Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

31 de enero de 2017

La nueva mascota del vecino

Casi caigo de culo cuando vi al perro, amarrado a un poste en el jardín del vecino. Era un dóberman negro, de regular tamaño, con un muñón por toda cola. Pero lo que en verdad me alarmó fue un parche blanco alrededor de su ojo izquierdo. Mi vecino, dejó de rastrillar algunas malezas y me miró con gesto satisfecho.
―¿Te asusta? ―Preguntó―. Es mi nueva mascota.
Mi garganta, de tan aterrado y confuso como estaba, no logró articular palabra. De modo que me conformé con asentir.
―Entonces hice una buena elección ―sentenció, triunfante―. Por las noches lo dejaré suelto. ¿A ver quién se atreve a robarme alguna de mis flores en los días subsiguientes? ¿O crees que habrá algún valiente?
―No lo creo, señor ―le respondí, apenas recuperada el habla―. Tengo que irme. Su perro es… intimidador.
Casi corrí a la casa de al lado, que era donde yo vivía. Subí apresurado a mi habitación, sin ir a buscar a mamá para decirle que ya había vuelto. Mi mente era un caos en esos momentos. Sólo quería sentarme y pensar. Pensar en aquél perro. Dilucidar si en realidad era el que yo había visto antes o se trataba de una coincidencia. Pero apenas entrar a mi habitación, el perro seguía inmóvil donde lo había visto hacía un momento, con la única diferencia de que había girado el cuello, para que sus ojos miraran hacia la ventana de mi habitación, y su mirada era escrutadora, atemorizante, como una advertencia. Me di cuenta que no era una coincidencia.
El asunto es que ya había visto ese perro en el pasado. Una semana atrás, para ser más exacto. Lo que vi fue horrendo. Estoy seguro que, de habérselo contado a alguien, lo habrían tomado como una broma, o como delirios de un loco. Además, esa noche andaba de borrachera con los amigos de la universidad, y, aunque estaba seguro de lo que había visto, siempre mitigaba la fuerza de ese recuerdo, diciéndome que a lo mejor todo fue producto del licor.
Recuerdo que andábamos en la camioneta de uno de los amigos. Fuimos a la disco y a otros lugares de perdición. A eso de las dos de la mañana, decidimos regresar. No recuerdo cómo, pero al parecer, habíamos ido a terminar a uno de los bares más alejados de la ciudad. De modo que cuando regresábamos pasamos por algunos lugares totalmente deshabitados. Fue pasando por uno de estos lugares, que a alguien se le ocurrió gritar que quería orinar. A continuación, todos mis amigos gritaban lo mismo. Yo, quería hacer del dos.
Nos detuvimos frente a lo que parecía un basurero. Mis amigos bajaron y empezaron a orinar allí mismo. Yo caminé hacia dentro, buscando un lugar donde no me vieran los demás, acto seguido me bajé los pantalones y me puse a lo que iba.
En ello estaba cuando sentí el escalofrío, provocado por algo como una repentina ráfaga de gélido aire. Después vi al perro, que gemía y gruñía, agitando con frenesí el muñón de su cola. Pero no era por mí que el perro estaba agitado y asustado, lo más probable es que ni siquiera había reparado en mi presencia. Gruñía y lanzaba ocasionales dentelladas contra algún enemigo invisible. «¿Invisible o que sólo él puede ver?», pensé de inmediato. Procurando no alertarlo, me subí el pantalón sin siquiera limpiarme. En esos momentos estaba asustado, y no sabía bien por qué.
Terminaba de abrocharme un botón cuando vi la sombra, y su sola visión me llenó de espanto. Era una sombra informe y densa, que se movía a voluntad, sin que nada ni nadie la proyectara. Era ésta la que tenía tan asustado al perro.
Fascinado a la vez que aterrado, fui el mudo testigo de aquella silenciosa batalla entre perro y sombra, entre vida y muerte. El canino no tuvo ninguna oportunidad contra lo que sea que fuera aquella cosa. Sus ocasionales zarpazos y dentelladas no tenían ningún efecto contra aquel ser de sombra. Y esa cosa, cuando por fin se cansó de jugar con el animal, se abalanzó sobre él, envolviéndolo como un sudario. Los gemidos del perro me estremecieron el corazón, pero no me atreví a mover un solo músculo.
