Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

1 de diciembre de 2016

Mi hermano Poulder (Conclusión)

De regreso a casa mi hermano siguió incordiándome. Yo prácticamente no le puse atención. Estaba aterrado. No recuerdo haber hecho nada, pero de todas formas era cómplice de un asesinato. Una y otra vez se repetían en mi mente el estampido de los balazos, un rostro ajado de barbas sucias y grises retorciéndose un segundo antes de morir sin saber por qué, y la sonrisa desquiciada de Poulder. Cada auto que se nos cruzaba se me antojaba el de la policía que iba a arrestarnos. Mi hermano seguía exultante a mi lado. Fui incapaz de increparle nada porque era evidente que se había vuelto loco, y lo que menos necesitaba era echarme encima la ira de un maniático.
Al llegar a casa me sujetó del brazo para que yo no echara a correr a mi habitación.
―Hoy fuimos a los videojuegos y después al cine ―me advirtió. Su vos era amenazadora―. ¿Entendido?
―Sí ―alcancé a balbucir.
―No hables de esto a nadie y te darás cuenta que todo sigue igual de bien. Los actos de este tipo solo pueden ser castigados por la ley, la ley de los hombres, de nadie más.
Le hice caso y no hablé de ello a nadie. Pasaron los días y las semanas, y aunque al principio tenía pesadillas en las que un hombre de rostro ajado y barbas sucias moría, y otras veces me perseguía, pronto dejaron de ser periódicas para convertirse en sueños esporádicos, hasta que por fin desaparecieron. Mi sensación de bienestar incrementó al no aparecer la policía con grilletes para encarcelarme.
Sin darme cuenta, de manera paulatina, mi subconsciente iba dándole la razón a Poulder; no importaba lo vil que fuera el acto, solo eran castigados si los hombres lo descubrían. Quizá después de todo no había algo más allá de nuestra percepción sensorial, quizá después de todo no existía lo que las religiones denominan pecado, sino solo acciones.    
*****
Creí que la muerte de aquel indigente había sido la cúspide de los intentos de Poulder por demostrarme que no existe nada más allá del mundo objetivo, de lo real y lo tangible. ¡Cuán equivocado estaba! Aquel suceso sólo fue el primer eslabón de una serie de sucesos a cuál más descabellado y aterrador, que pusieron a prueba mi cordura y todo en cuánto creía. Mi hermano Poulder, hoy me atrevo a decirlo, simplemente se había vuelto loco. Pero no un loco cualquiera, sino uno peligroso, maniaco, encaprichado en demostrarme que no existe ningún Dios ni nada sobrenatural. Y lo estaba logrando.
¡Hasta el fatal desenlace!
Durante el siguiente año, hasta mi cumpleaños dieciocho, me forzó a ser su acompañante en muchas de sus correrías. No digo que me forzó solo para mitigar la culpa, o para parecer la víctima, porque de ningún modo lo soy. Pero sí es cierto que chantajeó, obligándome a acompañarle. Al principio amenazó con contarle a mis padres lo que hacíamos cuando salíamos, y cuando esto no funcionó, me amenazó con asesinarles, ¡a mis padres, sus padres! Sí que estaba loco, y le creí, de modo que me vi arrastrado en la vorágine de locuras y monstruosidades que al final acabarían con él.
Dos meses después del asesinato del indigente en una esquina de la ciudad, me hizo acompañarle a una casa a las afueras de la ciudad. Cuando vi que le puso una placa falsa al coche, supe que nada bueno estaba tramando.
―Sólo quiero que vigiles ―me dijo mientras conducía, sus ojos brillaban de la excitación y la malicia―. Lo tengo todo planeado. Sólo márcame al móvil si ves que alguien quiere entrar a la casa, yo me encargo del resto.
Al cabo de un rato aparcó bajo la sombra de unos árboles, frente a una casa de dos pisos sumida en las sombras. No vi que tomara el arma de la guantera ni otra cosa que sirviese como tal, me preguntó si había atendido a las instrucciones, y tras asegurarle que sí, salió del coche y se dirigió a la casa con paso seguro.
