Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

28 de abril de 2017

Sonambulismo

Milder no recordaba mucho de su niñez. Pero, a decir de sus padres, su sonambulismo empezó desde temprana edad. Entre los diez y quince años, sus episodios de sonambulismo se intensificaron de tal manera que llegó a representar un peligro para ella misma. Peligros de que, naturalmente, ella no era consciente. Bajaba las escaleras, iba al baño, o deambulaba por los pasillos. Pero cuando mayor peligro corría era cuando se metía a la cocina y empezaba a manipular los instrumentos de la misma; en una ocasión la encontraron pelando un pepino con un cuchillo, de buena suerte que no se cortó. Desde ese día, en su casa guardaban bajo llave los objetos cortantes y pusieron una barandilla en el rellano de las escaleras en el segundo piso.
Se sabe que no existe un tratamiento eficaz para el sonambulismo. De manera que su familia tuvo que conformarse con reforzar las medidas de seguridad en torno a la habitación de Milder, a la vez que intentaban con sedantes y pastillas para dormir, que la joven no se levantara mientras aún dormía. El éxito fue escaso.
Tras los quince años, los episodios de sonambulismo de la joven empezaron a ser más escasos, cada vez más esporádicos. Hasta el punto de que cuando cumplió los diecisiete, hacía meses que no sufría de ese trastorno del sueño. Su familia se sintió aliviada, y la afectada, se alegraba de no suponer más carga para sus progenitores.
Pasaron los años y Milder se graduó de la universidad, no sin cierto esfuerzo, y consiguió un trabajo en una agencia bancaria. El primer día de trabajo se llevó una gran sorpresa al enterarse que una compañera de la universidad, llamada Yessenia, también había sido contratada por la misma agencia, en un puesto similar al de ella.
La sorpresa no fue de alegría precisamente. Nunca intimaron demasiado en la universidad; Milder opinaba que Yessi era arrogante y pagada de sí misma. Lo peor de todo era que, al menos en lo que concernía a Milder, la otra mujer llevaba algo razón, y Milder lo sabía, y eso hacía que su antipatía creciera. Yessi era más bonita, medio mundo lo decía, amén de que también conseguía mejores notas. Pero por lo que más inquina le guardaba, era por el día en que empezó a salir con Alexander, el chico que le gustaba a Milder.
Cierto que tres meses después, ella dejó al chico para salir con otro. Y unos meses después, Milder empezó a salir con él. Desde eso ya habían pasado dos años, y una semana atrás, ella se había mudado con él, al apartamento que su padre le había ayudado a comprar. Sin embargo, Milder aún sentía celos de que la mujer hubiera salido con su chico. ¡Y ahora esto! Iban a ser compañeras de trabajo, cuando estaba segura que jamás la vería de nuevo.
Y la muy hipócrita se atrevió a besarla en la mejilla ese primer día de trabajo.
―Hola, Milder ―la saludó―. No sabía que seríamos compañeras de trabajo. Qué súper, ¿no?
―Sí, mira, qué sorpresa ―dijo Milder, sin la efusividad de la otra―, no me lo esperaba.
―Ni yo. ¿Y cómo vas con Alex? ¿Es cierto que van a vivir juntos?
―Hace una semana que vivimos juntos ―matizó Milder, tratando de no traslucir acritud―. Es todo un amor.
―Me alegro por ambos. ―Milder no le creyó.