Poco a poco, la sombra empezó a desaparecer, y a medida que la sombra se desvanecía, los gemidos del animal se hacían más débiles. Hasta que por fin cesaron. Para entonces, la sombra había desaparecido. Pero cuando el perro se volvió hacia mí, y clavó sus ojos (de los cuales el izquierdo era rodeado por un parche blanco) en los míos, me di cuenta que la sombra no se había ido, estaba allí, en posesión del cuerpo del perro. Y su mirada helaba el corazón. Me enseñó los dientes, y yo eché a correr.
No me había dado cuenta que mis compañeros me llamaban para que me diera prisa. Accedí al interior de un salto a la vez que gritaba que pusieran en marcha el vehículo. Debí parecer muy aterrado porque me hicieron caso. Aún alcancé a asomar la cabeza por una ventanilla: el perro miraba con fijeza al vehículo que se alejaba.
Era un recuerdo que me había atormentado los últimos días. Más que el hecho de ver a una sombra apoderarse del cuerpo de un animal, lo que me aterraba era el recuerdo de su mirada; una mirada de odio, el odio más puro y fuerte que quepa imaginar.
Y ese perro era el que me espiaba desde el jardín de mi vecino. «Me ha encontrado», era el pensamiento que más a menudo cruzó por mi mente ese día. Y aunque su mirada no inspiraba tanto temor como aquélla noche, como camuflado, sabía que estaba allí. Y yo estaba a su vereda.  
Esa tarde y la noche que le siguió, constituyen las horas más largas de mi corta vida. Me olvidé de la comida, de los libros y folletos, de la televisión y el celular. Mi única manía era saber qué hacía aquél maldito perro allí. ¿Había ido a asustarme? ¿Iba a asesinarme? O peor aún, ¿iba a robar mi alma y apoderarse de mi cuerpo como le había visto hacer con el perro? No lo sabía, y eso me tenía intranquilo y aterrado. Ni siquiera me atrevía a salir de mi cuarto.
Por la noche no fui capaz de apagar la luz. Metí llave a la puerta y eché el pestillo de las ventanas. No me atrevía a mirar hacia el jardín, pero imaginaba al maldito perro, o lo que fuera que controlaba su cuerpo, viendo hacia mi ventana. ¿Y cómo era posible que el vecino ni nadie se percatara de la rara forma de actuar del dóberman?
Fueron tensas y largas horas de espera. Nunca he sido creyente, pero esa noche recé muchas veces a Dios. Cualquier ruido, por leve que fuera, me sobresaltaba y me ponía en guardia. Imaginaba al gigantesco perro rondando bajo mi ventana. Peor aún, creía que aquella sombra informe y maligna se deslizaría por la rendija de la puerta en cualquier momento. Los sobresaltos estaban a la orden y el miedo era mi única compañía.
Hacia las dos de la mañana, que era más o menos la hora con la que había tenido mi primer encuentro con el dóberman, empecé a sentirme cansado. Los ojos amenazaban con cerrárseme, y empecé a ver lo complicado de todo aquello. Una de dos, o contaba lo que había visto, lo que me atormentaba, para que me prestaran apoyo, o dejaba todo en manos del destino y me echaba a dormir. Porque, era lógico que no iba a poder montar guardia todas las noches.
Creo que no llegué a tomar una decisión. Más que dormirme, caí en la cama sumido en un estado de semiinconsciencia. Sueños raros y pesadillas empezaron a acosarme.
Cuando desperté a la mañana siguiente, lo primero que hice fue asomarme a la ventana. Mi vecino se lamentaba profundamente de su jardín destrozado, a la vez que lanzaba mil maldiciones a su nueva mascota, causante de todo ello, que había desaparecido. Entre aliviado y aterrado tuve la osadía de gritarle desde la ventana que eso le enseñaría a dejar de recoger perros que no eran suyos. Por toda respuesta me enseñó el dedo corazón de una de sus manos. Yo me reí, a pesar de todo, me hallaba aliviado.
En mis sueños me había visitado aquella sombra, una de los muchos sirvientes de la oscuridad. Me pidió, me ordenó, que no contara nada, y nada me pasaría. De lo contrario, me advirtió, ya me había demostrado que era capaz de encontrarme. ¿Y por qué iba yo a querer contar algo?
Así que estaba a salvo.
O al menos eso me dijo.      

2 comentarios:

  1. Menos mal que terminó bien,y no le pasó nada..... o hasta que se le ocurra contarlo,aunque creo que mantendrá la boca cerrada.Muy bueno y intigrante hasta el final. Saludos.

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    1. Yo no lo contaría, desde luego. Pero tampoco hay que confiarse de fantasmas y demonios. Suelen ser muy traicioneros.

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