Durante un buen rato estuve solo en el auto, nervioso y preguntándome qué hacía Poulder en la casa. ¿Robando?, esperaba que no. ¿Visitando a alguna chica mientras los padres estaban ausentes?, esperaba que sí, pero de ser así no hubiese pedido mi compañía. Y desde luego, no habría estado tan nervioso de saber que hacía algo tan común y mundano.
Regresó al cabo de una media hora. Cuando subió al coche vi en su rostro una sonrisa de satisfacción y en sus ojos el brillo de la locura. Cerró la puerta, sacó su móvil, buscó algo y me lo pasó al instante siguiente.
―Primero la violé y después la asesiné ―me explicó.
Ocupaba la pantalla del móvil una fotografía terrorífica y escalofriante: una joven desnuda, casi descuartizada, yacía sobre una poza de sangre, los cortes iban desde los pies hasta los senos, lo único intacto era el rostro, que estaba demudado por el dolor y el terror.
―¡Pero si es tu exnovia! ―logré balbucir.
―Y a partir de ahora no podrá volver a ponerle los cuernos a nadie ―sentenció. Me quitó el celular, encendió el motor del auto y regresamos a casa.
Esa noche, por primera vez, imploré una señal de lo alto, necesitaba saber que había alguien que miraba lo que estaba sucediendo. Primero aquel pobre indigente, ahora su exnovia. Ya no sólo le temía a mi hermano, ahora lo odiaba y necesitaba saber que sería castigado. Pero, como el mismo Poulder aseguraba, los rezos no obtienen respuestas porque no existe quien los escuche. Temía que tuviese razón.
*****
Nunca supe si se dedicó a matar por placer, por negocio, o simplemente, como me repetía constantemente, para demostrarme que no existe nadie más allá que pueda castigar los actos repudiables. Lo cierto es que antes de yo cumpliese los dieciocho años, ya había matado otras tres veces, amén de una tumba que abrió una noche de luna porque alguien le había dicho que al difunto lo habían enterrado con joyas y dinero en efectivo; lo único que encontró fue gusanos y el fétido olor de un cuerpo en descomposición. Como siempre, yo era su aliado involuntario. Descontento con el resultado de este último acto, roció de gasolina el cuerpo del difunto y le prendió fuego.
De los tres asesinatos posteriores, el primero en ocurrir fue el de un doctor de hospital público. Yo no lo conocía, aunque no puedo asegurar lo mismo respecto a Poulder. Una noche, simplemente atravesó el coche, con la placa falsa, frente al auto del doctor, y cuando éste se bajó para reclamar, mi hermanó lo líquido de dos disparos. De algún sitio había conseguido un silenciador, de manera que, aunque la noche no era tan avanzada, nadie pareció darse cuenta del crimen hasta que nos hubimos marchado. Me enteré que el tipo era un doctor por el periódico del siguiente día, el cual no mencionaba nada del móvil del ataque ni del atacante.
La siguiente en la lista fue la esposa infiel de su jefe, el de la ferretería. Estoy casi seguro que esa vez recibió dinero del jefe cornudo. Igual que hizo con su ex, la violó y después le metió dos tiros en la frente. Esa vez yo estuve presente mientras sucedía todo, y aunque me da vergüenza admitirlo, estuve tentado de tomar mi turno en la violación, pero estaba tan asustado que me rehusé cuando mi hermano me invitó a tomarla.
El último asesinato, antes de que yo cumpliese la mayoría de edad, fue para mí el más detestable y diabólico, hasta hace dos días. Recuerdo que me llevó a un teléfono público, y desde allí, llamó al padre de la iglesia más cercana, la misma en la que había ultrajado a los Santos. Le contó una mentira. Se hizo pasar por el Señor Johns, una respetable y devota persona que vivía a unas pocas manzanas de nuestra casa.
―Padre, mi hija está enferma ―le dijo acongojado, he de admitir que hizo una más que pasable imitación del Señor Johns―, necesito que venga a verla, sé que con usted aquí el Señor la aliviará. ―¡Blasfemo!
―Su hija, qué pena, ¿quién de las dos? ―preguntó el cura al otro lado de la línea.
―¿Quién más va ser?, la mayor por supuesto, Natalie, sabe también que es la más frágil de salud.
―Voy para allá.
―¡Listo! ―señaló Poulder por último, dirigiéndose a mí, y el miedo me recorrió el cuerpo en forma de escalofríos.
