Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

6 de febrero de 2017

Las jóvenes de la casa abandonada

Esta historia me la contó un primo. Como bien puede ser cierta, también puede ser falsa. Sólo les pido que la lean, ya sabrán ustedes dar su veredicto.
Mi primo, señores, mi primo es un joven que, por razones de trabajo, ha visto mundo. Constantemente viaja a todos los rincones de la región, y aunque yo siempre estoy muy cómodo en una silla frente a una computadora, he de admitir que a veces lo envidio. Pero, tras relatarme la última de sus aventuras, ya no lo envidio tanto como otras veces.
Mi primo es, al parecer de muchas jóvenes, un tipo muy apuesto. Tiene el cabello negro, la piel bronceada y curtida por la intemperie, las piernas y los brazos fuertes y el abdomen marcado. Yo, y no es que quiera restarle méritos, lo veo como a otro más, pero las féminas no están de acuerdo. No es que quiera hablar sobre la fisonomía de mi primo, señores, pero pienso, que la última de sus aventuras, bien pudo ser causada por ese morbo que despierta en las del sexo opuesto. Pero qué sabré yo, así que me limitaré a relatar lo acaecido. Pues allá voy.
Mi primo, señores, mi primo me contó que iba en su fiel motocicleta a una comunidad que había visitado con anterioridad en al menos tres ocasiones. Omitiré el nombre de esa comunidad porque lo más probable es que ustedes no la conozcan. Si estoy obrando mal, les pido que me disculpen, señores.
Como era un lugar conocido, y puesto que tenía que pasar la noche allá, mi primo no vio la necesidad de irse desde temprano. Así que se echó una siesta vespertina. Se despertó justo a las cinco de la tarde, tal como tenía planeado, y sin necesidad de despertador. A las cinco con diez minutos ya conducía entre las calles del pueblito donde vivimos. De más está decir, que como de costumbre, lanzó algunos piropos a las mujeres con las que se encontró, dejando a estas con las mejillas arreboladas.
Pero ¡Ay!, que, a mitad de camino, se le ponchó una llanta. Y mi primo, señores, como un ritual, se puso a maldecir por lo bajo antes de calmarse. Pero como ya era viejo lobo de carretera, y no era la primera vez que algo así le sucedía, amarrado con hule en la parrilla, llevaba una cajita con llaves, tubos e inflador, para hacer el respectivo cambio. Sin más dilación, pero sin dejar de maldecir su mala estrella, se puso a trabajar.
Si, a decir de mucha gente, los días malos existen, para mi primo, señores, para mi primo aquél fue uno de los peores. No bromeo, sino, cómo me explican, que, a mitad de las reparaciones, se desatara una tormenta de las buenas. Como viejo lobo de camino, en su mochila llevaba una chaqueta y un impermeable para situaciones como aquella, pero de poco sirvieron ante la impetuoso de la tormenta.
Lo cierto es que, cuando el nuevo tubo estuvo en la llanta, y la llanta bien puesta en la motocicleta, mi primo estaba de un humor de perros, totalmente empapado, y la noche, negra, fría y húmeda lo envolvía como una mortaja. Y para empeorar las cosas, la moto se tomó su tiempo para arrancar. Ya eran más de las siete de la noche cuando mi primo se puso en marcha de nuevo. La estaba pasando tan mal que ya no creía que algo lo pudiera empeorar. En efecto, tal cosa estaba pensando, cuando, a la izquierda del camino, distinguió un punto de luz. Muy a su pesar, se permitió una sonrisa.
Mi primo, señores, a vuelta de rueda como iba por lo peligroso del clima, se permitió apretar un poco más el acelerador. Sabía que aún estaba un poco lejos de la comunidad a la que se dirigía, de manera que no se engañó creyendo que ya estaba por llegar. De lo que sí tenía certeza era de que, nadie tenía tan mal corazón como para negarle techo a un viajero en su situación, al menos hasta que cesase la tormenta. Con este pensamiento, se fue acercando a aquél punto de luz. Lo único que le inquietaba era que, no recordaba que por esos rumbos viviera gente.
Hasta que llegó a la casa cuya luz había avizorado a la distancia como un único punto de luz. Era una casa de dos plantas, vieja, con tres escalones que llevaban al porche de madera. Mi primo asegura, señores, asegura que se pensó seriamente si subir aquellos tres escalones y llamar a la puerta o continuar a vuelta de rueda hasta llegar a su destino. Y es que, aunque aquella casa no le era desconocida, de las anteriores veces que había pasado ante ella, nunca dio muestras de estar habitada. ¡Hasta esa noche!
