Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

12 de enero de 2017

Pasadizo al infierno

¿Es un pozo? Tendría que serlo, ya que está en la parte posterior de una cabaña abandonada mucho tiempo atrás. Sin embargo, da la impresión de ser algo más… algo más sobrenatural, como un pasadizo al infierno. Aunque desde luego, la imagen que tengo del infierno es la de un lugar rojo y naranja, crepitante de fuego y dolor. En cambio, esto es, cómo definirlo, oscuro y silencioso, donde la luz del sol no alcanza más allá de un metro de la abertura.
Es allí donde ha ido a parar Alton, mi espigado amigo que me había acompañado en aquella correría.
―¿Estás bien? ―le preguntó.
Alton tarda en responder. Empiezo a temer que algo le haya ocurrido.
―Sí ―responde por fin―. Pero no veo nada. Harry tienes que sacarme de aquí. ―Su voz es de alarma. Yo también estoy asustado.
―¿Pero estás bien? ―insisto― ¿No te has lastimado? ¿No te has roto ningún hueso?
―No, creo que no. Estoy un poco magullado. Se me salió el aire con la caída, pero estoy bien. ―Su voz no suena tan lejana. Seguro no está a más de cuatro o cinco metros.
Esbozo una sonrisa nerviosa, tratando de aparentar calma y camarería. Aunque dudo que Alton consiga verme. Lo que es yo, no le alcanzo a ver ni los ojos.
―Pedazo de idiota ―bromeo―. Mira que caerte en esta mierda. Tienes los ojos en el culo ¿o qué?  
―Harry ―dice. Y percibo un atisbo de miedo en su voz.
―¿Qué pasa?
―Yo no me caí en este pozo. ―El timbre de miedo en su voz va en aumento.
Intento aparentar calma.
―Claro, entonces fui yo quien te tiró ¿no? ¿O fue el pozo quien vino a ti?
―Bueno, algo así ―confiesa. Su tono de voz es tan sincero que siento frío en mi nuca―. No me lances cosas ―gruñe un momento más tarde.
―¿De qué hablas, cara culo? Yo no te he tirado nada.
―Algo me rozó la cabeza. No juegues conmigo por favor, este no es lugar para bromas. ―La voz de Alton ahora es de franco miedo.
Empiezo a temer que no está solo abajo. Él también debe estar pensando lo mismo. Escucho su respiración agitada, casi puedo imaginar cómo sube y baja su tórax a causa de la excitación. Tengo que hacer algo.
―Seguro sólo fue el viento ―le digo―. No te muevas. Voy a buscar algo con qué sacarte.
―¿Que no me mueva? ―replica, indignado―. ¿A dónde crees que iría, cara de rata? ¿Al tesoro entre las faldas de tú hermana?
Algo de humor. Eso es bueno.
―Como vuelvas a mencionar a mi hermana te dejo podrir en ese agujero, cara de salamandra.
―Y mi fantasma te atormentaría toda la vida. ―Intenta reír, pero lo que le sale es más bien un gruñido.
―Vale, está bien. ―Pido tregua―. Sólo no te desesperes, estaré por aquí cerca.
―Pero date prisa, ¿quieres? Este lugar está de locos.
Me alejo un poco de aquella oscuridad y empiezo a escudriñar mi entorno. Árboles, arbustos, hiedras malas, bejucos. Pruebo la resistencia de éstos últimos, pero son muy débiles.
―Harry, ¿estás allí? ―brota del suelo la voz de Alton.
―Sí. Sigo aquí. ¿Cómo estás?
La pared posterior de la cabaña está a unos seis metros de la negrura en el suelo. Hay un cable que sale de lo que parece un cobertizo, recorre la pared de la casa y entra por la parte superior. Antaño debió servir para pasar corriente de algún motor a gasolina. No sé nada de electricidad, pero supongo que no debe tener energía. Es justo lo que he estado buscando.
―Harry, ¿me has arrojado algo? ¿Algo frío y viscoso? ―Su voz me acelera el corazón y siento pánico de verdad.
―Alton, no te desesperes, no nuevas ni un músculo, ya casi te saco. ―Empiezo a desenganchar el cable con mucha prisa.
―¡Harry! Hay algo aquí abajo, ¡sácame! ―Su voz es desgarradora
―¡Que no te muevas, carajo! No ves que podría ser una culebra, si te mueves te muerde. ―Quizá lo he asustado más, pero es primordial que comprenda que debe permanecer inmóvil.
―No puedo, Harry. ―Alton parece a punto de echarse a llorar. Y el maldito cable que no se suelta de la parte de arriba―. Me está rodeando. Me está palpando, como hace mi mamá cuando va a la verdulería. Su contacto es frío, quema, ¡ay, cómo quema! ¡Harry, date prisa!
―¡Ya voy! ¡Ya voy! ―Grito, mientras, desesperado tiro con fuerza del cable.
―¡HARYYY!
El cable por fin cede y corro al agujero negro en el suelo.
―Ya estoy aquí ―digo. Dejo caer un extremo en el agujero―. Te estoy tirando un cable. Búscalo, amárate la cintura y ayúdame a subirte. ―Transcurre una eternidad―. Alton, ¿me oyes?
Me es imposible describir el miedo que siento. Mis manos tiemblan, mis labios retiemblan, mi corazón golpea repetidamente contra mi caja torácica. Y lo único que hago es rezar, llorar, suplicar que Alton esté bien, que me responda, que me diga “ok, empieza a tirar”.
―¡ALTON! ―grito― ¡ALTOON! ¡ALTOOON! Amigo, responde.
Nada. Ni un soplo de brisa. Las lágrimas humedecen mis mejillas. Las siento brotar a cientos de mis ojos, son como arroyos en mis mofletes, llegan hasta mi barbilla y de allí al agujero negro, negro como boca de lobo, negro como el corazón de satán. Si caen, pasan desapercibidas, me parece que caen y caen sin encontrar el fondo.
―¡Oh, Alton! No me hagas esto. Dime que sólo es una broma. Háblame. Por favor, amigo, mi cara culo, dime que estás bien.
De pronto, la solidez bajo mis pies desaparece. Abro los ojos de golpe, estancadas las lágrimas por el horror. ¡Oh Dios Santo! El agujero se ha movido. ¡Está justo debajo de mí!
―¡ALTOOOON! ―gritó por último y me precipito en la negrura.
      Algo frío, viscoso, de muchos brazos me recibe en la oscuridad. No es el infierno, pero vaya que se le parece.

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