Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

6 de enero de 2017

Risas en medio de la noche

Cuando Denia se casó con Román, se imaginó una vida plácida y normal. Si alguna vez era despertada a mitad de la noche, siempre pensó que serían los besos de su esposo o sus manos traviesas hurgando entre sus ropas, solicitando un nuevo round. Y desde luego un bebé, pero eso sería más adelante. Que la despertaran unas risas infantiles, a veces femeninas un tanto más graves, que la ponían nerviosa y conseguían filtrarse en su subconsciente en forma de pesadillas, era algo que desde luego no figuraba en su catálogo imaginario de cosas que la podían despertar.
Escuchó las risas por primera vez, apenas dos semanas después de casada con Román. Al principio creyó que se trataba del pequeño Ryan, un pequeño de cinco años fruto del anterior matrimonio de Román, que dormía en la habitación al otro lado del pasillo. Solo que las risas sonaban más lejanas que si el chiquillo se hubiese despertado para jugar; más lejanas, más apagadas y más alegres al mismo tiempo. Denia las escuchó un buen rato, y las risas persistieron, aunque no continuas. También escuchaba la otra risa, juraría que era la risa de una mujer, y aquella risa tenía una cualidad intangible que le ponía la piel de gallina. Era como si los autores de aquellas risas tuvieran un encuentro, charlaran (sólo que las charlas no eran perceptibles) y después rieran. Era escalofriante.  
«A lo mejor es una pareja de borrachos», pensó, y se tapó de pies a cabeza, dispuesta a ignorarlas. Las ignoró lo suficiente para dormirse, pero en su sueño repiquetearon largo tiempo como un débil eco.
Por la mañana, después de que su esposo se fuera al trabajo, mientras llevaba a Ryan a su escuela de kínder, le preguntó al niño si se había levantado a jugar durante la noche.
―No, Deni ―le respondió el chico―. No me gusta jugar por las noches.
―Oh, pensé que sí ―fue todo lo que dijo. El niño se arregló la correa de la mochila y miró al frente.
*****
Esa noche se acostó bastante intranquila. Después de hacer el amor permaneció despierta mucho después de que su esposo se pusiera a roncar. Sonrió con ternura. Él aseguraba que no roncaba.
Por momentos creyó oír pasos afuera de la casa, y sufrió un respingo cuando una ráfaga de viento agitó algún cartel. Todo debió ser imaginación suya porque no escuchó ninguna risa. Cuando la siguiente noche también transcurrió sin incidentes, su teoría de que se había tratado de alguna pareja de borrachos sentados en la acera, fue cobrando fuerza.
Transcurrió una semana sin novedades. Denia casi se había olvidado de aquellas risas. Román estaba feliz de tenerla a su lado, ella también estaba feliz, y aunque el pequeño Ryan no le había cogido ningún cariño comparado al que un hijo tendría para con su madre, la trataba con deferencia y no daba ningún motivo de queja; parecía el niño más normal del mundo.
Pero, unos diez después, las risas volvieron, aunque primero en forma de pesadilla. Cuando Denia despertó, se dio cuenta que la pesadilla había desaparecido, pero las risas continuaban allí. Sintió un escalofrío y se abrazó a su esposo, que se agitó en sueños, inconsciente de su miedo. Ya fuera porque había tenido una pesadilla, ya fuera porque esa noche las risas sonaban más lúgubres, no se atrevió a moverse un solo centímetro de la cama. Las risas duraron lo que pareció horas, hasta que el cansancio la sumió en un intranquilo sueño.
A la mañana siguiente estuvo tentada de preguntarle a su esposo si sabía algo al respecto, pero él se marchó sin darle tiempo de nada. Cuando regresó por la tarde, Denia había recuperado la tranquilidad y decidió que el asunto podía esperar. Curiosamente, ese día Ryan fue el niño más feliz del mundo, y antes de entrar a clases incluso abrazó a Denia y le dio un beso. No sabía por qué, pero eso inquietó a Denia más que tranquilizarla, más cuando recordaba que la noche anterior el pequeño apenas si había comido, triste por alguna razón que no quiso comentarle.
