Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

25 de febrero de 2017

Lugar embrujado



Y encantado era como parecía el valle. Pero no de manera horrenda, sino de una forma más sublime. Las cadenas montañosas corrían de norte a sur, dando forma a un valle de no más de dos kilómetros de ancho; de largo sí multiplicaba muchas veces esa cifra. En efecto, me pareció un lugar encantado, pero no de la forma que me habían contado. Las montañas, cuyas cumbres nevadas refulgían a la luz del sol, ofrecían un aura espectacular, mágica, de una belleza arrebatadora que robaba el aliento. Tomé unas cuantas fotografías antes de centrar mi atención en lo demás.
Si las cumbres nevadas eran hermosas, el río cristalino que descendía desde el norte por el centro del valle, me lo pareció todavía más. El sol brillaba en sus titilantes aguas, dando la impresión de que el fondo estaba cuajado de diamantes. El río desembocaba al sur en un río que iba de oeste a este, éste de mayor envergadura y más turbias sus aguas, que servía de frontera al valle. No había puentes ni lanchas para cruzar el río, sólo unas balsas de juncos que anteriores visitantes dejaban ocultas entre la maleza. Ésta era la otra razón por la que el valle no recibía muchos campistas. La otra creo que ya quedó clara: el lugar estaba embrujado.
Tras unos quince minutos de búsqueda encontré una balsa para cruzar el río. Me pareció tosca y poco fiable, pero era eso o regresar por donde había llegado. De modo que subí a ella. Aún era de mañana y no pensaba pasar la noche en el valle, de modo que mi equipaje era bastante exiguo. No me parecía que el valle estuviera embrujado como los vecinos del lugar aseguraban, pero tampoco quería probar suerte quedándome a pernoctar. Mi intención sólo era recorrer valle arriba, tomar unas cuantas fotografías y regresar con el sol poniente.
De suerte que la corriente del río no era fuerte, de manera que, al llegar al lado norte, que era el lado del valle, apenas me había desviado unos cien metros del punto de partida al otro lado. No miento cuando digo que sentí aprensión a la hora de desembarcar. Aunque era reacio a creer en los rumores que circulaban sobre aquel lugar, quiera uno o no, los rumores nefastos siempre acaban por calar en el subconsciente. Y aunque lejana, sopesé la posibilidad de que al pisar la orilla norte todo cambiara de forma brusca, convirtiéndose el valle en algo oscuro y terrorífico. Pero alejé esos fantasmas de la mente y salté con decisión.

21 de febrero de 2017

La rebelión de la muerte

Ricardo despertó presa de una repentina inquietud. Tenía una extraña sensación, como de algo que se ha desgarrado, algo muy importante. Miró el reloj digital de la mesilla junto a la cama, eran las tres de la madrugada. Un miedo sordo la asió por unos momentos. Con todo lo que había oído respecto a esa hora en concreto, sopesó la posibilidad de haberse despertado por algo más que la casualidad.
Se incorporó sobre los codos y escuchó. A su alrededor todo era densa calma. No pudo evitar pensar en la calma que precede a la tormenta. Sufrió un escalofrío. ¿Por qué sentía tanto miedo? Escudriñó la oscuridad, pensando lo menos posible en seres que acechan en la oscuridad, fantasmas, demonios y cosas así. Pero, como era de esperar, fue en lo que más pensó. Imaginó algún ente del mundo sobrenatural en la esquina, mirándolo con malévola complacencia, agazapado, listo para saltarle a la yugular.
Manchas, su sabueso, empezó a ladrar afuera. Ricardo dio un brinco en la cama, el ladrido lo había tomado por sorpresa. Afuera, el perro siguió ladrando con insistencia, entre asustado y retador. Ricardo no pensó en un ladrón, sino en la razón de haberse despertado justo a las tres de la mañana. Miedo era la palabra que mejor describía lo que sentía en esos momentos.
Manchas continuó ladrando. Si ya de por sí sus solos ladridos eran inquietantes, cuando se le unió el perro del vecino, Ricardo se convenció de que algo estaba ocurriendo afuera. Aún no reunía el valor para saltar de la cama cuando todos los perros del vecindario se unieron en una cacofonía totalmente fuera de lo común. Los ladridos cada vez tenían menos de retadores y más de asustados.  

