Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

13 de diciembre de 2016

Callejón oscuro

Muchos de nosotros, en algún momento de la niñez, nos hemos visto en la imperiosa necesidad de, para llegar a algún sitio, tener que atravesar algún callejón a alguna hora de la noche; una calleja plagada de sombras; un caminillo bordeado de árboles que al oscilar dan la sensación de que se echarán sobre nosotros; una callejuela entre apretados edificios, bordeada de contenedores de basura, de donde no se sabe si saldrán ladrones o monstruos de pesadilla. Creo que muchos, en algún momento hemos tenido que pasar por algo así, ya sea en la ciudad, una villa, o una aldeíta rural muy alejada del mundo urbano. También los adultos transitan por caminos similares, pero la mente ya no es como cuando se era niño, cuando se creía en monstruos, fantasmas, cosas debajo la cama, acechantes de la sombra, y más. Es a los pequeños a quienes, caminando por estos sitios, se les desboca el corazón por el miedo.
Eso fue precisamente lo que le ocurrió a un niño de nombre Sam. El pequeño vivía en una pequeña aldea, allá en Petén, un departamento de Guatemala. La aldea era pequeña y aislada, no contaba con servicio de energía eléctrica ni de agua potable. Las casas eran de madera y techos de láminas viejas y oxidadas. Y había muchos árboles, especialmente de esos que se prestan a leyendas sobre cosas sobrenaturales, tales como los cedros, los amates y los tamarindos.
En la aldea había ciertas personas, las más adineradas del lugar, que, pensando en sacar provecho, ponían sus tiendas, compraban plantas de energía a gasolina para enfriar siquiera un poco las bebidas y hacían negocio. El más emprendedor fue don Joaquín, que no sólo compró una planta para enfriar las bebidas, sino que construyó un gran cajón de madera, una televisión y una casetera y montó una especie de cine. El pequeño cine se convirtió muy pronto en la sensación del lugar. Familias enteras abarrotaban el lugar casi todas las noches, llenando las bolsas de Joaquín, pero pasando ratos muy amenos, como hacía nunca los tenían. Regresaban a casa en medio de grandes platicas, risas, susurros sobre las muertes, que como se había descubierto al asesino, en fin, entre en millar de comentarios.
Para un viernes muy particular, don Joaquín anunció que habría una película de terror. El pequeño Sam, cliente habitual del cine con su familia, se emocionó grandemente. Pero cuál no sería su decepción al enterrarse que esa noche no podrían ir.
―No hay dinero, hijo ―dijo la madre―. Sólo para el desayuno de mañana.
No se dijo más. No había, no había.
Ya otras veces había ocurrido así, y Sam comprendía. De manera que cuando le daban algún dinerito no se lo gastaba todo en dulces y golosinas como los demás chicos de su edad. No, él sabía que el día que los necesitaría llegaría. Y ese día era esa noche.
No pidió permiso para ir solo, no le contó a nadie. Simplemente el viernes por la tarde se esfumó como otras tantas veces. Supondrían que andaría jugando en casa de algún amigo. Cuando cayera la noche se empezarían a extrañar por su ausencia, pero para ese entonces él ya estaría en su banquito viendo la película.
Y así fue. Y a mitad del film se encontraba totalmente arrepentido de haber ido, e igual o más aterrado. No era el único con miedo, todos lo tenían, pero sí era el único que estaba solo, en un rincón, para que nadie lo notara. Cuando la película terminó, era un ovillo tembloroso en una esquina. Había subido los pies al banco, tenía miedo incluso de lo que había debajo.
Las familias salieron en orden, cuchicheando nerviosas, soltando risitas tontas, los más pequeños, pegados a las faldas de sus madres. Tendría que habérsele ocurrido seguir a una familia vecina de sus padres, pero no se le ocurrió, tenía mucho miedo, y no quería que nadie lo viera. Sin darse cuenta se encontró solo en la gran caja de madera. Don Joaquín, con rostro severo lo sacó sin mayores miramientos.
―Vete a casa, mocoso ―le dijo―. La película hace ratos que terminó.
―Sí, sí señor ―balbuceó Sam. Don Joaquín siempre había sido una persona severa, pero esa noche en especial, le pareció hasta terrorífico.
Sam sabía que no serían más de las ocho de la noche, sin embargo, la noche era negra, como sólo puede ser en un lugar sin energía eléctrica ni luna que ilumine el camino. En una y otra dirección apenas se veían unos puntitos de luz, unas eran de las lámparas de mano de las familias que regresaban a casa y otras de los candiles que en las casas se utilizaban para alumbrar un poco. Por lo demás, todo estaba oscuro.
Su casa no quedaba muy lejos, después de todo la aldea era pequeña. Pero en aquella oscuridad, con aquel miedo, con aquellas sombras que amenazaban en convertirse en los monstruos de la película, supo que el regreso sería largo y torturante. Se arrepentía totalmente por haberse escapado para ver la película por su propia cuenta y mentalmente prometió que, si llegaba a casa en una pieza, jamás volvería a repetir aquella osadía.
Las luces de la gran caja de madera se apagaron y Sam se encontró en medio de una negrura como nunca había visto. Vio unas sombras moverse a un costado y soltó un gritito, pero resultó ser sólo uno de los rosales que la mujer de don Joaquín cuidaba con esmero. «No está tan oscuro ―pensó―. Sólo tengo que concentrarme en el camino, sin fijarme en nada de los lados y llegaré a casa.»
