Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

10 de diciembre de 2016

Discusión antes de medianoche

«!Ni que sea mi única hija, ni que nada! ―maldecía para sus adentros Ramón Cáceres, el padre de Daniela― ¡Si resulta que es cierto la mato porque la mato!»
En la calle hacía un frío de los mil demonios, el viento agitaba los arbolillos que bordeaban las cercas de las casas vecinas, y en el cielo, un cuarto creciente, apenas una rendija, se humillaba y se escondía entre negras y gordas nubes; como si también temiera la cólera de Ramón.
«¡Mira que jugar a verme la cara! ¿A mí?, que me desvivo por ella, que la mimo como a nadie, que no la dejo ensuciarse las manos, que la trato como a una princesa. Pero dejad que les ponga las manos encima.»
Eran las nueve de la noche. Había muchos transeúntes yendo a algún lugar o volviendo de ellos, muchos eran amigos o conocidos, estaba seguro de que lo saludaron, pero él no estaba para tales tonterías en aquellos momentos. De todas las casas escapa luz por las ventanas, y en la mayoría había lucecillas y en una que otra hasta música navideña. Era diciembre, y aunque la luna era una pálida imitación de ella misma, las calles estaban lo suficientemente iluminadas como para poder ver sin ninguna dificultad.
Y era gracias a esas lucecillas que se habían dado cuenta. Él no por supuesto, él había confiado en su niña, hasta esa noche.
Se había tomado unos tragos de whisky en casa de su amigo Hardy, como otras tantas veces, y se preguntó desde cuándo ocurría aquello. El hijo de Hardy, un muchacho de diecisiete años pareció sorprendido cuando lo encontró frente a la chimenea de su casa, hablando muy tranquilo con su padre.
―¡¿Señor Cáceres?! ―exclamó más que preguntar.
―¿Qué sucede, chico?
―Nada, bueno, es que juraría que se encontraba en su casa.
―¿Por qué lo dices?
―Vengo de visitar a unos amigos, y precisamente su casa queda a mitad de camino. Vi una sombra en su jardín lateral.
El barrio en el que vivían era sin duda el más seguro de la ciudad, y quizá del país. Allí nunca ocurría nada digno de mención. En ningún momento pensó que se tratase de un ladrón. Ya sentía la rabia rebullir en su interior.
―Tal vez era Daniela dando un paseo ―aventuró.
―¿A estas horas? ¿Con este frío? Además, estoy seguro que era una silueta masculina…
―Ya basta, muchacho ―le interrumpió su padre―, ya has dicho bastante.
―Me tengo que ir ―dijo Ramón Cáceres. Y se levantó.
―Te acompaño ―se ofreció Hardy.
―No.
No dio un portazo al salir porque no era su casa. Tampoco su puerta. Y se había echado a andar. Sólo tenía que caminar cinco manzanas. Ya había caminado cuatro, en unos tres minutos. Iba dando largas y rápidas zancadas. Sin embargo, esos tres minutos habían bastado para imaginar diferentes escenarios, de los cuales, la mayoría, lo hacían rebullir de rabia.
Cuando llegó a su casa las luces estaban apagadas. Cruzó la verja del jardín del frente, las bien engrasadas bisagras no hicieron ningún ruido. Alrededor todo estaba silencioso, la musiquilla navideña de una casa vecina era lo único que irrumpían en aquella quietud, lejana y débil, lo que le daba al entorno un aspecto ominoso. De todas formas, Ramón cruzó la vereda de piedras a grandes zancadas, pero silencioso. Su intención era sorprenderlos.
Abrió la puerta con sigilo. Esta no hizo ningún ruido. El interior estaba más silencioso que fuera, y totalmente oscuro. Esperó un minuto hasta que la vista se le acostumbró a la oscuridad y pudo distinguir las siluetas de los muebles, del sofá, de los estantes, de las escaleras… Caminó más despacio esta vez, no quería meter ruido, ni tropezarse con nada por accidente.
