Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

6 de abril de 2017

Ouija (Parte final)

Esa noche, la primera y única noche que jugué a la ouija, mis sueños se vieron inundados de pesadillas. Soñé con neblina negra y vientos fríos. En una ocasión creo que desperté y vi las cortinas de la ventana agitarse, como si el viento no hubiese estado sólo en mis sueños. Deseé con todas mis fuerzas estar equivocado.
―La ouija no es buena cosa ―dije a Gabriel el día siguiente, mientras íbamos a la escuela―. Es peligrosa. Debes tirarla. Ahora entiendo por qué estaba en el bote de basura. Mr. Herrarte comprendió que no hay que jugar con esas cosas.
―Pesadillas, ¿eh? ―dijo Gabriel, enarcando una ceja. Aunque trataba de parecer despreocupado, noté un leve temblor en su voz.
―Sí ―constaté―. Y por lo visto, te ocurre lo mismo.
―Bueno, es normal después de lo de anoche. Pero no creo que signifiquen nada más.
―Tírala ―insistí.
―No veo razón para hacerlo.
―Entonces no vuelvas a jugarla ―le dije―. Yo, no pienso hacerlo.
―Vale, si eso te tranquiliza, no volveré a jugar. ―Vi el brillo de sus ojos, y supe que no iba a mantener su palabra.
Debí haber insistido, como amigo debí convencerlo, pero acepté su palabra y no seguí con el tema. Ahora me arrepiento y me pregunto si no pude haber hecho más.
Esa noche, agotado por la experiencia de la noche anterior, me fui a dormir temprano. No tuve pesadillas. Creí que todo había acabado.
Llamaron a la puerta. Eso me sorprendió, apenas eran las seis de la mañana, a eso hora el desayuno aún no estaba listo. Cuando fui a abrir, me encontré frente a Gabriel.
―¿Cómo entraste? ¿Y qué demonios haces aquí?
―Tu madre me abrió ―dijo―. Tengo que contarte algo.
Estaba nervioso, eso era más que notorio. No dejaba de mirar a los lados y se frotaba las manos con frenesí. Lo hice pasar.
―¿Qué ocurre? ―Le pregunté.
―Volví a jugar ―me dijo. Ya sabía yo que lo volvería a hacer―. Hablé con el espíritu largo rato. Pero llegó un momento en el que dejó de responder mis preguntas y empezó a hablar sin que yo le preguntara nada. Pasaba de una letra a otra a tal velocidad que me costaba mantener el ritmo, más aún armas las frases.
Mi corazón empezó a aumentar el ritmo de sus palpitaciones. Yo había sido testigo de lo sobrenatural, de modo que sabía que no estaba mintiendo. Y su miedo era real. Gabriel estaba aterrado.
―¿Y qué te dijo? ―Tenía un miedo cerval a la respuesta.
―Dijo que ya habíamos conversado suficiente. ―Gabriel, impetuoso y testarudo, estaba temblando y su voz era entrecortada―. Dijo que era hora de conocernos. En ese punto entré en pánico y traté de despedirlo, pero no me dijo adiós. Se supone que tiene que decirme adiós, ¿verdad?
―N-no lo sé ―dije de manera entrecortada―. No lo sé. Yo no sé nada de eso. ¿Y qué pasó? ¿No me digas que se presentó? Me refiero a si se apersonó en la habitación.
―No. En realidad, no sé. A lo mejor, sí. Creo que sólo se manifestó mediante actos. Las luces se encendían y apagaban. La ventana se abría y yo la cerraba, pero al cabo de un instante volvía a abrirse. El viento era sibilante, y sentía que me entraba por un oído y salía por el otro. Estaba tan aterrado, Andrés, aun así, no me atreví a ir con mis padres, cómo explicarles que estuve jugando con cosas diabólicas. No pude pegar ojo, no me dejó pegar ojo.
