Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

31 de marzo de 2017

La rebelión de la muerte (Parte V)

Lee la parte IV pinchado AQUI

Se apearon del vehículo con prisas, distribuyendo los menesteres y las armas con equidad. A la anciana Angélica sólo le encomendaron una bolsa con comida, Bernard se cargó otra y a Ricardo, al ser el más joven y fuerte, le tocó un tambo de agua, con capacidad para cinco galones. Jaime y su esposa, llamada Ana, tuvieron que desechar más de la mitad de su equipaje; iban preparados para pernoctar en una casa, no para cargar bosque a través. Cuando por fin estuvo todo listo, se echaron a la carretera.
―Debemos avanzar rápido ―dijo Ricardo―. Opino que es aquí en la ciudad donde mayor peligro correremos.
―Yo no estaría tan seguro ―dijo Bernard―. Vi cadáveres de animales levantarse, y en el bosque mueren muchos animales.
Ricardo no pudo replicar tamaña lógica.
Cuando cruzaban la interestatal, Ricardo se dio cuenta que muchos de los autos aún estaban ocupados. Las personas dentro de ellos los miraron como se miraría a un grupo de dementes. Ricardo sonrió al imaginar la estampa que debían ofrecer. A ver quién ofrecía peor aspecto cuando los zombis llegaran a sacarlos de sus autos.
El entorno no estaba silencioso. A lo lejos se oía gritos, alaridos, golpes de coches al accidentarse y el inhumano grito de los zombis, un ruido entre humano y animal, capaz de erizar la piel con sólo imaginarlo. Estaban terminando de cruzar la carretera cuando los gritos empezaron a oírse más cerca. Ricardo volvió la vista hacia el norte, la dirección de la llegaban los gritos: a unos quinientos metros vio a la gente correr y tras ellos, asesinando, quebrando vidrios, desocupando autos, una oleada de zombis.
Durante cinco segundos todo el grupo se quedó inmóvil, con la vista clavada en lo que estaba ocurriendo en la calle. La gente moría, los zombis mataban; todos huían, pero eran pocos los que escapaban. Los gritos, el dolor y la sangre, eran lo único que existía en esos momentos.

29 de marzo de 2017

La tristeza del niño

Lo vi sentado en la banqueta del parque, observando con gesto taciturno el hospital de enfrente. Mi sorpresa no habría sido mayor si en lugar del niño hubiera visto un alien. ¡Se suponía que estaba luchando por su vida en el interior del hospital que observaba!
Pensé en un posible truco, una jugada de mi mente debido a mi preocupación por el pequeño; por el pequeño y su madre, de quien era su novio. Parpadeé varias veces, incluso me froté los ojos con los nudillos, pero el niño seguía allí, la rodilla izquierda sobre la banqueta, sus manos sobre la rodilla, su quijada sobre sus manos, su cabello revuelto meciéndose con la leve brisa. Era él, no me cupo la menor duda, el pequeño de cinco años, Steven. Con la diferencia de que lo veía sano, a no ser por la extrema tristeza que parecía acusar.
Me acerqué a él con cautela, sin saber muy bien qué pensar, sin saber qué hacía en el parque ni cómo había salido.
―Steven ―le dije en voz queda, insegura. En mi mente bullía la posibilidad de que fuese otro niño o una alucinación.
El pequeño atendió a mi voz. Alzó sus ojos grandes y almendrados y me sonrió, pero era una sonrisa de infinita tristeza, y sus ojos eran dos estanques de un sentimiento similar. Sentí un escalofrío al verme reflejado en esos ojos. Durante una fracción de segundo estuve seguro de que esos no eran ojos humanos, sino un portal a otro lugar, a otro mundo.
―Ray ―respondió el pequeño―. Te estaba esperando.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo, clavando gélidas espinas en mi piel. Aquél “te estaba esperando” me sonó demasiado premonitorio, demasiado antinatural.