24 de abril de 2017

La Ventana

Gustavo nunca había visto el peculiar objeto trabado en unas ramas de un viejo árbol, y eso que él pasaba hasta seis u ocho veces por ese caminillo; dos veces cuando iba y venía de la escuela, y las otras cuando hacía de mandadero de su madre. Esa vez, mientras regresaba de la escuela, lo descubrió.
Se trataba del marco de una ventana, redondo, con jamba y montantes de madera barnizada y paneles de vidrio rugoso. Era el objeto más inusual para estar en ese sitio, más si se considera que en todo el pueblo no había ventanas redondas ni de esa clase de vidrio. A Gustavo le hizo pensar en Alicia en el País de las Maravillas, y en las casitas de los hobbits, esas dónde vivía Bilbo Bolsón y los de su raza.
El peculiar objeto despertó la innata curiosidad de los niños en Gustavo, que sintió una especie de morbo por echarle un vistazo más de cerca a la ventana. Mientras se bajaba de la bicicleta y se internaba en el bosquecillo, pensaba que quizá podría llevársela (si no la podían poner a la casa, al menos podría jugar con ella), pero lo que en realidad quería era abrir las dos hojas y echar ojeada al otro lado. Su mente racional le decía que no iba a ver otra cosa como no fuera la continuación del bosque, pero su lado infantil, el imaginativo, ese mismo que hizo que relacionara la ventana con Alicia y los hobbits, le hacían pensar en un mundo mágico al otro lado. Y ante esta perspectiva, esbozó una sonrisa y

22 de abril de 2017

La rebelión de la muerte (Parte Final)

Lee la parte VII pinchando AQUI

Al principio caminaron. Apenas contaban con dos linternas de mano, y tuvieron que apañárselas con estas para ver por dónde pisaban. A su alrededor, el bosque seguía silencioso, a no ser por la cacofonía de los zombis que les seguían. Porque Ricardo estaba seguro que aquellos monstruos iban en pos de ellos. A por sus vidas, a por lo único que les quedaba.
El miedo era el compañero incómodo en aquella marcha mañanera. Se vislumbraba en el rostro de la anciana que aspiraba grandes bocanadas de aire cada tanto, como si ello le fuera a devolver la vitalidad perdida en la juventud. Se sentía en el nerviosismo de Ana y de Bellyn, que había dejado de llorar merced a muchos ruegos de su madre y un par de ceños fruncidos cortesía del abuelo. Jaime y Richard iban a la zaga. Jaime iba al último, alumbrando con una lámpara a los demás. Ricardo lo volteaba a ver de vez en cuando, y veía su miedo en el rostro en forma de goterones de sudor. Bernard, abría la marcha, lámpara en mano, escopeta presta, una porra trababa de cualquier manera a su espalda, parecía el único que no sentía miedo. Pero Ricardo lo vio dar leves respingos cuando un ruido más fuerte que los anteriores hendía la noche. Ricardo, por su parte, estaba cagado de miedo.
Caminaron durante dos horas, según comprobó Ricardo. Pronto se hizo notorio que, con aquel ritmo, apenas si estaban retrasando lo inevitable. Si querían escapar de una muerte segura, iban a necesitar de algo más. Quedarse a pelear y volver a matar a los muertos-vivientes que los seguían, no le parecía la mejor de las opciones, ya que, a juzgar por la densidad del ruido, el grupo que los perseguía era bastante considerable. «¡Si tan sólo fueran tan lentos y torpes como en la televisión!» Pero lo cierto es que no era así, eran más rápidos, casi tan rápidos como una persona normal.
Elucubrando un poco llegó a pensar que, quizá debían girar hacia la izquierda, hacia la interestatal, y lo tenían que hacer a la carrera, si es que querían tener alguna posibilidad de alcanzarla. Suponía que la tenían a varios kilómetros desde su posición, a los zombis, mucho más cerca. O si pudieran hallar un lugar donde atrincherarse. Y en todo caso, ¿de dónde habían salido sus perseguidores? ¿Provenían de la ciudad o es que había algún cementerio en esos lugares?
Entonces lo recordó.
―¡Alto! ―Gritó.
Los demás se detuvieron de súbito, impelidos por la fuerza de su voz.
―¿Qué ocurre? ―Preguntó Bernard.
―¿Dónde están? ¿Hay más zombis? ―Preguntó a su vez Ana, aterrada, girando la vista a una y otra dirección. Bellyn se echó a llorar otra vez y la mujer se puso a la tarea de hacerla callar.
―¿Saben hacia dónde vamos? ―Inquirió Ricardo.
Nadie respondió. Se miraron durante unos segundos en la creciente claridad del amanecer, hasta que se encogieron de hombros.
―¡Los túmulos! ―Soltó Ricardo―. Recuerden que en alguna parte de este bosque están los túmulos resultas de las guerras sobre las que se forjó esta nación.

