Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

20 de abril de 2017

Extraños amigos

El ruido penetró en mi subconsciente de manera paulatina. Lo atribuí a mi propio sueño en un principio. Pero poco a poco me di cuenta de que ese ruido en realidad estaba dentro de mi habitación. Cuando comprendí eso, las garras del miedo se hundieron en mis entrañas, desgarrándome de forma lenta. Tras escuchar el mismo ruido durante un minuto, llegué a imaginar a un monstruo arrastrándose hacia mi cama. El ruido cesaba durante unos segundos (y yo imaginaba al monstruo tomando impulso) para luego volver a repetirse. ¡Y era dentro de mi apartamento! 
Al fin, harto de ese ruido y del miedo que me provocaba, decidí encender las luces y salir de dudas de una vez por todas. Qué más daba si era un monstruo que llegaba para arrebatarme la vida. Bastante poco afortunada era ya ésta, como para ahora temer perderla. 
Accioné el interruptor y la luz amarillenta de mis focos baratos bañó mi viejo y polvoriento apartamento. Allí, a un escaso metro de mi cama, había un monstruo. Lo primero que hice fue soltar un alarido y encogerme entre las mantas. El monstruo también reaccionó; dio media vuelta y se arrastró hacia la ventana, cuyo marco abierto indicaba a las claras por dónde se había colado el intruso. No me fue difícil descubrir que el monstruo en cuestión (que más bien parecía un perro) parecía herido. La sangre en el piso así lo atestiguaba, así como su lento y torpe arrastrar. Seguramente había contado con matarme antes de que yo despertara. ¡Mala suerte por él!
Salté de la cama, envalentonado por el estado de mi atacante, y recurriendo a mis viejas muletas, fui a por el cuchillo más grande de mi cocina. Cuando llegué junto a la criatura, que de forma torpe intentaba subir al alfeizar, le di con la muleta para que se diera vuelta. La impresión fue tan fuerte que perdí el equilibrio y caí con el trasero. 
Al principio me había parecido un perro, por el pelaje y las orejas principalmente. Pero al darle la vuelta, ya no supe que pensar. Su cara era simiesca, sus manos casi parecían humanas, y estaban dobladas en ángulos antinaturales que dejaba ver el hueso muy cerca de los codos. Aquella cosa, fuera lo que fuera, tenía los brazos quebrados. Su agonía debía ser terrible. El rabo y las piernas parecían de perro, y en su vientre, poco más arriba de un grueso pelaje que estuve seguro cubría su sexo, tenía una especie de bolsa, como un ombligo con pliegues, sólo que del tamaño de un puño.
¿Qué demonios era aquello?
Lo primero que pensé fue en deshacerme de él lo antes posible, pero descubrí que el cuchillo había escapado de mis manos. No importaba, sólo tenía que levantarme, recuperar el arma, y cumplir la faena. El monstruo se dio la vuelta y empezó a acercarse, arrastrándose, imaginé que una de sus piernas también estaba dañada. Sentí miedo, entré en pánico, y también empecé a arrastrarme, sólo que hacia atrás, procurando alejarme de aquel ser pesadillesco cubierto de sangre.
―¿Hey, cojo de mierda, qué es ese ruido? ―Gritó mi amable vecino en el apartamento de al lado. Un maldito gordo que en todos los años que llevábamos siendo vecinos, nunca se había dignado a llamarme por mi nombre. 
No le respondí. Pero dejé de escapar. Tenía miedo de aquella cosa horrible que lentamente se acercaba a mí, empujándose con sus patas traseras, su rostro simiesco fijo en el mío, sus manitas quebradas a los costados… Pero ese grito del señor Ángel, me hizo recordar la realidad de mi vida. Sin la pierna izquierda, marginado, en un trabajo de mierda que apenas me daba para sobrevivir, sin familia que se preocupase por mí, sin novia, sin esperanzas de un futuro mejor, las lágrimas brotaron como arroyos de mis ojos y me olvidé del miedo. Mi vida no tenía sentido, muchas veces había pensado en quitármela, pero fue hasta esa noche que decidí que estaba listo para perderla; así fuera a manos de un adefesio.
Cerré los ojos y esperé. La criatura mitad simio mitad perro siguió acercándose. Pero cuando estuvo cerca de mi rostro, lo que hizo fue lamer mi mejilla con una lengua áspera y cálida, limpió mis lágrimas y, por alguna razón que no alcanzo a comprender, me sentí mejor. Al instante siguiente estaba riendo. 