27 de marzo de 2017

El hombre del guardarropa

Era cierto que la habitación parecía embrujada. De eso no me cupo la menor duda. Aún con la luz encendida, el cuarto parecía lúgubre y solitario. Si un cuarto puede estar triste, sin duda era aquél. La cama era amarillenta, al igual que las sábanas, como si el tiempo hubiese borrado sus colores primigenios. Es más, todo en la habitación era viejo. Me sorprendió que la capa de polvo no tuviera un centímetro de grosor.
Había alquilado aquella habitación porque era la única disponible en el hotel; el único hotel en aquella encrucijada, a más de treinta kilómetros del pueblo más cercano. Era una noche de lluvia y aguanieve, lo que había provocado que el lugar se viera pronto repleto de huéspedes. Yo había llegado cuando el recepcionista entrega las llaves de la última habitación a una señora.
―Lo siento ―me dijo el joven tras el mostrador―, pero acabo de alquilar nuestra última habitación.
―¿Es en serio? ¿No puede acomodarme en una habitación doble o algo así?
―Estamos llenos.
No estaba seguro de querer conducir con el clima tan duro y traicionero de fuera. De modo que le di las gracias y le dije que me quedaría en el estacionamiento, en mi coche.
―Eso no está permitido por las políticas del hotel. Ahora bien, si tanto necesita usted una habitación, hay una en la alcoba, que tengo prohibido rentar, pero…
―Usted me la alquilará a mí.
―Desde luego, pero antes tiene que saber algo…
No le creí. Me contó una serie de cosas raras que habían ocurrido en el susodicho cuarto, pero yo lo tomé a broma. En pocas palabras, me advirtió que podía ser testigo de cosas sobrenaturales, que la habitación estaba embrujada.
―Sólo mantenga la calma y no baje de la cama hasta que amanezca ―fue su última recomendación.
Le di las gracias, tomé la llave que me tendió y corrí hacia acá.
Ahora tengo miedo de que el muchacho no estaba de broma. Todo en la habitación es viejo y tiene pinta de guardar algún pasado oscuro. No sé qué me provoca más aprensión, si la cama amarillenta, la mesa y su silla desvencijada, el cuadro de la derecha de la puerta, extrañamente vacío, o el armario color caoba deslucido, sin gavetas ni espejo, sólo dos puertas con pomos de bronce. En cuanto al cuarto de baño, simplemente no me atrevo a entrar.
«El asunto es que ya estoy aquí ―me digo―. Bueno, a la cama y a dormir. Nada más debe preocuparme».

24 de marzo de 2017

La rebelión de la muerte (Parte IV)

Lee la Parte III pinchando AQUI

Bernard guardó las municiones restantes en la faltriquera, así como el arma calibre 38 y la otra 9 mm. Ricardo ayudó a la anciana Angélica con las dos mochilas cargadas de provisiones. En esos instantes llamaron a la puerta.
―¡Papá! ¿Estás allí? Soy tu hijo, Jaime.
―¡A la camioneta! ¡Arriba! ―bramó el anciano, al tiempo que abría la puerta.
El hijo dio un respingo cuando vio a su padre y al vecino armados.  Pero luego él mismo mostró un arma de cañón corto ceñida a la cintura.
―¿Qué ocurre? ¿Es que no podemos ocultarnos aquí?
―Ya lo dijiste. No podemos. ¡A la camioneta dije! En el camino podremos hablar sobre el tema.
Dos gritos provinieron del interior de la camioneta y Angélica se cubrió el rostro ahogando un grito. Los tres hombres se volvieron hacia la camioneta al unísono. Allí, golpeando el capote, caminando hacia la ventanilla del copiloto, había un zombi. Era una mujer, con la mitad del cuero cabelludo arrancado, le faltaba el ojo izquierdo y tenía la pierna del mismo lado doblada en un ángulo que provocaba arcadas. Era por la pierna que se movía de forma lenta y torpe.
Ricardo no sabía qué hacer. Era novato en el uso de las armas, y en el interior de la camioneta, chillando aterrados, estaban la esposa de Jaime y una niña, su hija probablemente. Bernard tampoco se quiso arriesgar. Avanzó con decisión hacia la camioneta.
―¡Papá, espera!
Bernard hizo caso omiso. Se acercó a la mujer-zombi y le golpeó con la culata de la escopeta en la cabeza; el zombi no lo había visto venir. La mujer-viva-muerta tambaleó, chocó contra la ventanilla del auto provocando más gritos en sus ocupantes y resbaló al suelo. Bernard la tomó de un tobillo y la arrastró a unos cuantos metros de la camioneta, después la remató con la 38.
―¿Qué esperan? ¡Arriba!
Era un hombre duro ese Bernard.