20 de abril de 2017

Extraños amigos

El ruido penetró en mi subconsciente de manera paulatina. Lo atribuí a mi propio sueño en un principio. Pero poco a poco me di cuenta de que ese ruido en realidad estaba dentro de mi habitación. Cuando comprendí eso, las garras del miedo se hundieron en mis entrañas, desgarrándome de forma lenta. Tras escuchar el mismo ruido durante un minuto, llegué a imaginar a un monstruo arrastrándose hacia mi cama. El ruido cesaba durante unos segundos (y yo imaginaba al monstruo tomando impulso) para luego volver a repetirse. ¡Y era dentro de mi apartamento! 
Al fin, harto de ese ruido y del miedo que me provocaba, decidí encender las luces y salir de dudas de una vez por todas. Qué más daba si era un monstruo que llegaba para arrebatarme la vida. Bastante poco afortunada era ya ésta, como para ahora temer perderla. 
Accioné el interruptor y la luz amarillenta de mis focos baratos bañó mi viejo y polvoriento apartamento. Allí, a un escaso metro de mi cama, había un monstruo. Lo primero que hice fue soltar un alarido y encogerme entre las mantas. El monstruo también reaccionó; dio media vuelta y se arrastró hacia la ventana, cuyo marco abierto indicaba a las claras por dónde se había colado el intruso. No me fue difícil descubrir que el monstruo en cuestión (que más bien parecía un perro) parecía herido. La sangre en el piso así lo atestiguaba, así como su lento y torpe arrastrar. Seguramente había contado con matarme antes de que yo despertara. ¡Mala suerte por él!
Salté de la cama, envalentonado por el estado de mi atacante, y recurriendo a mis viejas muletas, fui a por el cuchillo más grande de mi cocina. Cuando llegué junto a la criatura, que de forma torpe intentaba subir al alfeizar, le di con la muleta para que se diera vuelta. La impresión fue tan fuerte que perdí el equilibrio y caí con el trasero. 
Al principio me había parecido un perro, por el pelaje y las orejas principalmente. Pero al darle la vuelta, ya no supe que pensar. Su cara era simiesca, sus manos casi parecían humanas, y estaban dobladas en ángulos antinaturales que dejaba ver el hueso muy cerca de los codos. Aquella cosa, fuera lo que fuera, tenía los brazos quebrados. Su agonía debía ser terrible. El rabo y las piernas parecían de perro, y en su vientre, poco más arriba de un grueso pelaje que estuve seguro cubría su sexo, tenía una especie de bolsa, como un ombligo con pliegues, sólo que del tamaño de un puño.
¿Qué demonios era aquello?
Lo primero que pensé fue en deshacerme de él lo antes posible, pero descubrí que el cuchillo había escapado de mis manos. No importaba, sólo tenía que levantarme, recuperar el arma, y cumplir la faena. El monstruo se dio la vuelta y empezó a acercarse, arrastrándose, imaginé que una de sus piernas también estaba dañada. Sentí miedo, entré en pánico, y también empecé a arrastrarme, sólo que hacia atrás, procurando alejarme de aquel ser pesadillesco cubierto de sangre.

14 de abril de 2017

La rebelión de la muerte (Parte VII)

