Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

24 de abril de 2017

La Ventana

Gustavo nunca había visto el peculiar objeto trabado en unas ramas de un viejo árbol, y eso que él pasaba hasta seis u ocho veces por ese caminillo; dos veces cuando iba y venía de la escuela, y las otras cuando hacía de mandadero de su madre. Esa vez, mientras regresaba de la escuela, lo descubrió.
Se trataba del marco de una ventana, redondo, con jamba y montantes de madera barnizada y paneles de vidrio rugoso. Era el objeto más inusual para estar en ese sitio, más si se considera que en todo el pueblo no había ventanas redondas ni de esa clase de vidrio. A Gustavo le hizo pensar en Alicia en el País de las Maravillas, y en las casitas de los hobbits, esas dónde vivía Bilbo Bolsón y los de su raza.
El peculiar objeto despertó la innata curiosidad de los niños en Gustavo, que sintió una especie de morbo por echarle un vistazo más de cerca a la ventana. Mientras se bajaba de la bicicleta y se internaba en el bosquecillo, pensaba que quizá podría llevársela (si no la podían poner a la casa, al menos podría jugar con ella), pero lo que en realidad quería era abrir las dos hojas y echar ojeada al otro lado. Su mente racional le decía que no iba a ver otra cosa como no fuera la continuación del bosque, pero su lado infantil, el imaginativo, ese mismo que hizo que relacionara la ventana con Alicia y los hobbits, le hacían pensar en un mundo mágico al otro lado. Y ante esta perspectiva, esbozó una sonrisa y
caminó aún más aprisa.
Jamás imaginó que quizá sí hubiera algo más al otro lado, pero no lo que él pensaba.
Era medio día en aquél pequeño punto del mundo. El sol estaba en su cenit, sus rayos golpeaban con fuerza, y una brisa fresca y vivificante barría el lugar. Era la hora menos apta para imaginar que algo fuera de lo común pudiera suceder. Y menos algo como lo que estaba a punto de ocurrir.
Gustavo dirigió sus pasos al viejo árbol sobre el que descansaba la extraña ventana, “La Ventana del Hobbit”, como había decido llamarla mentalmente. Cuando estuvo cerca, se percató de que estaba a poco más de un metro de altura, y él, que nunca fue considerado alto, tuvo que buscar un viejo trozo de madera que había por allí para alcanzar el picaporte.
Cuando estuvo a la altura de la ventana, sintió miedo por primera vez, e inconscientemente se encontró preguntando qué hacía allí. Se dijo a sí mismo que esa ventana no pudo terminar allí por fuerzas de la naturaleza, que alguien debió dejarla en ese lugar, entre las ramas de ese árbol; y si alguien la había llevado, era probable que regresara, con su consecuente reprimenda para él si lo encontraban fisgoneando. Y en todo caso, ¿qué le importaba a él lo que pudiera haber al otro lado?
El asunto es que, aunque había argumentos de sobra para que dejara de fisgonear y regresara a casa, el morbo y la curiosidad pudieron más. Y aunque tenía miedo, también estaba excitado. De modo que dirigió una mano al picaporte, lo giró hacia arriba, soltándolo cuando escuchó un ligero “clic”. Una vahara de aire gélido pareció surgir de la nada y el mundo se volvió un lugar más oscuro. De estas cosas no se dio cuenta Gustavo, que tenía fija la vista en la ventana.
Se sentía Alicia mirando en el agujero, o Lucy abriendo el ropero; fueron estos pensamientos llenos de magia los que le dieron el valor para empujar hacia dentro las dos hojas de la ventana. Tampoco se dio cuenta que, aunque tras la ventana estaban las ramas que la sostenían, no opusieron ninguna resistencia a los paneles de cristal.
¡Al otro lado sólo había oscuridad!
Gustavo hizo ademán de echarse hacia atrás, de saltar del trozo de madera sobre el que estaba y correr para alejarse de aquel ojo oscuro y maligno. Es posible que saltara, pero nunca tocó el suelo. Una ráfaga de aire cambió de sentido su salto y en lugar de caer sobre la alfombrilla de hojas muertas del bosque, se precipitó en aquel agujero, gritando de terror.
Aún se pudo oír unos gritos más antes de que la ventana se cerrase, oscilara y desapareciera. No se sabe a dónde fue. Lo que sí es seguro es que espera en algún sitio, paciente y eterna, que alguien se acerque y mire a través de ella, para llevar a sus víctimas a un mundo oscuro y cruel, donde sólo su amo parece hallarse a gusto.
Ni Alicia ni Lucy ni Hobbit. Gustavo no encontró su “país de las maravillas”. Lo que sí encontró, es un destino demasiado cruel para contarlo.  

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