Cuando iniciaba el ascenso de las escaleras los escuchó. Dos voces susurrantes, suaves, apenas audibles. No distinguía lo que decían. Pero era claro que se trataba de la de su hija, y de la de alguien más, ¡de un hombre! La rabia rebulló en su interior aumentada por cien. Olvidó el sigilo y se echó casi a correr escaleras arriba. Tropezó. Soltó un gemido al lastimarse el vientre con un escalón y se oyó en revuelo en la habitación de su hija.
―¡Mi padre! ―oyó que susurraba, aterrada.
Ramón se levantó adolorido, pero se echó a correr. No iba a dejar que ese maldito escapara.
Giró el pestillo de la puerta, pero tenía llave.
―¡Daniela! ¡Abre inmediatamente! ―gritó―. ¡Y dile a ese maldito que dé la cara! ¡Que me mire antes que le de tal azotaina que nuca volverá a acercarse a ti!
―¡No! ―gritó su hija.
―¡HE DICHO QUE ABRAS!
Cuando la joven lo dejó pasar, hecha un mar de nervios y aterrada, el tipo ya se había ido. Ramón Cáceres prendió la luz y vio el rostro de su hija surcado de lágrimas, temblaba como los resortes de un coche viejo. Ramón le asestó tal bofetada que la tiró hasta la cama. Ella se echó a llorar. Esperó un minuto antes de ponerse a hablar, si lo hacía antes, gritaría con tanta fuerza y rabia que seguramente lo escullarían los demás vecinos, y él no tenía fama de ser un hombre furioso ni escandaloso. A pesar de tomarse su tiempo, cuando habló, lo hizo aún con mucha rabia y volumen.
―¿Desde cuándo? ¿Qué te he hecho? ¿Por qué me has visto la cara de idiota? Y, sobre todo, ¿Quién es él? ¿Qué han hecho?
Daniela siguió llorando, echa un ovillo junto a la cabecera de la cama.
―¡Responde maldita sea! ¿O quieres que te mate sin antes darte oportunidad de un juicio?
Ella lo miró un momento. Se limpió las lágrimas, y por fin habló. Su voz era temblorosa.
―Por eso ―dijo, tenía una mejilla roja y un hilillo de sangre salía de la comisura de la boca― Porque te enojas por todo, porque nadie se atreve a decirme nada a no ser a espaldas tuyas. Porque me tratas como a una bebé. ¡Ya tengo diecisiete años, papá!
―¿Por ese te revuelcas con algún imbécil que sea capaz de llegar a tu ventana?
―¡Yo no me revuelco con nadie! ―chilló.
―¿No? Entonces a qué viene, ¿a darte las buenas noches con un beso en la frente? ¡Maldita sea, Daniela! Te revuelcas con quién sabe, a mis espaldas y en mi propia casa.
―No. Te juro que no papá. Sólo viene a platicar.
―¿A platicar?
―Sí. Y quizá un casto beso. Pero te juro que nada más. Créeme papá. Te lo juro por la memoria de mi madre.
―No jures en nombre de esa maravillosa mujer, que podría verte desde el cielo y ver las desvergüenzas que haces ―dijo.
Hizo ademán de volver a abofetearla, pero se contuvo en el último instante.
―¡Anda, hazlo! ―le retó su hija―. Es lo que siempre haces cuando hago algo mal. ¿Cómo quieres entonces que te presente a alguien si siempre reaccionas así?
Esta vez el movimiento no se quedó en un amago. La mano restalló contra la roja mejilla, haciendo caer a la muchacha. Era un castigo por su insolencia, pero en parte porque en el fondo sabía que era cierto lo que había dicho.
―Mañana seguimos hablando ―dijo―, aún me tienes que decir quién es el bastardo que me ha estado viendo la cara.
―¿Hablar? ¿A esto le llamas hablar? ¿Abofetearme cada que digo algo que te disgusta, cada que digo una verdad?
Ramón cerró la puerta de un fuerte golpe. Las lágrimas le escocían los ojos y las dejó salir. Lloraba de rabia, de impotencia, porque se acordó de su mujer, y, sobre todo, por imaginar a algún imbécil tocando a la niña de sus ojos. Pero lo mataría, por Dios que lo mataría.