*****
La tercera vez que escuchó las risas, Denia estaba decidida. Sólo eran risas, si se asomaba con cautela por las ventanas ¿qué malo podía suceder? Desde hacía varias noches venía dejando una lámpara en el buró y se había mentalizado para esa ocasión, ya que estaba segura que las risas iban a volver. Aun así, tardó más de cinco minutos en armarse de valor, incluso llamó en susurros dos veces a su esposo, pero este dormía como roca, como roca que ronca.
Se puso una bata de terciopelo sobre las prendas de satén, y fue hacia la puerta, arrastrando las pantuflas, la lámpara temblaba levemente en su mano izquierda. Ya en el pasillo se detuvo a escuchar. Lo que más deseaba era confirmar su hipótesis de los borrachos, pero a menos que estos se hubieran colado al patio trasero, ya podía ir descartando esa teoría.
A medida que se acercaba a la puerta de atrás, las risas eran más claras, y sí, charlaban, sólo que las voces eran suaves, como un beso, indescifrables todavía. Ya en la puerta, con su mano casi en el picaporte, sintió un temor profundo y decenas de pensamientos se agolparon en su mente. ¿Y si eran ladrones? ¿Fantasmas? ¿Si al abrir la puerta también estaba cediendo paso al interior de la casa? ¿Y si era algo tan horrendo que allí mismo quedaba inerte?
Al final retiró su mano de la puerta y decidió ir a una habitación contigua, la que hacía de cobertizo para las herramientas del jardín. Sí, justo como pensaba, allí había una ventana que daba al patio trasero. Movió unas bolsas de lo que parecía abono, y corrió las persianas lo suficiente para espiar el exterior. Al principio no vio nada, excepto la tenue luz de la luna y unos árboles y el césped… Al final fueron las mismas risas las que la guiaron hasta sus autores: dos figuras, una pequeña, semi-oscura, y una más alta, ataviada de plata, casi resplandeciente; si no la había visto antes era sólo porque estaba bajo la sombra de un naranjo.
Denia soltó un grito ahogado cuando reconoció a la figura pequeña.
―¡Ryan! ―gritó.
El niño volvió la vista y se echó a llorar. La figura ataviada de plata miró hacia la ventana, avanzó hacia la luz de la luna, sus piernas no se movían, simplemente parecía flotar, su rostro era blanco y terso, su cabellera lacia y negra, y su rostro… su rostro le resultó conocido, era el rostro de la madre del niño. La mujer resplandeciente chilló y flotó hacia ella a una velocidad de vértigo. Cuando la alcanzó, Denia sintió miedo, pena, tristeza y sobre todo frío, mucho frío. Después todo se volvió opaco, a continuación, negro, y por último… nada.
*****
Denia despertó poco más tarde, según verificó al constatar la hora poco después. Estaba de vuelta en la cama, cubierta por una sábana, con un paño húmedo sobre la frente. Su esposo la miraba desde el otro extremo de la habitación, sentado a horcajadas en una silla puesta del revés.
―¿Te encuentras bien? ―preguntó cuándo se dio cuenta de que estaba despierta.
Sentía dolorida la cabeza, y no estaba segura de que su cuerpo le obedeciese por completo. Aun así, asintió.
―¿Qué fue lo que pasó? ―preguntó Román. Aunque por el tono de su voz, Denia estaba segura de que conocía la respuesta―. Escuché a Ryan llorar, luego gritaste tú ―relató―. Cuando fui a ver, estabas desmayada junto a la ventana y Ryan lloraba desconsolado en el patio.
Denia le preguntó si el niño estaba bien. Román le respondió que sí. Entonces le contó a su esposo lo ocurrido, desde las risas de la primera vez, hasta la mujer de esa noche, incluido el cúmulo de emociones que había sentido antes de perder el conocimiento. Cuando terminó, se quitó el paño húmedo y lo dejó en el cuenco sobre la cómoda. Entonces recordó el rostro blanco y terso.
―¡Era tú esposa! ―exclamó al comprender lo aterrador de lo que había visto― ¡La mujer que murió hace dos años!
Su esposo no había comentado nada, ni cambiado de semblante, mientras le relataba lo acaecido. También se mantuvo impertérrito cuando aseveró que la mujer de vestimenta plateada era su esposa muerta.
―Lo siento ―dijo al final su esposo―. Creo que tendría que habértelo contado desde antes de casarnos. Pero es que… ―de pronto parecía tan vulnerable, tan perdido, como si no supiera ni él mismo de lo que estaba hablando. Denia sintió ganas de abrazarlo. No se movió de la cama―, verás, ¿cómo iba a contarte algo así? Podrías tildarme de loco, o peor aún, cancelar nuestra boda.
