Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

20 de diciembre de 2016

Extraños presagios

Gilberto se encontraba de vacaciones en la hacienda de un tío. Era esta una propiedad utilizada para el ocio, principalmente. Contaba con más de cien hectáreas, entre bosquecillos y pasto para el ganado, pero su atractivo principal lo constituía una mansión que databa de los tiempos de la conquista española y que había pertenecido a un terrateniente largo tiempo olvidado. A escasos cien metros de la mansión había un río en eterno arrullo, que constituía una música casi mágica para los habitantes de la gran casa. A Gilberto particularmente le encantaba el sonido del río, era lo último que escuchaba antes de dormirse y lo primero que penetraba en su subconsciente al despertarse. Era un lugar de paz, un lugar para meditar, para descansar en serio.
Llevaba dos días de estancia en la mansión. Dos días en los que se había recuperado de las fatigas del viaje, dos días en los que se había dedicado a leer y charlar sobre cualquier banalidad con su tío. Dos días en los que casi había olvidado a Javier, su mejor amigo. Pero al tercer día lo recordó, y no de la forma más grata.
Había salido a dar un paseo a caballo, recorriendo los potreros a ratos y siguiendo la vereda del río en otros. Era un día cálido, agradable. Junto al río se podía oír la letanía de aves entre el follaje y el rumor del río como fondo. Ya había entrado la tarde, pero Gilberto decidió que bien valía la pena sentarse un rato para oír aquel canto combinado con el rumor del río. Incluso se acostó cerrando los ojos y recostando la cabeza sobre los brazos. Estuvo mucho tiempo así, tranquilo, disfrutando del ambiente, hasta que un agudo chillido irrumpió en el lugar. Abrió los ojos y vio un gavilán en el cielo.
―¡Oh, rayos! ―exclamó, y se giró en el suelo, enterrando el rostro en el suelo y protegiéndose la parte posterior de la cabeza con los brazos.
¡El gavilán con amenazantes garras iba hacia él!
Otro chillido, un golpe sordo e infinidad de aleteos. Pero él gavilán no impactó contra Gilberto. Se recuperó del susto y se incorporó. El aleteo continuaba, pero lento y débil. Estaban en un arbusto a solo unos pasos de él. El ave de caza había cogido una blanca palomilla. Al rato ascendió en el vuelo, llevando entre sus garras a la víctima. El trinar de las aves había cesado, sólo se oía el río, pera esta vez parecía lleno de pesadumbre.
Todo había sido muy extraño. Más extraño aún, se descubrió pensando en Javier, su apuesto amigo de ojos azules que había dejado aterrado en la ciudad. Durante unos momentos le pareció que los ojillos de la paloma eran los ojos de su amigo. Una idiotez, por supuesto.
―Por favor, no te vayas ―le había suplicado Javier―. Tengo mucho miedo.
Habría podido quedarse. Buena parte de él deseaba quedarse, pero esa parte mezquina que todos tenemos salió a relucir al último momento. «Bien merecido lo tienes», pensó por último con inquina. La mujer con la que Javier se había estado acostando, cuando era soltera, había sido una especie de amor platónico para Gilberto. Aunque eso no lo sabía Javier, aun así, Gilberto le guardaba cierta dosis de rencor.
La cosa era que la chica en cuestión, de nombre Zoila, se había casado hacía dos años con un tipo a quien su mala reputación le precedía. Era una chica muy hermosa, y como tal, no tardó en meter en su cama a personas distintas de su marido. Javier era el último. Y Javier aseguraba que unos días atrás el esposo lo había visto cuando saltaba la cerca de la parte de atrás de la casa. No estaba seguro, pero estaba aterrado por ello. Lo peor, se rumoreaba que ya había matado con anterioridad a alguien porque creía que tenía amoríos con Zoila.
―Si tienes miedo ven conmigo a la hacienda ―le había dicho Gilberto―. Mi tío estará encantado de tener a alguien más con quien charlar.
―Sabes bien que aún no me dan vacaciones, Gil ―dijo Javier―. Y mi trabajo lo es todo.
―No ―lo corrigió Gilberto―. Tu calentura lo es todo.
Aquel comentario arrancó una sonrisa de su amigo.
―Oh, Gil, no hables como si fuera malo. Como si tu no lo hubieras hecho de estar en mi lugar. Si vieras cómo lo hace…
―No, ni me interesa ―hacía mucho de aquel amor secreto, pero era obvio que aún no lo había superado―. Espero hallarte vivo a mi regreso. Y ya no la veas ―fue lo último que le dijo antes de subir a su coche y poner en marcha el motor.
―Gil, por favor, sin ti me sentiré muy expuesto.
Gilberto ya no le respondió. Si el marido cornudo lo había visto, era más que claro que Javier corría peligro. Y a todo eso, su presencia, de qué manera iba a mejorar la situación. No es que él fuera experto en artes marciales o en el manejo de armas. Quedándose sólo correría peligro. Y con semejante pensamiento mezquino se había marchado.
Algo en aquella escena junto al río había traído a Javier a sus pensamientos, y durante largos minutos se sintió miserable por haberle dejado. Miserable y triste, como si el peligro que se cernía sobre su amigo fuera algo muy real y él lo hubiese abandonado. Trató de desechar los pensamientos aciagos, volvió a montar sobre la montura y regresó a la mansión. El chillido del gavilán hacía eco en su mente, y en los momentos de mayor ensimismamiento, se erguía con un sobresalto, pensado que el gavilán iba en picada hacia su rostro.