22 de marzo de 2017

Presagio de muerte

El joven se llamaba Harris. Tenía veintitrés años y conducía su motocicleta marca Honda, de regreso al pueblo, tras ser plantado por su amante en un arroyo de agua cristalina que sólo él y unos pocos amigos conocían. No se sentía molesto por el desplante, sino todo lo contrario. Era la primera vez que le plantaban y sentía preocupación.
«A lo mejor ya se cansó de mí ―pensó―. Bueno, al menos le saqué provecho mientras duró.»
La motocicleta, ropa, hermosas veladas en buenos hoteles cuando el esposo estaba de viaje, y una billetera un tanto más gorda. No se podía decir que le había ido mal. Y aunque la mujer tenía treinta y cinco años, incluido un hijo de quince, aún era fogosa, de manera que, en ese sentido, tampoco había sido una pérdida de tiempo.
¿Entonces por qué aquel desasosiego?
El camino por el que transitaba era estrecho, de tierra, flanqueado por bosquecillos y maleza. Un coche no habría podido transitar por él. Tampoco tenía bifurcaciones ni caminos laterales, de manera que podía descartar la posibilidad de que la mujer se hubiese extraviado. Tenía una extraña sensación de aprensión; jamás aquél camino le había parecido tan lúgubre.
Vio la pierna unos diez metros adelante, cortada de tajo a la altura del muslo, la sangre había creado un pequeño charco. Harris perdió el control de la moto, cayó y se arrastró en la hierba un par de metros antes de detenerse. Se levantó de prisa, no pensando en él ni en la moto, sino en la pierna cortada, la había visto tantas veces desnuda que estaba seguro de reconocerla. Cuando alzó la vista, delante de él no había nada, sólo el camino, maleza y un silencio espectral.
Agitó la cabeza, exasperado.
«Quizá me pasé de dosis», pensó. Se había fumado una buena medida de marihuana, mientras la esperaba, y quizá era eso lo que había hecho tener aquella alucinación; la marihuana y la preocupación de que había fallado a la cita. Se revisó el costado sobre el que había caído: la guerrera y el pantalón lo habían defendido, amén de que iba despacio. La moto, además de unos rasguños, tampoco presentaba daños severos.
¿Pero qué carajos había ocurrido?

20 de marzo de 2017

En la sala de un hospital

Caos, confusión, voces lejanas, luces cuyos haces traspasan los párpados. Semiinconsciente, sin rumbo, la mente en torbellino, la vida pendiendo en un hilo. Así pasa aquélla primera noche un hombre en la sala de un hospital. Era un hombre de familia, con treinta y cuatro años, aún joven, con muchos sueños por delante. Vagamente recuerda a su esposa y al pequeño de seis años. No recuerda sus nombres, ni sus rostros, son sólo reminiscencias del pasado, un pasado demasiado presente.
El cuerpo entumecido, las piernas y manos inmóviles, los párpados reticentes a abrirse, los labios secos, la cabeza pesada. A veces oye voces, no ve, pero siente cuando lo vigilan, percibe ceños serios, preocupados, de vez en cuando oye llanto, voces susurrantes y gritos que parecen provenir de alguien bajo tortura. Así es el primer día en la sala del hospital. De momento nada es claro, todo es obscuro y nada tiene sentido.
Percibe la luz, pero está tan cansado que no se atreve a abrir los ojos. Una sombra se cierne sobre él, parece que le hace algo, pero no siente, no mucho, que es igual. El cansancio se apodera de aquel hombre, lo apresa, lo mece, lo arrulla y el sueño en forma de negrura y fantasmas desciende a su encuentro.
Está en la sala de un hospital, bañada de brillante luz. Enfrente hay media docena de camas, y a sus costados otras tantas. Pero está solo en la habitación; solo él, el miedo, el frío y aquella sensación de aturdimiento, de no saber qué está ocurriendo. A la ventanilla de vidrio de la puerta asoma una sombra, el hombre en la sala siente un miedo instintivo, ese miedo a lo desconocido, a no saber quién le observa desde el otro lado. La puerta empieza a abrirse, el hombre cierra los puños a su costado, deseando no estar allí, deseando poder huir.

