Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

16 de febrero de 2017

El misterio de la tumba abierta (II Parte)

Carmelo abandonó el camposanto con pies ligeros. Nunca había sabido de un muerto que abandonara su tumba (a excepción de Jesús, pero eso bien podría ser un invento colectivo), pero esa vez tenía la descorazonadora sensación de que así era. Aunque lo más probable, se repetía tratando de mitigar la presión de la helada garra del miedo, es que esa escalofriante idea fuera fruto de su conciencia y de su cobardía.
Subió al coche y empezó a conducir, sin saber muy bien a dónde iba. En algún momento percibió movimiento en el asiento trasero y se volvió con presteza, pero allí no había nada. Cuando volvió la vista al frente, frenó de golpe para no colisionar con una camioneta parada frente al semáforo. La frente le dolió del golpe que se dio contra el volante.
―!Oh, Carmelo! ―Exclamó para sí―. Tienes que tranquilizarte. Concéntrate, carajos, concéntrate. 
De no concentrarse, lo más probable era que se matara del susto, lo más probable es que fuera sin motivo.
Al cabo de un rato cayó en la cuenta de hacia dónde enfilaba al auto. No era a su casa, sino a la casa de Orlando. «Lo más probable es que vaya allí en primer lugar ―meditó―. ¿Entonces por qué conduzco hacia allá?» Claro, por Dayrin. Le sorprendía que la mujer aún no le hubiera llamado. Pensó en llamarle, incluso tomó el celular en la mano izquierda, pero al cabo de un instante rechazó la idea. Necesitaba verla, abrazarla, besarla. Necesitaba de su fuerza. Ella fue quien urdió el plan del asesinato, así que ahora ella debía ayudarlo a soportar su carga.
Cuando aparcó a un costado de la casa de Orlando, o de la que había sido su casa, Carmelo se dio cuenta de inmediato de que algo había ocurrido. Vio parientes del difunto y de la viuda y a algunos vecinos en el porche, cuchicheando nerviosos. En el interior de la casa se veía a más personas.
―¿Qué demonios…?
Tenía un mal presentimiento, pero se negaba a hacerle caso. «Seguro ya saben lo de la tumba ―caviló, negándose a hacerle caso a su miedo―. Han venido a chismorrear como cualquiera.» En el fondo, en un fondo anegado del olor fétido del miedo, sabía que sólo negaba lo evidente.
Llegó al porche aparentando tranquilidad, sin llevarse las manos al nudo de la corbata como hacía cuando estaba nervioso.
―!Oh, Carmelo! ¡Qué tragedia la nuestra! ―Habló una mujer de mediana edad, prima de la viuda. Esa mujer a veces hablaba de tal manera que en varias ocasiones le hizo pensar que sabía lo de Dayrin y él―. ¡Pobre mi prima!
Carmelo sintió que una oleada de gélido terror le recorría el cuerpo.
―¿Tú prima? ―Preguntó―. ¿Qué ocurre con ella?
―Oh, pensé que ya lo sabías. Que por eso habías venido.
―Anda, habla, ¿qué pasa con Dayrin?
―¡Pues que se suicidó! ―Soltó de golpe, casi sollozante―. Mi pobre prima no soportó estar sin su amado. Aunque es trágico, no puedo dejar de pensar en esos amores de cuento, como el de Romeo y Julieta. ―Sacó un pañuelo y se secó los ojos con las puntillas.
«Nada de amores de cuento». Carmelo sintió que una gota de sudor frío le nacía en las sienes. «Si es un cuento, es un cuento de terror». No dejaba de pensar en la tumba abierta y en el ruido que no lo había dejado dormir; en el ruido que hacía Orlando tratando de salir de la tumba para cobrar venganza.
―¿Se sabe cómo murió? ―Preguntó Carmelo.
―Murió asfixiada. Ahogada. La encontró la sirvienta hace no más de una hora, con una soga alrededor del cuello, casi enterrada en la piel.
«No ―Carmelo sintió que palidecía―. No fue un suicidio. Dayrin era demasiado fuerte para hacer semejante acto de cobardía.» Además, meditó, en esa habitación no había nada donde pudiera uno tirar una cuerda y dejarse caer, si no lo sabría él que muchas veces había estado allí como invitado de la ahora muerta. Alguien había sujetado esa cuerda, alguien había tirado con fuerza, alguien la había matado, alguien había cobrado venganza, alguien tenía sed de más.
―Transmite mis condolencias a los demás ―dijo apresurado―. Tengo asuntos importantes que atender. Regresaré más tarde.