18 de febrero de 2017

Respiración ajena

Esteban dormía con placidez. Tenía sueños gratos que lo llevaban a un futuro optimista. Todo iba bien. Hasta que, en un algún momento, algo ajeno a la realidad que siempre le rodeaba, empezó a penetrar en su subconsciente, como neblina colándose por la rendija de debajo de la puerta. Ese algo empezó a inquietarlo, a hacer que se removiera en sueños, que estirara las manos y los pies como un bebé. En sus sueños plácidos, oía algo lejano, como si ocurriera en el cielo, una especie de respiración, una respiración para nada semejante a las que le rodeaban de continuo. Esa especie de respiración se fue intensificando, cambiando los colores de sus sueños, hasta el punto de tornarlos negros como pesadillas.
Entonces despertó, al momento que unos tentáculos negros amenazaban con atraparlo en la pesadilla.
Estaba en su habitación, a oscuras. Buscó con los dedos la calidez del cuerpo de Natalia, pero la muchacha no estaba allí. El miedo de su pesadilla se intensificó, con la diferencia de que esta vez no era por los tentáculos, sino por la ausencia de la joven en la cama. Tentó hasta tocar el borde del colchón, pero no dio con el cuerpo de la muchacha. Es más, donde debería haber estado, ni siquiera estaba cálido. Lo que venía a significar que tenía ratos de haberse levantado. ¿Se iría a su casa?
Entonces cayó en la cuenta de que aquella especie de respiración que había penetrado en sus sueños, también estaba allí. Era fuerte y acompasada. En ningún momento se le ocurrió que fuera Natalia. Estaba seguro de que pertenecía a algo más. «Un perro quizá ―pensó―. Pero ha de ser un perro monstruosamente grande.» Porque la respiración, en efecto, lo hacía imaginar que pertenecía a algo muy grande.
Estaba en la cama, incorporado sobre los codos, escuchando con forzada atención. Alrededor todo estaba oscuro y silencioso, excepto por aquella respiración pausada y fuerte, tan extraña y fuera de lugar que hacía volar la imaginación de Esteban, y no para imaginar la mar de cosas agradables precisamente. Se mantenía inmóvil, sintiendo cómo el miedo bombeaba con frenesí su corazón y manipulaba su mente. Pensó en envolverse con las sábanas y echarse a dormir, pero, ¿Y Natalia?

16 de febrero de 2017

El misterio de la tumba abierta (II Parte)

Carmelo abandonó el camposanto con pies ligeros. Nunca había sabido de un muerto que abandonara su tumba (a excepción de Jesús, pero eso bien podría ser un invento colectivo), pero esa vez tenía la descorazonadora sensación de que así era. Aunque lo más probable, se repetía tratando de mitigar la presión de la helada garra del miedo, es que esa escalofriante idea fuera fruto de su conciencia y de su cobardía.
Subió al coche y empezó a conducir, sin saber muy bien a dónde iba. En algún momento percibió movimiento en el asiento trasero y se volvió con presteza, pero allí no había nada. Cuando volvió la vista al frente, frenó de golpe para no colisionar con una camioneta parada frente al semáforo. La frente le dolió del golpe que se dio contra el volante.
―!Oh, Carmelo! ―Exclamó para sí―. Tienes que tranquilizarte. Concéntrate, carajos, concéntrate. 
De no concentrarse, lo más probable era que se matara del susto, lo más probable es que fuera sin motivo.
Al cabo de un rato cayó en la cuenta de hacia dónde enfilaba al auto. No era a su casa, sino a la casa de Orlando. «Lo más probable es que vaya allí en primer lugar ―meditó―. ¿Entonces por qué conduzco hacia allá?» Claro, por Dayrin. Le sorprendía que la mujer aún no le hubiera llamado. Pensó en llamarle, incluso tomó el celular en la mano izquierda, pero al cabo de un instante rechazó la idea. Necesitaba verla, abrazarla, besarla. Necesitaba de su fuerza. Ella fue quien urdió el plan del asesinato, así que ahora ella debía ayudarlo a soportar su carga.
Cuando aparcó a un costado de la casa de Orlando, o de la que había sido su casa, Carmelo se dio cuenta de inmediato de que algo había ocurrido. Vio parientes del difunto y de la viuda y a algunos vecinos en el porche, cuchicheando nerviosos. En el interior de la casa se veía a más personas.
―¿Qué demonios…?
Tenía un mal presentimiento, pero se negaba a hacerle caso. «Seguro ya saben lo de la tumba ―caviló, negándose a hacerle caso a su miedo―. Han venido a chismorrear como cualquiera.» En el fondo, en un fondo anegado del olor fétido del miedo, sabía que sólo negaba lo evidente.