17 de marzo de 2017

La rebelión de la muerte (Parte III)

Lee la segunda parte pinchando AQUÍ
Estaban sentados en la sala de la casa de Bernard. En la mesita del centro humeaba una tetera y los dos hombres tenían sendas tazas de café con una pieza de pan en las manos. En las rodillas del anciano descansaba su escopeta, le había puesto otros dos cartuchos y los restantes los guardaba en una faltriquera que le colgaba del pecho. También tenía un rifle, una 38 y un par de 9 milímetros, éstas dispuestas en otra mesa no muy lejos de él, junto a algunas cajas de tiros (el viejo era un militar retirado y su afición por las armas no se había quedado en el ejército). Ricardo no pasó por alto ese hecho.
«No confía en mí ―decidió―. Aún no sabe si voy a convertirme en zombi o no.» Aunque, haciendo honor a la verdad, él tampoco estaba seguro de lo que le deparaba. Estaba amaneciendo, el perro-vivo-muerto lo había mordido unas dos horas atrás, y aparte de un leve escozor en la herida vendada, no notaba nada raro. Pero qué sabría él del proceso de conversión de humano a zombi.
―Rita está a la línea ―dijo Angélica desde atrás, sacando a los hombres de su mutismo―. Le tuve que llamar varias veces para que respondiera, dice que allá todo está en orden, aunque ya se puso a ver las noticias también, está preocupada por nosotros. Rita, nuestra hija mayor, vive al otro lado del país ―agregó, esto último dirigido a Ricardo.
―Pues dile que no se preocupe por nosotros, nada nos va a pasar ―dijo Bernard con voz seca.
La familia Banega, el apellido de Bernard, era bastante grande, según había descubierto Ricardo en las dos últimas horas. Muchos vivían en otros estados y aseguraban que nada extraño ocurría en esos lugares. Muchos otros vivían en la ciudad y lugares aledaños. Algunos no habían respondido; según había visto en la televisión, en algunos puntos el caos era realmente terrible y la cifra de muertos ascendía a miles, Bernard y su esposa creían que algunas de esas víctimas eran sus parientes. Los que habían respondido buscaban refugio por sus propios medios; sólo el hijo menor y su esposa habían dicho que iban hacia su casa para refugiarse juntos.
Ricardo no había hecho ni una llamada. Ni aún después de la muerte de Emelyn se había dado cuenta de lo solo que estaba. Tenía una hermana, pero no tenía contacto con ella, sus padres y abuelos ya habían fallecido y con los tíos y primos ocurría lo mismo que con su hermana. No tenía otra opción que quedarse con Bernard, aún a riesgo de que este le volara los sesos al primer comportamiento extraño de su parte.
―Esto parece importante ―dijo Bernard. Le subió el volumen a la televisión.

14 de marzo de 2017

Retando al mal

Poseído debí estar para retar al mal de aquella manera. Bueno, quizá esté exagerando. Lo cierto es que me encontraba algo borracho. Estaba departiendo con algunos amigos en casa de uno de ellos. Como no teníamos que hacer, hicimos una recolecta y fuimos a por un par de cajas de cerveza (veneno bendito). Después, no recuerdo por qué razón, empecemos a hablar de cosas sobrenaturales, de monstruos, demonios y entes del más allá. Algunos de mis amigos contaron cosas que les habían ocurrido, o que les habían pasado a sus parientes. Todos hablaban con reverenciado temor. Yo, qué les puedo decir, sencillamente no creía en esas cosas. Escuché a algunos y me mofé de otros.
En esa suerte de conversación estábamos cuando se terminó la cerveza. Se habló de ir a comprar más, yo uno de ellos, pero la mayoría desistió, alegando que ya era tarde. De manera que decidimos dejar el asunto allí.
Recuerdo que salimos en bola de la casa. De allí cada quien cogió rumbo a la suya. Yo me quedé solo a las pocas manzanas, cuando el último de mis acompañantes cogió la calle a su casa. Serían las dos de la madrugada. El cielo estaba nublado, cubriendo la mayoría del firmamento y la media luna que pendía en la bóveda celeste, lo que contribuía a aumentar la oscuridad. Alguna especie de locura me atrapó.
―¡Hey! ¡Espíritus del más allá, Demonios, Satanás, lo que sea, si estás allí, manifiéstate! ―Grité a la nada.
El alcohol me insuflaba valor, me sentía un valiente. No había gritado por fanfarronería, en realidad deseé de todo corazón que algo se hiciera presente, en esos instantes sabía que nada me podía atemorizar. Esperé más de un minuto, por si había una respuesta. Repetí el reto, y tras continuar la noche igual de oscura y apacible, seguí por mi camino.