Me le quedé mirando. Era un ser, en definitiva, grotesco. Quizá era un monstruo del infierno, o un cruce de especies, o algún animal sin descubrir, o un fenómeno de la naturaleza. No sé lo que era. Pero sentí lástima y una afinidad como pocas. Supe que él estaba solo, igual que yo, además de que éramos bichos raros para la sociedad. Genial, ¿no? Y estaba sufriendo. En la medida de mis posibilidades, me propuse ayudarlo. Supongo que él también sintió esa afinidad por mí, de lo contrario, hacía mucho que me habría matado.
No podía llevarlo a una veterinaria, pero quizá podía hacer toscas tablillas para sus manos quebradas. Trabajé toda la noche. El señor Ángel me gritaba cada poco, siempre insultando, pero no le hice caso. Estaba concentrado en mi tarea. Cuando llegó la mañana, ya había entablillado sus raros antebrazos y vendado su pierna que sólo parecía magullada. Le limpié otras heridas menores y le construí una cama con una caja y una vieja sábana. Después de limpiar el piso, para eliminar la sangre de mi extraño amigo, me puse a la tarea de darle de comer. Probé a darle de mis cereales, pero sólo olió y se negó a probar nada. No tenía mucho en mi despensa, excepto unas cebollas, patatas, algo de queso y dos bolsas de frituras. Todo lo puse frente a él, incluso la sal y el azúcar, pero no quiso comer. Sólo había una opción.
―Ya vengo ―le dije, acariciando su cabeza de mico con orejas de perro―, iré por algo de carne.
Cogí mis viejas muletas y salí al pasillo. Mi suerte es tan mala que justo me fui a encontrar con don Ángel, un señor cuarentón, gordo y fracasado como yo. Era sabido por todos los demás inquilinos que yo le resultaba asqueroso. 
―Espere un momento que quiero hablarle. ―Su tono indicaba que más bien quería gritarme. De modo que me hice a un lado para esquivarlo y continué mi camino―. Deténgase, maldito tullido. Lo que quiero saber es por qué no me deja dormir. ¿Qué era ese escándalo de anoche? ¿Es que además de arruinarme la vida con su sola presencia también se propone fastidiarme por las noches…?
Salí a la calle y dejé de oírlo. Odiaba a ese señor con todas mis fuerzas. Más nunca le dije nada. Como él continuamente me recordaba, yo era un tullido y más bien menudo, y el grande y gordo, si le respondía logrando hacerlo enfadar más, sin duda el perdedor sería yo. 
Regrese de la carnicería con una libra de carne de res. Mi sueldo no daba para que yo comiera carne cada poco, pero esa vez era por una buena causa, o al menos eso me dije. Si Extraño (así era como decidí llamarlo en el trayecto a la carnicería) no comía carne, pensé que tendría que sacrificarlo. La carne era mi última carta.
Puse la mitad de la libra en un plato plástico y se la ofrecí. Por cómo movió su cola de perro, supe que había dado en el blanco. De lo cual no sabía si alegrarme o entristecerme. Sin importar lo bueno de mis intenciones, era cierto que no podría comprar carne para él todos los días. Pero en esos momentos no me importaba. Ver feliz a ese extraño ser me hizo feliz a mí. Incluso lo acaricié mientras él comía. Le puse agua y le expliqué que me iría al trabajo. Él me miró con ojos grandes y redondos, ojos llenos de tristeza. Y así continuaba cuando cerré la puerta a mis espaldas para ir a mi empleo, como ayudante de una oficina contable.
Al regreso le di el resto de la carne, mientras yo me conformaba con unas patatas cocidas en agua. 
Durante siete días se estableció la misma rutina. Por la mañana le compraba carne, le servía la mitad, me iba al trabajo, y al regresar le daba el resto. Por las noches revisaba sus heridas, que, mejoraban a pasos de gigante. Y con la rutina, también vino el cariño. Empecé a querer a esa criatura, que no sabía qué era, pero me quería y yo a él, me hacía compañía y al tercer día incluso jugueteaba conmigo en la cama, como un perrito, excepto que no ladraba, a veces gruñía, pero eso era todo. Don Ángel seguía en su papel de vecino insoportable, y cuando supo que tenía una mascota, exigió que me deshiciera de él, que no lo dejaba dormir. Gran mentira, porque Extraño no hacía el menor ruido. Y eso que no sabía que mi mascota era algo parecido a un monstruo.
A la semana, cosa milagrosa, Extraño se recuperó. Lo vi correr y saltar con las tablillas, cuando se las quité vi que sus brazos estaban sanos. Saltaba como canguro a veces, y también podía correr a cuatro patas. ¿Qué era eso que adopté como mascota? Su curación coincidió con el fin de mi dinero. Aún faltaba más de una semana para mi pago de fin de mes, y por eso de estar comprando carne a diario, me había quedado sin ni un centavo. Durante la noche se lo conté a Extraño, mientras le acariciaba el pelaje. Le dije que probablemente mañana no comeríamos, que tuviera paciencia mientras yo miraba qué hacer. 