Era cierto que la casa se le antojaba acogedora y cálida, pero también parecía lúgubre y aterradora. Hasta que al final, señores, después de una lucha interna, pudo más el frío y la necesidad de un techo que el miedo infundado al viejo caserón. De manera que llevó la motocicleta al patio de verde césped, y la dejó allí llevando agua para dirigirse él al porche. Si nadie acudía a franquearle el pasó, pensó, al menos podía esperar en uno de los viejos sillones de madera que había en el porche hasta que la lluvia cesara. Pero no hubo necesidad de ello. Apenas llamar, escuchó los suaves pasos de alguien acercándose a la puerta.
Mi primo, señores, mi primo es un modelo de masculinidad. Además de buen mozo, es educado según requiera la situación, osado y valiente. Sobre todo, es muy valiente. Sin embargo, me confesó con un poco de vergüenza, que, mientras oía las débiles pisadas que se acercaban del otro lado de la puerta, sintió miedo, un miedo tan fuerte que asomó en su cara en forma de goterones de sudor. Tentado estuvo, señores, ese hombre valiente y gallardo que es mi primo, de salir corriendo, montarse en la motocicleta y marcharse antes de que aquello que avanzaba hacia él abriera la puerta. Pero como digo, mi primo es un valiente entre los valientes, de modo que se mantuvo de pie, firme, rígido, esperando a que aquello que dejaba oír sus pisadas diera la cara.
Pero cuando la puerta se abrió, no asomó por ella ningún monstruo; todo lo contrario. Mi primo, señores, joven cuyos amoríos son incontables, joven habituado a los guiños de las más hermosas damas de la comarca, me confesó que, por una vez, se quedó mudo ante tanto esplendor. Porque, quien le franqueó la puerta, fue una joven de insuperable belleza. Mi primo me contó, que la simetría de su rostro ovalado era casi perfecta; la tersura de su piel, impecable; sus ojos, grandes, almendrados y profundos; su cabello, brillante, del color de la caoba le caía en bucles sobre los hombros, haciendo que su rostro pareciera más hermoso si cabe. Y sus labios, qué decir de sus labios, que eran rojos y voluptuosos. Llevaba un vestido del color del carmín, de vaporosa seda, ceñido en la cintura con un cinturón negro que hacía juego con sus zapatos de tacón. La silueta que aquel vestido insinuaba, señores, era para volverse loco; era la figura de una diosa. A pesar de tanta hermosura, me contó mi primo, lo primero que él pensó fue si no tendría frío con aquél vestido tan etéreo.
La bella dama le sonrió a mi primo, con una sonrisa que hechizaba, y le preguntó qué necesitaba. Me ahorraré los diálogos, señores, porque no es mi intención contar qué se dijo aquella noche de tormenta en aquél viejo caserón; además de que, me sería imposible plasmar en esta historia la profundidad de las palabras que pronunciaron aquellas damas, el encanto de sus voces aflautadas, lo difícil que a mi primo se le hacía responder con una negativa. Que, de plasmar aquí, tal y cómo ocurrió todo esa noche, señores, no fuera ser que también caigan presa del embrujo.
Como decía, la joven le preguntó a mi primo qué necesitaba y mi primo se lo dijo, tratando de no tartamudear ni de desvestir con la vista a la anfitriona, porque ello sería falta de decoro. La joven lo hizo pasar al interior, a la vez que le ayudaba a quitarse la chaqueta. Su mano blanca y suave, rozó uno de los brazos de mi primo, y dice éste, que su contacto era frío, como el de un trozo de hielo. Pero también le resultó agradable, y se encontró deseando que el contacto fuera eterno.
Después lo llevó a la cocina, que estaba caldeada por el fuego que crepitaba en el hogar. A la mesa de la cocina había otras dos jóvenes. Mi primo, señores, mi primo cuenta que el corazón se le aceleró y casi desfallece por la impresión. Cuenta que esas dos jóvenes, eran, si cabe, más hermosas que la primera. Para mi primo, la primera joven constituía la mujer más hermosa del mundo, y estaba anonadado por su belleza. De modo que, si de pronto estaba frente a las tres jóvenes más hermosas del orbe, era algo para lo que no estaba preparado. La una era morena, con el cabello negro, y la otra rubia, de ojos azules. Ambas de tez tersa, inmaculada, cuyos vestidos dibujaban las siluetas de sus voluptuosas curvas.