10 de marzo de 2017

El defensor de los niños

Ramiro estaba hecho una furia.
Se habían mudado a su nueva casa hacía apenas una semana. Era una casa decente, aunque algo sombría. La renta, para su sorpresa, era mucho menor de lo que había imaginado, de manera que, después de la mudanza, el pago de tres meses por adelantado y demás gastos básicos, aún le quedaron algunos centavos. Puesto que el color de la casa, sombrío a su parecer, no le agradaba, decidió invertir ese dinero en pintura de color más vívido y aún le alcanzó para pagar a una pareja de pintores de brocha gorda.
Habían terminado de pintar el día anterior. Y cuál no sería su sorpresa cuando al regresar del trabajo, cuando la pintura nueva apenas tenía un día de echada, encontró las paredes del frente manchadas con crayones y tinta en trazos definitivamente infantiles. Muchas de las armas del delito aún yacían tiradas en el piso, y el niño, ese mocoso travieso, también estaba todo embadurnado, como prueba irrefutable de su culpabilidad. Se sacó el cinturón y azotó tres veces al chamaco antes de que su mujer, María, llegara corriendo alertada por los estridentes chillidos.
―¿Ramiro, por qué le pegas? ―Chilló de forma aguda, interponiéndose entre él y el niño.
―¿Que por qué le pego? ―Replicó enfurecido― ¿Ya viste lo que hizo? ¡Y recién pintadas mis paredes!
Lo cólera lo embargó con más fuerza, y, tras dar un empujón a su esposa, tomó al niño por una oreja y lo llevó adentro, para que los vecinos no vieran la tunda que le iba a poner. Y vaya si se la puso. Lo golpeó hasta el punto de casi reventarle la espalda. Entonces la furia lo abandonó y la vergüenza y el arrepentimiento ocuparon su lugar.
―¡Sólo tiene cinco años! ―Musitó su mujer, llorando en una esquina de la sala―. No tiene control de sus actos.
El chiquillo lloraba desconsolado en el piso, pero sin moverse, de alguna forma resignado. Fue lo que más hizo sentir miserable a Ramiro. No era la primera vez que lo golpeaba, y la culpa cada vez era peor.
―L-l-lo s-siento ―balbuceó. Se mesó los cabellos con desesperación―. Atiéndelo, María. Me voy a dar un baño.

7 de marzo de 2017

La rebelión de la muerte (Parte II)

Lee la primera parte pinchando AQUI
Ricardo aún no podía creer lo que estaba ocurriendo. Lo primero en lo que se obligó a pensar fue que se trataba de una pesadilla. Sin embargo, el cuerpo de su esposa era mudo y cruel testigo de la realidad; el hedor también ayudaba a refutar. A su alrededor, los perros habían dejado de aullar, aunque, esporádicamente, aún se oía uno que otro lamento canino.
―¿Qué está ocurriendo? ―Preguntó más para sí que para Bernard, quien lo miraba con condescendencia, escopeta en mano.
Había dejado de llorar, pero aún sentía un nudo en la garganta. La visión de la esposa muerta, afeada, descarnada, inhumana, era, sencillamente, algo para lo que ningún ser humano está preparado.
El cuerpo de Emelyn sufrió un espasmo. Ricardo se puso de pie y retrocedió un par de pasos, aterrado. Muy el cuerpo de su esposa podía ser, pero el instinto de supervivencia, en la mayoría de los casos, era superior a cualquier otro.
―Tranquilo, muchacho ―dijo Bernard, acercándose y poniendo una mano en su hombro―. Sea lo que sea esa cosa, está muerta. Nadie podría levantarse sin cabeza.
―Ella llevaba un año enterrada, y mire que bien se levantó ―replicó Ricardo, su voz era átona.
―Ja, eso sí que no puedo contradecirlo. No obstante, me parece que hasta un zombi necesitaría su cabeza para guiarse.
―¿De verdad lo cree? ―Apartó la vista del deformado cuerpo de Emelyn y se volvió hacia su vecino. Tampoco quería ver al destrozado Manchas― Me refiero a lo de que era un zombi.
El viejo se encogió de hombros, arrugando el ceño. No parecía para nada contrariado. No parecía alguien que acabara de matar a un muerto.
―Cuando un muerto se levanta es lo que se dice ―señaló―. ¿Qué más podría ser?
―Después de lo que vi, podría ser cualquier cosa. Quizá algún demonio usando su cuerpo ―aventuró.