»Y la maldita ouija seguía en la mesita, casi podía sentir que me llamaba, que me incitaba a usarla. Llegó un momento en el que creí que iba a volverme loco. Casi la miraba guiñarme el ojo para que fuera hasta ella. Y fui, pero no para usarla, la metí en una bolsa y fui a tirarla al bote de basura de afuera. ¿Y qué crees que ocurrió? ―Yo negué con la cabeza― Cuando regresé a mi habitación, allí estaba, tal como había estado antes de meterla a la bolsa. Te juro que caí de culo, aterrado.
»Después la tiré por la ventana, y cerré ésta de golpe. Me fui a la cama e intenté dormir. En ello estaba cuando la ventana se abrió y la maldita ouija regresó, girando, y fue a posarse de nuevo en la mesa. Ya no hice nada, me quedé en la cama, temblando de miedo, la ouija como mirándome, y el ente con el que me había comunicado, torturándome de mil maneras. Ha sido la peor noche de mi vida, Andrés.
―¡Quémenosla! ―Dije. Era una idea que se me ocurrió de pronto―. Seguro así no vuelve.
El rostro de Gabriel se iluminó. Hoy, es la expresión que más recuerdo y dolor me causa. Pobre, creyó que así se solucionaría todo.
La quemamos, vaya si lo hicimos. Él fue a buscar el maldito tablero y yo me escurrí hasta la cochera de mi padre y tomé uno de sus galones de gasolina, de esos que siempre mantiene de reserva. Nos fuimos al patio posterior, aprovechando que casi todos aún dormían, y la rociamos de combustible. Un fósforo y la maldita tabla prendió como antorcha. Gabriel la vio quemarse con las pupilas dilatadas de alegría.
El resto del día transcurrió sin ninguna novedad. Durante gran parte del mismo, Gabriel pareció recobrar su habitual jovialidad. Pero a la tarde, con el sol ocultándose en el horizonte, cuando regresamos de la escuela, escuché su grito aterrado. Yo ya estaba en mi habitación, pero corrí a su casa cuando lo oí. Su habitación estaba en el primer piso, de manera que en vez de ir a la puerta corrí a la ventana, y sólo fue para observar como una sombra, negra como la noche sin luna, lo envolvía para arrebatarle la vida. La sombra se fue al cabo de un instante, el cuerpo quedó en el piso, su rostro inexpresivo, ya sin vida. Por fin sus padres rompieron la resistencia de la puerta, pero ya era demasiado tarde. ¡La maldita tabla de ouija estaba otra vez en la mesita!
*****
La noche después del entierro de mi amigo del alma, cuando entré a mi cuarto después de la cena, vi la tabla ouija en mi propia mesa. El espanto que se apoderó de mí fue total. Ella estaba ahí, como dijo Gabriel, incitándome a jugar. En esos momentos entendí qué hacía en el basurero el día que la rescatamos, y por qué me había parecido que me vigilaban desde la ventana cuando la tomamos. Mr. Herrarte no había querido comunicarse con su hija muerta. Era la tabla, y el ente que la poseía, quien había matado a su hija. Por eso la tiró al basurero, esperando que alguien más la tomara, y así librarse de la maldición.
Es lo que hago ahora yo. La llevé al bote de basura, de manera que enseñe la mitad del tablero, esperando que alguien se la lleve y me libre de esa sombra que desde las esquinas parece vigilarme. Transcurrido cierto tiempo la ouija vuelve a mi mesa, pero la vuelvo a llevar al basurero. Y así será hasta que alguien más la tome y muera como murió mi amigo.
Pero yo no quiero morir.
Oh, esperen. Allá viene alguien, creo que ya vio la ouija. La está sacando del bote de basura. Se la lleva, se la llevó. Creo que ya estoy a salvo. Suspiro de absoluto y puro alivio.
En esos momentos llaman a mi puerta. Escucho la voz de mi madre.
―Hijo, ¿sabes lo que acaba de ocurrir?
―No, mamá.
―Acaba de morir Mr. Herrarte bajo circunstancias muy extrañas.

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