Mi primo, señores, mi primo cuenta que al principio no sabía cómo actuar, qué hacer ni qué decir. Apenas formuló “buenas noches tengan ustedes, hermosas señoras”, pero sus palabras y su voz sonaban hoscas y para nada halagüeñas. Pero, para su fortuna, si él no sabía qué hacer, las hermosas damas sí que lo sabían. Cuenta mi primo, que las siguientes horas fueron de completo ensueño. A pesar de que supo casi de inmediato la inhumana naturaleza de sus anfitrionas, para él, en esos momentos de lisonjera, le pareció un detalle trivial. Se sentía como una hermosa joven a la que infinidad de gallardos caballeros cortejan para ganarse su favor. Con la diferencia de que él no era para nada una inocente señorita, ni sus pretendientes, gallardos caballeros.
Porque en pretendientes fue en lo que se convirtieron las hermosas anfitrionas. ¡Lo pretendían a él! Al llegar mi primo a esta parte de su relato, no pude dejar de reírme. Ya mencioné que es buen mozo y trae loquillas a un sin número de jovencitas, pero para que tres damas de tanta hermosura se desvivieran por ganar su afecto, aún sin conocerlo, es algo que no estaba dispuesto a creer, así como así. Sin embargo, mi primo prestó poca atención a mis risas y continuó con su relato. Yo acá sólo cuento lo que él me dijo.
Cuenta mi primo, señores, que primero le ofrecieron café, sentándole a la mesa, y después se pusieron a hornear panecillos cuyo olor hacía que salivara agradablemente. Sólo le sirvieron café a mi primo, y cuando él preguntó por qué ellas no tomaban, siempre sonrientes y con miradas cargadas de significado, le dijeron que ellas ya habían tomado. Ese fue el primer indicio de que aquellas hermosas damas no eran humanos corrientes. Bueno, eso y su singular belleza, porque mi primo duda que en el mundo existan criaturas de tan exquisita y perfecta belleza.
Mientras la una preparaba el café, y las otras horneaban los panecillos, mi primo permaneció sentado a la mesa, embriagado por sus deslumbrantes anfitrionas. Estaba totalmente prendado de las tres. En una vuelta, la una le acariciaba el cabello; la otra le pasaba el trasero tentadoramente cerca; la tercera le rozaba las orejas con los labios a la vez que le susurraba palabras apasionadas. Las insinuaciones eran más que evidentes; tan evidentes que mi primo se planteó varias veces, si todo eso no sería en realidad una broma, o quizá un sueño.
Y así continuaron durante largo rato. Ellas hacían todas las preguntas, de modo que mi primo no tenía más que responder. Ellas hacían todas las insinuaciones, los acercamientos, tanto en guiños como en palabras, y también en carne. Mi primo estaba que no cabía en sí de gozo.
Al cabo de un rato le sirvieron una taza de humeante café, la que le pareció insípida ya que su atención estaba puesta toda en las jóvenes. ¿Los panecillos? Ni siquiera recuerda haberlos probado, de tan embebido que estaba de los encantos de las anfitrionas.
También hubo detalles que lo descolocaron un poco; aunque al cabo de unos pocos segundos, le parecían nimiedades sin ninguna importancia. Cuenta mi primo, señores, que, en algún momento, una de ellas sonrió de tal manera que su rostro se tornó escalofriante, y unos colmillos grandes y filosos como agujas aparecieron en su boca. Pero al parpadear, la visión desapareció. Otro detalle no menos llamativo, era el frío del que eran portadoras las jóvenes; estar cerca de ellas era como abrir un refrigerador y recibir la vaharada de fresco aire. Y su contacto, su contacto era tan frío que asemejaban témpanos de hielo.
Más tarde, mi primo dice que vio su reflejo en uno de los cristales de la alacena. En esos instantes, una de las chicas le rozaba el cuello con sus labios, pero ésta no aparecía en el reflejo. Poniendo un poco más de atención, mi primo comprobaría poco después que ninguna de sus hermosas anfitrionas se reflejaba en el espejo. Aquello supuso la confirmación de la verdadera naturaleza de las hermosas damas. Cosa curiosa, asegura mi primo, no se sentía ni pizca de asustado, sino todo lo contrario.
―Sólo hay tres habitaciones.
―Tendrás que pasar la noche en una de ellas.
―Que sea en la mía, cariño.
―La mía es menos fría.