Lee la parte VI pinchando AQUI 

Se detuvieron antes de que fuera noche cerrada. Aunque no tenían equipo de campamento, les pareció mejor opción que ir dando tumbos en la oscuridad, en aquel bosque inhóspito y lúgubre. Se acomodaron bajo la sombra de un olmo de frondosas ramas, cuyo espeso ramaje los protegería de la lluvia, en el dudoso caso de que llegara a llover. No había mucho que hacer, salvo acomodarse en el suelo, comer algo y después tratar de conciliar algo de sueño.
Jaime hizo la primera guardia.
Ricardo se tiró sobre la capa de hojas muertas, sin pensar en los bichos que pudiera haber debajo, y acomodó el rifle, la 9 mm, la porra y el cuchillo a un lado, cruzó los brazos atrás de la cabeza, y clavó los ojos en la nada, mientras su mente vagaba por mil regiones. No tenía sueño, tampoco quería pensar en aquella locura que estaba ocurriendo, pero su mente insistía en volver al asunto. Pensó en la causa de que los muertos se levantaran de la tumba, en por qué ocurría sólo en su Estado, y por qué, él y Jaime, que habían sido mordidos, no presentaban ningún síntoma que indicara que terminarían convirtiéndose en muertos vivientes. Nada tenía sentido. Ni siquiera entendía bien por qué había sugerido que fueran al bosque.
Un aullido extraño hendió la soledad de la noche. Instintivamente, Ricardo cogió el rifle, pero no se levantó, sino que esperó. Espero un minuto, dos minutos, cinco… el aullido (que le hacía pensar en el asesino de la enorme serpiente) no se repitió. Se relajó de nuevo, preguntándose qué demonios hacía allí, si no hubiese sido mejor dejar que Emelyn lo asesinara en el patio de su casa. De pronto se sentía muy solo. Bernard tenía a Angélica. Jaime tenía a Ana y a Bellyn. Todos eran una familia. ¿Y él que pintaba? Quizá no debería estar allí. ¿Y por qué aquél silencio en el bosque? Se preguntaba qué estaba ocurriendo en la ciudad, y en la carretera. Se preguntaba si no sería mejor volver a la interestatal para tratar de coger un coche. En auto llegarían en un pis pas a la zona fronteriza. Se preguntaba cómo le iba al gobierno con esa idea de cercar el área afectada, y si esa área afectada no había agrandado sus fronteras. Se preguntaba…
Alguien sacudió sus hombros y Ricardo se despertó lanzando manotazos, medio adormilado.
―Tranquilo, hombre ―susurró la voz de Bernard―. Es hora de que se ocupe de su guardia.
Tardó cinco segundos en recordar lo que había ocurrido, dónde estaban y por qué le despertaban. El reloj marcaba las tres menos cuarto, y un escalofrío le sacudió el cuerpo. Pronto se cumplirían veinticuatro horas desde que iniciara aquella maldita pesadilla. «Las tres de la mañana». Esa hora le producía miedo.

12 de abril de 2017

Cuchillo en la oscuridad

¿Es un sueño? No lo sé. Me parece un sueño porque tengo la sensación de que es algo que ya he vivido. Y no es algo que quiera volver a vivir. Sin embargo, es lo que está ocurriendo.
Miguel, José y yo, caminamos por una solitaria calle a la una de la madrugada. La luna, maliciosa, hace un guiño perenne en el cielo estrellado, esquivando con elegancia los nubarrones negros que en todo momento intentan velar ese guiño. El entorno no puede ser más silencioso, y la brisa fresca corre barriendo la calle.
Antes de que aparezca Armando en la siguiente esquina, sé que va a aparecer. Sé que saldrá gritando imprecaciones contra mí de no sé qué cosas sobre su fea y tonta novia. Sé que saldrá ebrio, con un puñal en una mano, y la mirada de un loco capaz de hacer cualquier tontería. Por eso creo que es un sueño. Algo que ya pasó. Pero no me atrevo a afirmar nada.
Y en efecto, apenas pienso eso, Armando hace acto de aparición en la esquina, a menos de treinta metros de nosotros. Está borracho, de eso no nos queda duda por su caminado en zigzag.
―¡Te voy a matar! ―Grita, señalándome con su cuchillo―. ¡Maldito bastardo! ¿Crees que no sé lo que le hiciste a mi novia?
Sí, lo acepto, me tiré a la infeliz de su novia. Y no lo disfruté mucho, créanme. Me vomitó en el pecho, mientras la poseía sobre el lavamanos del bar en el que estuvimos. En mi defensa diré que fue ella la que me siguió al baño de hombres, y yo, como todo hombre, con más razón si consideran que también estaba ebrio, no puse pegas. Lo que comprendí de su amenaza fue que alguien se había ido de la lengua, y que el muy infeliz, estaba dispuesto a blandir ese cuchillo contra mí.
―¿Y qué fue lo que le hice a tú novia? ―Repliqué con una sonrisilla irónica.
Es cierto, él tenía un cuchillo, pero yo también estaba ebrio, además de que me acompañaban dos amigos que no me abandonarían en una situación así. Me sentía todo un valiente. Teníamos la receta perfecta para el desastre.