Era muy entrada la noche, de modo que no se nos hizo difícil ocultarnos entre los setos del jardín frontal de los Johns. El padre no tardó en hacer acto de presencia, la casulla blanca lo hacía inconfundible en la oscuridad de la noche. Poulder sostenía el arma con firmeza en la mano. ¿Cómo podía estar tan tranquilo? Estoy seguro que yo hacía temblar los setos con mi nerviosismo. Y tentado estuve, incluso, de salir corriendo y dar aviso al sacerdote. Pero, además de mi miedo y cobardía, estoy seguro que también me habría abatido junto al cura.
El padre enfiló por el senderillo que atravesaba el jardín, pasó junto a nosotros, tranquilo, sin saber lo que se cernía sobre él. La casa de los Johns estaba oscura, y ni aún eso lo hizo sospechar. Llegó hasta el timbre y llamó no una, sino varias veces, hasta que en el pasillo se oyó la malhumorada voz del Señor Johns, que increpaba algo sobre los desconsiderados que se atreven a despertarlo a tales horas de la noche.
Poulder apuntó con el arma y se oyó dos silbidos que hendieron la quietud de la noche. El cura permaneció tranquilo, miró a ambos lados como desconcertado, yo vi cómo su vestimenta se tornaba roja allí donde los tiros le habían acertado y después se derrumbó, justo en los brazos del señor Johns que en ese instante abría la puerta.
Nosotros nos dimos a la fuga, mientras el sorprendido Señor Johns sostenía, desconcertado, al cura de su iglesia. A lo lejos alcancé a oír cuando, recuperado de la conmoción, empezaba a gritar pidiendo ayuda.
*****
El que fue a la cárcel fue el señor Johns. Su historia no coincidía con el arma que la policía encontró escondida en su casa. De alguna manera Poulder había escondido un arma de igual calibre a la utilizada por él. Mientras se demostraba la inocencia del acusado, sí es que llegaba a demostrarse, su casa permanecía sólo al cuidado de su esposa, casi sola, que era justo lo que Poulder buscaba, como más tarde averiguaría. ¡Maldito Poulder! Tenía una forma muy retorcida de hacer las cosas. Por su culpa estoy ahora en un estado de ansiedad miserable.
Pasaron los días y yo cumplí la mayoría de edad. Lo celebré pegándome una buena borrachera. Pero mentiría si les digo que lo hice para celebrar mi onomástica. Eso dije a los demás, pero en el fondo quería olvidar tanto terror vivido en los últimos años. Dicen que el alcohol hace olvidar las penas: Déjenme decirles que es falso. Todo lo contrario, acentúo mis horrores. No dejaba de pensar en la túnica blanca tiñéndose de rojo, en el médico abatido a mitad de la calle, en las dos mujeres violadas y asesinadas, en el indigente que murió sin saber por qué. Y sobre todo veía a Poulder, sonriente, malicioso, tan feliz de la vida como el que más. Y yo me preguntaba dónde estaba el castigo de los que tanto habla la biblia, dónde estaba Dios para juzgarlo, dónde estaban los fantasmas para que lo acosaran por las noches… ¿Dónde?... ¿Dónde?...
Poulder continuaba feliz y sonriente, planeando su siguiente jugarreta. Yo ya casi estaba convencido de que nunca recibiría su castigo, casi estaba convencido de que en realidad no hay nada más allá de lo que se puede ver y tocar…
―Ven hermano, tengo algo que contarte ―me dijo tres días antes de Halloween, hace cinco días para ser más preciso.
Yo escuché su plan, francamente interesado. «Después de todo ―me dije―, si nos descubren, no hay castigo», sin embargo, sí que podía llegar a disfrutarlo.
―Esta vez no te obligaré ―me dijo―. Lo dejo a tu arbitrio. Vengas o no vengas, de todas formas, lo voy a hacer.
―Te acompaño ―confirmé mi participación.
Lo hicimos el día de Halloween. Nos disfrazamos hasta quedar irreconocibles, él era un hombre lobo y yo un vampiro. Yo estaba nervioso, aun así, estaba dispuesto a hacerlo. Vigilamos a ambos lados de la calle y después tocamos el timbre de los Johns. Abrió la señora Johns:
―¿Dulces? ―preguntó.