―Seré tu esclava si escoges la mía.
De aquella forma, las tres muchachas, le pidieron que pasara la noche con una de ellas. Esta es la parte que me lleva a creer que la historia de mi primo es real, porque, de ser invento suyo, ¿no habría dicho que le pidieron pasar la noche con las tres? Él sí que lo hizo. Me contó, que insuflado por la pasión que le inspiraban las jóvenes, preguntó si no sería posible estar con las tres.
―¡No! ―Respondieron las tres muchachas al unísono.
En ese instante, cuenta mi primo, sintió miedo, pues las tres muchachas enseñaron amenazantes sus inhumanos colmillos, de manera que mi primo se disculpó varias veces por tan inmoral insinuación. Sin embargo, asegura mi primo, ese instante de miedo lo hizo ver la realidad. Ese instante de miedo disipó el velo que las tres vampiresas habían puesto en su mente. De pronto supo que estaba condenado a morir, o algo peor, si no hacía algo.
Ya les conté lo buen mozo que es mi primo ¿verdad? ¿También ya os dije que es un valiente donde los haya? Pues lo es. Vaya que lo es. A pesar de estar aterrado hasta el tuétano, fingió seguir siendo presa del hechizo, fingió que aquellas tres muchachas eran las más hermosas del mundo, aunque de hermosas ya no tenían mucho.
―Está bien ―dijo mi primo. El temblor de su voz era apenas perceptible―. Tomaré una decisión, mis hermosas señoras. Pero primero necesito un minuto a solas, porque vuestra belleza no me deja pensar con claridad. ¿Tenéis acaso un baño por acá?
Mi primo, señores, mi primo engañó a las tres vampiresas. Lo llevaron al baño, mientras se le seguían insinuando, cada una intentado convencerlo de que pasara la noche con ella. ¿Qué pretendían? Es algo para lo que mi primo ni siquiera tiene conjeturas. Para nada bueno, eso es seguro.
Cuenta mi primo, que en aquella noche que tan aciaga se había tornado, aún tuvo la buena fortuna de encontrar una ventana en el cuarto de baño, que era justo lo que buscaba. La abrió y saltó afuera, tratando de ser sigiloso. Pero advirtieron su escape, porque el grito que surgió del interior de la casa fue estridente, aterrador. Todavía lo fue más por la lluvia que caía lúgubre y pesada.
Mi primo, señores, mi primo corrió hacia su motocicleta, aparcada bajo la lluvia en el patio del viejo caserón, sabedor de que era su única oportunidad de escapar. Aunque, si las mujeres-vampiro emprendían la persecución, quizá ni su fiel motocicleta sería suficiente.
Ahora estaría muerto, me dijo mi primo, de no ser por el extraño hecho de que las mujeres no podían abandonar la casa. Tardó más de diez minutos en poner en marcha el motor de la motocicleta, debido a todo el tiempo que había estado bajo la lluvia. Todo ese tiempo, las mujeres se pasearon por el porche, utilizando las palabras más acarameladas para hacerlo regresar. Pero el repiqueteo de la lluvia, amén de la fuerza de voluntad de mi primo, evitaron que estas hicieran efecto.
Por último, cuenta mi primo, frustradas y furiosas por el poco cuidado que mi primo les ponía (ocupado como estaba en patear la palanca de encendido de la moto), empezaron a increparlo y a amenazarlo. Sus rostros se transformaron en algo horrible, los colmillos se salían por las comisuras de la boca y las pupilas de sus ojos se tornaron rojas. Una y otra vez intentaron salir al patio, pero algo, como un campo invisible las hacía retroceder. A veces hasta se oía un leve siseo, como de algo que se quema.
Por fin la moto arrancó y mi primo se marchó.
Ha pasado otras tantas veces frente a la misma vieja casa, sin embargo, parece tan deshabitada como siempre. Mi primo cree que las tres mujeres aún esperan allí, a la espera de algún incauto. Sólo que, ese incauto ya no será mi primo. 
Y esa, a grandes rasgos, señores, es la historia que me contó mi primo. Ya sabrán ustedes si la creen o no. Por mi parte, yo no me acerco a esa casa por nada del mundo. 

4 comentarios:

  1. ¡clap,clap,clap!(aplausos)...¡magnífico relato,Manuel!

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    1. Gracias, gracias. A mí también me gusta mucho. Abrazos!

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  2. Que loca esa situación, al próximo incauto lo devoran rápido para que no se les escape. Muy buena atmósfera de este relato

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