8 de abril de 2017

La rebelión de la muerte (Parte VI)

Lee la parte V pinchando AQUÍ

―Se empieza a hacer tarde ―señaló Bernard, mirando al sol.
Ricardo comprobó su reloj de pulsera. Eran las diez y media de la mañana. No hacía ni doce horas desde el comienzo de aquella pesadilla, pero parecía, como mínimo, que había transcurrido un año desde el principio, desde esos ladridos que lo despertaron a las tres de la mañana. «Las tres de la mañana ―recordó― ¿Por qué todo empezó a esa hora?».  
―Mastiquemos y bebamos algo y a darle a la pata ―continuó Bernard―. ¿Cuánto podríamos tardar en llegar al límite que el gobierno ha designado?
Ricardo lo pensó un minuto antes de contestar.
―Presumo que al menos dos días ―dijo―. Lo más seguro es que sean tres. Aun yendo en línea recta hay unos cincuenta kilómetros hasta la frontera que percibí en la televisión. Todo dependerá del ritmo que podamos mantener, pero, sobre todo, de los obstáculos que se nos puedan interponer.
―¡Zombis! ―Masculló Jaime haciendo un mohín, a la vez que se miraba el vendaje casero que su esposa y su madre le habían puesto en el hombro izquierdo.
―Sí, zombis ―estuvo de acuerdo Ricardo.
―Cortaremos algunas ramas y haremos algunos garrotes ―dijo Bernard―. Ricardo tiene razón en lo que comentó hace rato. Necesitaremos algo para enfrentarnos a corta distancia con esos monstruos. Aunque ruego a Dios que no nos topemos con ninguna criatura más. ―Por su tono de voz, era obvio que no creía que fuera a pasar tal cosa.
―Yo también lo espero ―añadió Jaime―. Y también estoy de acuerdo en lo de fabricar esos garrotes. Creo que hasta mi Ana debe llevar uno.
―Por supuesto ―convino Bernard―. Por lo pronto, comamos.
Se sentaron en un círculo y abrieron un par de latas de comida y la repartieron en platos desechables. La pequeña Bellyn le sonrió a Ricardo cuando le tendió el plato que habían servido para él. Era una niña preciosa, de cabellos castaños y ojos claros. Recordó lo mucho que había hablado Emelyn de esa niña que tendrían algún día. Sintió ese tradicional nudo en la garganta, de manera que sólo sonrió y agradeció con un gesto de la cabeza a la pequeña.
Cortar las ramas no fue fácil. Los cuchillos no eran grandes, y aunque los golpearan con otros maderos para cortar un par de ramas, fue un proceso laborioso y difícil. De manera que tuvieron que conformarse con rústicos palos, apenas limpiados del extremo que hacía de mango para no astillarse las manos.
―Mejor así ―dijo Bernard, enjuagándose sendos goterones de sudor que le escurrían por el rostro.
―Por supuesto ―adujo Ricardo―, si no los matamos de algún golpe, siempre cabe la esperanza de que cojan una infección.
―Ja. Bien dicho. Por cierto, ¿cómo sigue su brazo?
―Me escoce un poco, pero no creo que vaya a convertirme en un muerto-viviente.