Esa noche su tío le dijo que estaba muy distraído, que nunca había utilizado tantos monosílabos con él. Y era cierto, algo, que no sabía explicar, parecía haberse aposentado en su alma, no lo dejaba concentrarse y hacía que su mente volara una y otra vez al gavilán cayendo en picada.
Soñó con el gavilán. Pero al instante siguiente ya no era el gavilán de la tarde, sino uno inmenso, monstruoso, con púas en las patas y en las alas, que se cernía amenazador sobre su amigo Javier. Cuando las garras alcanzaron su rostro, Gilberto despertó. Sudaba y respiraba de forma entrecortada, aterrado.
Por la mañana, sólo se tomó un café y corrió hacia su celular abandonado en la cabecera de la cama para hacerle una llamada. Esperaba que Javier ya se hubiera despertado. El teléfono al otro lado ni siquiera timbró, lo mandó directamente al buzón de vos. Gilberto dejó un mensaje escueto, en el que le pedía que le llamara en cuanto escuchara el mensaje. Aquél sueño lo había dejado preocupado, en serio temía por la seguridad de su amigo.
Pasó más de dos horas pegado al teléfono, esperando una llamada que nunca ocurrió. Al cabo de un buen rato se dio por vencido, tomó un libro y se fue a sentar junto al tronco de una ceiba, en el bosquecillo que quedaba atrás de la mansión. Logró leer las primeras líneas, pero después se volvieron opacas a su vista y su mente se encontró vagando en regiones que nada tenían que ver con el libro que sostenía en las manos.
Miraba al cielo, donde el sol brillaba y el viento suave pero continuo desplazaba las nubes, como mansas aves planeando. En un momento dado le pareció que una nube tenía forma de calavera humana. La miró sin apartar la vista. Allí estaba, los ojos eran dos cuencas oscuras y los dientes parecían perfectamente definidos, definidos en una sonrisa de muerte, en una sonrisa que le era familiar. La calavera abrió la boca y Gilberto retrocedió espantado. Cuando volvió a ver, la nube era solamente otra entre tantas. Ni siquiera tenía forma definida.
Estaba preocupado. Y eso le hacía imaginar cosas.
Sacudió la cabeza con parsimonia, en un fútil intento por alejar los pensamientos ominosos. Fue entonces cuando vio al pequeño conejo, era blanco con ojos rojos, y estaba inmóvil, como una estatua, o como un animal disecado. Era igual a los que había en las jaulas de la mansión, a lo mejor se había escapado. ¿Pero por qué no se movía?
Lo descubrió al instante siguiente. Una serpiente, era una boa, de esas que en la región la mayoría llama “mazacuata”. Una muy grande, por cierto, al menos dos metros, y tan gruesa como un tronco. Se deslizaba en silencio sobre la capa de hojas húmedas, sin fijarse en él. El conejo despertó de su letargo, dio un salto en dirección contraria, pero la culebra se estiró como un resorte. Gilberto se puso de pie con un susto, entre asqueado y apenado por el pobre animalillo. Sus huesos tronaron cuando la culebra se los quebró con su cuerpo y después empezó a engullirlo.
Gilberto se alejó de allí con largas zancadas, sintiendo ganas de vomitar. Pero lo más molesto era una especie de desazón que se abatía sobre él. Sentía pena, miedo, tristeza y remordimientos. Pero no por el pobre conejillo. Durante un instante, cuando la boa hubo tragado el conejo, le pareció que, desde el estómago de la serpiente, emergía una voz pidiendo ayuda. Una voz harta conocida.