Pero desde luego que no pensaba regresar. Cuando puso en marcha el motor del coche, ya había esbozado un precipitado plan. Apenas estaba empezando su período de vacaciones, así que volaría al caribe, al sol, la playa y la arena, lejos de muertes, cementerios e intrigas. Después, pensaría bien si regresaba o se mudaba a otro lado. Su currículum era excelente, seguro conseguía un buen empleo en otro sitio. Sí, decidió, eso haría. Lejos de aquel maldito lugar, lejos del espectro vengativo de Orlando.
Llegó a casa echo un mar de nervios, tembloroso y asustado. Ya había llamado para reservar un asiento en un vuelo de esa tarde, sólo tenía que empacar y conducir está allá. Nada difícil, se dijo. Sin embargo, con la celeridad con la que habían ocurrido las cosas, matar a Orlando, la tumba rota, la muerte de Dayrin, se sentía como en juego de azar, en el que todo podía pasar. Lo peor era que se sentía como el jugador mal en rachado, que sabe que lleva todas las de perder.
Se detuvo a pocos pasos de la puerta de acceso de su casa. No es que hubiese notado nada extraño, simplemente quería asegurarse de que todo estaba en orden, buscando algún indicio de que un hombre vuelto de la tumba para cobrar venganza rondaba por allí. Todo estaba en orden, sin embargo, parecía no estarlo. Carmelo, esperanzado aún de que todo era una concatenación de hechos naturales a los que él atribuía auras siniestras, reunió valor y entró a la casa.
Miró al sillón, a una cómoda, al estante de la televisión y el equipo de sonido, a los libreros, y a los cuadros de sus diplomas y fotografías; todo estaba como esa mañana. Se permitió suspirar con cierto alivio. ¡Él, el cobarde, se sentía aliviado! De haber mirado con más atención, precisamente hacia una esquina del enlosado, habría visto un gusano blancuzco reptando, muy cerca del trapeador con el que la mañana anterior había hecho limpieza a la casa. Se habría dado cuenta también que era un gusano que jamás se había visto por esos rumbos, a no ser en cuerpos putrefactos.  
No se preocupó en revisar las demás dependencias. No es que temiera lo que pudiera hallar allí, es sólo que tenía prisa, prisa por largarse de aquél lugar lo antes posible. Una vez en su habitación, después de realizar un breve escrutinio, sacó una maleta del fondo del armario y empezó a empacar. De no estar tan absorto en dicha tarea, probablemente habría oído las leves pisadas que se acercaban.
Cuando terminó, se quedó un minuto de pie, absorto, contemplando la que en los últimos diez años había sido su habitación. Estaba llena de recuerdos, y por una vez se preguntó de la sensatez de lo que estaba haciendo. ¿Era prudente marcharse por un par de sucesos que lo tenían aterrado? ¿Era verdad que había en ellos una conexión aterradora? ¿No se estaba comportando como un idiota, como un cobarde? «¡Cobarde!» Claro, recordó que como un cobarde era como se había y se estaba portando. Sí, él era un cobarde. ¿Y qué hacían los cobardes? Pues huir a la menor posibilidad. Que era justo lo que estaba haciendo. Justo lo que iba a hacer, porque, después de todo, era un redomado cobarde.   
Convencido de lo que tenía que hacer, salió al pasillo.
De pie, observándole implacable, estaba Orlando. Lo que una vez fue Orlando. Tenía la piel hinchada y amoratada, con faltantes de carne por doquier, donde los gusanos blancuzcos se movían a placer. Pero lo más feo era el rostro: le faltaba casi la totalidad de la carne del lado derecho, y el ojo era una cuenca vacía y negra, negra, negra… tan negra que uno podía perderse en ella y vislumbrar a lo lejos el sufrimiento de miríadas de almas en pena.
En ningún momento se percató de que la cuenca vacía se acercó a él, apenas sintió el roce de aquellas manos descarnadas en su garganta. El apretón lo sintió leve, lejano, como cuando le pican a uno una herida previamente anestesiada. Apenas se dio cuenta de que estaba muriendo, que su alma abandonaba su cuerpo para penetrar en aquella cuenca negra, camino a reunirse con Dayrin y millares de almas más.
Se dio cuenta de que estaba muerto cuando empezó el tormento. Un tormento que ya no cesaría jamás.

2 comentarios:

  1. Y a un "clic" ¡llegué a la 2 parte!...mis felicitaciones por esta nueva historia.

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    1. Gracias. Que bien que te haya gustado. Saludos.

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