5 de marzo de 2017

El Regreso de Fantasma


Mi perro era blanco como la nieve, de pelo esponjoso y orejas cortas y puntiagudas. De inmediato me pareció que era similar a Fantasma, el lobo de Jon Nieve. Fue por ese parecido que lo nombré Fantasma. Era un perro bromista, juguetón y un tenaz guardián de la casa. Mis amistades se sorprendían del extraño nombre, pero era mi perro, no el de ellos, de modo que no importaba.
Cierto día desapareció. O más bien me atrevo a asegurar que me lo robaron, o lo mataron y tiraron su cuerpo blanquecino en algún basurero. Simplemente me eché a dormir una noche y a la mañana siguiente, cuando fui por él al patio, ya no estaba. Vagamente recuerdo que tuve sueños agitados, y que a lo lejos oía ladridos y gemidos caninos; ahora me doy cuenta de que no fueron sueños, en realidad oía lo que le ocurría a Fantasma.
Lo cierto es que desapareció, y por más que lo busqué no di con él. Puse afiches en tiendas y postes de luz ofreciendo recompensa, pero en vano pasé atento a mi celular; nadie llamó. Hoy es el tercer día desde su desaparición, y sé que no va a volver. En serio que estoy muy triste, no creía que fuera posible sentir tanto apego por una mascota.
Me acuesto a dormir aún acongojado. Como todo, sé que mi pena va a remitir, pero mientras dura, duele como lo que más.
Estoy teniendo algún sueño inquieto, cuando de repente escucho ladridos afuera. Me levanto en vilo, entusiasmado, y sin querer, derramo una lágrima de gratitud. ¡Es Fantasma! ¡Juro que lo es! Reconocería ese ladrido aún en el mismísimo infierno. El perro ladra una y otra vez, como llamándome. Me pongo pantalones con prisa y salgo pitando en su busca.
Estaba cerca de la puerta, al abrirla yo, corre hacia la calle.
―¡Fantasma! ―Le llamo.
Mi perro se vuelve, me ladra, como invitándome y echa a correr por la calle. ¡No! No pienso dejar que se vaya, quiero demasiado a ese perro. Y de inmediato me echó a correr tras él, sin dejar de llamarle por su atípico nombre. Debo parecer un loco, gritando “Fantasma” por todas las calles a mitad de la noche.

2 de marzo de 2017

Todo mal regresa


Que todo mal regresa, era algo que Harley había oído muchas veces, demasiadas quizá. ¿Si creía que así era?, eso, por supuesto que no. Harley, hombre egocéntrico y prepotente, gozaba de salud, mujeres, fortuna y una empresa que facturaba millones de dólares al año. Era un hombre orgulloso que en infinidad de veces había pasado por encima de las aspiraciones de muchos para salirse con la suya, había gritado, amenazado (en más de una ocasión había cumplido esas amenazas) e injuriado para conseguir lo que pretendía, ya fuera desde una noche de placer hasta negocios rentables.
Tenía cincuenta años, conservaba el vigor de la juventud, tenía esposa e hijos, es decir; la vida siempre le había sonreído, y aunque sabía que era odiado por muchos, que había hecho mal en otras muchas ocasiones, ese mal aún no volvía a él. Así que no, no creía que el mal que uno hace se volvía contra uno.
Pero, en ese tipo de asuntos, nunca está todo dicho, como muy pronto iba a descubrir.
*****
Se encontraba Harley en las horas finales de la jornada laboral, detrás de su ornamentado escritorio de caoba, firmando la hoja de despido de una mujer madura de ojos azules. La mujer sollozaba, de rodillas ante el escritorio.
―¡No! Por favor no, señor, no me despida. He cumplido con mi trabajo, mi supervisor así lo dice.
Y era cierto. ¡Pero esos ojos! Harley les tenía aprensión a los ojos azules. Era algo de su pasado, algo que a nadie le había contado, una de las cosas más viles de las que era autor. No iba a tener en su empresa a alguien que le recordara ese pasado, por muy eficiente que fuera.
―Mi opinión difiere con la de tu jefe inmediato ―decretó Harley―. Y deje de lloriquear, señora. La decisión está tomada.
Terminó la firma con un movimiento fluido de muñeca, cerró el cartapacio y se le dio a la mujer.
―Pase al área de finanzas y cobre el cheque de su liquidación ―le dijo―. No quiero que vuelva a poner un pie en mi empresa, entendido.
―Entendido ―dijo la mujer.
No era fácil oponerle resistencia a Harley. Desde luego, era consciente que la mujer le deseaba las diez plagas de Egipto en esos instantes. Pero eso a él le traía sin cuidado.