14 de febrero de 2017

El misterio de la tumba abierta

Carmelo oía en su cabeza un retumbo lejano, casi imperceptible, que se repetía incesante. Estaba tumbado en la cama, tratando de conciliar el sueño, pero ese retumbo no lo dejaba en paz. Lo inquietaba, le robaba la tranquilidad, le robaba el sueño, le traía a la memoria el crimen que había cometido.
―Pero lo hice por amor ―susurró en la oscuridad. Sus quedas palabras lograron acallar el ruido en su cabeza, pero tras esfumarse éstas en la nada, aquél volvió igual de incesante, implacable.
Miró el reloj de la mesilla: eran las dos de la mañana. Y no había podido pegar un ojo en lo que iba de la noche. Tampoco es que tuviera sueño, no con el sinfín de pensamientos que rodaban dentro de su cabeza, pero quería dormir, precisamente para dejar de pensar en ciertas cosas.
―¡Oh, Dayrin! ―Clamó en la oscuridad― Si tan sólo estuvieras aquí, el peso del pecado sería más liviano.
Pero ella había insistido en mantener las distancias.
―Déjame guardar luto por la muerte de mi esposo ―le había dicho―. Ya habrá tiempo de estar juntos como ambos queremos, pero de momento debemos cuidarnos. Bastantes comentarios causaron ya el hecho de que no fueras al velatorio ni al entierro de tu mejor amigo.
―No tuve el valor ―confesó un compungido Carmelo.
―Pues muy mal hecho ―le amonestó Dayrin―. Si tuviste el valor para dispararle tres veces, qué más da que asistieras a los funerales.
«Porque soy un cobarde», había pensado Carmelo. Y bien que lo era, él lo sabía. Le había pegado tres tiros a Orlando, sí, pero también había fallado otros tres, porque las manos le temblaban como a un anciano con resaca. «Después lo saqueé». Y aquello hacía que su conciencia se retorciera de angustia. Con sus piernas de cobarde se había acercado al cuerpo de Orlando, y con sus manos de cobarde lo fue despojando de sus pertenencias. Le quitó el reloj de oro, después la cadena con la medalla de su signo zodiacal, también le arrebató la billetera y las llaves del coche; lo guardó todo en una bolsa propiedad de un cobarde. El saqueo había dado resultado: los diarios y noticieros locales afirmaban que a Orlando lo habían asesinado por oponerse a un robo.