Caminó algunos momentos sin rumbo fijo. Descorazonado, no sintiéndose él mismo. ¿Era preocupación?, ¿Remordimientos? Y Javier que no llamaba para decirle que todo estaba bien. Empezó a pensar seriamente en regresar a la ciudad. Si en verdad el marido lo había descubierto saltando la cerca, entonces de verdad corría peligro. Él no podía protegerlo, pero de seguro era el único al que le había contado la aventura, de manera que lo justo era convencerlo de que abandonara la ciudad, al menos durante una temporada.
Sin darse cuenta había llegado a orillas del río, cuyo rumor le parecía una letanía lejana. Lo primero que vio fue el bulto, unos doscientos metros corriente arriba, no le era posible distinguirlo por la distancia y el movimiento de la corriente, pero de inmediato acusó un fuerte golpe en el corazón, como el que sufren los enamorados al descubrir a la persona querida en brazos de otro, sino peor.
Tenía aquel bulto una forma que hacía que el corazón se detuviera, cómo se movía daba la sensación de ser algo premeditado, algo destinado a sembrar el miedo en quien lo mirase. Y sobre todo traía silencio, un silencio cargado de dolor y reproches, un silencio que había acallado el trino de las aves y el arrullo del río. Gilberto se descubrió aterrado y tembloroso, temía la identidad que pudiera cobrar aquella forma que seguía acercándose, pero era incapaz de desviar la vista de él.
Se acercaba de forma lenta e inexorable, como tomándoselo con calma. Al cabo de un minuto, una idea que había ido tomando forma en la confusa mente de Gilberto, cobró forma de realidad. El bulto en cuestión tenía forma humana. Sintió ganas de salir corriendo, no quería ver aquello pues tenía miedo. Al final nunca supo si lo intentó, porque cuando el cadáver pasaba frente a él, seguía plantado en el mismo sitio con temblorosas piernas.
La identificación del cadáver le hizo caer de hinojos, las piernas como gelatina. Era una figura familiar ¡Era Javier! Estaba cubierto de sangre y las cuchilladas le habían abierto tajos en todo el cuerpo. El rostro lo tenía deforme y cubierto de sangre y cortes. Sus ojos estaban abiertos, y durante un aterrador instante Gilberto tuvo la impresión de que lo miraban, juzgándole, culpándole…
La vibración del celular le arrancó un sobresalto. Lo extrajo del bolsillo para leer el mensaje de texto que había recibido, como una excusa para apartar la vista del cadáver de su amigo. El remitente se identificó como hermana de Javier.

Mi hermano fue asesinado ayer por la tarde. Le velaremos esta noche. Esperábamos que pudieras acompañarnos.

«¿Ayer? ―se preguntó un incrédulo, abatido y aterrado Gilberto― ¿Entonces…?»
Miró al río, pero allí no había nada. Sólo el rumor del río y el trinar de las aves que habían vuelto como si nada.
De la garganta de Gilberto escapó un agudo grito, casi inhumano, cargado de dolor. Y el remordimiento se cernió sobre él como una pesada losa. 

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