―Dulces ―confirmó Poulder.
La señora se dio la vuelta para ir a por los dulces, Poulder la siguió y le aplicó un pañuelo cargado con cloroformo. Se durmió al instante. La amordazamos y la metimos en un armario. Nos sentamos a esperar que las niñas regresaran.
Regresaron al cabo de una hora. La mayor, Natalie, de trece años, disfrazada de una preciosa princesa árabe; Yohanna, la menor, con sólo once añitos, iba disfrazada de enfermera, y su falda dejaba entrever sus hermosas piernas con cada paso que daba hacia la puerta, sus pechos, menudos, ya se notaban en su blusa ajustada. Sentí mi erección presionar contra las piernas. Ya había elegido mi víctima.
Llamaron a la puerta, abrimos, ocultándonos tras la misma. Entraron, cerramos, quisieron gritar, pero fuimos más rápidos que ellas. Las amordazamos. No las dormimos como a la madre, ¡qué chiste tendría así! Las llevamos a una habitación contigua. Las violamos en la misma cama, al mismo tiempo. Ellas retorciéndose, llorando, sangrando por su parte íntima, nosotros disfrutando como animales. Si no había castigo, ¿Por qué hacer siempre lo recto, entonces?
Sé que estuvo mal. Muy mal en realidad. Pero lo disfruté. Sus carnes tiernas y vírgenes, duras, su sexo sonrosado, la dificultad con que la penetré… Natalie se retorcía al lado de su hermana, pero Poulder la tenía bien cogida. Ella se quedó inmóvil unos instantes, Poulder aflojó en su presa, ella volvió a revolverse y logró arrancar la máscara de lobo de mi hermano. Fue su perdición. Ya nos habían reconocido.
Cuando salimos de la casa, un buen rato después, adentro sólo la señora Johns había quedado con vida, las dos niñas, con la garganta rajada, se desangraban sobre la cama, tapiz de nuestras delicias.
Ya era más de media noche, y regresábamos a casa a pie, fingiendo ser dos tipos normales. Recuerdo que cuando entramos a la casa no hacía tanto fresco como en esos momentos. Es más, se ponía más frío con cada instante que transcurría. Tanto así que pronto me encontré rodeándome con los brazos, tratando de darme calor. Y con el frío vino el miedo, un miedo como nunca había sentido. Empecé a mirar hacia los lados, seguro de que algo o alguien nos observaba y nos seguía.
Aterido y aterrado como me encontraba no me di cuenta que Poulder se había quedado rezagado.
―¿Por qué te detienes? ―le pregunté, muerto de miedo, deteniéndome a esperarlo.
―Creo que me atoré en algo, no sé…
De mi garganta salió un grito que a mis oídos sonó inhumano. Lo que a Poulder impedía moverse era una mano que surgía del mismísimo pavimento. Otra mano surgió y lo sujetó del otro tobillo. Poulder se percató de que algo raro sucedía abajo, bajó la vista y también gritó como no creí que pudiera hacer. Intentó deshacerse de su presa, forcejeó y pataleó, pero la tenaza era fuerte. De los costados de la calle empezaron a emerger unas sombras, y lento, pero ineluctable, se formó un corro alrededor de mi hermano. Las manos que le sujetaban los pies ahora tenían cuerpo, y descubrí aterrado un rostro arrugado y unas barbas grises y sucias. Las sombras que le cercaban tenían rostro: vi al doctor, a la exnovia, a la esposa del jefe y al cura, y más atrás, a Natalie, la pequeña que hacía unos instantes había servido para sus delicias.
Poulder gritó, pidió ayuda, suplicó perdón… más el cerco era terrible e infranqueable. Tenía miedo, pero en cierta forma también me alegré.
Pero aún quedaba una figura más, una más pequeña, más frágil y menuda. No avanzaba hacia Poulder, avanzaba hacia mí, y descubrí, con horror, en su rostro los rasgos de la niña vestida de enfermera.
Grité horrorizado y me eché a correr. Me he escapado y he logrado escribir este manuscrito. Pero temo por mí y no hay un solo instante en que no sienta frío y miedo, mucho miedo.

Fin

No hay comentarios:

Publicar un comentario