―Tontito, cómo no iba a casarme contigo, no ves que te amo ―le sonrió con dulzura.
Román le sonrió con amor. Entonces le contó todo.
―Ryan y Rita ―la difunta se había llamado Margarita― siempre estuvieron muy unidos, nunca se separaban, pero es lógico ¿no?, después de todo, él apenas iba a cumplir cuatro años cuando ella murió ―Margarita había muerto de una enfermedad en el corazón, eso sí se lo había dicho a Denia―. En los primeros días de viudez, creí que también iba a perder a mi pequeño. No comía, no hablaba, no jugaba, no daba brinquitos con las caricaturas, nada, parecía que su alma se hubiese ido con su madre. Primero la niñera, después mi madre y yo, por último, una decena de doctores, todos intentando reanimarlo, hacerlo comer, que volviese a ser el niño de antes. Apenas si hacíamos que comiera lo suficiente para no morir de inanición.
»Fueron los dos meses más largos de mi vida. Incluso dejé de ir al trabajo para quedarme con él, para asegurarme que comía siquiera lo mínimo. Pero estaba escuálido, ojeroso, se le notaban los huesos en la piel, y no sentía atracción por nada en el mundo ―Román hizo una pausa, se limpió las lágrimas de los ojos. Denia aprovechó para cambiar de postura en la cama―. Por sus sueños, por las pocas veces que habló ―continuó―, sabíamos que el origen de sus males era su madre, la ausencia de ésta, mejor dicho. La extrañaba, la quería a su lado, nunca había hecho nada sin ella, y a pesar de todos nuestros esfuerzos, no conseguimos que dejara de necesitarla.
»Hasta que una noche, harto ya de tanto sufrimiento, clamé, clamé como nunca lo había hecho y le pedí con fervor a Dios que me diera los medios para recuperar a mi hijo o me lo quitara, ya no soportaba verlo así. La mañana siguiente, Ryan se levantó con mejor humor, y con mucho apetito. Dos semanas después era el niño risueño y sano de siempre.
»Así como tú, yo también me aterré al enterarme de la causa de su mejora. Me costó mucho asimilarlo. Hasta que charlé con ella.
―¿Charlaste con ella? ―repitió Denia. Era la primera vez que interrumpía a su esposo desde que comenzó con el relato. Román asintió― ¿Con un muerto?
Román volvió a asentir.
―Ella vio lo que le ocurría a nuestro hijo ―continuó Román―. Así que pactó para poder venir a verlo, a consolarle. Me prometió que no duraría para siempre, sólo hasta que el niño aprendiera a vivir sin ella, hasta que se acostumbrase a su ausencia. A cambio yo guardaría el secreto y no pediría ayuda, como un exorcismo o cosas así.
―¿Y viene siempre que quiere, o tiene fechas específicas? ―quiso saber Denia.
―Viene siempre que el chico está triste, cuando necesita el abrazo y la alegría de su madre.
―¡Todo esto es terrible! ―dijo Denia.
―Lo es ―corroboró Román―. Pero ahora hay una figura materna en la casa ―la miró con esperanza―. Ojalá todo cese pronto.
Denia comprendió lo que le estaba pidiendo.
―Lo intentaré de todo corazón ―le prometió―. Pero recuerda que no soy su madre.
No sabía todo el terror y dolor que aquella promesa iba a causar.
―Lo sé ―dijo su esposo.
Durante un tiempo las risas en el patio trasero, cuando ya todos dormían, fueron algo normal. A pesar de la aparente normalidad en ello, a Denia siempre le erizaban los vellos.
      Hay que recordar que uno de los autores era un fantasma.

     Lee la segunda parte: II PARTE

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Ni sabía que el 06 era el día de reyes. Pero bueno, allí tienes tu regalo. Saludos!

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  2. Segunda parte weeeeee! Vamos tiene que tenerla un fantasma no puede solo aceptar las cosas así

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    1. Ya pensé en esa segunda parte. Sólo que hace poco me robaron el cargador de mi computadora y no he conseguido uno. De manera que aún puede tardar algunos días. Pero habrá segunda parte, eso dalo por hecho.

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