11 de febrero de 2017

Al escalar la ventana

Arnoldo estaba agazapado bajo la sombra de un árbol. No es que fuera un maleante, aunque para muchos, lo que iba a hacer, era considerado como mucho peor. En todo caso, era algo que a Arnoldo le traía sin cuidado.
“Sin cuidado” no equivalía a decir que estaba tranquilo y confiado, porque desde luego que no lo estaba. Lo que iba a hacer, la primera vez en su vida, lo tenía casi que aterrado, nervioso e indeciso; no sólo por el principio, sino también por el desarrollo y el final. Era algo que había surgido apenas esa mañana, sin tiempo para planear algo mejor, así que había que tomar lo que se ofrecía.
Se encontraba en una calle, al costado de la casa de Eva, encaramado a las ramas de lo que parecía ser un aliso, oculto en sombras. Las sombras lo camuflaban, pero a su vez también eran motivo de parte de su miedo. Allí, entre las ramas, de vez en cuando oía ruidos sospechosos, susurros quedos, y en una ocasión, incluso creyó percibir dos diminutos ojos espiándole entre el follaje. A ratos, se arrepentía por ser tan madrugador.
No dejó de vigilar la ventana de la habitación de Eva, que le quedaba justo enfrente. Aún había luz en esa ventana, también en las de la sala y el comedor. Aún tenía que esperar bastante. Demasiado le parecía a Arnoldo, más con aquella inquietud que crecía a pasos de gigante. Su mente, cada vez más atemorizada, insistía en jugarle bromas, y de continuo, se encontraba imaginando a los dueños de aquellos ruidos que percibía. De pronto quería bajarse del árbol, incluso olvidar el asunto que lo había llevado allí. Pero entonces pensaba en Eva.

9 de febrero de 2017

Desde la oscuridad

Muchos nos damos por vencidos con facilidad. Aceptamos la derrota como “algo más” de la vida. Tratamos de ignorarla y seguir como si nada ha pasado. No es que sea una mala filosofía, conozco a muchos derrotados que tienen vidas plácidas y tranquilas, aunque estoy seguro que no es por la que ellos habrían apostado.
Existen toda suerte de derrotas. Derrotas financieras. Trabajos mediocres con salarios aún más mediocres. Y nos conformamos. Derrotas en el estudio. Siempre estamos posponiendo los estudios de nivel superior, a veces ni cursamos los de nivel medio. Y nos conformamos. Derrotas deportivas. A veces le vamos a equipos fracasados. Nos acostumbramos a la derrota. Y nos conformamos. Derrotas en el amor. La chica de nuestros sueños está con alguien más. Fingimos que no pasa nada. Y nos conformamos.
Hay derrotas y derrotas, algunas más fáciles de sobrellevar que otras. Pero todas duelen. Todas nos marcan. Todas nos arrancan un pedacito de esa energía con la que nacemos, de esa halo de vida. Hasta que al final no somos más que cáscaras vacías. Unos autómatas que se conforman con aquello que la vida nos dio, y seguimos y seguimos, sin sentido, sin rumbo, aceptando con la mano extendida y la vista gacha las sobras que el mundo nos deja. Y así, hasta el final de nuestros días. Una vida más entre millones. Una muerte más.
A mis dieciochos años, las derrotas más amargas que he sufrido han corrido por cuenta del amor. Y es comprensible, piensen que la mayoría de los jóvenes no tenemos que preocuparnos por nada más, ya que los autómatas de nuestros padres suplen el resto de nuestras necesidades. Yo, que hasta hoy no me había considerado un mal chico, he sufrido en el amor como pocos.
Mi última derrota ocurrió a manos (o debería decir a labios) de una chica llamada Vanessa, que hasta hace sólo tres días “dis” que era mi novia. Estábamos estrenando el mes del amor, pero como a mí no me gusta ser del montón, quise sorprenderla días antes del tan famoso “14 de febrero”. ¡Y vaya que sí fue una sorpresa! Con la diferencia de que el sorprendido fui yo.

