―dijo Gabriel.
El viento arreció y las velas se apagaron. Creí que era nuestro fin. Solté un grito y me lancé al interruptor de la luz para encenderlas. La habitación se vio inundada por la cegadora luz, y suspiré aliviado. La niebla se había ido.
Al principio no entendí lo que significaba, pero la tablilla en forma de gota había quedado sobre la palabra “no”. Sólo una cosa me quedó clara: aquello no había terminado.

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