6 de abril de 2017

Ouija (Parte final)

Esa noche, la primera y única noche que jugué a la ouija, mis sueños se vieron inundados de pesadillas. Soñé con neblina negra y vientos fríos. En una ocasión creo que desperté y vi las cortinas de la ventana agitarse, como si el viento no hubiese estado sólo en mis sueños. Deseé con todas mis fuerzas estar equivocado.
―La ouija no es buena cosa ―dije a Gabriel el día siguiente, mientras íbamos a la escuela―. Es peligrosa. Debes tirarla. Ahora entiendo por qué estaba en el bote de basura. Mr. Herrarte comprendió que no hay que jugar con esas cosas.
―Pesadillas, ¿eh? ―dijo Gabriel, enarcando una ceja. Aunque trataba de parecer despreocupado, noté un leve temblor en su voz.
―Sí ―constaté―. Y por lo visto, te ocurre lo mismo.
―Bueno, es normal después de lo de anoche. Pero no creo que signifiquen nada más.
―Tírala ―insistí.
―No veo razón para hacerlo.
―Entonces no vuelvas a jugarla ―le dije―. Yo, no pienso hacerlo.
―Vale, si eso te tranquiliza, no volveré a jugar. ―Vi el brillo de sus ojos, y supe que no iba a mantener su palabra.
Debí haber insistido, como amigo debí convencerlo, pero acepté su palabra y no seguí con el tema. Ahora me arrepiento y me pregunto si no pude haber hecho más.
Esa noche, agotado por la experiencia de la noche anterior, me fui a dormir temprano. No tuve pesadillas. Creí que todo había acabado.
Llamaron a la puerta. Eso me sorprendió, apenas eran las seis de la mañana, a eso hora el desayuno aún no estaba listo. Cuando fui a abrir, me encontré frente a Gabriel.
―¿Cómo entraste? ¿Y qué demonios haces aquí?

3 de abril de 2017

Ouija (Parte I)

Encontramos el tablero en un viejo bote de basura, mientras regresábamos de la escuela. De haber sabido lo que ese “peculiar” objeto iba a causar, hubiera insistido a Gabriel en dejarlo allí, en no sacarlo de entre la basura; si estaba allí era porque ya no lo querían. Es más, de haber sabido lo que íbamos a encontrar camino a nuestras casas, habría tomado otra ruta. Pero los hubieras no existen. Es más, tomando en cuenta cómo se han desarrollado los acontecimientos, quién sabe si esa cosa no nos hubiera seguido hasta conseguir lo que quería. A veces pienso que nos estaba predestinada, o que algo sentía especial interés por nosotros.
La encontramos una semana atrás en horas de la tarde, como ya dije, regresábamos de la escuela. Gabriel fue el primero que la descubrió.
―Andrés, mira ―me dijo, denotando vivo interés por el objeto. Del tablero sobresalía la mitad por el borde del barril, claramente vi las primeras palabras del abecedario. Sentí un poco de miedo desde ese instante, pero no el suficiente para vencer a la curiosidad―. Es una tabla de ouija. ―El impetuoso de Gabriel ya había sacado el tablero del barril.
―Ya me di cuenta ―dije con cautela―. Creo que ya no sirve. Está muy vieja ¿no te parece?
La tabla, de unos treinta por cuarenta centímetros estaba desgastada, el barniz se había caído y tenía rayones por toda la superficie. Pegada al centro con masking tape, venía el vaso con forma de gota, con su tradicional agujero al centro.
―¿Vieja? ¿Y eso qué tiene? ―Replicó―. Eso es mejor. Eso significa que ya ha sido usada. ¿La probamos esta noche?
Me quedé mirando la casa de enfrente, a la que pertenecía el bote de basura y por ende la ouija. Capté un pequeño movimiento en la ventana de la derecha, pero cuando miré hacia ella, sólo vi la cortina que oscilaba lentamente. No obstante, estoy seguro que había alguien detrás. Reconocí la casa de inmediato, y aunque era similar a las demás, me produjo una sensación de soledad y tristeza que me es imposible describir. Me entraron ganas de alejarme a la carrera.
―Vale, tráela ―dije a Gabriel. Sabía que, de no acceder, mi amigo, siempre testarudo, insistiría e insistiría. Yo lo único que quería era alejarme de la silenciosa presencia de la casa―, pero vámonos ya.