6 de febrero de 2017

Las jóvenes de la casa abandonada

Esta historia me la contó un primo. Como bien puede ser cierta, también puede ser falsa. Sólo les pido que la lean, ya sabrán ustedes dar su veredicto.
Mi primo, señores, mi primo es un joven que, por razones de trabajo, ha visto mundo. Constantemente viaja a todos los rincones de la región, y aunque yo siempre estoy muy cómodo en una silla frente a una computadora, he de admitir que a veces lo envidio. Pero, tras relatarme la última de sus aventuras, ya no lo envidio tanto como otras veces.
Mi primo es, al parecer de muchas jóvenes, un tipo muy apuesto. Tiene el cabello negro, la piel bronceada y curtida por la intemperie, las piernas y los brazos fuertes y el abdomen marcado. Yo, y no es que quiera restarle méritos, lo veo como a otro más, pero las féminas no están de acuerdo. No es que quiera hablar sobre la fisonomía de mi primo, señores, pero pienso, que la última de sus aventuras, bien pudo ser causada por ese morbo que despierta en las del sexo opuesto. Pero qué sabré yo, así que me limitaré a relatar lo acaecido. Pues allá voy.
Mi primo, señores, mi primo me contó que iba en su fiel motocicleta a una comunidad que había visitado con anterioridad en al menos tres ocasiones. Omitiré el nombre de esa comunidad porque lo más probable es que ustedes no la conozcan. Si estoy obrando mal, les pido que me disculpen, señores.
Como era un lugar conocido, y puesto que tenía que pasar la noche allá, mi primo no vio la necesidad de irse desde temprano. Así que se echó una siesta vespertina. Se despertó justo a las cinco de la tarde, tal como tenía planeado, y sin necesidad de despertador. A las cinco con diez minutos ya conducía entre las calles del pueblito donde vivimos. De más está decir, que como de costumbre, lanzó algunos piropos a las mujeres con las que se encontró, dejando a estas con las mejillas arreboladas.
Pero ¡Ay!, que, a mitad de camino, se le ponchó una llanta. Y mi primo, señores, como un ritual, se puso a maldecir por lo bajo antes de calmarse. Pero como ya era viejo lobo de carretera, y no era la primera vez que algo así le sucedía, amarrado con hule en la parrilla, llevaba una cajita con llaves, tubos e inflador, para hacer el respectivo cambio. Sin más dilación, pero sin dejar de maldecir su mala estrella, se puso a trabajar.
Si, a decir de mucha gente, los días malos existen, para mi primo, señores, para mi primo aquél fue uno de los peores. No bromeo, sino, cómo me explican, que, a mitad de las reparaciones, se desatara una tormenta de las buenas. Como viejo lobo de camino, en su mochila llevaba una chaqueta y un impermeable para situaciones como aquella, pero de poco sirvieron ante la impetuoso de la tormenta.

2 de febrero de 2017

Al cerrarse el ascensor

Estaba de pie frente a aquélla caja de metal, toda gris, con una única línea que indicaba la juntura de sus puertas, y un panel de botones a un costado. Por todo lo demás era austera, inquietante. Todavía estaba a tiempo de arrepentirme, de tomar las escaleras, de olvidar el absurdo reto, perderlo, pero manteniendo mi integridad mental. Sin embargo, ya era hora de que afrontara mi miedo a los espacios cerrados.
Las puertas del ascensor se abrieron con un débil clinc y quedó a mi vista la caja metálica que tan estrecha se me asemejaba. No era la primera vez que veía un ascensor, pero sí era la primera vez que estaba decidido a entrar a uno. Me aseguré que el inhalador estaba en el bolsillo, llené de aire los pulmones y entré de un par de zancadas. Presioné el número trece y observé, con la respiración entrecortada, cómo las puertas se cerraban, ocultando el amplio vestíbulo del edificio. Casi me pareció que las puertas me guiñaban con malicia.
―¡Sólo es un ascensor! ¡Sólo es un ascensor! ¡Sólo es un ascensor! ―Me repetí una y otra vez, como un mantra, pero la sensación de ahogo me hacía su presa.
Un viejo compañero de la escuela tenía un apartamento en el décimo tercer piso, y, sabedor de mis miedos, me había retado a subir por una vez en el ascensor.
―Yo te estaré esperado cuando salgas ―me prometió―. Y la victoria será tuya. Te prepararé el platillo más delicioso que en tu vida hayas probado. ―Él era chef de profesión, y yo siempre he tenido un apetito saludable, como lo atestiguan mis kilos de más, de manera que no pude rechazar el reto.
Ahora, tras quedar dentro de la diminuta y asfixiante caja de metal, cuestiono lo sensato de la decisión. Miro abajo, arriba, a los lados, y solo veo metal gris, algo vetusto, con manchas de óxido en algunas esquinas. Lo peor de todo, me parece tan pequeño…