Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

12 de abril de 2017

Cuchillo en la oscuridad

¿Es un sueño? No lo sé. Me parece un sueño porque tengo la sensación de que es algo que ya he vivido. Y no es algo que quiera volver a vivir. Sin embargo, es lo que está ocurriendo.
Miguel, José y yo, caminamos por una solitaria calle a la una de la madrugada. La luna, maliciosa, hace un guiño perenne en el cielo estrellado, esquivando con elegancia los nubarrones negros que en todo momento intentan velar ese guiño. El entorno no puede ser más silencioso, y la brisa fresca corre barriendo la calle.
Antes de que aparezca Armando en la siguiente esquina, sé que va a aparecer. Sé que saldrá gritando imprecaciones contra mí de no sé qué cosas sobre su fea y tonta novia. Sé que saldrá ebrio, con un puñal en una mano, y la mirada de un loco capaz de hacer cualquier tontería. Por eso creo que es un sueño. Algo que ya pasó. Pero no me atrevo a afirmar nada.
Y en efecto, apenas pienso eso, Armando hace acto de aparición en la esquina, a menos de treinta metros de nosotros. Está borracho, de eso no nos queda duda por su caminado en zigzag.
―¡Te voy a matar! ―Grita, señalándome con su cuchillo―. ¡Maldito bastardo! ¿Crees que no sé lo que le hiciste a mi novia?
Sí, lo acepto, me tiré a la infeliz de su novia. Y no lo disfruté mucho, créanme. Me vomitó en el pecho, mientras la poseía sobre el lavamanos del bar en el que estuvimos. En mi defensa diré que fue ella la que me siguió al baño de hombres, y yo, como todo hombre, con más razón si consideran que también estaba ebrio, no puse pegas. Lo que comprendí de su amenaza fue que alguien se había ido de la lengua, y que el muy infeliz, estaba dispuesto a blandir ese cuchillo contra mí.
―¿Y qué fue lo que le hice a tú novia? ―Repliqué con una sonrisilla irónica.
Es cierto, él tenía un cuchillo, pero yo también estaba ebrio, además de que me acompañaban dos amigos que no me abandonarían en una situación así. Me sentía todo un valiente. Teníamos la receta perfecta para el desastre.
―Maldito. Sé que te fuiste con ella a los baños.
―¿Y yo te mandé a quedarte dormido en la barra cuando ella te pedía acción? ¿O acaso fui yo quien te mandé a tener por novia a una mujercita que ya se ha tirado media ciudad?
Era obvio que Armando no había ido para que se burlaran de él. De manera que ya no quiso charlar, sino que se abalanzó sobre mí, blandiendo su cuchillo con vehemencia. En cierta forma, nosotros no estábamos tan ebrios como él, así que me aparté y Miguel le reventó en la cabeza uno de los envases del six-pack de cervezas que habíamos sacado del bar. José le pateó la muñeca y de otra patada tiró el cuchillo fuera de la calle.
Fue en esos momentos que nos ensañamos con él. Lo golpeamos, lo escupimos, hablamos mal desde su novia hasta su madre, pasando por sus primas y tías. Éramos tres ebrios golpeando a alguien aún más ebrio. Él fue un insensato por querer cobrar en aquel estado la ofensa a su honor. Y nosotros, nosotros fuimos aún más insensatos, al aprovecharnos de su estado de aquella manera.
Entonces empezó a gemir y a respirar entrecortadamente. Ese respirar me pone los pelos de punta. Tiene alguna cualidad que me aterra. La siento cerca de mí, casi me atrevo a asegurar que siento su aliento en un costado del vientre. ¡Rayos! Sí, siento un aliento frío y putrefacto cerca de mis costillas. ¡Oh, y cómo me aterra! Y está ascendiendo. Asciende poniéndome los pelos de punta, heraldo de algo macabro.
Abro los ojos de golpe. No veo nada. Todo está oscuro. Me permito suspirar. Estoy en mi habitación, echado sobre mi cama. Era un sueño. Simplemente estaba soñando la atrocidad cometida tres noches atrás. Es mi conciencia la que no meja tranquilo.
Un momento…
¡No! Debo seguir durmiendo, porque esa respiración en mis costillas sigue allí, lenta, acompasada, fría… y el hedor, también siento el hedor fétido, el hedor de la muerte.
Permanezco inmóvil, totalmente aterrado, paralizado de miedo, no me atrevo a mover siquiera los ojos. ¡No puede ser cierto! Tiene que ser un sueño. Una pesadilla. No puede haber una respiración ajena a la mía en la habitación, menos una como la que siento, esas cosas sólo pasan en las películas. Pero la verdad es que la respiración está allí, es real, es inhumana. La siento ahora en mi pecho, ascendiendo de manera paulatina, angustiante. Y no sólo es la respiración. Siento algo más, algo más sólido, algo que presiona el colchón a mi lado, algo como otro cuerpo. Si ni quiera he ido de farra esta noche como para pensar que pude llevarme a alguien sin siquiera acordarme. No encuentro explicación para lo que ocurre, ni por qué tengo tanto miedo.
La respiración llega hasta mi cuello y el hedor penetra por mis fosas como una vaharada de muerte. Repito a mi subconsciente que debe de tratarse de un sueño. Me aferro a esa posibilidad. O quizá sólo sea producto de mi conciencia, continuación de la pesadilla que tenía antes de despertar a aquel mundo de miedo y oscuridad.
Muevo mi mano derecha hacia el borde de la cama (mientras la respiración sigue ascendiendo por mi cuello en el lado izquierdo), tanteo hasta la mesilla junto a la cabecera y busco la lámpara. La localizo cuando la respiración me acaricia el lóbulo de la oreja. Tengo la ciega esperanza de que en cuanto encienda la luz la pesadilla desaparecerá. Encuentro la cadenilla y tiro con fe. La luz amarillenta ilumina media habitación.
Armando, el hombre muerto hace tres noches bajo los golpes de mis amigos y yo, está junto a mí. Tiene el rostro cubierto de hematomas, amoratado, con escarchas de sangre seca; en algunos puntos se cayeron pedazos de piel. Y sonríe. Sonríe con dientes negros y boca más negra aún, portadora del hedor de la tumba. En su mano derecha, alzada en ese momento, sostiene la muerte misma: ese maldito cuchillo que le arrebatamos la muerte de su fallecimiento.
Intento gritar, pero lo único que escapa de mi garganta es un carraspeo agudo. El cuchillo desciende veloz e implacable, una, dos, tres veces. Acerca su boca de aliento fétido a la mía e inca sus dientes negros en mis labios. Es hasta esos momentos cuando empiezo a gritar. Pero mi destino ya está sellado.

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