Sabía que al llegar a casa sin duda recibiría una paliza por haberse escapado de aquella manera. Preferiría que sus padres lo encontraran allí y lo llevaran a casa para propinarle la paliza que atravesar aquellos caminos y ser indultado de su castigo. Pero todo indicaba que sus padres no lo encontrarían allí y él tendría que caminar.
Apretó los puños, respiró con fuerza, y decidido comenzó a caminar. Avanzaba con la vista fija en el suelo, el monte de los lados ni siquiera se atrevía a mirarlos. Oía ruidos a los lados, al frente, atrás, pero se repetía que estaba en la aldea y que no eran más que los animales de corral de los que todas las familias tenían al menos un ejemplar. A cada tanto una lucecilla le flanqueaba, a su mente se le antojaba el farol del padre buscando a la hija antes de que la criatura del bosque se le echara encima y le arrancara el rostro a mordidas, pero se repetía que sólo era la luz de las casas frente a las cuales pasaba, sin embargo la mitad del tiempo se mantenía encogido y tenso, esperando que la fiera le asaltara.
Cuando por fin levantó la vista, descubrió con asombro que ya sólo se encontraba a una manzana de su casa. Había seguido la calle principal de la aldeíta hasta detenerse frente a la boca del callejón que conducía al hogar. Levantó la vista esperanzado.
Entonces los vio, y su corazón se horrorizó hasta límites indecibles. No los vio en el sentido estricto de la palabra, sólo sus sombras, más negras que todo lo demás, amplias y altas, sobrecogedoras. Al lado izquierdo, un tamarindo de grandes dimensiones, que ya era grande cuando la aldea se fundó; y en el lado derecho, un poco más adelante, pero no tanto ya que sus sombras se unían y formaban una sola, un amate de iguales proporciones que el primero, igual de sombrío y sobrecogedor. Sam sabía que esos árboles eran de los predilectos para los monstruos, además de que ya con anterioridad había oído a vecinos y familiares comentar que allí, a la media noche, se podía oír risas burlonas, voces y llantos estridentes.
De alguna forma sus piernas se volvieron de gelatina y tuvo que hacer un sobrehumano esfuerzo para no caer. Era lo que se sacaba por salir sin permiso de sus padres. Pero con la misma se llenó de convicción. Un último esfuerzo y llegaría. Sería castigado sí, pero ningún castigo era comparable al miedo que sentía en aquellos momentos. Así que, apretó los puños, aspiró hondo y se echó a correr callejón oscuro adentro. Sólo era una manzana, treinta segundos y estaría en casa a salvo. Treinta segundos no eran nada.
Corrió como los rayos, imaginando que en ello se jugaba la vida. Llegó bajo la sombra del tamarindo, allí el camino era apenas perceptible y concentró toda su atención en este. Aun así, algo no debió ver, ese algo se le enredó en los pies y el suelo fue a su encuentro a una velocidad de vértigo, la sangre y la tierra se le entremezclaron en la boca y le ardió el pecho y los brazos al arrastrarse un buen tramo. Estaba aterrado, un monstruo lo había derribado. Sin embargo, la película no había caído en saco roto. Había visto que los actores se quedaban esperando como pasmados a que el monstruo fuera por ellos. Pero él no les daría esa oportunidad. Se puso de pie casi al instante y siguió corriendo. El tamarindo, burlado, lo miraba desde atrás. Casi imaginó al monstruo persiguiéndole, y trató de imprimir más velocidad a su carrera.
El amate le esperaba adelante. Sam corrió en vertical, tratando de alejarse del tronco de aquel árbol de mal agüero. Pero chocó contra algo, sintió espinas que se clavaban en su carne y gritó de dolor. La misma fuerza del choque lo hizo rebotar y caer dando vueltas. Pero no se iba quedar allí como pasmado esperando que el monstruo del tamarindo y del amate lo atraparan. Hizo un último esfuerzo y se levantó con la misma celeridad con la que había caído. Siguió corriendo. Al instante siguiente estaba en su casa.
Al instante siguiente papá y mamá se turnaban para darle con el cincho. Sam lloró, pero de felicidad. ¡Se había salvado!
Cumplió su promesa y jamás se volvió a escapar para ver una película en el pequeño cine de la localidad. Con el tiempo llegó la energía eléctrica al pequeño poblado y desaparecieron los sitios oscuros. Pero por aquellos árboles jamás pasó de noche, al menos no solo. Y de los monstruos del tamarindo y del amate, jamás supo si fueron reales o sólo productos de su mente aterrorizada. 

4 comentarios:

  1. Buena historia...creo que Sam aprendió la lección,no volverá a salir de noche solo...¡felicitaciones,escribes muy bien!.

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    1. Gracias. Hago lo mejor que puedo, tratando de escribir bien y de forma correcta. Y estoy de acuerdo contigo respecto a Sam. Quizá los niños de hoy, más que los de antes, necesiten un susto similar para respetar a sus padres y no hacerles pasar malos ratos. Gracias por leer y comentar.

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  2. Muy buena tu historia,el miedo puede jugarte muy malas pasadas.saludos.

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    1. Ni que lo digas. Yo mismo he sido víctima de algunas bromas por parte de mi subconsciente. Es aterrador asustarse a uno mismo. Igual, saludos y abrazos.

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