A la mañana siguiente, desanimado fui a hervir agua para prepararme un café, cuando en la mesa miré un billete de cien quetzales (moneda guatemalteca), no podía creer mi buena suerte. No me preocupé por su procedencia. Corrí a la carnicería por más carne, compré dos libras, a veinticinco cada una, y aún me quedó cambio para el día siguiente. Ese día, hasta ya comí algo de esa carne.
Dos mañanas después, encontré un nuevo billete en la mesa, en el mismo sitio. Cogí el billete algo más pensativo, y fui a la carnicería ya no tan alegre como la primera vez. Se me hacía extraño hallar dinero en mi mesa dos veces seguidas. 
La tercera vez, supe que algo muy extraño estaba pasando. Llamé a Extraño y le pregunté si él era responsable de eso. No sabía hablar, pero supe que me entendió, era alguien muy especial ese Extraño. Parado en sus patas traseras me hizo señas para indicarme lo que hacía. Se colaba por mi ventana, se metía a otras ventanas y cogía el dinero. No siempre la misma casa, según entendí. Después, se hizo invisible ante mí. Caí de culo por la impresión. Un segundo después se volvió a hacer visible. Me había enseñado su poder. Era así como se colaba a las casas vecinas para hurtar, para que yo pudiera alimentarlo. Imaginé que antes había conseguido esa carne por sus propios métodos, matando, ahora se dedicaba sólo a hurtar.
Al principio me pareció mal. No estaba bueno robar. Pero luego recordé las veces que mis vecinos y demás gente me habían ayudado (nunca) y las veces que me habían visto de mala manera o me habían negado algo por mi condición de lisiado y llegué a la conclusión de que lo tenían bien merecido. Le dije que podía seguir haciéndolo, pero que no abusara y se cuidara de ser descubierto. Se hizo invisible y visible para demostrarme que no tenía que preocuparme de que le hicieran daño, y me eché a reír. 
Poco después, regresaba muy tarde de la oficina, porque unos balances no cuadraban. En una parte oscura, un hombre me salió al paso.
―¡Tullido de mierda! ¡Maldito ratero! ―Era mi adorable vecino, don Ángel―. ¿Sé que eres tú el que me ha estado robando?
―¿Yo? Pero sí sólo soy un cojo, como a usted le gusta decir ―Era la primera vez que replicaba algo a ese viejo panzón.
―No sé cómo, pero sé que tú estás detrás de todo. ―Sacó una navaja y yo retrocedí espantado. 
Extraño se hizo visible entre el gordo y yo. Ahora me acompañaba casi a todos lados. Don Ángel soltó un gemido de miedo. Extraño atacó. De sus manos salieron gruesas y negras garras, y de aquella especie de bolsa que tenía en el vientre, emergió algo como una cola o un nervio, terminada en un soberbio aguijón. El gordo apenas si tuvo tiempo de gritar. 
Era la primera vez que veía a Extraño hacer algo así. Pero no me dio miedo, porque sabía que lo hizo para defenderme. 
―Come cuanto puedas, pero después vuelve a casa ―le dije―. Ah, y no lleves evidencias al apartamento.
Extraño gruñó, mostrando su aquiescencia. 
No sé aún qué es Extraño, sólo sé que es mi amigo, mi única compañía. Yo le ayudé cuando estaba herido, y él me ayuda desde esos días. Ya no sufro hambre, y él mismo procura los fondos para que él tampoco sufra hambre. El señor de una joyería me echó agua una vez, sólo porque me paré frente a los escaparates para ver. Ahora tengo muchas joyas en mi casa y también algo de dinero. Nos mudamos a la ciudad, donde estoy gestionando una pierna de metal. Añoro el día en que pueda volver a caminar sin necesidad de las engorrosas muletas. No tengo trabajo, pero tampoco lo necesito, no con Extraño a mi lado. Cuando tenga mi prótesis, buscaremos nuevos horizontes, quizá hasta pueda tener mi propio carro y una casa, y una novia más tarde. Por supuesto, también tendré que procurar que Extraño se de unos cuantos gustos de vez en cuando. Hay un vecino acá en mi edificio que me mira con desdén. Creo que será el primero en la lista.

2 comentarios:

  1. Buenisimo.... .
    Me encantan tus historias 😵😵😵

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  2. Este es magistral! El nombre elegido 👏

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