Fue a su estudio y destapó una botella de whisky. Se sirvió un trago y se lo tomó de golpe, luego otro, pero después del tercero se detuvo. Emborracharse no solucionaría nada, nunca lo hacía.
*****
Más tarde regresó a la habitación de su hija. Lo había pensado largo y tendido. Su hija había actuado mal, eso era muy cierto. Pero también era cierto que a pesar de todo lo que le daba a manos llenas, no había sido un buen padre. La había golpeado demasiadas veces y demasiadas veces le había exigido no verse con ningún chico. Pero qué esperaba, ella era una adolescente. Si la aconsejaba en lugar de golpearla, si le pedía que le dejara conocer a ese muchacho para dar su veredicto (porque no iba a dejar que anduviera con alguien con perspectivas de fracasado, eso seguro), quizá ni le había mentido y no se había acostado con él a sus espaldas. Quizá, tantos quizás.
Pero cuando entró a la habitación lo único que vio fue el rayito de luna que pendía en el cielo, y las cortinas de la ventana abierta que aleteaban ligeramente. Sintió que el corazón se le detenía. ¡Su bebé se había fugado! Maldito fuera. Y todo era su culpa. Puede que, con el chico de esa noche, o sola y desamparada. Buscó su móvil en los bolsillos y llamó al número de ella. Dio un brinco cuando el teléfono sonó en el buró, a dos metros de él. Maldijo entre dientes. Tampoco se había llevado el celular.
Acongojado caminó hasta la ventana. Quizá estaba abajo, sola y llorando entre las flores. Y entonces la vio. Estaba en un viejo columpio al que siempre iba cuando estaba triste, o cuando él la golpeaba. Sintió que su corazón se desgarraba, por tristeza y alegría a partes iguales. Estaba sola y necesitaba su amor no su ira, y la había encontrado casi antes de empezar a buscarla. Nunca se lo habría perdonado si por su culpa ella lo hubiera abandonado.
Con lágrimas en los ojos bajó aprisa las escaleras, fue a la puerta trasera y corrió hacia el jardín, rebosante de amor paternal. El columpio se movía y rechinada con cada vaivén. ¡Pero estaba vacío!
―¡Daniela! ―dijo. El miedo y la tristeza de pronto lo abrazaban a partes iguales―. Mi amor, ¿dónde estás?
No obtuvo respuesta. Tampoco se la veía por ningún lado. ¿Habría escuchado que iba hacia el jardín y había corrido? No sabía por qué, pero algo le decía que esa suposición no era la correcta. ¿Y por qué hacía frío? ¡Dios, que frío hacía!
―Daniela, amor ―llamó de nuevo―. Ven conmigo y dame un abrazo. Lo siento, no debí golpearte. Perdóname, no volverá a suceder. Pero no me asustes, sal de tu escondite.
La vibración del celular en su bolsillo le arrancó un nuevo brinco. No conocía aquel número. De todas maneras, contestó.
―¿Señor Cáceres? ―preguntaron al otro lado de la línea.
―¿Quién habla?
―Soy de la policía, señor, es sobre su hija.
―¿Mi hija? ¿Qué tiene que decir sobre mi hija? Ella está aquí.
―¿Allí? ¿Está seguro?
―Bueno, no. Estaba hace rato…
―Señor ―le interrumpió el oficial, su voz se tornó grave―. Su hija está muerta. Testigos aseguran que lloraba desconsoladamente cuando un camión la atropelló…
El celular de Ramón Cáceres cayó al suelo, único ruido en aquel jardín desolado. La noticia era desalentadora, pero lo que hizo que su celular cayera fue el frío, un frío espantoso, en especial en el cuello… su cuello, algo se lo sujetaba, lo apretaba. Entonces se dio cuenta de que lo estaban ahorcando. Se revolvió con fuerza y logró zafarse de su atacante. Se dio la vuelta para contraatacar.
Su rostro adquirió un rictus de horror y pena cuando vio, que su atacante, no era más que el maltrecho y atropellado cuerpo de Daniela.
Gritando totalmente aterrado se echó a correr. Huyendo de la hija que hace unos instantes buscaba.
¡La había matado!
¡Por Dios, la había matado!
¡Y era su culpa! 

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